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sábado, 29 de diciembre de 2018

A ciegas

   No ha transcurrido ni un año desde el estreno de la magistral Un lugar tranquilo (John Krasinski, 2018), y ya tenemos en nuestras televisiones su primera (e indisimulada) heredera: A ciegas (Susanne Bier, 2018). En efecto, no hace falta ser un lince (valga el chiste malo sobre una cinta que versa, precisamente, sobre la ausencia de visión) para percatarse (valga otra vez) de que nos encontramos ante una copia nada sutil de aquella película que nos encandiló a todos los cinéfilos (porque mostraba valientemente una historia donde el sonido -o la ausencia de él- era el protagonista, y porque ostentaba grandes escenas de tensión, como la ya famosa secuencia de Emily Blunt dando a luz en la bañera). Ello no obsta para que nos encontremos ante un largometraje con personalidad propia (no en balde, se basa en una novela previa a la obra cinematográfica de Krasinski) y con valores (artísticos) reivindicables, aunque podrían haber sido más y mejores. Lamentablemente, como detrás de su producción se halla Netflix, dichos valores están al servicio de un discurso progresista, que prefiere ensombrecerlos antes que potenciarlos.


  

   Pero vayamos por partes. A ciegas narra la historia de Malorie (Sandra Bullock), una mujer que, después de haber contactado con una comunidad de supervivientes, desciende el río con dos niños, a fin de asentarse en ella y de huir de la misteriosa plaga que ha invadido el planeta. Porque, en efecto, como si de Un lugar tranquilo se tratase, algo (presuntamente alienígena) se ha asentado en la Tierra; sin embargo, y a diferencia de lo que ocurría en aquel film, los hombres no pueden verlo, porque, al hacerlo, sienten el irrefrenable deseo de suicidarse (es por ello que en el cartel del largometraje -y en el descenso del río- la Bullock lleva vendados los ojos). Todo esto lo sabemos gracias a los numerosos flashbacks que interrumpen el metraje principal y que se convierten en la verdadera trama de la cinta, donde, a la vez, descubrimos tanto la paulatina destrucción de la humanidad como el primer grupo de personas con el que se refugió Malorie (por cierto, embarazada, como la Emily Blunt de la película de Krasinski).




   Como hemos dicho, pese a sus inexcusables semejanzas con Un lugar tranquilo, la cinta que nos ocupa tiene multitud de virtudes, que la alejan de ella y que la dotan de cierto interés para el espectador. Por ejemplo, las citadas analepsis, donde vamos descubriendo la corrupción de la humanidad y en las que queda claro (una vez más) la fragilidad del ser humano (atención al sobrecogedor plano en el que una bella joven se golpea contra el cristal de la ventana después de haber visto a los entes: una clara metáfora sobre la labilidad del estado del bienestar, siempre a un paso de ser destruido, como demuestran las secuencias posteriores); o bien, en esos mismos flashbacks, todas las escenas que acontecen en el primer refugio de Sandra Bullock, una casa en la que se aglomeran diferentes personas, que, como si de El ángel exterminador de Luis Buñuel se tratase, no pueden abandonar el recinto, por lo que se ven obligadas a convivir (mostrando, así, lo bueno y lo malo de cada una). También debemos destacar la evolución del personaje de Malorie (muy lograda), porque muestra el proceso de una mujer egoísta e inmadura que, progresivamente, va asumiendo las responsabilidades que la adversidad le presenta (muy acertada -cómo no- la analogía del río, un factor siempre recurrente desde que se estrenara en el mítico film de Coppola Apocalypse Now). Finalmente, goza de secuencias dirigidas con mano maestra, como aquella en la que los protagonistas deben conducir un coche a ciegas (nunca mejor dicho) o todas las relacionadas con las aves, que avisan de la llegada de los entes (de ahí su título original: Bird Box, algo así como "caja de pájaros" o "jaula de pájaros").




   Pero estos logros se ven ensombrecidos por el sello de lo políticamente correcto que caracteriza a Netflix, su productora. En efecto, desde hace algún tiempo (tal vez desde el principio de su andadura), la plataforma de streaming no ha vacilado a la hora de plegarse al discurso de la corrección siempre que ha tenido oportunidad, venga o no a colación. Recientemente, lo vimos en La maldición de Hill House, una estupenda propuesta en forma de teleserie en la que, sin tener sentido su inclusión, aparecía una protagonista lesbiana, con el único fin de normalizar su condición sexual (evidentemente, no soy contrario a la aparición de personajes homosexuales en el cine o en la televisión, pero sí me opongo a que estos sean usados con un fin netamente político o crematístico, porque, en el fondo, es un insulto a los espectadores gais, que ven cómo son usados como pasto lúdico y no como objetos de una reivindicación real). Aquí, ese discurso se centra en el grupo de personas que da cobijo a Bullock, un totum revolutum de supuestas minorías desfavorecidas, que se congrega en un solo escenario (la casa) para demostrar que, juntas, son más valientes y fuertes que la supuesta mayoría favorecida (por supuesto, el hombre blanco). De este modo (a partir de aquí puede haber algún que otro spoiler), entre las primeras tenemos al dueño de la finca, un hombre asiático gay (así se matan dos pájaros de un tiro: minoría racial y minoría homosexual) que se inmola por el bienestar de los demás; un hombre negro, bueno y fortachón, que se enamora de la Bullock y con la que mantiene una relación amorosa interracial (sobran comentarios); la anciana sin recursos que ayuda a las protagonistas en el momento del parto; la joven obesa que (seguramente) ha padecido acoso escolar y que, por ello, ahora es una insegura (pero buena, ingenua y entrañable); el otro negro, que es superinteligente (aunque parezca tonto) y que, por ello, no duda en inmolarse también por la salvación del grupo, y la policía hispana (vulgo, latina), que es una mujer fuerte y liberada. Como contrapunto, tenemos a John Malkovich, un hombre blanco homófobo (ejemplo de machirulo opresor), que bebe y porta armas (seguro que es votante de Trump), y que, por supuesto, es cristiano (como queda patente en el fugaz plano donde lo vemos santiguarse); también a los malos de turno, que son unos dementes blancos (todos parecen salidos de un rancho de Texas) que quieren que la humanidad se condene mirando a los entes.


      

   En resumidas cuentas, nos encontramos ante una película que no está nada mal, pero que podría haber estado mucho mejor. El problema que tiene no es su parecido indiscutible con Un lugar tranquilo, puesto que, como ya hemos señalado, se aleja conveniente y acertadamente de ella, sino su evidente genuflexión frente a la corrección política. En efecto, no siendo del todo original, la idea del grupo de personas aisladas en el interior de una casa mientras afuera se destruye el mundo, podría haber dado mucho más de sí, si no hubiera partido de la base del revoltijo interracial y sexual para hacerla avanzar. A mi juicio, pues, el sello Netflix le hace perder a la película unos enteros que, de haber prescindido de ellos, habrían hecho de ella una obra prácticamente redonda.