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lunes, 26 de octubre de 2020

Karate Kid, el momento de la verdad

 

   Y yo me pregunto: ¿es Karate Kid, el momento de la verdad la mejor película de los 80? Tal vez suene algo exagerado, pero fácilmente podría optar a ese título. Y es que, gracias a la magnífica serie Cobra Kai, muchos están –estamos– redescubriendo esta cinta tan entrañable: nos acordábamos del famoso “dar cera, pulir cera”, de la técnica de la grulla, del señor Miyagi, de la rivalidad entre Danny LaRusso y Johnny Lawrence…, pero habíamos olvidado su esencia, el mensaje que nos quería trasmitir y que tan de moda estaba en aquella década cinematográfica: la familia y el espíritu de superación.

 

 

   A estas alturas, poco podemos decir sobre el argumento de la película. Un joven, Daniel LaRusso (Ralph Macchio), llega a California con su madre. Al principio le cuesta integrarse, porque añora su antigua ciudad, pero poco a poco lo consigue…, hasta que llegan los problemas. Y es que, como es habitual, se enamora de la chica más guapa del instituto, Ali (Elizabeth Sue), que casualmente es la exnovia del matón de turno: Johnny Lawrence (William Zabka). Así que entre este y él nacerá una rivalidad que desembocará en un torneo de karate. Por suerte, Danny contará con la ayuda de Miyagi (Pat Morita), que lo entrenará para que gane. 

 

 

   Como vemos, la sinopsis cuenta con todos los tópicos del momento: adolescente desnortado con problemas en casa (generalmente, ausencia paterna), que se convierte en el perdedor del instituto y que, por ello, es acosado por los gamberros; romance difícil con una chica inalcanzable para él, pero por la que competirá de algún modo para conseguir que eso cambie; compañero y mentor que sale en su ayuda para vencer sus miedos y rellenar el hueco que ha dejado su padre en la familia, y, por supuesto, victoria sobre los matones. Todo ello, evidentemente, aderezado con las lecciones de moralidad e integridad que los rivales no han tenido, pero que el protagonista sí.

 

 

   De este modo, la película se convierte en una historia de superación personal, de autoconfianza, en la que el kárate es solo la excusa para disertar sobre el valor de la familia y la amistad, algo que también caracterizó al cine de los 80. Porque, además del mejor amigo de Danny, ¿quién es el señor Miyagi, sino la figura paterna de la que él careció en casa?, ¿quién le otorga esa seguridad en sí mismo, sino ese “padre” que le ayuda a vencer sus miedos? Igualmente, su rival, Johnny Lawrence, busca con denuedo un ejemplo paterno, que lo guíe en sus primeros pasos por la vida, que le dé los consejos que necesite…, aunque no tendrá la misma suerte que Danny, puesto que se topará con John Kreese, algo que le afectará para siempre (derrotero que luego explorará la citada serie Cobra Kai).

 

 

   Como solía ocurrir con este tipo de cintas, cuya antropología positiva encandilaba al espectador de entonces, Karate Kid, el momento de la verdad fue todo un éxito de taquilla. Y no solo eso, sino que también propició la afición a las artes marciales por parte de una multitud ingente de niños, que copiaron el espíritu de superación del célebre Danny LaRusso. Es por ello que los productores decidieron prorrogar su éxito con dos secuelas directas: Karate Kid II. La historia continúa y Karate Kid III. El desafío final. Respecto de la primera, debemos decir que indaga en el pasado de Miyagi y que, por ende, nos enseña el valor de la comunidad, de la familia y de la tradición (hoy en día, elementos menospreciados); en cuanto a la segunda, enfrenta de nuevo los dos modelos paternos vistos en la primera entrega de la saga, aunque de manera farragosa y poco atractiva.  

 

 

   Con el tiempo, la serie contaría con un pobre reboot femenino, El nuevo Karate Kid, y con un remake nada desdeñable: The Karate Kid (Harald Zwart, 2010). Este continuó la estela marcada por el film original, por lo que indagó de nuevo en la figura paterna y en la autoconfianza, pero demostró que la sociedad había cambiado. Y es que, en efecto, a pesar de sus parabienes, la cinta no interesó a nadie. Muchos achacaron este fracaso a que actualmente han pasado de moda las artes marciales, pero es probable que el motivo tenga otras implicaciones de fondo, y estas, de carácter moral: a nadie le gusta ya la antropología positiva y esperanzadora que ofrece este tipo de películas; a nadie le interesa ya la figura paterna ejemplarizante y fuerte que muestran… ¿O sí?

 

 

   Y es que la serie Cobra Kai recupera el estilo del cine de los 80, presentado de nuevo a un adolescente que necesita a un padre que le dé seguridad, algo que encuentra en Johnny Lawrence, quien, además, aprovechará el chance para redimirse de su turbio pasado. Curiosamente, está teniendo un éxito atronador, pues tal vez nos esté recordando la importancia de valores que hemos desdeñado. Por desgracia, las nuevas temporadas han sido adquiridas por Netflix, que sí desprecia dichos valores y que, por ello, presumiblemente hará lo posible por apartarlos de las nuevas entregas. Aunque, por suerte, siempre nos quedará el Karate Kid original, que nos servirá de referencia en un mundo que parece haber perdido el norte.

 

 

   Retomando, pues, la pregunta que nos hacíamos al principio, ¿es Karate Kid, el momento de la verdad la mejor película de los 80? Sinceramente, no me atrevo a responder, porque los gustos de cada uno son tan variados que temo equivocarme. Pero lo que sí sé es que representa como ninguna una época que hoy aparece como el estertor de una sociedad que aún creía en la familia, que aún tenía esperanza, que aún quería trasmitir unos valores de los que hoy abominamos. Así, pues, si no es la mejor película de dicha década, al menos podría optar fácilmente al título.