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martes, 29 de diciembre de 2015

Mr. Holmes

   Antes de afrontar este breve artículo, manifiesto y reconozco mi ignorancia acerca del mítico personaje creado por sir Arthur Conan Doyle en 1887; todo lo que sé sobre él, se lo debo al cine y a la cultura popular, esa que entiende de todo sin saber, realmente, de nada (en honor a la verdad, no obstante, debo decir que leí, hace algunos años, su famoso libro El sabueso de los Baskerville, el cual, por otro lado, disfruté muchísimo). De este modo, he visto los filmes en los que ha sido interpretado por Basil Rathbone, Peter Cushing y, de manera más reciente, Robert Downey, Jr., así como los curiosos acercamientos que han hecho a él Billy Wilder y Barry Levinson mediante sus respectivas obras La vida privada de Sherlock Holmes y El secreto de la pirámide (esta última continúa siendo mi favorita). Por este motivo, no puedo opinar sobre el presente largometraje protagonizado por él amparándome en el extenso universo literario que precede y rodea a su ficticia persona; pero ni siquiera puedo hacerlo remitiéndome a los filmes anteriores, pues sus dispares orígenes hacen que no se ciñan coherentemente a un hilo biográfico e idiosincrásico común. Por fortuna para mí, el film parece estar dirigido a espectadores que, como yo, no han tenido ese contacto con el renombrado detective, ya que su trama no se centra en ninguna de sus averiguaciones, sino en su vejez y en los problemas que acompañan a esta.



   En efecto, en Mr. Holmes nos encontramos con que el flamante investigador homónimo se enfrenta ahora al caso más arduo de su vida: el de su propia ancianidad. De esta manera, aquel que antaño era capaz de dilucidar cualquier entuerto gracias a su prodigiosa memoria y a su resuelto uso de la lógica, hogaño se ve incapaz de recordar cualquier acción inmediata y de jugar con la habilidad de antes a los acertijos mentales que cada crimen le proporcionaba. Por este motivo, lo vemos retirado en una vetusta mansión del norte de Inglaterra, donde es cuidado por su ama de llaves y por el hijo de esta, mientras él cuida de sus consentidas abejas, que, por otro lado, le procuran la única actividad que puede realizar con soltura. A la vez, somos partícipes de cómo el pobre anciano lucha contra el personaje de ficción que creó su sempiterno compañero, el doctor John H. Watson, a partir de sí mismo, personaje que acabó por devorar a la persona real en que se fundamentaba, como se nos indica en varias ocasiones a lo largo del metraje (en una de ellas se nos llega a decir que no vivía exactamente en el lugar que señalaban los relatos, ya que este era visitado con frecuencia por multitud de turistas curiosos).

   Como hemos afirmado, empero, la aparición del señor Holmes del título es una simple excusa para ahondar en los postreros pasos de un hombre sobre la tierra, pues incluso el caso que él intenta evocar con tenacidad no alude en absoluto a su pretérita perspicacia, sino a la aparente soledad que siempre lo ha rodeado. No obstante, y por el contrario, la popularidad del personaje, que ha sobrepasado al personaje en sí, ayuda en la profundización de este estudio, que pretende hacernos entender hasta qué punto es difícil el desasirse de una falacia que ha rellenado la vida de un individuo afamado. Con respecto a este que nos ocupa, vemos que ha recubierto su angustioso vacío con la observación de las vidas ajenas y con el éxito que esto le reportaba, pero que, sin embargo, ha quedado evidenciado tras su irrenunciable jubilación (traspasando esto al lenguaje cinematográfico, posiblemente podamos interpretar aquí una alegoría a la propia desilusión de los actores de renombre, que viven una ficción deificada hasta que se encuentran con la realidad de la vejez y de la muerte, común a todos los hombres).



   Indudablemente, la última etapa de la vida humana está nimbada por el halo de la melancolía y de la nostalgia, pues todo aquel que la alcanza guarda tras de sí el intenso recorrido de una existencia que llega a su fin. Por esta razón, no resulta extraño que un anciano rememore constantemente la presencia de sus familiares más queridos y ya desaparecidos, que valore sus pasadas decisiones a la luz de sus ulteriores consecuencias o que añore la compañía de alguien cercano (en la película, por ejemplo, vemos esto último en la relación marital de Holmes con su ama de llaves y, sobre todo, en la filial que mantiene con el hijo de esta, que representa para él el retoño o el nieto que nunca tuvo y sobre el que habría volcado todo su cariño). Pero lo más característico de la ancianidad tal vez sea el agudizamiento de la vida espiritual, pues aquel que ve cómo se aproxima su muerte y cómo aún anhela una dicha que en la tierra no ha logrado cumplir por completo, se rebela contra la idea de la desaparición eterna, y deposita su esperanza en la existencia de un Dios bueno que condone sus errores y que lo conduzca junto a los familiares y amigos que aquí lo precedieron (en la cinta, vemos que esto se produce cuando Holmes hace uso de aquel rito exequial que aprendió en Japón).

   Podemos decir, pues, reafirmando y recordando mi ignorancia acerca del detective, que Mr. Holmes es una obra de manufactura elegante e intimista, características que parecen homenajear su particular donaire, pero que, a la vez, es un estudio serio y entrañable sobre la tercera edad, alejado de los cánones humorísticos de nuestro tiempo y más acorde con la realidad que viven las personas que a ella llegan. Por este motivo, creo que es una película recomendable y muy digna de mención, que contentará a los seguidores de su protagonista, que tal vez encandile a alguno para sumarse a ellos y que, seguramente, nos ayude a valorar más a los ancianos que conviven con nosotros y que, muchas veces, experimentan la soledad de la incomprensión y de la nostalgia.    





 

jueves, 24 de diciembre de 2015

Natividad

   Esta noche es Nochebuena, como nos recuerda el villancico que, seguramente, entonemos junto a nuestras familias durante la cena de hoy, y mañana es Navidad, como también señalan los siguientes versos de la misma canción. Si nos ajustamos a esto, pues, deberíamos comenzar a felicitarnos mutuamente las fiestas a partir de esta medianoche, pero lo cierto es que llevamos haciéndolo desde hace algunas semanas, pues el luminoso ambiente callejero, el frío y la nieve (en los lugares donde se den ambas cosas) animan a ello. A este empuje, también se suma la irremediable vertiente navideña que adquieren los comercios en torno a estas fechas, pues disponen sus escaparates de tal manera, que invitan magistralmente al júbilo (y al gasto). Es una época que gusta a todo el mundo, excepto, por supuesto, al Grinch de la película homónima, al Scrooge ideado por Dickens y al Bill Murray de Los fantasmas atacan al jefe, y ello se debe a las reuniones familiares que la caracteriza y a la bondad que parece ir siempre de su mano (como suele decirse, la Navidad saca lo mejor de nosotros mismos). Por otro lado, es para algunos un momento de mucha melancolía, pues esa felicidad encierra en ocasiones para ellos nostalgia de su propio pasado; así, no son pocos los que, como la Kate de Gremlins, prefieren celebrarlo con evidente modestia.

   A nivel cinematográfico, este es un buen momento para recuperar los grandes títulos que nos ayudan a profundizar en este sentimiento que hoy embarga a (casi) todos los hombres del mundo, como la inmarcesible ¡Qué bello es vivir!, la entrañable De ilusión también se vive, o las más recientes Feliz Navidad y Polar Express (esta última, por supuesto, destinada exclusivamente al público infantil, porque dudo mucho que el adulto sea capaz de soportarla). Asimismo, es buen momento para dar gracias a Dios por la familia que este le ha regalado a cada uno, y para aprovechar cada instante de nuestra estancia en el hogar para estar junto a ella, como finalmente aprenden los protagonistas respectivos de Family Man, La gran familia y Solo en casa (se ve que el personaje de Macaulay Culkin no lo aprendió del todo, por lo que tuvo que repetir la experiencia en Solo en casa 2. Perdido en Nueva York y en sus múltiples secuelas, que no he visto y no sé siquiera si es el mismo personaje de las dos anteriores y si están también ambientadas durante la Navidad).

   Pero, sobre todo, es el momento oportuno para recordar el motivo por el cual celebramos estas fiestas tan cordiales: el nacimiento del Hijo de Dios en Belén (no en vano, la palabra "navidad" proviene del término "natividad", que, a su vez, significa "nacimiento"). Por esta razón, y ya que tanto el título como el propósito de este blog me obligan consentidamente a ello, recomiendo un film que nos puede ayudar en este empeño: Natividad, película dirigida por Catherine Hardwicke en el año 2006, y protagonizada por Oscar Isaac, ahora famoso gracias a su breve aparición en El despertar de la Fuerza (intérprete también de la interesantísima Ex Machina). Ciertamente, la película no se centra en este hecho concreto, pues nos encontraríamos con un exiguo guion que intentaría detallar cada pormenor de la venida al mundo del Mesías, sino que procura ahondar en lo que este esperado acontecimiento supuso para la humanidad y, de manera especial, para la Virgen María.



   De este modo, y amparándose en los evangelios, el film nos acerca a la desconocida biografía de la Hija de Sion (Za. 2, 14): podemos ver, pues, cómo es entregada en matrimonio a su esposo san José (el citado Oscar Isaac), cómo recibe la noticia de su maternidad milagrosa de labios del arcángel san Gabriel y cómo, a pesar de su estado, decide visitar a su prima santa Isabel y cuidar de ella, que también está encinta; podemos ver, además, el viaje en burro de la Sagrada Familia a Jerusalén (todo él, cargado de múltiples peligros y dificultades que resaltan la santidad de sus miembros), el periplo de los Reyes Magos desde Oriente (una aventura de risible desarrollo destinada a amenizar el pausado relato) y, finalmente, la huida a Egipto con el fin de evitar la cruel matanza de los inocentes por parte del malvado rey Herodes. Todo ello, como no podía ser de otra manera, aderezado por las supuestas dudas de la Virgen con respecto a su embarazo y a su misión (algo muy hollywoodiense y juvenil), por el desengaño y posterior arrepentimiento de un leal san José (siempre preferiré la visión que aportó el maestro Pasolini en El evangelio según san Mateo)  y por la descripción de una sociedad machista, donde la mujer no era valorada como merecía (algo que también está muy en boga actualmente, y que, por ello, suena más a reclamo que a estricta realidad).

   Ciertamente, la película no es una obra maestra, pues adolece de una buena realización (que necesita de esos Reyes Magos para encaminar su desarrollo), y parece estar destinada a un público televisivo en vez de a otro cinematográfico (es más una miniserie que un largometraje); sin embargo, y como hemos afirmado, resulta apropiada para ver en este tiempo de Navidad, ya que nos recuerda que esta solo tiene su sentido si celebramos el nacimiento del Hijo de Dios. En el evangelio de la misa de mañana, de hecho, se mencionará una frase que, por otro lado, repetimos cada mediodía en el rezo del ángelus: "La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros" (Jn. 1, 14). Es probable que muchos, por el simple motivo de haberla repetido a diario, no se hayan percatado de su importancia, pero encierra una trascendencia fundamental, pues es la raíz de esta fiesta: el término "Palabra" (en latín, "Verbum") traduce el vocablo griego "Logos", que significa, aproximadamente, "principio o razón universal" (ya sabéis, pues, en qué se inspiró George Lucas para crear su ubicua Fuerza galáctica). Aunque este no es momento para recorrer la historia de la filosofía, ciencia donde nace este concepto, podemos resumirla diciendo que los primeros pensadores consagraron su vida al estudio de esta verdad inmutable (en el ámbito judío, entorno en el que nació el Señor, esta verdad era conocida como Sabiduría, y la Biblia la recoge también como norma moral de actuación). Por ello, cuando el cristiano afirma que esa verdad eterna se encarnó, asevera que salió al encuentro del hombre aquello que este siempre anduvo buscando (ya tenéis otra fuente de inspiración del tío Lucas: los midiclorianos de La amenaza fantasma, que se confabularon para engendrar milagrosamente un ser humano en el vientre de una mujer pura).

   Esa Palabra, o ese Logos, es en realidad el Hijo de Dios, que está junto a este desde siempre, compartiendo, además, su esencia divina; es por tanto, Dios mismo. Por esta razón, pues, podemos decir que esa verdad eterna, universal e inmutable se hizo carne, como nosotros, revelándonos, así, su propia esencia, de manera que la humanidad dejase de buscarla a tientas, como hemos visto que hacían los primigenios filósofos, para volcarse plenamente en su seguimiento, que es hontanar de radiante dicha. Como el cristiano es consciente de esta alegría que siente el mundo, puesto que, gracias a esta encarnación, ya conoce la senda de la verdad y de la vida (cfr. Jn. 14, 6), celebra cada año el día de su nacimiento, es decir, el 25 de diciembre; además, recuerda con sus villancicos y con sus belenes este hecho histórico de tan alta importancia para los hombres de todos los tiempos, gritándoles a viva voz que en Jesús tienen la salvación. Por este motivo, también se une a su familia y a sus amigos, procurando derrochar su bondad y su felicidad con ellos, pues aquel que es la Verdad nos enseñó que ese es el camino de la vida en la tierra.



   Por desgracia, y como señalaba el papa Benedicto XVI, hoy el mundo celebra la Navidad olvidándose de su auténtico protagonista, es decir, Cristo; ha vaciado de su contenido una fiesta netamente religiosa, para que cualquier persona, con independencia de su credo o convicción, pueda disfrutar de sus consecuencias, esto es, el amor, la bondad y etcétera. Pero esto, que parece perfumado con el aroma de la buena intención, oculta en realidad una hábil finta, pues sustituye su verdadera esencia con un engañoso sentimentalismo sin alma; así, el hombre se ve obligado a cubrir esa nostalgia que siente o ese amor que experimenta hacia otros mediante agasajos y fiestas, buscando una alegría momentánea que rellene sus oscuros vanos de soledad y desazón. El etéreo marketing, por otro lado, ha sabido dar forma a ese anhelo que persigue en la figura del maleado Papá Noel, que ya nada tiene que ver con el san Nicolás de Bari cristiano en el que se inspira, pues lo ha convertido en un sosias de la encarnación de Jesucristo, una emanación cárnica de un inventado espíritu navideño que va repartiendo felicidad por los hogares del mundo (para mí, es más parecido al putrefacto Jack Skeleton disfrazado de él en Pesadilla antes de Navidad que al anciano rojizo y bonachón que, pretendidamente, desciende por las chimeneas caseras).     

   Así pues, vivimos en un mundo del todo engañador y engañoso que pretende eliminar la raíz cristiana de una fiesta propia de nuestra fe, sustituyéndola, empero, con otra falsa: la del sentimiento dirigido, la bondad mentirosa y el dispendio necesario. Sin embargo, una raíz artificial no nutre planta alguna, por lo que el destino de esta es, indefectiblemente, la muerte. Para evitar, por tanto, que el árbol de la verdadera alegría se marchite, el cristiano debe conservar intacto su auténtico nutriente, es decir, el nacimiento de Cristo en Belén, de manera que esta fiesta le sirva de acicate a esa bondad que el abstracto e inexistente espíritu navideño le exige, y que esa bondad (esa santidad) no sea propiedad exclusiva de este período vacacional, sino del año entero.

   Para concluir con la idea que empezamos, pues, no debemos amar la Navidad por los efectos supuestamente entrañables que produce en nosotros, y que las películas citadas arriba describen, sino por su verdadero origen, su fundamento, que es la venida al mundo de nuestro Salvador, Jesucristo, el Hijo de Dios. Viviéndola así, el hombre encuentra la auténtica dicha de esta fiesta, y le manifiesta a la humanidad la alegría por haber conocido a aquel que esta aún sigue buscando. Como, finalmente, urgía san Agustín, "despierta: Dios se ha hecho hombre por ti".

   ¡Feliz Navidad!  

viernes, 18 de diciembre de 2015

El despertar de la Fuerza

   Anoche tuve la suerte de asistir al preestreno de la nueva entrega de La guerra de las galaxias (aún me resisto a usar la reciente acepción fílmica de Star Wars), película que llega hoy a nuestras carteleras y que se ha convertido en el evento más esperado por todos los cinéfilos del mundo (seguramente, también por aquellos que no sean tan amantes del séptimo arte). Esta ansiosa espera, por supuesto, se ha visto propiciada por la magistral (y engañosa) campaña publicitaria que llevamos observando desde hace meses (en esta, también incluyo el enfado de Lucas con la Disney), y en la que se ha hecho un estupendo uso de la nostalgia y de la insinuación para motivar con viveza a los potenciales espectadores de la película; pero también, y sobre todo, por el bravo empuje de los millones de fans que tiene la saga, deseosos de continuar viendo en pantalla las aventuras de sus personajes favoritos. Y como yo me encuentro entre ellos, me gustaría acercarme al film desde este punto de vista.
 
 
 
   Como afirmé en una entrada anterior de este blog dedicada a la saga, La guerra de las galaxias ha constituido para mí una inagotable fuente de ilusión a lo largo de muchos años, pues no solo me cautivaron las tres entregas que, a la sazón, la conformaban, sino que también me embelesó todo el universo (nunca mejor dicho) que las rodeaba. Tanto es así, que me aficioné, casi de manera obsesiva, a coleccionar todo aquello que tuviese relación con él; especialmente, me encariñé con la selección de libros que, por aquel entonces, editaba con mucho cuidado la casa Martínez Roca. Gracias a estos volúmenes, mi imaginación se expandió como el citado cosmos de la saga cinematográfica, pues rompieron la constringente barrera de la realidad del fotograma. De este modo, por ejemplo, conocí al Xizor de Sombras del Imperio y su deseo de seducir a la ingenua Leia; supe qué aconteció tras la muerte del emperador y cómo se formó la Nueva República, y me aproximé a la dura adolescencia del futuro contrabandista Han Solo (esta, en una magnífica trilogía creada por la autora A.C. Crispin y compuesta por los libros La trampa del paraíso, La maniobra hutt y Amanecer rebelde).
 
   Habiendo adquirido, pues, un amplio conocimiento de toda la historia propia de esta mítica saga, y que llegaba a extenderse hasta los hijos de los citados Han y Leia (Jania, Jacen y... ¡Anakin!), y la nueva academia Jedi, fundada por Luke Skywalker, sentí una profunda decepción cuando descubrí que toda aquella sabiduría había sido reestructurada por el mismísimo autor de la saga, George Lucas. Este, ciertamente, contaba con el honor de ser su creador, pero, a mi juicio, ello no le autorizaba a romper el hilo de una trama que había crecido más allá de su propia inventiva, y que él, por otro lado, había consentido con el uso de su sello artístico. Por este motivo, a la decepción de identificar un largometraje harto infantil y vano en La amenaza fantasma, se sumaba la desilusión por comprobar que todo lo que había leído acerca del origen de los Sith o de la pretérita vida de Darth Vader ya no tenía sentido alguno.
 
   Como ya dediqué un artículo a ello, no quisiera cebarme en todo lo que los episodios I, II y III desperdiciaron de la herencia de sus predecesores (ahora, sucesores); sin embargo, y en honor a la verdad, debo reconocer que, una vez aceptado que el universo expandido que yo conocía había dejado de formar parte de los nuevos derroteros de la saga, la tragedia de los Skywalker, del Senado, de la República y de los Jedi que aquellos presentan está muy bien hilvanada con los episodios IV, V y VI (en este sentido, no obstante, yo apartaría de los tres primeros a los prescindibles R2D2 y C3PO: ¿en serio que era necesario unir el origen de este último al niño Anakin?).
 
 
 
   El despertar de la Fuerza, continuación de lo visto en El retorno del Jedi, se presenta también como una prolongación de ese nuevo universo expandido que soslaya abiertamente lo que otros autores ya habían creado, pues su único canon son las seis películas anteriores. Según esta idea, pues, debemos acercarnos a ella, ya que en muy poco se asemeja a lo que mi generación leyó en las páginas de los libros o de los cómics, o vio o jugó, respectivamente, en alguna añeja serie de televisión o en algún programa informático. Actuando de este modo, el espectador y aficionado se encontrará con un verdadero espectáculo cargado de nostalgia y entretenimiento que no le defraudará, como sí hicieron los tres primeros episodios, y que reavivará su amor por los tres segundos episodios.
 
   Para este film, J.J. Abrams recupera el mismo esquema que tanto éxito le reportó en su espléndido reboot de Star Trek, es decir, personajes clásicos y nuevo planteamiento de una sinopsis ya vista; de este modo, y sin ánimo de desvelar nada, podemos ver en esta película un guiño constante a Una nueva esperanza, pinceladas de El Imperio contraataca, sombras de El retorno del Jedi y, tal vez, ecos de La venganza de los Sith, la mejor (pero no por ello buena) de la primera trilogía. A mi juicio, no debemos entender esto como una ausencia de imaginación o como un simple remake de toda la saga, pues la historia avanza por otros cauces que se alejan sobremanera de aquellas, sino como un homenaje nostálgico a unas aventuras que marcaron la vida de toda una generación. Por otro, y como acontecía en la otra saga cinematográfica citada arriba, esta puede ser también una manera de recopilar todo lo visto hasta el momento y de catapultarlo hacia nuevos horizontes para una nueva generación (al fin y al cabo, eso significa el término "reboot").
 
   En cuanto a los personajes, estos están muy bien cuidados, pues se nos devuelve el carisma de los que poblaban las entregas originales y se nos evita los malos tragos de los que entorpecían el desarrollo de las posteriores (a estas alturas, ya todo el mundo sabe que no hay ningún sosias del odiado Jar Jar Binks). Tanto es así, que Rey (Daisy Ridley) agarra muy bien el testigo ofrecido por Luke, BB-8 está a la altura de R2, y Kylo Ren se puede equiparar sin rubor al entronizado Vader (a mi juicio, es un buen malo para los espectadores que se acerquen por primera vez a La guerra de las galaxias). Por desgracia, no se puede decir lo mismo de los personajes clásicos, que aparecen algo desdibujados, algo que sospecho intencionado, pues ya forman parte de otra generación de aficionados (seguramente sea así, pues algunos secundarios también aparecen muy esbozados, cosa que da pie a pensar que serán los nuevos héroes de las próximas entregas).
 
 
 
   Por último, Abrams apuesta también, como ya ha sido dicho, por un diseño de producción más acorde con la trilogía original, alejándose, afortunadamente, del exceso de efectos digitales que apabullaban al espectador en los episodios I, II y III (aún me mareo cuando pienso en esa persecución de coches voladores que aparecía en El ataque de los clones...); de este modo, vuelve a las guerrillas en los bosques, a las marionetas y a las maquetas, algo que no solo llena de nostalgia al conjunto, sino que le otorga el verismo del que aquellos adolecían (sorprendentemente, en unas declaraciones recientes, George Lucas decía que la historia de La guerra de las galaxias es una tragedia personal interna, no un espectáculo de efectos visuales).  
 
   Anoche, cuando fui al preestreno del film, disfruté como nunca en un cine, pues me vi rodeado de gente joven, de niños y de mayores, de personas disfrazadas y de portadores de sables láseres, todos ellos deseosos de participar de este nuevo espectáculo galáctico, que demuestra, de este modo, que ha vertebrado la historia de varias generaciones de aficionados, que van heredando de sus antecesores, como si de generaciones de auténticos Jedi se tratasen, la afición por las desventuras de los Skywalker. Como todos ellos, yo también aplaudí cuando comenzó la proyección, aullé emocionado cuando hicieron su aparición Solo y Chewbacca y me excité a rabiar cuando vi ese final... que no revelaré, pero concatena esa antigua generación con la nueva. Para mí, esto es una nueva esperanza, pues me devuelve la ilusión que sentía cuando leía los libros citados al principio o cuando veía una y otra vez las películas, imaginándome que yo era uno de sus protagonistas; y para mí, también es un verdadero despertar de la Fuerza, que ha permanecido dormida mucho tiempo, a la espera de resucitar en el momento oportuno y de insuflar entusiasmo galáctico a toda una nueva multitud de aficionados.
 
 

  

     

jueves, 17 de diciembre de 2015

Eduardo Manostijeras (25º aniversario)

   La semana pasada se cumplieron veinticinco años del estreno de la primera gran película de Tim Burton: Eduardo Manostijeras. Anteriormente, por supuesto, ya nos había deleitado con algunas obras de su particular filmografía, como sus cortometrajes Vincent y Frankenweenie, y sus largometrajes La gran aventura de Pee-Wee, Bitelchús y Batman (esta última, comentada brevemente en este mismo blog). Sin embargo, y a pesar de la buena manufactura de todas ellas, ninguna supo desvelar de manera tan evidente el convulso mundo interior que yacía en la hondura de este cineasta, por lo que se convirtió de inmediato en su pieza más personal.

   En honor a la verdad, es imprescindible decir que, ya en las tres películas citadas arriba, podíamos encontrar pinceladas de la turbulenta personalidad de este autor, explotadas hasta la saciedad (¡y nunca mejor dicho!) en sus incursiones posteriores: la extravagancia del mencionado Pee-Wee Herman, la no menos excentricidad de la Winona Ryder de su segunda obra (una chica cuyo estilo tal vez haya sembrado la semilla de los nuevos góticos) y la soledad culpable del millonario Bruce Wayne de su aproximación a las andanzas del hombre-murciélago. No obstante, y como si de una tétrica crisálida se tratase, estas sencillas características, propias de un autor bisoño con ínfulas de grandilocuencia, encerraban, realmente, una personalísima idiosincrasia cargada de sensibilidad y cinefilia, que eclosionó, ya madura y bien formada, en este patético e imaginativo drama, que tiene más de autobiografía que de ficción cinematográfica.

 

   Según pude leer hace algunos años en un opúsculo dedicado a él, Tim Burton vivió su terrible infancia rodeado por la más absoluta y traumática soledad, ya que sus padres, tal vez motivados por un buen propósito, le impidieron tener contacto con el mundo exterior, y, por ende, relacionarse con otros niños de su edad, pues pensaban que ambos factores influirían erróneamente sobre su formación (el paroxismo de este mórbido interés llegó cuando al pobre muchacho... ¡le tapiaron las ventanas de su dormitorio!). Esto propició que el futuro cineasta se encerrase de manera progresiva e inexorable en sus propias fantasías, que él mismo construyó mediante truculentas imágenes de monstruos y fantasmas, en las que, paradójicamente, encontraba el cariño que aquellos, en verdad, le negaban.
 
   Por supuesto, otros de los refugios del desdichado niño fue el cine, donde aprendió a narrar historias y a ampliar sus horizontes imaginativos, aunque estos, verdaderamente, continuaban circunscribiéndose al ámbito del horror y del humor negro (según él mismo ha confesado alguna vez, simuló su propio asesinato solo para reírse de la reacción de sus padres). De este modo, se empapó de las producciones de la Hammer y de todas las cintas realizadas y protagonizadas, respectivamente, por los míticos Roger Corman y Vincent Price, algo que le animó a escribir sus primeros libretos y a dirigir sus primeras grabaciones. Como podemos intuir, todas estos acercamientos se caracterizaban por sus rocambolescos y lúgubres argumentos, y por sus macabros diseños de producción, que, aun siendo infantiles, se han convertido hoy en la seña de identidad de su obra adulta. 
 
   Todo esto, pues, llevó a los vecinos del pequeño Tim a definir a este como un "inadaptado social", y a prohibir que sus hijos tuviesen relación con él, factor que contribuyó de manera ineluctable a su aislamiento, y, por consiguiente, a su onerosa soledad, que, empero, y como ya hemos visto, él supo rellenar con su propia imaginación. Así pues, no es difícil entrever, en el solitario Eduardo que da título al film, un reflejo muy vivo de la personalidad del cineasta, marcada fuertemente por su infancia y por el manifiesto rechazo de su círculo vecinal (tal vez, y como un profético émulo de su alter ego de ficción, él también observase, desde su tapiado y negro castillo, el trajín de la colorida urbanización que se extendía más allá de su cerrada ventana; tal vez, también soñase en ocasiones con el mar que columbraba en días claro y con la posibilidad de ser uno igual que los demás).

 
 
   Como el joven Burton, Eduardo Manostijeras, encerrado en su propio mundo, no tiene más remedio que desarrollar su potencial imaginativo, dotando de belleza lo que es simple tosquedad y marginación; así, del descuidado seto, él es capaz de extraer, por ejemplo, una portentosa escultura, como aquel fue capaz de elaborar todo un imaginario interior arraigado en su falta de cariño. Por supuesto, y como hemos dicho, esta metáfora no es patrimonio exclusivo de esta película, pues podemos entender que el Bruce Wayne de Batman, aprisionado en su inhóspita mansión, aprovecha su carencia para dar pulcritud a su desaseada ciudad, o que el Edward Bloom de su posterior Big Fish rellena su vacío con la fantasía que transmite a su hijo.
 
   Sin embargo, y a pesar del buen provecho que parece haberle sacado a su soledad, Eduardo, como Tim, añora el contacto humano y la presencia de un padre que lo guíe por los senderos de su propia vida, como, por otro lado, también parece extrañarlo el Willy Wonka de Charlie y la fábrica de chocolate. Por este motivo, no duda en aceptar la invitación de Peg Boggs, que le ofrece sumarse a ese mundo nuevo que él observa desde su apartada ventana, y formar parte de su entorno familiar, algo de lo que él nunca ha disfrutado. Desgraciadamente, y a pesar de la alegría con que asume esta generosa oferta, sus largos años de arrinconada soledad le impiden desenvolverse con acierto en el novedoso ambiente, por lo que este, en consecuencia, se le torna hostil (además, y como desilusionada alegoría de la sociedad que, posiblemente, se encontrase el joven Burton, vemos que el guion de la película incide mucho en la hipocresía de unos vecinos que, aunque al principio valoran la presencia de Eduardo entre ellos, posteriormente lo deploran, hasta el extremo de ansiar su destierro).

   Pero el desarraigo familiar de Eduardo no solo ha contribuido a que este se sienta ajeno a la sociedad en que vive, sino también a que desee con inocente anhelo la experiencia de un amor verdadero que rija su propia vida. Esta incesante búsqueda culmina con el encuentro entre él y Kim (Winona Ryder), que encarna ese profundo sentimiento que siempre ha dominado el horizonte de su vida. Eduardo, sin embargo, descubre que el auténtico enamoramiento trasciende el mero sentimentalismo y que, unido a él, siempre está el deseo de la entrega y del sacrificio, que son las vías insoslayables que deben recorrer dos almas que aspiran a enlazarse para siempre. Por desgracia, es posible que él no haya aprendido a aceptar esas dos dimensiones del amor, y que, aterrado, huya realmente de ellas, pues no ha vivido en un hogar donde el amor familiar y la entrega sean las virtudes cotidianas. Por ello, es fácil suponer al joven Tim huyendo del dolor que acompaña a toda salida al mundo exterior (y de los sentimientos), aturdido por sus inevitables y naturales normas, para guarecerse en el que él ha creado, donde no gobiernan las leyes de la entrega y el sufrimiento (Eduardo mismo corre hacia su castillo y expulsa de él a Kim, pues le recuerda su propio suplicio; en él, puede trabajar en su obra sin que esta se vea alterada por ese mundo que ha conocido y aborrecido).



   Por último, ese mundo interior de Eduardo, que tan bellamente describe Tim Burton en el film, es decir, las esculturas de hierba y hielo que él mismo realiza en el atrio de su mansión, sean tal vez el anhelo no saciado por manifestar un amor que él siente truncado (a esta idea, por supuesto, contribuye la nostálgica banda sonora de Danny Elfman, que compone aquí una de sus más hermosas partituras). Sin embargo, no debemos ser ingenuos frente a este melancólico sentimiento, pues el refugio en la propia interioridad como respuesta a un fracaso, o la huida ante el incipiente deseo de una entrega, que es fruto del amor verdadero, es en realidad una absurda inmadurez que frustra el desarrollo afectivo correcto de cualquier persona (como Eduardo, igual que Tim, no ha tenido unos padres y unos hermanos que, en su convivencia diaria, le hayan ayudado a interiorizar esto, la respuesta puede ser comprensible, pero no justificable).

     A modo de colofón, pues, podemos decir que Eduardo Manostijeras es una bella fábula acerca del crecimiento humano, de la soledad y, como hemos visto, del amor, y que, asimismo, es tanto más hermosa cuanto mejor refleja la vida personal de su autor. Este, por otro lado, demuestra aquí toda la sensibilidad de la que es capaz, y manifiesta su delicada forma de narrar, de la que vuelve a hacer uso en su espléndida Ed Wood y en la fallida Big Eyes. Por desgracia, hoy parece haberse refugiado, como el Eduardo de este film, en su propio castillo interior, realizando un cine netamente autorreferencial que solo hace las delicias de sus más estrictos y recalcitrantes seguidores (véase, o no véase, por ejemplo, la absurda Sombras tenebrosas), y que, o bien prueba que su genio se ha agotado, o bien que ha huido de un mundo que, como hemos visto, le queda demasiado grande.

   Sea como fuere, este es un film altamente recomendable, y la efeméride de su vigésimo quinto aniversario, o de la Navidad en ciernes, constituyen un buen momento para recuperar su visionado. Por otro lado, también es una muy buena película para que se acerquen a ella los nuevos aficionados al cine, y avancen con ella por esta fantástica senda del séptimo arte, conociendo a uno de sus autores que, no obstante lo dicho, es uno de los mejores que ha nacido en su seno.

    

  



  

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Mi primera película

   Todavía soy capaz de evocar la primera película que vi en el cine: Dumbo. Ciertamente, el recuerdo es muy vago, pues han transcurrido más de treinta años desde aquel día; sin embargo, la imagen animada del desdichado elefante planeando por el cielo me entusiasmó tanto, que quedó grabada en mi memoria con la fuerza del hierro candente que marca las reses. Por otro lado, y como cualquier otra reminiscencia, esta forma parte de un conjunto mayor, en el que todas las que conservo están bien dispuestas y enlazadas, como las esferas de colores aparecidas en Del revés; pero, tal y como acontecía en este magistral film, el globo de este recuerdo concreto ya no muestra solamente el gayo amarillo de la alegría, sino que a veces se ve teñido por el azul de la nostalgia, ya que apunta a una época de feliz inocencia, muy propia de la infancia, que ha quedado en el pasado.
 
 

    Cuando miro hacia atrás en el tiempo y evoco al ingenuo Dumbo, puedo verme sentado en la silla de madera de aquel cine de verano donde conocí sus aventuras, absorto por lo que la pantalla me muestra; puedo ver también a niños como yo, corriendo entre las inquietas piernas de sus padres mientras emulan la historia que el proyector les relata, y a otros que, igual que yo, embebidos por ella, no pueden dejar de mirarla. Si miro hacia mi lado, puedo ver también, dentro de esa inmensa sala sin paredes y de alto y estrellado techo, a mis padres, que me llevaron a disfrutar de ese reestreno; probablemente, incitados por la buena noche que a la sazón hacía y por la ilusión de pasear junto al retoño que ampliaba su incipiente unidad familiar.

   A pesar de las grandes y sobrecogedoras escenas que posee la película, mi memoria, como he dicho, solo ha conservado la imagen del ingenuo elefantito aleteando velozmente sus orejas, mientras sostiene con firmeza credulidad la pluma mágica que le otorga su poder. Una de ellas, amén de la que es famosa por la embriaguez de Dumbo, es la que protagoniza este junto a su madre, encerrada en una jaula tras haber barritado con furia en defensa de su pobre hijo; el verlo a él entristecido, acariciando la tierna trompa de aquella, que hace las veces de un dolorido brazo materno, que busca con dulce ansiedad la respuesta amorosa de su vástago, me suscita sin remedio la congoja en la garganta y la humedad en mis ojos. Es lógico que, siendo niño, no fuese capaz de identificar toda la nostalgia encerrada en estas imágenes; mas ahora, ya adulto, no solo la reconozco, sino que también la comparto, pues recuerdo cuántas veces mi propia madre me ha buscado así y cuántas veces yo mismo la he anhelado de idéntico modo.
 
 
 
   Por otro lado, recuerdo de aquella imagen grabada en mi memoria al diminuto ratoncillo Timoteo, aferrado al gorrito de Dumbo, siendo su único amigo y, al mismo tiempo, la voz de su conciencia. Como me ocurrió con la escena detallada arriba, tampoco aquí supe ver todo cuanto encerraba, en este caso, ese personaje, pues, más allá del sempiterno compañero, él representaba la amistad más pura, la desinteresada, aquella que solo vela por el bien del otro, sin tener a veces en cuenta el propio bien. Puedo recordar al pobre roedor guiando al elefante hasta donde está encerrada la madre de este, para que ambos se vean y puedan comunicarse lo mucho que se aman; puedo recordarlo también animando a volar a Dumbo, no obstante las risotadas de los escépticos cuervos, y ayudándole de este modo a superar su humillación y su tristeza. Así pues, hoy también veo de manera diferente al bueno de Timoteo, que es fiel reflejo de todas las personas que han pasado junto a mí, a lo largo de mi vida, como amigas, y que, como él, han buscado mi solo bien, demostrándome que el verdadero amor es aquel que impele a la entrega por el otro (¿no cobran aquí todo su sentido las palabras de Jesucristo "nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos"?). 
 
   Por último, aquella imagen de Dumbo que aún circula por mi magín es el sello indeleble del amor que nació en mí hacia el séptimo arte, del que me considero deudor por todas las alegrías y enseñanzas que me ha transmitido, por todas las ilusiones y esperanzas que me ha comunicado, y por cómo ha alimentado mi imaginación durante todos estos años. Es por ello que hay veces que me veo como el entrañable Totò de Cinema Paradiso, pues vinculo cada momento álgido de mi biografía a un film determinado, intento contemplar la vida a través del objetivo de mi cámara, procuro añadirle la banda sonora que requiere en cada instante o le supongo un hipotético guion para mejorarla; sin embargo, la vida misma va escribiendo su propio libreto, se adereza ella sola con la música que más se ajusta a sus derroteros y dirige el objetivo hacia el horizonte que debo encuadrar. En mi caso, siendo aquel niño cautivado por la proyección animada, nunca pude imaginar, ni en la sinopsis más estrambótica ni en el argumento más elaborado, que ese gozo que yo experimentaba apuntaba realmente a una dicha mayor y más plena, la del servicio a Dios, que, de manera misteriosa, me llamaba a ser sacerdote, para transmitirle al mundo esa misma dicha que yo empecé a intuir cuando, por primera vez, vi un elefante volar.  
 
 

lunes, 7 de diciembre de 2015

Los miserables (2012)


   Una vez más, recibimos en este blog artículos de sus lectores, con el fin de hacer posible la reflexión cristiana a través del cine. En esta ocasión, podemos leer uno acerca del film Los miserables, dirigido por Tom Hooper en el año 2012.
   Espero que lo disfrutéis. 


   Estando a punto de empezar el año de la misericordia, me parece oportuno hablar de un film que creo que la representa con gran acierto. Esta joyita que hoy nos ocupa es una verdadera obra de arte que, a mi juicio, quizás algo osado, permanecerá como uno de esos clásicos que nunca pasará; como prueba, basta ver que el musical en que se inspira, que se lleva representado en Londres desde hace más de veinticinco años. La historia es tan extensa y profunda que cuesta ceñirse a algo concreto; todo aquel que vea el film en cualquiera de sus versiones (la presente, protagonizada por Russell Crowe y Hugh Jackman; la de 1998, con Liam Neeson y Geoffrey Russ; la miniserie de 2000, con Gérard Depardieu y John Malkovich, ¡o incluso la primera versión, la muda, de 1907!), podrá ver que me dejo muchas cosas en el tintero (más bien en el teclado). De las miles de cosas que se podrían decir, yo quisiera centrarme en los personajes de Valjean, Fantine y Javert, y de las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad. Cada uno destaca en una de las tres, pero también manifiesta una necesidad especial de otra.
 
 


 
   Si tomamos en primer lugar a Valjean, podemos ver a un hombre sin esperanza, que malvive como puede, y que, por un lado, llevado por la desesperación, y, por otro, por el amor a su hermana y su sobrino, roba un poco de pan, para evitar que mueran de hambre; por ello, es condenado, y pasará veinte años en prisión. Cuando sale de allí, camina como un vagabundo sin destino, sin esperanza, con un amor muy herido por el odio que le han mostrado y que él proyecta al mundo, hasta que el amor de Cristo lo alcanza a través del obispo de Digne, quien le hace ver que Dios es de verdad el amor que colma nuestra alma, más allá de toda esperanza, si tenemos fe en Él. Este encuentro le cambia la vida.
 
 
   En un segundo punto, vemos a Fantine, una joven cargada de amor y de esperanzas, pero sin nada sólido en lo que fundamentarlas, la cual, engañada por un amor de juventud, queda embarazada y abandonada. Esa herida le hace renunciar a la esperanza de ser amada por nadie, y pierde su fe en todo. Sin embargo es capaz de seguir adelante por amor a su hija, haciendo lo necesario para mantenerla a salvo, llegando al extremo de la prostitución.
 
 
   Esto nos lleva al tercero en discordia, Javert, un hombre implacable, con una fe férrea, pero absolutamente incapaz de mostrar amor, y, por lo tanto, de recibirlo. Javert, al igual que Fantine y Valjean, ha sufrido una infancia marcada por la miseria: él nació en una prisión y se crió en la calle, hasta lograr hacerse guarda de prisión, donde conoce a Valjean.
 
 
   A lo largo del film, podemos ver que la relación entre los tres nos enseña que lo que dice san Pablo es muy cierto: “Fe, esperanza y caridad; de las tres, la más importante es la caridad, el amor” (1 Co. 13, 13). ¡Pero hay que tener las tres! Sin fe, nos volvemos como la pobre Fantine, que no tiene nada sólido que sostenga su gran amor y sus esperanzas, y nos arriesgamos a caer bajo la tiranía de las pasiones descontroladas (¡cuántos matrimonios rotos por no haber puesto su amor y su esperanza a madurar en la fe!); si vivimos sin esperanza, al igual que Valjean, la fe se convierte en sospecha de todo, algo que nos encerramos en nosotros mismos y, así, el amor se pudre y se convierte en odio hacia todo y hacia todos; por último, si nos falta el amor nos convertimos, como Javert, en implacables jueces, incapaces de mostrar siquiera un atisbo de misericordia. El mismo Javert nos muestra lo que le ocurre a la gente que endurece su corazón hasta el final; Valjean, por el contrario, deja constantemente desconcertado a Javert con sus actos (esto se ve sobre todo cuando, finalmente, el policía se da cuenta de que esa idea que siempre le ha movido es falsa: el amor que le muestra Valjean le produce tal dilema, que no puede soportarlo, por lo que toma la decisión radical de suicidarse).
 
 
   Es bien conocida la expresión "la esperanza es lo último que se pierde". Creo que esto no es cierto, pues, como he dicho, las tres virtudes van de la mano, y el amor sostiene a todas. Pero claro, uno podría pensar: "suena muy bonito pero ¿cómo se vive con amor?". Valjean nos da la respuesta. Su vida misma es reflejo perfecto del amor de Dios vivido. Es alguien capaz de transmitir la misericordia que ha recibido previamente, pensando siempre en los otros antes que en sí mismo.
 
 
   Termino con un ejemplo claro que se puede ver en la versión de 1998. Cuando Valjean va a las barricadas a buscar a Marius para intentar convencerle de que deje la lucha y vaya con Cosette, cuando este le pregunta que qué les quedará si no lucha, que qué futuro les espera, Valjean, tomándole los brazos y mirándolo con una mirada paternal le contesta: "Tienes amor, es el único futuro que Dios nos da".
 
 

 Javier Orozco de Donesteve

jueves, 3 de diciembre de 2015

Por qué me gusta Batman

   Cuando se habla acerca de Batman, me gusta verme como un fan de la primera generación, pues soy de los que disfrutó de la versión seria del hombre murciélago en el cine allá por 1989 (para los que se hayan sorprendido por el uso de este adjetivo, acérquense a la que protagonizó el mítico Adam West en el año 1966, que, no obstante su evidente hilaridad, debe ser revisada cada cierto tiempo). Es verdad que, al atribuirme dicha posición, me arrogo un puesto inmerecido, pues existen admiradores de primerísimo orden, es decir, aquellos que conservan los cómics originales protagonizados por tan emblemático personaje, y a estos tales no tengo derecho a dirigirme. Pero como hoy vivimos en un mundo audiovisual, que ha renovado y llevado a su campo a los superhéroes que antes poblaban aquellas viejas viñetas, sigue gustándome recordar que yo participé de esos inicios cinematográficos.





    La cinta de Tim Burton fue para mí todo un descubrimiento, pues me presentó a un héroe situado en las antípodas de todo lo que había visto hasta el momento, principalmente, el Superman interpretado por Christopher Reeve. Al revés que este, venido de otro planeta y caracterizado por una bondad que rayaba la ingenuidad, el justiciero de la noche era un hombre de nuestro mundo, que ocultaba su rostro para acometer una empresa más humana que la de aquel: vengar la muerte de sus padres; esto, además, se veía aderezado por una tenebrosa y atractiva puesta en escena, que parecía reflejar con mayor incisión la atormentada (y comprensible) personalidad de dicho héroe, algo que lograba conquistar la empatía del espectador, que asimilaba como propio su dolor y, por consiguiente, acreditaba su excéntrico comportamiento. Lógicamente, Batman era tan inalcanzable para mí como lo era Superman, pero, como no gozaba de poderes sobrehumanos que lo catapultasen siempre a la victoria, y luchaba por erradicar algo tan frecuente en nuestros días como es la delincuencia, cautivó todo mi interés y me hizo soñar con ser como él.




   Amén de estos anhelos infantiles, esta primera aproximación seria al personaje creado por Bob Kane en el lejano año 1939, hizo que se acrecentase en mi interior la incipiente pasión por el mundo del cine, ya que me animó a descubrir otras películas realizadas por tan particular director (hoy, en francas horas bajas) y conocer otros filmes interpretados por el hierático Michael Keaton o por el indomable Joker, a la sazón, Jack Nicholson; de este modo, tuve la oportunidad de ver Bitelchús La gran aventura de Pee-Wee, en cuanto a los primeros, y El resplandor o Easy Rider (Buscando mi destino) en referencia al segundo. Además, comencé a leer artículos de temática cinematográfica, a coleccionar mis primeras revistas especializadas y trasnochar hasta donde podía, para escuchar los programas radiofónicos dedicados a ello.

   De este modo, cuando en 1992 se estrenó la secuela de aquel film revelador, Batman vuelve, yo ya tenía un escueto bagaje cinematográfico, que me ayudó, por supuesto, a disfrutar de ella. En algunas críticas de la época, sin embargo, leí que el personaje daba muestras de cansancio, porque se repetían los mismos esquemas del largometraje precedente, y, entre mis amigos, se decía que era una continuación inferior a este último, pues adolecía de su dinamismo; a pesar de ello, yo me sentí nuevamente cautivado por ella, pues la repetición de la estética tenebrosa reforzó mi impresión de estar frente a un cineasta de recia personalidad, y la inclusión de un romance entre antagonistas (Batman y Catwoman) le otorgó, a mi juicio, un desarrollo más original y dinámico. Por otro lado, la visión tan nostálgica de la Navidad que describió Burton en el film dio alas a mi imaginación, que estaba invadida por las radiantes (y, en algunos casos, irreales) imágenes de estas fiestas propias de otros largometrajes (curiosamente, otra película que había contribuido a este nuevo concepto navideño fue Gremlins).





   No obstante mi entusiasmo por la nueva aventura del hombre murciélago, los productores de la misma coincidieron más con la crítica contemporánea y con mis amigos que conmigo, pues, para dirigir la siguiente, contrataron a un cineasta del que nunca había oído hablar, Joel Schumacher, el cual, según leí, había afirmado que renovaría la estética de la saga. Para corregir mi desconocimiento, en una época en que internet aún no era la gran herramienta laboral que hoy usamos, investigué acerca del sujeto, y me topé con una película que me insufló la esperanza que había perdido cuando llegó a mis oídos la noticia del cambio de rumbo que iba a tomar mi amado superhéroe: Jóvenes ocultos. Esta obra, realizada por Schumacher en 1987, me sorprendió tanto por su atrevimiento, al mostrar una nueva visión de los vampiros, como, en su momento, me había asombrado el cambio efectuado por Batman con respecto a Superman. Pero dicha expectativa se precipitó a lo más hondo de mi desánimo cuando, finalmente, vi Batman Forever, un engendro con nombre de tatuaje que parecía remedar la idiosincrasia de Burton y reírse del personaje.

   Por desgracia, esto me llevó a creer que nunca volvería a disfrutar del hombre murciélago como lo había hecho con sus dos primeras entregas, sentimiento que se incrementó con el visionado de la execrable Batman y Robin, que me demostró que siempre se puede hacer una cosa peor que la otra. De este modo, si aquella era un irrisorio remedo de la obra de Burton, esta parecía reírse incluso de su inmediata predecesora, dirigida por el mismo cineasta. Realmente, yo no podía dar crédito a lo que veía: colores discotequeros, guion infumable, chistes sin gracia, actuaciones increíbles (stricto sensu)... Comprendí, entonces, que Batman había muerto para siempre.




   Sin embargo, casi una década después de que el personaje falleciera delante de los desconcertados espectadores, Christopher Nolan volvió a otorgarnos esa esperanza que ya habíamos enterrado junto con el defensor de Gotham; así, estrenó Batman Begins, cosechando un enorme y merecido éxito de público y crítica. No obstante, y tras las sucesivas decepciones que había padecido con los infames subproductos de Schumacher, yo no quise ilusionarme con los nuevos derroteros cinematográficos que se estaban abriendo frente a mí, por lo que me acerqué a ellos con múltiples reticencias; de esta manera, la película no llegó a gustarme tanto como pareció gustar a los demás, ya que creía estar presenciando el intento fallido de recuperar el estilo que sus antecesoras habían lapidado.

   A pesar de esta impresión, acudí de nuevo al cine cuando se estrenó El caballero oscuro, la mejor película de esta nueva trilogía, y, así como experimenté la mayor decepción artística con el cambio de director en la anterior saga, aquí viví exactamente lo contrario. En efecto, gracias a la dirección de Nolan, me volví a ilusionar con este personaje que había cautivado mi imaginario allá por los años ochenta, pues lo veía otra vez abrumado por sus inquietudes, y pugnando por salir de ellas al mismo tiempo que combatía contra sus enemigos; más aún, veía a un Batman que superaba con creces al que yo recordaba, y a un Joker magistral que me hizo desear que el metraje de la película nunca se acabase. Gracias a esta obra, además, profundicé en la filmografía de su autor, y descubrí que me hallaba ante un nuevo genio de la imagen (su última película, Interstellar, así lo confirma).




   Por este último motivo, esperé ansiosamente el estreno en nuestro país de El caballero oscuro. La leyenda renace, el épico desenlace de la historia comenzada por el mismo Nolan en 2005. Antes de su estreno, por supuesto, no paraban de salir noticias acerca del film, o imágenes que no hacían sino incrementar tal espera. Además, como antes de afrontar esta, dirigió la estupenda Origen, no hubo día en que no desease verla cuanto antes. El film, sin duda, no fue una decepción, pero no logró equipararse a su predecesora, una verdadera obra maestra, ya que, aun acometiendo una temática nueva en toda la filmografía del hombre murciélago (la revolución popular como liberación, la imagen de Batman como insignia de esperanza), la desarrolló de una manera más propia de cineastas novatos (ese final tan precipitado o esa hija oculta de Ra´s Al Ghul podrían haber sido elaborados con mayor empeño). Sin embargo, esa carencia fue eclipsada por la valentía de mostrarnos la muerte del héroe (solo del héroe, no de Bruce Wayne), algo pocas veces visto, y que, en este caso, nos indicaba la ruptura definitiva de la saga por parte de Nolan, y, paradójicamente, la idea de que Batman continuaría vivo para siempre.

   Esta profecía parece cumplirse hoy, cuando, a pesar de los años transcurridos, el hombre murciélago continúa haciéndose presente en nuestras conversaciones, en los citados tebeos, en los magníficos videojuegos e, incluso, en la televisión. Con respecto a esta última, cualquier aficionado puede acercarse a la excelente serie Gotham, programa que narra las peripecias de un joven Wayne antes de convertirse en el justiciero nocturno que llenará de esperanza a su pueblo (por favor, aguantad hasta la segunda mitad de la primera temporada, que adquiere un estupendo ritmo del que la primera mitad adolece; y, por supuesto, ved la segunda temporada, aún en emisión, porque supera con mucho a lo visto en su antecesora). El cine, obviamente, tampoco es ajeno a este oráculo, pues hoy mismo se ha estrenado el tráiler de la nueva incursión del personaje en él, Batman vs. Superman. El amanecer de la justicia, film que parece continuar la estela iniciada por Nolan con ambos superhéroes (recordemos que él escribió el libreto de la maltratada El hombre de acero).

   Por todos estos motivos, puedo decir que me gusta Batman. Es verdad que nunca he sido un ávido lector de sus aventuras de papel, aunque poseo algunas de las más importantes, pero siempre lo he seguido de cerca en sus periplos cinematográficos. Por esta razón, y como decía al principio del presente artículo, también puedo aseverar que soy un fan del hombre murciélago de primera generación.



  
  

martes, 1 de diciembre de 2015

El milagro de Anna Sullivan

   Como en otras ocasiones, en el blog Reflexiones de un páter cinéfilo, publicamos el artículo de una lectora habitual. La película que analiza para nosotros es El milagro de Anna Sullivan, una pequeña obra maestra del año 1962. Espero que lo disfrutéis.
   Para participar en este blog, solo debes contactar conmigo a través del medio indicado en el margen de la página.


   Hellen Keller sufrió una encefalitis sarampionosa a los pocos meses de vida, y, como secuela más importante, quedó sorda y ciega. Durante siete años, los padres la malcrían y la sobreprotegen, pero, cuando la situación se les escapa de las manos, deciden llamar a un colegio para ciegos llamado “Perkins”, para que le envíen a una maestra. La maestra se llamaba Anna Sullivan, y la actuación de ella fue determinante, necesaria e imprescindible para que Hellen llegara a ser una adulta de mente desarrollada, consciente, responsable y con un elevado nivel cultural. A los veintitantos años, Hellen Keller recibió el título de Doctor Honoris Causa por la Universidad de la Sorbona de París.
 

   Anna entrega su vida a la niña; ya no vive para ella, sino para Hellen. La ama tanto, que le enseña a sobrevivir en sociedad, a pesar de algunos obstáculos de los padres, que creen que su hija no llegará muy lejos y que no puede valerse por sí misma. Esto mismo ocurre hoy día con estos tipos de niños, niños distintos, que hacen lo que sus padres no esperan que haga, y no hacen lo que sus padres esperan que haga. Con un modelo como Anna y una entrega absoluta, los niños distintos pueden llegar a SER conscientes, construir pensamientos… Anna le enseña a Hellen a construir su propia personalidad, a hacer que su pupila tenga una identidad.

   Los padres ven en Hellen un problema que no saben solucionar, pero Anna ve a una niña falta de amor, porque el amor a tu hijo distinto no es hacerle las cosas porque el pobrecito no puede; el amor al niño distinto es amarlo tanto que le enseñes a vivir sin ti. La escena del comedor es mi preferida: Anna no permite que Hellen se salga con la suya. Si queremos que nuestros niños vivan en sociedad, deben cumplir unas normas y aprender ciertos hábitos y costumbres, como, por ejemplo, comer sentados con una servilleta en el regazo, empleando los cubiertos adecuados.
 
 

   Todo este camino no es nada fácil, pero con paciencia, perseverancia y amor se puede conseguir. ¿Cuánto tiempo pasó desde que llegó Anna Sullivan a la casa de los Keller, hasta que Hellen comenzó a comprender? No lo sé, pero seguro que mucho tiempo. ¡Qué alegría cuando la semilla que has plantado y regado florece! Aunque Anna lo hiciera muy bien, también tuvo momentos de dudas, de cómo continuar; pero su amor a Hellen era tan grande, que por ella seguía adelante. Antes de reeducar, guiar y armonizar al niño, debes tener fe en ti mismo; si no es así, tu pupilo difícilmente saldrá del nido. Si no tienes fe en nada, no puedes guiar a nadie.

   La actriz que interpretó a Hellen Keller  (Patty Duke) ganó un merecidísimo Óscar por este personaje y, además, es la madre de Sean Austin, que lo conoceréis mejor por haber interpretado a Samsagaz Gamyi, el amigo fiel de Frodo Bolsón. Sé que este blog es de cine, pero aprovecho para recomendar el libro La historia de mi vida, escrito por la propia Hellen Keller.
                                                                                                             María Pérez Chaves