domingo, 4 de diciembre de 2016

1898. Los últimos de Filipinas

   Ya sé que no es conveniente escribir cuando se está enfadado, sino que se debe aguardar un tiempo prudencial, con el fin de evitar alguna palabra que más tarde conduzca al arrepentimiento. Pero también sé que mi indignación es tan grande, que no desaparecerá aunque deje transcurrir ese período recomendado. El motivo de este disgusto es la película que hoy analizamos, el nuevo empeño del cine patrio en transmitir al espectador una historia desfigurada de nuestro suelo, de nuestros héroes y de la fe que forjaron a ambos.




   1898. Los últimos de Filipinas (Salvador Calvo, 2016) dramatiza los acontecimientos reales que tuvieron lugar en las islas del título poco antes de que estas dejasen de pertenecer a España. Allí, un grupo de valientes militares, atrincherados en una iglesia ruinosa, afrontaron el envite de los tagalos, que estaban dispuestos a expulsar de su territorio a quienes les habían otorgado una cultura. El duro asedio se prolongó durante varios meses, ya que, pese a que los Estados Unidos habían adquirido el archipiélago, aquellos lo desconocieron hasta que, finalmente, leyeron la noticia en un periódico español. Pero tanta había sido la bizarría demostrada durante el hostigamiento, que, al abandonar la citada iglesia, fueron custodiados por la guardia de honor de las tropas filipinas.   
    
   Como sabemos, esta hazaña ya fue narrada en 1945 por el director Antonio Román en la película Los últimos de Filipinas. Pero como este magnífico film pertenece hoy al mal llamado (no sin mala intención) "cine franquista", alguien tuvo la idea de reescribirlo, para ofrecerle al espectador lo que supuestamente aconteció de verdad aquel lejano año de 1898. Sin embargo, una cosa es revisar la historia y otra cosa es adulterarla, como ha hecho este largometraje. Aunque son muchas la pinceladas que dan fe de ello, tal vez las más notorias sean las figuras del teniente Martín Cerezo y la del padre Gómez-Carreño. Por desgracia, el primero es presentado como un oficial atormentado y oscuro, malévolo y belicoso, que es incapaz de transmitir valor a sus hombres y que, en consecuencia, está dispuesto a sacrificarlos si estos dudan de sus órdenes; el segundo, como un religioso abúlico y drogadicto, sin interés por el destino de sus repentinos feligreses.




   Esta desfigurada imagen del teniente responde a la equivocada concepción que de las Fuerzas Armadas actuales tienen muchos sectores en nuestro país, entre los que destaca la farándula española. Esta, avergonzada de la patria que le da de comer, y tan corta de miras que siempre identifica el Ejército con el fascismo (o con el franquismo, que para ella es lo mismo), ha visto en el héroe de Baler la excusa perfecta para demonizar a aquellas. Para ello, no solo le atribuye las perversidades citadas arriba, sino que lo presenta como un dictador (he aquí la concomitancia) o un tirano que desatiende las impetraciones de los suyos con el fin de satisfacer sus empresas egoístas. Menos mal que se ha sacado de la manga a un soldado que quiere ser pintor (ya sabemos que el arte y la cultura van de la mano) y que le recuerda de vez en cuando la humanidad que subyace tras su negra alma de obcecado militar.  

   En cuanto al pobre fraile, interpretado por Karra Elejalde, es una parodia de la fe que tanto aborrece la mentada farándula. En la película, lo vemos pululando de un lado para el otro, sin oficio ni beneficio, estorbando más que apoyando; aficionado al opio (en una burda metáfora del concepto que aquella tiene de la religión, basada en la tristemente célebre sentencia de Karl Marx) y torpe en los consejos que le solicitan los soldados (la infamia es mayor cuando responde con un encogimiento de hombros a la pregunta de uno de ellos sobre la preocupación de Dios por sus hijos en esos momentos de penuria). 



    
   La verdad es que el teniente Martín Cerezo, de incontestable controversia (aquí), insufló valor mediante su ejemplo a unos hombres que anhelaban retornar a su patria; supo ser para ellos un modelo de entrega, abnegación y sacrificio, pues se preocupaba más por el bienestar de sus soldados que por el propio, y, finalmente, demostró su entereza y su integridad (puestas en entredicho en este lamentable film) hasta el último día de asedio, encumbrando el nombre de España entre los filipinos y haciéndolo merecedor de la honra de estos. En cuanto a la realidad sobre el fraile, que aúna la figura de los tres que también sufrieron el acoso en la iglesia de Baler, es necesario decir que levantaron la moral de los atribulados militares constantemente y que los prepararon para la muerte cuando esta los rondaba (aquí).

   Pero el ejemplo de un militar abnegado o el de un fraile celoso no es comprendido por quienes nunca han estado involuntariamente lejos del hogar. Quien, por el contrario, ha combatido en países extranjeros, ha sufrido los aprietos de una guerra o ha navegado durante meses sin pisar tierra firme, comprende la necesidad que tiene de aquellos dos, que le ayudan, respectivamente, a cumplir bien su trabajo y a santificarse en él. La versión de 1945 fue realizada por hombres que acababan de concluir una contienda fratricida en España, por lo que conocían al dedillo el sufrimiento vivido en el combate, así como las pequeñas alegrías que les daban luz cuando más densa era la tiniebla (esas canciones de nuestra patria o la celebración de la Navidad, sustituida aquí por la del más laico año nuevo); es por eso que resulta fresca, creíble y dinámica, a diferencia de lo que nos quiere hacer tragar la edición de 2016. Por este motivo, yo le digo tururú a esta última, me sigo quedando con aquella, que refleja mejor los sentimientos que afloran en el combate, y me despido cantando como lo harían los verdaderos héroes de Baler.