domingo, 17 de septiembre de 2017

Fences

   Si la semana pasada abordábamos la relación paternofilial que proponía la cinta Últimos días en el desierto (Rodrigo García, 2015) [aquí], hoy debemos acometer la maternofilial. Para ello, sugerimos la película Fences (Denzel Washington, 2016), tercera incursión del célebre actor de El vuelo (Flight) (Robert Zemeckis, 2012) como realizador tras Antwone Fisher (id., 2002) y The Great Debaters (id., 2007). Se trata de un largometraje denso, pero muy provechoso, por lo que optó al premio a la mejor obra del año en la última edición de los Óscar. Desgraciadamente, se vio ensombrecido por la inferior Moonlight (Barry Jenkins, 2016), aunque recibió su justo galardón a la mejor actriz secundaria, Viola Davis, que interpreta a la madre y esposa que aquí queremos analizar hoy.




   Troy Maxson (Denzel Washington) es un padre de familia negro con un pasado glorioso en el mundo del béisbol, pero que actualmente trabaja como basurero en su ciudad. Él acusa a los blancos de su suerte, por lo que ha cultivado durante mucho tiempo un odio muy grande hacia ellos, rencor que ha procurado inculcar en los suyos. Lo acompañan su esposa Rose (Viola Davis) y sus hijos Lion (Russell Hornsby) y Cory (Jovan Adepo), con quienes mantiene una relación distante; además, cuida esporádicamente de su hermano Gabriel (Mykelti Williamson), que volvió de la Segunda Guerra Mundial con serios problemas mentales.

   Como hemos dicho arriba, la película fue presentada en la última edición de los Óscar, pero no obtuvo el reconocimiento merecido, pese a que se ubicaba en un contexto idóneo para ello. En efecto, a nadie le pasa por alto que la Academia de Hollywood ha querido congraciarse este año con la sociedad negra americana, que pasó desapercibida en las galas anteriores, definidas por aquella como "demasiado blancas" (aquí). De este modo, competían por el título cintas del calibre reivindicativo como esta que nos ocupa, la magnífica Figuras ocultas (Theodore Melfi, 2016) [aquí] y la mencionada Moonlight (suponemos que este año le tocará el turno a la reciente Detroit). Ciertamente, es posible que esta última incidiera más en los problemas raciales de los Estados Unidos que Fences, pero pensamos que el film de Washington, además de su cruda descripción de la vida cotidiana de una familia negra en dicho país, presenta un situación más asequible para el público de todo el mundo: la mujer como madre y esposa.




   En efecto, en una escena particularmente dura del metraje, Denzel Washington le confiesa a su esposa la frustración que siente a diario, pues piensa que ha echado a perder su propia vida; pero ella lo recrimina, advirtiéndole que nunca se ha separado de su lado, pese a las oportunidades que ha tenido para ello, por lo que su queja no tiene ningún sentido. De este modo, se erige como una mujer fuerte y consecuente, que ha sido leal a su esposo y a su familia a pesar de las múltiples adversidades que han experimentado juntos. Para él, ella es el ejemplo del cónyuge que no se amilana frente a la tribulación (¿recordáis el consentimiento mutuo del rito matrimonial: "Prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad"?) , que no tira la toalla cuando las cosas van mal, que no desprecia a su marido cuando este pasa por malos momentos; es un ejemplo de perdón, de misericordia, de paciencia y de constancia; de la persona que alienta y tiene esperanza, que es optimista y que busca la alegría incluso en los peores instantes del matrimonio. Pero también es la buena madre que quiere a su prole, que comprende la tensión que media entre un hijo y un padre (en la cinta, es muy similar a la que aparece en Últimos días en el desierto), por lo que procura ser el eje amoroso de unión y comprensión entre el uno y el otro.

   Sin duda, la película toca otros temas de interés, como la barrera del título (recordemos que Fences significa precisamente "barrera"), una metáfora sobre los impedimentos que pone una persona en su relación con los demás. Pero el que aquí presentamos no debe pasar desapercibido, puesto que se trata de una lección magistral de lo que debe ser una esposa y una madre. Por desgracia, es un concepto de mujer de muy poco calado en la actualidad, ya que hoy se pretende buscar una realización femenina lejos de tales roles. Sin embargo, este es el motivo por el que aquí la recomendamos esta semana y por el que animamos a todos los lectores a que la mediten conforme a estos criterios.



domingo, 10 de septiembre de 2017

Últimos días en el desierto

   A lo largo de la historia del cine, se han rodado numerosísimas películas sobre la vida de Jesús. En efecto, desde la primeriza La vie et la passion de Jésus-Christ (Georges Hatot y Louis Lumière, 1898) [puedes verla aquí] hasta la conocidísima La pasión de Cristo (Mel Gibson, 2004), la gran pantalla ha profundizado en su figura mediante docenas de títulos. Entre todos ellos, podemos destacar los más célebres, como son Rey de reyes (Nicholas Ray, 1961), El evangelio según san Mateo (Pier Paolo Pasolini, 1964) y Jesús de Nazaret (Franco Zeffirelli, 1977). Otras cintas dan fe de la importancia del personaje para el ser humano, cuyo corazón cambia en cuanto lo conoce, como es el caso de la magistral El beso de Judas (Rafael Gil, 1959), de la clásica Ben-Hur (William Wyler, 1959) o de la actual Resucitado (Kevin Reynolds, 2016), que detalla la conversión de un militar romano. Pero, como su figura es tan relevante para el celuloide, y para la humanidad en general, también existen multitud de obras que pretenden aproximarse a ella de manera particular, como son Jesucristo superstar (Norman Jewison, 1973) y La última tentación de Cristo (Martin Scorsese, 1988). Posiblemente, la cinta que hoy nos ocupa se ubique dentro de estas últimas.




   Después de pasar cuarenta días en el desierto ayunando, Jesús (Ewan McGregor) cree que ha llegado el momento de presentarse a los hombres y de dar a conocer el Evangelio. Por este motivo, decide abandonar su retiro espiritual y dirigirse a la ciudad. Sin embargo, antes de hacerlo, tropieza con una familia pobre que tiene ciertas dificultades: la madre (Ayelet Zurer) está gravemente enferma, mientras que el padre (Ciarán Hinds) y el hijo (Tye Sheridan) mantienen una relación distante entre sí. Como aquel considera que esta es una oportunidad para comenzar su predicación, resuelve permanecer con ellos, para cuidar de la primera y remediar el conflicto de los segundos.

   Antes de comenzar la crítica, vaya por delante que no nos escandalizan las interpretaciones personales del Señor, puesto que, sean erróneas o no, evidencian sin duda el universo interior de quienes las plantean. Por ejemplo, La última tentación de Cristo revelaba la dificultad de Scorsese a la hora de asumir el dolor y la contrariedad, postura que también quedó de manifiesto a través de su película Silencio (id., 2016) [aquí]; o Jesucristo superstar simbolizaba en él las preocupaciones sociales de Jewison, que asimismo habían aparecido en En el calor de la noche (id., 1967) y que luego serían retomadas en Justicia para todos (id., 1979). Por esta razón, creemos que el presente largometraje puede suponer un provechoso medio para introducirse en el alma de su responsable, antes que una oportunidad para denigrar su tratamiento sobre el Hijo de Dios. 




   Ciertamente, la figura del Mesías es aquí relegada en favor de la relación entre el padre y el hijo que protagonizan la cinta. En efecto, el primero ama al segundo, pero experimenta hacia él un sentimiento de repulsa muy acusado, ya que piensa que no está recibiendo de su parte ni la ayuda ni el respeto que cree merecer; el segundo, por el contrario, lo quiere y lo respeta, pero se cree oprimido por él, puesto que pretende que asuma un modo de vida que no le gusta, algo que lo conduce a refugiarse en el cariño de su madre. Esta incómoda situación arrastra a los dos a una complicada falta de entendimiento, que alcanza su culmen cuando el progenitor confiesa que se siente incapaz de decirle algo agradable a su retoño.

   Evidentemente, ignoramos los entresijos de la vida privada del director de la cinta, hijo del famoso escritor Gabriel García Márquez, pero su obra delata una relación con este último más común de lo que parece. Así es, el vínculo paternofilial tiende a debilitarse por parte del niño a medida que este se interna en la adolescencia, ya que suele poner en tela de juicio la autoridad de su propio padre. Por desgracia, en vez de solucionarse con el paso del tiempo, esta situación puede enconarse y establecer una ruptura entre un progenitor y su retoño, algo que se agrava si este último debe convivir con aquel (por supuesto, ya como adulto). De esta manera, hay veces que la única forma de solucionar el entuerto consiste en el abandono del hogar por parte del hijo, que adquiere así responsabilidades sociales y familiares de las que antes carecía, y comprende por tanto las exigencias y preocupaciones de su padre. Pero la máxima muestra de respeto y comprensión por parte del hijo hacia su padre suele llegar con la muerte de este último, ya que se trata del acontecimiento que derriba sus prejuicios contra él y que lo sitúa frente a la caducidad de la vida. Como decimos, el problema es tan común que hasta Freud lo abordó mediante su psicoanálisis, aunque con ciertas connotaciones sexuales que no terminamos de compartir.




   Por desgracia, el film no propone ninguna solución a este conflicto universal entre padres e hijos, sino que simplemente se contenta con identificarlo y describirlo. Al tratarse de un largometraje dizque religioso, Jesús podría haber sido presentado como una buena ayuda para ello, pero aparece como una alegoría de la conciencia de cada uno de sus protagonistas. Como decíamos arriba, ello tal vez se deba a la propia visión de su autor, que quizás considere al Hijo de Dios como una metáfora del bien o un parangón de moralidad, y no como una persona real (al respecto, esta entrevista es muy clarificadora: aquí). En este sentido, cuenta con escenas interesantes, como aquella en la que, auspiciado por el Señor (o, según lo que hemos dicho, por su propia conciencia), el padre intenta ganarse la confianza de su hijo a través de las adivinanzas, que es un juego que a este último le agrada mucho; o aquella, ya citada, en la que el mismo padre confiesa su incapacidad para mostrar el cariño que siente por su hijo. El cierre de la película tampoco aclara su pretensión: ¿acaso el mensaje de Jesucristo no ha servido de nada para la historia de la humanidad, porque los padres y los hijos continúan enfrentándose? O bien, si realmente es una metáfora de la conciencia, ¿significa esto que el ser humano actual carece de ella? La respuesta a estas preguntas deberá encontrarlas el espectador.

   Volviendo a lo que afirmábamos al principio del texto, no nos escandalizan los diferentes acercamientos a la figura del Señor que la historia del cine nos ha trasmitido, pero sí reconocemos aquellos que nos parecen más o menos acertados. En el caso de esta película, se trata de una aproximación pobre, que no menciona siquiera su pretendida divinidad, pese a que es su cualidad más característica (recordemos que, aunque uno sea ateo, Jesús anunció que él era el Hijo de Dios). Por otro lado, tampoco lo presenta como un buen consejero, porque sus palabras no logran resolver la enemistad paternofilial; lo describe, a lo sumo, como un simple hombre cargado de buenas intenciones. Así las cosas, su presencia es fútil en todo el metraje, a menos que pretenda ser ese modelo de buen comportamiento ético al que antes aludíamos. A nuestro juicio, pues, lo único destacable de la cinta es esa cruda relación entre el padre y el hijo protagonistas, que en ocasiones es tan veraz como la describe.





domingo, 3 de septiembre de 2017

Dunkerque

   Por desgracia, se acabó el verano. Para muchos, ha llegado la hora de cerrar sus sombrillas y de despedirse de la playa hasta el año que viene, diciendo adiós asimismo a vivir sin la preocupación del reloj o sin las responsabilidades del trabajo; para otros, este es el momento idóneo para retomar sus hábitos y seguir cultivando sus aficiones, tal vez relegadas durante unas semanas en favor del buen tiempo. Entre ellas, es posible que se encuentre el séptimo arte. Por esta razón, este blog abre de nuevo sus puertas, de manera que el cinéfilo halle en él un amigo con el que dialogar sobre las películas que ha visto o que pretende ver.

   Probablemente, uno de los estrenos que habrá concitado el interés del aficionado durante las vacaciones, pese a que este período no se suela caracterizar por el buen cine, sea Dunkerque (Christopher Nolan, 2017), la última obra del famoso director de El caballero oscuro (id., 2008). A poco que haya leído sobre ella, verá que ha aunado al público y a la crítica, erigiéndose rápidamente en una de las cintas bélicas más valoradas de la historia. Incluso se percatará de que ha habido expertos que la han situado al nivel de Salvar al soldado Ryan (Steven Spielberg, 1998), La delgada línea roja (Terrence Malick, 1998) y Hasta el último hombre (Mel Gibson, 2016), que son los mejores títulos contemporáneos del género. Pero ¿es tan buena como dicen?




   Ante todo, debemos recordar que se trata de una película basada en un hecho real. En efecto, en el año 1940, durante la Segunda Guerra Mundial, un ingente número de soldados franceses e ingleses quedó encerrado en la playa de Dunkerque. Allí, mientras todos aguardaban el rescate por parte de Inglaterra, fueron acosados por el Ejército alemán, que bombardeó sus aviones y torpedeó sus barcos con el único propósito de evitar que abandonasen el continente.

   Como todo el mundo sabe, este es el argumento de una de las derrotas más sonadas del citado conflicto bélico. Así es, a pesar de que los ejércitos aliados conocían las costas de Francia, decidieron parapetarse en ese recóndito lugar fronterizo del canal de la Mancha, donde fueron masacrados por las tropas nazis. Algunos historiadores aseguran que la carnicería pudo ser mayor, pero que el empeño de Hitler por ganarse el favor de Inglaterra lo evitó. Sea como fuere, y si es que hubo algún tipo de condescendencia, este chance brindó la oportunidad de llevar a cabo la Operación Dinamo, que es la que narra el film. De este modo, cientos de embarcaciones civiles se echaron a la mar para rescatar a sus militares y devolverlos a casa.

   Por supuesto, una de las decisiones más criticadas del filme por parte de los citados historiadores ha sido, precisamente, el haber querido mostrar como una victoria la derrota de los ingleses. En primer lugar, debemos decir que ya Churchill la consideró así, pues afirmaba que el pueblo había salido en defensa de sus militares; pero, en segundo lugar, es necesario apuntar que ya las dos cintas más célebres que abordaron esta efeméride recurrieron a dicha consideración. Ciertamente, tanto la homónima Dunkerque (Leslie Norman, 1958) como Fin de semana en Dunkerque (Henri Verneuil, 1964) honraron al pueblo británico a través de sus fotogramas. Con esto queremos decir que no solo aprobamos la voluntad de Nolan, sino que también creemos que es justa, porque la guerra compete a todos y, de esta manera, es necesario que exista esa colaboración entre el Ejército y el mundo civil. Harina de otro costal son las decisiones técnicas del largometraje.




   En efecto, como si de un experimento del primer Nolan se tratase, es decir, de aquel que nos cautivó a todos mediante el magnífico montaje de Memento (id., 2000), la película está narrada a través de tres líneas temporales: la primera acontece en la playa; la segunda, en el aire, y la tercera, a bordo de un velero civil. En principio, esto puede resultar novedoso, incluso acertado, pues muestra la misma guerra desde diferentes ángulos; pero de inmediato descubrimos que se trata de un grave error, puesto que, más que lograr que el espectador hilvane la trama, consigue confundirlo y, en consecuencia, aburrirlo. Así es, no es difícil que la platea se pierda entre la multiplicidad de escenas que, con escasos minutos de diferencia, cuentan lo mismo, bien anticipadamente, bien con retraso. De este modo, carece de ese hilo dramático tan necesario en el séptimo arte.

   Esta carencia es suplida por su director gracias a un aspecto técnico inmejorable. Ciertamente, allí donde el film falla en su narración, acierta en sus efectos: sin lugar a dudas, el espectador es capaz de sufrir la misma angustia que padecen, por ejemplo, tanto el piloto del avión estrellado en la mar como los marineros que se ahogan en el buque. De esta manera, comprende mejor que los civiles que los rescataron sean considerados héroes, pues libraron a sus militares de una muerte atroz. Pero ello, como decimos, no consigue que sea la excelente película que han descrito muchos. Esto nos lleva a la siguiente pregunta: entonces, ¿por qué ha gustado tanto? A nuestro juicio, y sin pretender entrometernos en los gustos personales, por dos motivos: porque es de Nolan y porque la gente en general ha visto poco cine.




   En efecto, gracias a su brillante carrera, Nolan se ha convertido en el nuevo dios del celuloide; de esta manera, nadie se atreve a discutir ninguna de sus decisiones, por muy mala que esta sea. Es más, el público le agradece tanto su resurrección de Batman, superhéroe venido a menos por culpa de la horrorosa Batman & Robin (Joel Schumacher, 1997), que ya puede hacer la película que desee, puesto que siempre se verá respaldado por una legión de admiradores. Además, y como consecuencia de ello, existe cierto complejo que nos impele a decir que nos gusta, pese a que no sea así, puesto que uno teme ser despreciado por el sector culto de la cinefilia (es lo que le ocurrió al público menos avezado con Interstellar, cinta que, no obstante, agradó al autor de este blog). En cuanto al poco bagaje cinematográfico del público, solo debemos apuntar que existen verdaderas obras maestras que, sin tanto golpe de efecto, dejan Dunkerque a la altura del betún: Senderos de gloria (Stanley Kubrick, 1957), El día más largo (Ken Annakin, Andrew Marton y Bernhard Wicki, 1962) y Tora! Tora! Tora! (Richard Fleischer, Kinji Fukasaku y Toshio Masuda, 1970) son un pobre ejemplo de ello. ¡Hasta la menospreciada Corazones de acero (David Ayer, 2014) es muchísimo mejor! 

   Sin duda, empezamos el nuevo curso con fuerza, despreciando uno de los títulos más emblemáticos de 2017. Como hemos indicado al principio de la entrada, este es un blog que pretende dialogar con el lector, por lo que sus textos revelan más una opinión particular de su autor que un tratamiento objetivo. De esta manera, la presente cinta, que a nosotros no nos ha gustado, puede haber sido del agrado de muchos otros (a tenor de las cifras de recaudación, de muchísimos otros). Así, no pretendemos forjar aquí ningún criterio, sino exponer solamente el nuestro, que es tan acertado o equivocado como el visitante lo quiera ver. Sea como fuere, es una buena forma de empezar septiembre y, con él, la nueva temporada cinéfila. Por tanto, ¡sed todos bienvenidos!



   

domingo, 30 de julio de 2017

Mi chica

   Durante el mes de agosto, este blog cerrará sus puertas. Como es de suponer, su autor se tomará unos días de vacaciones, que, aunque tal vez no sean merecidas, sí son urgentemente necesitadas. Pero no podemos despedirnos hasta septiembre sin antes recomendar un film. En este caso, se trata de una cinta que, a nuestro parecer, recoge todo el encanto de esta estación, por lo que cualquier cinéfilo debería verla, si es que no lo ha hecho ya. Hablamos de Mi chica (Howard Zieff, 1991).

   Antes de comenzar el artículo, debemos advertir de que no será una review al uso, puesto que versará sobre el recuerdo que tenemos de la película y acerca de todo lo que aún es capaz de transmitirnos. Por otro lado, no nos hemos atrevido a verla de nuevo para afrontar este texto, y existen tres razones para ello: la primera, su carga nostálgica, elocuente de por sí; la segunda, la buena opinión que nos merece y que no queremos que desaparezca, si es que el verla otra vez causa ese efecto, y la tercera, su trágico final, puesto que no deseamos empezar nuestras vacaciones con un nudo en la garganta.




   Veda (Anna Chlumsky) es una niña obsesionada con la muerte, pues su madre ha perecido recientemente y su padre (Dan Aykroyd) dirige una funeraria. Ella cree que este último ha olvidado a aquella, pues ve cómo flirtea con la nueva maquilladora que él mismo ha contratado para su negocio: Shelly (Jamie Lee Curtis). Aunque no puede evitar su rencor hacia esta situación, se olvida de ella cuando asiste al curso de poesía que imparte su profesor de Inglés (Griffin Dunne), de quien está enamorada. Por suerte, para aliviar la angustia que le causan todos estos problemas, cuenta con el auxilio de Thomas (Macaulay Culkin), que no solo es su confidente, sino también su mejor amigo.

   Como podemos ver, es imposible negar que se trata de un argumento propio de estas fechas. A nuestro juicio, tiene todos los elementos necesarios para hacer de él un éxito que se perpetúe a lo largo de los años, además de la carga nostálgica a la que antes hemos aludido y que hoy parece estar de moda entre el público. En este sentido, el film cuenta con numerosas escenas de bicicleta, baños en el lago, escaladas de árboles, reuniones con amigos, confidencias amorosas... ¡y hasta una que describe el primer beso de unos niños! Porque, en verdad, ¿quién ha olvidado ese momento tan significativo en la vida de cada uno? Pues justamente esa es la intención de la cinta: ahondar en esos recuerdos que nos hacen sonreír con ternura y suspirar con añoranza.




   Sin lugar a dudas, ese verano del amor que parece detallar la película es una etapa importantísima en la vida del individuo. Por supuesto, cualquier persona tiende a amar de forma natural a sus padres y a sus hermanos, pero experimenta la verdadera intensidad de este sentimiento cuando se siente atraída por otra persona: en ese instante, comprende que la presencia del otro se ha adueñado de ella y que, en consecuencia, se le ha hecho sumamente necesaria. ¿Quién no ha estado noches sin dormir pensando en la persona que ama?, ¿quién no ha realizado lo imposible para verla de nuevo, para estar a solas con ella?, ¿quién no le ha dedicado poemas o cartas escritas desde el corazón (el gusto de Veda por la poesía no es casual)? Evidentemente, es un paso imprescindible para encontrar el amor verdadero.

   En efecto, la mayoría de las veces, ese amor veraniego se diluye en el otoño, cuando las clases comienzan y la distancia atempera los sentimientos. Es innegable que su recuerdo continúa batallando en el alma de cada uno, pero también lo es que la pasión que despertó mengua con los fríos del invierno y entre las hojas de los exámenes. Tal vez la primavera renueva la esperanza de volver a sentirlo, pero su intensidad se perdió en el colofón que supuso aquel primer beso (¿es posible que el final de la cinta sea una metáfora de ello?). Sin embargo, es el mismo que nos ayudó a comprender que la felicidad no estriba en una suerte de búsqueda egoísta de la satisfacción personal, sino en la entrega generosa por el bien del otro; el que nos enseñó a identificar en una mujer o en un hombre concretos al compañero de viaje que da plenitud a nuestro propio ser, y el que nos aclaró mediante su fugacidad que existe un amor más pleno y eterno que nos engloba a todos. Por ese motivo, nunca podremos olvidarnos de él.

   Por desgracia, la película contó con una secuela olvidable y olvidada, de la que, de hecho, no logramos recordar nada. Posiblemente, ello se deba a que intentó subsanar ese mal trago que nos legó esta cinta, pero que, como hemos intentado demostrar, resulta imprescindible para conocer el amor de verdad. Pero, por suerte, siempre nos quedará la cinta original: gracias a ella, jamás seremos capaces de oír la melodía de los Temptations sin visualizar ese inocente primer beso entre Veda y Thomas, que simboliza el de cualquiera de nosotros y que permanece en la memoria de cada uno. ¡Feliz verano a todos!



 

lunes, 24 de julio de 2017

The Exorcist

   Resulta curioso que, pese a encontrarnos en una época de la historia caracterizada por el ateísmo, el diablo continúe despertando el interés de la sociedad. En efecto, aunque esta última tenga un comportamiento laico, laicista y, por ende, anticristiano, Satanás, que forma parte del credo de la Iglesia, sigue presente en su magín, evocándole miedos, cargos de conciencia, ríos de tinta o kilómetros de celuloide. Es posible que ello esté vinculado precisamente con el agnosticismo del que tanta gala hace, pues este la ha conducido a depositar su fe en soterradas prácticas ocultistas, como el yoga y el reiki, y a la adopción de religiones orientales tamizadas por la visión de Occidente, como el budismo que vemos en Europa (para saber más, pincha aquí). Pero es probable que también esté relacionado con el humanismo que hoy padecemos, un culto al hombre cuyo lema, "Haz lo que quieras", es compartido por las sectas demoníacas que proliferan en nuestro mundo.

   Sea como fuere, el cine ha recogido esta malsana propensión a lo largo de los años: alguna vez, para bien, mostrando sus temibles consecuencias; otras veces, para mal, usándola como mera excusa para infundir terror en el público. A nuestro juicio, aunque esta segunda opción sea válida, pues Hollywood no deja de ser una industria que vive del dinero del espectador, tiene asimismo una labor educativa (aquí), por lo que debería promover títulos que se circunscribieran a la primera alternativa. En este último sentido, de hecho, nos ha ofrecido títulos tan recordados como La semilla del diablo (Roman Polanski, 1968), El exorcista (William Friedkin, 1973), que es la obra cumbre del género, El exorcismo de Emily Rose (Scott Derrickson, 2005) y La bruja (Robert Eggers, 2015); pero, en el otro, ha perpetrado cintas tan deplorables al respecto como Exorcismo en Connecticut (Peter Cornwell, 2009), Ouija (Stiles White, 2010), El último exorcismo (Daniel Stamm, 2010) y Expediente Warren. The Conjuring (James Wan, 2013), que, sin embargo, denotan ese constante interés al que aludimos. Es por ello que la televisión no podía desaprovechar esta triste moda; así, gracias al revival del que está gozando a través de las series, ha creado una basada en aquel film que hemos calificado como el mejor del género: The Exorcist (Jeremy Slater, 2016).




   Aunque este nuevo show doméstico pretende ser una actualización de la obra literaria de William Peter Blatty, debemos advertir, en honor a la verdad, que está más relacionado con el film de 1973 que con esta. No conviene desvelar el motivo, pues forma parte de la trama, y entraríamos en el peligroso terreno de los spoilers; pero debemos decir que, quien haya visto la película y leído el libro, lo identificará en el acto. Por esta razón, vuelve a contar con dos sacerdotes encarándose al diablo, con un problema de fe y con ciertas prácticas satánicas como origen de todo ello, algo en lo que incide más el largometraje en el que se basa que el texto que lo inspiró; sin embargo, también cuenta con un acercamiento novedoso a la figura del protagonista, que no solo experimenta esa citada desconfianza, sino que muestra asimismo una debilidad que no recogía ninguno de aquellos dos.

   Ciertamente, la serie describe al padre Ortega (Alfonso Herrera) como un sacerdote pusilánime y afligido, pues vive anclado en el recuerdo de un viejo amor, y, por tanto, se plantea una y otra vez su idoneidad para el ministerio. Pero, lejos de lo que podría esperarse de una producción actual, no se deja arrastrar por estos sentimientos que lo acechan, sino que los combate por el bien de su vocación, de su entrega a los demás y de su propia santidad. De este modo, ofrece una visión acertada del presbítero, que, como hombre y como cristiano, se enfrenta a las tentaciones que lo asaltan durante su camino, aunque teniendo al Hijo de Dios y al prójimo como metas del mismo. Tal vez debería haber hecho mayor hincapié en esta problemática, que solo toca de pasada, aunque habría resultado interesante para el televidente; no obstante, y por desgracia, ha preferido inclinarse hacia el thriller más burdo, convirtiéndose así en una historia sin gancho.




   Sin duda, nos encontramos ante una serie que, olvidando los rasgos humanos de sus protagonistas, exceptuando el que hemos mencionado, anhela el efectismo visual por encima de su argumento; de este modo, pesan sobre ella el manido "giro final" y ese ansia por imitar el terrorífico ambiente que transmitía la cinta de Friedkin. Pero, mientras que esta lo conseguía a través de los grandes conocimientos que ostentaba acerca de la veracidad de una posesión demoníaca, aquella lo intenta mediante sustos vacuos y tópicos cinematográficos, que ya han sido vistos en cualquier película sobre el diablo. Tanto es así que alcanza su paroxismo en las escenas culminantes, es decir, en las que enfrentan a los sacerdotes contra Satanás: por desgracia, parecen clichés extraídos directamente de El príncipe de las tinieblas (John Carpenter, 1987) o de Vampiros de John Carpenter (id., 1998), en vez de una descripción de la presencia real del maligno. 

   Por este motivo, desde aquí no podemos recomendar esta serie. Como hemos dicho arriba, ha perdido la oportunidad de ahondar en la historia del sacerdote atormentado, que busca ser fiel por encima de sus miserias (no obstante, es algo que le ha servido para humanizar la figura del presbítero, muy mal tratada en el cine de hoy, tanto por las producciones que la edulcoran, mostrando hombres impolutos, como por aquellas que la denigran). Sin embargo, también ha desaprovechado la ocasión de mostrar la auténtica faz del demonio, de modo que aquellos que se sientan atraídos por él descubran el sufrimiento que conlleva, como hizo El exorcista en su momento. Por ello, es preferible revisar y promover esta última, que continúa siendo la mejor cinta sobre posesiones demoníacas y el mejor título de terror de todos los tiempos.



domingo, 16 de julio de 2017

La guerra del planeta de los simios

   Poco podía imaginar el director Franklin J. Schaffner que su película El planeta de los simios (id., 1968) se transformaría en uno de los títulos más emblemáticos de la ciencia ficción norteamericana. Ciertamente, sus constantes recortes de presupuesto, sus numerosos cambios de guion, sus cuantiosos problemas de maquillaje y un largo etcétera, le harían pensar, al contrario, que se enfrentaba a una cinta maldita; sin embargo, y no bien se estrenó, vio cómo recababa de inmediato un éxito inesperado, cómo creaba una mitología propia y cómo su final se convertía en uno de los más icónicos de la historia del cine (¡conocido hasta por quienes no han visto el filme!). Pero no solo eso, sino que además originó una saga de cinco largometrajes y dos series de televisión; colecciones de cómics y de libros; un (olvidable) remake, y, finalmente, un (estupendo) reboot, cuyo colofón hoy presentamos. De manera que aquella película, producida hace cincuenta años y destinada al círculo de las rarezas cinematográficas, es actualmente un título en plena vigencia.




   Después de haber intentado establecer la paz con los humanos supervivientes a la acción universal de un virus maligno, César (Andy Serkis) y sus simios son forzados a encarar un nuevo conflicto. Esta vez, se trata de la lucha que deberán mantener contra el ejército liderado por el coronel Wesley McCullough (Woody Harrelson). Así, tras sufrir enormes pérdidas entre los de su especie, se enfrentarán tanto a sus instintos más oscuros como a este con el propósito de ganar la guerra por el planeta.

   No es extraño que, como decíamos arriba, la cinta de Schaffner se haya convertido hoy en un clásico de la ciencia ficción, puesto que, pese a los años que han transcurrido, afrontaba temas tan actuales como la naturaleza del ser humano, su tendencia al conflicto, los extremismos ideológicos que siempre lo han caracterizado y, consecuentemente, su persecución de la verdad (tanto en el buen sentido como en el malo). Por esta razón, tampoco debe sorprendernos que se decidiera prolongar su éxito a través de varias secuelas, aunque estas, por desgracia, no alcanzaran su nivel artístico. En efecto, desde Regreso al planeta de los simios (Ted Post, 1970) hasta La conquista del planeta de los simios (J. Lee Thompson, 1973), la saga decayó progresivamente hacia la clasificación B más casposa; y, a pesar de que Huida del planeta de los simios (Don Taylor, 1971) y La rebelión de los simios (J. Lee Thompson, 1972) recuperaban ese interés por la naturaleza humana, al final quedaban como meras curiosidades sobre el origen de aquella. Solo la televisión logró ensalzarla de nuevo para el público, estrenando una serie homónima en 1974, que gustó muchísimo a los fans de entonces y que supera con creces a cualquiera de los filmes citados.




   Por este motivo, el film de Schaffner merecía un verdadero homenaje por parte del celuloide, ya que se ha nutrido de su éxito durante todos estos años. Así, después de intentarlo una vez mediante el olvidable remake perpetrado por Tim Burton en 2001, nos regaló El origen del planeta de los simios (Rupert Wyatt, 2011). En esta obra maestra de la ciencia ficción, no solo indagaba en la génesis de aquella, como indica su título, sino que también profundizaba de nuevo en los intereses que la habían acuciado, es decir, en la naturaleza y en la dignidad de los hombres (paradójicamente, representados por los simios). No contento con ello, más tarde nos ofreció El amanecer del planeta de los simios (Matt Reeves, 2014), donde disertaba crudamente sobre la violencia innata de los humanos. Finalmente, y como broche de esta nueva saga, ha querido otorgarnos La guerra del planeta de los simios (Matt Reeves, 2017), en la que propone una historia sobre la importancia de la familia y de la sociedad (aunque representada otra vez por los simios). 
  
   De este modo, podemos decir que por fin una de las sagas más importante de todos los tiempos se ha redimido. Ciertamente, a partir de ahora ya no será un subproducto del género fantástico, puesto que se ha convertido por derecho propio en el nuevo referente de la ciencia ficción cinematográfica. Sin lugar a dudas, la película de Schaffner ha encontrado aquí el origen que siempre anduvo buscando, la metáfora sobre la especie humana que ella misma detalló en 1968. Y, aunque hayamos tenido que aguardar cincuenta años, ha merecido la pena.



lunes, 10 de julio de 2017

Día de patriotas

   El pasado 15 de abril se cumplieron cuatro años del atentado de Boston. En efecto, durante una de las maratones más famosas del mundo, dos bombas caseras estallaron en medio de la ciudad, causando multitud de heridos y tres muertos. De inmediato, los agentes de seguridad del Estado se pusieron manos a la obra para investigar lo ocurrido y localizar así a los culpables, objetivo que cumplieron pocas horas después. Posteriormente, el hecho se resolvió con el fallecimiento de uno de los autores y con el encierro del otro, algo que fue recibido con vítores por todo el pueblo norteamericano. Por esta razón, no es extraño que hoy llegue a nuestras pantallas este título, que homenajea a los héroes que intervinieron en esta hazaña y que rinde tributo a los que perecieron en ella.




   Respecto del argumento, poco se puede añadir a lo que ya sabemos. El largometraje cuenta la historia del oficial de policía Ed David (Mark Wahlberg), que investiga los acontecimientos citados arriba. Pero lo hace de manera exhaustiva, ofreciéndole al espectador un documental preciso más que una dramatización cinematográfica. De este modo, se suma a otras películas del género que siguieron su mismo derrotero, como World Trade Center (Oliver Stone, 2006), La noche más oscura (Zero Dark Thirty) (Kathryn Bigelow, 2012) o las recientes Snowden (Oliver Stone, 2016) [aquí] y Sully (Clint Eastwood, 2016). Ciertamente, el propósito de estas cintas consistía en relatar los hechos tal y como sucedieron, alejándose en lo posible de su interpretación, con el fin de divulgar la estricta verdad entre el público.

   Por supuesto, esta intención solo es comprendida desde la óptica norteamericana. Así, la industria hollywoodense siempre se ha sentido responsable del espectador, por lo que ha entendido que debe ofrecerle un tipo de cine que le ayude a enorgullecerse de su país (indudablemente, hablamos acerca del grueso de la industria, no de los títulos menores, que pueden ser más críticos con el sistema). Para ello, nunca ha dudado en presentarle personajes anónimos que han luchado por la libertad y el bienestar de su pueblo, como podrían ser sus propios vecinos, con el fin de hacerle ver que él mismo podría convertirse en héroe. Sin duda, esta es la idea que fundamenta las dos cintas de Oliver Stone, que muestran, respectivamente, la biografía de un hombre que vela por la independencia de los suyos y las gestas que sucedieron tras el atentado de las Torres Gemelas; la película de Bigelow, que narra la captura del autor de este último, empeñado en destruir el sistema de vida occidental, y el largometraje de Eastwood, que presenta a un piloto de avión cualquiera enfrentándose y superando una prueba complicada.

  


   En España, difícilmente hallaremos un título de estas características. Así, pese a las proezas diarias que todos conocemos, nunca el cine patrio verá la necesidad de reflejarlas en la pantalla grande. Por supuesto, ello se debe al acomplejado esnobismo que padece, pues considera que el arte que él representa está por encima de cualquier gesto patriótico; o que este es un reminiscente franquista que ya no tiene lugar en nuestro tiempo (léase la crítica de 1898. Los últimos de Filipinas: aquí). Sin embargo, no se percata de que lo que ha hecho poderoso a Estados Unidos ha sido precisamente el elogio a sus héroes, el recuerdo de su historia y el enorgullecimiento de sus signos; ni de que, a pesar del chovinismo del que acusa a este último, dicho sentimiento ha permitido que continúe abogando por la libertad y el bienestar de todos sus ciudadanos.

   En honor a la verdad, debemos apuntar que un título así ha asomado tímidamente la cabeza a la cartelera española de este año, Zona hostil (Adolfo Martínez, 2017), y que ha obtenido unos resultados aceptables; además, debemos hacernos eco del proyecto de animación que pretende dar a conocer la aventura de Magallanes y de Elcano (aquí), un film que será bien recibido cuando se estrene. Pero los aficionados que amamos nuestra patria todavía estamos esperando la película decisiva sobre los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid (y no vale No habrá paz para los malvados, que afronta el tema de manera tangencial y casi a hurtadillas); sobre el secuestro de Ortega Lara, oculto durante más de un año en un minúsculo zulo etarra; sobre el asesinato de Miguel Ángel Blanco, tiroteado cobardemente en la nuca hace dos décadas, o sobre el gesto heroico de Ignacio Echeverría, que se encaró a un terrorista musulmán cuando este agredía a una mujer. Los espectadores conocerían la verdad de los hechos y todos nos enorgulleceríamos de sus protagonistas. Pero, como asegurábamos arriba, nunca veremos algo así en nuestras salas.   

   Por este motivo, considero que Día de patriotas (Peter Berg, 2016) es un film excelente, que no debería pasar desapercibido para nadie. No se trata de una simple narración de los hechos que conmovieron a Estados Unidos en 2013, sino también de un vivo retrato del orgullo que siente el pueblo norteamericano por sus héroes. Y es por último un ejemplo de lo que el cine español debería producir para sus espectadores.