lunes, 2 de julio de 2018

Quo Vadis

   El 30 de junio de cada año es el día que la Iglesia católica dedica a la conmemoración de sus primeros mártires en Roma. En efecto, aunque la primera persecución a los seguidores de Cristo había sido perpetrada por las autoridades judías en Jerusalén, esta no dejó de tener un carácter netamente local; además, el cristianismo de entonces solo era considerado como una mera escisión del judaísmo, por lo que los instigadores de aquella creían que la nueva fe únicamente estaba destinada al pueblo hebreo, que olvidaría sus preceptos en cuanto desaparecieran los seguidores del falso mesías (no obstante, la Providencia se sirvió de este hostigamiento para que la predicación del Evangelio llegase a otros pueblos). La persecución llevada a cabo por Nerón en el año 68, sin embargo, es más representativa, puesto que la fe de los cristianos había postergado ya su localismo, y, por ende, se había convertido en un credo destinado al bien de toda la humanidad, y no solo al de los judíos (de hecho, la palabra "católico" significa "universal"); por otro lado, el hecho de que aconteciera en la capital del Imperio es aún más representativo, ya que esta, con el tiempo, se transformaría en la capital de la propia Iglesia.

   Por supuesto, al leer el párrafo precedente, el cinéfilo cristiano habrá recordado de inmediato la cinta que mejor ha representado hasta hoy aquellos funestos días de persecución: Quo Vadis (Mervyn LeRoy, 1951). Ciertamente, en ella contemplábamos a un enloquecido Nerón (magnífico Peter Ustinov) que decidía incendiar Roma sin contemplaciones, con el único propósito de construir una nueva urbe, más afín, eso sí, a su insaciable megalomanía; lo veíamos completamente pagado de sí mismo, envanecido hasta la extenuación, gordo, abúlico y tañendo la lira mientras era aplaudido por su habitual corte de aduladores; finalmente, observábamos también cómo culpaba del devorador incendio de la ciudad a los cristianos, que se habían convertido para él en un incómodo estorbo, ya que, entre otras cosas, se negaban a reconocer su autoproclamada divinidad. Asimismo, esta decisión del emperador nos evocarán las últimas escenas del filme, en la que podíamos ver a los seguidores de Cristo hacinados en los calabozos del circo, mientras esperaban ser ejecutados por los verdugos, o adentellados por las famélicas fieras; particularmente, no puedo dejar de recordarlas sin que me embargue la emoción, ya que el ver cómo aquellas futuras víctimas rezaban o se animaban entre ellas para encarar con firmeza el último y más importante combate de sus vidas, me urge a rememorar que la vocación principal del cristiano reside precisamente en el martirio.




   Vayamos por partes. Por supuesto que, con esta última afirmación, no estoy queriendo decir que el cristiano deba morir necesariamente en la arena para cumplir bien con su vocación religiosa, ni que deba ser crucificado para asemejarse mejor que ningún otro a Cristo (recordemos que, en la película, como en la vida real, san Pedro quiso que su cruz fuese clavada boca abajo, puesto que se consideraba indigno de sufrir la misma muerte que el Señor); tampoco estoy defendiendo aquí que debamos padecer (o incluso propiciar) una persecución religiosa, con el fin de testimoniar mediante ella nuestra fidelidad a Dios y a la Iglesia, como vemos que hicieron los protomártires romanos (por supuesto, me refiero al padecimiento de la persecución, no a su propiciación, como el emperador Nerón pretendió hacer creer tanto sus contemporáneos como a las crónicas posteriores). Lo que estoy queriendo decir con estas palabras es que el cristiano está llamado a testificar el mensaje de amor traído al mundo por Jesús, así como su muerte redentora en favor de la humanidad, aunque en este empeño tenga que sufrir el desprecio del mundo (recordemos que la palabra "mártir" significa literalmente "testigo"); de hecho, él mismo nos exhortó a este testimonio antes de subir al cielo cuando dijo: "Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación" (Mc. 16, 15-20).

   En efecto, a lo largo de la historia hemos visto que la Iglesia, desde aquel primer hostigamiento por parte del Imperio romano, ha sido perseguida por los hombres con el fin de ser silenciada y hasta aniquilada, pues sus preceptos son una piedra de escándalo para ellos; aunque podríamos poner muchos ejemplos que dan fe de este hecho, los más relevantes son los que nos ofrecen la Revolución francesa, el México de los años veinte y, sobre todo, la España de los años treinta, pues hasta el momento son las mayores matanzas que ha vivido el cristianismo de Occidente. De estos tres, tal vez el más representativo para nosotros sea el último, y no solo porque sea el más cercano en el lugar y en el tiempo, sino también porque vuelve a estar de actualidad con motivo del futuro del Valle de los Caídos. Ciertamente, este monumento, erigido con la intención de reconciliar a los dos bandos de la Guerra Civil bajo el auténtico signo de la paz, la cruz de Jesucristo, es actualmente una verdad incómoda, ya que recuerda que en nuestro país se ejecutó a miles de católicos por el simple hecho de serlo. Sin embargo, y pese a este vigor que hoy vuelve a tener la persecución religiosa española, no quiero dedicar mi escrito semanal concretamente a ella, sino a todos los mártires que, a lo largo de los siglos, han testificado hasta la muerte su amor al Hijo de Dios.




   Así es, como decía al principio del texto, aunque solamos identificar exclusivamente al mártir con la persona que ha entregado su vida en favor de la fe (y así ha de ser), lo cierto es que no se trata de alguien que haya llegado de manera espontánea hasta ese extremo, sino de quien ha sabido testificar a diario el mensaje amoroso de Jesús y su muerte redentora por el bien de la humanidad. Para entenderlo mejor, pongamos el ejemplo de un atleta que decide afrontar un maratón sin entrenar previamente: es probable que no llegue a situarse entre los primeros puestos de la carrera; pero, si ese mismo deportista entrena a diario, tendrá más oportunidades de conseguir la victoria que anhela. Como afirma san Pablo en su carta a san Timoteo, "he peleado hasta el fin el buen combate, concluí mi carrera, conservé la fe. Y ya está preparada para mí la corona de justicia, que el Señor, como justo Juez, me dará en ese día, y no solamente a mí, sino a todos los que hay aguardado con amor su manifestación" ( 2 Tt. 4, 7-8). De este modo, el mártir que derrama finalmente su sangre por Cristo, testificando así en su grado máximo su amor hacia él, es el mismo que ha sabido entregar cada día su propia vida en favor suyo: como en el ejemplo del atleta que acabamos de poner, no estamos hablando de alguien que se torture literalmente a diario con el fin de prepararse para la muerte, sino de quien ha vencido, a modo de entrenamiento, aquellos obstáculos que le impiden ser fiel al Señor. Por consiguiente, ha sido capaz de morir por este último, porque le ha sido fiel en todas las circunstancias de su vida (en la película vemos cómo todos los mártires han entregado previamente sus vidas en favor del bienestar de las de los demás).

   Hoy en Occidente ha cesado el hostigamiento físico de lo cristianos (no así en Oriente, donde aún podemos ver cómo estos continúan siendo asesinados por razón de su fe), pero no por ello se ha relegado el mandato del Señor, que nos ordenó ser mártires (testigos) de su Evangelio. En la actualidad, este martirio debe ser abrazado, por ejemplo, en el campo de la ética, ya que esta ha sido postergada en beneficio de una aberrante cultura de la muerte, puesto que la eutanasia y el aborto son presentados como logros humanos, y no como verdaderos y cruentos homicidios; de este modo, y en ambos casos, el cristiano está obligado a testificar el amor de Cristo tanto en el respeto al nonato como en el cuidado del enfermo. ¿Querría el Hijo de Dios que un bebé fuese aniquilado en el seno materno, cuando él mismo santificó con su presencia el de su propia Madre?, ¿querría que asesinásemos a nuestro padre, cuando es probable que él mismo cuidase del suyo durante sus últimos momentos de vida? Por supuesto, este modo de pensar concita las burlas y las iras de los enemigos de la fe, que no dudan, como consecuencia, en acusar a la Iglesia de pecados inexistentes (o en agravar los que de verdad existen), para que su mensaje se vea desacreditado por parte de los hombres; pero esto no deja de ser un entrenamiento para el cristiano, que ve en estos obstáculos un trampolín necesario para demostrarle al mundo su fidelidad a Cristo (como el atleta del ejemplo, si no asumimos este entrenamiento, ¿cómo vamos a pretender aceptar el derramamiento de nuestra sangre en favor suyo?). En la antigua Roma, los primeros cristianos eran acusados de asesinar a sus hijos... ¡cuando eran los propios romanos los que lo hacían, mientras que estos los acogían y los adoptaban para que siguieran viviendo! Pero, ¿supuso esto una renuncia a la demostración cotidiana de la fidelidad al Evangelio? Más bien al contrario, fue asumido como un auténtico martirio (testimonio) de dicho amor.




   Por todo ello debo decir que no existe una entrega mayor y más generosa a Cristo que la del martirio. Por supuesto, no solo me refiero al que supone la muerte real del cristiano en favor de aquel, sino al que valora su entrega diaria por amor a él y a la verdad. Aquellos protomártires romanos, cuya memoria celebramos cada 30 de junio, y que son los mismos que presenta la cinta Quo Vadis, son el paradigma de todos los que vinieron después, así como de aquellos que todavía mueren hoy en lugares como Asia y África. No es extraño, pues, que la Iglesia los tenga en tanta estima y que desee perpetuar anualmente su entrega, puesto que si ninguno de nosotros estamos llamados a derramar nuestra sangre, sí que estamos convocados a testimoniar cada día nuestro amor a Cristo, como ellos lo hicieron.





domingo, 24 de junio de 2018

Capricornio Uno

   Dentro de escasamente un mes celebraremos el 49º aniversario de la llegada del hombre a la luna. En efecto, un 20 de julio del año 1969, el famoso astronauta Neil Armstrong, mientras hollaba por primera vez nuestro satélite, pronunciaba la no menos famosa frase que todo el mundo conoce: "Un pequeño paso para el hombre, pero un gran paso para la humanidad". Es indudable que con ella quería significar la importancia que revestía dicho acontecimiento para el conjunto de los seres humanos, ya que cada uno de ellos se encontraba representado en él en esos históricos instantes (¡nunca antes habíamos puesto un pie fuera de nuestro planeta!). Sin embargo, y al mismo tiempo, cuando aquel hincó en el suelo lunar la bandera norteamericana, quiso poner de relieve que Estados Unidos lideraba la hegemonía mundial por encima de los demás países y, sobre todo, por encima de su principal rival a la sazón: la Unión Soviética.

   Ciertamente, hoy nadie desconoce que los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial estuvieron marcados por los dos bloques que dividieron el mundo hasta 1989: por un lado, el occidental, encabezado por los Estados Unidos y su sistema socioeconómico basado en el capitalismo; por el otro, el oriental, liderado por la citada Unión Soviética y basado en el comunismo. Tampoco es ignorado por nadie que la existencia de ambos bloques condujo a un enfrentamiento político que se denominó Guerra Fría, puesto, que, a pesar de la rivalidad que había entre los dos, ninguno de ellos tomó acciones bélicas reales contra el otro, sino que se limitaron a influir en el desarrollo social del contrario; de este modo, por ejemplo, la URSS financió y respaldó las revoluciones socialistas de los países Hispanoamericanos, mientras que los Estados Unidos procuró impedirlas mediante los sucesivos golpes de Estado militares. Así, y aunque nunca se desencadenó un nuevo conflicto internacional entre los dos bloques, lo cierto es que se generó una carrera entre ambos para demostrar cuál era superior.

   Aunque la carrera más conocida (y la más lógica, dado el clima de tensión existente entre ambos bloques) sea la armamentística, la que aquí nos interesa es la espacial. En efecto, en el afán que compartían estos países por demostrar cuál era superior, la conquista del espacio por parte de uno de ellos se encontraba en la cabeza de sus prioridades. De este modo, el 21 de agosto de 1957, la Unión Soviética lanzaba su primer misil intercontinental, el "Semyorka", que conseguía alcanzar una altura suborbital y que, consecuentemente, ponía en jaque la hegemonía norteamericana; pero no solo eso, sino que ese mismo año lanzaba el "Sputnik" y hasta conseguía que un animal (en esta caso, la perra Laika) abandonase la tierra por primera vez en la historia, una efeméride que alcanzaría su colofón en 1961, cuando el astronauta Yuri Gagarin rodeaba nuestro planeta a bordo del "Vostok 1". Esto humillaba notablemente a los Estados Unidos, que quería encabezar el orden mundial, por lo que su presidente, el renombrado JFK, en un histórico discurso de septiembre de 1962, aseguró que, antes de que concluyese la década, un americano pisaría la luna (aquí). Y así fue, pues, como hemos visto, tan solo siete años después, Armstrong pronunciaría la famosa sentencia que hemos citado arriba.

   Pero ¿qué pasaría si el hombre no hubiera llegado realmente a la luna?, ¿qué pasaría si todo aquello que se vio en televisión en 1969 fue solo un montaje de los Estados Unidos, destinado a sorprender al mundo entero y a reivindicar la hegemonía tecnológica que parecía haberle arrebatado la Unión Soviética? ¿Y si detrás de todo este entramado se encontrase un cineasta hollywoodense para darle más verismo a la historia? Las palabras del presidente norteamericano, y su rápida respuesta por parte de la Agencia Espacial, no hacen más que incrementar esa duda, por lo que ¿no estaremos en realidad ante uno de los mayores engaños sufridos por la humanidad? A todo esto responde el film que traemos hoy a colación: Capricornio Uno (Peter Hyams, 1978).




   La película comienza en Florida, cuando un grupo de astronautas va a ser lanzado al espacio para afrontar el primer viaje tripulado a la superficie marciana. El mundo entero está expectante, porque, después de la conquista de la luna, la de Marte es un paso más en el camino de la supremacía mundial de los Estados Unidos. Como siempre, las familias de aquellos aventureros han ido a presenciar el evento, y miles de periodistas se agolpan en las salas de la NASA para retransmitir cada momento del lanzamiento. Sin embargo, tras la última conexión de los viajeros con estos últimos, unos hombres abren la escotilla del cohete e instan a aquellos al abandono de la nave, ya que van a ser trasladados a un viejo hangar, en el que rodarán su llegada al Planeta Rojo. Al principio, los astronautas se ven obligados a participar en la farsa, porque sus familias están amenazadas, pero pronto decidirán huir y delatar el engaño.

   Así de elocuente es el argumento de este conocidísimo film, que agrupó todas las teorías conspirativas que sobre el particular corrían ya entre la población americana y que, además, les dio el aliento y el respaldo que necesitaban para su difusión. En efecto, casi desde el momento de la llegada del "Apolo 11" a la luna en 1969, se rumoreó que tanto esta misión espacial como las siguientes no fueron más que un montaje gubernamental para sobreponerse al empuje soviético, así como a los fracasos bélicos y políticos que estaban padeciendo los Estados Unidos: el desastre de la bahía de Cochinos, el asesinato de Martin Luther King, la Guerra de Vietnam, el asesinato de John F. Kennedy, el surgimiento contracultural de los sesenta y etcétera (incluso antes de dicho evento, ya se rumoreaba algo así, puesto que hay estudios que demuestran que comenzaron con las primeras fotografías lunares del "Apolo VIII", en diciembre de 1968). Las pruebas que aportaban para ello son conocidas por todos, pero no está de más que destaquemos las de mayor relevancia: ¿por qué la bandera estadounidense ondea en algunas fotografías y vídeos, si no hay viento en la luna?, ¿por qué todas las imágenes tomadas por los astronautas están perfectamente expuestas y enfocadas, mientras que los carretes, además, no fueron afectados por la intensa radiación cósmica que existe en nuestro satélite?, ¿por qué podemos ver sombras de objetos que no están presentes o una iluminación artificial?, ¿por qué hay rocas que aparecen marcadas con letras?, ¿por qué algunas rodadas de los vehículos parecen forzadas, creando ángulos imposibles en un paseo lunar normal? Todas estas preguntas acucian todavía el imaginario popular, que sigue sin encontrar respuesta al misterio que parece envolverlas (tanto es así que una encuesta de 1999 demostró que un alto porcentaje de norteamericanos continúa pensando que el hombre no ha pisado la luna jamás: aquí).

   Con la llegada de internet, los problemas no hicieron más que agravarse, puesto que la teoría conspirativa fue divulgada por el mundo entero, dándose a conocer, así, en otros países, algo que despertó el interés de muchísima gente. Curiosamente, la reacción inicial de la NASA ante las acusaciones de fraude fue de absoluta indiferencia, aunque al final encargó en 2002 la publicación de un libro en el que se refutaran dichas afirmaciones. Por desgracia, el texto no alcanzó el éxito esperado, por lo que, durante los años sucesivos, sacó a la luz multitud de fotografías recientes del lugar del alunizaje, en donde aún se podían contemplar los restos de los módulos, la bandera norteamericana... ¡y hasta lo que parecen ser las huellas de los astronautas (aquí)! Por tanto, en 2012, fecha de publicación de dichas imágenes, la Agencia Espacial Norteamericana parecía pone fin a la eterna discusión sobre la llegada del hombre a la luna, aunque es verdad que aún se negaba a dar una explicación oficial de los errores que parecían detectarse en las fotografías de 1969, y que arriba hemos apuntado. Sin embargo, esto no hizo más que aventar las dudas: ¿por qué han esperado tanto tiempo para fotografiar nuestro satélite?, ¿quién puede demostrar que esas fotografías son reales? Unas preguntas que volvieron a encontrar su aliento en el cine de Hollywood, concretamente en el documental Habitación 237, estrenado precisamente en 2012, el año en que la NASA quería zanjar la problemática del alunizaje.




   En efecto, en este interesante documental, que sigue las huellas del rodaje de El resplandor (Stanley Kubrick, 1980), podemos ver un intento de demostrar que la llegada del hombre a la luna no fue más que un montaje. Según sus autores, la excelencia científica que mostró el director de aquella en 2001. Una odisea del espacio (1968) animó a los directivos de la NASA a contratar sus servicios, para que engañase al mundo entero con un vídeo sobre el alunizaje (¡igual que en Capricornio Uno!); pero, aunque el cineasta aceptaría, habría dejado un rastro de delación en su adaptación del libro de Stephen King. Por ejemplo, y para empezar, el mismo título del reportaje, que hace referencia a una habitación inexistente en la novela (en esta era la 217), pero que, casualmente, alude al número de miles de millas que separan la tierra de la luna; el jersey del niño, que ostenta un flamante cohete llamado "Apolo 11"; el enmoquetado del hotel, cuyos cuadrados coinciden con la distribución de los que podemos ver en la estación de lanzamiento de Florida; el monótono texto que mecanografía Jack Torrance, que ocultaría una referencia velada al diminutivo A11, es decir, "Apolo 11" (en inglés, "All work and no play makes Jack a dull boy"); la iluminación nocturna, que usa aparentemente el mismo sistema usado por las fotografías lunares tomadas en 1969, y etcétera. Pero lo más inquietante es que Kubrick habría revelado en su película que debía mantener el secreto incluso a su esposa (en la cinta, Jack Torrance no quiere que su cónyuge mire el libro que está escribiendo), un compromiso que habría roto precisamente mediante la grabación de la misma; de este modo, y como las dudas sobre el alunizaje no hacían más que crecer, el propio Gobierno americano habría perpetrado su muerte en marzo de 1999, por temor a que confirmase todas estas. Evidentemente, no podemos demostrar estas teorías, pero resulta significativo que todavía hoy estén presentes, y que, por tanto, hagan de la llegada del hombre a la luna un gran misterio.

   Como decíamos al principio, ya solo falta un mes para que conmemoremos los cuarenta y nueve años que median entre la llegada del hombre a la luna y nuestros días; el año que viene, incluso, celebraremos la media centuria, que es un dígito más redondo. Pero, a pesar de ello, vemos que las dudas sobre su veracidad continúan en vigor, puesto que hay un porcentaje creciente de personas que no creen que el hombre haya hollado nuestro satélite; incluso, consecuentemente, piensa que somos pasto de un Gobierno que nos manipula y engaña conforme a sus intereses. Las pruebas con las que este último, a través de la NASA, pretende refutar tales teorías no hacen más que avivar la duda de los curiosos, porque no terminan de ser ilustrativas; además, siempre da más sensación de sabiduría la sospecha, por lo que es preferible aceptar la postura del fraude que la de la verdad. Sea como fuere, lo cierto es que nos encontramos ante una efeméride polémica, con cuyos argumentos antagónicos nos tendremos que ver las caras durante los meses sucesivos.







domingo, 10 de junio de 2018

Jurassic World. El reino caído

   Esta semana vamos a dedicar el post a la película que pretende ser el blockbuster veraniego por antonomasia: Jurassic World. El reino caído (J.A. Bayona, 2018). En efecto, tres años después del éxito de su predecesora, Jurassic World (Colin Trevorrow, 2015), llega a nuestras pantallas su consabida secuela, un film que procurará superar (o al menos igualar) la recaudación y el aplauso de aquella. Para ello, se ha contado esta vez con el prometedor cineasta español Juan Antonio Bayona, el cual, aunque solo tenga en su haber cuatro películas (incluida esta), ha sabido conquistar a la platea de medio mundo con su magnífico arte, heredado directamente y sin disimulo del cine de Steven Spielberg; tanto es así que fue precisamente su penúltimo film, Un monstruo viene a verme (2016), que no deja de ser una versión personal y actualizada de E.T., el extraterrestre, el que le abrió de manera definitiva las puertas de Hollywood, pues propició que el famoso Rey Midas del séptimo arte le encargase esta quinta entrega de la saga jurásica.

   Como veremos a continuación, y como es lógico, lo que ha hecho Juan Antonio Bayona con esta oportunidad que la ha brindado la meca del cine (y con la que probablemente ha soñado más de una vez) es acomodarse servilmente a los requisitos que esta le ha presentado. En efecto, lo que Hollywood pretende en fechas estivales es ofrecer mero espectáculo, para que el público llene las salas, coma palomitas, beba Coca-Cola, profiera algún grito, se emocione y aplauda a rabiar; es decir, y en definitiva, que se lo pase bien durante dos horas delante de una pantalla gigante. No es extraño, pues, que, para esta nueva entrega de la saga, Steven Spielberg, ideólogo máximo del concepto de blockbuster mediante su film Tiburón (1975), el primero de la historia que acuñó dicho término, eligiera al que hoy se presenta como su alumno más aventajado, el mencionado cineasta español Juan Antonio Bayona; por este motivo, tampoco es extraño que este último, acariciador onírico de la meta hollywoodense, al aceptar el encargo de aquel, se sometiera estrictamente a sus órdenes, que pasaban por realizar un filme que se ajustase a la medida de los cánones veraniegos. Por suerte, Spielberg, que sabe lo que hace en el campo cinematográfico, no eligió con Bayona a un cualquiera, sino a alguien que sabe aunar arte y entretenimiento a partes iguales; de este modo, el espectador no se siente como un mero consumidor pasivo de imágenes en movimiento, sino como una persona que, al mismo tiempo que está disfrutando del espectáculo, está recibiendo calidad narrativa y cinematográfica (de hecho, con sus más y sus menos, esto es lo que caracteriza tanto al cine de Spielberg como al cine de Bayona).

   ¿Y es malo este afán por aunar arte y entretenimiento en una sola película? Evidentemente, no. Como ya hemos indicado, el primer cineasta que ideó este concepto, y que él mismo denominó blockbuster, fue Steven Spielberg, quien, a través de su relato sobre el escualo gigante, entretuvo al público a la par que le otorgaba calidad artística; de hecho, su decisión de ocultar al manido tiburón, o de insinuarlo mediante la estupenda música de John Williams, o través de la cámara en primera persona, cautivó a toda la platea y hoy es imitada por multitud de directores exitosos (el otro gran inventor del término fue George Lucas mediante La guerra de las galaxias, que nada tiene que ver con la deriva ideológica que ha tomado actualmente la saga: aquí). El cine nació hace más de cien años en Francia con esta clara vocación al entretenimiento (a la sazón, la gente se agolpaba para ver a los obreros saliendo de una fábrica, al tren llegando a su estación o a un niño gamberro divirtiéndose a costa de un incauto jardinero); pero, como sus iniciadores, los hermanos Lumière, eran fotógrafos profesionales, conocían a la perfección la alegoría de la imagen, por lo que a los espectadores de entonces no solo les ofrecían espectáculo, sino también calidad artística. Por este motivo, podemos decir que, pese a quien le pese, la saga jurásica se inserta en este concepto originario del séptimo arte, que no siempre está llamado al agrado de unos pocos, sino al aplauso de muchos.




   Todo el mundo conoce ya la trama de la película (por desgracia, a uno solo le basta con ver el tráiler de la cinta para ello). En efecto, tres años después de los acontecimientos vistos en Jurassic World, los protagonistas se enfrentan a un nuevo desafío: la extinción de los dinosaurios que ellos mismos han creado. Ciertamente, el volcán que corona la isla Nublar, esa misma donde se construyó el primigenio Parque Jurásico, que luego sería remozado y reabierto bajo el nombre de Jurassic World, está a punto de entrar en erupción, una fatalidad que condenaría a muerte a todos los dinosaurios. La situación es tan peliaguda que incluso llega a las altas instancias del Gobierno norteamericano, que no vacila en abrir el debate sobre lo que han de hacer con ellos: o bien dejarlos morir, o bien rescatarlos. Mientras tanto, una empresa de biogenética vinculada al fallecido profesor Hammond (el mítico Richard Attenborough), se decanta por esta última opción, por lo que decide enviar un equipo de investigación y de rescate a la ínsula, con el propósito de salvar el mayor número posible de criaturas. Para ello, cuenta con la ayuda de Owen (Chris Patt) y Claire (Bryce Dallas Howard), dos supervivientes de los problemas acaecidos en la anterior aventura.

   Evidentemente, la sinopsis de la cinta no es original; uno solo tiene que echar un vistazo a los primeros minutos de ella para percatarse de que sigue los mismos derroteros que, en su día, tomara El mundo perdido. Jurassic Park (Steven Spielberg, 1997), secuela inmediata de Parque Jurásico (Steven Spielberg, 1993). De este modo, vemos que la historia del film es propiciada por el deseo que tienen algunos de exportar a los dinosaurios de la isla; que la empresa que tiene esta intención está vinculada a John Hammond; que los primeros que son contratados por esta última son una suerte de cazadores furtivos, cuyos únicos motores parecen ser el éxito y el dinero (además, tanto el Ted Levine de esta como el Pete Postlethwaite de aquella coleccionan colmillos de sus presas); que el protagonismo recae sobre una mujer resuelta que quiere salvar a los animales a toda costa (antes, Julianne Moore; ahora, Bryce Dallas Howard), y que su decisión impulsa la del hombre que le va a la zaga (antes, Jeff Goldblum; ahora, Chris Patt); que tenemos que padecer la presencia de una niña repelente (antes, Vanessa Lee Chester; ahora, Isabella Sermon), y que, finalmente, aumenta el grado de violencia y oscuridad, para alejarse, así, de los compases marcados por sus respectivas predecesoras (por supuesto, tenemos algún giro argumental más que une ambas cintas, pero nos reservaremos aquí el deseo de expresarlas, para evitar caer en el temido spoiler). Pero esta falta de originalidad es normal, puesto que, si lo pensamos fríamente, la película pretende seguir la estela que marcó Jurassic World hace tres años, es decir, actualizar la saga que, en su momento, inició Steven Spielberg con la mentada Parque Jurásico.




   Así es, hace ya la friolera de veinticinco años, el famoso director de Ready Player One (2018) sorprendió al mundo entero con el estreno de Jurassic Park (Parque Jurásico), una película que batió todos los récords de taquilla conocidos hasta el momento. Y no es de extrañar, pues sus efectos especiales nos hicieron creer que los extintos dinosaurios habían vuelto a la vida (los espectadores que la vimos en su momento, nos encontramos reflejados en la sorprendida expresión de los carismáticos Sam Neill y Laura Dern cuando ven a la gigantesca criatura por primera vez, y hasta espetamos la famosa frase que profiere el también entrañable Jeff Goldblum -"ese hijo de... lo ha logrado"-, aunque nosotros, por supuesto, no la dijimos en relación a Hammond, sino al propio Spielberg, autor de esa maravilla); además, y como hemos dicho arriba, se trató de un magistral ejercicio de narrativa cinematográfica, pues remozó para siempre el cine de aventuras exóticas. Desafortunadamente, la inevitable saga que siguió a la película cayó en desgracia muy pronto, puesto que la segunda parte no contó con el mismo entusiasmo de su director (pese a los grandes aciertos que todavía ostenta), ni la tercera contó siquiera con su participación, más allá de las labores de producción (aunque pasó el testigo de la dirección a su buen amigo Joe Johnston, autor de la siempre reivindicable Jumanji); por eso, esta razón fue más que suficiente para cancelar las otras secuelas que estaban previstas (amén de la razón económica, puesto que cada película recaudaba menos dinero que la anterior). Sin embargo, los directivos de Hollywood vieron que este era el momento idóneo para resucitar la dinomanía que se vivió durante la década de los noventa, puesto que, asaltados como estamos por la nostalgia (nunca ha habido tantas secuelas, remakes y reboots del cine que nos gustó), no era una opción descabellada traerla nuevamente a colación; pero, esta vez, no con una cuarta parte que continuara la acción donde acabó la tercera, sino con un saga que corrigiera aquello en lo que la anterior había fallado. La película en cuestión fue Jurassic World, una obra que, ciertamente, ha sabido erguirse como una digna heredera de lo que, hace veinticinco años, consiguió Jurassic Park (Parque Jurásico); por este motivo, además, la nueva entrega de la saga camina sobre las huellas seguras que dejó en el suelo la secuela de esta última, pues pretende ser la segunda parte que en realidad nunca tuvo (misma trama, diferente desarrollo) y abre las puertas a la continuación que Joe Johnston no se atrevió a hacer (atención al plano final... ¡y a la escena postcréditos!), ya que solamente repitió la fórmula de la primera.  

   En cuanto a la dirección de Bayona sobre la película, poco más podemos añadir a lo que hemos advertido arriba, puesto que se trata de un producto made in Hollywood empacado y listo para su consumo rápido, por lo que él tiene poco que ver con el acabado final. Ciertamente, podemos detectar en la película neuras que son propias de su cine (como es la ausencia materna y los problemas que esto origina en los niños), pero no dejan de ser pequeñas concesiones que autoriza el productor (a la sazón, Steven Spielberg) para congraciarse con el cineasta que esté bajo su mandato (por otro lado, esas disfunciones familiares también están muy presentes en el cine de Spielberg, así que a este no le habrá costado mucho ceder a las aspiraciones de Bayona). Es verdad que parece transparentarse el nihilismo que el director ya dejó de manifiesto tanto en Lo imposible (2012) como en Un monstruo viene a verme, sobre todo en la figura del recuperado Jeff Goldblum, que niega la intervención de Dios en las fatalidades que están azotando al antiguo Parque Jurásico (o incluso en la repelente niña interpretada por Isabella Sermon, que tiene una relación antinatural y casi transhumanista con los dinosaurios); sin embargo, no sabemos hasta qué punto forma parte de su malicia (si es que la tiene) o de un discurso más que asumido (aunque a todas luces erróneo). Lo que sí tenemos claro es que el filme no sirve de trampolín adoctrinador a la ideología moderna e infecta que hoy nos invade (como sí lo es la nueva saga de Star Wars), sino que se trata de un estupendo relato de aventuras destinado solo al mero entretenimiento del espectador.




   Para terminar, pues, podemos decir que esta semana nos ha llegado un buen estreno a nuestras pantallas. En efecto, sobre gustos no hay nada escrito, por lo que es probable que haya espectadores que no sientan interés alguno por esta película; sin embargo, a ellos les recomendamos desde aquí que vayan a verla sin prejuicios, puesto que no tiene mayor empeño que el de entretener al respetable. Recordemos que muchos de nosotros comenzamos a amar el cine gracias a títulos como estos, puesto que, aunque ahora apostemos por obras de Dreyer o Ingmar Bergman, lo cierto es que el séptimo arte nos engatusó gracias a directores como Steven Spielberg, George Lucas o Robert Zemeckis. Y es que estos, ciertamente, entendieron que el cine es un arte, pero también un espectáculo, por lo que supieron aunar ambos factores en grandes películas que hoy perduran el magín de muchísimos cinéfilos. El blockbuster de este año, pues, ya está servido, y no da opción a un segundo plato, por lo que solo podemos ceder a la tentación de comprarnos un bol de palomitas y un vaso de nuestro refresco favorito, y disfrutar durante dos horas del regreso de los dinosaurios.





domingo, 3 de junio de 2018

Han Solo. Una historia de Star Wars

   Esta crítica llega tarde. Lo sé. La película se estrenó la semana pasada, pero la traigo hoy a colación, porque he procurado mantenerme firme en el propósito de rechazar esta saga que tanto me ha gustado a lo largo de mi vida. Finalmente fui ayer, aunque no por debilidad, sino por cumplir una promesa con unos amigos (sin duda, una vinculación mayor que cualquier resolución personal). Pese a ello, me alegro de haber ido, ya que así he confirmado mi idea de que esta saga ya no es para mí. En efecto, como aseguré en mi post sobre Los últimos Jedi (aquí), Star Wars se ha convertido en un tipo de cine que ya nada tiene que ver conmigo: ciertamente, donde antes me encontraba con una metáfora sobre la eterna lucha entre el bien y el mal (¡incluso sobre los peligros de la corrupción del bien -ese Anakin de La venganza de los Sith, que abraza el reverso tenebroso de la Fuerza- y sobre la redención del ser humano -otra vez, ese Anakin de El retorno del Jedi, pero que ahora abandona dicho lado oscuro-!), ahora me topo con una mera narración en la que se difumina la presencia de ambos factores morales y en la que, por ende, no queda claro que el primero tiene que vencer necesariamente al segundo (¡como demuestra el plano final de la mentada El retorno del Jedi, con ese Anakin unido definitivamente a la Fuerza!); y en cuanto al aspecto cinematográfico, ¿qué decir de unas películas (las de ahora) que parecen más un videojuego de usar y tirar que un verdadero encuentro narrativo con el elemento gráfico del séptimo arte? Por todo ello, la saga terminó para mí en lo que hoy se conoce como "episodio VI", es decir, cuando el Imperio es destruido por la República y esta vuelve a implantar el bien en la galaxia (aunque admito Rogue One. Una historia de Star Wars, excelente analepsis -en todos los sentidos- dentro de la saga).




   En este sentido, el biopic sobre Han Solo, el bandolero más famoso de la galaxia, se suma al interés de Disney por renovar la saga, adaptándola de este modo a las exigencias artísticas del público actual (que, a juzgar por los derroteros que están tomando las películas, deben de estar por debajo del 0%). Es decir, cuando la conocida empresa del ratón compró Lucasfilm, vio que esta última se había estancado en un tipo de cine clasicista y poco innovador (aquel que, sin embargo, y paradójicamente, había revolucionado el cine de los ochenta), pues presentaba, en el aspecto moral, unos cánones que ya no están de moda (como decíamos arriba, la lucha entre el bien y el mal y el consecuente triunfo del primero, la eterna historia del hombre que debe salvar a la mujer, el enamoramiento por parte de esta hacia aquel que la rescata y etcétera. Si queréis comprobar esto más allá de la saga Star Wars, echad un vistazo a cualquier película de Indiana Jones -incluso a la cuarta- que también son de Lucasfilm y que se rigen por estos cánones clásicos); por eso, creyó que debía potenciar los que hoy se están imponiendo, es decir, la lucha de la mujer, la integración de las opciones sexuales, la pluralidad racial y ese largo etcétera que hoy copa cualquier obra artística o cualquier noticiero del mundo (los nuevos valores morales, como son llamados por algunos). De esta manera, ya en El despertar de la Fuerza, el reboot por antonomasia de la saga, veíamos el incremento de protagonistas femeninos o de actores negros, con el fin de adecuarse a los nuevos tiempos; o en Los últimos Jedi, su inmediata secuela, veíamos cómo era la mujer la que debía librar al hombre del peligro, y no al revés (¡se acabó eso de ser la princesa que ha de ser rescatada!). Pero ahí no queda la cosa, porque J.J. Abrams, el encargado de remozar la saga, aseveró que está dispuesto a introducir personajes homosexuales y hasta transexuales en ella, pues se trata de un clamor popular (sinceramente, hasta que él lo dijo, nunca había oído a la gente protestar porque no saliera ningún gay en la saga): aquí.

   Pero, por supuesto, para que este nuevo discurso moral cale entre el público infantil y juvenil, que es el que copará mayoritariamente las salas cinematográficas donde estas películas sean proyectadas, debe adoptarse un elemento narrativo moderno, lejos de ese clasicismo que caracterizaba a las producciones de Lucasfilm. En este sentido, el mejor es el de la estética del videojuego, o de la montaña rusa, es decir, el de las sensaciones fuertes y adrenalínicas, que engatusen al espectador sin mucho esfuerzo y que le hagan pasar un buen rato, pero que no le exijan un conocimiento mayor de la narrativa literaria o de la alegoría de la imagen (siempre pongo el ejemplo del doblaje español de La guerra de las galaxias, en el que hablaban del reverso tenebroso de la Fuerza, un lenguaje arcaico que, por ello, hoy es sustituido por el más común y comprensible "lado oscuro"). De este modo, el niño que hoy se acerque al cine para ver una nueva entrega de Star Wars, es como el que se sube a la vagoneta de una atracción, en la que hay loopings, rampas, aceleraciones, volteos y cosas así (si es más sofisticada, hasta espectáculo lumínico), pero que, cuando baja, solo recuerda cuánto ha disfrutado, cosa que se le olvida de inmediato no bien sube a la vagoneta de otra atracción. Sin embargo, el cine y la televisión son más peligrosos en este aspecto, porque, entre looping y looping, meten un diálogo, o una escena, que empapa la débil mente del menor (de hecho, muchas veces se ha hecho uso de ellos a lo largo de la historia con el fin de transmitir una idea o de modificar una opinión). En esta nueva entrega de la saga galáctica, yo he detectado dos (ni que decir tiene que, a partir de aquí, caerá algún que otro spoiler). 




   En primer lugar, si el lector ha visto ya la película, recordará la figura de la androida L3. En efecto, como sustituta y sosa sosias del famoso C3PO de la saga original (incluso del K-2SO de Rogue One), aparece este robot con forma (y estridente timbre) de mujer, un personaje que aquí representa la lucha feminista por la liberación del sexo débil (por cierto, expresión que hoy es tildada de machista). De este modo, vemos que no solo procura en todo momento desuncirse de los estereotipos que se les suelen atribuir a las mujeres (haciendo valer la nulidad actual de la mentada expresión), sino que también dirige la rebelión de las máquinas (en una clara metáfora sobre el supuesto aherrojamiento  que padece la mujer por parte del heteropatriarcado opresor) y hasta la supuesta relación amorosa que mantiene con Lando Calrissian (!!). Así, el espectador infantil que presencie la lucha que lleva a cabo el citado robot creerá que, en efecto, la mujer está siendo sometida por el varón y que este, en consecuencia, debe contribuir al desarrollo de su liberación (un sentimiento muy machista, por cierto, ya que vincula la victoria de la mujer en este campo al apoyo del hombre). Pero ¿en serio existe ese heteropatriarcado maligno y demoníaco que ha oprimido a la mujer a lo largo de los tiempos? Más bien, se trata de una concepción marxista de la realidad, a través de la cual, y con el amparo del famoso materialismo histórico de sus tesis, la humanidad requiere de un enfrentamiento constante para evolucionar; de este modo, siempre tiene que haber un opresor y un oprimido, que se modifican a medida que pasan los años, pero que nunca llegan a reconciliarse, puesto que se acabaría la lucha, que es la base de dicha evolución: antaño, el empresario y el obrero; hogaño, los heterosexuales y los homosexuales (mutatis mutandis, el varón y la mujer). Da igual que este sea un concepto erróneo, engañoso y perverso de la realidad: el niño se ha subido a la montaña rusa, se lo ha pasado bien y, al bajar, cree que la mujer está oprimida y que debe contribuir a su liberación (¡marxismo puro!).

   En segundo lugar, y continuado todavía con la robot L3, debemos recordar esa supuesta relación amorosa que esta mantiene con Lando, y que ella misma le confiesa a la personaje de Emilia Clarke (no por casualidad, la tórrida intérprete de Juego de tronos). En efecto, en un momento dado de la cinta, la androida afirma que tiene la sospecha de que el contrabandista está enamorado de ella, pero que, como ella no siente lo mismo por él, prefiere dejarlo en un mero juego sexual de ambos. Por supuesto, la broma pasa desapercibida para la ingenua mente de un menor (además, es presentada hábilmente, puesto que dicho diálogo se insinúa más que se explicita), pero ello no obsta para que permanezca en el subconsciente del individuo, que ha participado, sin saberlo, en un morboso encuentro reservado solo para los adultos: no sabe qué ha visto, pero lo ha visto (por otro lado, y si nos ponemos cicateros, se trata de un concepto perverso del sexo, puesto que este es presentado como un simple recurso egoísta del placer carnal, ya que, por supuesto, la relación entre un humano y una máquina es naturalmente infructuosa). En este sentido, nos tropezamos también con una broma que tiene como protagonista el miembro viril de Lando Calrissian: en efecto, cuando el personaje de la Clarke (otra vez, la khaleesi de Juego de tronos) le describe a Han quién es el contrabandista, asevera que este tiene un enorme atributo que le ha hecho gozar en más de una ocasión cuando ambos han coincidido (por cierto, y si nos ponemos cicateros de nuevo, una concepción muy racista de los negros, a los que siempre se les ha colgado el eterno sambenito del pene mastodóntico). Como ocurría con la chanza anterior, aquí se vuelve a insinuar dicho diálogo, entrometiendo un elocuente silencio cuando debería referirse explícitamente al citado atributo del contrabandista, una broma reservada de nuevo al público adulto.

   Conociendo, pues, esta siniestra maniobra que pretende inocular bromas sexuales en las frágiles mentes de los niños, nos podemos preguntar cuál es el fin. Si uno bucea por la red, descubrirá algún canal conspirativo de YouTube que afirma que el propósito de la empresa del ratón consiste en potenciar las uniones sexuales de sus espectadores más jóvenes, de manera que estos procreen cuanto antes y, así, siempre haya niños que vean sus películas y que, por ende, les reporten las ganancias que necesitan para su subsistencia (aquí). Efectivamente, en esta vida se pueden descartar pocas cosas (en especial, cuando está en juego el elemento crematístico), pero es extraño que, si en verdad Disney quiere potenciar el sexo entre los jóvenes con ese fin económico, se entretenga en ofrecer también las relaciones gays u onanistas, que son por su naturaleza infructuosas. Particularmente, opino que de fondo están esos valores modernos a los que antes aludíamos, que ya no velan en realidad por una convivencia pacífica entre los hombres, sino por una búsqueda egoísta del propio placer (incluso en el intento de ser amables con esas personas que consideramos discriminadas por la sociedad, late de fondo el hondo orgullo de sentirse satisfecho con uno mismo, que es una forma esmerada de sentir placer). En este sentido, el otro se vuelve un rival para mí, puesto que se trata de un sujeto que me puede coartar mi búsqueda personal de placer (o de autorrealización), por lo que la lucha constante entre los hombres (otra vez, el materialismo histórico marxista) está más que garantizada. Por otra parte, es evidente que, cuando un niño despierta muy pronto al placer sexual, este bloquea su desarrollo psicológico correcto, pues lo convierte en un adulto antes de tiempo y suscita en él en seguida esa búsqueda insaciable del placer egoísta que reporta el sexo (su mal uso, por supuesto).




   Así pues, concluyo este artículo tal y como lo empecé, es decir, afirmado una vez más que esta saga ya no es para mí. En efecto, cuando yo veía de niño La guerra de las galaxias, aprendía (de forma inconsciente, por supuesto) que la diferencia entre el bien y el mal es un valor objetivo y eterno, y que, por tanto, no dependía del criterio subjetivo del hombre (algo en lo que ahora instruye Los últimos Jedi); aprendía que el mal no es un ente independiente del bien, sino que es una corrupción de este (o su ausencia, como decían los filósofos clásicos), y que, por tanto, siempre iba a perder cuando se enfrentase contra él (no me dejará de fascinar, en este sentido, la corrupción de Anakin y su posterior redención); aprendía el sentido romántico del amor, en el que un hombre debe conquistar el afecto de una mujer (¡y no estaba ni se le esperaba ningún doble sentido en el aspecto sexual del término!); aprendía incluso el sentido de la Providencia, que, disfrazada bajo la apariencia de la Fuerza, ayuda a los héroes en su misión de rescate (al respecto, George Lucas siempre dijo que, a pesar de no ser cristiano, comprendía que la Fuerza debía tener ese sentido providencial cristiano que Tolkien le había otorgado a la Suerte en El hobbit). Pero ahora veo malicia por todos lados, insinuaciones, dobles sentidos y perversión; un deseo de usar esta historia, tan atractiva para los niños, como medio para inocular en ellos una ideología errónea y maligna, que no hace de ellos mejor personas, sino individuos egoístas y maniqueos, sujetos al propio criterio y poco dados a lo trascendental (¡Dios!), que debe ser el fundamento de su vida moral.

   Por tanto, me alegro de haber incumplido (parcialmente) mi promesa de no volver a ver ninguna película de la nueva hornada de Star Wars, puesto que, al padecer este biopic de Han Solo, me he dado cuenta de que tenía razón. La saga, en efecto, terminó con El retorno del Jedi, una cinta que me demostró que nunca en el hombre está todo perdido, puesto que se puede redimir de su pasado; una película que me demostró que el bien triunfa sobre el mal, pese a que a veces parezca que este es el ganador, y una historia, en definitiva, que me indicó que el ser humano está llamado a trascender este mundo pasajero, con el fin de reunirse con las personas que en él, durante su vida terrenal, ha amado. Así pues, y ahora sí, que la Fuerza te acompañe, porque tú ya nada tienes que ver conmigo.





domingo, 27 de mayo de 2018

Shame

   El pasado mes de abril, el arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela, monseñor Pérez González, escribió una carta pastoral muy interesante sobre los efectos de la pornografía en el corazón humano (aquí). En efecto, bajo el título de La pornografía degenera y destruye a la persona, el prelado, haciéndose eco de la opinión de los sociólogos, sostiene que el libertinaje (o el pansexualismo) que hoy vivimos puede parecer una respuesta lógica al tabú impuesto sobre el sexo durante muchos años; de esta manera, y siempre en palabras de los citados sociólogos, mientras que anteriormente la práctica sexual se circunscribía casi de forma exclusiva al acto conyugal y procreador, en la actualidad también goza de una dimensión lúdica y placentera de la que se abominaba en el pasado. Podemos decir, por tanto, que las relaciones sexuales de hogaño, en relación con las de antaño, son consideradas como un ejemplo de libertad social e individual, puesto que una persona puede recurrir a ellas sin necesidad de vincularse matrimonialmente a otra, o sin necesidad de procrear un hijo, ya que en la actualidad existen multitud de medios que pueden evitar la fecundación. Pero, donde la sociedad ve hoy un acto de libertad (gozar del propio cuerpo todo lo posible), el arzobispo vislumbra un síntoma de esclavitud, especialmente en la pornografía, que es la mayor degeneración de esta práctica libertina del sexo.

   Ciertamente, como él mismo afirma en su carta, "la pornografía daña el cerebro. Es como una droga que crea adicción y que es muy difícil de erradicar. Se consume y siempre se quiere más, y nunca se sacia. Cuanto más se consume, más grave es el daño al cerebro. Crea una situación en la que la persona se enfrasca y se aficiona de tal forma que el cerebro no tiene capacidad de reaccionar con libertad, está atado como la presa en la trampa. De ahí se llega al comportamiento extremo, donde se desnaturaliza el acto sexual y se convierte en un juego normalizado, considerándolo como algo común y sin relevancia en aspectos morales". De este modo, la presunta libertad individual que otorga el recurso de la persona al sexo (en este caso, a su versión voyerista), se convierte en su esclavitud psicológica, puesto que genera en ella una adicción que le va exigiendo constantemente su propia satisfacción, bien sea corporal, mediante el onanismo, bien sea visual, mediante el visionado de imágenes o películas eróticas (hoy, fácilmente accesibles gracias a la red). Como prueba de que la pornografía genera realmente esta adicción que aquí estamos denunciando, podemos señalar a los famosos actores David Duchovny (Expediente X) y Michael Douglas (Instinto básico), entre otros, que tuvieron que ser internados en clínicas especializadas después de que confesaran su problema con el sexo y la pornografía (pero no tenemos por qué irnos tan lejos, ya que podemos imaginar a cualquier joven o adulto que conozcamos mirando durante horas una pantalla donde se muestra sexo explícito).

   Pero el arzobispo de Pamplona también advierte de que la pornografía no solo genera adicción, sino que también propicia una destrucción progresiva del amor. En efecto, según sus palabras, "estudios recientes han demostrado que, después de que unos individuos han estado expuestos a la pornografía, se califican a sí mismos con menor capacidad de amor que aquellos que no han tenido contacto con ella. El verdadero amor queda relegado, puesto que la pasión se convierte en utilizar a la otra persona como un objeto de placer y nada más. Por eso, es una mentira que, bajo capa de satisfacción y consideración del otro, se utiliza de tal forma que se cosifica y se despersonaliza. No existe el amor, puesto que es un placer lleno de egoísmo". Efectivamente, como podemos suponer, la persona que se acostumbra (porque es adicta) a satisfacerse mediante el recurso a la pornografía, termina viendo dañada su capacidad afectiva, ya que sobre la otra persona solo deposita sus anhelos sexuales, tratándola así como un mero objeto de su propio placer; es decir, ya no la quiere por lo que es (que es el verdadero sentido del amor), sino por el placer que le da o por el que le puede otorgar. En pocas palabras, lo que una persona descubre en la pornografía, quiere recibirlo de su pareja. Sin embargo, este tipo de relación, que puede ser disfrazada bajo la máscara de la diversión y de la libertad, termina quebrándose tarde o temprano y con una grave repercusión afectiva, puesto que su fundamento es el mero egoísmo, mientras que la relación de pareja debe buscar siempre el bien del otro.




   Curiosamente, existe una película contemporánea que versa sobre esta adicción al sexo y a la pornografía, y que habla también sobre sus terribles consecuencias: Shame (Steve McQueen, 2011). En ella, su protagonista, el actor Michael Fassbender (visto últimamente en El muñeco de nieve y Alien. Covenant, aunque sea más conocido por interpretar al joven Magneto en la saga X-Men) es un importante y exitoso hombre de negocios que oculta un oscuro secreto: su afición al porno (no en balde, la traducción del título sería "vergüenza", ya que se trata de un apego del que no quiere hablar). Por supuesto, él cree que se trata de una afición dominada, puesto que recurre a ella cuando desea liberar tensiones u olvidar problemas laborales; sin embargo, lo cierto es que dicha afición lo ha domeñado a él a través de la adicción. En efecto, tan necesitado está el actor de su satisfacción diaria de pornografía que recurre a ella incluso en horas de trabajo, almacenando imágenes y vídeos eróticos en el ordenador de su despacho y masturbándose a escondidas en los aseos de este último. Pero todo sale a la luz cuando, por un lado, su hermana descubre este oscuro secreto, y, por el otro, su jefe halla lo que él, con tanto celo, escondía en su disco duro; por eso, y a partir de ese momento, procurará dejar su adicción mediante la búsqueda de una pareja estable. 

   No deja de ser interesante que el argumento de la película postule la estabilidad amorosa como el remedio eficaz contra dicha adicción al sexo. Efectivamente, si la pornografía satisface el deseo carnal egoísta de quien está enganchado a ella, la generosidad que exige la vida familiar induce a lo contrario (en este sentido, recordemos también otro film, Prueba de fuego, en el que su protagonista procuraba desintoxicarse del porno mediante su vuelco en la convivencia hogareña). Aquí, como Fassbender no tiene familia (salvo su hermana, que detona su deseo de mejorar), busca una novia, con quien anhela reordenar su vida en aras de un bien mayor. Pero la película es honesta, porque, al principio, le cuesta mucho separarse del sexo y de su adicción a la pornografía, y no es capaz, por ejemplo, de mantener una relación sexual normal con ella (es significativo que deba recurrir a la prostitución, puesto que es en el mal uso de la mujer donde halla su satisfacción y no en el sentido puro del amor). Sin lugar a dudas, esto es un acierto, porque, como si de una droga se tratase, quien quiera ordenar su existencia, lejos del sexo pornográfico, debe luchar duramente contra el hábito de encender cada noche el monitor y ver alguna escena que calme su sed.

   Lógicamente, aunque por desgracia, la cinta no es de corte cristiano, por lo que no vemos en ella un discurso acerca de la fe, sino solo la presentación psicológica de una adicción y el deseo del paciente de zafarse de ella. Pero nosotros, que sí somos cristianos, sabemos que un remedio eficaz contra este problema es la confesión. En efecto, el perdón de Dios es un punto y aparte en la vida de cualquier católico, que encuentra en ella también el auxilio que aquel le presta para vencer con éxito su adicción; por eso, cuando finalmente alguien reconoce que es adicto al sexo (o a la pornografía, o a ambos), debe arrodillarse en el confesionario e impetrar la misericordia divina. Lo segundo que debemos hacer es poner los medios necesarios para evitar que dicho hábito se nos presente de nuevo como una tentación; es decir, apagar el ordenador o el móvil cuando no le estemos dando un uso adecuado (la navegación sin rumbo suele arribar a puertos peligrosos), desechar los pensamientos que se nos alojan en el recuerdo y procurar que la noche la usemos solamente para dormir (no es momento para chatear, tuitear o ver las fotos de quien me gusta en su perfil de Instagram), entre otras muchas cosas, por supuesto. En este sentido, y como hemos indicado arriba, la vida familiar también es una ayuda adecuada para vencer la adicción a la pornografía, porque quien se vuelca en el cuidado de su cónyuge y de su prole se convierte paulatinamente en alguien generoso, que no anhela la satisfacción egoísta de su deseo en la fría pantalla de su ordenador (o de su móvil, que es más personal y secreto).




   Por todos estos motivos, creo que Shame es un título ideal para completar la lectura de la carta del arzobispo de Pamplona, muy adecuada para nuestro tiempo. De la misma manera que en ella se advierte acerca del detrimento de la capacidad afectiva que padece el adicto al sexo, en la película vemos cómo su protagonista es incapaz de establecer una relación normal con una mujer, porque siempre la ve como un mero objeto de placer; así como ella se hace eco de los problemas que se derivan en la convivencia familiar, la cinta nos muestra cómo Fassbender acarrea una vida desastrosa con su hermana por culpa de su adicción; en definitiva, del mismo modo que la carta llama esclavos a quienes consumen diariamente largas horas de erotismo, Shame nos muestra de forma gráfica ese mismo aherrojamiento y la dificultad que supone desuncirse de él. No obstante, y a pesar de ese grito de angustia con el que acaba el film, este da pie a la esperanza, pues, como toda adicción, puede ser vencida mediante la lucha; por desgracia, y como ya hemos mencionado, el largometraje nos presenta la pugna individual de su protagonista, pero el cristiano sabe que cuenta con la ayuda inestimable de Dios, que está dispuesto a sacarnos de cualquier escollo con tal de que se lo permitamos.



   

martes, 22 de mayo de 2018

Dos coronas

   Es probable que muchos católicos solo conozcan a san Maximiliano María Kolbe por su martirio, es decir, por aquellas lentas horas de intensa agonía que padeció después de haber intercambiado su vida por la de un recluso de Auschwitz, donde él también se hallaba preso. O quizás también lo conozcan por la devoción que le profesaba san Juan Pablo II, el papa que lo elevó a los altares en octubre de 1982 ante una multitud llegada de Polonia, patria del mártir y del pontífice. A lo mejor también lo recuerdan por su fundación, la Milicia de la Inmaculada, destinada a la conversión de los pecadores, especialmente de los masones, y a servir a Dios a través de la Virgen María (con este fin, portaba siempre la Medalla Milagrosa y repetía una y otra vez la famosa jaculatoria grabada en ella: "Oh María, sin pecado concebida, rogad por nosotros, que recurrimos a vos"). Sin embargo, es posible que muchos de ellos ignoren los rasgos de su infancia, así como su pasión por el Evangelio y la vida consagrada, o el innovador uso que les otorgó a los medios de comunicación de su época, y hasta es seguro que desconocen sus inventos, unos sorprendentes artilugios que lo situaron más cerca de nuestro tiempo que del suyo. Con el propósito, pues, de dar a conocer estos datos, nace esta película, una hábil mezcla de imágenes reales del santo, recreaciones muy cuidadas de su biografía y reveladoras entrevistas que nos acercan a su figura.




   San Maximiliano Kolbe nació el 8 de enero de 1894, en el seno de una familia humilde de Polonia. Desde pequeño, sintió gran devoción por la Virgen María, que se le apareció en una visión para advertirle de que, en el futuro, sería coronado con la doble palma: la de la pureza y la del martirio (de ahí el título de la obra). En 1910, ingresó en el seminario que la orden franciscana abrió en su ciudad, pero hasta 1918 no sería ordenado sacerdote. Durante sus formación universitaria en Roma, presenció las manifestaciones anticatólicas que la masonería estaba llevando a cabo a la sazón con motivo del segundo centenario de su fundación, por lo que fue entonces cuando sintió la necesidad de organizar una milicia que la combatiera mediante la oración, la santidad y la formación. Para lograr este último objetivo, fundó una revista muy conocida, el "Caballero de la Inmaculada", que alcanzó la friolera de tres millones de ejemplares y que se distribuyó por toda Polonia a lo largo de varios años; en ella, no solo animaba a la oración, sino que presentaba la actualidad cultural y científica del momento. En este sentido, podemos destacar dos aspectos que quizás sorprendan al espectador: por un lado, su interés por el cine, del que dijo que podía transmitir mucho bien, si se usaba adecuadamente; por el otro, su curiosidad por la ciencia, que lo llevó a diseñar una nave espacial, una máquina del tiempo (el heteroplano) y hasta una estación orbital muy similar a la que hoy circunda nuestro planeta. También fundó la Ciudad de la Inmaculada, un convento ubicado en Varsovia que albergó a más de setecientos frailes y desde el que se distribuía la citada publicación periódica.

   Pero esta pasión que sentía Kolbe hacia el Evangelio, la santidad y la vida consagrada lo impulsó a trascender sus propias fronteras, puesto que, en 1930, pidió viajar a Japón para fundar allí una Ciudad de la Inmaculada, que sería consagrada exclusivamente a la misión. El lugar elegido para tal efecto fue la ciudad de Nagasaki, en honor de los mártires que derramaron su sangre en suelo japonés durante la persecución del siglo XVII. A este respecto, debemos señalar que, gracias a la película, el espectador descubrirá que el santo profetizó la caída de la bomba atómica en dicho municipio, puesto que desechó una primera ubicación del convento al intuir que este sería arrasado años después por la acción de una bola de fuego... (curiosamente, cuando su vaticinio se cumplió, el único edificio que quedó en pie fue su Ciudad de la Inmaculada, que había sido construida en un lugar más apartado). Cuando volvió a Polonia, regresó al convento que él mismo había fundado, pero fue detenido por el régimen nacionalsocialista, que lo internó en el fatídico campo de concentración de Auschwitz; allí se consagró al cuidado de lo más necesitados y hasta compartió su escasa ración de comida con los demás, un gesto que rubricó con la entrega de su propia vida en favor de uno de los presos el 14 de agosto de 1941, víspera de la Asunción de la Virgen María. En la película, el espectador podrá escuchar el testimonio de uno de los pocos supervivientes de aquella masacre, Kazimierz Piechowski, que conoció en persona a san Maximiliano Kolbe y de quien recibió una única palabra, pero cargada de consuelo: esperanza.




   Como hemos señalado, la película mezcla con certera habilidad las imágenes reales de Kolbe, las recreaciones que nos lo acercan y las entrevistas de los expertos en su figura, por lo que se trata de un documento único y muy apropiado para conocer a este santo que, hasta el momento, y para el gran público, ha pasado casi inadvertido. Por desgracia, la película contará con una distribución muy limitada, por lo que indicaremos las salas donde se podrá disfrutar de ella, con el propósito de que sean muchos los espectadores que acudan a ellas y, de este modo, tenga más recorrido:

•MADRID: *Cine PAZ* 16:25; 18:45 y 21:50. *CONDE DUQUE GOYA* 16:00. *CONDE DUQUE SANTA ENGRACIA* 18:00. *CONDE DUQUE ALBERTO AGUILERA* 20:00. *HERON CITY LAS ROZAS* 17:00 (viernes y sábado); 12:00 (domingo). *LA DEHESA CUADERNILLOS (Alcalá de Henares)* 17:00 y 19:00.

•TOLEDO: *OLIAS DEL REY* 20.00; 21.55 y 23.45.

•VALENCIA: *ABC PARK* 16:30 y 20:30.

(Artículo publicado originalmente por su mismo autor en Infovaticana)




miércoles, 2 de mayo de 2018

El aceite de la vida

   ¿Recordáis esta película del año 1992? En ella, los actores Nick Nolte y Susan Sarandon interpretaban a un matrimonio que debía luchar contra la enfermedad degenerativa de su hijo. Como hasta el momento nadie le había hecho frente por considerarla intratable, ellos prácticamente lidian contra toda la comunidad médica, para que esta sienta interés por su curación. La película consiguió tal éxito de crítica y de público que la Academia de Hollywood (la de entonces) la nominó al premio a la mejor cinta del año y al mejor guion, aunque al final se los concedieron respectivamente a Sin perdón (Clint Eastwood, 1992) y a Neil Jordan por Juego de lágrimas (id., 1992).   

   Curiosamente, esta cinta fue dirigida por el australiano George Miller, autor de la imprescindible saga de Mad Max (a la sazón, una trilogía), donde nos había ofrecido su dura visión del mundo que nos aguarda en un más que posible futuro violento y distópico (en lo que al comportamiento humano se refiere, por supuesto). Y es que, después de haber flirteado con la comedia negra (Las brujas de Eastwick), y tal vez desazonado por su propia concepción del mañana (que había suavizado no obstante en la tercera entrega de su saga futurista), quiso presentarle al mundo un motivo de esperanza. Para ello, eligió la historia real de Augusto y Michaela Odone, un matrimonio italoamericano que, como hemos indicado en el párrafo precedente, despertó a la comunidad médica mediante su lucha contra la enfermedad de su hijo: la adrenoleucodistrofia, o ALD. Ciertamente, el tesón de estos esposos por el bienestar de su retoño fue tan grande que ambos consiguieron elaborar una medicina que hoy previene la citada enfermedad: el aceite de Lorenzo (por ser este el nombre de su hijo), o el aceite de la vida, como señala el título español del film.

   Como hemos dicho, la historia de estos padres-coraje engatusó tanto al Hollywood de la época y al público que acudió en masa a ver la cinta que la Academia decidió que esta contase al menos con un par de nominaciones a los Óscar. De este modo, y aunque finalmente no le concediese el premio a ninguna de ellas, la meca del cine demostró que todavía estaba interesada en películas que abordaban los valores tradicionales y eternos, como son, en este caso, la defensa de la vida o la importancia de la familia (por otro lado, temas que siempre habían gustado al Hollywood de antes). Probablemente, hoy sería impensable que una cinta así llegase tan alto, puesto que nos encontramos ante una Academia que no solo se ha rendido al discurso de lo políticamente correcto, sino que también lo ha promovido abiertamente a través de sus últimas obras, que por supuesto ha premiado sin rubor alguno en un vergonzoso y escandaloso delito de prevaricación flagrante, es decir, y como diría el clásico, "Juan Palomo, yo me lo guiso, yo me lo como" (¿de verdad que alguien cree que la horrorosa y plúmbea La forma del agua, una metáfora sobre el amor interracial -tan de moda por eso del supuesto racismo de Trump-, merecía ser la ganadora del Óscar a la mejor película del año?, ¿o que Déjame salir, una cinta de terror correcta -pero solo correcta-, merecía estar entre las candidatas a obtener dicho premio, más allá de que era una obra realizada e interpretada por afroamericanos y dirigida a ellos, por su discurso acerca de la presunta supremacía blanca que los oprime?). ¡Y eso que todavía presenciamos gestas paternas (y paternales) tan grandes como la de los Odone de El aceite de la vida, que nos pueden servir de ejemplo a todos nosotros! La última de ellas ha sido la protagonizada por los Evans, un matrimonio inglés que ha preferido enfrentarse al Estado británico antes que acomodarse a una sentencia injusta de este, que había dictaminado impunemente la muerte de su hijo Alfie.




   Por si alguno anda despistado, ya que los media se han encargado de silenciar esta batalla (salvo en su tramo final, cuando el clamor popular era ya irrefrenable), recordemos que Alfie Evans era el niño que murió el pasado 28 de abril después de que un juez de la Corte Suprema de Inglaterra decretara su muerte. En efecto, pese a que todo apuntaba a que este niño, aquejado de una rara enfermedad neuronal degenerativa, podía seguir vivo con la ayuda de un respirador artificial, el citado magistrado determinó que ese dato era irrelevante para su decisión, por lo que debía ser desconectado de inmediato y aguardar así su prematuro fallecimiento (el caso incluso podría ser tildado de blasfemo y hasta de satánico, si tenemos en cuenta que el decreto entraba en vigor el día 23 de abril, festividad de san Jorge, patrono de Inglaterra). A partir de ese momento, sus padres comenzaron una dura lucha contra este dictamen y en favor de la supervivencia de su retoño, llegando incluso a entrevistarse con el papa, a escribir a la reina de Inglaterra y hasta consiguiendo la nacionalidad italiana para el pequeño, de modo que este pudiera ser atendido en el hospital "Bambino Gesù", que depende directamente del Vaticano. Pero la obstinación anticurativa del juez y de los médicos ingleses (en palabras del catedrático de Genética de la Universidad del Sagrado Corazón de Milán -aquí-) fue tan grande que estos no solo desoyeron y despreciaron cualquier injerencia o ayuda externa, sino que también recrudecieron las medidas contra la vida de Alfie, prohibiendo para ello que incluso sus padres le otorgaran el alimento, el oxígeno y la hidratación que el niño necesitaba.

   Por suerte, las reacciones a esta lucha no se hicieron esperar mucho, pues a las puertas del hospital se reunieron decenas de personas con el fin de protestar contra la abusiva decisión del juez y de los médicos y en favor de los Evans y de su hijo Alfie; Francisco, en respuesta a aquella entrevista que mantuvo en el Vaticano con Thomas Evans, padre de Alfie, no solo pidió que se hiciera todo lo posible para salvar la vida del pequeño, sino que incluso rezó públicamente por él en la audiencia general de los miércoles y en la oración dominical del Regina Coeli, así como en su cuenta de Twitter, consiguiendo de este modo internacionalizar el problema; cada día, en las redes sociales aparecían nuevos comunicados sobre la evolución del niño, personas que se sumaban a las oraciones del pontífice y hasta vídeos que nos mostraban en directo la situación en la entrada del centro de salud (irónicamente dicho, por supuesto, ya que se encargó de privar de ella a uno de sus pacientes). Una vez que se internacionalizó el problema, reacciones tan importantes como la del primer ministro italiano, que pidió que Alfie fuera trasladado a su país, ya que él mismo le había concedido su nacionalidad, urgieron todavía más la situación: la directora del "Bambino Gesù" viajó en avión hasta Liverpool (sede del malhadado hospital inglés) para trasladar allí al pequeño; médicos alemanes visitaron de incógnito al niño para constatar que podía seguir viviendo; los respectivos presidentes del Parlamento Europeo y Polonia rogaron por su vida, y algunos (muy pocos) políticos españoles se sumaron a estos últimos. Pero nada de esto impidió que tanto la decisión del juez como de los médicos, empeñados en matar a Alfie, siguiera adelante (en un heroico gesto de caridad, un manifestante le lanzó a Thomas por encima del cordón policial una mascarilla de oxígeno, para que pudiera seguir respirando en contra del criterio de aquellos). No obstante, el niño sobrevivió casi una semana, a pesar de que a los padres les habían augurado que moriría pocos minutos después de que fuera desconectado de la máquina que lo mantenía con vida. Pero la enfermedad pudo con él y, como hemos indicado arriba, la madrugada del pasado día 28 murió, dejando al mundo consternado y denunciando los excesos de un Estado que ya ha dejado de proteger al más débil.




   En efecto, si hay un problema que ha evidenciado todo este asunto es la creciente omnipotencia del Estado actual. Y es que, como ya han señalado varios artículos periodísticos (aquí), el caso de Alfie Evans trasciende la lucha religiosa en favor de la vida (recordemos que los padres del pequeño son cristianos -él, católico, y ella, protestante-, un factor que los ha impulsado a la pugna por la supervivencia de su hijo), ya que no solo se trata de poner en liza un convencimiento moral, sino de  frenar la autoridad que últimamente se están arrogando las instituciones públicas sobre la existencia de los individuos. Ciertamente, como si hubieran vuelto a nuestros tiempos los años oscuros de la Unión Soviética o del nacionalsocialismo alemán, hoy quien determina la supervivencia de un hombre no es el hombre mismo (cosa que ya es de por sí aberrante), sino el Estado, que, como ocurría en aquellos execrables regímenes del pasado, pretende ser el nuevo dios del mundo actual. Pero, por supuesto, esto no es más que el colofón de un camino que se emprendió hace ya mucho tiempo (concretamente, cuando Dios fue abolido de la vida pública); así, y en estos últimos pasos que el Estado está dando para convertirse en la nueva ley moral de la humanidad (y nunca mejor dicho, puesto que, al menos en Occidente, nos encontramos en un mundo completamente globalizado), podemos identificar su evidente sesgo adoctrinador: por ejemplo, en Escocia está a punto de aprobarse el infame Proyecto de Persona Designada (aquí), según el cual a cada niño se le debe asignar un empleado del Gobierno, para que vigile su progreso social y para que asesore su vida familiar (es decir, es el Estado el que debe regular la vida privada del individuo); el Tribunal Supremo del Reino Unido ha dictaminado que, en cualquier disputa sobre el interés del niño, por muy insignificante que esta sea, es precisamente el niño quien debe tener una voz soberana sobre sí mismo (evidentemente, por "voz soberana" se entiende el criterio del Estado, como han demostrado tanto el caso de Alfie Evans como, en su momento, el de Charlie Gard). Pero no es necesario viajar a las islas británicas para comprobar los trancos que está dando la supremacía estatal en materia ética, puesto que, si nos quedamos en España, podemos comprobar que en los colegios se imparte ideología de género sin la previa autorización de los padres, o que las niñas pueden abortar sin el permiso de estos últimos y hasta ser tratadas obligatoriamente por ellos como varones, si así lo sienten en su intimidad sexual. Y es que, como decimos, han vuelto los tiempos en que los rusos eran adoctrinados moralmente por la Unión Soviética o en que los pobres alemanes eran súbditos anímicos del Reich (a la sazón, según la ideología política de cada régimen; hoy, según los dogmas feministas, homosexualistas y posthumanistas que corroen nuestra sociedad).

   Sin embargo, igual que entonces, hay determinadas actitudes personales que nos demuestran que, en un mundo totalitario, inmisericorde y violento (como el Mad Max de George Miller que citábamos arriba), todavía existe la esperanza (¡la esperanza es lo último que se pierde!); de este modo, y así como en la extinta Unión Soviética se alzaron voces discordantes, que vencieron la amenaza del gulag, campo de concentración ruso que ha presenciado la mayor matanza de seres humanos de la historia, para clamar por la libertad (al respecto, ver la película Cosecha amarga), o como en la Alemania nacionalsocialista surgieron grupos que denunciaron las ambiciones adoctrinadoras del Reich (como describe el film Sophie Scholl. Los últimos días), hoy surgen anónimos David que se encaran contra el gigantesco Goliat estatal, pertrechados solamente con la honda de su palabra, que les es proporcionada por su profundo convencimiento, por su persistente rebeldía y por su imbatible tesón. En este sentido, el matrimonio Evans se ha comportado como el valeroso israelita bíblico, puesto que se ha aproximado con bizarría al ciclópeo enemigo con el fin de mojarle la oreja, pese a que todos los factores apuntaban contra ellos; pero, como los acuciaba la injusta sentencia de un juez sin entrañas, siervo y paladín de los nuevos dogmas estatales (aquí), y especialmente el amor a su hijo, se atrevieron a arrojarle la piedra esperanzados de que cayese fulminado al suelo. Por desgracia, y pese a su empeño, esta vez ha vencido Goliat (aunque no del todo, puesto que consiguieron que Alfie fuera hidratado y alimentado de nuevo), pero de manera pírrica, ya que, mediante el esfuerzo de los cónyuges, que han sabido internacionalizar el problema, han salido a la luz los excesos inexorables de un Estado cada vez más omnipotente. Por este motivo, tanto ellos como Alfie son un verdadero símbolo de esperanza y rebeldía, puesto que no pertenecen a la masa adocenada que se deja manipular por el maligno leviatán, ávido de almas secas e incautas, que, sin embargo, se creen pletóricas y cultas (una sociedad que se manifiesta contra el sacrificio de un perro -¡de un perro!-, pero que condesciende ante el asesinato impune de un niño -¡de un niño!-, por su supuesto bienestar, es una sociedad enferma, execrable y vomitiva: "Conozco tus obras: no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Pero, porque eres tibio, ni frío ni caliente, estoy a punto de vomitarte de mi boca"). No pretendo ser profeta, ni siquiera buen exegeta, pero los Evans han demostrado pertenecer a esa decena de justos por los que Dios le prometió a Abrahán refrenar su ira contra la ciudad de Sodoma (Gn. 18, 32); son, por tanto, y pese a la desgracia que han vivido en su seno, ese hálito de esperanza que este mundo marchito necesitaba.




   Volviendo a la cinta que ha originado este post, recuerdo que esta ofrece un par de escenas y una actitud que parecen haber sido imitadas por los Evans estos últimos días (aunque realmente se trate del amor que subyace tras la resolución valiente de unos padres por sus hijos). En cuanto a las primeras, están protagonizadas por Susan Sarandon, que en la película interpreta a Michaela Odone, la madre de Lorenzo: en una de ellas, tras asistir a una reunión de padres cuyos hijos padecen la adrenoleucodistrofia, aquella descubre que los participantes no albergan la intención de luchar por sus hijos, sino de aceptar el mal que les ha sobrevenido (como aquellos que se conforman sin luchar por lo que es justo); en la otra, expulsa de su casa a la cuidadora que le insinúa que mate a Lorenzo por misericordia (una metáfora tristemente real de aquellas personas "cultas" y "solidarias" que disfrazan su impiedad bajo la máscara de la compasión). En cuanto a la actitud que denota el film, me refiero a la de Nick Nolte, que es capaz de irrumpir en un congreso médico con el fin de que los doctores despierten de su letargo y, así, procuren sanar a su hijo (como consiguió Thomas Evans cuando visitó al papa en el Vaticano, ya que despertó a muchas conciencias cristianas adormiladas). Aquellas escenas y esta actitud, pues, encierran el amor a la vida que debe urgir a todo hombre, pero que se convierte para el cristiano en una ley exigente ("Vosotros sois la sal de la tierra. Pero, si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?").

   Si hoy viviéramos en un mundo decente, el mundo del arte se habría conmovido ante la bizarría de unos padres cristianos, que se han enfrentado a un poderoso enemigo con tal de salvar a su hijo (en el Hollywood de antes, pero en el de hace pocos años, ya le habrían dedicado un film). Pero, como vivimos en un mundo vacío, pendiente de modas pasajeras, de fútiles ganancias crematísticas y de inanes postureos políticos, que es incapaz de ver lo que hay de bello en una gesta memorable en defensa de la vida, nunca veremos su reconocimiento cinematográfico (¡ni falta que nos hace!). Por desgracia, esta sociedad, que prefiere dar la vida por un perro o por una clase de piojo en peligro de extinción antes que por un crío inocente, olvidará muy pronto a los Evans, como ya ha olvidado a los Gard y a tantos otros; pero no ha de ser así entre los bautizados, que hemos despertado frente a la opresión de un Estado con manifiestos tintes anticristianos. Que la hazaña de estos hermanos nuestros, que nos han comunicado parte de su esperanza, fundamentada sin lugar a dudas en las promesas del Hijo de Dios, nos sirva de ejemplo en la defensa de ese valor fundamental que es la vida. Por mi parte, ofrecí la santa misa por Alfie y por sus padres hasta que aquel murió; ahora que intuimos que el niño está en el cielo, pues fue bautizado y confirmado antes de fallecer (aquí), me queda rezar por la conversión y el perdón de ese Estado (y de ese juez) que lo han llevado a la tumba (el juicio sobre sus razones solo compete a Dios y no a nosotros). Pero recordemos que, mientras haya gestas de amor tan grandes como esta, aún hay esperanza en este mundo podrido: nuestra sociedad no será ese desierto árido y descorazonador que George Miller nos presentaba en Mad Max, sino un lugar donde se podrá sembrar el amor de una familia por su hijo; por este motivo, rodó El aceite de la vida.