domingo, 17 de marzo de 2019

El gordo y el flaco (Stan & Ollie)

   Antes de comenzar la crítica, debo reconoceros que soy un apasionado -¡un auténtico fan!- del cine mudo. En efecto, soy de los que piensan que toda la historia del séptimo arte comenzó y concluyó con Cecil B. DeMille, D.W. Griffith, Dreyer, Eisenstein y algunos -muy pocos- más; que todo lo que vino después solo imita lo que estos plasmaron con su celuloide silente (sin ir más lejos, una de las escenas de El acorazado Potemkin dio pie al conocidísimo tiroteo en la estación de tren de Los intocables de Eliot Ness). En cuanto al humor, opino más o menos lo mismo, porque después de Chaplin, Buster Keaton o Harold Lloyd solo han venido vulgares sosias (el slapstick que ellos inventaron es el que está de fondo en parodias como Aterriza como puedasAgárralo como puedas, Scary Movie, American Pie y cosas así). Evidentemente, Stan Laurel y Oliver Hardy (o el Gordo y el Flaco) forman parte de estos forjadores del humor, ya que todos los dúos cómicos de la historia se enraízan en ellos (¿alguien ha dicho Dúo Sacapuntas o Tip y Coll?).




   Pero El gordo y el flaco (Stan & Ollie) no es un biopic al uso, puesto que no trata sobre los entresijos de su vida personal o sobre el esfuerzo que ambos afrontaron para coronar la cima del éxito (como por cierto hiciera la inolvidable Chaplin); ante todo, quiere detallarnos cómo les afectó el fracaso cuando dejaron de triunfar en la gran pantalla. En efecto, después de que ambos se convirtieran en grandes estrellas, les llegó el ostracismo y tuvieron que vagabundear por escenarios de mala muerte para sobrevivir. Además, en esta nueva situación surgieron multitud de problemas entre ambos, pues cada uno comenzó a culpar al otro de su mutuo infortunio, pese a que en el fondo estuvieran luchando contra sus propios fantasmas, ya que ninguno era capaz de aceptar que habían dejado de ser dioses cinematográficos.




   La mención de las divinidades del celuloide no es ninguna blasfemia, puesto que, ciertamente, como dioses eran tratados los actores del cine silente, pese a que después fueran humillados como parias. De hecho, este es el ambiente que de manera tan magnífica retrató Billy Wilder en su antológica El crepúsculo de los dioses -¡qué título tan bonito y elocuente!-, para la que fueron reunidos los otrora miembros del star-system hollywoodiano, venidos a menos en razón del cine sonoro... y de la edad (algo que también abordó The Artist). En ella vemos precisamente cómo la ficticia Norma Desmond (un alter ego de la actriz Gloria Swanson, no en balde su intérprete) sigue pensando que se codea con aquellas deidades de la cámara y que los hombres continúan bebiendo los vientos por ella, pese a su ancianidad (¿quién no recuerda la escena final del film, una de las mejores que jamás hayan rematado una película?); su actitud llena de compasión al espectador, porque le hace comprender el drama que vivieron los actores como ella, que tuvieron que aprender a ser meros don nadie después de haber sido populares en el mundo entero (tal vez la historia más triste al respecto sea la de Buster Keaton, cuya degradación moral fue recogida por el imprescindible documental Buster Keaton. Un genio destrozado por Hollywood).




   Como no podía ser de otra manera, El gordo y el flaco (Stan & Ollie) recupera este carácter nostálgico del filme de Wilder, puesto que echa la vista atrás en multitud de ocasiones para mostrar cómo era la vida de este dúo artístico (atención al prólogo, en el que queda de manifiesto su fama internacional); pero también quiere detallar cómo fue su vida a partir de su fracaso y cómo se vio afectada por la ignominia, un trago difícil para quienes supieron meterse al público en el bolsillo. Pero que el espectador no piense que por ello va a presenciar un relato escabroso, en el que se desvelan detalles de la vida íntima de Laurel y Hardy, puesto que, como en El crepúsculo de los dioses, su intención es honrar a las deidades del celuloide silente, no desmitificarlas. Por esta razón, la cinta se preocupa -y mucho- por ensalzar la amistad que unió al Gordo y el Flaco, quienes tuvieron momentos de debilidad en su relación -discusiones, acusaciones mutuas, etcétera-, pero que supieron superarlos gracias al afecto que se profesaban.




   Por tanto, la película está dirigida a cinéfilos como yo, es decir, a aquellos que pensamos que no hay vida más allá del silente o que creemos que después de DeMille o de Griffith solo ha venido la decadencia (quien todavía lo dude, eche un vistazo a la primera versión de Los diez mandamientos o a El nacimiento de una nación, donde ya está condensada toda la historia narrativa del séptimo arte). Evidentemente, ello no obsta para que pueda ser disfrutada por cualquier aficionado al celuloide, porque la cinta, allende su carácter nostálgico y ensalzador, cuenta una historia que puede ser entendida por todo el mundo, ya que tiene un carácter universal: la amistad. Y es que esta, como demuestra la película, si es bien cuidada, arrostra y supera todas las adversidades.



domingo, 6 de enero de 2019

Silvio (y los otros)

   Admito que desconozco casi por completo la obra de Paolo Sorrentino, autor de este filme. En efecto, de él solamente he visto la serie The Young Pope, que me encantó (de lo mejor que he visto en televisión en esta última década), pero no he visto ni La gran belleza ni La juventud, que, a juicio de muchos, son sus mejores cintas, especialmente la primera. Es por ello que, tanto a la hora de ver esta película como de escribir la presente crítica, parto con una severa desventaja, porque es evidente que se trata del producto de un cineasta con una idiosincrasia muy particular, que solo puede ser apreciada por quien haya seguido su carrera muy de cerca. Es posible, por tanto, que aquí radique el desengaño que sufrí cuando la vi. Aunque, ciertamente, padece de otro problema mucho mayor, su duración, a la que le dedicaremos unos renglones más adelante.




   Silvio (y los otros) se divide en dos partes muy bien diferenciadas: por un lado, la historia de Sergio Morra (Riccardo Scamarcio), un atractivo playboy que vive con la obsesión de conocer a Berlusconi y de medrar a costa de él; por el otro, la del propio Berlusconi (Toni Servillo), que, tras haber abandonado la presidencia de Italia, vive cómodamente en su lujosa mansión a las afueras de Roma, aunque amenazado una y otra vez por los excesos cometidos durante su gobierno. Pero, a medida que avanza la película, iremos viendo que, pese a su retiro, el expresidente italiano irá sintiendo de nuevo el prurito de la política, por lo que moverá los hilos que sean necesarios para volver a ella, olvidándose de aquel arribista que procuraba con tanto ahínco acercarse a él.




   Ya he dejado traslucir en el párrafo inicial que me esperaba más de este filme, sobre todo después de haber disfrutado muchísimo de la miniserie protagonizada por Jude Law en el papel de Pío XIII. El motivo de mi disgusto estriba sobre todo (y no sin culpa mía) en el desconocimiento que padezco acerca de la obra de Sorrentino. En efecto, pese a lo mucho que me han aconsejado profundizar en ella, no he tenido aún la oportunidad de hacerlo, un descuido que provoca mi incapacidad para apreciar lo que un fan de su filmografía advierte de inmediato (de hecho, y gracias a los comentarios que me llegan de los admiradores de su obra, la escena inicial -la del borrego internándose en la mansión de Berlusconi-, es una declaración de principios en este sentido). Para comprenderlo mejor, pongamos el ejemplo de un cineasta más conocido (y también controvertido): David Lynch. Si un aficionado se acerca por primera vez a este director a través de Mulholland Drive o Inland Empire (sendas obras maestras), se puede sentir estafado, porque no entiende las motivaciones que se ocultan tras ellas, ya que ignora toda la filmografía anterior; pero, si comienza viendo sus cortometrajes experimentales, la también ardua Cabeza borradora (insertada igualmente en ese tipo de cine experimental) o sus conmovedoras El hombre elefante y Una historia verdadera, descubrirá que se trata de un artista muy personal, que solo pretende plasmar su mundo interior en la gran pantalla. Lo mismo ocurre con Sorrentino: es evidente que él procura plasmar su acerada visión sobre Italia (con todos los excesos que la caracterizan), pero, si el espectador no se ha bregado en sus anteriores largometrajes, puede verse sobrepasado por ella (tal y como me aconteció a mí).


  

   Sin lugar a dudas, mi opinión podría ser calificada fácilmente de subjetiva, ya que, en efecto, se trata de un óbice que solo yo veo (o alguien como yo, que ignore también la obra de Sorrentino); de esta manera, el espectador avezado en su filmografía, no encontrará, en este sentido, mayor problema en ella. Pero existe otro que podríamos denominar objetivo, ya que no radica en un desconocimiento previo (y culpable), sino en algo tan ecuánime como es el reloj (¿alguien puede discutir que la cinta dure más de dos horas?). Así es, según parece, la cinta se estrenó originalmente en Italia dividida en dos partes (contando una la parte del playboy arribista, y otra la del playboy presidencial), algo que se soslayó en su distribución internacional mediante la unión de ambas; de este modo, vemos una primera mitad que no sirve de nada, porque narra una admiración por parte de un hombre cuya inclusión no ayuda al avance de la trama (salvo que uno le otorgue ese sentido de miniserie cinematográfica), y que además se diluye sorprendentemente en cuanto comienza la segunda (toda la descripción de la vida que ostenta Berlusconi). Pero es que además, en esta operación quirúrgica de montaje, la cinta perdió hasta una hora de duración, causa que explica que veamos en pantalla saltos temporales inauditos, aparición de personajes importantes sin previo aviso (y desaparición de otros) y hasta la mención de asuntos relevantes que seguramente aparecían en el metraje original. En fin, un despropósito que solo consiguió que me interesasen los ardides políticas del tal Silvio, echando rápidamente al olvido todo lo demás.




   En resumidas cuentas, se podría decir que la película tropieza con dos baches de relativa importancia: por un lado, con el de su idiosincrática puesta en escena, apta exclusivamente para el público más acérrimo del director italiano (el que no lo sea, se verá abrumado por ella, como le aconteció a un servidor); por el otro, con el de su fallida edición, que ha querido compendiar en un solo film lo que estaba previsto que fueran dos, algo que hace caer a la historia en algún que otro anacoluto y que, sobre todo, consigue que una (aburrida) primera mitad condicione el visionado de la segunda (algo más interesante). Admito que son dos factores que, de haber sido corregidos a tiempo (el uno por mí y el otro por el propio autor), habrían logrado que elogiase todo el conjunto; pero, al no haber sido así, me veo impelido a desaconsejarlo (a no ser que el lector sea leal a su director).






sábado, 29 de diciembre de 2018

A ciegas

   No ha transcurrido ni un año desde el estreno de la magistral Un lugar tranquilo (John Krasinski, 2018), y ya tenemos en nuestras televisiones su primera (e indisimulada) heredera: A ciegas (Susanne Bier, 2018). En efecto, no hace falta ser un lince (valga el chiste malo sobre una cinta que versa, precisamente, sobre la ausencia de visión) para percatarse (valga otra vez) de que nos encontramos ante una copia nada sutil de aquella película que nos encandiló a todos los cinéfilos (porque mostraba valientemente una historia donde el sonido -o la ausencia de él- era el protagonista, y porque ostentaba grandes escenas de tensión, como la ya famosa secuencia de Emily Blunt dando a luz en la bañera). Ello no obsta para que nos encontremos ante un largometraje con personalidad propia (no en balde, se basa en una novela previa a la obra cinematográfica de Krasinski) y con valores (artísticos) reivindicables, aunque podrían haber sido más y mejores. Lamentablemente, como detrás de su producción se halla Netflix, dichos valores están al servicio de un discurso progresista, que prefiere ensombrecerlos antes que potenciarlos.


  

   Pero vayamos por partes. A ciegas narra la historia de Malorie (Sandra Bullock), una mujer que, después de haber contactado con una comunidad de supervivientes, desciende el río con dos niños, a fin de asentarse en ella y de huir de la misteriosa plaga que ha invadido el planeta. Porque, en efecto, como si de Un lugar tranquilo se tratase, algo (presuntamente alienígena) se ha asentado en la Tierra; sin embargo, y a diferencia de lo que ocurría en aquel film, los hombres no pueden verlo, porque, al hacerlo, sienten el irrefrenable deseo de suicidarse (es por ello que en el cartel del largometraje -y en el descenso del río- la Bullock lleva vendados los ojos). Todo esto lo sabemos gracias a los numerosos flashbacks que interrumpen el metraje principal y que se convierten en la verdadera trama de la cinta, donde, a la vez, descubrimos tanto la paulatina destrucción de la humanidad como el primer grupo de personas con el que se refugió Malorie (por cierto, embarazada, como la Emily Blunt de la película de Krasinski).




   Como hemos dicho, pese a sus inexcusables semejanzas con Un lugar tranquilo, la cinta que nos ocupa tiene multitud de virtudes, que la alejan de ella y que la dotan de cierto interés para el espectador. Por ejemplo, las citadas analepsis, donde vamos descubriendo la corrupción de la humanidad y en las que queda claro (una vez más) la fragilidad del ser humano (atención al sobrecogedor plano en el que una bella joven se golpea contra el cristal de la ventana después de haber visto a los entes: una clara metáfora sobre la labilidad del estado del bienestar, siempre a un paso de ser destruido, como demuestran las secuencias posteriores); o bien, en esos mismos flashbacks, todas las escenas que acontecen en el primer refugio de Sandra Bullock, una casa en la que se aglomeran diferentes personas, que, como si de El ángel exterminador de Luis Buñuel se tratase, no pueden abandonar el recinto, por lo que se ven obligadas a convivir (mostrando, así, lo bueno y lo malo de cada una). También debemos destacar la evolución del personaje de Malorie (muy lograda), porque muestra el proceso de una mujer egoísta e inmadura que, progresivamente, va asumiendo las responsabilidades que la adversidad le presenta (muy acertada -cómo no- la analogía del río, un factor siempre recurrente desde que se estrenara en el mítico film de Coppola Apocalypse Now). Finalmente, goza de secuencias dirigidas con mano maestra, como aquella en la que los protagonistas deben conducir un coche a ciegas (nunca mejor dicho) o todas las relacionadas con las aves, que avisan de la llegada de los entes (de ahí su título original: Bird Box, algo así como "caja de pájaros" o "jaula de pájaros").




   Pero estos logros se ven ensombrecidos por el sello de lo políticamente correcto que caracteriza a Netflix, su productora. En efecto, desde hace algún tiempo (tal vez desde el principio de su andadura), la plataforma de streaming no ha vacilado a la hora de plegarse al discurso de la corrección siempre que ha tenido oportunidad, venga o no a colación. Recientemente, lo vimos en La maldición de Hill House, una estupenda propuesta en forma de teleserie en la que, sin tener sentido su inclusión, aparecía una protagonista lesbiana, con el único fin de normalizar su condición sexual (evidentemente, no soy contrario a la aparición de personajes homosexuales en el cine o en la televisión, pero sí me opongo a que estos sean usados con un fin netamente político o crematístico, porque, en el fondo, es un insulto a los espectadores gais, que ven cómo son usados como pasto lúdico y no como objetos de una reivindicación real). Aquí, ese discurso se centra en el grupo de personas que da cobijo a Bullock, un totum revolutum de supuestas minorías desfavorecidas, que se congrega en un solo escenario (la casa) para demostrar que, juntas, son más valientes y fuertes que la supuesta mayoría favorecida (por supuesto, el hombre blanco). De este modo (a partir de aquí puede haber algún que otro spoiler), entre las primeras tenemos al dueño de la finca, un hombre asiático gay (así se matan dos pájaros de un tiro: minoría racial y minoría homosexual) que se inmola por el bienestar de los demás; un hombre negro, bueno y fortachón, que se enamora de la Bullock y con la que mantiene una relación amorosa interracial (sobran comentarios); la anciana sin recursos que ayuda a las protagonistas en el momento del parto; la joven obesa que (seguramente) ha padecido acoso escolar y que, por ello, ahora es una insegura (pero buena, ingenua y entrañable); el otro negro, que es superinteligente (aunque parezca tonto) y que, por ello, no duda en inmolarse también por la salvación del grupo, y la policía hispana (vulgo, latina), que es una mujer fuerte y liberada. Como contrapunto, tenemos a John Malkovich, un hombre blanco homófobo (ejemplo de machirulo opresor), que bebe y porta armas (seguro que es votante de Trump), y que, por supuesto, es cristiano (como queda patente en el fugaz plano donde lo vemos santiguarse); también a los malos de turno, que son unos dementes blancos (todos parecen salidos de un rancho de Texas) que quieren que la humanidad se condene mirando a los entes.


      

   En resumidas cuentas, nos encontramos ante una película que no está nada mal, pero que podría haber estado mucho mejor. El problema que tiene no es su parecido indiscutible con Un lugar tranquilo, puesto que, como ya hemos señalado, se aleja conveniente y acertadamente de ella, sino su evidente genuflexión frente a la corrección política. En efecto, no siendo del todo original, la idea del grupo de personas aisladas en el interior de una casa mientras afuera se destruye el mundo, podría haber dado mucho más de sí, si no hubiera partido de la base del revoltijo interracial y sexual para hacerla avanzar. A mi juicio, pues, el sello Netflix le hace perder a la película unos enteros que, de haber prescindido de ellos, habrían hecho de ella una obra prácticamente redonda.




miércoles, 21 de noviembre de 2018

Bohemian Rhapsody


   He de reconocer que esta crítica llega tarde, porque la película se estrenó hace ya algunas semanas. Pero admito también que me alegro de haber esperado a escribirla, porque así he tenido la oportunidad de recabar toda la información que hay sobre ella y leer acerca de la opinión que les ha merecido tanto a los críticos especializados como a los espectadores (estos últimos, más entusiasmados con ella que aquellos). Finalmente, asumo que soy un admirador de la música de Queen (especialmente, de la voz de su líder, Freddy Mercury), y que, como sabía que todo el mundo, por un lado, había aplaudido la manera en que aquella había sido insertada en el metraje y que, por el otro, había alabado la interpretación de Rami Malek (con una modulación perfecta del timbre de aquel), quería disfrutar de ambas cosas sin el alboroto propio de los primeros días en cartel de un largometraje (en efecto, suena a huraño, pero es la manía que uno va cogiendo a medida que crece). ¡Y caray si lo he hecho!




   Ante todo, y a pesar de lo dicho, debemos aclarar que no se trata de una película promocional al uso; es decir, no nos encontramos ante un film que pretenda revivir el éxito de la banda británica o aumentar su número de ventas en las tiendas de discos (cosa, por otro lado, carente de sentido, puesto que Queen no necesita de ningún largometraje para ello), sino ante una cinta que nace con una vocación exclusivamente cinematográfica. Para entenderlo mejor: muchos grupos de música han hecho uso de la gran pantalla con el fin de promocionar su discografía, como es el caso de los Beatles (Qué noche la de aquel día) o de las Spice Girls (Spiceworld) en el país anglosajón, y de Parchís (La guerra de los niños) en el nuestro; sin embargo, esta ya parte del reconocimiento internacional que tiene Queen, por lo que procura rendirle el homenaje que realmente merece con un equipo técnico y artístico de altura (tal vez, incluso con miras a la gala de los Óscar de este año). Con este propósito, pues, no duda en dejarse en manos de un director ya consagrado (nos guste o no, Bryan Singer ha hecho películas tan importantes para el cine actual como Sospechosos habituales, X-Men o Superman Returns) y en presentar a actores emergentes que han triunfado en la televisión (recordemos que Rami Malek, que aquí es un remedo perfecto de Mercury, nos sorprendió a todos con su papel en la serie Mr. Robot).




   Podemos decir, por el contrario, que la intención de la película no consiste en elaborar un biopic detallado del mítico cantante (aunque, en efecto, y como es lógico, aporte datos de su biografía), ni siquiera relatar una crónica de la gestación de la banda (de hecho, podemos ver cómo este apartado acontece con una rapidez inusitada), sino mostrar el aspecto oculto (y triste) que subyació tras la exitosa carrera de Freddy Mercury. Y es que, ciertamente, mientras que este triunfaba en los escenarios del mundo entero con su música, fracasaba estrepitosamente en su vida íntima, puesto que, según revela el film, se rodeó de unas personas que solo quisieron aprovecharse de la fama que ostentaba y que, por ende, lo condujeron a un desengaño atroz y, por tanto, a la soledad más absoluta. Es por ello que la narración no escatima en crudeza a la hora de desmitificar su imagen y de exhibirlo, por esta razón, abatido, drogado y completamente solo (atención al plano en que es descubierto por su amiga Mary durmiendo en el sofá después de haber celebrado una fiesta en su casa la noche anterior). Pero, asimismo, se trata de una película esperanzadora, puesto que vincula su recuperación al amor que le profesan tanto sus verdaderos amigos como su propia familia (el abrazo final que se otorgan padre e hijo en este sentido es sin duda emocionante y significativo).




   Por último, no vamos a negar que la cinta también explota la dimensión nostálgica de la banda, puesto que su música recorre cada minuto de la historia; pero ello no es óbice para que podamos disfrutar de ella como un título cinematográfico solvente y hasta memorable. En este sentido, debemos destacar el tramo final, una minuciosa recreación del famoso concierto Live Aid, que supuso la vuelta a los escenarios de Queen: cualquier fan, aplaudirá y cantará entusiasmado, puesto que creerá estar reviviendo aquellos momentos apoteósicos del rock internacional y, a la vez, pensará estar observando de nuevo al gran Mercury en plena acción (tenemos que elogiar otra vez a Malek, que ha sido el encargado de lograrlo con su ya antológica interpretación). Yo mismo, pese a que me haya reconocido huraño, me deje llevar por la pasión y lo hice (menos mal que ya había pasado el alboroto de los primeros días y estaba prácticamente solo en la sala): show must go on!






lunes, 12 de noviembre de 2018

Atípico


Como sabéis, llevo tiempo sin escribir en el blog. La razón es que ahora estoy inmerso en un interesante proyecto literario que ocupa casi todo mi tiempo. Sin embargo, he recibido este artículo sobre la serie Atípico de una lectura habitual y me ha parecido oportuno traerlo a colación. Espero que lo disfrutéis:






   Atípico es una serie que cuenta la vida de un adolescente de 18 años con autismo llamado Sam Gardner (Keir Gilchrist), que quiere tener novia y ser independiente. Mientras Sam emprende un divertido y emotivo viaje de autodescubrimiento, el resto de su familia deberá lidiar con el cambio que supone la mayoría de edad de Sam en sus propias vidas.

   Al principio de la serie, podemos ver a un Sam que tiene su trabajo, una familia, estudia… hasta ahí todo normal, pero, al tener autismo, todo gira en torno a él: me parece muy bien, pero “ámame tanto que me enseñes a vivir sin ti”. Su madre no quiere que se haga mayor: todo lo soluciona ella y no deja que Sam resuelva sus problemas, por muy pequeños que sean (como por ejemplo calentar comida en el microondas); no deja que su hijo piense: hay que educar para que sean capaces de sobrevivir. Es cierto que contamos con que Sam tiene autismo, pero tampoco se le debe meter en un urna, y lo que hay que hacer es darle un modelo al niño, para que lo imite, que le dé ritmo, orden, pauta... que con el tiempo llegue a tener su propia conciencia y que piense por sí mismo. Hay que guiarlo, claro que sí, pero no allanarle el camino, para que no tropiece; al contrario, acompañarlo y “pisa por donde yo piso”, para que, cuando llegue el momento, pueda caminar solo.




   Vemos cómo la actitud del padre es más “déjalo, que ya es mayor”, frente a la actitud contraria de su mujer, que quiere hacérselo todo y, a veces, deja de lado a su otra hija ,también adolescente. Ella no tiene autismo, pero también necesita que vayan a verla correr (es una gran corredora), que la apoyen en el instituto… ¡que le hagan caso! Estos gestos suelen ser comunes en familias donde hay un niño distinto, pero no hay que descuidar a los demás hijos para centrarse solo en el distinto: todos deben recibir la misma caricia y reñirles si hace falta. En definitiva, educarlos sin distinción, puesto que tienen los mismo derechos y obligaciones.

   Sam tiene un amigo que es maravilloso, se llama Zahid, y para él no es un pobrecito autista, es su AMIGO: lo aconseja, lo calma, lo ayuda, lo apoya... se necesitan el uno al otro. Un capítulo que me gustó mucho en este sentido fue aquel en el que Zahid invitó a Sam a dormir a su casa: pasaron una gran aventura juntos, una experiencia más para nuestro protagonista. A medida que van pasando los capítulos, Sam va creciendo como persona y va aflorando su YO, su identidad. En la tercera temporada (que podría estrenarse a finales del 2019) veremos qué tal le va en la universidad. Hay cosas que aún debe mejorar, como por ejemplo el control de sus impulsos.

   A Sam le encanta los pingüinos, y muchas veces compara su vida o la de la familia con estas simpáticas aves. Algún día, Sam se irá del nido para hacer el suyo y criar a sus polluelos.







sábado, 15 de septiembre de 2018

Yo confieso

   No sé si os habéis enterado, pero, hace tan solo unos meses, se aprobó en Australia una ley que obligaba a los sacerdotes a quebrar el secreto de confesión en caso de abusos sexuales de menores; es decir, y para que quede claro, que si alguien está acusado de ese delito y un sacerdote lo sabe a ciencia cierta porque ese alguien se ha confesado con él, el sacerdote debe delatar al criminal (aquí). Es verdad que únicamente ha sido aprobado en tres de los ochos estados del país, pero ello no obsta para que se implante paulatinamente en el resto del territorio (como es la intención del Gobierno). Sea como fuere, en esos tres estados australianos la ley entrará en vigor el año que viene. ¿Y qué han respondido tanto los sacerdotes afectados como la Conferencia Episcopal Australiana? Que no piensan romper el sigilo sacramental; más aún, que prefieren ser ajusticiados antes que quebrarlo (aquí).

  Aunque lo parezca, esta ley no es totalmente reciente, ya que, a lo largo de la historia, han sido muchos los Gobiernos que han procurado asaltar la intimidad de un penitente mediante el quebrantamiento sel secreto de confesión por parte de los sacerdotes. El mayor ejemplo de ello, o al menos el más célebre, es el de san Juan Nepomuceno, un presbítero del siglo XIV que fue arrojado al río Moldava por no querer revelar la confesión de la reina de Bohemia (actual Chequia). Pero resulta curioso que, en una época en que se presume de libertad individual, resurjan estos debates, que no solo proponen la coartación del sacerdote, sino también la del propio individuo (si una persona teme que su secreto puede ser revelado, ¿a quién se lo va a contar?); porque esta ley no es exclusiva de Australia, ya que también países como la India o Irlanda (antaño, este último era un bastión del catolicismo occidental) han propuesto leyes similares.




   Ni que decir tiene que, a todo cinéfilo cristiano, toda esta rocambolesca (aunque muy peligrosa) situación le recordará al argumento de la famosa cinta de Alfred Hitchcok Yo confieso. Ciertamente, en ella podíamos ver cómo el sacristán de una parroquia canadiense se acusaba de haber asesinado a una persona; por supuesto, y como no podía ser menos en el imaginario del cineasta inglés, el sacerdote que recibía la confesión era a la vez el párroco del susodicho sacristán, por lo que ambos, a partir de ese instante, se veían obligados a convivir sin poder hablar acerca del homicidio. Pero ahí no quedaba la cosa (eso sería algo más o menos sencillo), ya que, por una serie de circunstancias, el sacerdote resultaba sospechoso del asesinato, por lo que tenía que demostrar su inocencia sin aportar pruebas y sin delatar en ningún momento al verdadero culpable; de este modo, cuando el presbítero era interpelado acerca del particular, solamente podía responder que estaba incapacitado para hablar.

   Precisamente, esa es la clave de interpretación del sigilo sacramental al que se deben todos los sacerdotes: la incapacitación. En efecto, no es que un sacerdote no deba hablar sobre lo escuchado en el sacramento de la Penitencia; es que no puede hacerlo bajo ningún concepto, está incapacitado para ello. Así es, según el punto 983 del Código de Derecho Canónico, que es la ley que rige la vida interna de la Iglesia, "el sigilo sacramental es inviolable, por lo que está terminantemente prohibido al confesor descubrir al penitente, de palabra o de cualquier otro modo, y por ningún motivo"; asimismo, advierte que "está terminantemente prohibido al confesor hacer uso, con perjuicio del penitente, de los conocimientos adquiridos en la confesión, aunque no haya peligro alguno de revelación". De este modo, aunque quisiera, un sacerdote no podría quebrar ese silencio que la Iglesia le impone, pues, independientemente de la amenaza de excomunión a la que se enfrentaría, estaría violando esa intimidad que todo hombre merece (sea dicho hombre bueno, malo o regular).




   Justamente, cuando hablamos de la moralidad del individuo (que si es bueno, malo o regular), nos puede asaltar la duda sobre la posibilidad de quebrar ese silencio (que es imposible, pero que, aun así, puede generar ese debate que ha sacado a la palestra el Gobierno australiano): si es un violador de niños, ¿por qué un sacerdote no lo va a acusar, pudiendo evitar de este modo que otros niños sean atacados? La razón estriba en esa intimidad de la que antes nos hacíamos eco, pues al respeto de ella estamos llamados todos. Hitchcok, que era católico, lo sabía muy bien; por eso, cuando fue entrevistado con motivo del estreno de la película, aseveró: "Los católicos sabemos que un sacerdote no puede revelar un secreto de confesión, pero los protestantes, los agnósticos y los ateos piensan: 'Es ridículo callarse; ningún hombre daría la vida por algo así'". De modo que, incluso ese hombre al que consideramos maligno por sus crímenes, tiene derecho a ver cómo su conciencia y su relación íntima con Dios es salvaguardada.

   Pero es posible que el problema de fondo sea otro. Es decir, tal vez la intención de esos Gobiernos  que proponen leyes para quebrar el sigilo sacramental no sea solo la salvaguarda del inocente, sino también la intromisión en la conciencia individual, que es el único reducto de libertad que hoy le queda al ser humano. Si el Estado tuviera la capacidad de entrometerse en el diálogo íntimo de un penitente con su confesor, ¿qué confianza le queda al primero? De este modo, ya no recibiría consejos espirituales del segundo, ni tendría que someterse a la moral que le enseñase, sino que actuaría conforme a un criterio propio, alejado del que propone la Iglesia a sus fieles. El Estado se erigiría entonces como el verdadero autor de una nueva moral, aunque ya no sería divina y eterna, sino humana y voluble; asimismo, como la Iglesia no tendría capaz de juzgar ni de absolver una conciencia, sería el omnipotente Estado el que lo haría, siguiendo los dictados de su propia religión (que serían sus leyes particulares). Por supuesto, a un lector contemporáneo le puede resultar una exageración, pero no se aleja tanto en el tiempo de nosotros una situación idéntica a la descrita, pues , tanto en la extinta Unión Soviética como en la actual Cuba, es el clima que se vive (los países comunistas erradicaron la fe católica, porque esta proponía una moral que chocaba frontalmente con la que ellos querían imponer).




   Es por ello que, hoy más que nunca, debemos rezar por los sacerdotes australianos, que se ven amenazados por un ataque abierto contra la libertad; como hemos indicado, ellos han afirmado que están dispuesto a ser encarcelados y ajusticiados antes que romper el sigilo sacramental, por lo que tenemos que pedir para que sean fuertes. Pero también debemos tener cuidado, porque esas leyes se han extendido por la India y por Irlanda, así que ¿quién no nos dice que pronto las veremos en otros países europeos, como el nuestro? De fondo se halla la intromisión en la conciencia individual, que es donde reside nuestra auténtica libertad; es por ello que también debemos pedir por nosotros mismos y por nuestro sacerdotes, pues, igual que aquellos, estamos llamados a dar testimonio de nuestra fortaleza y de nuestra integridad, cuando nuestra conciencia se vea amenazada.



miércoles, 29 de agosto de 2018

Vivir (Ikiru)

   Ya se nos acabó el verano (al menos, sus vacaciones). Como siempre en estas fechas (si no antes), nos vemos obligados a volver a la rutina, a nuestros quehaceres diarios y a nuestras sempiternas preocupaciones (principalmente, a aquellas que habíamos relegado en el trabajo cuando franqueamos el umbral de su puerta). Es posible que muchos hayáis disfrutado tanto del sol como de la playa, tanto del monte como de algún chalet con piscina, o del lugar al que soláis acudir cuando queréis descansar. Pero, sobre todo, espero que hayáis gastado (y desgastado, que no malgastado) el tiempo con vuestras familias. En efecto, muchas veces nos preocupamos tanto de la desconexión veraniega que incluso desconectamos de los nuestros, que es con quienes más deberíamos estar. Viajes con los amigos, barbacoas con los antiguos compañeros de colegio, escapadas solitarias... un largo etcétera que nos llena el mes de agosto (o de julio) de muchísimas experiencias, pero que a veces nos privan de la experiencia familiar, que es la que más debemos cuidar.




   Este verano, he tenido la oportunidad ver de nuevo Vivir (Ikiru), una de las grandes obras maestras del genio japonés Akira Kurosawa, autor de las más conocidas Los siete samuráis y La fortaleza escondida (falsilla confesa de La guerra de las galaxias, de George Lucas). En ella, el señor Watanabe, un funcionario de reconocido prestigio, se viene abajo cuando descubre que padece cáncer de estómago. En efecto, a partir de ese momento, comienza a replantearse su vida, puesto que ostenta el dudoso récord de asistencia diaria (¡ni una sola ausencia, ni una sola baja médica!) a su despacho en el ayuntamiento: de este modo, y en la soledad de su alcoba, empieza a pensar en las veces que pudo estar con su hijo, pero que no quiso, puesto que priorizó el trabajo; en los momentos en que pudo demostrarle su cariño, pero se abstuvo (algo que solo consiguió que el hijo lo tratase como una mera fábrica de hacer dinero, no como su progenitor); e incluso (¿por qué no decirlo?) en los momentos en que pudo divertirse con él, pero creyó que era más relevante solazarse con los compañeros de oficina. Es por ello que, en un momento dado (después de varios minutos de reflexión, porque el cine japonés no escatima en duración), decide que ha de divertirse y, de esta manera, recuperar el tiempo de vida que él cree perdido.

   El señor Watanabe (imponente Takashi Shimura, un clásico interpretativo del séptimo arte nipón, visto también en una cinta que se encuentra en las antípodas de esta: Japón bajo el terror del monstruo) contrata para su propósito a un vagabundo borrachín, que sabe más de la vida ociosa que él, y le pide, pues, que lo lleve a los locales nocturnos más exitosos de Tokio (o de la ciudad donde se desarrolle la acción, que ya no me acuerdo). De este modo, conoce multitud de sitios donde puede divertirse bebiendo, bailando o hasta retozando con alguna meretriz de ojos rasgados. Pero llega un momento en que descubre que esa falaz diversión solo está profundizando más su soledad y su tristeza, puesto que no logra desasirlo del remordimiento que lo unce. Por este motivo, cuando menos lo espera su advenedizo compañero, se echa a llorar y entona una melancólica canción que espeluzna a todos los circunstantes: "La vida es corta". Es entonces cuando zanja que debe replantearse su replanteamiento vital, y no dedicarse a la diversión, sino a la caridad (o a hacer el bien a los demás, ya que, al no ser cristiano, es probable que Kurosawa desconociese dicho término); y que esta caridad debe culminar con su propio hijo, al que ha desatendido la mayor parte de su vida.




   A muchos, este argumento os evocará la famosa máxima latina "carpe diem", es decir, "aprovecha el instante", una de las expresiones más usadas por todos nosotros (especialmente, durante la adolescencia, cuando nos tomamos todas las cosas tan en serio); con ella, y como bien sabéis se pretende exhortarnos a exprimir la vida al máximo, viviendo cada momento como si fuera el último de nuestra existencia (en este sentido, y al hilo de la adolescencia, recuerdo a un profesor del instituto que, tal vez amargado por su incipiente vejez, nos la repetía hasta la saciedad). Pero ese aprovechamiento de la vida suele ser mal entendido, porque, como al señor Watanabe del filme, se invita al sujeto (la mayoría de las veces, al joven) a que se divierta cuanto pueda, derroche cuanto tenga, peque cuanto desee (entiéndase lo que quiero decir) y etcétera, ocultándole que los excesos traen desastrosas consecuencias (aún resuena en mis oídos la voz de un excompañero de colegio, abatido por la mala vida, diciéndome que había que exprimir al máximo esta última...). Es por ello que el carpe diem tiene un sentido más profundo y humano, que es el que debe ser cultivado.

   Este sentido del que hablo está precisamente representado en la película Vivir (Ikiru). Así es, como ya hemos señalado, el señor Watanabe intuye en ella que esa diversión plena en la que se vuelca para ocultar su tristeza solo está sembrando más pena en su interior, por lo que ve que no debe derrochar su existencia en sí mismo, sino en los demás: de este modo, lo hace con unas señoras que no paran de quejarse de las aguas fecales que anegan su barrio; lo hace también con la exempleada que le pide un despido voluntario para buscar un empleo que la satisfaga más, y hasta lo invierte con la persona que se cruza con él por la calle. Pero, sobre todo, quiere derrochar su vida (gastarla y desgastarla, ¿recordáis?) con su hijo, a quien ha olvidado en los largos años de trabajo (¡incluso durante las vacaciones que debería haberse cogido!); así, no solo se redime de ese mal que lo atormenta, sino que también, y de manera principal, encuentra el verdadero sentido de la vida (¿os acordáis de aquella famosa sentencia de la Biblia, "hay más alegría en dar que en recibir"?).




   El año que viene, cumpliré (si Dios así lo quiere) diez años de ministerio (¡diez años sirviendo al Señor en el sacerdocio!). Como comprenderéis, durante este tiempo he presidido multitud de funerales (alguno de ellos, incluso de personas muy cercanas a mí), y no ha habido ninguno (o casi ninguno) en que los familiares del difunto no me hayan confesado (no de manera sacramental) que sienten la pena de no haber pasado con él más tiempo. En efecto, cuando ese padre con el que apenas había relación, o ese hermano con el que me había peleado, fallece (ya no va a estar de verdad nunca junto a mí), me doy cuenta de que podría haberme reconciliado con él, arreglar nuestras dificultades y ser otra vez una familia unida y feliz. Por supuesto que ahora puedo rezar por él e incluso pedirle interiormente perdón por mis ausencias, pero ¿qué pasa con esas que he tenido mientras él vivía (he conocido gente que todavía no se las perdona)? Por este motivo, y como esos deslices ya son irrecuperables, lo mejor es aprovechar el momento ahora (carpe diem): estar con la familia todo el tiempo que sea posible, queriéndola y haciendo siempre el bien por ella. Claro que hay que divertirse con los amigos en las barbacoas de verano (¡hasta es necesario!), pero no las veneres tanto que olvides hacer una (¡al menos una!) con tus padres y hermanos.

   En este sentido, debo decir que tengo un vecino al que veo pasear al perro todas las mañanas, siempre y a la misma hora. Sin embargo, hace poco me enteré de que el citado can no es suyo, sino de una vecina que no lo puede sacar a la calle; por otro lado, también supe que se quedó sin madre hace un tiempo, que su hermano se fue a vivir con la novia (¡vaya una novedad!) y que, por todo ello, ahora está cuidando de su padre, que está enfermo, y al que le hace la comida, lo lava, lo viste, etcétera. Pues bien, es posible que este vecino mío no vaya de barbacoas con sus amigos siempre que puede, ni haga una escapada rural cuando se agobia, ni un viaje con los amigos en agosto, ni se reúna mensualmente con sus excompañeros de colegio, puesto que debe atender a un padre que ya no sale de casa; pese a ello, creo que está aprovechando la vida al máximo, puesto que está derrochando caridad con quien se la dio (¡qué olvidado tenemos el cuarto mandamiento de la ley de Dios!). Cuando hablo con él, se queja (¿y quién no? Es innegable que lleva una existencia muy dura), pero siempre me habla con la sonrisa de satisfacción de alguien que le ha encontrado sentido pleno al carpe diem.

   Por todo ello, y ahora que volvemos a nuestra rutina ordinaria, os exhorto a que no releguéis a vuestros familiares, que son quienes más os quieren; que el trabajo del que habéis descansado este verano no os absorba tanto que ni siquiera tengáis un momento para hablar con ellos. Aprovechad este momento, que es el único instante que tenemos para reconciliarnos (si es que estamos llamados a ello), demostrarles nuestro amor y gozar del suyo. Este es el instante que tenemos para decir (y vivir realmente) nuestro particular carpe diem.