sábado, 15 de septiembre de 2018

Yo confieso

   No sé si os habéis enterado, pero, hace tan solo unos meses, se aprobó en Australia una ley que obligaba a los sacerdotes a quebrar el secreto de confesión en caso de abusos sexuales de menores; es decir, y para que quede claro, que si alguien está acusado de ese delito y un sacerdote lo sabe a ciencia cierta porque ese alguien se ha confesado con él, el sacerdote debe delatar al criminal (aquí). Es verdad que únicamente ha sido aprobado en tres de los ochos estados del país, pero ello no obsta para que se implante paulatinamente en el resto del territorio (como es la intención del Gobierno). Sea como fuere, en esos tres estados australianos la ley entrará en vigor el año que viene. ¿Y qué han respondido tanto los sacerdotes afectados como la Conferencia Episcopal Australiana? Que no piensan romper el sigilo sacramental; más aún, que prefieren ser ajusticiados antes que quebrarlo (aquí).

  Aunque lo parezca, esta ley no es totalmente reciente, ya que, a lo largo de la historia, han sido muchos los Gobiernos que han procurado asaltar la intimidad de un penitente mediante el quebrantamiento sel secreto de confesión por parte de los sacerdotes. El mayor ejemplo de ello, o al menos el más célebre, es el de san Juan Nepomuceno, un presbítero del siglo XIV que fue arrojado al río Moldava por no querer revelar la confesión de la reina de Bohemia (actual Chequia). Pero resulta curioso que, en una época en que se presume de libertad individual, resurjan estos debates, que no solo proponen la coartación del sacerdote, sino también la del propio individuo (si una persona teme que su secreto puede ser revelado, ¿a quién se lo va a contar?); porque esta ley no es exclusiva de Australia, ya que también países como la India o Irlanda (antaño, este último era un bastión del catolicismo occidental) han propuesto leyes similares.




   Ni que decir tiene que, a todo cinéfilo cristiano, toda esta rocambolesca (aunque muy peligrosa) situación le recordará al argumento de la famosa cinta de Alfred Hitchcok Yo confieso. Ciertamente, en ella podíamos ver cómo el sacristán de una parroquia canadiense se acusaba de haber asesinado a una persona; por supuesto, y como no podía ser menos en el imaginario del cineasta inglés, el sacerdote que recibía la confesión era a la vez el párroco del susodicho sacristán, por lo que ambos, a partir de ese instante, se veían obligados a convivir sin poder hablar acerca del homicidio. Pero ahí no quedaba la cosa (eso sería algo más o menos sencillo), ya que, por una serie de circunstancias, el sacerdote resultaba sospechoso del asesinato, por lo que tenía que demostrar su inocencia sin aportar pruebas y sin delatar en ningún momento al verdadero culpable; de este modo, cuando el presbítero era interpelado acerca del particular, solamente podía responder que estaba incapacitado para hablar.

   Precisamente, esa es la clave de interpretación del sigilo sacramental al que se deben todos los sacerdotes: la incapacitación. En efecto, no es que un sacerdote no deba hablar sobre lo escuchado en el sacramento de la Penitencia; es que no puede hacerlo bajo ningún concepto, está incapacitado para ello. Así es, según el punto 983 del Código de Derecho Canónico, que es la ley que rige la vida interna de la Iglesia, "el sigilo sacramental es inviolable, por lo que está terminantemente prohibido al confesor descubrir al penitente, de palabra o de cualquier otro modo, y por ningún motivo"; asimismo, advierte que "está terminantemente prohibido al confesor hacer uso, con perjuicio del penitente, de los conocimientos adquiridos en la confesión, aunque no haya peligro alguno de revelación". De este modo, aunque quisiera, un sacerdote no podría quebrar ese silencio que la Iglesia le impone, pues, independientemente de la amenaza de excomunión a la que se enfrentaría, estaría violando esa intimidad que todo hombre merece (sea dicho hombre bueno, malo o regular).




   Justamente, cuando hablamos de la moralidad del individuo (que si es bueno, malo o regular), nos puede asaltar la duda sobre la posibilidad de quebrar ese silencio (que es imposible, pero que, aun así, puede generar ese debate que ha sacado a la palestra el Gobierno australiano): si es un violador de niños, ¿por qué un sacerdote no lo va a acusar, pudiendo evitar de este modo que otros niños sean atacados? La razón estriba en esa intimidad de la que antes nos hacíamos eco, pues al respeto de ella estamos llamados todos. Hitchcok, que era católico, lo sabía muy bien; por eso, cuando fue entrevistado con motivo del estreno de la película, aseveró: "Los católicos sabemos que un sacerdote no puede revelar un secreto de confesión, pero los protestantes, los agnósticos y los ateos piensan: 'Es ridículo callarse; ningún hombre daría la vida por algo así'". De modo que, incluso ese hombre al que consideramos maligno por sus crímenes, tiene derecho a ver cómo su conciencia y su relación íntima con Dios es salvaguardada.

   Pero es posible que el problema de fondo sea otro. Es decir, tal vez la intención de esos Gobiernos  que proponen leyes para quebrar el sigilo sacramental no sea solo la salvaguarda del inocente, sino también la intromisión en la conciencia individual, que es el único reducto de libertad que hoy le queda al ser humano. Si el Estado tuviera la capacidad de entrometerse en el diálogo íntimo de un penitente con su confesor, ¿qué confianza le queda al primero? De este modo, ya no recibiría consejos espirituales del segundo, ni tendría que someterse a la moral que le enseñase, sino que actuaría conforme a un criterio propio, alejado del que propone la Iglesia a sus fieles. El Estado se erigiría entonces como el verdadero autor de una nueva moral, aunque ya no sería divina y eterna, sino humana y voluble; asimismo, como la Iglesia no tendría capaz de juzgar ni de absolver una conciencia, sería el omnipotente Estado el que lo haría, siguiendo los dictados de su propia religión (que serían sus leyes particulares). Por supuesto, a un lector contemporáneo le puede resultar una exageración, pero no se aleja tanto en el tiempo de nosotros una situación idéntica a la descrita, pues , tanto en la extinta Unión Soviética como en la actual Cuba, es el clima que se vive (los países comunistas erradicaron la fe católica, porque esta proponía una moral que chocaba frontalmente con la que ellos querían imponer).




   Es por ello que, hoy más que nunca, debemos rezar por los sacerdotes australianos, que se ven amenazados por un ataque abierto contra la libertad; como hemos indicado, ellos han afirmado que están dispuesto a ser encarcelados y ajusticiados antes que romper el sigilo sacramental, por lo que tenemos que pedir para que sean fuertes. Pero también debemos tener cuidado, porque esas leyes se han extendido por la India y por Irlanda, así que ¿quién no nos dice que pronto las veremos en otros países europeos, como el nuestro? De fondo se halla la intromisión en la conciencia individual, que es donde reside nuestra auténtica libertad; es por ello que también debemos pedir por nosotros mismos y por nuestro sacerdotes, pues, igual que aquellos, estamos llamados a dar testimonio de nuestra fortaleza y de nuestra integridad, cuando nuestra conciencia se vea amenazada.



miércoles, 29 de agosto de 2018

Vivir (Ikiru)

   Ya se nos acabó el verano (al menos, sus vacaciones). Como siempre en estas fechas (si no antes), nos vemos obligados a volver a la rutina, a nuestros quehaceres diarios y a nuestras sempiternas preocupaciones (principalmente, a aquellas que habíamos relegado en el trabajo cuando franqueamos el umbral de su puerta). Es posible que muchos hayáis disfrutado tanto del sol como de la playa, tanto del monte como de algún chalet con piscina, o del lugar al que soláis acudir cuando queréis descansar. Pero, sobre todo, espero que hayáis gastado (y desgastado, que no malgastado) el tiempo con vuestras familias. En efecto, muchas veces nos preocupamos tanto de la desconexión veraniega que incluso desconectamos de los nuestros, que es con quienes más deberíamos estar. Viajes con los amigos, barbacoas con los antiguos compañeros de colegio, escapadas solitarias... un largo etcétera que nos llena el mes de agosto (o de julio) de muchísimas experiencias, pero que a veces nos privan de la experiencia familiar, que es la que más debemos cuidar.




   Este verano, he tenido la oportunidad ver de nuevo Vivir (Ikiru), una de las grandes obras maestras del genio japonés Akira Kurosawa, autor de las más conocidas Los siete samuráis y La fortaleza escondida (falsilla confesa de La guerra de las galaxias, de George Lucas). En ella, el señor Watanabe, un funcionario de reconocido prestigio, se viene abajo cuando descubre que padece cáncer de estómago. En efecto, a partir de ese momento, comienza a replantearse su vida, puesto que ostenta el dudoso récord de asistencia diaria (¡ni una sola ausencia, ni una sola baja médica!) a su despacho en el ayuntamiento: de este modo, y en la soledad de su alcoba, empieza a pensar en las veces que pudo estar con su hijo, pero que no quiso, puesto que priorizó el trabajo; en los momentos en que pudo demostrarle su cariño, pero se abstuvo (algo que solo consiguió que el hijo lo tratase como una mera fábrica de hacer dinero, no como su progenitor); e incluso (¿por qué no decirlo?) en los momentos en que pudo divertirse con él, pero creyó que era más relevante solazarse con los compañeros de oficina. Es por ello que, en un momento dado (después de varios minutos de reflexión, porque el cine japonés no escatima en duración), decide que ha de divertirse y, de esta manera, recuperar el tiempo de vida que él cree perdido.

   El señor Watanabe (imponente Takashi Shimura, un clásico interpretativo del séptimo arte nipón, visto también en una cinta que se encuentra en las antípodas de esta: Japón bajo el terror del monstruo) contrata para su propósito a un vagabundo borrachín, que sabe más de la vida ociosa que él, y le pide, pues, que lo lleve a los locales nocturnos más exitosos de Tokio (o de la ciudad donde se desarrolle la acción, que ya no me acuerdo). De este modo, conoce multitud de sitios donde puede divertirse bebiendo, bailando o hasta retozando con alguna meretriz de ojos rasgados. Pero llega un momento en que descubre que esa falaz diversión solo está profundizando más su soledad y su tristeza, puesto que no logra desasirlo del remordimiento que lo unce. Por este motivo, cuando menos lo espera su advenedizo compañero, se echa a llorar y entona una melancólica canción que espeluzna a todos los circunstantes: "La vida es corta". Es entonces cuando zanja que debe replantearse su replanteamiento vital, y no dedicarse a la diversión, sino a la caridad (o a hacer el bien a los demás, ya que, al no ser cristiano, es probable que Kurosawa desconociese dicho término); y que esta caridad debe culminar con su propio hijo, al que ha desatendido la mayor parte de su vida.




   A muchos, este argumento os evocará la famosa máxima latina "carpe diem", es decir, "aprovecha el instante", una de las expresiones más usadas por todos nosotros (especialmente, durante la adolescencia, cuando nos tomamos todas las cosas tan en serio); con ella, y como bien sabéis se pretende exhortarnos a exprimir la vida al máximo, viviendo cada momento como si fuera el último de nuestra existencia (en este sentido, y al hilo de la adolescencia, recuerdo a un profesor del instituto que, tal vez amargado por su incipiente vejez, nos la repetía hasta la saciedad). Pero ese aprovechamiento de la vida suele ser mal entendido, porque, como al señor Watanabe del filme, se invita al sujeto (la mayoría de las veces, al joven) a que se divierta cuanto pueda, derroche cuanto tenga, peque cuanto desee (entiéndase lo que quiero decir) y etcétera, ocultándole que los excesos traen desastrosas consecuencias (aún resuena en mis oídos la voz de un excompañero de colegio, abatido por la mala vida, diciéndome que había que exprimir al máximo esta última...). Es por ello que el carpe diem tiene un sentido más profundo y humano, que es el que debe ser cultivado.

   Este sentido del que hablo está precisamente representado en la película Vivir (Ikiru). Así es, como ya hemos señalado, el señor Watanabe intuye en ella que esa diversión plena en la que se vuelca para ocultar su tristeza solo está sembrando más pena en su interior, por lo que ve que no debe derrochar su existencia en sí mismo, sino en los demás: de este modo, lo hace con unas señoras que no paran de quejarse de las aguas fecales que anegan su barrio; lo hace también con la exempleada que le pide un despido voluntario para buscar un empleo que la satisfaga más, y hasta lo invierte con la persona que se cruza con él por la calle. Pero, sobre todo, quiere derrochar su vida (gastarla y desgastarla, ¿recordáis?) con su hijo, a quien ha olvidado en los largos años de trabajo (¡incluso durante las vacaciones que debería haberse cogido!); así, no solo se redime de ese mal que lo atormenta, sino que también, y de manera principal, encuentra el verdadero sentido de la vida (¿os acordáis de aquella famosa sentencia de la Biblia, "hay más alegría en dar que en recibir"?).




   El año que viene, cumpliré (si Dios así lo quiere) diez años de ministerio (¡diez años sirviendo al Señor en el sacerdocio!). Como comprenderéis, durante este tiempo he presidido multitud de funerales (alguno de ellos, incluso de personas muy cercanas a mí), y no ha habido ninguno (o casi ninguno) en que los familiares del difunto no me hayan confesado (no de manera sacramental) que sienten la pena de no haber pasado con él más tiempo. En efecto, cuando ese padre con el que apenas había relación, o ese hermano con el que me había peleado, fallece (ya no va a estar de verdad nunca junto a mí), me doy cuenta de que podría haberme reconciliado con él, arreglar nuestras dificultades y ser otra vez una familia unida y feliz. Por supuesto que ahora puedo rezar por él e incluso pedirle interiormente perdón por mis ausencias, pero ¿qué pasa con esas que he tenido mientras él vivía (he conocido gente que todavía no se las perdona)? Por este motivo, y como esos deslices ya son irrecuperables, lo mejor es aprovechar el momento ahora (carpe diem): estar con la familia todo el tiempo que sea posible, queriéndola y haciendo siempre el bien por ella. Claro que hay que divertirse con los amigos en las barbacoas de verano (¡hasta es necesario!), pero no las veneres tanto que olvides hacer una (¡al menos una!) con tus padres y hermanos.

   En este sentido, debo decir que tengo un vecino al que veo pasear al perro todas las mañanas, siempre y a la misma hora. Sin embargo, hace poco me enteré de que el citado can no es suyo, sino de una vecina que no lo puede sacar a la calle; por otro lado, también supe que se quedó sin madre hace un tiempo, que su hermano se fue a vivir con la novia (¡vaya una novedad!) y que, por todo ello, ahora está cuidando de su padre, que está enfermo, y al que le hace la comida, lo lava, lo viste, etcétera. Pues bien, es posible que este vecino mío no vaya de barbacoas con sus amigos siempre que puede, ni haga una escapada rural cuando se agobia, ni un viaje con los amigos en agosto, ni se reúna mensualmente con sus excompañeros de colegio, puesto que debe atender a un padre que ya no sale de casa; pese a ello, creo que está aprovechando la vida al máximo, puesto que está derrochando caridad con quien se la dio (¡qué olvidado tenemos el cuarto mandamiento de la ley de Dios!). Cuando hablo con él, se queja (¿y quién no? Es innegable que lleva una existencia muy dura), pero siempre me habla con la sonrisa de satisfacción de alguien que le ha encontrado sentido pleno al carpe diem.

   Por todo ello, y ahora que volvemos a nuestra rutina ordinaria, os exhorto a que no releguéis a vuestros familiares, que son quienes más os quieren; que el trabajo del que habéis descansado este verano no os absorba tanto que ni siquiera tengáis un momento para hablar con ellos. Aprovechad este momento, que es el único instante que tenemos para reconciliarnos (si es que estamos llamados a ello), demostrarles nuestro amor y gozar del suyo. Este es el instante que tenemos para decir (y vivir realmente) nuestro particular carpe diem.




martes, 31 de julio de 2018

The Devil and Father Amorth


   Desde la semana pasada, todo usuario que disponga de la plataforma digital Netflix (o que abone su correspondiente tasa en el canal de vídeos YouTube), puede disfrutar del reportaje The Devil and Father Amorth, un breve documental, dirigido por el cineasta William Friedkin (1935-2018), que pone en imágenes un exorcismo verídico llevado a cabo por el conocidísimo sacerdote Gabriele Amorth (1925-2016). Con él, el famoso autor de cintas como El exorcista o The French Connection, contra el imperio de la droga, pretende demostrar que aquella historia que él mismo grabó, y que tenía como protagonista a la famosa niña Regan, no solo era una historia para asustar al gran público, sino un caso que puede ser tan real como la vida misma. Para ello, ha contado con la colaboración del citado padre Amorth, que, hasta el instante de su muerte, estuvo luchando contra el maligno en su labor como exorcista oficial de la diócesis de Roma.



  
   En efecto, en el año 1973, el mundo del celuloide se vio sobrecogido por una de las cintas de terror (tal vez la mejor) más recordadas de su historia: El exorcista. En ella, veíamos cómo una pobre niña, la famosa Reagan MacNeil (Linda Blair), era poseída por un demonio ancestral, de nombre Pazuzu, que lograba retorcerla, hacerla levitar y hasta hablar lenguas desconocidas para ella (y qué decir del famoso giro de la cabeza, uno de los grandes iconos del cine de terror, mil veces repetido por sus emuladores). Ante esta visión, su madre, una reconocida actriz venida a menos, recurre a diversos médicos de distintas especialidades, como psicólogos, psiquiatras o neurólogos, con el fin de determinar su dolencia y, así curarla; pero sus comprensibles intentos caen en saco roto, puesto que ninguno de ellos logra diagnosticar ningún mal, por lo que la desconsuelan diciéndole que se trata de un problema de origen desconocido, y por tanto intratable. Al final, y llevada por la desesperación, decide reclutar a un sacerdote (jesuita, para más inri), para que este la exorcice, puesto que sospecha que su hija ha sido poseída por el demonio. El sacerdote en cuestión es el padre Karras (Jason Miller), un hombre que está padeciendo una severa crisis de fe, algo que lo conduce a dudar de los efectos de una posesión; es por ello que, tras comprobar que los problemas de la niña no son de origen cerebral, decide llamar él mismo a un venerado presbítero, experto en exorcismos: el padre Merrin (Max von Sydow). Este será quien entable la batalla definitiva contra el diablo por la salvación de la pobre Regan.

   Como sabemos, la película continúa siendo hoy uno de los iconos más reconocidos y valorados del cine de terror, ya que no hay cinta en la actualidad que, si aborda la temática del exorcismo, no se inspire en ella; de este modo, títulos como El exorcismo de Emily Rose (tal vez la segunda mejor incursión del séptimo arte en esta materia), El último exorcismo, El rito, Expediente Warren: The Conjuring y Verónica (de manufactura española), nos sirven de ejemplos recientes para demostrar la influencia que todavía tiene sobre el género la obra de Friedkin. De hecho, tanta fama alcanzó a la sazón, que contó con varias secuelas (ninguna de ellas destacable) y hasta con una serie de televisión (que hoy va por su segunda temporada sin concitar todavía ningún interés). Incluso presentadores de célebres programas, como el afamado Iker Jiménez, director del no menos célebre Cuarto milenio, se refiere constantemente a ella como la única película que no ha sido capaz de ver por completo. Y es que, sin duda, se trata de una de las grandes obras maestra que nos ha dado la historia del cine de terror (y del cine en general).

   Lo que pocos espectadores sabían en realidad cuando acudieron en masa a dejarse aterrorizar por el largometraje, es que su guion se basaba en un caso real. Ciertamente, el libreto partía del libro homónimo que William Peter Blatty (1928-2017) había publicado en 1971, pero este, a su vez, se inspiraba en una posesión real que había tenido lugar en Maryland en agosto de 1949. En efecto, un niño de tan solo catorce años de edad, de origen luterano y aficionado a la güija, fue testigo de cómo en su casa comenzaban a sucederse una serie de fenómenos paranormales, entre los que se encontraban voces de ultratumba, movimientos de mobiliario y hasta sombras espectrales proyectadas en la pared; cierto día, incluso llegó a revelar que había sido poseído por el demonio y que este había entrado en él gracias al malhadado tablero espiritista. Es por ello que sus padres decidieron contar con la ayuda de un pastor de su propia confesión, aunque este, viendo el cariz de los acontecimientos, les aconsejó que recurriesen a un sacerdote católico (especialmente, un jesuita). Dicho y hecho, aquellos siguieron las indicaciones de su pastor y contactaron con uno, que fue el que finalmente logró exorcizar al niño, con la consecuente conversión de toda la familia al catolicismo, como también insinúa el filme. Este relato fue conocido por el novelista en 1950, cuando cursaba sus estudios en la Universidad de Georgetown, y conocido años más tarde por el cineasta, que la puso en imágenes (para saber más sobre el verdadero caso en que se inspira la película, pincha aquí).




   Cuando William Friedkin quiso dirigir la película, nunca había presenciado ningún exorcismo (incluso dudaba de su existencia), pero consideró que se trataba de una buena historia para delatar el famoso way of life americano. Este, en efecto, siempre se presenta a sí mismo como la mejor manera de afrontar la vida, es decir, como una felicidad falaz y con una visión superficial de los problemas inherentes a ella, por lo que la presencia del maligno en un hogar de estas características (recordemos que la madre de la protagonista es una actriz, signo del oropel norteamericano) servía de ejemplo elocuente para su propósito. Sin embargo, durante el transcurso de la preproducción, se percató de que, allende la mera historia que él consideraba de simple ficción, se ocultaba un trasfondo real de auténticas posesiones, por lo que decidió investigar sobre el particular. En sus pesquisas, pues, localizó a la familia original que había dado pie a la novela, y hasta quiso entrevistarla para llevar a cabo su largometraje, pero esta declinó, pues no quería ningún tipo de protagonismo, algo que, paradójicamente, convenció al cineasta de que todo lo que se contaba sobre ella había sido real, ya que no buscaba el reclamo comercial, sino la vivencia discreta de la fe. Por este motivo, decidió que algún día realizaría un documental sobre exorcismos reales.

   La oportunidad para Friedkin llegaría cuarenta años después, cuando, tras conversar con el citado padre Amorth, que le había confesado que El exorcista era su película favorita, pues recreaba muy bien los casos de posesión (“pese a que los efectos son algo exagerados”, apostilla), le rogó que le permitiese presenciar una de sus famosas pugnas contra el diablo. A la sazón, el exorcista de Roma libraba sus luchas contra el maligno en una capilla privada de la Escalera Santa, pero no veía con buenos ojos la irrupción de un cineasta; sin embargo, después de pensarlo durante un tiempo, lo consintió, pero con una sola condición: solamente usaría una videocámara para la grabación, es decir, sin luz artificial, micrófonos adicionales ni atrezo. Por supuesto, Friedkin aceptó de inmediato, pues suponía el culmen de su investigación (de hecho, y a modo de rúbrica, este documento es su última incursión en el mundo del celuloide, que se estrena incluso a título póstumo). El caso que iban a tratar era el de Cristina, una mujer de mediana edad que llevaba poseída varios años, pero que, pese a los intentos del sacerdote, aún no había conseguido verse librada de la acción de Satanás. Este sería el noveno intento, y el cineasta tenía la ocasión de verlo (y de grabarlo) en directo.




   Por tanto, las imágenes de este documental pertenecen a ese exorcismo real llevado a cabo por el padre Amorth, al que vemos completamente concentrado en su labor y convencido de ella. Ciertamente, son muy pocas, pues todo el grueso del reportaje se corresponde con una biografía del exorcista y hasta con los motivos que llevaron a Friedkin a interesarse por él (resumidos por nosotros a lo largo de este texto); pese a ello, son de un espeluznamiento atroz, pues podemos ver cómo la citada Cristina combate con denuedo contra el demonio, que quiere seguir poseyéndola a toda costa y librarse de la presencia del anciano presbítero (la fuerza que muestra para desasirse de los ayudantes de Amorth o la voz de ultratumba con la que profiere sus gritos son tan aterradores como la película misma). Pero como esto puede ser tildado de montaje por el espectador, el mismo Friedkin recurre a varios expertos en neurología, a los que les proyecta el contenido, con el fin de que estos le otorguen su opinión: sin duda, además de las imágenes del exorcismo, las revelaciones de los médicos son de lo más elocuentes acerca del particular. En la cinta, podemos ver asimismo al obispo Robert Barron, auxiliar de la archidiócesis de Los Ángeles, que no duda en mostrar su juicio sobre el problema del demonio: todo un reflejo de lo enconado que está ese asunto y de lo mucho que se quiere silenciar (siempre viene a colación el famoso aforismo “la gran victoria del demonio es hacernos creer que no existe”, atribuido a multitud de santos a lo largo de la historia).    

   Es por ello que nos encontramos ante un documento único y muy especial, pues supone una grabación inédita de un exorcismo del célebre padre Amorth, muy dado a escribir sus experiencias en multitud de libros, pero poco dado a dejarlas grabar; por otro lado, es un reportaje muy personal, porque es el resultado del estudio pretendido por Friedkin desde que rodase El exorcista hace más de cuarenta años, algo que lo convierte en un auténtico colofón de esta gran obra de arte del cine. También nos ayuda a comprender que, aunque el demonio haya triunfado sobre la ignorancia de los hombres, estos se siguen interesando por su existencia, pues de vez en cuando surge algún filme o algún documental (aquí analizamos hace unos meses el estreno de Liberami, de análoga temática y desarrollo) que, o bien quiere recordarnos que es real, o bien pretende convencernos de lo contrario. De una u otra manera, el diablo continúa existiendo y haciendo daño, por lo que, como recuerda Paul Doherty, autor de El príncipe de las tinieblas, que también es entrevistado en el film, lo mejor es apartarse de él, porque, cuanto más te interesas, más te atrapa.




lunes, 2 de julio de 2018

Quo Vadis

   El 30 de junio de cada año es el día que la Iglesia católica dedica a la conmemoración de sus primeros mártires en Roma. En efecto, aunque la primera persecución a los seguidores de Cristo había sido perpetrada por las autoridades judías en Jerusalén, esta no dejó de tener un carácter netamente local; además, el cristianismo de entonces solo era considerado como una mera escisión del judaísmo, por lo que los instigadores de aquella creían que la nueva fe únicamente estaba destinada al pueblo hebreo, que olvidaría sus preceptos en cuanto desaparecieran los seguidores del falso mesías (no obstante, la Providencia se sirvió de este hostigamiento para que la predicación del Evangelio llegase a otros pueblos). La persecución llevada a cabo por Nerón en el año 68, sin embargo, es más representativa, puesto que la fe de los cristianos había postergado ya su localismo, y, por ende, se había convertido en un credo destinado al bien de toda la humanidad, y no solo al de los judíos (de hecho, la palabra "católico" significa "universal"); por otro lado, el hecho de que aconteciera en la capital del Imperio es aún más representativo, ya que esta, con el tiempo, se transformaría en la capital de la propia Iglesia.

   Por supuesto, al leer el párrafo precedente, el cinéfilo cristiano habrá recordado de inmediato la cinta que mejor ha representado hasta hoy aquellos funestos días de persecución: Quo Vadis (Mervyn LeRoy, 1951). Ciertamente, en ella contemplábamos a un enloquecido Nerón (magnífico Peter Ustinov) que decidía incendiar Roma sin contemplaciones, con el único propósito de construir una nueva urbe, más afín, eso sí, a su insaciable megalomanía; lo veíamos completamente pagado de sí mismo, envanecido hasta la extenuación, gordo, abúlico y tañendo la lira mientras era aplaudido por su habitual corte de aduladores; finalmente, observábamos también cómo culpaba del devorador incendio de la ciudad a los cristianos, que se habían convertido para él en un incómodo estorbo, ya que, entre otras cosas, se negaban a reconocer su autoproclamada divinidad. Asimismo, esta decisión del emperador nos evocarán las últimas escenas del filme, en la que podíamos ver a los seguidores de Cristo hacinados en los calabozos del circo, mientras esperaban ser ejecutados por los verdugos, o adentellados por las famélicas fieras; particularmente, no puedo dejar de recordarlas sin que me embargue la emoción, ya que el ver cómo aquellas futuras víctimas rezaban o se animaban entre ellas para encarar con firmeza el último y más importante combate de sus vidas, me urge a rememorar que la vocación principal del cristiano reside precisamente en el martirio.




   Vayamos por partes. Por supuesto que, con esta última afirmación, no estoy queriendo decir que el cristiano deba morir necesariamente en la arena para cumplir bien con su vocación religiosa, ni que deba ser crucificado para asemejarse mejor que ningún otro a Cristo (recordemos que, en la película, como en la vida real, san Pedro quiso que su cruz fuese clavada boca abajo, puesto que se consideraba indigno de sufrir la misma muerte que el Señor); tampoco estoy defendiendo aquí que debamos padecer (o incluso propiciar) una persecución religiosa, con el fin de testimoniar mediante ella nuestra fidelidad a Dios y a la Iglesia, como vemos que hicieron los protomártires romanos (por supuesto, me refiero al padecimiento de la persecución, no a su propiciación, como el emperador Nerón pretendió hacer creer tanto sus contemporáneos como a las crónicas posteriores). Lo que estoy queriendo decir con estas palabras es que el cristiano está llamado a testificar el mensaje de amor traído al mundo por Jesús, así como su muerte redentora en favor de la humanidad, aunque en este empeño tenga que sufrir el desprecio del mundo (recordemos que la palabra "mártir" significa literalmente "testigo"); de hecho, él mismo nos exhortó a este testimonio antes de subir al cielo cuando dijo: "Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación" (Mc. 16, 15-20).

   En efecto, a lo largo de la historia hemos visto que la Iglesia, desde aquel primer hostigamiento por parte del Imperio romano, ha sido perseguida por los hombres con el fin de ser silenciada y hasta aniquilada, pues sus preceptos son una piedra de escándalo para ellos; aunque podríamos poner muchos ejemplos que dan fe de este hecho, los más relevantes son los que nos ofrecen la Revolución francesa, el México de los años veinte y, sobre todo, la España de los años treinta, pues hasta el momento son las mayores matanzas que ha vivido el cristianismo de Occidente. De estos tres, tal vez el más representativo para nosotros sea el último, y no solo porque sea el más cercano en el lugar y en el tiempo, sino también porque vuelve a estar de actualidad con motivo del futuro del Valle de los Caídos. Ciertamente, este monumento, erigido con la intención de reconciliar a los dos bandos de la Guerra Civil bajo el auténtico signo de la paz, la cruz de Jesucristo, es actualmente una verdad incómoda, ya que recuerda que en nuestro país se ejecutó a miles de católicos por el simple hecho de serlo. Sin embargo, y pese a este vigor que hoy vuelve a tener la persecución religiosa española, no quiero dedicar mi escrito semanal concretamente a ella, sino a todos los mártires que, a lo largo de los siglos, han testificado hasta la muerte su amor al Hijo de Dios.




   Así es, como decía al principio del texto, aunque solamos identificar exclusivamente al mártir con la persona que ha entregado su vida en favor de la fe (y así ha de ser), lo cierto es que no se trata de alguien que haya llegado de manera espontánea hasta ese extremo, sino de quien ha sabido testificar a diario el mensaje amoroso de Jesús y su muerte redentora por el bien de la humanidad. Para entenderlo mejor, pongamos el ejemplo de un atleta que decide afrontar un maratón sin entrenar previamente: es probable que no llegue a situarse entre los primeros puestos de la carrera; pero, si ese mismo deportista entrena a diario, tendrá más oportunidades de conseguir la victoria que anhela. Como afirma san Pablo en su carta a san Timoteo, "he peleado hasta el fin el buen combate, concluí mi carrera, conservé la fe. Y ya está preparada para mí la corona de justicia, que el Señor, como justo Juez, me dará en ese día, y no solamente a mí, sino a todos los que hay aguardado con amor su manifestación" ( 2 Tt. 4, 7-8). De este modo, el mártir que derrama finalmente su sangre por Cristo, testificando así en su grado máximo su amor hacia él, es el mismo que ha sabido entregar cada día su propia vida en favor suyo: como en el ejemplo del atleta que acabamos de poner, no estamos hablando de alguien que se torture literalmente a diario con el fin de prepararse para la muerte, sino de quien ha vencido, a modo de entrenamiento, aquellos obstáculos que le impiden ser fiel al Señor. Por consiguiente, ha sido capaz de morir por este último, porque le ha sido fiel en todas las circunstancias de su vida (en la película vemos cómo todos los mártires han entregado previamente sus vidas en favor del bienestar de las de los demás).

   Hoy en Occidente ha cesado el hostigamiento físico de lo cristianos (no así en Oriente, donde aún podemos ver cómo estos continúan siendo asesinados por razón de su fe), pero no por ello se ha relegado el mandato del Señor, que nos ordenó ser mártires (testigos) de su Evangelio. En la actualidad, este martirio debe ser abrazado, por ejemplo, en el campo de la ética, ya que esta ha sido postergada en beneficio de una aberrante cultura de la muerte, puesto que la eutanasia y el aborto son presentados como logros humanos, y no como verdaderos y cruentos homicidios; de este modo, y en ambos casos, el cristiano está obligado a testificar el amor de Cristo tanto en el respeto al nonato como en el cuidado del enfermo. ¿Querría el Hijo de Dios que un bebé fuese aniquilado en el seno materno, cuando él mismo santificó con su presencia el de su propia Madre?, ¿querría que asesinásemos a nuestro padre, cuando es probable que él mismo cuidase del suyo durante sus últimos momentos de vida? Por supuesto, este modo de pensar concita las burlas y las iras de los enemigos de la fe, que no dudan, como consecuencia, en acusar a la Iglesia de pecados inexistentes (o en agravar los que de verdad existen), para que su mensaje se vea desacreditado por parte de los hombres; pero esto no deja de ser un entrenamiento para el cristiano, que ve en estos obstáculos un trampolín necesario para demostrarle al mundo su fidelidad a Cristo (como el atleta del ejemplo, si no asumimos este entrenamiento, ¿cómo vamos a pretender aceptar el derramamiento de nuestra sangre en favor suyo?). En la antigua Roma, los primeros cristianos eran acusados de asesinar a sus hijos... ¡cuando eran los propios romanos los que lo hacían, mientras que estos los acogían y los adoptaban para que siguieran viviendo! Pero, ¿supuso esto una renuncia a la demostración cotidiana de la fidelidad al Evangelio? Más bien al contrario, fue asumido como un auténtico martirio (testimonio) de dicho amor.




   Por todo ello debo decir que no existe una entrega mayor y más generosa a Cristo que la del martirio. Por supuesto, no solo me refiero al que supone la muerte real del cristiano en favor de aquel, sino al que valora su entrega diaria por amor a él y a la verdad. Aquellos protomártires romanos, cuya memoria celebramos cada 30 de junio, y que son los mismos que presenta la cinta Quo Vadis, son el paradigma de todos los que vinieron después, así como de aquellos que todavía mueren hoy en lugares como Asia y África. No es extraño, pues, que la Iglesia los tenga en tanta estima y que desee perpetuar anualmente su entrega, puesto que si ninguno de nosotros estamos llamados a derramar nuestra sangre, sí que estamos convocados a testimoniar cada día nuestro amor a Cristo, como ellos lo hicieron.





domingo, 24 de junio de 2018

Capricornio Uno

   Dentro de escasamente un mes celebraremos el 49º aniversario de la llegada del hombre a la luna. En efecto, un 20 de julio del año 1969, el famoso astronauta Neil Armstrong, mientras hollaba por primera vez nuestro satélite, pronunciaba la no menos famosa frase que todo el mundo conoce: "Un pequeño paso para el hombre, pero un gran paso para la humanidad". Es indudable que con ella quería significar la importancia que revestía dicho acontecimiento para el conjunto de los seres humanos, ya que cada uno de ellos se encontraba representado en él en esos históricos instantes (¡nunca antes habíamos puesto un pie fuera de nuestro planeta!). Sin embargo, y al mismo tiempo, cuando aquel hincó en el suelo lunar la bandera norteamericana, quiso poner de relieve que Estados Unidos lideraba la hegemonía mundial por encima de los demás países y, sobre todo, por encima de su principal rival a la sazón: la Unión Soviética.

   Ciertamente, hoy nadie desconoce que los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial estuvieron marcados por los dos bloques que dividieron el mundo hasta 1989: por un lado, el occidental, encabezado por los Estados Unidos y su sistema socioeconómico basado en el capitalismo; por el otro, el oriental, liderado por la citada Unión Soviética y basado en el comunismo. Tampoco es ignorado por nadie que la existencia de ambos bloques condujo a un enfrentamiento político que se denominó Guerra Fría, puesto, que, a pesar de la rivalidad que había entre los dos, ninguno de ellos tomó acciones bélicas reales contra el otro, sino que se limitaron a influir en el desarrollo social del contrario; de este modo, por ejemplo, la URSS financió y respaldó las revoluciones socialistas de los países Hispanoamericanos, mientras que los Estados Unidos procuró impedirlas mediante los sucesivos golpes de Estado militares. Así, y aunque nunca se desencadenó un nuevo conflicto internacional entre los dos bloques, lo cierto es que se generó una carrera entre ambos para demostrar cuál era superior.

   Aunque la carrera más conocida (y la más lógica, dado el clima de tensión existente entre ambos bloques) sea la armamentística, la que aquí nos interesa es la espacial. En efecto, en el afán que compartían estos países por demostrar cuál era superior, la conquista del espacio por parte de uno de ellos se encontraba en la cabeza de sus prioridades. De este modo, el 21 de agosto de 1957, la Unión Soviética lanzaba su primer misil intercontinental, el "Semyorka", que conseguía alcanzar una altura suborbital y que, consecuentemente, ponía en jaque la hegemonía norteamericana; pero no solo eso, sino que ese mismo año lanzaba el "Sputnik" y hasta conseguía que un animal (en esta caso, la perra Laika) abandonase la tierra por primera vez en la historia, una efeméride que alcanzaría su colofón en 1961, cuando el astronauta Yuri Gagarin rodeaba nuestro planeta a bordo del "Vostok 1". Esto humillaba notablemente a los Estados Unidos, que quería encabezar el orden mundial, por lo que su presidente, el renombrado JFK, en un histórico discurso de septiembre de 1962, aseguró que, antes de que concluyese la década, un americano pisaría la luna (aquí). Y así fue, pues, como hemos visto, tan solo siete años después, Armstrong pronunciaría la famosa sentencia que hemos citado arriba.

   Pero ¿qué pasaría si el hombre no hubiera llegado realmente a la luna?, ¿qué pasaría si todo aquello que se vio en televisión en 1969 fue solo un montaje de los Estados Unidos, destinado a sorprender al mundo entero y a reivindicar la hegemonía tecnológica que parecía haberle arrebatado la Unión Soviética? ¿Y si detrás de todo este entramado se encontrase un cineasta hollywoodense para darle más verismo a la historia? Las palabras del presidente norteamericano, y su rápida respuesta por parte de la Agencia Espacial, no hacen más que incrementar esa duda, por lo que ¿no estaremos en realidad ante uno de los mayores engaños sufridos por la humanidad? A todo esto responde el film que traemos hoy a colación: Capricornio Uno (Peter Hyams, 1978).




   La película comienza en Florida, cuando un grupo de astronautas va a ser lanzado al espacio para afrontar el primer viaje tripulado a la superficie marciana. El mundo entero está expectante, porque, después de la conquista de la luna, la de Marte es un paso más en el camino de la supremacía mundial de los Estados Unidos. Como siempre, las familias de aquellos aventureros han ido a presenciar el evento, y miles de periodistas se agolpan en las salas de la NASA para retransmitir cada momento del lanzamiento. Sin embargo, tras la última conexión de los viajeros con estos últimos, unos hombres abren la escotilla del cohete e instan a aquellos al abandono de la nave, ya que van a ser trasladados a un viejo hangar, en el que rodarán su llegada al Planeta Rojo. Al principio, los astronautas se ven obligados a participar en la farsa, porque sus familias están amenazadas, pero pronto decidirán huir y delatar el engaño.

   Así de elocuente es el argumento de este conocidísimo film, que agrupó todas las teorías conspirativas que sobre el particular corrían ya entre la población americana y que, además, les dio el aliento y el respaldo que necesitaban para su difusión. En efecto, casi desde el momento de la llegada del "Apolo 11" a la luna en 1969, se rumoreó que tanto esta misión espacial como las siguientes no fueron más que un montaje gubernamental para sobreponerse al empuje soviético, así como a los fracasos bélicos y políticos que estaban padeciendo los Estados Unidos: el desastre de la bahía de Cochinos, el asesinato de Martin Luther King, la Guerra de Vietnam, el asesinato de John F. Kennedy, el surgimiento contracultural de los sesenta y etcétera (incluso antes de dicho evento, ya se rumoreaba algo así, puesto que hay estudios que demuestran que comenzaron con las primeras fotografías lunares del "Apolo VIII", en diciembre de 1968). Las pruebas que aportaban para ello son conocidas por todos, pero no está de más que destaquemos las de mayor relevancia: ¿por qué la bandera estadounidense ondea en algunas fotografías y vídeos, si no hay viento en la luna?, ¿por qué todas las imágenes tomadas por los astronautas están perfectamente expuestas y enfocadas, mientras que los carretes, además, no fueron afectados por la intensa radiación cósmica que existe en nuestro satélite?, ¿por qué podemos ver sombras de objetos que no están presentes o una iluminación artificial?, ¿por qué hay rocas que aparecen marcadas con letras?, ¿por qué algunas rodadas de los vehículos parecen forzadas, creando ángulos imposibles en un paseo lunar normal? Todas estas preguntas acucian todavía el imaginario popular, que sigue sin encontrar respuesta al misterio que parece envolverlas (tanto es así que una encuesta de 1999 demostró que un alto porcentaje de norteamericanos continúa pensando que el hombre no ha pisado la luna jamás: aquí).

   Con la llegada de internet, los problemas no hicieron más que agravarse, puesto que la teoría conspirativa fue divulgada por el mundo entero, dándose a conocer, así, en otros países, algo que despertó el interés de muchísima gente. Curiosamente, la reacción inicial de la NASA ante las acusaciones de fraude fue de absoluta indiferencia, aunque al final encargó en 2002 la publicación de un libro en el que se refutaran dichas afirmaciones. Por desgracia, el texto no alcanzó el éxito esperado, por lo que, durante los años sucesivos, sacó a la luz multitud de fotografías recientes del lugar del alunizaje, en donde aún se podían contemplar los restos de los módulos, la bandera norteamericana... ¡y hasta lo que parecen ser las huellas de los astronautas (aquí)! Por tanto, en 2012, fecha de publicación de dichas imágenes, la Agencia Espacial Norteamericana parecía pone fin a la eterna discusión sobre la llegada del hombre a la luna, aunque es verdad que aún se negaba a dar una explicación oficial de los errores que parecían detectarse en las fotografías de 1969, y que arriba hemos apuntado. Sin embargo, esto no hizo más que aventar las dudas: ¿por qué han esperado tanto tiempo para fotografiar nuestro satélite?, ¿quién puede demostrar que esas fotografías son reales? Unas preguntas que volvieron a encontrar su aliento en el cine de Hollywood, concretamente en el documental Habitación 237, estrenado precisamente en 2012, el año en que la NASA quería zanjar la problemática del alunizaje.




   En efecto, en este interesante documental, que sigue las huellas del rodaje de El resplandor (Stanley Kubrick, 1980), podemos ver un intento de demostrar que la llegada del hombre a la luna no fue más que un montaje. Según sus autores, la excelencia científica que mostró el director de aquella en 2001. Una odisea del espacio (1968) animó a los directivos de la NASA a contratar sus servicios, para que engañase al mundo entero con un vídeo sobre el alunizaje (¡igual que en Capricornio Uno!); pero, aunque el cineasta aceptaría, habría dejado un rastro de delación en su adaptación del libro de Stephen King. Por ejemplo, y para empezar, el mismo título del reportaje, que hace referencia a una habitación inexistente en la novela (en esta era la 217), pero que, casualmente, alude al número de miles de millas que separan la tierra de la luna; el jersey del niño, que ostenta un flamante cohete llamado "Apolo 11"; el enmoquetado del hotel, cuyos cuadrados coinciden con la distribución de los que podemos ver en la estación de lanzamiento de Florida; el monótono texto que mecanografía Jack Torrance, que ocultaría una referencia velada al diminutivo A11, es decir, "Apolo 11" (en inglés, "All work and no play makes Jack a dull boy"); la iluminación nocturna, que usa aparentemente el mismo sistema usado por las fotografías lunares tomadas en 1969, y etcétera. Pero lo más inquietante es que Kubrick habría revelado en su película que debía mantener el secreto incluso a su esposa (en la cinta, Jack Torrance no quiere que su cónyuge mire el libro que está escribiendo), un compromiso que habría roto precisamente mediante la grabación de la misma; de este modo, y como las dudas sobre el alunizaje no hacían más que crecer, el propio Gobierno americano habría perpetrado su muerte en marzo de 1999, por temor a que confirmase todas estas. Evidentemente, no podemos demostrar estas teorías, pero resulta significativo que todavía hoy estén presentes, y que, por tanto, hagan de la llegada del hombre a la luna un gran misterio.

   Como decíamos al principio, ya solo falta un mes para que conmemoremos los cuarenta y nueve años que median entre la llegada del hombre a la luna y nuestros días; el año que viene, incluso, celebraremos la media centuria, que es un dígito más redondo. Pero, a pesar de ello, vemos que las dudas sobre su veracidad continúan en vigor, puesto que hay un porcentaje creciente de personas que no creen que el hombre haya hollado nuestro satélite; incluso, consecuentemente, piensa que somos pasto de un Gobierno que nos manipula y engaña conforme a sus intereses. Las pruebas con las que este último, a través de la NASA, pretende refutar tales teorías no hacen más que avivar la duda de los curiosos, porque no terminan de ser ilustrativas; además, siempre da más sensación de sabiduría la sospecha, por lo que es preferible aceptar la postura del fraude que la de la verdad. Sea como fuere, lo cierto es que nos encontramos ante una efeméride polémica, con cuyos argumentos antagónicos nos tendremos que ver las caras durante los meses sucesivos.







domingo, 10 de junio de 2018

Jurassic World. El reino caído

   Esta semana vamos a dedicar el post a la película que pretende ser el blockbuster veraniego por antonomasia: Jurassic World. El reino caído (J.A. Bayona, 2018). En efecto, tres años después del éxito de su predecesora, Jurassic World (Colin Trevorrow, 2015), llega a nuestras pantallas su consabida secuela, un film que procurará superar (o al menos igualar) la recaudación y el aplauso de aquella. Para ello, se ha contado esta vez con el prometedor cineasta español Juan Antonio Bayona, el cual, aunque solo tenga en su haber cuatro películas (incluida esta), ha sabido conquistar a la platea de medio mundo con su magnífico arte, heredado directamente y sin disimulo del cine de Steven Spielberg; tanto es así que fue precisamente su penúltimo film, Un monstruo viene a verme (2016), que no deja de ser una versión personal y actualizada de E.T., el extraterrestre, el que le abrió de manera definitiva las puertas de Hollywood, pues propició que el famoso Rey Midas del séptimo arte le encargase esta quinta entrega de la saga jurásica.

   Como veremos a continuación, y como es lógico, lo que ha hecho Juan Antonio Bayona con esta oportunidad que la ha brindado la meca del cine (y con la que probablemente ha soñado más de una vez) es acomodarse servilmente a los requisitos que esta le ha presentado. En efecto, lo que Hollywood pretende en fechas estivales es ofrecer mero espectáculo, para que el público llene las salas, coma palomitas, beba Coca-Cola, profiera algún grito, se emocione y aplauda a rabiar; es decir, y en definitiva, que se lo pase bien durante dos horas delante de una pantalla gigante. No es extraño, pues, que, para esta nueva entrega de la saga, Steven Spielberg, ideólogo máximo del concepto de blockbuster mediante su film Tiburón (1975), el primero de la historia que acuñó dicho término, eligiera al que hoy se presenta como su alumno más aventajado, el mencionado cineasta español Juan Antonio Bayona; por este motivo, tampoco es extraño que este último, acariciador onírico de la meta hollywoodense, al aceptar el encargo de aquel, se sometiera estrictamente a sus órdenes, que pasaban por realizar un filme que se ajustase a la medida de los cánones veraniegos. Por suerte, Spielberg, que sabe lo que hace en el campo cinematográfico, no eligió con Bayona a un cualquiera, sino a alguien que sabe aunar arte y entretenimiento a partes iguales; de este modo, el espectador no se siente como un mero consumidor pasivo de imágenes en movimiento, sino como una persona que, al mismo tiempo que está disfrutando del espectáculo, está recibiendo calidad narrativa y cinematográfica (de hecho, con sus más y sus menos, esto es lo que caracteriza tanto al cine de Spielberg como al cine de Bayona).

   ¿Y es malo este afán por aunar arte y entretenimiento en una sola película? Evidentemente, no. Como ya hemos indicado, el primer cineasta que ideó este concepto, y que él mismo denominó blockbuster, fue Steven Spielberg, quien, a través de su relato sobre el escualo gigante, entretuvo al público a la par que le otorgaba calidad artística; de hecho, su decisión de ocultar al manido tiburón, o de insinuarlo mediante la estupenda música de John Williams, o través de la cámara en primera persona, cautivó a toda la platea y hoy es imitada por multitud de directores exitosos (el otro gran inventor del término fue George Lucas mediante La guerra de las galaxias, que nada tiene que ver con la deriva ideológica que ha tomado actualmente la saga: aquí). El cine nació hace más de cien años en Francia con esta clara vocación al entretenimiento (a la sazón, la gente se agolpaba para ver a los obreros saliendo de una fábrica, al tren llegando a su estación o a un niño gamberro divirtiéndose a costa de un incauto jardinero); pero, como sus iniciadores, los hermanos Lumière, eran fotógrafos profesionales, conocían a la perfección la alegoría de la imagen, por lo que a los espectadores de entonces no solo les ofrecían espectáculo, sino también calidad artística. Por este motivo, podemos decir que, pese a quien le pese, la saga jurásica se inserta en este concepto originario del séptimo arte, que no siempre está llamado al agrado de unos pocos, sino al aplauso de muchos.




   Todo el mundo conoce ya la trama de la película (por desgracia, a uno solo le basta con ver el tráiler de la cinta para ello). En efecto, tres años después de los acontecimientos vistos en Jurassic World, los protagonistas se enfrentan a un nuevo desafío: la extinción de los dinosaurios que ellos mismos han creado. Ciertamente, el volcán que corona la isla Nublar, esa misma donde se construyó el primigenio Parque Jurásico, que luego sería remozado y reabierto bajo el nombre de Jurassic World, está a punto de entrar en erupción, una fatalidad que condenaría a muerte a todos los dinosaurios. La situación es tan peliaguda que incluso llega a las altas instancias del Gobierno norteamericano, que no vacila en abrir el debate sobre lo que han de hacer con ellos: o bien dejarlos morir, o bien rescatarlos. Mientras tanto, una empresa de biogenética vinculada al fallecido profesor Hammond (el mítico Richard Attenborough), se decanta por esta última opción, por lo que decide enviar un equipo de investigación y de rescate a la ínsula, con el propósito de salvar el mayor número posible de criaturas. Para ello, cuenta con la ayuda de Owen (Chris Patt) y Claire (Bryce Dallas Howard), dos supervivientes de los problemas acaecidos en la anterior aventura.

   Evidentemente, la sinopsis de la cinta no es original; uno solo tiene que echar un vistazo a los primeros minutos de ella para percatarse de que sigue los mismos derroteros que, en su día, tomara El mundo perdido. Jurassic Park (Steven Spielberg, 1997), secuela inmediata de Parque Jurásico (Steven Spielberg, 1993). De este modo, vemos que la historia del film es propiciada por el deseo que tienen algunos de exportar a los dinosaurios de la isla; que la empresa que tiene esta intención está vinculada a John Hammond; que los primeros que son contratados por esta última son una suerte de cazadores furtivos, cuyos únicos motores parecen ser el éxito y el dinero (además, tanto el Ted Levine de esta como el Pete Postlethwaite de aquella coleccionan colmillos de sus presas); que el protagonismo recae sobre una mujer resuelta que quiere salvar a los animales a toda costa (antes, Julianne Moore; ahora, Bryce Dallas Howard), y que su decisión impulsa la del hombre que le va a la zaga (antes, Jeff Goldblum; ahora, Chris Patt); que tenemos que padecer la presencia de una niña repelente (antes, Vanessa Lee Chester; ahora, Isabella Sermon), y que, finalmente, aumenta el grado de violencia y oscuridad, para alejarse, así, de los compases marcados por sus respectivas predecesoras (por supuesto, tenemos algún giro argumental más que une ambas cintas, pero nos reservaremos aquí el deseo de expresarlas, para evitar caer en el temido spoiler). Pero esta falta de originalidad es normal, puesto que, si lo pensamos fríamente, la película pretende seguir la estela que marcó Jurassic World hace tres años, es decir, actualizar la saga que, en su momento, inició Steven Spielberg con la mentada Parque Jurásico.




   Así es, hace ya la friolera de veinticinco años, el famoso director de Ready Player One (2018) sorprendió al mundo entero con el estreno de Jurassic Park (Parque Jurásico), una película que batió todos los récords de taquilla conocidos hasta el momento. Y no es de extrañar, pues sus efectos especiales nos hicieron creer que los extintos dinosaurios habían vuelto a la vida (los espectadores que la vimos en su momento, nos encontramos reflejados en la sorprendida expresión de los carismáticos Sam Neill y Laura Dern cuando ven a la gigantesca criatura por primera vez, y hasta espetamos la famosa frase que profiere el también entrañable Jeff Goldblum -"ese hijo de... lo ha logrado"-, aunque nosotros, por supuesto, no la dijimos en relación a Hammond, sino al propio Spielberg, autor de esa maravilla); además, y como hemos dicho arriba, se trató de un magistral ejercicio de narrativa cinematográfica, pues remozó para siempre el cine de aventuras exóticas. Desafortunadamente, la inevitable saga que siguió a la película cayó en desgracia muy pronto, puesto que la segunda parte no contó con el mismo entusiasmo de su director (pese a los grandes aciertos que todavía ostenta), ni la tercera contó siquiera con su participación, más allá de las labores de producción (aunque pasó el testigo de la dirección a su buen amigo Joe Johnston, autor de la siempre reivindicable Jumanji); por eso, esta razón fue más que suficiente para cancelar las otras secuelas que estaban previstas (amén de la razón económica, puesto que cada película recaudaba menos dinero que la anterior). Sin embargo, los directivos de Hollywood vieron que este era el momento idóneo para resucitar la dinomanía que se vivió durante la década de los noventa, puesto que, asaltados como estamos por la nostalgia (nunca ha habido tantas secuelas, remakes y reboots del cine que nos gustó), no era una opción descabellada traerla nuevamente a colación; pero, esta vez, no con una cuarta parte que continuara la acción donde acabó la tercera, sino con un saga que corrigiera aquello en lo que la anterior había fallado. La película en cuestión fue Jurassic World, una obra que, ciertamente, ha sabido erguirse como una digna heredera de lo que, hace veinticinco años, consiguió Jurassic Park (Parque Jurásico); por este motivo, además, la nueva entrega de la saga camina sobre las huellas seguras que dejó en el suelo la secuela de esta última, pues pretende ser la segunda parte que en realidad nunca tuvo (misma trama, diferente desarrollo) y abre las puertas a la continuación que Joe Johnston no se atrevió a hacer (atención al plano final... ¡y a la escena postcréditos!), ya que solamente repitió la fórmula de la primera.  

   En cuanto a la dirección de Bayona sobre la película, poco más podemos añadir a lo que hemos advertido arriba, puesto que se trata de un producto made in Hollywood empacado y listo para su consumo rápido, por lo que él tiene poco que ver con el acabado final. Ciertamente, podemos detectar en la película neuras que son propias de su cine (como es la ausencia materna y los problemas que esto origina en los niños), pero no dejan de ser pequeñas concesiones que autoriza el productor (a la sazón, Steven Spielberg) para congraciarse con el cineasta que esté bajo su mandato (por otro lado, esas disfunciones familiares también están muy presentes en el cine de Spielberg, así que a este no le habrá costado mucho ceder a las aspiraciones de Bayona). Es verdad que parece transparentarse el nihilismo que el director ya dejó de manifiesto tanto en Lo imposible (2012) como en Un monstruo viene a verme, sobre todo en la figura del recuperado Jeff Goldblum, que niega la intervención de Dios en las fatalidades que están azotando al antiguo Parque Jurásico (o incluso en la repelente niña interpretada por Isabella Sermon, que tiene una relación antinatural y casi transhumanista con los dinosaurios); sin embargo, no sabemos hasta qué punto forma parte de su malicia (si es que la tiene) o de un discurso más que asumido (aunque a todas luces erróneo). Lo que sí tenemos claro es que el filme no sirve de trampolín adoctrinador a la ideología moderna e infecta que hoy nos invade (como sí lo es la nueva saga de Star Wars), sino que se trata de un estupendo relato de aventuras destinado solo al mero entretenimiento del espectador.




   Para terminar, pues, podemos decir que esta semana nos ha llegado un buen estreno a nuestras pantallas. En efecto, sobre gustos no hay nada escrito, por lo que es probable que haya espectadores que no sientan interés alguno por esta película; sin embargo, a ellos les recomendamos desde aquí que vayan a verla sin prejuicios, puesto que no tiene mayor empeño que el de entretener al respetable. Recordemos que muchos de nosotros comenzamos a amar el cine gracias a títulos como estos, puesto que, aunque ahora apostemos por obras de Dreyer o Ingmar Bergman, lo cierto es que el séptimo arte nos engatusó gracias a directores como Steven Spielberg, George Lucas o Robert Zemeckis. Y es que estos, ciertamente, entendieron que el cine es un arte, pero también un espectáculo, por lo que supieron aunar ambos factores en grandes películas que hoy perduran el magín de muchísimos cinéfilos. El blockbuster de este año, pues, ya está servido, y no da opción a un segundo plato, por lo que solo podemos ceder a la tentación de comprarnos un bol de palomitas y un vaso de nuestro refresco favorito, y disfrutar durante dos horas del regreso de los dinosaurios.





domingo, 3 de junio de 2018

Han Solo. Una historia de Star Wars

   Esta crítica llega tarde. Lo sé. La película se estrenó la semana pasada, pero la traigo hoy a colación, porque he procurado mantenerme firme en el propósito de rechazar esta saga que tanto me ha gustado a lo largo de mi vida. Finalmente fui ayer, aunque no por debilidad, sino por cumplir una promesa con unos amigos (sin duda, una vinculación mayor que cualquier resolución personal). Pese a ello, me alegro de haber ido, ya que así he confirmado mi idea de que esta saga ya no es para mí. En efecto, como aseguré en mi post sobre Los últimos Jedi (aquí), Star Wars se ha convertido en un tipo de cine que ya nada tiene que ver conmigo: ciertamente, donde antes me encontraba con una metáfora sobre la eterna lucha entre el bien y el mal (¡incluso sobre los peligros de la corrupción del bien -ese Anakin de La venganza de los Sith, que abraza el reverso tenebroso de la Fuerza- y sobre la redención del ser humano -otra vez, ese Anakin de El retorno del Jedi, pero que ahora abandona dicho lado oscuro-!), ahora me topo con una mera narración en la que se difumina la presencia de ambos factores morales y en la que, por ende, no queda claro que el primero tiene que vencer necesariamente al segundo (¡como demuestra el plano final de la mentada El retorno del Jedi, con ese Anakin unido definitivamente a la Fuerza!); y en cuanto al aspecto cinematográfico, ¿qué decir de unas películas (las de ahora) que parecen más un videojuego de usar y tirar que un verdadero encuentro narrativo con el elemento gráfico del séptimo arte? Por todo ello, la saga terminó para mí en lo que hoy se conoce como "episodio VI", es decir, cuando el Imperio es destruido por la República y esta vuelve a implantar el bien en la galaxia (aunque admito Rogue One. Una historia de Star Wars, excelente analepsis -en todos los sentidos- dentro de la saga).




   En este sentido, el biopic sobre Han Solo, el bandolero más famoso de la galaxia, se suma al interés de Disney por renovar la saga, adaptándola de este modo a las exigencias artísticas del público actual (que, a juzgar por los derroteros que están tomando las películas, deben de estar por debajo del 0%). Es decir, cuando la conocida empresa del ratón compró Lucasfilm, vio que esta última se había estancado en un tipo de cine clasicista y poco innovador (aquel que, sin embargo, y paradójicamente, había revolucionado el cine de los ochenta), pues presentaba, en el aspecto moral, unos cánones que ya no están de moda (como decíamos arriba, la lucha entre el bien y el mal y el consecuente triunfo del primero, la eterna historia del hombre que debe salvar a la mujer, el enamoramiento por parte de esta hacia aquel que la rescata y etcétera. Si queréis comprobar esto más allá de la saga Star Wars, echad un vistazo a cualquier película de Indiana Jones -incluso a la cuarta- que también son de Lucasfilm y que se rigen por estos cánones clásicos); por eso, creyó que debía potenciar los que hoy se están imponiendo, es decir, la lucha de la mujer, la integración de las opciones sexuales, la pluralidad racial y ese largo etcétera que hoy copa cualquier obra artística o cualquier noticiero del mundo (los nuevos valores morales, como son llamados por algunos). De esta manera, ya en El despertar de la Fuerza, el reboot por antonomasia de la saga, veíamos el incremento de protagonistas femeninos o de actores negros, con el fin de adecuarse a los nuevos tiempos; o en Los últimos Jedi, su inmediata secuela, veíamos cómo era la mujer la que debía librar al hombre del peligro, y no al revés (¡se acabó eso de ser la princesa que ha de ser rescatada!). Pero ahí no queda la cosa, porque J.J. Abrams, el encargado de remozar la saga, aseveró que está dispuesto a introducir personajes homosexuales y hasta transexuales en ella, pues se trata de un clamor popular (sinceramente, hasta que él lo dijo, nunca había oído a la gente protestar porque no saliera ningún gay en la saga): aquí.

   Pero, por supuesto, para que este nuevo discurso moral cale entre el público infantil y juvenil, que es el que copará mayoritariamente las salas cinematográficas donde estas películas sean proyectadas, debe adoptarse un elemento narrativo moderno, lejos de ese clasicismo que caracterizaba a las producciones de Lucasfilm. En este sentido, el mejor es el de la estética del videojuego, o de la montaña rusa, es decir, el de las sensaciones fuertes y adrenalínicas, que engatusen al espectador sin mucho esfuerzo y que le hagan pasar un buen rato, pero que no le exijan un conocimiento mayor de la narrativa literaria o de la alegoría de la imagen (siempre pongo el ejemplo del doblaje español de La guerra de las galaxias, en el que hablaban del reverso tenebroso de la Fuerza, un lenguaje arcaico que, por ello, hoy es sustituido por el más común y comprensible "lado oscuro"). De este modo, el niño que hoy se acerque al cine para ver una nueva entrega de Star Wars, es como el que se sube a la vagoneta de una atracción, en la que hay loopings, rampas, aceleraciones, volteos y cosas así (si es más sofisticada, hasta espectáculo lumínico), pero que, cuando baja, solo recuerda cuánto ha disfrutado, cosa que se le olvida de inmediato no bien sube a la vagoneta de otra atracción. Sin embargo, el cine y la televisión son más peligrosos en este aspecto, porque, entre looping y looping, meten un diálogo, o una escena, que empapa la débil mente del menor (de hecho, muchas veces se ha hecho uso de ellos a lo largo de la historia con el fin de transmitir una idea o de modificar una opinión). En esta nueva entrega de la saga galáctica, yo he detectado dos (ni que decir tiene que, a partir de aquí, caerá algún que otro spoiler). 




   En primer lugar, si el lector ha visto ya la película, recordará la figura de la androida L3. En efecto, como sustituta y sosa sosias del famoso C3PO de la saga original (incluso del K-2SO de Rogue One), aparece este robot con forma (y estridente timbre) de mujer, un personaje que aquí representa la lucha feminista por la liberación del sexo débil (por cierto, expresión que hoy es tildada de machista). De este modo, vemos que no solo procura en todo momento desuncirse de los estereotipos que se les suelen atribuir a las mujeres (haciendo valer la nulidad actual de la mentada expresión), sino que también dirige la rebelión de las máquinas (en una clara metáfora sobre el supuesto aherrojamiento  que padece la mujer por parte del heteropatriarcado opresor) y hasta la supuesta relación amorosa que mantiene con Lando Calrissian (!!). Así, el espectador infantil que presencie la lucha que lleva a cabo el citado robot creerá que, en efecto, la mujer está siendo sometida por el varón y que este, en consecuencia, debe contribuir al desarrollo de su liberación (un sentimiento muy machista, por cierto, ya que vincula la victoria de la mujer en este campo al apoyo del hombre). Pero ¿en serio existe ese heteropatriarcado maligno y demoníaco que ha oprimido a la mujer a lo largo de los tiempos? Más bien, se trata de una concepción marxista de la realidad, a través de la cual, y con el amparo del famoso materialismo histórico de sus tesis, la humanidad requiere de un enfrentamiento constante para evolucionar; de este modo, siempre tiene que haber un opresor y un oprimido, que se modifican a medida que pasan los años, pero que nunca llegan a reconciliarse, puesto que se acabaría la lucha, que es la base de dicha evolución: antaño, el empresario y el obrero; hogaño, los heterosexuales y los homosexuales (mutatis mutandis, el varón y la mujer). Da igual que este sea un concepto erróneo, engañoso y perverso de la realidad: el niño se ha subido a la montaña rusa, se lo ha pasado bien y, al bajar, cree que la mujer está oprimida y que debe contribuir a su liberación (¡marxismo puro!).

   En segundo lugar, y continuado todavía con la robot L3, debemos recordar esa supuesta relación amorosa que esta mantiene con Lando, y que ella misma le confiesa a la personaje de Emilia Clarke (no por casualidad, la tórrida intérprete de Juego de tronos). En efecto, en un momento dado de la cinta, la androida afirma que tiene la sospecha de que el contrabandista está enamorado de ella, pero que, como ella no siente lo mismo por él, prefiere dejarlo en un mero juego sexual de ambos. Por supuesto, la broma pasa desapercibida para la ingenua mente de un menor (además, es presentada hábilmente, puesto que dicho diálogo se insinúa más que se explicita), pero ello no obsta para que permanezca en el subconsciente del individuo, que ha participado, sin saberlo, en un morboso encuentro reservado solo para los adultos: no sabe qué ha visto, pero lo ha visto (por otro lado, y si nos ponemos cicateros, se trata de un concepto perverso del sexo, puesto que este es presentado como un simple recurso egoísta del placer carnal, ya que, por supuesto, la relación entre un humano y una máquina es naturalmente infructuosa). En este sentido, nos tropezamos también con una broma que tiene como protagonista el miembro viril de Lando Calrissian: en efecto, cuando el personaje de la Clarke (otra vez, la khaleesi de Juego de tronos) le describe a Han quién es el contrabandista, asevera que este tiene un enorme atributo que le ha hecho gozar en más de una ocasión cuando ambos han coincidido (por cierto, y si nos ponemos cicateros de nuevo, una concepción muy racista de los negros, a los que siempre se les ha colgado el eterno sambenito del pene mastodóntico). Como ocurría con la chanza anterior, aquí se vuelve a insinuar dicho diálogo, entrometiendo un elocuente silencio cuando debería referirse explícitamente al citado atributo del contrabandista, una broma reservada de nuevo al público adulto.

   Conociendo, pues, esta siniestra maniobra que pretende inocular bromas sexuales en las frágiles mentes de los niños, nos podemos preguntar cuál es el fin. Si uno bucea por la red, descubrirá algún canal conspirativo de YouTube que afirma que el propósito de la empresa del ratón consiste en potenciar las uniones sexuales de sus espectadores más jóvenes, de manera que estos procreen cuanto antes y, así, siempre haya niños que vean sus películas y que, por ende, les reporten las ganancias que necesitan para su subsistencia (aquí). Efectivamente, en esta vida se pueden descartar pocas cosas (en especial, cuando está en juego el elemento crematístico), pero es extraño que, si en verdad Disney quiere potenciar el sexo entre los jóvenes con ese fin económico, se entretenga en ofrecer también las relaciones gays u onanistas, que son por su naturaleza infructuosas. Particularmente, opino que de fondo están esos valores modernos a los que antes aludíamos, que ya no velan en realidad por una convivencia pacífica entre los hombres, sino por una búsqueda egoísta del propio placer (incluso en el intento de ser amables con esas personas que consideramos discriminadas por la sociedad, late de fondo el hondo orgullo de sentirse satisfecho con uno mismo, que es una forma esmerada de sentir placer). En este sentido, el otro se vuelve un rival para mí, puesto que se trata de un sujeto que me puede coartar mi búsqueda personal de placer (o de autorrealización), por lo que la lucha constante entre los hombres (otra vez, el materialismo histórico marxista) está más que garantizada. Por otra parte, es evidente que, cuando un niño despierta muy pronto al placer sexual, este bloquea su desarrollo psicológico correcto, pues lo convierte en un adulto antes de tiempo y suscita en él en seguida esa búsqueda insaciable del placer egoísta que reporta el sexo (su mal uso, por supuesto).




   Así pues, concluyo este artículo tal y como lo empecé, es decir, afirmado una vez más que esta saga ya no es para mí. En efecto, cuando yo veía de niño La guerra de las galaxias, aprendía (de forma inconsciente, por supuesto) que la diferencia entre el bien y el mal es un valor objetivo y eterno, y que, por tanto, no dependía del criterio subjetivo del hombre (algo en lo que ahora instruye Los últimos Jedi); aprendía que el mal no es un ente independiente del bien, sino que es una corrupción de este (o su ausencia, como decían los filósofos clásicos), y que, por tanto, siempre iba a perder cuando se enfrentase contra él (no me dejará de fascinar, en este sentido, la corrupción de Anakin y su posterior redención); aprendía el sentido romántico del amor, en el que un hombre debe conquistar el afecto de una mujer (¡y no estaba ni se le esperaba ningún doble sentido en el aspecto sexual del término!); aprendía incluso el sentido de la Providencia, que, disfrazada bajo la apariencia de la Fuerza, ayuda a los héroes en su misión de rescate (al respecto, George Lucas siempre dijo que, a pesar de no ser cristiano, comprendía que la Fuerza debía tener ese sentido providencial cristiano que Tolkien le había otorgado a la Suerte en El hobbit). Pero ahora veo malicia por todos lados, insinuaciones, dobles sentidos y perversión; un deseo de usar esta historia, tan atractiva para los niños, como medio para inocular en ellos una ideología errónea y maligna, que no hace de ellos mejor personas, sino individuos egoístas y maniqueos, sujetos al propio criterio y poco dados a lo trascendental (¡Dios!), que debe ser el fundamento de su vida moral.

   Por tanto, me alegro de haber incumplido (parcialmente) mi promesa de no volver a ver ninguna película de la nueva hornada de Star Wars, puesto que, al padecer este biopic de Han Solo, me he dado cuenta de que tenía razón. La saga, en efecto, terminó con El retorno del Jedi, una cinta que me demostró que nunca en el hombre está todo perdido, puesto que se puede redimir de su pasado; una película que me demostró que el bien triunfa sobre el mal, pese a que a veces parezca que este es el ganador, y una historia, en definitiva, que me indicó que el ser humano está llamado a trascender este mundo pasajero, con el fin de reunirse con las personas que en él, durante su vida terrenal, ha amado. Así pues, y ahora sí, que la Fuerza te acompañe, porque tú ya nada tienes que ver conmigo.