domingo, 25 de junio de 2017

Dersu Uzala (El cazador)

   Hace unos días, los medios de comunicación aireaban que a la princesa de Asturias le gusta el cine de Akira Kurosawa, especialmente su película Dersu Uzala (El cazador) (id., 1975): aquí. Por supuesto, esta noticia alteró de inmediato a la opinión pública, que no tardó en hacer chistes sobre ella, afirmando que se trataba de una niña muy pedante (aquí). Es evidente que esta mofa se debe más a su estatus que a sus gustos, pues, si estos hubieran sido manifestados por otra niña, es probable que esta habría sido elogiada por los mismos que han despreciado a la heredera de la Corona española. Sea como fuere, aquellos que se rieron de la princesa demostraron tener la pedantería que le atribuyen a ella, puesto que consideran tan elevado el arte del japonés que solo ellos pueden gozar de él.

   Pero esta lamentable idea también responde al concepto de cine infantil que se ha instaurado hoy entre nosotros. En efecto, desde hace varios años este se ha convertido en un nuevo género, destinado sobre todo a recabar suculentas ganancias y a triunfar en el campo del merchandising. Con este propósito, pues, siempre ofrece el mismo esquema: cintas preferiblemente animadas, argumentos sencillos, personajes bobalicones y poca enjundia. No obstante, el tipo de celuloide que agrada a los niños es aquel que los trata, en su justa medida, como adultos, de manera que puedan disfrutar de él tanto como estos. Sin duda, esta es la noción que, por ejemplo, captaron Spielberg y Lucas, quienes, a través de sus respectivas sagas de Indiana Jones y La guerra de las galaxias, han sabido contentar al público de todas las edades. Este es también el paradigma que subyace tras Dersu Uzala (El cazador), un film que puede ser disfrutado tanto por pequeños como por mayores. Por este motivo, no es extraño que se trate del largometraje favorito de la princesa de Asturias.




   Un oficial del Ejército soviético y su destacamento deben cartografiar la taiga siberiana. Sin embargo, la inmensidad del territorio y la dureza de su clima conseguirán que se pierdan. Afortunadamente, conocen a Dersu Uzala, un cazador nómada que conoce la zona y que sabe cómo sobrevivir en ella. Así, tanto este último como aquellos vivirán grandes aventuras que permanecerán en el corazón de todos para siempre.  

   Seamos francos: ¿qué niño no se siente atraído por una odisea de este calibre? Porque, ¿a qué hijo no le apasiona salir con su padre a la montaña y gozar con él de una jornada al aire libre, o de una acampada con los amigos? Pues precisamente esto es lo que muestra la película que nos ocupa: la aventura que cualquier muchacho querría vivir junto a su familia y sus amistades en un bosque. Además, presenta a un guía extraordinario, el citado Dersu Uzala, que es el compañero de fatigas al que todos desearíamos tener a nuestro lado; una encarnación del amigo idóneo, que no piensa en sí mismo si antes no ha pensado en los demás y que nos instruye en los arcanos de la naturaleza con el fin de ayudarnos a sobrevivir en ella y de amarla. Yo mismo guardo entre mis recuerdos más queridos las excursiones al campo con mis padres y mis hermanos, así que ¿por qué la princesa de Asturias, que tiene la edad precisa para forjar esos mismos recuerdos con los suyos, no se va a asombrar con este film?




   Como decíamos arriba, se trata de una película que pueden disfrutar pequeños y mayores, pues está narrada con una sencillez fascinante, ya que no hay argumentos paralelos que los distraigan de la historia principal. Además, cuenta con imágenes bellísimas y sobrecogedoras de la naturaleza rusa, caracterizada por las nieves perpetuas, pero también por las umbrías arboledas y las hermosísimas puestas de sol, descritas con ternura por Kurosawa. En cierto modo, es precursora de la conocidísima El oso (Jean-Jacques Annaud, 1988) y de la reciente Hermanos del viento (Gerardo Olivares y Otmar Penker, 2015), puesto que, igual que estas, pretende divulgar mediante sus fotogramas la magnificencia de un cosmos que pasa desapercibido para nosotros.

    Pero, principalmente, es un film que versa sobre el valor más importante del ser humano: la amistad. En efecto, nosotros mismos estamos hartos de escuchar y de pronunciar frases acerca de ella que manifiestan su relevancia; recordamos con frecuencia a los amigos con los que jugábamos de niños; anhelamos un confidente que atienda nuestras penurias y aspiraciones, y soñamos constantemente con alguien que camine junto a nosotros durante la peregrinación de nuestra vida. Por eso, Dersu Uzala (El cazador) es en realidad una odisea sobre dos personas que afianzan esa intimidad y que se añoran hasta el final de sus días; un canto al verdadero desprendimiento, que es el vínculo que une a dos amigos. Así que, volviendo al inicio de este texto, ¿qué niño no se va a sentir cautivado por esta historia de raíces tan universales y de afanes tan humanos? Por eso, ¿cómo no va a ser la película favorita de la princesa de Asturias?




   La mención de Spielberg y Lucas al comienzo de este artículo no es baladí. Justamente, estos dos grandes cineastas siempre se han sentido deudores del arte de Kurosawa, que ha sabido relatar historias para niños y adultos. De este modo, cuando el japonés pasaba por su peores momentos económicos, ellos lo ayudaron mediante las respectivas producciones de Los sueños de Akira Kurosawa (id., 1990) y Kagemusha. La sombra del guerrero (id., 1980). Además, el autor de La guerra de las galaxias jamás ha negado su inspiración en La fortaleza escondida (id., 1958) a la hora de rodar la primera aventura de Luke Skywalker. Por este motivo, podemos decir que los tres componen el tándem perfecto para aseverar que el cine infantil no es el género que hoy consumimos y que, por tanto, no resulta nada extraño que sea del gusto de la princesa de Asturias.

   Así pues, desde este blog queremos animar a todos los que insultaron a doña Leonor a que se acerquen a esta obra maestra del cine de aventuras. Les animamos también a que vean otras grandes gestas de Kurosawa, como Yojimbo (El mercenario) (id., 1961) -aquí- o Los siete samuráis (id., 1954), y a que se emocionen con Vivir (Ikiru) (id., 1952) o con el final de Rashomon (id., 1950). Descubrirán que no es un director para pedantes, sino un cineasta que les puede ayudar a comprender que el séptimo arte no está reservado a unos pocos, sino a todo el mundo.




 

lunes, 19 de junio de 2017

Ignacio de Loyola

   Afortunadamente, desde hace un par de semanas venimos abordando en este blog el cine de temática religiosa. De esta manera, escribíamos sobre Las inocentes (Anne Fontaine, 2016), un estupendo film que desvelaba el dolor de un grupo de monjas a manos de los soldados soviéticos (aquí), y sobre La promesa (Terry George, 2016), una aproximación al sufrimiento de la Iglesia armenia (aquí). Por este motivo, hoy traemos a colación Ignacio de Loyola (Paolo Dy & Cathy Azanza, 2016), un largometraje estrenado recientemente que detalla la biografía del fundador de la Compañía de Jesús.

   Por desgracia, y como también denunciábamos en las entradas anteriores, se trata de otra película ultrajada por la distribución española. En efecto, a diferencia de las superproducciones que atestan nuestras salas, esta se ha visto reducida a un selecto número de pantallas (aquí), por lo que su impacto social será muy escaso. A nuestro parecer, esto es una gran injusticia, ya que, sin ser un buen largometraje, está por encima de los engendros cinematográficos que ofrece el séptimo arte actual. Por esta razón, le dedicamos el artículo de esta semana.




   Ignacio de Loyola es un soldado del Ejército castellano que lucha contra las tropas francesas en Pamplona. Aunque su mayor aspiración consista en convertirse en un gran militar, su carrera se truncará por culpa de un accidente. Durante su convalecencia, lee varias vidas de santos, que lo conducen a preguntarse si realmente el éxito mundano merece la pena. Por ello, en cuanto se recupere, consagrará su existencia a Dios, dándolo a conocer a través de su predicación y de sus famosos ejercicios espirituales.

   Como vemos, la película se centra exclusivamente en la juventud de san Ignacio, obviando aquello que le ha otorgado su renombre: la fundación de la Compañía de Jesús. Esto se debe a que su autor ha querido describir una historia eterna y universal, acercando el personaje al mundo de hoy y evitando así la nota que lo diferencia del resto (aquí). Por este motivo, está rodada con un lenguaje muy actual y con una narrativa propia de la televisión, pues el espectador está más acostumbrado a la forma de transmitir de esta, caracterizada por la rapidez, que a la del cine, de mayor lentitud. Sin embargo, esta buena intención es precisamente su error.

   Ciertamente, describir una figura histórica siempre es una tarea complicada, puesto que supone la inmersión en el ambiente que la rodeó. Por supuesto, uno puede condescender al propósito que tenga para hacerlo, y eludir de esta manera ciertos aspectos de aquella que no casan del todo con este último. Pero esto no puede ser la nota dominante de todo el conjunto, ya que le otorga a este un descrédito inmerecido (un ejemplo de ello puede ser, mutatis mutandis, la horrorosa y malintencionada 1898. Los últimos de Filipinas: aquí). Así, el lenguaje facilón de esta cinta, la ingenuidad con que es tratado el personaje de san Ignacio y el recurso común a los tópicos de la Inquisición hacen de ella un título fallido. De este modo, y como indicábamos arriba, parece más un documental catequético que un biopic.




   En cuanto a la intención del film, merece todo nuestro respeto. Como hemos dicho, uno puede soslayar ciertos aspectos históricos en favor de una causa concreta, pues la descripción del conjunto podría arrinconar a esta. En el caso de Ignacio de Loyola, se trata del encuentro del hombre con Dios, algo más común en nuestro tiempo de lo que parece. Y es que, en efecto, pese a las comodidades y la llamada al éxito que padece la sociedad actual, esta también se ve azotada por la angustia de una vida insignificante y sin sentido. Por este motivo, más que nunca, ansía conocer al Otro, para que le otorgue significado y sentido a su propia existencia. Sin duda, el fundador de la Compañía de Jesús es un buen modelo para hallarlo, pues, dejándolo todo, y anonadándose a sí mismo, lo alcanzó.  

   No se trata, pues, de una gran película; incluso alguno pensará que es aburrida y hasta exagerada (principalmente, a la hora de enfrentar a san Ignacio con el diablo). Sin embargo, es un buen film para comprender la historia de una conversión y para meditar acerca del sentido de la propia vida. Por eso, desde aquí animamos al lector a que busque los cines donde se proyecta y la vea, ya que, como decíamos al inicio de este texto, está siendo ultrajada una vez más por la distribución española. Aunque, si de verdad quiere conocer un buen largometraje sobre el fundador de los jesuitas, le aconsejamos el visionado de El capitán de Loyola (José Díaz Morales, 1949), con un excelente guion de José María Pemán (aquí).



domingo, 11 de junio de 2017

La promesa

   La semana pasada deplorábamos en este mismo blog el trato que suelen recibir las películas de temática religiosa en nuestro país. Efectivamente, es un género que parece suscitar poco interés en los espectadores españoles, a pesar de contar con excelentes títulos y de dar a conocer, en algunos casos, fragmentos de la historia que ellos ignoran. En concreto, aludíamos a la película Las inocentes (Anne Fontaine, 2016), que relataba el sufrimiento de un grupo de monjas a manos del Ejército soviético de la postguerra, pero que también enlazaba con la actualidad al presentar un discurso a favor de la vida muy elocuente. 

   Casualmente, estos días podemos ver en nuestros cines un largometraje que corre el peligro de enfrentarse a la misma situación. Se trata de La promesa (Terry George, 2016), un drama que pretende divulgar entre los espectadores el genocidio armenio, un capítulo de la historia que todavía es negado por los herederos de sus responsables, es decir, el Gobierno turco. Por desgracia, la cinta está padeciendo multitud de críticas negativas, que, o bien la acusan de una falsa apologética disfrazada de romance, o bien la tildan de plúmbea y de manida. Aunque no profundizaremos mucho en estos argumentos para defenderla, creemos que, pese a sus errores, es un título valiente e imprescindible. Por ese motivo, y ya que aquí no queremos que corra la misma suerte que la mayoría de filmes cristianos, animamos a los lectores a su visionado.




   Michael desea estudiar Medicina. Para ello, debe partir a Constantinopla, donde vivirá con sus tíos. Pero, antes de marchar, se compromete con su novia a casarse con ella en cuanto regrese. Sin embargo, en la capital conoce a una mujer de la que se enamora, por lo que verá cómo su promesa se tambalea. Todo ello, enmarcado por los albores de la Primera Guerra Mundial y por el genocidio contra los armenios perpetrado por el Imperio otomano.

   Para empezar, es necesario abordar sucintamente la historia. Los armenios conforman un pueblo nacido en la península de Anatolia, en el Asia Menor. Como tantas otras naciones del entorno, asumió muy pronto el cristianismo como religión oficial, ya que, según sus propios anales, había sido evangelizado por los apóstoles san Bartolomé y san Judas Tadeo. Debido a esta conversión tan precoz, el Gobierno otomano, una vez establecido, le concedió el estatus de dhimmi, es decir, de pueblo gentil tolerado por el islam, pero de clase inferior. Sin embargo, esta situación de relativa paz estalló en 1915, cuando aquel aprobó su deportación o su ejecución. Aunque, en la actualidad, muchos armenios viven en la moderna república que lleva su nombre, la mayoría de ellos están dispersos en el mundo como fruto de dicha masacre.




   De este modo, la película se convierte en el testimonio de un capítulo histórico injustamente olvidado. Como prueba de ello, es posible preguntar sobre él a cualquier persona, que sin duda lo ignorará por completo. Sin embargo, esa misma persona conocerá al dedillo todo lo relativo al holocausto judío, que cuenta a sus espaldas con una numerosa filmografía destinada a este propósito. Por esta razón, y aprovechando el loable trabajo del pueblo diezmado por el nazismo, que ha sabido divulgar su tragedia mediante el séptimo arte, esta cinta recuerda también el sufrimiento del pueblo cristiano, en el que el genocidio armenio es solo una muestra.

   Con este fin, podemos acercarnos a títulos que también pasaron inadvertidos en el momento de su estreno, a pesar de narrar acontecimientos de la historia desconocidos por el público actual. Un buen ejemplo de ello puede ser Cristiada (Dean Wright, 2012), que describe la persecución religiosa en México y la respuesta popular en auxilio de la fe. Pero también Un Dios prohibido (Pablo Moreno, 2013) y Bajo un manto de estrellas (Óscar Parra de Carrizosa, 2013), que afrontan el odio a la Iglesia vivido en la España de principios del siglo XX.




   Volviendo a la película que nos ocupa, concedemos que presenta varios errores que impiden que se trate de un título redondo. En este sentido, es cierto que el triángulo amoroso vivido por el protagonista decae muy pronto y que tiene un innegable aspecto de telefilm que le resta credibilidad. Sin embargo, rechazamos la acusación de película engañosa por utilizar el genocidio armenio como marco para el romanticismo, pues ¿no fue esa la excusa usada por Doctor Zhivago (David Lean, 1965) para relatar la Revolución soviética? O bien, ¿no la aprovechó la afamada Titanic (James Cameron, 1997) para poner en boga el entonces olvidado hundimiento del navío? Sin duda, se trata de un elemento narrativo común y, por tanto, aceptable.

   A nuestro juicio, se trata de un gran largometraje que está sufriendo gratuitamente el menosprecio de la crítica y del público, pero que es un título valiente y correcto. Además, y como ocurría con el argumento de Las inocentes, que podía ser extrapolado a nuestro tiempo, cuenta una historia cuyo eco resuena en la actual matanza de cristianos perpetrada por el islam en Siria y en Iraq. Por estos motivos, recomendamos su visionado y animamos al espectador a que viaje por otros filmes de la misma índole, para que descubra que, más allá del sufrimiento judío, existe el que ha padecido la Iglesia a lo largo de los siglos.   



domingo, 4 de junio de 2017

Las inocentes

   Desgraciadamente, hay películas que pasan desapercibidas en el momento de su estreno. Por suerte, muchas de ellas son recuperadas por cinéfilos empedernidos, que consiguen, mediante su tesón, elevarlas al estatus que merecen. Pero hay otras que son relegadas por su temática y que, consecuentemente, caen en el olvido para siempre. Esto suele ocurrir con cintas de carácter religioso, puesto que parecen destinadas a un público muy concreto. Sin embargo, muchas de ellas deberían ser reivindicadas en la actualidad, ya que enlazan muy bien con el alma humana y con los problemas que hoy nos acucian. Este es el caso de Las inocentes (Anne Fontaine, 2016), un largometraje que narra un hecho histórico, pero que, a la vez, afronta el apremiante dilema del aborto.




   Nos encontramos en la Polonia del año 1945, es decir, inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial. En un convento cercano a Varsovia, unas monjas están embarazadas. El motivo es que, durante el conflicto, unos soldados del Ejército soviético irrumpieron en el cenobio para violarlas. Por ello, cuando van a dar a luz, deciden ponerse en manos de una voluntaria de la Cruz Roja, que no dudará en auxiliarlas pese a las dificultades que ello le reporte.

   En el metraje de la cinta, podemos hallar dos intenciones bien diferenciadas: por un lado, mostrar al mundo este acontecimiento histórico; por el otro, plantearlo como un interrogante para el espectador de hoy. En efecto, detrás del ignorado hecho que relata la película, descubrimos un profundo discurso a favor de la vida que interpela a la sociedad actual, muy defensora del aborto. Pero, en contra de lo que pudiera parecer, no lo hace de forma acaramelada o ñoña, sino mediante un hondo análisis del alma que sufre un embarazo indeseado. 




   Ciertamente, el largometraje presenta, a modo de parangón, las distintas reacciones de las monjas violadas y embarazadas, que pueden ser extrapoladas, mutatis mutandis, a las mujeres de hoy. De esta manera, comprobamos que unas aceptan al hijo de sus entrañas, mientras que otras lo rechazan por tratarse del fruto de un criminal. Estas últimas, sobre todo, se enfrentan a la dura decisión de ver a diario el rostro de su violador, al que desean arrinconar para siempre en su memoria. Por otro lado, encontramos a un grupo de ellas que deben elegir entre mantener a su retoño y proseguir con su vida religiosa, interrumpida por el nacimiento de aquel. Este caso es de mucha actualidad, puesto que no son pocas las adolescentes que hoy, siendo alumnas de instituto, se encuentran encinta. 

   Por suerte, la película se convierte en una abanderada de los inocentes, es decir, de los nonatos. En efecto, pese a la amarga situación que las monjas deben padecer a causa de ellos, todas comprenden que sus vidas están por encima del dolor que ellas sufren. Así, encontramos escenas muy entrañables cuando las pobres mujeres entienden dicha relevancia y deciden consagrarse al cuidado de sus hijos. Pero también hallamos una acerada diatriba contra las personas que propician el aborto, personificadas aquí en la superiora del convento, que no vacila en abandonar a los niños pese al criterio de sus madres.   

   Como hemos dicho, en el momento de su estreno, el largometraje careció del favor del público, no obstante las nominaciones y los premios que había recibido en varios certámenes de importancia. Tal vez se debiera a su mala distribución española, aunque también pesó esta temática tan incómoda. Por este motivo, y para evitar que sea olvidada, la reivindicamos desde este blog y animamos a todos los lectores a que se acerquen a ella: conocerán un pasado que ignoraban y descubrirán un canto a favor de la vida muy actual.





domingo, 28 de mayo de 2017

La tortuga roja

   El cine no está muerto. Esta es la conclusión a la que cualquier espectador puede llegar después de ver esta película. En efecto, pese a que hoy parece que todas las ideas han sido abordadas por el séptimo arte, títulos como este nos demuestran que todavía existe mucho talento por descubrir. En este caso, estamos ante un largometraje de animación, género que suele ser destinado al público infantil, pero que aquí se arriesga con un film mudo para adultos. Por suerte, el experimento aprueba holgadamente, ya que ofrece unas imágenes bellísimas a lo largo de su metraje y transmite una profunda historia sobre el amor, la vida y la familia.


    

   Un náufrago llega a una isla desierta. Después de un tiempo intentando sobrevivir en ella, decide abandonarla mediante una balsa improvisada. Sin embargo, no se interna mucho en la mar, ya que, tras navegar unos metros, la embarcación es hundida por una fuerza misteriosa. Pese a ello, lo intenta varias veces, aunque siempre obtiene el mismo resultado. Al final, descubre que su enemigo es una inmensa tortuga roja, que, no obstante, oculta un asombroso secreto.

   En realidad, poco más se puede decir acerca del argumento de esta cinta, si queremos evitar el manido spoiler. Ciertamente, a partir de ese momento, la película se convierte en un relato metafórico, de tintes fantásticos, que no dejará impasible a nadie. Pero, como se trata de una producción del famoso estudio Ghibli, solo advertimos que encontraremos en ella ciertas reminiscencias a sus títulos más emblemáticos: Totoro (Hayao Miyazaki, 1988), La princesa Mononoke (íd., 1997) y El viaje de Chihiro (íd., 2001).

   


   En efecto, la misteriosa tortuga roja del título parece una encarnación de la biografía humana, que avanza inexorablemente sin que ningún hombre pueda frenarla. Por este motivo, no solo la vemos convertida en mujer, sino también en esposa y madre, simbolizando así las etapas que recorre una persona durante su vida. Es por ello que, asimismo, la película nos ofrece una bella parábola sobre las distintas adversidades que el hombre arrostra en su existencia y que están indefectiblemente unidas al amor, como la educación y el cuidado de un hijo o su emancipación. Todo esto, descrito bajo el silencio al que antes aludíamos, un solemne marco que nos ayuda a distinguir el omnipresente ruido que nos acecha y que nos impide respetar con sobrecogimiento el milagro que nos circunda.

   Para disfrutar mejor de la película, es conveniente ver dos de las obras que hicieron famoso a su autor, el holandés Michaël Dudok de Wit: The Monk and the Fish (aquí) y, sobre todo, Padre e hija (aquí), ganador del Óscar al mejor cortometraje de animación en el año 2000. En ambas, descubrimos una pasión por el amor, la amistad, la familia y la vida que continúa estando muy presente en La tortuga roja. Por este motivo, se trata de un film imprescindible, de una belleza sin igual, que nos recuerda que el cine no está muerto y que a nadie dejará indiferente.








domingo, 21 de mayo de 2017

Twin Peaks

   Al escribir estas líneas, solo quedan unas horas para el estreno de la tercera temporada de Twin Peaks (David Lynch & Mark Frost, 1990). En efecto, veinticinco años después de la segunda, llega su ansiado colofón. De hecho, este ha sido tan esperado por sus incondicionales seguidores que estos podrán disfrutar esta noche de más de un episodio. Por tanto, es un momento histórico para la televisión, que aprovecharemos aquí para revelar el secreto que condujo a aquella al éxito y para conocer mejor a su responsable: David Lynch.




   David Lynch nació en Montana, Estados Unidos, el 20 de enero de 1946. Desde muy pequeño, sintió gran inclinación por el arte, así que decidió estudiar en distintas escuelas dedicadas a ello. Pero, aunque su verdadera devoción siempre había sido la pintura, resolvió flirtear con el cine, ya que Luis Buñuel era uno de sus directores favoritos. Con este propósito, realizó Seis hombres enfermos (íd., 1966), un extraño cortometraje que, sin embargo, logró cautivar a sus espectadores gracias al uso del sonido y de la particular animación (puedes verlo aquí). Posteriormente, y en la línea de este último, rodó Absurd Encounter with Fear (íd., 1967) [aquí], El alfabeto (The Alphabet) (íd., 1968) [aquí] y, sobre todo, La abuela (The Grandmother) (íd., 1970) [aquí]. Este mediometraje lo catapultó finalmente a la pantalla grande.

   Para su primer largometraje, Lynch escogió Cabeza borradora (íd., 1977), la historia de un hombre que descubre su paternidad sobre un extraño y deforme bebé. Con él, pretendió rendir homenaje al cineasta español antes mencionado, por lo que vemos una cinta en blanco y negro cargada de surrealismo e imágenes metafóricas. Aunque hoy esta película es despreciada por el público que se acerca a ella, se trata de un film de culto, del que Kubrick llegó a decir que era uno de los mejores de la historia del cine. Sea como fuere, lo cierto es que su autor marcó en él la impronta que caracterizaría al resto de su obra.

   En efecto, a lo largo de su filmografía, David Lynch destaca el interés que siente hacia la imagen y la música como catalizadores de emociones. Estas están muy cuidadas en todas sus películas, por lo que llegan a ofrecer, en su conjunción, escenas espeluznantes, como la que podemos ver en Carretera perdida (íd., 1997) -aquí- o en numerosos pasajes de Inland Empire (íd., 2006) -aquí-. Pero también ofrece su preocupación por los malsanos entresijos de las sociedades acomodadas, como en Terciopelo azul (íd., 1986) o en Mulholland Drive (íd., 2001), y por la integridad de las mujeres, que, para él, siempre están sometidas a la violencia del varón, como deja claro en Corazón salvaje (íd., 1990). Todo ello, por supuesto, tamizado por su particular visión del celuloide, que lo conduce a presentar relatos que cabalgan entre el sueño y la vigilia.

   Pero Lynch no siempre ha descollado por este uso tan específico del séptimo arte, que lo engarza directamente con su venerado Buñuel, sino que también ha sabido afrontar títulos más convencionales. Estos, que se cuentan con los dedos de una sola mano, son El hombre elefante (íd., 1980), Dune (íd., 1984) y Una historia verdadera (íd., 1999). El primero y el tercero muestran una sensibilidad pocas veces manifestadas en la pantalla grande; respecto del segundo, ha llegado a convertirse en un título de culto, no obstante su escasa aceptación en el momento del estreno. Esto es, en parte, lo que le ha ocurrido a la serie que hoy continúa: Twin Peaks.




   Justamente, corría el año 1990 cuando llegó esta serie a la pantalla doméstica. Por aquel entonces, triunfaban las nuevas sitcoms, como El príncipe de Bel-Air (Andy & Susan Borowitz, 1990) o Blossom (Don Reo, 1990), aunque comenzaban a sobresalir dramas como Ley y orden (Dick Wolf, 1990). Sin embargo, todos los shows televisivos tenían una particularidad: no evolucionaban. En efecto, una vez presentada la premisa, esta se desarrollaba de forma lineal en cada uno de los episodios. De esta manera, podemos decir que eran capítulos estancos unidos por un fino hilo argumental. Así, si uno quería ver un arco evolutivo en la historia de los personajes, debía ir al cine. Pero esto cambió cuando el cine irrumpió en la televisión mediante la serie de David Lynch.  

   En efecto, el conocido asesinato de Laura Palmer solo servía de arranque para una serie que pretendía indagar en la biografía de cada uno de los personajes de Twin Peaks. De este modo, llegaba un momento en que la identidad del homicida era lo menos relevante, puesto que suscitaba mayor inquietud el onírico argumento que la rodeaba: ¿quién no recuerda el sueño del agente Cooper, protagonizado por un misterioso enano vestido de rojo (aquí)?, ¿quién no tiene presente la posesión de Leland por el espíritu de Bob (aquí)?, ¿o quién no se inquieta todavía con las apariciones del extraño gigante (aquí)? Todo ello llegó a cautivar al público, que entró dócilmente en el universo de Lynch y que descubría cada semana un nuevo misterio que apuntaba a una enrevesada solución.

   Desgraciadamente, los productores de la serie exigieron a su autor que abandonase sus pretensiones artísticas y que se centrase en la resolución del asesinato. De esta manera, poco después de comenzar la segunda temporada, se desvelaba la identidad del homicida y la historia, por tanto, perdía su interés. Esto, sumado al abandono de Lynch, centrado en la promoción de Corazón salvaje, arruinó el espectáculo. En efecto, Twin Peaks ya no volvió a ser la misma, pues, toda aquella calidad que había mostrado hasta el momento, se subyugó a los cánones que requería la televisión de entonces. De este desastre, solo se salvó el último episodio, dirigido por su creador, que hoy promete recuperar el estilo que le imprimió en sus primeros capítulos.

   Por tanto, los aficionados al cine y a la televisión de calidad estamos de enhorabuena. Hoy, finalmente, veremos la serie que quiso realizar Lynch, quien ha contado con una libertad absoluta a la hora de afrontarla. Como suele ser habitual, desconocemos el entramado que nos presentará, pero estamos convencidos de que nos engatusará de nuevo. De esta manera, y ya que la serie se emitirá esta madrugada, solo podemos decir que nos tomaremos un café cargado, "tan negro como una noche sin luna" (Cooper dixit).







domingo, 14 de mayo de 2017

Alien. Covenant

   Es inevitable que hoy abordemos en este blog el estreno más importante de la semana: Alien. Covenant (Ridley Scott, 2017). En efecto, casi cuarenta años después del estreno de Alien, el octavo pasajero (íd., 1979), llega a nuestras pantallas el film que pretende relatar los hechos inmediatamente anteriores a este. Es verdad que, hace unos años, se estrenó Prometheus (íd., 2012), que compartía este propósito, pero su vinculación con la saga era tan escasa que su responsable decidió dirigir la película que hoy presentamos, más acorde con sus predecesoras.

   A nivel técnico, se trata de un film discutido, puesto que ha dividido notablemente al público. En efecto, ya hay quienes, a través de él, se han reconciliado con Scott, porque, a su juicio, ha recuperado la esencia de la saga; y quienes, por el contrario, piensan que la ha destruido para siempre, pues se hunde en disertaciones filosóficas que nada tienen que ver con el terror espacial. Pero, para el autor de este blog, presenta de nuevo un inquietante discurso acerca de la creación del hombre, que ya abordó en Prometheus y que aquí vuelve a reflejar, aunque, ciertamente, muy de pasada.





   Alien. Covenant narra la aventura de una expedición espacial que atraviesa el universo con el fin de colonizar un nuevo sistema solar. Sin embargo, durante el viaje, sus tripulantes detectan una señal de auxilio proveniente de un planeta desconocido. Aunque todos deciden rescatar al emisor de dicha señal, cuando llegan, solo encuentran una nave abandonada y destruida. Poco a poco, descubrirán que esta está relacionada con la antigua "Prometheus", el crucero que se perdió en el espacio y que nunca regresó a la Tierra.

   Es indudable que, mediante este film, Ridley Scott ha querido tomar de nuevo las riendas de la saga Alien. Ciertamente, pese a que el título que la inició es hoy un largometraje de culto, fue su secuela, Aliens. El regreso (James Cameron, 1986), la que consagró al xenomorfo en el ámbito cinematográfico. Por este motivo, y valiéndose de los cánones establecidos en esta última por el autor de Terminator (íd., 1984) y Terminator 2. El juicio final (íd., 1991), aquel presenta una cinta más volcada en el thriller que en la ciencia ficción. De este modo, no encontraremos en ella la genialidad artística que intuíamos en Blade Runner (Ridley Scott, 1982) o en la citada Prometheus, sino, más bien, la acción resultona de obras como Black Rain (íd., 1989), Black Hawk derribado (íd., 2001) y El reino de los cielos (íd., 2005).




   Pero, para el autor de este blog, lo más interesante acontece en el prólogo de la película. En efecto, en él somos partícipes de un diálogo entre el androide David (Michael Fassbender) y su creador, Peter Weyland (Guy Pearce). Precisamente, este último es preguntado por aquel acerca de su creación y, no por casualidad, le inquiere sobre la persona que está detrás de todo lo creado. En respuesta a ello, Weyland afirma que el hombre no puede ser producto del azar, sino de una inteligencia mayor que él. Como sabemos, esta es la tesis que mantiene el film Prometheus, aunque desde una perspectiva errónea. Por eso aquí intentaremos solucionar brevemente el enigma.

   Ya en el inicio del milenio, el cine planteó la hipótesis de la creación del hombre a manos de los alienígenas. Efectivamente, en el clímax de Misión a Marte (Brian De Palma, 2000), veíamos cómo uno de estos ofrecía a los astronautas una explicación sobre el origen de la vida en la Tierra. Según esta, todo habría ocurrido, porque se estrelló en nuestro planeta una nave proveniente del Planeta Rojo. Pero, aunque pensábamos que esta teoría se desvanecería en el olvido, lo cierto es que caló en el imaginario colectivo y que, como decimos, fue recogida por Ridley Scott en su primera precuela de Alien, el octavo pasajero.

   Pero, si Prometheus ya postulaba que la humanidad es hija espuria de los extraterrestres, dejaba en el aire la cuestión acerca del origen de estos. Ciertamente, suponiendo que el hombre provenga del ADN de los alienígenas, ¿quién es el autor de estos? ¿Acaso nos veríamos obligados a creer que ellos, a su vez, fueron creados por una raza superior a ellos mismos? Si así fuera, caeríamos en una remontada infinita de causas sin ningún sentido. Entonces, ¿ellos nacieron espontáneamente y nos crearon a nosotros? De ser así, ¿cómo surgieron?, ¿cómo alcanzaron su portentosa inteligencia?




   A mi juicio, y como ya escribíamos en este mismo blog (aquí), se trata de un grito agónico del hombre moderno. Este, en efecto, se ha arrogado tanta supremacía que desprecia la existencia de un ser superior y anterior a él, es decir, Dios. Por este motivo, ha sustituido a este último por los alienígenas, que son seres tangibles y, hasta cierto punto, alcanzables, ya que manejarían una ciencia que, con el tiempo, nosotros deberíamos obtener. Pero esta ausencia del Creador ha conseguido que los extraterrestres sean revestidos con propiedades divinas, es decir, con fines benévolos, curativos, educacionales y protectores, que viven en el cielo y que nos visitan de vez en cuando con los propósitos citados (solo hay que ver el clímax de Encuentros en la tercera fase, donde los marcianos son casi deidades, y E.T., el extraterrestre, donde este es presentado bajo la metáfora constante de Cristo). 

   Es imposible asumir que los alienígenas nos crearon a nosotros o que descendemos de ellos. ¿Alguien ha pensado alguna vez lo difícil que es crear vida ("crear" en el sentido estricto, es decir, producir algo de la nada)?, ¿alguien ha pensado alguna vez lo difícil que es dotar de razón o de sentido espiritual a una criatura? ¿Alguien puede pensar siquiera que este último, el sentido espiritual, puede ser solamente el resultado de la evolución? Evidentemente, sin un Dios que sea el principio de todo y que, por ende, tenga la capacidad de producir algo ex nihilo y dotarlo de inteligencia, la vida (terrestre y extraterrestre) no tiene ningún sentido.

   Por desgracia, ignoramos la postura de Scott en este terreno, ya que, a pesar de las pretensiones manifestadas en Prometheus, nunca las reveló. Por otro lado, en Alien. Covenant parece dar un paso atrás, puesto que solo plantea el interrogante, sin incidir siquiera en ese origen alienígena que planteaba en aquella. Es por ello que, como decíamos, el film se queda a medio camino en el campo de la ciencia ficción, convirtiéndose solamente en un producto de acción que sirve para enlazar con una de las sagas más famosas del séptimo arte.






domingo, 7 de mayo de 2017

La guerra en Hollywood

   Aunque sea poco habitual, esta semana recomendaremos en el blog una serie de televisión. Se trata de La guerra en Hollywood (Laurent Bouzereau, 2017), un documental dividido en tres episodios que ha cautivado poderosamente nuestra atención. En esta entrada, conoceremos el porqué.




   "El cine ha sido una herramienta de seducción ya desde sus comienzos". Con esta frase, pronunciada por Steven Spielberg, se inicia La guerra en Hollywood, un documental que pretende demostrar la influencia del séptimo arte durante la Segunda Guerra Mundial. Para ello, presenta la biografía de cinco afamados directores de la época: John Ford, William Wyler, John Huston, Frank Capra y George Stevens. Estos, ciertamente, preocupados por el auge del nacionalsocialismo en Alemania, decidieron concienciar al público norteamericano del problema que eso suponía para el resto de Europa y, más tarde, para los mismísimos Estados Unidos.
  
   Reconozco que este documental ha sido una verdadera sorpresa para mí. En efecto, como amante del cine, siempre he tenido constancia de la implicación de Hollywood durante la guerra para conseguir mayor número de reclutas, pero jamás imaginé que esta influencia había llegado hasta el punto de abrir el entendimiento de los americanos. Ciertamente, según afirma la serie, Norteamérica vivía al margen de los acontecimientos que estaban destruyendo Europa, por lo que, pese a las noticias que llegaban de allí, nadie pensaba que sería un conflicto de características mundiales (¡hasta algunos veían con muy buenos ojos el ascenso de Hitler al poder y su política de dominación internacional!). Sin embargo, aquellos autores, provenientes del Viejo Mundo, veían cómo sus familias eran masacradas y humilladas por el poderío alemán, por lo que resolvieron transmitir la verdad mediante el celuloide.




   Pero, a mi juicio, el apartado más importante de todo el documental es el que relata las experiencias personales de los cinco cineastas mencionados arriba. Efectivamente, sobrecoge el descubrir cómo el gran John Ford, por ejemplo, compartió destino con cientos de soldados en las islas de Midway; o cómo el alegre George Stevens, autor de las célebres películas protagonizadas por Fred Astaire, entró en Dacháu para liberar a los judíos que allí padecían el oprobio nazi. Asimismo, estremece y lleva a la compasión el saber que estos hechos alteraron para siempre su visión de la vida, pues nunca fueron capaces de rodar largometrajes como los anteriores, ni se comportaron con los demás como lo habían hecho hasta el momento. 

   Sin duda, es un documental imprescindible para cualquier cinéfilo, pero también para cualquier persona que ame la historia o que, simplemente, desee acercarse a este triste período de la biografía humana. Aunque se trate de una expresión típica, debemos indicar que nos muestra el lado más entrañable de unas estrellas que se implicaron lo indecible en este conflicto y que, por ello, nos hace conscientes del horror que padecieron. Como prueba de ello, la serie hace hincapié en los dos filmes con que aquellas rubricaron simbólicamente su nueva visión de la vida: Qué bello es vivir (Frank Capra, 1946) y Los mejores años de nuestra vida (William Wyler, 1946).





   

domingo, 30 de abril de 2017

El silencio de los corderos

   Hace unos días, el mundo del cine despidió a uno de sus autores más destacados. En efecto, después de afrontar una dura lucha contra el cáncer, Jonathan Demme murió en su casa de Nueva York a los setenta y tres años de edad. En su haber, nos ha dejado varios títulos de interés, pero, sobre todo, cambió el rumbo del séptimo arte mediante dos películas emblemáticas: El silencio de los corderos (íd., 1991) y Philadelphia (íd., 1993). Por este motivo, es justo que en este blog le dediquemos la entrada de esta semana.




   Jonathan Demme nació el 22 de febrero de 1944 en el Estado de Nueva York. Su interés por el cine fue tan acusado que no dudó en estudiarlo en la célebre Universidad de Florida, donde se licenció con un éxito notable. Por suerte para él, este incipiente renombre suscitó la curiosidad del conocidísimo Roger Corman, quien le financió su primer título, La cárcel caliente (íd., 1974), una película de corte erótico que hoy causa más risa que excitación. Pese a la escasa recepción pública, continuó ganándose la aprobación del citado productor, quien le propuso rodar Tres mujeres peligrosas (íd., 1975) y Luchando por mis derechos (íd., 1976), películas que ya han caído en el olvido. Con el paso del tiempo, no obstante, consiguió el afecto del público y de la crítica mediante tres comedias grabadas con un clasicismo que demostraba su pasión por el séptimo arte: Melvin y Howard (íd., 1980), Algo salvaje (íd., 1986) y Casada con todos (íd., 1988). Pero su espaldarazo definitivo llegaría unos años después con la excepcional El silencio de los corderos (íd., 1991).

   En efecto, gracias al derrotero por el que caminaba su filmografía, consagrada a la serie B y a la comedia romántica, nadie podía suponer que, con el citado título, afrontaría una de las historias más truculentas del celuloide. Ciertamente, hoy todo el mundo recuerda a la agente Starling (Jodie Foster) entrevistándose con el afamado Hannibal Lecter (Anthony Hopkins) para cazar al asesino Búfalo Bill. Sin duda, nadie que haya visto el film podrá olvidar los interesantes diálogos de mutua admiración que mantenían aquellos dos y que cambiaron el curso del género policíaco para siempre. De hecho, a partir de entonces comenzaron a pulular por la gran pantalla innumerables psicópatas inteligentísimos que desafiaban a las fuerzas del orden, como el que aparecía en la popular Seven (se7en) (David Fincher, 1995). Su éxito fue tan rotundo que no solo ganó los mejores galardones de los Óscar de su año, sino que también creó un personaje que dio pie a toda una saga (Hannibal, El dragón rojo y Hannibal. El origen del mal) y que ahora se perpetúa en la televisión mediante la serie Hannibal (Bryan Fuller, 2013) [La omisión de Hunter (Michael Mann, 1986), primera aparición cinematográfica del Caníbal, es consciente, ya que no consiguió la repercusión que obtuvo el film de Demme]. 




   Gracias al aplauso recibido por El silencio de los corderos, Jonathan Demme afrontó un nuevo título de difícil calado: Philadelphia (íd., 1993). En él presentaba el drama de un abogado despedido del bufete por su condición de homosexual, que buscaba desesperadamente un compañero de oficio, para que le ayudase a defender sus derechos. Sin duda, el largometraje es tan recordado como su predecesor, pues cuenta con unas actuaciones extraordinarias que, no en vano, le reportaron a Tom Hanks su primer Óscar. Pero, sobre todo, es venerado por tratarse del film que sentó las bases de la visión sobre la homosexualidad que hoy tenemos. Ciertamente, y pese a quien le pese, los homosexuales en el cine eran abordados hasta el momento con sorna y comicidad, pero esta película los presentó bajo la sombra del romance, algo que, como decimos, cambió la idea de la sociedad respecto a ellos.

   A pesar de estas dos grandes cintas, su responsable se sumió después de ellas en un enigmático silencio artístico. Efectivamente, continuó su carrera en el género documental y en la televisión, medio para el que grabó Historias del metro (íd., 1997) y algún episodio de la serie En cuerpo y alma (íd., 2011), pero no volvió a destacar en el terreno cinematográfico. De esta manera, aunque lo volvió a intentar con Beloved (íd., 1998) y La boda de Rachel (íd., 2008), a las que imprimió su primerizo estilo clasicista, no consiguió recuperar el aplauso logrado por aquellas. Solo mediante El mensajero del miedo (íd., 2004) suscitó parte de ese interés, pero no el mismo del que había gozado. Al final, se despidió de este mundo con una obra irregular, Ricki (íd., 2015), que ofrece una estupenda interpretación de Meryl Streep, pero una dirección desganada que en absoluto se asemeja a la manifestada en El silencio de los corderos y Philadelphia.

   Hoy le decimos adiós, pues, a un cineasta de evidentes altibajos artísticos, pero que nos legó dos obras cumbres del séptimo arte. Gracias a él, hoy nos aterran más los psicópatas y miramos con otros ojos a las parejas homosexuales; tememos al especialista que nos mira con avidez y compadecemos al enfermo de sida. Es, por tanto, un día triste para el aficionado, pues nos ha dejado un autor que cambió el rumbo del celuloide para siempre.


   

lunes, 24 de abril de 2017

El terror del más allá

   Es indudable que todo cinéfilo alberga dentro de sí un punto friki (o "friqui", como admite la RAE). Los que ya me van conociendo gracias a los artículos de este blog, habrán descubierto que yo me pirro por el kaiju eiga (aquí), el cine de extraterrestres (aquí) y la serie B. En esta última, caben desde los filmes de John Carpenter (aquí) hasta Stranger Things, el reciente homenaje televisivo hecho a ella y que ha recabado un éxito muy merecido (aquí). Pero debo admitir que siento un irrefrenable gusto por la ciencia ficción hollywoodiense de los años cincuenta, porque me conecta conmigo, el niño que disfrutaba de ella frente a su televisor y al aparato de vídeo VHS, y porque me hace contemplar con admiración un género que derrochó el talento y la fantasía de la que hoy adolecen muchos títulos. Así pues, si me viera obligado a elegir una película de esta índole, sería El terror del más allá (Edward L. Cahn, 1958). 




   Una misión de rescate llega al planeta Marte. Sus miembros deberán localizar y traer de vuelta a los tripulantes de una expedición anterior, que no dan señales de vida desde que alcanzaran el mismo destino. Sin embargo, cuando aquellos descubren la nave, encuentran que todos estos han sido asesinados, excepto el capitán. Por esta razón, deciden apresar a este último y llevarlo de vuelta a la tierra, donde se determinará si él ha sido el homicida. Sin embargo, el viaje de regreso no será tan placentero como esperaban, puesto que, durante su estancia en el planeta rojo, un marciano se ha introducido en la bodega de su nave y ahora aguarda el momento de manifestarse y de aniquilar a todos los astronautas.

   No hay duda de que, a primera vista, se trata de un argumento muy conocido, puesto que lo hemos visto en cintas como Alien, el octavo pasajero (Ridely Scott, 1979), La cosa (John Carpenter, 1982) o la reciente Life (Vida) (Daniel Espinosa, 2017). Sin embargo, debemos tener en cuenta que este film originó todos los que acabamos de citar y alguno que no ha aparecido, como la imprescindible Terror en el espacio (Mario Bava, 1965). De esta manera, podemos afirmar que es un título que se halla en la base de la ciencia ficción más moderna.

   Pero, donde yo encuentro un verdadero placer a la hora de visualizar esta obra, es en su entrañable ingenuidad. En efecto, no puedo dejar de sonreír complacientemente cuando veo aparecer al marciano que aterroriza a los astronautas, una hierática mezcla de látex inspirada en la criatura de La mujer y el monstruo (Jack Arnold, 1954) y en el Frankenstein o en la momia de Boris Karloff; cuando contemplo la extremada educación con la que los aventureros se tratan entre ellos, o cuando veo el amor galante que se da entre los protagonistas. Ni que decir tiene que estas características ya han desaparecido por completo de este tipo de celuloide: ¿disfrazar a un actor cuando se puede recurrir al CGI?, ¿escribir un guion excesivamente literario cuando lo soez dice lo mismo?, ¿desaprovechar una tensión sexual en un grupo compuesto por varones libidinosos y féminas obsequiosas? Es evidente, pues, que se trata de un género cinematográfico que ya está muerto. 




   Sin embargo, no por ello puedo dejar de disfrutarlo, pues continúa formando parte de mis recuerdos cinematográficos más entrañables. Ciertamente, es imposible mirar al pasado sin observarme frente a un viejo televisor en blanco y negro mientras me embebo de estas historias, que yo hacía mías con una intensidad que aún me asombra. De esta manera, salía corriendo del cine cada vez que veía La masa devoradora (Irvin S. Yeaworth Jr, 1958), blandía mi alfiler contra un arácnido gigantesco al ver El increíble hombre menguante (Jack Arnold, 1957) y socorría al misterioso alienígena de El ser del planeta X ((Edgar G. Ulmer, 1951) cuando ponía otra vez el vídeo a funcionar. Además, todavía me transmiten la ilusión de sus realizadores, que me contagiaron las ganas de filmar mis propios argumentos, pues sus medios eran tan caseros como los que yo poseía entonces (¿cómo olvidar al Edward Wood de Plan 9 del espacio exterior, que no reparó en los hilos de los que pendían sus platillos volantes?).

   Así, solo puedo decir que soy un friki de esa ciencia ficción añeja e ingenua, de esos cuidados diálogos que reflejaban la educación de una sociedad abolida, de los argumentos que han cimentado el género fantástico actual y de esos rudimentarios efectos que hoy producen carcajadas. Soy un friki de esa época cinematográfica, porque abundó en ella la imaginación y el talento, la pasión y el entusiasmo, y porque supo transmitirme esos mismos sentimientos que todavía albergo. Por esta razón, solo puedo despedirme con tres palabras: Klaatu barada nikto! 




domingo, 16 de abril de 2017

El hombre de mimbre

   Acabamos de terminar la Semana Santa. Como viene siendo habitual, se han sumado a las procesiones de cada día los insultos de aquellos que abominan de la fe cristiana. El mayor ejemplo de esta actitud lo hemos tenido en Sevilla, donde un grupo de niñatos ha causado una estampida entre la concurrencia. Por supuesto, sus defensores lo atribuyen exclusivamente a una gracieta ingenua, mientras que los afectados comprenden que se trata de un nuevo ataque a sus sentimientos religiosos.

   En efecto, hoy vivimos una nueva oleada de irreligiosidad militante, a través de la cual, sin embargo, no se pretende asumir una vida sin Dios, sino imponerla. Tanto es así que ya son muchos los colegios donde se ha prohibido la presencia del crucifijo, o no son pocas las voces que claman porque este último también desaparezca de otros organismos del Estado. De esta manera, se pretende sustituir una fe por otra, es decir, la católica por la atea. A muchos cinéfilos, esta tesis nos evoca indefectiblemente a un largometraje que hoy está siendo redescubierto: El hombre de mimbre (Robin Hardy, 1973).




   El sargento Howie (Edward Woodward) es enviado a una remota isla escocesa con el propósito de investigar un supuesto homicidio. Como no encuentra ningún tipo de colaboración por parte de sus habitantes, decide permanecer en ella varios días para resolver por sí mismo el misterio. Sin embargo, a medida que avanza el tiempo, descubre que el lugar esconde más de un enigma, puesto que se ha instalado en él un nuevo paganismo que parece atentar contra la dignidad de las personas que lo practican. El artífice de todo ello es lord Summerisle (Christopher Lee), que pretende erradicar el cristianismo de sus dominios para imponer esta fe tan particular.
   
   Ciertamente, aunque el ateísmo pueda ser una postura filosófica respetable, puesto que responde a la decisión de una persona concreta, hoy ha evolucionado hasta convertirse en un nuevo paganismo. De este modo, como ya hemos advertido, no solo promueve la ausencia de cualquier símbolo religioso en los espacios públicos (especialmente, de los católicos), sino que también busca la adhesión de prosélitos y la divulgación de su doctrina. En ambos casos, cabe recordar el bus ateo que circuló por Madrid hace unos años, cualquier campaña contra la asignatura de Religión en los colegios, o la edición de libros infantiles con este espíritu (el caso más destacado es la trilogía de La materia oscura, escrita por Phillip Pullman y adaptada al cine bajo el título de La brújula dorada).   

   Por supuesto, el ateo que profese esta nueva versión de su filosofía acusará a la Iglesia de recurrir a los mismos métodos con el propósito de evangelizar. De este modo, y en verdad, ella respondió al citado bus mediante otros con anuncios más positivos, responde a las campañas escolares animando a los padres católicos a que matriculen a sus hijos en Religión y publica innumerables obras cristianas que pretenden divulgar su fe (para establecer un paralelismo con la trilogía infantil atea citada, dispone de Las crónicas de Narnia, escritas por C.S. Lewis y llevada al cine en tres ocasiones). Sin embargo, esta actúa movida por el mandato misionero del Señor, mientras que aquel lo hace por un aparente revanchismo.




   El prosélito de esta confesión laicista cree que la religión (especialmente, la católica) solo ha servido para que la sociedad sea aterrorizada, encerrada en el oscurantismo y flagelada con la moral sexual. Por esta razón, piensa que debe ser erradicada con la misma violencia que ella ha usado supuestamente a lo largo de los siglos. De esta manera, se ha convertido en un inquisidor más peligroso que aquellos que, a su juicio, gobernaron la Iglesia durante el medievo. Por tanto, si esta última promueve los sacramentos para la santificación del pueblo, él debe hacer lo mismo con las celebraciones civiles que los imitan (v.gr., matrimonios y bautizos en el ayuntamiento); si enseña la historia sagrada para la salvación del alma, debe insistir en el ateísmo para su aparente liberación, y si saca a la calle sus imágenes, debe exigir sus propias celebraciones, de carácter más ofensivo (en este último grupo caben las profanaciones de capillas y el largo etcétera al que ya nos hemos acostumbrado). 

   Esta situación alcanza su paroxismo en el empeño que tiene el ateo militante en borrar de un plumazo todos los vínculos que unen al hombre con la Iglesia a lo largo de la historia. De este modo, se evita obstinadamente hacer mención a ellos en la asignatura que lleva su nombre, exceptuando aquellos momentos en los que el primero se ha desuncido presuntamente del peso impuesto por la segunda; se falsean una y otra vez los datos, presentando una supuesta rivalidad entre la fe y la razón, en la que aquella siempre ha oprimido a esta, o bien se oculta que las ciencias modernas nacieron en el seno del cristianismo o que muchos de sus promotores eran creyentes (¿sabía el lector que, en El origen de las especies, Darwin afirma que la evolución se debe a la mano providente del Creador?). En la actualidad, vemos que se desprecia todo lo religioso o que se intenta corregir lo que alguna vez lo fue, es decir, arrastran a la hoguera a los que no aceptan su nueva Inquisición.  

   Sorprendentemente, el ateo moderno se ampara en la libertad para actuar de este modo, puesto que opina que la Iglesia la coarta. Sin embargo, ¿no es libre cada uno de creer lo que desee, incluso la existencia de Dios? Por este motivo, ¿qué razón hay para empeñarse en lo contrario? Más aún, ¿con qué derecho anula aquel la esperanza de un hombre en el Padre celestial? Es posible que con el único derecho que parece producirle el odio hacia la seguridad de lo sagrado. Este odio, sin embargo, lo conduce a una ofensa casi continua de los sentimientos religiosos de miles de personas, que ven cómo se les impone un nuevo credo que anula su fe en un mundo sin dolor.



domingo, 9 de abril de 2017

Japón bajo el terror del monstruo

   Estamos viviendo en nuestros días un tímido renacimiento de las monsters movies. En efecto, gracias al éxito de películas como Kong. La isla calavera (Jordan Vogt-Roberts, 2017) -puedes leer la crítica aquí- o Godzilla (Gareth Edwards, 2014), este subgénero parece calar de nuevo en el ánimo del espectador. Precisamente la criatura de esta última cinta, que promete enfrentarse a la de aquella en un film futuro (aquí), fue una de las causantes de que esta moda empapara el cine de los años cincuenta gracias al film que nos ocupa: Japón bajo el terror del monstruo (Ishiro Honda, 1954). Por este motivo, hoy vamos a dedicarle una entrada en este blog.




   Nos encontramos en el Japón de la posguerra. Pese a que la contienda mundial haya finalizado solo una década atrás, el país ha conseguido sobreponerse y ya se desarrolla con absoluta normalidad. Sin embargo, un nuevo temor se cierne sobre él: Godzilla. En efecto, no son pocos los japoneses que advierten de su próxima llegada, puesto que la pesca ha descendido notablemente y algunas ciudades costeras han sido aniquiladas durante la noche. Por este motivo, se abre una investigación, que determina que el citado monstruo legendario se acerca y que es mucho más grande de lo que se creía, puesto que ha sido afectado por las radiaciones atómicas.

   Es posible que este argumento suene hoy a trillado, ya que ha servido para crear otros filmes u originar alguna serie de televisión. Sin embargo, se trató en su momento de una sinopsis revolucionaria, puesto que aprovechó la nueva moda para criticar abiertamente la hostilidad mantenida por Estados Unidos hacia Japón durante la Segunda Guerra Mundial. En efecto, antes de este largometraje, las pantallas de todo el mundo ya habían presentado dos criaturas colosales: el conocidísimo gorila gigante y el radosaurio, protagonistas respectivos de King Kong (Merian C. Cooper y Ernest B. Shoedsack, 1933) y El monstruo de tiempos remotos (Eugène Lourié, 1953). Sin embargo, como ninguna de estas cintas presentaba una diatriba real contra un problema determinado, la de Godzilla se erigió como la precursora de esta nueva tendencia (para ser justos, debemos indicar que la película de Louiré prevenía sobre la radiación atómica, aunque su mensaje terminaba por pasar desapercibido).

   Así es, en la película podemos contemplar escenas sobrecogedoras que nos indican hasta qué punto continuaba presente en Japón el lanzamiento de la bomba atómica. La primera de ellas, por supuesto, la que muestra el rastro de ruina y radiación que deja Godzilla tras su paso por la capital, inspirada directamente en el mismo que dejó aquel fatídico proyectil sobre Hiroshima y Nagasaki. Pero también la que describe la desolación de las familias por la pérdida de sus hogares, la que nos detalla el movimiento de las multitudes hacia los improvisados y saturadísimos hospitales de campaña y la que nos ofrece a niños desfigurados llorando por el horror que acaban de presenciar. Por consiguiente, se trató sin duda de una acerada respuesta al ataque perpetrado por Estados Unidos en suelo nipón.




   El film gozó de tanto éxito que muy pronto inspiró otros títulos, como La humanidad en peligro (Gordon Douglas, 1954), Surgió del fondo del mar (Robert Gordon, 1955) o Godzilla (Terry O. Morse, 1955), que fue una versión adaptada para Estados Unidos en la que se minimizaba la culpa de este país respecto a la creación del monstruo. Pero sobre todo dio lugar a un subgénero que todavía concita a multitud de fans: el kaiju eiga. Ciertamente, este cine de monstruos japonés nos ha regalado innumerables películas que hoy siguen causando furor entre sus más acérrimos seguidores: Los hijos del volcán (Ishiro Honda, 1956), Mothra (íd., 1961), El mundo bajo el terror (Noriaki Yuasa, 1965) o La batalla de los simios gigantes (Ishiro Honda, 1966). 

   Desgraciadamente, Godzilla solo es conocido por su etapa más naíf, en la que luchó contra extraterrestres malévolos (Los monstruos invaden la tierra), contra criaturas irrisorias (Gorgo y Supermán se citan en Tokio) o en la que incluso tuvo que instruir a su retoño en el arte de aterrorizar (El hijo de Godzilla y La isla de los monstruos). Sin embargo, debemos recordar que sirvió de paradójico adalid contra la contaminación del mundo en Hedora, la burbuja tóxica (Yoshimitsu Banno, 1971) o que vivió una de las más espectaculares resurrecciones del celuloide en Godzilla 85 (Koji Hashimoto, 1984), título que por cierto también precedió a los modernos reboots. Además, protagonizó una saga muy reciente iniciada por Godzilla 2000 (Takao Okawara, 1999) y un par de remakes de irregular éxito: Godzilla (Roland Emmerich, 1998) y su última versión, mencionada más arriba y dirigida por el ahora famoso autor de Rogue One. Una historia de Star Wars (Gareth Edwards, 2016).  

   Volviendo, pues, al principio, esto nos indica que el interés por las monsters movies nunca ha desaparecido del todo, sino que suele permanecer aletargado hasta que recibe un nuevo impulso. En este caso, parece que se lo ha concedido Kong. La isla calavera, en cuya escena post-créditos ya se insinúa el combate entre el simio gigante y el lagarto radioactivo (aquí). Además, este año hemos tenido la oportunidad de gozar de una nueva incursión del cine japonés en este campo mediante Godzilla Resurgence (Hideaki Anno y ShinjiHiguchi, 2016), donde se aprovecha el accidente nuclear de Fukushima para revivir al monstruo. Por este motivo, podemos decir que aquel añejo film nipón de los cincuenta fue toda una revolución y que hoy puede ser considerado como un título de culto.



   
   Nota: el tráiler no se corresponde con el film original, sino con la adaptación americana citada en el artículo. Por desgracia, no he localizado el vídeo japonés.

domingo, 2 de abril de 2017

Yojimbo (El mercenario)

   Reconozco que siento debilidad por las películas que abordan el tema de la redención. En efecto, me apasionan las historias que presentan a hombres apesadumbrados por su pasado y que, por ello, buscan una manera de redimirse. A mi juicio, es un claro testimonio de la existencia del alma humana, que alberga una conciencia y que requiere del perdón cuando esta ha sido mordida por la culpa.

   Por supuesto, el género por excelencia en este sentido es el western. Ciertamente, tenemos en él grandes ejemplos de largometrajes que describen con detalle la lucha de un alma por obtener la reconciliación. Entre los más destacables, es posible señalar Centauros del desierto (John Ford, 1956), Los siete magníficos (John Sturges, 1960), El jinete pálido (Clint Eastwood, 1985) o Sin perdón (íd., 1992). Pero existe un subgénero algo menospreciado que nos ha ofrecido joyas de esta misma índole; me refiero al chambara, es decir, al cine japonés de samuráis. Y la cinta que mejor lo representa es, sin duda, Yojimbo (El mercenario) (Akira Kurosawa, 1961).




   Yojimbo es el seudónimo de un samurái errante (ronin) que llega a una aldea japonesa. Allí descubre que dos facciones enemigas están enfrentadas entre sí por el control del pueblo. Como él está necesitado de dinero, decide colaborar con una u otra facción, según el sueldo que ambas le prometan. Sin embargo, cierto día descubre que uno de estos bandos ha secuestrado a una madre de familia. A partir de ese momento, el antiguo samurái recordará el oficio tan noble al que había consagrado su vida y resuelve situarse del lado de la justicia.

   Como vemos, nos situamos una vez más en esa trágica esfera de la redención. Efectivamente, la película está protagonizada por un viejo samurái que, o bien ha perdido su honor, o bien ha perdido a su señor. Sea cual fuere la razón de su vagabundeo, es evidente que se trata de un hombre desencantado, puesto que es capaz de venderse al mejor postor para conseguir algo de dinero (sin duda, esta sería una actitud impropia de un samurái convencido). Además, constatamos que está perseguido por su conciencia, puesto que aconseja a sus nuevos vecinos con la sorna propia del que ha experimentado la traición o el desengaño. Sin embargo, como hemos dicho, descubre la forma de liberarse de este peso mediante un buen gesto: reunir a una pobre mujer con su familia.




   Como el samurái del film, todos hemos experimentado alguna vez el peso de nuestra conciencia. Aunque muchas veces este sentimiento ha querido ser disimulado bajo un exceso de culpabilidad, lo cierto es que la traición de ese grito interno es mucho más profunda e hiriente que esta última. Por este motivo, cuando sentimos su dolor, necesitamos de inmediato remediarlo mediante una buena acción o a través del perdón de la persona a la que hemos ofendido. Esto nos conduce a descubrir que no somos meros animales, que actúan por un instinto irracional, sino personas con un alma que debemos cuidar y que nos otorga, por tanto, nuestra dignidad.

   El autor de esta joya es Akira Kurosawa, un cineasta que nos regaló películas tan memorables como Los siete samuráis (1954), La fortaleza escondida (1958) o Sanjuro (1962). Como en Yojimbo (El mercenario), descubrimos en ellas esa necesidad universal del perdón. Pero en esta última cinta quedó expresado de manera tan magistral que fue afrontado de nuevo mediante dos remakes que todo el mundo recordará: Por un puñado de dólares (Sergio Leone, 1964) y El último hombre (Walter Hill, 1996). Así pues, nadie debería dejar de verla, ya que no solo influyó notablemente en la historia del cine, sino que también nos dejó un claro testimonio de la existencia y del funcionamiento del alma humana.