lunes, 29 de febrero de 2016

Los extraterrestres en el cine (II)

   En el primer artículo que dedicamos a este asunto (aquí), indicamos que los extraterrestres se dieron a conocer a la humanidad en el año 1898, gracias a la publicación de La guerra de los mundos; a través de este libro, H.G. Wells atemorizó a los hombres del siglo XIX con la posibilidad de una invasión desde el vecino planeta rojo. Como también afirmamos, aunque dicho ataque nunca tuviese lugar, el texto del escritor influyó tanto en la sociedad del momento, que esta ya no pudo dejar de mirar el cielo sin esperar ver una legión de marcianos atravesando sus nubes.

   Por otro lado, la idea de encontrar vida inteligente fuera de la Tierra cautivó tanto a la cientificista mente decimonónica, que imaginó la manera en que esta podía manifestarse; de este modo, y ya que la exploración de regiones perdidas estaba dilatando los horizontes del conocimiento antropológico, identificó estos mismos descubrimientos con los que probablemente hallaría en otros mundos, si algún día lograse viajar hasta ellos. En esta fase de la evolución extraterrestre, como señalamos, podemos destacar Viaje a la Luna, donde encontramos una suerte de aborígenes africanos poblando nuestro satélite nocturno, y la saga literaria Bajo las lunas de Marte, donde hallamos una civilización similar a la que habita el continente negro.

   Sin embargo, esta fantasía quedó truncada por la cruda realidad de la guerra, que en 1914 estalló bajo la forma de un conflicto mundial, enfrentando a las grandes potencias europeas del momento entre sí y, ulteriormente, a los Estados Unidos de América. Como indicamos, el perentorio interés por concluir dicha conflagración logró que tanto el cine como la literatura se sometiesen a ese común objetivo, de manera que la ensoñación de otros mundos quedó aletargada bajo el peso de los tristes acontecimientos históricos de la época, teniendo que esperar a que otro instante de paz la volviese a despertar.

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   Este ansiado momento vio la luz el 24 de junio del año 1947, un período que, a pesar de ser pacífico, estaba oscurecido por la tensa Guerra Fría mantenida entre Estados Unidos y la Unión Soviética (recordemos que después de la Segunda Guerra Mundial, ambos bloques se dividieron la hegemonía planetaria, agrupando sendos partidarios para cada uno de los bandos). En esa fecha, el piloto de rescate Kenneth Arnold denunció al FBI un extraño avistamiento de platillos volantes; según sus propias palabras, varios objetos con esa forma cruzaron velozmente el cielo desde un punto al otro del mismo. Su testimonio fue tan veraz, que enseguida se recuperó el interés dormido por la existencia de vida inteligente en el espacio (además, su descripción se hizo tan famosa, que todavía hoy usamos en nuestra terminología el apelativo "platillo volante" para aludir a muchos fenómenos ovni).

   Ciertamente, el citado piloto nunca aseveró que las hipotéticas naves que surcaron el firmamento aquel 24 de junio, fuesen en verdad objetos provenientes del espacio exterior (de hecho, muchos compañeros de profesión arguyeron que un reflejo cualquiera en el parabrisas de la avioneta podría haber causado el mismo efecto); sin embargo, y como hemos indicado, la expectación generada fue tan grande, que cientos de norteamericanos creyeron ver en el cielo naves similares a las que aquel había descrito (los documentos de la época demuestran que, después de la experiencia de Arnold, se contabilizaron hasta un total de 850 denuncias de avistamientos de ovnis). Este dato confirma que el temor a una nueva guerra se cernió sobre el mundo, esta vez, sin embargo, sobre una porción del mismo, la estadounidense; como aconteció a finales del siglo XIX y a principios del XX, dicho miedo se canalizó a la posible invasión de un ejército extraterrestre, algo que podemos constatar en las suculentas La Tierra contra los platillos volantes (Fed F. Sears, 1956) y La invasión de los ladrones de cuerpos (Don Siegel, 1956).  



   Tal vez esta situación de histerismo resultase propicia para los nuevos derroteros que el mundo moderno comenzaba a recorrer. Como hemos dicho, la Unión Soviética y los Estados Unidos mantenían una tensa Guerra Fría entre sí, sustentada por numerosas amenazas de ataques nucleares (el momento crítico puede ser visionado en la resultona Trece días) y por una tenaz carrera armamentística cuyo único fin consistía en la superposición al rival (algo que puede ser intuido en la olvidada Meteoro). En este último caso, no son pocos los expertos que afirman que la potencia capitalista hizo uso de material bélico nazi para vencer en dicha competición, y que este contaba entre sus efectivos con diversas aeronaves que se ajustaban a la famosa forma descrita por el piloto Arnold (aunque la Wikipedia no sea muy fiable, este artículo sobre el asunto es interesante: aquí). Si esta precisión es correcta, podemos entender la realidad que oculta otro renombrado hecho que, con el devenir de los tiempos, se convirtió en el siguiente hito de la historia de la ufología: el caso Roswell.

   En efecto, escasas semanas después del denunciado avistamiento ovni por parte de Kenneth Arnold, concretamente el 7 de julio del mismo año, la prensa de Nuevo México despertaba a los habitantes de este Estado con la asombrosa noticia del accidente de una nave espacial en un rancho del mismo y con la aparición de los cadáveres de sus tripulantes; conforme relataba el texto, el susodicho objeto se había estrellado esa misma noche contra un molino de viento, y el golpe había causado tanto la destrucción de este último como la de aquel, cuyos restos, junto con los de sus pilotos, habían quedado desperdigados por todo el perímetro de la finca. No obstante esta supuesta evidencia, las autoridades militares del lugar desmintieron con rapidez los hechos, argumentado para ello que las pruebas del incidente respondían a un experimento meteorológico y que la presencia de los cuerpos alienígenas se correspondía con el uso de sendos maniquíes, dispuestos allí como parte de aquel. Sin embargo, esta explicación no satisfizo a todos los habitantes de Roswell, que consideraron el hecho como un intento por parte del Gobierno norteamericano de ocultar la evidencia definitiva de vida inteligente fuera de la Tierra (para profundizar en este asunto, es recomendable el acercamiento al telefilm El misterio de Roswell, que pretende presentar minuciosamente todos los datos que rodearon el caso). 

   Ciertamente, el incidente de Roswell continúa llenando de estupor a la opinión pública, que todavía vacila entre decantarse por la teoría conspiratoria y aceptar la versión que se divulgó aquel lejano año de 1947. Como hemos indicado, no son pocas las voces que denuncian una supuesta trama orquestada por el mismísimo Gobierno de los Estados Unidos, que se habría incautado de material bélico nazi con el fin de experimentar con él y con la posterior intención de usarlo en futuros conflictos, presumiblemente en el que podría surgir entre dicho país y la Unión Soviética; según estas mismas voces, ello explicaría todo el montaje extraterrestre, que habría servido como cortina de humo de las citadas pruebas militares (en este sentido, el vídeo que se propaló hace unos años sobre la supuesta autopsia realizada a uno de los hipotéticos pilotos de la nave alienígena, no aclara nada: aquí). Por otro lado, hay opiniones que, difiriendo de la expuesta, sostienen que aquel accidente tuvo lugar y que el desarrollo tecnológico de nuestro tiempo es fruto de las investigaciones vertidas sobre el objeto estrellado (dicha teoría cobra forma en Independence Day y en Área 51, film que coge su título del misterioso lugar donde se elaborarían dichas indagaciones).



   Sea como fuere, lo cierto es que tanto la experiencia de Arnold como el famoso incidente de Roswell alteraron el concepto que la humanidad había tenido hasta el momento sobre los extraterrestres: si en aquella primera fase terminó por identificarlos con una simple excusa artística, en este segundo período llegó a verlos como una probabilidad más que real, y no necesariamente bajo una óptica belicista. Sin embargo, en esta misma línea, el verdadero cambio de visión llegaría pocos años después, en 1952, cuando el astrónomo aficionado George Adamski aseguró que había contactado con uno de ellos; según su propio testimonio, el alienígena provenía del planeta Venus y le había hecho entrega de un mensaje de advertencia acerca del conflicto que desolaría de nuevo el mundo, si los Estados Unidos y la Unión Soviética no deponían su armamento nuclear. Estas palabras, pronunciadas en el contexto de la Guerra Fría en que ambos países estaban inmersos, calaron profundamente en el alma del pueblo norteamericano, que, no en vano, acababa de presenciar el estreno cinematográfico de Ultimátum a la Tierra (Robert Wise, 1951), film de idéntica temática a la expuesta por el supuesto venusino conocido por Adamski. 

   Así pues, podemos ver que, en esta nueva etapa de la historia de los extraterrestres, estos comienzan a ser entendidos como una suerte de protectores de la humanidad, ya que esta ha sido incapaz de dirigir correctamente su propio devenir. En efecto, las dos guerras mundiales y la gélida tensión mantenida entre las potencias del momento parecían demostrar que los hombres, a pesar de sus avances tecnológicos, carecían de la madurez suficiente para encaminarse juntos hacia el bien común; por ello requerían de manera indiscutible un tutor que, habiendo alcanzado e incluso superado dicha técnica, pudiese auxiliarlos en tal empresa. Como hemos señalado, la ola de avistamientos y la esperanza otorgada por Adamski a unos corazones sensibilizados con la guerra, hicieron que aquellos reconociesen en los alienígenas a los supervisores que andaban buscando.

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   Esta nueva fase también se vio reforzada por el mundo de la literatura, en especial por el escritor Arthur C. Clarke, que abogó en sus novelas por el fin de una etapa caduca del hombre y, en consecuencia, por el inicio de otra más perfecta. Sus títulos de mayor renombre tal vez sean, precisamente, El fin de la infancia, escrita en 1953, y 2001. Una odisea en el espacio, publicada en 1968. Como hemos dicho, una y otra muestran a una humanidad guiada por ignaros alienígenas en la senda de su perfección, objetivo que se identifica, por supuesto, con ellos mismos; de esta manera, los extraterrestres, a la par que esa labor de supervisión de la que son investidos, van adquiriendo también el halo divino del que hoy gozan.

   Efectivamente, el hombre de hoy ha aceptado de tal manera la existencia de los extraterrestres, que no son pocos los que incluso les otorgan capacidades propias de dioses. Como señalamos en la entrada anterior, películas como La cuarta fase e Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal postulan asimismo que han sido ellos quienes han estado realmente detrás de las religiones antiguas, que son cuna de las actuales; de este modo, la plenitud que anhela el hombre solo sería alcanzada por él cuando conociese sus verdaderos orígenes y retornase a ellos, que se encuentran en planetas diferentes al nuestro. Sin embargo, esto será estudiado en el siguiente post que dediquemos a este interesante asunto.













martes, 23 de febrero de 2016

La Cuaresma es tiempo de conversión

   Como venimos diciendo en las últimas entradas de este blog (aquí y aquí), la Cuaresma es el tiempo propicio para la penitencia y la oración, pues nos recuerda nuestro fugaz paso por la vida terrena y el objetivo de esta, que no es otro que alcanzar la eterna; como si del paso de Israel por el desierto se tratase, cada cristiano, junto con toda la Iglesia, guiada por Dios mismo, camina hacia su particular Tierra Prometida, es decir, el reino de los cielos. También hemos indicado que este viaje comienza con la muerte de Jesucristo en la cruz, ya que esta liberó a la humanidad del fatídico yugo que la uncía, el del pecado; por este motivo, y a su vez, cada cristiano debe luchar diariamente contra esa atadura, que amenaza con insistencia con volver a apresarlo. Las armas fundamentales para dicho combate, pues, son las dos que ya hemos mencionado arriba, la penitencia y la oración, ya que, respectivamente, nos ayudan a moderar nuestras pasiones y a incrementar nuestra fe en la vida futura (el sufrimiento y la renuncia adquieren todo su sentido solo cuando detrás hay un premio que los sustenta; lo contrario es un vano estoicismo).



   Sin lugar a dudas, el primer paso que debe dar cualquier persona en este camino es la conversión. Esta palabra de origen latino significa etimológicamente "volver el rosto hacia algo o hacia alguien", por lo que la tradición cristiana la ha identificado desde el principio con el acto de girar la mirada hacia Dios; por consiguiente, podemos decir que el converso es aquel que ha puesto sus ojos en el Señor. Pero para comprender plenamente este gesto del hombre, necesitamos suponer una llamada previa por parte de Dios que acapare su atención (tanto es así que en el Evangelio leemos que todos los discípulos de Jesús siguen a este porque han recibido una llamada de parte de él); en el caso del cristiano, en particular, y de la Iglesia, en general, este reclamo proviene de la muerte de Cristo en la cruz.

   En efecto, en la pasión de Jesucristo y en su posterior fallecimiento, el cristiano encuentra la prueba indiscutible del amor de Dios a los hombres, ya que, con el fin de salvarlos de la ignominiosa situación de pecado en la que se hallaban, envió a aquel para morir en el lugar de ellos. Evidentemente, la respuesta a esta llamada divina por parte del cristiano es la correspondencia en el amor: primero a Dios, que es quien ha muerto por él en la cruz, y después a los hombres, que son como él objeto de dicha salvación. Esta contestación al amor de Dios se denomina "caridad", y puede ser definida como la capacidad que alberga el cristiano de amar con el corazón del Padre, que vuelca su predilección sobre justos e injustos y sobre buenos y malos.



   Esta respuesta amorosa del hombre a Jesucristo puede ser vista en la interesante El apóstol, que narra la conversión de un joven musulmán a la fe de la Iglesia. Efectivamente, como si de una historia romántica se tratase, la cinta describe el paulatino encuentro entre el citado joven y el Hijo de Dios, que se le revela a aquel mediante sendos actos de caridad de dos discípulos suyos: el arreglo gratuito de su bicicleta, que ha quedado inutilizada después de un accidente de circulación, y el empeño de un sacerdote por continuar viviendo en la misma casa donde, por motivos de fe, han asesinado a su propia hermana (dicho sacerdote argumenta su postura con la siguiente frase: "Mi presencia entre ellos los ayuda a vivir", aserto que, por otro lado, cautiva el corazón inquieto del muchacho). Pero no por casualidad, es en el interior de una iglesia, y durante la celebración de un bautizo, donde el citado joven experimenta con mayor fuerza la presencia de Jesús.

   Para que un hombre perciba esa sutil llamada de Dios que hemos descrito y sienta su presencia cerca de él, es imprescindible que goce de cierta sensibilidad religiosa o de un sincero anhelo por encontrar la verdad que guíe sus paso por esta vida (indudablemente, Dios se puede manifestar a una persona de manera extraordinaria, pero suele hacerlo a través de un susurro al corazón de aquel que lo busca con nobleza); no en vano, el cartel que cuelga de la fachada de la iglesia que el protagonista de la película frecuenta asegura: "Me buscaréis, y me encontraréis si me buscáis de todo corazón". En el joven musulmán del relato, esta búsqueda se manifiesta en su sincera devoción a Alá, que lo conduce al encuentro del Dios verdadero.



   Esta respuesta al amor de Dios por parte de una persona, sin embargo, puede verse oscurecida por la incomprensión de muchos, ya que, como señalamos arriba, la renuncia y la entrega absoluta carecen de sentido si no se ha conocido previamente la muerte de Cristo en la cruz; en la película, de hecho, podemos ver cómo los propios familiares del protagonista rechazan a este por su decisión de convertirse en discípulo de aquel, o cómo otros miembros de su antiguo credo resuelven castigarlo por ello (tal vez uno de los instantes más emotivos, aunque pase desapercibido, sea aquel en el que el joven se aferra al tronco de un árbol como si del madero de su propia cruz se tratase). Pero el amor de Dios por cada uno de sus hijos es tan grande, que nos insufla valor con el ejemplo de Jesús y con la vida de los mártires, que aquí tienen un pequeño aunque relevante papel (recordemos también la exhortación del Señor: "En el mundo tendréis luchas, pero tened valor: yo he vencido al mundo").

   La conversión, por tanto, es una respuesta del hombre a Dios, que le manifiesta su amor a través de Jesucristo. Pero aunque estemos acostumbrados a identificarla con las personas que se acercan a la fe de la Iglesia, también forma parte de la vida cotidiana de aquel que ya la ha conocido; el cristiano, en efecto, debe recordar cada día la muerte de Jesús en la cruz, que es indicio de ese amor inconmensurable que Dios siente por la humanidad. Como señalamos al principio, en la Cuaresma se le ofrece el tiempo oportuno para ello, ya que le ayuda a reconocer sus pecados y a expiarlos mediante la oración y la penitencia. 

   Perseveremos, pues, en nuestra andadura, y tengamos siempre como guía la cruz de Jesucristo, que es nuestra marca de cristianos y nuestra senda directa hacia el reino de los cielos.


viernes, 19 de febrero de 2016

El renacido (The Revenant)

   Dedicamos la última entrada de este blog a la Cuaresma, el tiempo litúrgico en el que actualmente nos encontramos (aquí). Como explicamos en ella, es el período que la Iglesia católica dedica a la oración y a la penitencia, pues conmemora el importante hecho del exilio de Jesús en el desierto, momento que podemos ver en El evangelio según san Mateo. Tal vez no sea casualidad, pues, que recientemente haya llegado a nuestras pantallas El renacido (The Revenant), film que, sin identificarse con el género religioso, aborda su temática, ya que ofrece al espectador una certera visión de lo que este tiempo litúrgico supone para el cristiano.

   Efectivamente, la película que hoy nos ocupa relata grosso modo las peripecias de un aventurero que, habiendo sobrevivido al ataque de un animal, se encamina hacia su hogar; por supuesto, a lo largo de su periplo se topará con multitud de dificultades, que intentarán impedir dicho retorno, pero que él superará gracias a este anhelo. A pesar del ímprobo esfuerzo, el protagonista descubrirá que las sendas que realmente ha recorrido en su viaje son las que vertebran el interior de su espíritu, ya que este se verá abocado a un colofón que ni siquiera había previsto.



   Cuando tratamos Los diez mandamientos, apuntábamos que el pueblo de Israel abandonó la esclavitud de Egipto, para encaminarse a través del desierto hacia la Tierra Prometida, donde habitaría eternamente si cumplía los preceptos de la ley divina; a la vez afirmábamos que, para restaurar los pecados cometidos por dicho pueblo a lo largo de ese tiempo, Cristo se aisló en el mismo lugar, donde fue fiel a la observancia contra la que aquel atentó. Desde ese instante, la tradición eclesiástica ha visto en el éxodo judío una imagen de la vida del propio cristiano, ya que este debe liberarse del sometimiento de su propio pecado, para dirigirse hacia la patria definitiva, que es el cielo; asimismo, y como señalamos, ve en el exilio de Jesús el ejemplo que ha de adoptar aquel en su andadura, ya que en esta aparecerán multitud de peligros a los que él deberá hacer frente.

   En El renacido (The Revenant) vemos cómo también su protagonista emerge de la tumba en la que ha sido levemente inhumado, pues el pecado mata al hombre, aunque no entierra por completo su libertad; como el pueblo judío, y como cualquier cristiano, pues, abandona ese inerte estado, para alcanzar el de la vida, que solo puede ser hallado en el hogar del que salió (curiosamente, aquel cubre su desnudez con la piel del oso, que ha sido instrumento de su condena, como el cristiano anda por su sendero con la marca de la cruz, que es, a la vez, señal de pena y de triunfo). Por fortuna, no recorrerá este camino en la soledad, ya que siempre lo acompañan la idea de un padre protector, que el cristiano identifica con el Dios providente, y la imagen de un árbol fuerte que se mantiene erguido en cualquier tormenta, algo que el cristiano equipara con su propia fe, que se enraíza en lo más profundo de su alma y que arroja sus ramas al cielo con la esperanza de una vida mejor.    



   El cristiano sabe que esa vida mejor está al final del camino que él mismo debe recorrer con la ayuda de Dios, quien lo espera para otorgarle su abrazo misericordioso. Es posible que esta sea la verdad que el protagonista descubre en su propia aventura, pues, no obstante el haber retornado a su hogar, halla la auténtica paz cuando concede el indulto al asesino de su hijo; con este piadoso gesto, pues, no solo se desunce del yugo del odio, que corroía su espíritu, sino que obtiene su anhelado sosiego.
  
   Como el protagonista del relato, también el cristiano combate en esta vida por alcanzar esa paz eterna que Dios le promete, pero de la que ya puede participar en este mundo si vive conforme al corazón de Jesucristo, que se caracteriza por su piedad. La Cuaresma es el tiempo propicio para recordar esta verdad, que el cristiano está llamado a vivir; por este motivo, este largometraje sirve de excelente acicate para ello.




miércoles, 10 de febrero de 2016

La Cuaresma en el cine

   Comenzamos hoy un nuevo tiempo litúrgico, la Cuaresma, cuarenta días de austeridad y penitencia que nos preparan a la celebración de la Semana Santa y de la Pascua del Señor. Con el fin de vivirlo bien, la Iglesia nos exige a los fieles que esta jornada ayunemos, haciendo una sola y moderada comida, y nos abstengamos de comer carne, situación que se repetirá el Viernes Santo; además, nos manda que la práctica de la abstinencia se prolongue todos los viernes de este período, y que procuremos ser generosos con la limosna y orar con mayor devoción. Para recordarnos, además, nuestra débil naturaleza de pecadores, hoy nos marca la frente con la ceniza, gesto que, en la antigüedad, era una señal de arrepentimiento, pero que actualmente se ha tornado en una llamada a la conversión y en un crudo recordatorio acerca de la fugacidad de la vida; por este motivo, comenzamos también una etapa propicia para la Penitencia, sacramento que nos reconcilia con el Padre y que nos devuelve su gracia santificadora.

   La Cuaresma tiene su origen, por un lado, en la historia del pueblo judío, que caminó cuarenta años por el desierto hasta alcanzar la Tierra Prometida; por el otro, en la biografía de Jesucristo, el cual, con el fin de reparar la desobediencia a la que se había arrojado dicha nación durante ese período, se aisló en la arenosa planicie a lo largo de cuarenta días, tiempo que consagró al ayuno y a la oración. Como ambos hechos han sido recogidos por el séptimo arte en algunas de sus obras, dedicaremos unas pocas líneas a tratarlas, de modo que nos ayuden a vivir correctamente esta etapa que hoy comenzamos.



   Siguiendo, pues, la cronología indicada, es necesario que empecemos este breve recorrido con la famosa cinta de 1956 Los diez mandamientos, dirigida por el incomparable Cecil B. DeMille e interpretada por el mítico actor Charlton Heston. Como la historia es bien conocida, no hace falta que atendamos sus múltiples detalles, por lo que nos contentaremos con la explicación de su soberbia escena final, que resume perfectamente la enjundia de toda la película. El momento concreto es aquel en el que, una vez que Dios le ha entregado el decálogo a Moisés, este desciende del Sinaí y descubre que su pueblo se ha pervertido, ya que ha fundido todo el oro que portaba y lo ha convertido en la escultura de un becerro, al que adora como si de otra divinidad se tratase; el profeta, aturdido por este vil espectáculo, lanza contra su gente las pétreas tablas, desencadenando un violento temblor telúrico que impulsa a todos a la contrición.

   En efecto, el pueblo judío había sido liberado por Dios de la esclavitud que padecía en Egipto, y, a través de Moisés, había sido conducido por el desierto hasta llegar al monte santo, donde Él mismo le haría entrega de sus mandamientos; además, cumpliendo tales normas, sería próspero en la tierra y lograría conquistar un país maravilloso. Sin embargo, y a pesar de esta magnanimidad, Israel despreció al Señor, entregándose a sus pasiones y desobedeciendo sus mandatos; por esta razón, cuando el profeta desciende del monte, reacciona como lo habría hecho cualquier padre ofendido, es decir, aniquilando todo vestigio de traición perpetrado por su prole. No obstante, y como sabemos, Dios, que también es nuestro Padre, no condenó a su pueblo definitivamente, sino que le otorgó una nueva oportunidad, para que alcanzase la Tierra Prometida y viviese allí conforme a sus designios.

   Sin duda, esta escena es un perfecto epítome de la definición de pecado, que no consiste en un simple error o en un mero sentimiento de culpa, sino en un verdadero atentado contra la voluntad de Dios. Ciertamente, desconocemos si la idolatría en que cayó el pueblo judío se manifestó a modo de bacanal, como muestra la cinta, pero es una oportuna metáfora de la realidad que encierra dicha desobediencia, ya que, cuanto más cae el hombre en esta última, más esclavo se vuelve de sus vicios y pasiones, y, por consiguiente, más se aparta de Dios. A la vez, este desacato oculta necesariamente otro tipo de idolatría, la del hombre mismo, que se erige como su propio dios; por tanto, es a él al que le rinde la pleitesía que le niega al verdadero. Según el film, este pecado se contrarresta con la observancia de los mandamientos, por eso las tablas de piedra arrojadas por Moisés consiguen la destrucción del becerro; pero lo cierto es que se necesita una intervención divina para ello (curiosamente, el concepto rigorista de la ley fue aplicado por el mismo DeMille en la primera versión de esta mismo película, dirigida en el silente año de 1923).




   La siguiente película de la breve cronología presentada arriba es El evangelio según san Mateo, dirigida por Pier Paolo Pasolini en el año 1964. En este film, que describe todos los avatares de la vida terrena del Salvador, podemos ver cómo este último acude al desierto después de su bautismo; allí, durante cuarenta días, ayuna y ora, disponiéndose al inminente anuncio del Reino de Dios. No obstante, podemos comprobar que, al finalizar dicho período, es tentado por el demonio, representado aquí por un hombre ataviado con una adusta túnica negra. Como el largometraje es escrupulosamente fiel al texto sagrado, huelga recordar que el susodicho diablo tienta tres veces al Señor, y que, al no encontrar respuesta en él, se marcha hasta otra ocasión más propicia.

   Los exegetas afirman que Jesús se dejó seducir por el diablo en este pasaje para entender la naturaleza del pecado, y, así, poder ayudar a sus futuros discípulos en la lucha contra él. Al mismo tiempo, y como ya hemos indicado, repara con este gesto la desobediencia perpetrada por Israel, pues, mientras que este se apartó de Dios mediante su citada idolatría, él observó su voluntad, y allí donde el hombre eligió adorarse a sí mismo, él decide adorar al único Dios, su Padre. Esto queda de manifiesto en la circunspecta actitud del Señor, que, lejos de dialogar con Satanás, es rotundo en sus asertos y claro en su mohín, ya que no aparta la mirada de este último, combatiendo contra él en vez de condescendiendo a su seducción. 

   Por supuesto, esta obediencia que el Hijo de Dios exhibe en el desierto, sanando, como hemos dicho, el menosprecio de Israel, alcanza su máxima expresión en la cruz, donde abraza la voluntad del Padre hasta sus últimas consecuencias. Evidentemente, la película que refleja mejor este momento es la aclamada La pasión de Cristo, de Mel Gibson, donde podemos ver al detalle el martirio sufrido por Jesús para alcanzarnos la remisión de nuestras faltas; sin embargo, emplazamos su análisis a la Semana Santa, que es una fecha más propicia para su meditación. Mientras tanto, aprovechemos este tiempo que hoy empieza, para enriquecernos con la oración, el ayuno y la penitencia, de manera que podamos expiar los pecados cometidos por los hombres y apreciar la misericordia que Dios otorga a través de la confesión.









lunes, 8 de febrero de 2016

Los extraterrestres en el cine (I)

   Hace unas semanas, publiqué un post dedicado a la película Contact (aquí). En él hablaba sobre cómo el film, a pesar de haber generado grandes expectativas en los amantes de la ufología, se convirtió en una absoluta decepción para los mismos, puesto que, lejos de ofrecer un espectáculo de temática alienígena, narraba la metáfora de la aspiración al cielo que caracteriza a todo ser humano, y, muy particularmente, a los cristianos. De hecho, no por casualidad, como también apuntaba en aquellas líneas, su autor, Robert Zemeckis, equiparaba a los extraterrestres protagonistas con Dios (por supuesto, su equiparación no llegaba hasta el extremo de identificarlos con Él, pero sí les otorgaba cierto halo de divinidad, ya que, habitando en las estrellas, dirigían la vida de la científica Jodie Foster, para que esta, finalmente, pudiese encontrarse con ellos), algo que también está presente en largometrajes como Encuentros en la tercera fase y, de manera más diáfana, E.T., el extraterrestre (efectivamente, este entrañable alienígena bajó del cielo, fue adoptado por una familia que no era la suya, murió, resucitó y volvió a las alturas). Sin embargo, esta visión amable de los supuestos viajeros interestelares, que visitan esporádicamente nuestro planeta, no siempre ha sido así, sino que, al principio, cuando el hombre empezó a interesarse por ellos, los miraba con cierto recelo y con mucha suspicacia.



   Lógicamente, la humanidad comenzó a preguntarse sobre la vida allende nuestras fronteras planetarias, cuando sus conocimientos astronómicos adquirieron la capacidad de sondear las profundidades espaciales. A pesar de lo que hoy divulguen ciertos estudios sensacionalistas, o veamos en la reivindicable Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal, es difícil imaginar que, en tiempos anteriores a estos, los hombres sintiesen dicha inquietud, puesto que, en primer lugar, sus preocupaciones se limitaban a la vida cotidiana, y, en segundo lugar, ni siquiera valoraban el concepto de "planeta", por lo que serían incapaces de pensar en otros, ajenos al nuestro, que estuviesen poblados por seres similares a ellos. Bien es cierto que los estudios referidos aluden a documentos antiguos que parecen probar el contacto íntimo entre los hombres y los alienígenas, siendo estos últimos instructores de aquellos, pero estos están más cerca de ser una interpretación actual que una evidencia de la realidad (en una sociedad vertebrada por la fe animista y por la creencia en dioses que habitan en el cielo, resulta más sencillo deducir que son estos los que adornan las añejas lascas y las viejas inscripciones, que aventurar una referencia a visitantes de otros mundos -incluso el explicar que estos son el origen de la fe en aquellos, como sugiere la interesante La cuarta fase, parece muy forzado).

   Tal vez, la primera incursión de los alienígenas en la vida humana quepa hallarla en La guerra de los mundos, clásico literario de la ciencia-ficción escrito por H.G. Wells en 1898. En él, como es sabido, una legión de marcianos, stricto sensu, invade violentamente la Tierra, con el objeto de acomodarla a sus necesidades; la humanidad, aterrada por esta ocupación, procura oponerse a ella mediante el mayor de sus esfuerzos, pero no lo consigue, pues el ejército extraterrestre cuenta con un armamento superior. Finalmente, y a pesar del ímprobo esfuerzo de los hombres, no son ellos los que consiguen la victoria sobre los invasores, sino las minúsculas bacterias, que alteran su organismo, porque no están habituados a ellas.

   Este argumento, que hoy nos puede parecer común por haber dado pie a un par de adaptaciones cinematográficas (la de Byron Haskin en 1953 y la de Steven Spielberg en 2005), fue, sin embargo, una novedad para el lector decimonónico, que, no en vano, acababa de conocer la noticia del hallazgo de los famosos canales de Marte. Efectivamente, en el año 1877, el astrónomo italiano Schiaparelli descubrió, a través de su rudimentario telescopio, que el planeta rojo estaba surcado por centenares de conductos que parecían conectar sus helados polos con diferentes puntos de su abrupta geografía, algo que él identificó con la supuesta técnica de una sociedad marciana entregada al abastecimiento de agua de las distintas comunidades que la formaban. Esta conjetura, como hemos dicho, conmocionó tanto a las personas de la época, que inmediatamente la aceptaron como válida, por lo que, en ningún momento, descartaron la posibilidad de una invasión perpetrada desde allí (tanto es así que, años después, cuando Orson Welles adaptó sus páginas a un guion radiofónico que él mismo difundió, los oyentes creyeron a pie juntillas que aquella había llegado: aquí).



   Algunos críticos literarios han querido ver en la novela de Wells una diatriba contra la historia colonizadora de Inglaterra, patria del escritor, que había usado su avanzada tecnología para imponerse sobre muchos territorios de los primitivos continentes asiático, africano y americano. Aunque probablemente esto sea cierto, lo que interesa a nuestro análisis es la funesta visión de los alienígenas que el texto consiguió imprimir en la humanidad del momento (es necesario recordar aquí que, poco después de su publicación, el mítico H.P. Lovecraft dedicó varios escritos a los terrores provenientes del espacio). Es posible que ello se debiera a los nuevos horizontes que se le perfilaban al ser humano, tan desconocidos entonces como anteriormente lo habían sido los tenebrosos océanos, que, por ello, habían sido imaginados como habitados por criaturas monstruosas, dedicadas a engullir cualquier navío que osase hender su trozo de piélago; de igual modo, aquellos abismos negros que el hombre del siglo XIX observaba sobre su cabeza, eran concebidos como el lugar donde vivían todo tipo de seres malignos, que, además, podían estar vigilándolo desde el planeta vecino.

   Pero aquella ocupación marciana, que casi fue temida como inminente, nunca llegó a realizarse, por lo que el hombre, sin dejar de creer en la probabilidad de vida fuera de la Tierra, comenzó a fantasear con la manera en que esta se manifestaba (curiosamente, como veremos a continuación, reflejaba lo que el hombre mismo iba conociendo a medida que se adentraba en los exóticos países que exploraba). Para alimentar, además, esta nueva senda imaginativa, contaba no solo con la literatura, que se internó en dicho campo, sino también con un moderno y sorprendente espectáculo que estaba encandilando a la feliz sociedad de principios del siglo XX: el cinematógrafo. En efecto, en el año 1902, el director e ilusionista francés Georges Méliès regaló al mundo su maravillosa Viaje a la Luna (puedes verla aquí), que, inspirada libremente en el relato de su compatriota Julio Verne, narraba la aventura de un grupo de astronautas sobre la superficie de nuestro satélite, donde entraban en contacto con la tribu de los selenitas (recordemos que el escritor no menciona dicho alunizaje, por lo que no aclara si creía en tales pobladores, aunque hace columbrar a sus protagonistas ciertas sombras que podrían ser indicios de construcciones artificiales). En esta breve cinta, pues, de escasos diez minutos, podíamos contemplar a unos aborígenes que, como si de un reducto de nativos africanos en la Luna se tratasen, portaban lanzas, cazaban animales salvajes y danzaban en corro para recibir a los exploradores llegados de la Tierra.

   En el ámbito literario, destacó Edgar Rice Burroughs, el otrora creador de Tarzán, que, a modo de correría espacial de este último, imaginó que también el planeta rojo estaba habitado por sociedades selváticas, como las presumidas por Méliès y como las que descubrían sus contemporáneos en las profundidades de África y Asia. Para describir a sus lectores esta primitiva forma de vida, ideó a un sosias de su famoso héroe, al que denominó John Carter, el cual podía viajar desde el lejano Oeste hasta las llanuras marcianas mediante la psique; asimismo, allí podía adoptar un fabuloso cuerpo que le permitía respirar el enrarecido aire del planeta y explorarlo sin problemas (evidentemente, esta historia ha servido de inspiración a James Cameron y su aclamada Avatar). La extensa serie, titulada Bajo las lunas de Marte, comenzó a ser publicada en 1912, llegando a su fin en 1943; sin embargo, no fue hasta nuestro siglo cuando Hollywood mostró cierto interés por ella: en 2009 pudimos ver una hilarante adaptación llamada Princess of Mars, que fue rápidamente subsanada con un remake de mejor propósito, titulado John Carter.



   Como vemos, pues, los hombres dejaron de considerar la vida extraterrestre como una temida probabilidad, para empezar a valorarla como un simple recurso artístico, que, como hemos indicado, servía fácilmente a los propósitos expedicionarios del momento. Por desgracia, incluso esta nueva tendencia, más veraz que la anterior, tuvo que ser abandonada por culpa de una realidad de mayor crudeza: la Primera Guerra Mundial. Efectivamente, el 28 de julio de 1914, el archiduque de Austria Francisco Fernando fue asesinado por el joven serbio Gavrilo Princip, quien reclamaba, en nombre de la organización secreta Mano Negra, la anexión de Bosnia a su país (recordemos que, a la sazón, Bosnia formaba parte del Imperio austro-húngaro, y que Serbia había sido declarado como Estado soberano varios años antes); este hecho detonó las tensiones que latían entre las principales potencias europeas de entonces, que, de manera sucesiva, se declararon la guerra entre sí. Aunque en un primer momento se pensó que esta situación duraría pocos meses, lo cierto es que se prolongó mucho más de lo debido, finalizando el 28 de junio de 1919 con la firma del Tratado de Versalles y con una estimación de nueve millones de muertos a sus espaldas.

  Lógicamente, este triste suceso frenó las aspiraciones espaciales del mundo entero durante los años de su desarrollo, pues, del mismo modo que las primitivas comunidades a las que aludíamos al principio del opúsculo, aquella moderna sociedad tuvo que afrontar una tribulación que creía superada; por este motivo, la literatura y el cine se subyugaron a las necesidades del conflicto, cuyo remedio era más perentorio que cualquier ataque enemigo proveniente de otro planeta. En el primer campo, descolló Los cuatro jinetes del Apocalipsis, de Blasco Ibáñez, novela escrita a la par que se desenvolvía la guerra y que detallaba rigurosamente las atrocidades de esta; en el segundo, La pequeña americana, del gran Cecil B. DeMille, film que intentaba justificar la injerencia norteamericana en la conflagración. 

   El fin de la guerra, empero, no trajo consigo una vuelta al interés por los supuestos habitantes del espacio, sino que, por el contrario, propició un olvido del mismo, ya que la humanidad se dejó embeber por los aires triunfalistas que parecían recorrer el planeta Tierra desde un extremo hasta el otro. Esta época fue denominada la de los felices años veinte, ya que se caracterizó por ser una década de notable prosperidad económica. Dicho bienestar se vivió principalmente en Estados Unidos, que se había enriquecido gracias a la venta de armas a Europa, pero también los otros países se sumaron a él, pues intentaron sentar bases que impidieran un nuevo conflicto así (este boyante período y sus, sin embargo, inherentes problemas, pueden ser constatados en cualquiera de las versiones cinematográficas de El gran Gatsby, o en la famosa Los intocables de Eliot Ness, de Brian De Palma).

   Curiosamente, el interés por la vida extraterrestre fue recuperado a continuación del siguiente conflicto que azotó al mundo, la Segunda Guerra Mundial, pues, pocos años después de que esta finalizase, un aviador norteamericano denunció la presencia en el cielo de una extraña formación de platillos volantes. El nombre del piloto era Kenneth Arnold, y pasó a la historia de la ufología por ser el primero en avistar estos característicos navíos espaciales, que, con el tiempo, entrarían a formar parte de nuestra cultura popular, donde, por supuesto, tiene su lugar de honor el séptimo arte. Sin embargo, esto será tratado en profundidad en el próximo artículo que dedicaremos a este apasionante tema.