lunes, 29 de febrero de 2016

Los extraterrestres en el cine (II)

   En el primer artículo que dedicamos a este asunto (aquí), indicamos que los extraterrestres se dieron a conocer a la humanidad en el año 1898, gracias a la publicación de La guerra de los mundos; a través de este libro, H.G. Wells atemorizó a los hombres del siglo XIX con la posibilidad de una invasión desde el vecino planeta rojo. Como también afirmamos, aunque dicho ataque nunca tuviese lugar, el texto del escritor influyó tanto en la sociedad del momento, que esta ya no pudo dejar de mirar el cielo sin esperar ver una legión de marcianos atravesando sus nubes.

   Por otro lado, la idea de encontrar vida inteligente fuera de la Tierra cautivó tanto a la cientificista mente decimonónica, que imaginó la manera en que esta podía manifestarse; de este modo, y ya que la exploración de regiones perdidas estaba dilatando los horizontes del conocimiento antropológico, identificó estos mismos descubrimientos con los que probablemente hallaría en otros mundos, si algún día lograse viajar hasta ellos. En esta fase de la evolución extraterrestre, como señalamos, podemos destacar Viaje a la Luna, donde encontramos una suerte de aborígenes africanos poblando nuestro satélite nocturno, y la saga literaria Bajo las lunas de Marte, donde hallamos una civilización similar a la que habita el continente negro.

   Sin embargo, esta fantasía quedó truncada por la cruda realidad de la guerra, que en 1914 estalló bajo la forma de un conflicto mundial, enfrentando a las grandes potencias europeas del momento entre sí y, ulteriormente, a los Estados Unidos de América. Como indicamos, el perentorio interés por concluir dicha conflagración logró que tanto el cine como la literatura se sometiesen a ese común objetivo, de manera que la ensoñación de otros mundos quedó aletargada bajo el peso de los tristes acontecimientos históricos de la época, teniendo que esperar a que otro instante de paz la volviese a despertar.


   Este ansiado momento vio la luz el 24 de junio del año 1947, un período que, a pesar de ser pacífico, estaba oscurecido por la tensa Guerra Fría mantenida entre Estados Unidos y la Unión Soviética (recordemos que después de la Segunda Guerra Mundial, ambos bloques se dividieron la hegemonía planetaria, agrupando sendos partidarios para cada uno de los bandos). En esa fecha, el piloto de rescate Kenneth Arnold denunció al FBI un extraño avistamiento de platillos volantes; según sus propias palabras, varios objetos con esa forma cruzaron velozmente el cielo desde un punto al otro del mismo. Su testimonio fue tan veraz, que enseguida se recuperó el interés dormido por la existencia de vida inteligente en el espacio (además, su descripción se hizo tan famosa, que todavía hoy usamos en nuestra terminología el apelativo "platillo volante" para aludir a muchos fenómenos ovni).

   Ciertamente, el citado piloto nunca aseveró que las hipotéticas naves que surcaron el firmamento aquel 24 de junio, fuesen en verdad objetos provenientes del espacio exterior (de hecho, muchos compañeros de profesión arguyeron que un reflejo cualquiera en el parabrisas de la avioneta podría haber causado el mismo efecto); sin embargo, y como hemos indicado, la expectación generada fue tan grande, que cientos de norteamericanos creyeron ver en el cielo naves similares a las que aquel había descrito (los documentos de la época demuestran que, después de la experiencia de Arnold, se contabilizaron hasta un total de 850 denuncias de avistamientos de ovnis). Este dato confirma que el temor a una nueva guerra se cernió sobre el mundo, esta vez, sin embargo, sobre una porción del mismo, la estadounidense; como aconteció a finales del siglo XIX y a principios del XX, dicho miedo se canalizó a la posible invasión de un ejército extraterrestre, algo que podemos constatar en las suculentas La Tierra contra los platillos volantes (Fed F. Sears, 1956) y La invasión de los ladrones de cuerpos (Don Siegel, 1956).  



   Tal vez esta situación de histerismo resultase propicia para los nuevos derroteros que el mundo moderno comenzaba a recorrer. Como hemos dicho, la Unión Soviética y los Estados Unidos mantenían una tensa Guerra Fría entre sí, sustentada por numerosas amenazas de ataques nucleares (el momento crítico puede ser visionado en la resultona Trece días) y por una tenaz carrera armamentística cuyo único fin consistía en la superposición al rival (algo que puede ser intuido en la olvidada Meteoro). En este último caso, no son pocos los expertos que afirman que la potencia capitalista hizo uso de material bélico nazi para vencer en dicha competición, y que este contaba entre sus efectivos con diversas aeronaves que se ajustaban a la famosa forma descrita por el piloto Arnold (aunque la Wikipedia no sea muy fiable, este artículo sobre el asunto es interesante: aquí). Si esta precisión es correcta, podemos entender la realidad que oculta otro renombrado hecho que, con el devenir de los tiempos, se convirtió en el siguiente hito de la historia de la ufología: el caso Roswell.

   En efecto, escasas semanas después del denunciado avistamiento ovni por parte de Kenneth Arnold, concretamente el 7 de julio del mismo año, la prensa de Nuevo México despertaba a los habitantes de este Estado con la asombrosa noticia del accidente de una nave espacial en un rancho del mismo y con la aparición de los cadáveres de sus tripulantes; conforme relataba el texto, el susodicho objeto se había estrellado esa misma noche contra un molino de viento, y el golpe había causado tanto la destrucción de este último como la de aquel, cuyos restos, junto con los de sus pilotos, habían quedado desperdigados por todo el perímetro de la finca. No obstante esta supuesta evidencia, las autoridades militares del lugar desmintieron con rapidez los hechos, argumentado para ello que las pruebas del incidente respondían a un experimento meteorológico y que la presencia de los cuerpos alienígenas se correspondía con el uso de sendos maniquíes, dispuestos allí como parte de aquel. Sin embargo, esta explicación no satisfizo a todos los habitantes de Roswell, que consideraron el hecho como un intento por parte del Gobierno norteamericano de ocultar la evidencia definitiva de vida inteligente fuera de la Tierra (para profundizar en este asunto, es recomendable el acercamiento al telefilm El misterio de Roswell, que pretende presentar minuciosamente todos los datos que rodearon el caso). 

   Ciertamente, el incidente de Roswell continúa llenando de estupor a la opinión pública, que todavía vacila entre decantarse por la teoría conspiratoria y aceptar la versión que se divulgó aquel lejano año de 1947. Como hemos indicado, no son pocas las voces que denuncian una supuesta trama orquestada por el mismísimo Gobierno de los Estados Unidos, que se habría incautado de material bélico nazi con el fin de experimentar con él y con la posterior intención de usarlo en futuros conflictos, presumiblemente en el que podría surgir entre dicho país y la Unión Soviética; según estas mismas voces, ello explicaría todo el montaje extraterrestre, que habría servido como cortina de humo de las citadas pruebas militares (en este sentido, el vídeo que se propaló hace unos años sobre la supuesta autopsia realizada a uno de los hipotéticos pilotos de la nave alienígena, no aclara nada: aquí). Por otro lado, hay opiniones que, difiriendo de la expuesta, sostienen que aquel accidente tuvo lugar y que el desarrollo tecnológico de nuestro tiempo es fruto de las investigaciones vertidas sobre el objeto estrellado (dicha teoría cobra forma en Independence Day y en Área 51, film que coge su título del misterioso lugar donde se elaborarían dichas indagaciones).



   Sea como fuere, lo cierto es que tanto la experiencia de Arnold como el famoso incidente de Roswell alteraron el concepto que la humanidad había tenido hasta el momento sobre los extraterrestres: si en aquella primera fase terminó por identificarlos con una simple excusa artística, en este segundo período llegó a verlos como una probabilidad más que real, y no necesariamente bajo una óptica belicista. Sin embargo, en esta misma línea, el verdadero cambio de visión llegaría pocos años después, en 1952, cuando el astrónomo aficionado George Adamski aseguró que había contactado con uno de ellos; según su propio testimonio, el alienígena provenía del planeta Venus y le había hecho entrega de un mensaje de advertencia acerca del conflicto que desolaría de nuevo el mundo, si los Estados Unidos y la Unión Soviética no deponían su armamento nuclear. Estas palabras, pronunciadas en el contexto de la Guerra Fría en que ambos países estaban inmersos, calaron profundamente en el alma del pueblo norteamericano, que, no en vano, acababa de presenciar el estreno cinematográfico de Ultimátum a la Tierra (Robert Wise, 1951), film de idéntica temática a la expuesta por el supuesto venusino conocido por Adamski. 

   Así pues, podemos ver que, en esta nueva etapa de la historia de los extraterrestres, estos comienzan a ser entendidos como una suerte de protectores de la humanidad, ya que esta ha sido incapaz de dirigir correctamente su propio devenir. En efecto, las dos guerras mundiales y la gélida tensión mantenida entre las potencias del momento parecían demostrar que los hombres, a pesar de sus avances tecnológicos, carecían de la madurez suficiente para encaminarse juntos hacia el bien común; por ello requerían de manera indiscutible un tutor que, habiendo alcanzado e incluso superado dicha técnica, pudiese auxiliarlos en tal empresa. Como hemos señalado, la ola de avistamientos y la esperanza otorgada por Adamski a unos corazones sensibilizados con la guerra, hicieron que aquellos reconociesen en los alienígenas a los supervisores que andaban buscando.



   Esta nueva fase también se vio reforzada por el mundo de la literatura, en especial por el escritor Arthur C. Clarke, que abogó en sus novelas por el fin de una etapa caduca del hombre y, en consecuencia, por el inicio de otra más perfecta. Sus títulos de mayor renombre tal vez sean, precisamente, El fin de la infancia, escrita en 1953, y 2001. Una odisea en el espacio, publicada en 1968. Como hemos dicho, una y otra muestran a una humanidad guiada por ignaros alienígenas en la senda de su perfección, objetivo que se identifica, por supuesto, con ellos mismos; de esta manera, los extraterrestres, a la par que esa labor de supervisión de la que son investidos, van adquiriendo también el halo divino del que hoy gozan.

   Efectivamente, el hombre de hoy ha aceptado de tal manera la existencia de los extraterrestres, que no son pocos los que incluso les otorgan capacidades propias de dioses. Como señalamos en la entrada anterior, películas como La cuarta fase e Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal postulan asimismo que han sido ellos quienes han estado realmente detrás de las religiones antiguas, que son cuna de las actuales; de este modo, la plenitud que anhela el hombre solo sería alcanzada por él cuando conociese sus verdaderos orígenes y retornase a ellos, que se encuentran en planetas diferentes al nuestro. Sin embargo, esto será estudiado en el siguiente post que dediquemos a este interesante asunto.