martes, 23 de febrero de 2016

La Cuaresma es tiempo de conversión

   Como venimos diciendo en las últimas entradas de este blog (aquí y aquí), la Cuaresma es el tiempo propicio para la penitencia y la oración, pues nos recuerda nuestro fugaz paso por la vida terrena y el objetivo de esta, que no es otro que alcanzar la eterna; como si del paso de Israel por el desierto se tratase, cada cristiano, junto con toda la Iglesia, guiada por Dios mismo, camina hacia su particular Tierra Prometida, es decir, el reino de los cielos. También hemos indicado que este viaje comienza con la muerte de Jesucristo en la cruz, ya que esta liberó a la humanidad del fatídico yugo que la uncía, el del pecado; por este motivo, y a su vez, cada cristiano debe luchar diariamente contra esa atadura, que amenaza con insistencia con volver a apresarlo. Las armas fundamentales para dicho combate, pues, son las dos que ya hemos mencionado arriba, la penitencia y la oración, ya que, respectivamente, nos ayudan a moderar nuestras pasiones y a incrementar nuestra fe en la vida futura (el sufrimiento y la renuncia adquieren todo su sentido solo cuando detrás hay un premio que los sustenta; lo contrario es un vano estoicismo).



   Sin lugar a dudas, el primer paso que debe dar cualquier persona en este camino es la conversión. Esta palabra de origen latino significa etimológicamente "volver el rosto hacia algo o hacia alguien", por lo que la tradición cristiana la ha identificado desde el principio con el acto de girar la mirada hacia Dios; por consiguiente, podemos decir que el converso es aquel que ha puesto sus ojos en el Señor. Pero para comprender plenamente este gesto del hombre, necesitamos suponer una llamada previa por parte de Dios que acapare su atención (tanto es así que en el Evangelio leemos que todos los discípulos de Jesús siguen a este porque han recibido una llamada de parte de él); en el caso del cristiano, en particular, y de la Iglesia, en general, este reclamo proviene de la muerte de Cristo en la cruz.

   En efecto, en la pasión de Jesucristo y en su posterior fallecimiento, el cristiano encuentra la prueba indiscutible del amor de Dios a los hombres, ya que, con el fin de salvarlos de la ignominiosa situación de pecado en la que se hallaban, envió a aquel para morir en el lugar de ellos. Evidentemente, la respuesta a esta llamada divina por parte del cristiano es la correspondencia en el amor: primero a Dios, que es quien ha muerto por él en la cruz, y después a los hombres, que son como él objeto de dicha salvación. Esta contestación al amor de Dios se denomina "caridad", y puede ser definida como la capacidad que alberga el cristiano de amar con el corazón del Padre, que vuelca su predilección sobre justos e injustos y sobre buenos y malos.



   Esta respuesta amorosa del hombre a Jesucristo puede ser vista en la interesante El apóstol, que narra la conversión de un joven musulmán a la fe de la Iglesia. Efectivamente, como si de una historia romántica se tratase, la cinta describe el paulatino encuentro entre el citado joven y el Hijo de Dios, que se le revela a aquel mediante sendos actos de caridad de dos discípulos suyos: el arreglo gratuito de su bicicleta, que ha quedado inutilizada después de un accidente de circulación, y el empeño de un sacerdote por continuar viviendo en la misma casa donde, por motivos de fe, han asesinado a su propia hermana (dicho sacerdote argumenta su postura con la siguiente frase: "Mi presencia entre ellos los ayuda a vivir", aserto que, por otro lado, cautiva el corazón inquieto del muchacho). Pero no por casualidad, es en el interior de una iglesia, y durante la celebración de un bautizo, donde el citado joven experimenta con mayor fuerza la presencia de Jesús.

   Para que un hombre perciba esa sutil llamada de Dios que hemos descrito y sienta su presencia cerca de él, es imprescindible que goce de cierta sensibilidad religiosa o de un sincero anhelo por encontrar la verdad que guíe sus paso por esta vida (indudablemente, Dios se puede manifestar a una persona de manera extraordinaria, pero suele hacerlo a través de un susurro al corazón de aquel que lo busca con nobleza); no en vano, el cartel que cuelga de la fachada de la iglesia que el protagonista de la película frecuenta asegura: "Me buscaréis, y me encontraréis si me buscáis de todo corazón". En el joven musulmán del relato, esta búsqueda se manifiesta en su sincera devoción a Alá, que lo conduce al encuentro del Dios verdadero.



   Esta respuesta al amor de Dios por parte de una persona, sin embargo, puede verse oscurecida por la incomprensión de muchos, ya que, como señalamos arriba, la renuncia y la entrega absoluta carecen de sentido si no se ha conocido previamente la muerte de Cristo en la cruz; en la película, de hecho, podemos ver cómo los propios familiares del protagonista rechazan a este por su decisión de convertirse en discípulo de aquel, o cómo otros miembros de su antiguo credo resuelven castigarlo por ello (tal vez uno de los instantes más emotivos, aunque pase desapercibido, sea aquel en el que el joven se aferra al tronco de un árbol como si del madero de su propia cruz se tratase). Pero el amor de Dios por cada uno de sus hijos es tan grande, que nos insufla valor con el ejemplo de Jesús y con la vida de los mártires, que aquí tienen un pequeño aunque relevante papel (recordemos también la exhortación del Señor: "En el mundo tendréis luchas, pero tened valor: yo he vencido al mundo").

   La conversión, por tanto, es una respuesta del hombre a Dios, que le manifiesta su amor a través de Jesucristo. Pero aunque estemos acostumbrados a identificarla con las personas que se acercan a la fe de la Iglesia, también forma parte de la vida cotidiana de aquel que ya la ha conocido; el cristiano, en efecto, debe recordar cada día la muerte de Jesús en la cruz, que es indicio de ese amor inconmensurable que Dios siente por la humanidad. Como señalamos al principio, en la Cuaresma se le ofrece el tiempo oportuno para ello, ya que le ayuda a reconocer sus pecados y a expiarlos mediante la oración y la penitencia. 

   Perseveremos, pues, en nuestra andadura, y tengamos siempre como guía la cruz de Jesucristo, que es nuestra marca de cristianos y nuestra senda directa hacia el reino de los cielos.