domingo, 14 de junio de 2015

Los puentes de Madison

   Recuerdo que, hace unos años, mientras estudiaba en el seminario, un profesor citó la película del gran Clint Eastwood Los puentes de Madison: afirmó que era una cinta memorable y la única que le había hecho llorar de cuantas historia romanticonas pueblan nuestras pantallas tanto cinematográficas como televisivas. En ese momento, un aventurado alumno levantó la mano y espetó que le parecía aquella una afirmación terrible, pues el largometraje describía un adulterio que, para mayor escarnio, era maquillado con ese halo romántico que tanta mella parecía hacer hecho en el alma del citado docente. Este, sorprendido, intentó hacerle entender que la película no versaba sobre eso, sino sobre el verdadero amor; pero el intransigente seminarista, tal vez acicateado por el ardor que caracteriza a los que dan sus primeros pasos en el mundo de la Teología, se hizo fuerte en sus ideas y no cedió un palmo en su punto de vista, que se había convertido en una auténtico visor que apuntaba directamente a las opiniones dizque condenables del pobre profesor.

   Cuando la clase tocaba a su fin, el sacerdote zanjó la batalla dialéctica pidiéndole al alumno inquisidor que revisase la cinta, para que llegase a descubrir su error, pero este declinó la oferta y enarboló el pendón de la doctrina sobre las cenizas a las que él mismo había reducido el largometraje de Eastwood. Por mi parte, debo decir que yo había visto la película y que, como al lacrimógeno profesor, también me emocioné, pero que, tras las invectivas de mi compañero, dudé si había experimentado dicha emoción por culpa del revestimiento edulcorado que la misma hacía de esa intolerable transgresión, o si lo había hecho por simple debilidad romanticona. Sea como fuere, olvidé rápidamente esos asaltos a la conciencia, pues la perentoriedad de los estudios y la ajetreada vida del seminario me hicieron caer muy pronto en la realidad académica y sacerdotal que requerían de mí toda la atención.

   Sin embargo, andando el tiempo, y tras enamorarme del cine de Clint Eastwood a medida que lo iba conociendo, cayó en mis manos una copia del título que nos ocupa; en ese momento, recordé de inmediato aquel discurso ortodoxísimo del aguerrido seminarista y las escuetas palabras del inerme docente, así que me dispuse a verla de nuevo y, de este modo, juzgar acerca del vencedor en aquel combate que ocupó casi la totalidad de la hora de clase. Lo que vi me llenó de ternura y me hizo comprender que aquel venerable sacerdote, en su humildad, tenía más sentido común que el osado alumno, pues lo que me mostró cada fotograma fue un canto al amor verdadero y responsable que ha de existir en un matrimonio.



   Como sabéis, la película narra el encuentro entre un fotógrafo divorciado y un ama de casa devorada por la vida rutinaria y el menosprecio de unos hijos que rozan la adolescencia; como diría el clásico, entre el fuego y la estopa, el diablo sopla, de manera que lo que podría haberse quedado en una mera amistad se convierte en una indecente pasión amorosa. Así pues, durante los cuatro días que aquel debe pasar en el pueblo de aquella, ambos viven una relación que trasciende lo puramente carnal, pues se llegan a desear hasta el punto de idear una fuga conjunta. No obstante, y a la hora de la verdad, el ama de casa, interpretada por una estupenda Meryl Streep, comprende que debe permanecer al lado de su familia y mantener en el recuerdo este intenso amor que ha conocido con el también estupendo Clint Eastwood.

   En un primer momento, podemos otorgar la razón al exaltado estudiante de Teología, pues, ciertamente, la mujer cede a la progresiva tentación que la presencia del fotógrafo le ofrece, y, para más inri, dicha caída está descrita con una suavidad  y una elegancia que nos hace condescender con ella (de manera particular, recuerdo el flirteo de ella con él en el famoso puente y, sobre todo, el mágico instante en que ella, mientras habla por teléfono, va enderezando el cuello de la camisa de él, hasta que posa su mano sobre el hombro de este… una sublime puesta en escena que solo es capaz de hacer alguien que se ha forjado con los grandes clásicos del cine). Mas, en un segundo momento, y a la vez que avanza el metraje de la cinta, nos damos cuenta que aquel profesor tenía razón, pues, acercándose ya los últimos minutos, Meryl Streep reacciona y se despierta de la ensoñación en que vivía, aduciendo que el huir con él sería una cobardía, un mal ejemplo para sus hijos y una traición hacia su marido; así que, a pesar de los ruegos de (esta vez sí) un poco creíble y lloroso Eastwood, decide quedarse en su hogar (mientras que una cinta de hoy caería en la facilidad de mostrar que ella abre la puerta del vehículo y corre bajo la lluvia a los brazos del fotógrafo, esta es más realista y nos muestra que se aferra hasta el último momento al picaporte de la puerta, pero que su amor es más grande que la pasión y que, por consiguiente, debe ser fiel a su compromiso).

   He aquí una palabra que hoy ha sido desterrada del panorama amoroso actual: “compromiso”. Cuando preparo a los novios para su inminente “sí, quiero”, les pregunto qué significa para ellos el término “amor”; dependiendo de su nivel religioso, que suele ser escaso, me suelen dar una respuesta u otra, pero todas se resumen en algo así como que es un sentimiento muy fuerte que uno experimenta hacia otra persona, amén de alguna mención a la intimidad conyugal en la que, desgraciadamente, ya son avezados cuando vienen a formalizarla. Frente a esto, mi pregunta es irrenunciable: entonces, cuando una pareja (los términos “matrimonio” y “noviazgo” también sufren un malicioso ostracismo lingüístico) alcanza una edad tal que ya no siente el mariposeo estomacal característico del amor, o que no se consume por yacer en un tálamo que ha servido de testigo mudo en su evolución, ¿significa que ha dejado de amarse? O bien, y si el ejemplo lo vislumbran como algo muy lejano, les cuestiono si unos novios que desean guardar sus cuerpos hasta el día en que se casen no se aman realmente. Aunque sus contestaciones son dispares, todas se resumen en una palabra que, a pesar de su brevedad, encierra un hondo y tajante significado: no. Es decir, o no se aman, o han dejado de hacerlo.



   Decía el recordado Benedicto XVI en su espléndida primera encíclica que el amor se le impone al hombre desde fuera y que le hace trascender su propio cuerpo, ofreciéndole infinidad, eternidad, una realidad más grande y completamente distinta de nuestra existencia cotidiana (Deus Caritas Est, 25 de diciembre de 2005, a. cit.), y que este amor, propio del experimentado entre un varón y una mujer, es denominado “eros”. Aunque la descripción nos pueda encandilar, el papa advierte que este concepto puede ser erróneamente idolatrado y que, en consecuencia, puede ser malinterpretado, convirtiéndose en un simple sentimiento egoísta que busca su propio placer, es decir, el goce mismo de sentirlo. Para evitarlo, el romano autor propone una educación sana que nos lleve, a su vez, a encontrar su propia plenitud; él denomina dicha plenitud con el término “ágape”, palabra usada por primera vez con este sentido por el filósofo Platón en su homónimo libro dialógico. El ágape es el amor oblativo, es decir, aquel que se ofrece hasta el extremo de entregar la propia vida por el otro, o, como asevera la definición clásica, desear el bien del amado. Este deseo, que nace del fuerte sentimiento al que aluden mis jóvenes matrimoniantes, alcanza su zenit en el compromiso, es decir, en el acuerdo mutuo de garantizar esa entrega del uno por el otro, que perfectamente recoge la Iglesia en su ritual cuando hace decir a los novios que serán fieles en la salud y en la enfermedad y en la prosperidad y en la adversidad.

   Mas, y por desgracia, hoy las parejas están lejos de amarse realmente, habiéndose convertido en meros individuos que pactan una convivencia bajo el mismo techo, revistiendo tal alianza con el boato del sacramento o de la pseudo-ceremonia civil; así, cuando uno de los dos o los dos se cansan de dicha convivencia, o bien descubren que el fuerte sentimiento amoroso ya no bate su manido estómago, pactan la separación, para buscar una nueva mariposa que revolotee donde se hunde el ombligo… o que lo haga donde debería alojarse la vergüenza. No hay, por tanto, un compromiso que garantice ese amor, sino un egoísmo  infantil que busca la experiencia en sí misma y no la que se ha de vivir en común.

   La película de Clint Eastwood nos presenta una problemática que se le puede ofrecer a cualquier matrimonio: el adulterio, que es fruto de ese “enfriamiento del amor” que ahora sirve de excusa para romper el enlace manifestado ante Dios (los que no tienen fe lo harán ante el alcalde de su pueblo o ante un sucedáneo, que no tienen la entidad divina que ostenta el creador del Universo y Padre de todos los hombres). Aunque no le resto materia confesable a la pobre y hastiada ama de casa, pues la debilidad forma parte de la naturaleza humana y Dios cuenta con ella, finalmente hace valer esa promesa que presumiblemente pronunció ante un altar (recordemos que se trata de una familia cristiana), pues comprende que el verdadero amor rompe la barrera del neto sentimiento y se hace fuerte, por el contrario, cuando se sobrepone a él para entregarse por la persona a la que juró fidelidad. Ella misma se pregunta si tal vez se enamorase de ese amor que le proponía el fotógrafo aventurero y si su vida, de haber obedecido su instinto, habría sido de otra manera, pero comprende que hizo lo correcto y que, por eso mismo, es feliz. Por si nos queda alguna duda tras el visionado, su testamento ológrafo, que sus hijos, ya mayores, leen antes de esparcir sus cenizas por el puente donde nació esa pasión, logra que estos se reconcilien con sus respectivos cónyuges y deseen entregarse a ellos más allá del mero sentimentalismo.

   Así pues, aquel profesor se ha erigido, con el paso del tiempo, con la humilde victoria, pues, ciertamente, el amor del que habla esta cinta es el amor verdadero, el que arrostra toda dificultad por el bien del amado, incluso cuando esta se presenta bajo la forma de un amor más pleno. Por el contrario, debemos decirle a aquel defensor de la ortodoxia, que abandonó el seminario, que todos estamos sometidos a la debilidad, pero que la gracia de Dios, cuando cooperamos con ella, nos ayuda a ser fieles a nuestros compromisos, otorgándonos ulteriormente la felicidad que nace de ellos, pues, como afirmaba el aclamado pontífice san Juan Pablo II, “la raíz de la felicidad es el amor verdadero”.