miércoles, 5 de agosto de 2015

La aventura del Poseidón


   En el año 1970, el estreno de la película Aeropuerto puso de moda el subgénero catastrófico, denominado así no por su ausencia de calidad, sino por su temática: como su propio nombre indica, las cintas enmarcadas en él describían los acontecimientos que se sucedían durante la eclosión de alguna desgracia, principalmente de orden telúrico, o durante el derrumbamiento de alguna ciclópea construcción humana que supusiese un desafío para las fuerzas de la naturaleza; además, era propio de ellas presentarnos a una plétora de actores famosos enfrentándose a dichas calamidades, y ofrecernos historias y romances que se entrecruzaban y se ponían en cuestión o se fortalecían gracias al terrible escenario. De este modo, han quedado para el recuerdo filmes como Terremoto, Meteoro, El coloso en llamas y el título que hoy nos ocupa.

   La aventura del Poseidón narra la historia de un crucero de lujo que vuelca tras recibir el duro embate de una ola gigantesca. Los pocos sobrevivientes se concentran en el comedor del barco, donde estaban celebrando la cena de año nuevo; allí, un oficial les aconseja aguardar el rescate que se solicitó antes del naufragio, mientras que un resuelto predicador que navegaba a bordo les urge a escalar hasta el casco de la nave, que ahora, por encontrarse esta invertida, está flotando en la superficie del mar. No obstante las poderosas razones del religioso, aquellos prefieren obedecer al oficial y esperar a que alguien responda a la perentoria llamada de auxilio. El predicador, sin embargo, continúa apremiando a los tripulantes, para que se encaminen hacia el exterior, pero solo un pequeño grupo de personas se suma a él. Juntos, pues, emprenden la aventura que da título al film, pero esta no resultará fácil, pues deberán afrontar todo tipo de peligros antes de coronarla.
 
 

   Sacar a colación este film en un blog dedicado a las reflexiones cristianas que nos ofrece el séptimo arte no es baladí, pues detrás del relato de aventuras que hemos descrito arriba se esconde un interesante discurso sobre la fe y el sacerdocio. En la cinta, Gene Hackman, por un lado, interpreta al religioso protagonista, un ministro protestante que ha sido reconvenido por su obispo debido a sus innovadoras ideas acerca de la vida cristiana: según su opinión, Dios no interviene en los asuntos del hombre, por lo que este debe resolverlos sin esperar que Él los solucione; por el otro, Arthur O´Connell interpreta, en un papel secundario, al capellán del crucero, un sacerdote maduro que advierte a aquel acerca de las peligrosas consecuencias de sus postulados, pues una teología de esa índole relega a las personas débiles a favor de las poderosas. El desarrollo de la película, como veremos, favorecerá esta última postura, y hará ver al religioso protagonista que la sola fuerza del hombre no es suficiente para vencer las distintas dificultades que este debe afrontar a lo largo de su existencia.

   Para poner de manifiesto este apoyo que el film presta a la actitud del capellán interpretado por O´Connell, este último mantiene con Gene Hackman un interesante diálogo, que se sitúa, no por casualidad, inmediatamente después del trágico naufragio y antes de que comience la aventura que llevará al segundo a cuestionarse su particular teología. En este encuentro, Hackman intenta convencer a O´Connell de que se encamine hacia la superficie, donde con toda probabilidad recibirán la ayuda que se solicitó antes de que el barco volcase; sin embargo, este decide permanecer al lado de los asustados tripulantes, pues muchos de ellos son incapaces de emprender el camino que aquel les está aconsejando. Ante la constante insistencia del predicador, el capellán del buque le responde que su labor es permanecer junto a los débiles, ya que necesitan la esperanza que Dios les presta a través de él. Aunque en un principio Hackman no llega a comprender estas palabras, su ulterior aventura le hará ver hasta qué punto el anciano sacerdote había integrado su fe y su ministerio a su propia vida.

   A partir de este momento, y una vez que el discurso sobre la fe ha sido presentado, se inicia el del sacerdocio, pues el predicador Hackman, como ya hemos dicho, deberá reconocer el verdadero alcance de su misión, que no consiste en predicar a un Dios ajeno a este mundo, ni una religión asequible solo para unos pocos, sino en entregar la vida por su pueblo conduciéndolo hacia la eternidad; así, y como si de un revelador augurio se tratase, él mismo contempla la muerte del venerable capellán del crucero, que perece entre el agua y las llamas acompañando a los suyos. Por otro lado, este funesto suceso tiene otra lectura, de carácter más metafórico, que, no obstante, en absoluto se contrapone con la citada: para convencer a la tripulación de que debe escalar hasta la quilla del barco, el predicador anuncia que la salvación se encuentra arriba, hacia donde él la guiará; como la mayoría se atemoriza ante los peligros que esa ruta le pueda deparar, prefiere obedecer las indicaciones del oficial, que le ofrece la comodidad de la espera. Sin duda, el religioso ya está comprendiendo la verdadera hondura de su vocación, y, como si de un profeta se tratase, anuncia que la salvación del hombre se encuentra en lo más alto, es decir, en el cielo, lugar al que él, que es sacerdote, tiene la misión de orientarlo; sin embargo, y como ya vaticinó el Señor en el evangelio, “muchos son los llamados y pocos son los escogidos” (Mt. 22, 14), por lo que solo un escaso número de personas decide secundarlo. El resto, temeroso de las aparentes dificultades que presenta la vida cristiana, escoge ceder a las molicies del mundo, por lo que, a modo de castigo, muere calcinado por el fuego del infierno.

   Gene Hackman, pues, una vez que ha entendido que su ministerio consiste en guiar al cielo a las almas que le han sido confiadas, se convierte en el reflejo del buen pastor bíblico, que conduce a su rebaño hacia fuentes tranquilas, para que allí descanse y sienta cómo sus fuerzas son reparadas (cfr. Sal. 23); sin embargo, y como ya hemos aludido, dicho camino está poblado por multitud de aprietos, que obstaculizan constantemente el dificultoso ascenso hacia la salvación, por lo que el sacerdote, que encabeza la marcha, debe suscitar ánimo y consuelo a su rebaño, de manera que confíe en él, y pueda afirmar, como el salmo citado, “aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo; tu vara y tu cayado me sosiegan” (ibíd.). El pastor, empero, no siempre contará con la obediencia de sus ovejas, sino que estas se opondrán muchas veces a sus propósitos, e intentarán disuadirlo de sus empresas, para que estas se acomoden más a sus propios empeños o a las directrices de este mundo; no obstante, aquel debe mantenerse fiel a la ruta que Dios mismo le ha marcado, y gobernar a los suyos conforme a estos designios salvadores, sirviéndoles siempre como ejemplo y procurando que ninguno se pierda (cfr. Jn. 6, 39). Sin embargo, el predicador comprenderá que todo su empeño es vacuo si no deposita sus fuerzas en Dios, que es el único que puede salvar, por lo que, finalizando el metraje, le improvisa a Aquel una oración desesperada, en la que le ruega que conduzca a su pueblo hasta el cielo; además, y, como cumplimiento de la muerte profética del viejo capellán, él mismo entrega su vida, para que los suyos puedan obtenerla.

   Del mismo modo, el sacerdote de hoy está llamado por Dios a convocar a todas las gentes al encuentro con Jesucristo, que es el verdadero pastor que conduce a sus ovejas hasta el paraíso. Por desgracia, y como acontece en el film, no todas las personas responden a sus palabras, sino que solo unas pocas las escuchan y confían en ellas; mas no por ello aquel debe desanimarse, sino que ha de acompañarlas hasta el citado encuentro, de manera que puedan subir al cielo y vivir para siempre. Igual que el predicador de la película, esta peregrinación se caracteriza por las constantes dificultades y los innumerables peligros, pues el mundo seduce una y otra vez al hombre, para que abandone su propósito de salvarse y busque exclusivamente el disfrutar de lo que él le ofrece. Por esta razón, el sacerdote debe conocer a su pueblo, animarlo y servirle de ejemplo, para que nunca olvide que su auténtico objetivo se halla en el cielo y no en la tierra. Pero a pesar de lo dicho, el sacerdote encuentra la verdadera profundidad de su ministerio en la entrega por sus ovejas, por las que diariamente debe desvivirse, rezar y ofrecer múltiples sacrificios, como el de la santa misa; de esta manera, identificándose en plenitud con Cristo, que murió en la cruz por su pueblo, el sacerdote hace de los suyos una ofrenda agradable al Padre, que la acepta gustoso.

   Así pues, no nos encontramos frente a un simple relato de aventuras al uso, sino ante un film de mucha enjundia religiosa, que, más allá del trepidante periplo, nos ofrece una fabulosa disertación sobre las consecuencias de una fe mal entendida, como la que defiende Hackman al principio: en verdad, la creencia en un Dios ajeno a las preocupaciones de la humanidad genera una fe que solamente puede ser vivida por ricos, poderosos y fuertes, ya que los débiles y postergados no pueden encontrar amparo en Él, pues siempre serán adelantados por aquellos; sin embargo, la fe que propone O´Connell es más acorde con la realidad, pues Dios favorece a los pobres de este mundo, cuyo único consuelo es la esperanza en una vida futura que acabe con su sufrimiento (cfr. Mc. 10, 23-27). El religioso protagonista deberá vivir toda esa aventura a bordo del “Poseidón”, enfrentarse a los peligros que lo acecharán durante la misma e, incluso, afrontar la muerte de varios miembros de su grupo para comprender esta verdad; por eso, cuando percibe que su sola resolución no ha sido capaz de auxiliar a las personas que confiaron en él, impetra la ayuda de Dios, que es el único que puede hacer que lo imposible se torne en posible (ibíd.).

   Por otro lado, la figura que el film presenta acerca del sacerdocio es también muy acertada, pues, como ya hemos dicho, la misión que tiene cualquier hombre llamado por Dios a entregar la vida por su pueblo es, precisamente, la del sacrificio: “El obispo y los presbíteros santifican la Iglesia con su oración y su trabajo, por medio del ministerio de la palabra y los sacramentos. La santifican con su ejemplo, no tiranizando a los que os ha tocado cuidar, sino siendo modelos de la grey (1P. 5, 3). Así es como llegan a la vida eterna junto con el rebaño que les fue confiado (LG. 26)” (CCE, 893). El mayor de estos sacrificios es el de la santa misa, sacramento mediante el cual se renueva la muerte redentora de Cristo en la cruz, reconciliando a la humanidad con Dios; por este motivo, la plenitud del sacrifico es mostrada por la película en el momento en que el predicador se arroja al vacío, para que su pueblo, después de su hazaña, pueda alcanzar la quilla del buque y salvarse.

   Para concluir este artículo, podemos decir que La aventura del Poseidón supera con creces a todas las producciones del subgénero catastrófico. Sin duda, resulta verdaderamente aventurado el asegurar tal frase, pues es probable que muchas de ellas superen a esta; mas la presente cinta se alza sobre los valores de la originalidad y la innovación, ya que, alejándose de las manidas historias de amor que aquellas nos relataban, esta se atreve a disertar sobre un asunto diferente: las cuestiones teológicas que hemos mostrado. Y así, aunque Dios esté presente en todas estas cintas, pues siempre aparece en ellas una angustiosa oración, esta se vuelca decididamente en Él y lo erige como el auténtico protagonista implícito del relato.