lunes, 14 de marzo de 2016

Elogio a san José

   Desconocemos la vida de san José; sobre él, únicamente sabemos que, por albures del todo providenciales, se unió a la Santísima Virgen María en matrimonio, y que, cuando esta le anunció que esperaba en su vientre al Hijo de Dios, decidió permanecer a su lado, no obstante la severa ley judía, que lo habría amparado, si hubiese optado por lo contrario. De esta manera, aquel que, probablemente, había imaginado su futuro rodeado por la envoltura del anonimato doméstico, pasó a ser el varón más ilustre y afamado de la historia de la humanidad. Pese a ello, él no renunció jamás al cultivo de las virtudes que, con tanto anhelo, había deseado educar, por lo que continuó viviendo bajo la discreción y la modestia que quiso que fueran su regla de vida. Paradójicamente, esto incrementó, en mayor medida, su fama, y llegó a convertirlo en un modelo de esposo y de padre.


   Cuando Dios comprobó el astroso estado de la vida de los hombres después del pecado original, decidió solucionar tal situación mediante el envío de su propio Hijo, que sería, exactamente, igual a ellos, pero, a la vez, diferente, pues mantendría la esencia divina que compartía con Él desde toda la eternidad; de esta manera, todas sus acciones, aun siendo humanas, serían, al mismo tiempo, de Dios. Pero el mundo no solo sería salvado mediante los gestos de su Hijo, sino también mediante la firme adhesión de este a Él, que nos lo propondría como modelo infalible de integridad y de bien, como la senda necesaria para alcanzar la salvación. Por este motivo, Dios quiso que su Hijo, imperecedero como Él, naciese en el seno de una familia mortal, compartiendo con ella esta triste característica humana; en ella, sería instruido en los valores que luego debería encarnar y por los que, ulteriormente, debería morir.

   En la vida ordinaria, pues, donde san José pasaba por ser el padre natural del Hijo de Dios, este último era instruido por aquel en la modestia y en la humildad, en la piedad, en el amor y en la diligencia, valores que él mismo había desempeñado; de esta manera, aquel que, por su propia esencia, estaba llamado a salvar el mundo, se convertiría, primero, en un modelo humano, que serviría de ejemplo y de esperanza a todas las personas que albergasen el bien y la bondad en su corazón. Así pues, si Cristo perdonó durante su corta vida terrena, fue porque había aprendido la compasión entre los suyos; si trató con amor y entrega a su madre, fue porque había visto ese gesto en su padre; si educó con paciencia y comprensión, fue porque él había sido educado de ese modo, y, si se entregó hasta el extremo de la muerte por el bien de los hombres, fue porque, hasta el extremo de la misma, se habían entregado por él quienes lo adoptasen como hijo propio.


   Pero, si es poco lo que sabemos acerca de la vida de san José, es menos lo que conocemos sobre su muerte, ya que, si aquella se había desarrollado en el anonimato más estricto, esta aconteció dentro deun silencio rigurosísimo. Presumimos que tuvo lugar antes de que Jesús se revelase, públicamente, al mundo, pues, de lo contrario, habría noticias de ella en el evangelio; pero nunca lo sabremos con certeza. Podemos imaginarlo, no obstante, rodeado por la Virgen María y por aquel, que lo habrían asistido, con delicadeza, durante su último suspiro, pero es imposible asegurarlo; e intuimos que el mismo Señor se habría ofrecido a prolongar, milagrosamente, su vida, y que, por el contrario, el patriarca se habría opuesto, arguyendo que su misión en la tierra ya habría concluido, pero esto, en verdad, no puede sobrepasar los límites del magín piadoso. 

   Lo que sí sabemos es que confió en Dios cuando este decidió entregarle a su Hijo; que educó a este último como si del propio se tratase; que le enseñó las virtudes humanas que él mismo habría vivido en la tierra, y que le sirvió de modelo de entrega, de bondad y de amor, para que él fuera, a su vez, nuestro camino que conduce a la Vida. Por eso hoy elogiamos a san José y lo invocamos como nuestro protector, pues él mismo protegió al Salvador durante su infancia, y porque su fe, su modestia y su humildad, sirvieron de base al amor que llevó a Jesús a entregar su vida por nosotros.