miércoles, 10 de agosto de 2016

Escuadrón suicida

   Una gran decepción. Ese es el resumen de mi crítica después de ver esta película: una gran decepción. Que me disculpen los fans de la DC por mi contundencia, pues, posiblemente, a ellos les haya gustado mucho, como puedo interpretar por sus palabras en los diferentes foros que voy visitando; pero juzgo que es un engaño, puesto que, al público en general, nos ha sido vendida de una manera que no se corresponde, en absoluto, con la realidad que presenta.

   Antes de comenzar mi análisis, vaya por delante que no soy imparcial, ya que escribo bajo el hartazgo de las películas de superhéroes al que estoy sometido. En efecto, después de haber visto todos los filmes que tienen a estos como protagonistas, mi saturación ha alcanzado cotas que yo mismo desconocía, pues los clichés se repiten en ellos con tan poca originalidad, que el espectador parece estar viendo siempre un único largometraje, aunque matizado por la indumentaria del héroe en cuestión y por un par de detalles que rodean su biografía (casi siempre, de tintes traumáticos). Reconozco, sin embargo, que hay un nutrido número de estas películas que me cautivaron cuando las vi, o bien porque aún no había irrumpido esta cansina moda en nuestras pantallas, o bien porque encerraban en sus fotogramas cierta maestría cinematográfica y narrativa de las que adolecían (y adolecen) sus contemporáneas y congéneres (stricto sensu). Así pues, y obviando los clásicos, como Superman (Richard Donner, 1978) y como Batman (Tim Burton, 1989), me gustaron los Spider-Man de Sam Raimi, la nueva saga del hombre murciélago, dirigida por Christopher Nolan, y el tándem de X-Men. Orígenes dedicado a Lobezno; pero también me gustaron las controvertidas Hulk (Ang Lee, 2003), Superman Returns. El regreso (Bryan Singer, 2006) y El hombre de acero (Zack Snyder, 2013).




   Sabiendo, pues, por un lado, que no aborrezco todos los productos del género, y que, por otro, el film que nos ocupa había sido precedido por una estupenda campaña de promoción, confié en que este entraría a formar parte del selecto y personal grupo mencionado arriba, que me reconcilia con esta tendencia que ya se prolonga demasiado. Pero, por desgracia, no solo no ha sido capaz de atravesar dicho umbral, sino que, para más inri, me ha insultado a la cara y se ha reído de mí, como si yo fuese un espectador bisoño o un niño con ínfulas de malote, de esos que piensan que, por haber visto esta película, están más curtidos por la vida que aquellos que no lo han hecho. Seamos serios: si yo veo un tráiler en el que aparecen una mujer demente vestida de payaso y un francotirador sin escrúpulos paseándose por una ciudad devastada, al ir a ver el largometraje, espero encontrarme, por lo menos, con una antítesis gamberra de lo que me han ofrecido sus predecesores (al estilo de Deadpool, para que nos entendamos); si, además, el avance es presentado con un recopilatorio musical de excepción (al estilo de Guardianes de la galaxia, para que nos volvamos a entender), el deseo de disfrutar de una cruda parodia de aquellos es mayor. Sin embargo, lo que el espectador contempla ante sus ojos cuando acude a ver Escuadrón suicida, es una sucesión irrisoria de los estereotipos mencionados, en la que, para mas escarnio, se cuida mucho que el vocabulario no sea excesivamente soez y en el que se vela porque la violencia esté suficientemente contenida, de manera que una cosa y otra no hagan saltar la espita de la ira paterna y esta impida que el público infantil llene las salas.

   Pero el enfado adquiere un nivel mayúsculo cuando, después de haber sobrevivido al plúmbeo e innecesario prólogo del film, en el que se describe (¡uno a uno!) a todos sus protagonistas, este cae de lleno en remedar (que no homenajear) una de las grandes obras del cine ochentero: 1997. Rescate en Nueva York (John Carpenter, 1981). En efecto, pese a las decenas de posibilidades que los perpetradores de esta infamia podían haber barajado, decidieron que los antihéroes del relato debían liberar, del marco de esa caótica urbe arriba mentada, a una importante personalidad del panorama político norteamericano; además, y para facilitar la participación de todos ellos, no encontraron mejor acicate que un arma similar a la que se inoculaba en el cuerpo de Serpiente, el rescatador de aquella. Tal vez, si la película hubiese mantenido el tono otorgado por Carpenter en la suya, la indignación no habría pasado de un simple disgusto, pero, como parece reírse de ella mediante su poco disimulada puerilidad, esta barbolla por cada uno de los poros del estafado espectador (¿a quién se le ocurre sustituir a las tribus urbanas de aquel film por los masillas de los Powers Rangers?).

   Según mi parecer, el film está pensado exclusivamente para el goce de los aficionados de la DC, que suelen perdonar casi todo, mientras la versión cinematográfica se asemeje, siquiera de modo casual, al original impreso, como se pudo comprobar en la farragosa Batman v Superman. El amanecer de la justicia (Zack Snyder, 2016). Pero es un engaño para el resto de espectadores, que se encuentran con una película que nada tiene que ver con su promoción, y que, además, reincide en la imagen de superhéroes que estamos viendo desde que se revitalizase este género. Así pues, como decía al principio de este escrito, una gran decepción.