lunes, 13 de marzo de 2017

Distrito 9

   Carta abierta a la alcaldesa de San Fernando (Cádiz)

   Señora alcaldesa:

   Hace un mes, desperté con la noticia de que su ciudad, que es también la mía, se había convertido en el primer municipio español que adoptaba semáforos gays (aquí). Según pude leer y constatar, estos últimos ostentan parejas homosexuales donde antes aparecía una silueta humana sin género concreto. Por supuesto, fueron promocionados como una manera de normalizar las relaciones entre hombres, por un lado, y entre mujeres, por el otro. Sin embargo, aunque esto parece reflejar una victoria de la sociedad igualitaria en la que vivimos, es más bien el principio de una división.

   Como tal vez no sea usted lectora de mi blog, me gustaría indicarle que se trata de un espacio de reflexión basado en el séptimo arte, es decir, en el cine. Por este motivo, quisiera señalarle que, para explicar mi postura, me inspiraré en el film Distrito 9 (Neill Blomkamp, 2009). Si todavía no lo ha visto, permítame que le indique que se trata de una diatriba contra el famoso apartheid sudafricano, aunque los negros de entonces son sustituidos aquí por alienígenas. Podría haber elegido otra película, como Invictus (Clint Eastwood, 2009), que es más conocida, pero creo que esta refleja mejor el triste fenómeno al que deseo aludir, aunque sea en clave de ciencia ficción. 




   En efecto, basándose en la segregación racial que vivió Sudáfrica desde los años cuarenta hasta principio de los noventa, el largometraje muestra a unos extraterrestres compartiendo el mismo destino que a la sazón padecieron los negros del país. Por este motivo, son hacinados en barrios insalubres, donde no tienen derecho a nada, puesto que la raza humana, que hace las veces de la blanca en aquellos tiempos, es la dominante. Cierto día, sin embargo, un hombre se contagia de un virus alienígena, que lo va convirtiendo paulatinamente en uno de aquellos, por lo que se ve obligado a integrarse en su mundo.

   Tal vez piense usted que esto tiene muy poco que ver con los semáforos gays de nuestra ciudad, pero quisiera hacerle notar que encierra la misma política. Ciertamente, si nuestra sociedad presume de su libertad, de su respeto y de su capacidad de integración, ¿por qué ve necesario establecer unas señales de tráfico que separen a las personas en razón de su condición sexual?, ¿acaso no es, por el contrario, una forma de coartar la libertad, de disimular el respeto y, en definitiva, de separar? A mi juicio, la verdadera integración pasa por considerar a todas las personas iguales, bien sean homosexuales, bien sean heterosexuales, bien sean negras, bien sean blancas. Por este motivo, veo completamente innecesario que levante semáforos especiales para los gays y las lesbianas.

   Comprendo que no se trata de establecer un paso de peatones exclusivo de homosexuales, sino de hacer ver que estos últimos son tan peatones como los heterosexuales y que, por ende, tienen el mismo derecho a circular de la mano que unos novios heterosexuales. Pero ¿no se da cuenta de que, haciendo esto, no solo no los integra, sino que los señala con el dedo, como si fueran los negros del apartheid o los extraterrestres de Distrito 9? Disculpe mi atrevimiento, pero no imagino a Nelson Mandela reclamando la integración de su pueblo mediante reductos para los de su raza o a través de zonas destinadas solo a ellos; por el contrario, luchó por la verdadera igualdad, que pasaba por disfrutar de los mismos espacios, no de lugares independientes.




   Es posible que, en el fondo, usted quiera favorecer a los homosexuales, porque considere que han sido menospreciados a lo largo de la historia. Sin duda, es un sentimiento noble, pero ¿cree que este es el camino? En mi opinión, la senda correcta es la educación, esa que cada uno recibe en su hogar. Como le he dicho, yo también soy de San Fernando, cañaílla como usted, y en mi casa siempre he sido instruido en el respeto cristiano a todo el mundo. Ello me ha conducido a tener amigos homosexuales, a los que aún valoro sin necesidad de tratarlos como tales, sino simplemente como amigos míos. Por eso juzgo que los semáforos no los señalan como amigos, ni siquiera como personas, sino que los observan como una grupo diferente y los relega, por tanto, a un apartheid invisible.

   Estimada alcaldesa, si verdaderamente considera que los homosexuales deben ser integrados en nuestra sociedad igualitaria, le aconsejo que no establezca diferencias entre ellos y los heterosexuales. No coloque semáforos gays, sino que volvamos al monigote asexuado, que integra a varones y mujeres, independientemente de su condición sexual (en este sentido, ¿por qué las mujeres de los susodichos semáforos visten faldas y peinan trenzas?, ¿por qué los hombres usan pantalón y pelo corto?). No organice talleres de integración para los niños ni dé charlas formativas en los colegios, porque seguirá tropezando con la diferencia entre homosexuales y heterosexuales. Deje que los padres eduquen a sus hijos conforme a ese respeto que yo mismo he vivido en nuestra ciudad, donde, por cierto, nunca he conocido ningún episodio homófobo. De este modo, quebrará este conato de apartheid e integrará realmente a todas las personas en una sociedad verdaderamente igualitaria.