domingo, 16 de abril de 2017

El hombre de mimbre

   Acabamos de terminar la Semana Santa. Como viene siendo habitual, se han sumado a las procesiones de cada día los insultos de aquellos que abominan de la fe cristiana. El mayor ejemplo de esta actitud lo hemos tenido en Sevilla, donde un grupo de niñatos ha causado una estampida entre la concurrencia. Por supuesto, sus defensores lo atribuyen exclusivamente a una gracieta ingenua, mientras que los afectados comprenden que se trata de un nuevo ataque a sus sentimientos religiosos.

   En efecto, hoy vivimos una nueva oleada de irreligiosidad militante, a través de la cual, sin embargo, no se pretende asumir una vida sin Dios, sino imponerla. Tanto es así que ya son muchos los colegios donde se ha prohibido la presencia del crucifijo, o no son pocas las voces que claman porque este último también desaparezca de otros organismos del Estado. De esta manera, se pretende sustituir una fe por otra, es decir, la católica por la atea. A muchos cinéfilos, esta tesis nos evoca indefectiblemente a un largometraje que hoy está siendo redescubierto: El hombre de mimbre (Robin Hardy, 1973).




   El sargento Howie (Edward Woodward) es enviado a una remota isla escocesa con el propósito de investigar un supuesto homicidio. Como no encuentra ningún tipo de colaboración por parte de sus habitantes, decide permanecer en ella varios días para resolver por sí mismo el misterio. Sin embargo, a medida que avanza el tiempo, descubre que el lugar esconde más de un enigma, puesto que se ha instalado en él un nuevo paganismo que parece atentar contra la dignidad de las personas que lo practican. El artífice de todo ello es lord Summerisle (Christopher Lee), que pretende erradicar el cristianismo de sus dominios para imponer esta fe tan particular.
   
   Ciertamente, aunque el ateísmo pueda ser una postura filosófica respetable, puesto que responde a la decisión de una persona concreta, hoy ha evolucionado hasta convertirse en un nuevo paganismo. De este modo, como ya hemos advertido, no solo promueve la ausencia de cualquier símbolo religioso en los espacios públicos (especialmente, de los católicos), sino que también busca la adhesión de prosélitos y la divulgación de su doctrina. En ambos casos, cabe recordar el bus ateo que circuló por Madrid hace unos años, cualquier campaña contra la asignatura de Religión en los colegios, o la edición de libros infantiles con este espíritu (el caso más destacado es la trilogía de La materia oscura, escrita por Phillip Pullman y adaptada al cine bajo el título de La brújula dorada).   

   Por supuesto, el ateo que profese esta nueva versión de su filosofía acusará a la Iglesia de recurrir a los mismos métodos con el propósito de evangelizar. De este modo, y en verdad, ella respondió al citado bus mediante otros con anuncios más positivos, responde a las campañas escolares animando a los padres católicos a que matriculen a sus hijos en Religión y publica innumerables obras cristianas que pretenden divulgar su fe (para establecer un paralelismo con la trilogía infantil atea citada, dispone de Las crónicas de Narnia, escritas por C.S. Lewis y llevada al cine en tres ocasiones). Sin embargo, esta actúa movida por el mandato misionero del Señor, mientras que aquel lo hace por un aparente revanchismo.




   El prosélito de esta confesión laicista cree que la religión (especialmente, la católica) solo ha servido para que la sociedad sea aterrorizada, encerrada en el oscurantismo y flagelada con la moral sexual. Por esta razón, piensa que debe ser erradicada con la misma violencia que ella ha usado supuestamente a lo largo de los siglos. De esta manera, se ha convertido en un inquisidor más peligroso que aquellos que, a su juicio, gobernaron la Iglesia durante el medievo. Por tanto, si esta última promueve los sacramentos para la santificación del pueblo, él debe hacer lo mismo con las celebraciones civiles que los imitan (v.gr., matrimonios y bautizos en el ayuntamiento); si enseña la historia sagrada para la salvación del alma, debe insistir en el ateísmo para su aparente liberación, y si saca a la calle sus imágenes, debe exigir sus propias celebraciones, de carácter más ofensivo (en este último grupo caben las profanaciones de capillas y el largo etcétera al que ya nos hemos acostumbrado). 

   Esta situación alcanza su paroxismo en el empeño que tiene el ateo militante en borrar de un plumazo todos los vínculos que unen al hombre con la Iglesia a lo largo de la historia. De este modo, se evita obstinadamente hacer mención a ellos en la asignatura que lleva su nombre, exceptuando aquellos momentos en los que el primero se ha desuncido presuntamente del peso impuesto por la segunda; se falsean una y otra vez los datos, presentando una supuesta rivalidad entre la fe y la razón, en la que aquella siempre ha oprimido a esta, o bien se oculta que las ciencias modernas nacieron en el seno del cristianismo o que muchos de sus promotores eran creyentes (¿sabía el lector que, en El origen de las especies, Darwin afirma que la evolución se debe a la mano providente del Creador?). En la actualidad, vemos que se desprecia todo lo religioso o que se intenta corregir lo que alguna vez lo fue, es decir, arrastran a la hoguera a los que no aceptan su nueva Inquisición.  

   Sorprendentemente, el ateo moderno se ampara en la libertad para actuar de este modo, puesto que opina que la Iglesia la coarta. Sin embargo, ¿no es libre cada uno de creer lo que desee, incluso la existencia de Dios? Por este motivo, ¿qué razón hay para empeñarse en lo contrario? Más aún, ¿con qué derecho anula aquel la esperanza de un hombre en el Padre celestial? Es posible que con el único derecho que parece producirle el odio hacia la seguridad de lo sagrado. Este odio, sin embargo, lo conduce a una ofensa casi continua de los sentimientos religiosos de miles de personas, que ven cómo se les impone un nuevo credo que anula su fe en un mundo sin dolor.