domingo, 14 de mayo de 2017

Alien. Covenant

   Es inevitable que hoy abordemos en este blog el estreno más importante de la semana: Alien. Covenant (Ridley Scott, 2017). En efecto, casi cuarenta años después del estreno de Alien, el octavo pasajero (íd., 1979), llega a nuestras pantallas el film que pretende relatar los hechos inmediatamente anteriores a este. Es verdad que, hace unos años, se estrenó Prometheus (íd., 2012), que compartía este propósito, pero su vinculación con la saga era tan escasa que su responsable decidió dirigir la película que hoy presentamos, más acorde con sus predecesoras.

   A nivel técnico, se trata de un film discutido, puesto que ha dividido notablemente al público. En efecto, ya hay quienes, a través de él, se han reconciliado con Scott, porque, a su juicio, ha recuperado la esencia de la saga; y quienes, por el contrario, piensan que la ha destruido para siempre, pues se hunde en disertaciones filosóficas que nada tienen que ver con el terror espacial. Pero, para el autor de este blog, presenta de nuevo un inquietante discurso acerca de la creación del hombre, que ya abordó en Prometheus y que aquí vuelve a reflejar, aunque, ciertamente, muy de pasada.





   Alien. Covenant narra la aventura de una expedición espacial que atraviesa el universo con el fin de colonizar un nuevo sistema solar. Sin embargo, durante el viaje, sus tripulantes detectan una señal de auxilio proveniente de un planeta desconocido. Aunque todos deciden rescatar al emisor de dicha señal, cuando llegan, solo encuentran una nave abandonada y destruida. Poco a poco, descubrirán que esta está relacionada con la antigua "Prometheus", el crucero que se perdió en el espacio y que nunca regresó a la Tierra.

   Es indudable que, mediante este film, Ridley Scott ha querido tomar de nuevo las riendas de la saga Alien. Ciertamente, pese a que el título que la inició es hoy un largometraje de culto, fue su secuela, Aliens. El regreso (James Cameron, 1986), la que consagró al xenomorfo en el ámbito cinematográfico. Por este motivo, y valiéndose de los cánones establecidos en esta última por el autor de Terminator (íd., 1984) y Terminator 2. El juicio final (íd., 1991), aquel presenta una cinta más volcada en el thriller que en la ciencia ficción. De este modo, no encontraremos en ella la genialidad artística que intuíamos en Blade Runner (Ridley Scott, 1982) o en la citada Prometheus, sino, más bien, la acción resultona de obras como Black Rain (íd., 1989), Black Hawk derribado (íd., 2001) y El reino de los cielos (íd., 2005).




   Pero, para el autor de este blog, lo más interesante acontece en el prólogo de la película. En efecto, en él somos partícipes de un diálogo entre el androide David (Michael Fassbender) y su creador, Peter Weyland (Guy Pearce). Precisamente, este último es preguntado por aquel acerca de su creación y, no por casualidad, le inquiere sobre la persona que está detrás de todo lo creado. En respuesta a ello, Weyland afirma que el hombre no puede ser producto del azar, sino de una inteligencia mayor que él. Como sabemos, esta es la tesis que mantiene el film Prometheus, aunque desde una perspectiva errónea. Por eso aquí intentaremos solucionar brevemente el enigma.

   Ya en el inicio del milenio, el cine planteó la hipótesis de la creación del hombre a manos de los alienígenas. Efectivamente, en el clímax de Misión a Marte (Brian De Palma, 2000), veíamos cómo uno de estos ofrecía a los astronautas una explicación sobre el origen de la vida en la Tierra. Según esta, todo habría ocurrido, porque se estrelló en nuestro planeta una nave proveniente del Planeta Rojo. Pero, aunque pensábamos que esta teoría se desvanecería en el olvido, lo cierto es que caló en el imaginario colectivo y que, como decimos, fue recogida por Ridley Scott en su primera precuela de Alien, el octavo pasajero.

   Pero, si Prometheus ya postulaba que la humanidad es hija espuria de los extraterrestres, dejaba en el aire la cuestión acerca del origen de estos. Ciertamente, suponiendo que el hombre provenga del ADN de los alienígenas, ¿quién es el autor de estos? ¿Acaso nos veríamos obligados a creer que ellos, a su vez, fueron creados por una raza superior a ellos mismos? Si así fuera, caeríamos en una remontada infinita de causas sin ningún sentido. Entonces, ¿ellos nacieron espontáneamente y nos crearon a nosotros? De ser así, ¿cómo surgieron?, ¿cómo alcanzaron su portentosa inteligencia?




   A mi juicio, y como ya escribíamos en este mismo blog (aquí), se trata de un grito agónico del hombre moderno. Este, en efecto, se ha arrogado tanta supremacía que desprecia la existencia de un ser superior y anterior a él, es decir, Dios. Por este motivo, ha sustituido a este último por los alienígenas, que son seres tangibles y, hasta cierto punto, alcanzables, ya que manejarían una ciencia que, con el tiempo, nosotros deberíamos obtener. Pero esta ausencia del Creador ha conseguido que los extraterrestres sean revestidos con propiedades divinas, es decir, con fines benévolos, curativos, educacionales y protectores, que viven en el cielo y que nos visitan de vez en cuando con los propósitos citados (solo hay que ver el clímax de Encuentros en la tercera fase, donde los marcianos son casi deidades, y E.T., el extraterrestre, donde este es presentado bajo la metáfora constante de Cristo). 

   Es imposible asumir que los alienígenas nos crearon a nosotros o que descendemos de ellos. ¿Alguien ha pensado alguna vez lo difícil que es crear vida ("crear" en el sentido estricto, es decir, producir algo de la nada)?, ¿alguien ha pensado alguna vez lo difícil que es dotar de razón o de sentido espiritual a una criatura? ¿Alguien puede pensar siquiera que este último, el sentido espiritual, puede ser solamente el resultado de la evolución? Evidentemente, sin un Dios que sea el principio de todo y que, por ende, tenga la capacidad de producir algo ex nihilo y dotarlo de inteligencia, la vida (terrestre y extraterrestre) no tiene ningún sentido.

   Por desgracia, ignoramos la postura de Scott en este terreno, ya que, a pesar de las pretensiones manifestadas en Prometheus, nunca las reveló. Por otro lado, en Alien. Covenant parece dar un paso atrás, puesto que solo plantea el interrogante, sin incidir siquiera en ese origen alienígena que planteaba en aquella. Es por ello que, como decíamos, el film se queda a medio camino en el campo de la ciencia ficción, convirtiéndose solamente en un producto de acción que sirve para enlazar con una de las sagas más famosas del séptimo arte.