sábado, 17 de diciembre de 2016

Rogue One. Una historia de Star Wars

   Por fin llega a nuestros cines el primer (y esperadísimo) spin-off de La guerra de las galaxias. En efecto, cuando Disney adquirió los derechos de esta última, no solo se comprometió a rematarla con los tres episodios finales, sino que también aseguró que la completaría mediante pequeñas historias que habían sido sugeridas en la saga central. La película que hoy nos ocupa, por tanto, cumple dicha promesa, y lo hace de manera acertada, ya que presenta un relato correcto que agradará a los fans (aunque sin mucho entusiasmo) y que gustará a la nueva generación de aficionados galácticos.




   Como todo el mundo sabe, nos encontramos ante una película que se ubica después del episodio III e inmediatamente antes del IV. En este último, veíamos cómo el golpe final de la Alianza Rebelde al Imperio galáctico era impulsado por el robo que hacía la primera de los planos de la Estrella de la Muerte, el arma principal y más temible del segundo. El film, pues, detalla la gesta emprendida por el grupo de valientes que arriesgó su vida con el propósito de arrebatarle al enemigo los arcanos de la citada y letal arma. A diferencia de los otros largometrajes, este no está protagonizado por Jedi ni aprendices de la Fuerza, sino por el pueblo libre que se alzó contra la opresión impuesta por el malvado emperador Palpatine.

   Evidentemente, el largometraje nace con vocación de relato menor dentro de la odisea galáctica, puesto que su interés no se centra en el drama de los Skywalker, sino en una historia tangencial que tiene a estos como telón de fondo. Por dicho motivo, su director prescinde de la espectacularidad que caracteriza a aquella y de un reconocible elenco actoral que pudiera ensombrecerla. Ello no significa que el film renuncie a todo lo que siempre ha distinguido al universo Star Wars, pues, más bien al contrario, su distanciamiento propicia un metraje respetuoso con el original y, sobre todo, novedoso para los devotos seguidores.




   Precisamente, uno de los problemas de los que adolecía El despertar de la Fuerza (J.J. Abrams, 2015), película que impulsó esta nueva ola creativa dentro de la saga, era su absoluta dependencia de la trilogía original. En verdad, aunque todos disfrutásemos de ella como nunca lo hicimos con los episodios I, II y III, el film no dejaba de ser un refrito de todo lo que ya habíamos visto con anterioridad en La guerra de las galaxias (George Lucas, 1977), El Imperio contraataca (Irvin Kershner, 1980) y El retorno del Jedi (Richard Marquand, 1983); es decir, un ejercicio de impúdica nostalgia que no hacía avanzar como debiera el entramado narrativo (a pesar de los excesivos defectos de aquellas tres precuelas, es necesario reconocerles su acierto en esto último). Por suerte, y como hemos indicado, ese distanciamiento con el que es concebido Rogue One logra desuncir a esta del restrictivo yugo melancólico y le otorga una libertad que muchos añoramos en el episodio VII (por supuesto, existen varios guiños a lo largo del metraje, pero están mejor insertados que los que vimos en la película de Abrams).

   En cuanto a su vinculación con la cinta original, debemos indicar que bebe ampliamente de la frescura que presentó George Lucas en aquella, puesto que recupera toda el marco bélico en el que esta se desarrollaba (algo que también pudimos ver en la magistral serie de animación Star Wars Rebels, homenajeada aquí en alguna escena), la manera de presentar a los personajes (desenvolviéndolos paulatinamente) y su candoroso sentido del humor (no olvidemos que La guerra de las galaxias fue pensada para satisfacer a los niños). Por desgracia, en los personajes principales de este spin-off estriba su defecto más evidente, ya que carecen de la complejidad que ostentaban en las anteriores películas de la saga (recordemos que Han Solo pasaba de ser un contrabandista escéptico y egoísta a ser un pilar fundamental de la rebelión... ¡en una sola película!, y que Anakin pasa de ser el niño inocente de La amenaza fantasma al malvado Darth Vader de La venganza de los Sith). Además, no encontramos entre ellos ninguno tan carismático o entrañable como el citado Solo, o como Chewbacca o los legendarios R2D2 y C3PO. ¡Ni siquiera lo es la protagonista femenina, que no llega ni por asomo al grado de empatía mostrado por Daisy Ridley en El despertar de la Fuerza! Es posible, no obstante, que, como señalamos arriba, esto forme parte de una estrategia premeditada, puesto que este es un film menor, por lo que debe soslayar todo factor que eclipse a la saga central.     

   Así pues, si este es el propósito de la película, cumple su función: se trata de un film correcto y con pocas pretensiones; no es magistral ni del todo espectacular, pero está bien acabado y hace vibrar al espectador. Como indicamos al principio del texto, conseguirá agradar a los fans incondicionales de la saga y gustará a todos aquellos que ahora se estén adentrando en ella. Por otro lado, sirve de excelente aperitivo para el verdadero plato fuerte del menú Star Wars: el episodio VIII, que podremos ver el año que viene.



domingo, 11 de diciembre de 2016

Hasta el último hombre

   Hace unos meses, dedicamos un extenso artículo a Mel Gibson en este mismo blog (aquí). El motivo era el estreno de su última película como intérprete, Blood Father (Jean-François Richet, 2016). Como veíamos en dicha crónica, este largometraje fue acogido por el cineasta como una confesión de su propio pasado, puesto que, igual que él, el protagonista de la cinta luchaba por desprenderse de sus antiguos problemas con las drogas y el alcohol; asimismo, pretendía recuperar la vida familiar que estos habían arruinado. Al final del escrito, además, anunciábamos la inminente llegada de su siguiente film a nuestras pantallas, la presente Hasta el último hombre (ibíd., 2016), que intentaba ser su regreso definitivo al mundo del espectáculo. Pese a las excelentes críticas que está recabando, no se trata de su mejor obra (reconocimiento que tal vez merezca Braveheart), pero sí de un título muy personal que aquí procuraremos analizar.



   
   La película narra la hazaña emprendida por el soldado Desmond Doss en el asalto a la colina de Hacksaw, en Okinawa, durante la Segunda Guerra Mundial. En su firme propósito de no tocar un solo arma por motivos de conciencia, salvó la vida, sin embargo, a muchos de sus compañeros a lo largo del cruento combate. Esta heroicidad fue recompensada con la medalla de honor del Congreso, que es la máxima condecoración que puede otorgar el presidente de los Estados Unidos a un miembro de sus Fuerzas Armadas. De esta manera, Doss se convirtió en el primer objetor de su país en recibir tal galardón.

   Como hemos indicado, nos encontramos ante el regreso a la dirección del siempre controvertido Mel Gibson. Desde que estrenara su magistral Apocalytpo (ibíd., 2006), se había mantenido apartado de las cámaras con el fin de recuperarse de una biografía marcada por los excesos. Precisamente durante la presentación de este largometraje, fue arrestado por conducir ebrio y por encararse al agente de Policía que lo detuvo. Sin embargo, lejos de amilanarse o de truncar su vida por completo, asumió su equivocación y procuró resarcirla concurriendo a un programa de autoayuda para alcohólicos, decisión que lo auxilió a superar el grave trance por el que pasaba (tanto fue así, que los jueces del caso elogiaron públicamente su comportamiento y su buena disposición).    

   Durante ese período, Mel Gibson fue objeto de desprecio por parte de sus colegas cinematográficos, que lo abandonaron a su suerte cuando se destaparon sus comentarios acerca de los inmigrantes, de los judíos y de los homosexuales (aquí). De hecho, nadie que anteriormente se considerase su amigo quiso testificar a favor suyo cuando aquellas se filtraron (aquí). Pero este desamparo solo fue el colofón de una problemática que había nacido cuando estrenó La pasión de Cristo (ibíd., 2004). Efectivamente, este largometraje había sido denunciado por la comunidad israelí como antisemita (aquí), hecho que a la sazón volvió a la palestra y sirvió para ridiculizarlo a él y para ridiculizar la fe que profesaba.




   Por este motivo, la analogía que Gibson establece entre él mismo y Desmond Doss es evidente. Por un lado, tenemos al soldado estadounidense, que, por mantenerse fiel a su credo, recibe los ultrajes de sus compañeros; por el otro, a un cineasta que nunca ha abjurado de su fe, pese al desprecio al que es sometido por culpa de esta y a la orfandad a la que fue condenado durante la etapa citada en el párrafo anterior. Asimismo, es un hombre consciente de su notable talento y de los obstáculos que este encuentra debido a su condición religiosa (aquí), como el citado Desmond tropieza con los impedimentos de sus conmilitones cuando destaca sobre ellos gracias a sus aptitudes físicas (algo que aquellos no soportan, puesto que no entienden que alguien así se niegue a disparar un arma). Por último, y del mismo modo que el héroe norteamericano salvó la vida de aquellos que lo habían injuriado, él ha entonado su particular arrepentimiento y no ha demostrado ningún tipo de rencor a quienes lo abandonaron cuando más necesitaba de ellos (aquí).   

   Particularmente, opino que la infamia contra Mel Gibson es más grave cuando repaso los diferentes escándalos que han cometido sus colegas de Hollywood, a quienes parece que se les han perdonado sin reparo aun siendo muchos de ellos de mayor calado que los protagonizados por él (aquí y aquí). Por supuesto, no quisiera ensalzar como mártir moderno al cineasta, ni siquiera justificar sus pecados, aunque de ellos no nos libremos ninguno de nosotros; pero sí me gustaría limpiar su imagen, abusivamente dañada por unos medios tendenciosos, que han pretendido arrinconarlo en una esquina del actual cuadrilátero artístico. Por este motivo, retomando esa semejanza que él mismo establece con Desmond Doss, me gustaría que al final fuera reconocido de nuevo por su labor, y que aquellos que algún día lo vituperaron, aplaudan otra vez su regreso a la gran pantalla. 



domingo, 4 de diciembre de 2016

1898. Los últimos de Filipinas

   Ya sé que no es conveniente escribir cuando se está enfadado, sino que se debe aguardar un tiempo prudencial, con el fin de evitar alguna palabra que más tarde conduzca al arrepentimiento. Pero también sé que mi indignación es tan grande, que no desaparecerá aunque deje transcurrir ese período recomendado. El motivo de este disgusto es la película que hoy analizamos, el nuevo empeño del cine patrio en transmitir al espectador una historia desfigurada de nuestro suelo, de nuestros héroes y de la fe que forjaron a ambos.




   1898. Los últimos de Filipinas (Salvador Calvo, 2016) dramatiza los acontecimientos reales que tuvieron lugar en las islas del título poco antes de que estas dejasen de pertenecer a España. Allí, un grupo de valientes militares, atrincherados en una iglesia ruinosa, afrontaron el envite de los tagalos, que estaban dispuestos a expulsar de su territorio a quienes les habían otorgado una cultura. El duro asedio se prolongó durante varios meses, ya que, pese a que los Estados Unidos habían adquirido el archipiélago, aquellos lo desconocieron hasta que, finalmente, leyeron la noticia en un periódico español. Pero tanta había sido la bizarría demostrada durante el hostigamiento, que, al abandonar la citada iglesia, fueron custodiados por la guardia de honor de las tropas filipinas.   
    
   Como sabemos, esta hazaña ya fue narrada en 1945 por el director Antonio Román en la película Los últimos de Filipinas. Pero como este magnífico film pertenece hoy al mal llamado (no sin mala intención) "cine franquista", alguien tuvo la idea de reescribirlo, para ofrecerle al espectador lo que supuestamente aconteció de verdad aquel lejano año de 1898. Sin embargo, una cosa es revisar la historia y otra cosa es adulterarla, como ha hecho este largometraje. Aunque son muchas la pinceladas que dan fe de ello, tal vez las más notorias sean las figuras del teniente Martín Cerezo y la del padre Gómez-Carreño. Por desgracia, el primero es presentado como un oficial atormentado y oscuro, malévolo y belicoso, que es incapaz de transmitir valor a sus hombres y que, en consecuencia, está dispuesto a sacrificarlos si estos dudan de sus órdenes; el segundo, como un religioso abúlico y drogadicto, sin interés por el destino de sus repentinos feligreses.




   Esta desfigurada imagen del teniente responde a la equivocada concepción que de las Fuerzas Armadas actuales tienen muchos sectores en nuestro país, entre los que destaca la farándula española. Esta, avergonzada de la patria que le da de comer, y tan corta de miras que siempre identifica el Ejército con el fascismo (o con el franquismo, que para ella es lo mismo), ha visto en el héroe de Baler la excusa perfecta para demonizar a aquellas. Para ello, no solo le atribuye las perversidades citadas arriba, sino que lo presenta como un dictador (he aquí la concomitancia) o un tirano que desatiende las impetraciones de los suyos con el fin de satisfacer sus empresas egoístas. Menos mal que se ha sacado de la manga a un soldado que quiere ser pintor (ya sabemos que el arte y la cultura van de la mano) y que le recuerda de vez en cuando la humanidad que subyace tras su negra alma de obcecado militar.  

   En cuanto al pobre fraile, interpretado por Karra Elejalde, es una parodia de la fe que tanto aborrece la mentada farándula. En la película, lo vemos pululando de un lado para el otro, sin oficio ni beneficio, estorbando más que apoyando; aficionado al opio (en una burda metáfora del concepto que aquella tiene de la religión, basada en la tristemente célebre sentencia de Karl Marx) y torpe en los consejos que le solicitan los soldados (la infamia es mayor cuando responde con un encogimiento de hombros a la pregunta de uno de ellos sobre la preocupación de Dios por sus hijos en esos momentos de penuria). 



    
   La verdad es que el teniente Martín Cerezo, de incontestable controversia (aquí), insufló valor mediante su ejemplo a unos hombres que anhelaban retornar a su patria; supo ser para ellos un modelo de entrega, abnegación y sacrificio, pues se preocupaba más por el bienestar de sus soldados que por el propio, y, finalmente, demostró su entereza y su integridad (puestas en entredicho en este lamentable film) hasta el último día de asedio, encumbrando el nombre de España entre los filipinos y haciéndolo merecedor de la honra de estos. En cuanto a la realidad sobre el fraile, que aúna la figura de los tres que también sufrieron el acoso en la iglesia de Baler, es necesario decir que levantaron la moral de los atribulados militares constantemente y que los prepararon para la muerte cuando esta los rondaba (aquí).

   Pero el ejemplo de un militar abnegado o el de un fraile celoso no es comprendido por quienes nunca han estado involuntariamente lejos del hogar. Quien, por el contrario, ha combatido en países extranjeros, ha sufrido los aprietos de una guerra o ha navegado durante meses sin pisar tierra firme, comprende la necesidad que tiene de aquellos dos, que le ayudan, respectivamente, a cumplir bien su trabajo y a santificarse en él. La versión de 1945 fue realizada por hombres que acababan de concluir una contienda fratricida en España, por lo que conocían al dedillo el sufrimiento vivido en el combate, así como las pequeñas alegrías que les daban luz cuando más densa era la tiniebla (esas canciones de nuestra patria o la celebración de la Navidad, sustituida aquí por la del más laico año nuevo); es por eso que resulta fresca, creíble y dinámica, a diferencia de lo que nos quiere hacer tragar la edición de 2016. Por este motivo, yo le digo tururú a esta última, me sigo quedando con aquella, que refleja mejor los sentimientos que afloran en el combate, y me despido cantando como lo harían los verdaderos héroes de Baler.  



lunes, 28 de noviembre de 2016

Cinema Paradiso

   No sabría decir cuál es mi película favorita, pues este reconocimiento ha ido variando a medida que he cumplido años. De esta manera, comenzó siendo Dumbo (Ben Sharpsteen, 1941), pues es el primer film que recuerdo haber visto en una pantalla de cine (aquí); posteriormente, cuando ya el séptimo arte se había convertido en mi pasión, fue desbancado por las (entonces) trilogías de Indiana Jones y La guerra de las galaxias, rebautizada hoy con el nombre de Star Wars (aquí); más adelante, en mi etapa contestataria, La naranja mecánica (Stanley Kubrick, 1971) y El club de la lucha (David Fincher, 1999), y actualmente son todos aquellos largometrajes que enlazan con el niño que fue creciendo con todos ellos. Entre todos los que son, descuella Cinema Paradiso (Giuseppe Tornatore, 1988).




   Como cualquier aficionado sabe, esta película narra la historia de Salvatore Di Vita (Jacques Perrin), un renombrado cineasta italiano que vuelve a su pueblo natal para asistir a las exequias de su amigo Alfredo (Philippe Noiret). A partir de ese momento, el metraje se convierte en una larga analepsis que nos muestra la infancia y la adolescencia del citado director. Gracias a ella, descubrimos la profunda amistad que lo unía a aquel, el primer amor que experimentó, y que lo marcó para siempre, y, sobre todo, su intenso romance con el celuloide.  

   Mi favoritismo por esta película nace como consecuencia de la identificación con el entrañable Salvatore, que es conocido durante su infancia por el seudónimo de Totó (Salvatore Cascio). En efecto, del mismo modo que él, siempre que recuerdo mi niñez, lo hago embebido en un film, frente a una pantalla de cine o ante un viejo televisor. En aquella época, no me importaba quién dirigía una película, quién la interpretaba o en qué año se había rodado, sino que mi preocupación se centraba en la historia que me contaba y el modo en que esta enriquecía mi fértil imaginación: un elefante que podía volar, un arqueólogo que vivía mil peripecias o una batalla espacial que acontecía en una galaxia muy lejana.




   Pero estas historias no solo consolidaron las aventuras con las que yo soñaba de niño, sino que también me ayudaron a forjar los sentimientos que la adolescencia me exigía, como al joven Totó del film (Marco Leonardi): mis nuevas aspiraciones, la relevancia de mis amistades, mis crecientes pasiones, mis constantes desilusiones, mis hondas cuitas y mis intensas alegrías. De esta manera, cuando el amor me asaltó por primera vez, fui incapaz de detallarlo sin referirme a alguna película que ya me lo hubiera mostrado con anterioridad; tampoco habría podido conquistarlo y mantenerlo sin las instrucciones que el celuloide me había dictado, y no pude llorarlo cuando se fue sin evocar alguna triste secuencia que me impulsara a sobrellevar la vida sin él.

   Por esta razón, si tuviera que elegir mis escenas favoritas de este largometraje, optaría por las dos que aún me conmueven cuando las veo. La primera es aquella que nos muestra el encuentro entre Totó y Elena (una guapísima Agnese Nano), a quien aquel graba a escondidas con su tomavistas, verdadero depositario de su amor más profundo; la segunda, relacionada con esta, aquella en la que el cineasta, ya adulto, observa esa misma grabación proyectada sobre la pared de su dormitorio. En este último caso, la amarga lágrima que deja caer mientras contempla dichas imágenes es el epítome de una vida que ha presenciado el desmoronamiento de las ilusiones construidas durante la adolescencia.
   



   Posiblemente por este luctuoso motivo, Giuseppe Tornatore, su director, quiso mostrar al público el montaje original de la cinta. En él, Totó buscaba a su amada Elena después de haberla visto otra vez en la mencionada proyección. Sin embargo, pese a las expectativas de aquel, esta se niega a reanudar la historia de amor que ambos comenzaron, puesto que la vida los ha conducido hacia destinos muy diferentes. Por tanto, a pesar de la esperanzadora premisa de esta edición, la película concluye de nuevo con la amargura propia de una ilusión perdida.

   Pero no debemos ver en ello una visión apesadumbrada de la realidad, sino precisamente una descripción muy fiel de ella, puesto que nuestra vida se construye a veces sobre las ruinas de un sueño muy querido. Así, es el primer amor el que articula y moldea los siguientes, de manera que estos no dejan de ser una búsqueda y una perfección de lo que se alcanzó con aquel; y son las primeras aspiraciones las que forjan las sucesivas, ya que, durante la infancia y la adolescencia, nos apasionamos más por ellas y, en consecuencia, aprendemos a dar la vida por un ideal o por una persona.

   Este es el motivo por el que Cinema Paradiso siempre se encuentra entre los diferentes listados de mis películas favoritas. No se trata de una simple historia acerca de un niño aficionado al cine, sino de una veraz biografía en la que entran en juego el amor, la amistad y la desilusión. Estos tres son los sentimientos que han marcado mi vida en algún momento de su desarrollo, y son los mismos, a la vez, que han sabido edificarla. Por tanto, pese al tiempo que transcurra, siempre me veré reflejado en Totó, que hizo del cine su primera pasión y aprendió con él a forjar todas las demás. 





domingo, 20 de noviembre de 2016

La llegada

   A lo largo de la historia del cine, la relación de los extraterrestres con los hombres ha evolucionado de manera notable. Desde que el celuloide los popularizara en los años cincuenta hasta el día de hoy, han pasado de ser nuestros enemigos a ser nuestros aliados. Aunque un proceso evolutivo no sea repentino, sino gradual, el que han sufrido los alienígenas tiene un claro punto de inflexión: Steven Spielberg. En efecto, gracias a sus obras cumbre, Encuentros en la tercera fase (Steven Spielberg, 1977) y E.T., el extraterrestre (Steven Spielberg, 1982), el cineasta cambió nuestro concepto de dichos visitantes para siempre. Pero esta evolución ha continuado avanzando, y ahora los extraterrestres no son únicamente criaturas amigables dispuestas a establecer un contacto con los hombres, sino que también son seres de carácter divino que han aterrizado en nuestro mundo para cuidar de nosotros.




   Para ser justos, este novedoso concepto tuvo su primer atisbo durante la edad dorada de la ciencia-ficción, los citados años cincuenta. En aquel período, la magistral Ultimátum a la Tierra (Robert Wise, 1951) presentó a un alienígena humanoide que advertía a los hombres sobre los riesgos del armamento nuclear; asimismo, intentaba reunir a todos los gobernantes de nuestro planeta con el propósito de establecer la paz que estos no habían logrado. Tampoco podemos olvidar el antecedente literario creado por Arthur C. Clarke durante la misma época, El fin de la infancia (1953), en el que unos visitantes de las estrellas conducían a la humanidad hacia su perfección. Por último, recordemos la controvertida 2001. Una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968), en la que el famoso monolito, supuestamente colocado por los alienígenas en los momentos precisos de la historia del hombre, propiciaba la evolución de este.         

   Recientemente, y al margen de nostálgicos experimentos cinematográficos, como Independence Day. Contraataque (Roland Emmerich, 2016), hemos sido testigos de la sumisión del séptimo arte a esta moda. En efecto, en películas como La cuarta fase (Olatunde Osunsanmi, 2009), Misión a Marte (Brian De Palma, 2000), Prometheus (Ridley Scott, 2012) y Contact (Robert Zemeckis, 1997), los extraterrestres son presentados como tutores de una humanidad caída (en la segunda y en la tercera, además, se juega con la posibilidad de que ellos sean el origen de la vida en la Tierra). Hasta tal punto llega este convencimiento, que el film de Zemeckis relata el contacto entre los hombres y los aliens como si este consistiese en un ascenso espiritual de los primeros (para más detalle, lee la reseña aquí). Por tanto, el largometraje que hoy nos ocupa no hace más que sumarse a esta nueva ola que ve en los alienígenas a los salvadores de nuestro mundo.




   Porque, no seamos ingenuos: pese a su fantástico revestimiento, esta es la verdadera (y angustiosa) temática que encierra el film. Igual que en la citada película de Robert Wise, nos encontramos en esta con un mundo sometido al caos (atención a las imágenes de la convulsa Venezuela o a las tensas relaciones diplomáticas entre Estados Unidos, Rusia y China que se intuyen durante el metraje), es decir, con una sociedad fracasada; además, pese a los denodados empeños por arreglar la desastrosa situación, esta empeora a cada minuto que pasa. Por esta razón, los hombres necesitan de un agente externo que les advierta sobre su futuro y que, por consiguiente, los reconduzca (en este caso, no son unos alienígenas con forma humana, sino unos seres tentaculares que parecen inspirados en el Cthulhu de Lovecraft); para ello, los visitantes no los exhortan mediante un mensaje conmovedor, como el que pronunciaba el protagonista de aquella, sino a través del lenguaje mismo, que es mostrado como signo de unidad. 

   De este modo, los alienígenas son presentados como los nuevos redentores del hombre, como unos seres provenientes del cielo que tienen la misión de pacificar el mundo. Si lo miramos con atención, esta idea forma parte de la lógica de nuestro tiempo, que ha desterrado a Jesucristo como el auténtico Mesías, pero que continúa necesitando el auxilio de un salvador. Efectivamente, la humanidad de hoy sigue experimentando el fracaso día a día, puesto que no consigue alejar de sí las guerras, las discordias y el odio, a pesar de su evidente progreso; por ello, anhela el contacto con un ente superior que le ayude a corregir sus excesos y que le muestre la senda de la verdadera perfección. Por supuesto, los extraterrestres satisfacen plenamente este deseo, ya que son como una profecía tangible de lo que nosotros estamos llamados a ser.    

   Evidentemente, mientras que no reconozca al Hijo de Dios como su auténtico Salvador, el hombre siempre añorará su propia liberación. Como hemos visto, sin embargo, Jesucristo ha sido suplantado por los visitantes del espacio, a quienes se les ha otorgado características divinas; no obstante, es posible que el tiempo los sustituya por otro elemento (recordemos que los extraterrestres solo llevan sesenta años entre nosotros y que, en ese corto período, han pasado de ser nuestros enemigos a ser nuestros aliados). Sea como fuere, el cine recogerá de nuevo esas aspiraciones y las plasmará una vez más en la gran pantalla, proponiéndonos otras formas de cubrir la indigencia que experimentamos todos los días.   




sábado, 12 de noviembre de 2016

Están vivos

   La noticia más importante de esta semana ha sido la inesperada victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales norteamericanas. A pesar de lo que auguraban todos los pronósticos, el candidato republicano se ha convertido en el nuevo mandatario de Estados Unidos. Muchos han querido ver en ello el cumplimiento de una de las profecías que pudimos ver en Los Simpson (aquí); otros, la que supuestamente vaticinó el film Idiocracia (Mike Judge, 2006) (aquí). Pero lo que a mí me ha llenado de auténtico estupor ha sido el desarrollo de la campaña, que me ha recordado a una película de mayor calidad que aquella: Están vivos (John Carpenter, 1988).




   En este clásico del cine fantástico, el actor Roddy Piper encontraba unas gafas de sol que le permitían descubrir una suerte de conspiración extraterrestre para domeñar nuestro planeta. Los autores de dicho complot habían conseguido inocular mensajes ocultos en la humanidad a través de los medios de comunicación, por lo que su objetivo ya había sido alcanzado. Afortunadamente, y gracias al providencial hallazgo, aquel localizaba la fuente de emisión de las citadas consignas y conseguía destruirla.

   Por supuesto, no estoy denunciando la intromisión alienígena en la campaña electoral, pero sí el uso indebido que se ha hecho de los medios durante el desarrollo de la misma, muy parecido al que veíamos en la película. En efecto, en estas últimas semanas, hemos sido testigos de cómo los mass media de todo el mundo, los españoles de manera especial, se han alineado a favor de un candidato y en contra del otro: abiertamente, han defendido la presidencia de Hillary Clinton en detrimento del postulado de Donald Trump. De hecho, para conducir a la primera hasta la Casa Blanca, no han dudado en rescatar palabras que el segundo pronunció hace más de diez años, con el evidente propósito de socavar su carrera (aquí); han aireado su polémica decisión de construir un muro entre las fronteras estadounidense y mexicana para frenar a los inmigrantes, y han vapuleado su defensa del derecho a la posesión de armas de fuego (aquí). Todo ello, salpicado de los atributos que hoy ha inventado nuestra sociedad para denigrar a una persona (especialmente si es varón): misógino, racista y homófobo.  




   Pero, a la vez que se delataba esta supuesta vis diabólica de Trump, vendida por los medios como una proeza de la investigación periodística, se ocultaba el verdadero rostro demoníaco de Clinton. Este último no es un adjetivo azaroso, puesto que la candidata demócrata estaba vinculada con las empresas abortistas más influyentes de Norteamérica (aquí) y con misteriosas sectas satánicas que pretendían llevarla al poder (aquí) (evidentemente, una persona no tiene por qué ser cristiana, pero debe reconocer que el mal subyace tras aquella otra que fomenta el asesinato de niños y que pacta con los adoradores del diablo). Por otro lado, se ha soslayado que las declaraciones de Trump quedaron en una simple fanfarronería, mientras que el marido de Clinton abusó realmente de mujeres que estaban bajo su cargo (aquí); que el malhadado muro fronterizo fue obra del citado esposo de Hillary (aquí), y que este último no hizo nada por vetar el derecho de posesión de armas de fuego (aquí). 

   No obstante el denodado empeño por parte de los medios para ensalzar a Hillary Clinton como la nueva presidenta de los Estados Unidos, estos han decidido libremente a favor del otro candidato. De alguna manera, ellos también han encontrado unas gafas mágicas que les han permitido detectar la manipulación mediática a la que estaban siendo sometidos. Con estas palabras, no pretendo apoyar a Trump, sino denunciar el oscuro interés que parece haber movido la campaña de desprestigio que ha estado detrás de él: a mi juicio, eso es un verdadero atentado contra la dignidad del hombre, contra su libre albedrío y, por ende, contra la democracia. Por esta razón, quisiera concluir el escrito con el título que lo encabeza, ya que se trata de un verdadero grito de rebeldía contra el sistema que se le ha procurado imponer al pueblo norteamericano, al que creían tan aletargado como el que protagonizaba aquel film: ¡están vivos!


  




domingo, 6 de noviembre de 2016

Tortugas ninja

   Indudablemente, los ochenta están de moda. Es normal que así sea, puesto que hoy somos mayores quienes vivimos nuestra juventud en aquella década tan recordada. Tampoco es cuestionable que el mundo del espectáculo ha sabido aprovechar esta súbita melancolía con el fin de arrastrarnos al cine o al televisor y conseguir, así, nuestro aplauso. En ocasiones, esta artimaña ha conjugado nostalgia y maestría a partes iguales, regalándonos un buen producto, como es el caso de Stranger Things (aquí); otras veces, empero, ha flirteado tanto con la primera, que nos hemos sentido estafados (es lo que ocurrió con El despertar de la Fuerza, cuya crítica, aunque benévola, puedes leer aquí). Entre estas últimas decepciones, se encuentran las tortugas ninja.




   Las tortugas ninja llegaron a nuestras vidas a través del cómic, pero fue la pequeña pantalla la que supo acercarlas a los niños del momento. En efecto, mientras que las historietas podían resultar algo violentas para ellos, la serie animada les otorgó el infantil sentido del humor que necesitaban para serles asequibles. No resulta extraño, pues, que aquellos se congregasen semanalmente delante del televisor con el propósito de disfrutar de sus múltiples aventuras. Tampoco es raro, por tanto, que enseguida apareciese una famosa línea de juguetes y, a continuación, un exitoso largometraje: Tortugas ninja (Steve Barron, 1990). 

   Evidentemente, el reconocimiento del film se debió a la popularidad que ostentaban nuestros héroes en aquellos momentos, pero no debemos relegar un factor que lo convirtió de inmediato en un clásico del cine ochentero. La película se estrenó en 1990, por lo que supuso el cierre cinematográfico de la década que añoramos; sin embargo, esta permanecía aún tan vigente, que su estilo empapó cada fotograma del largometraje. De este modo, nos encontramos con la historia de un adolescente, Rafael, que, pese a formar parte de una familia unida, se siente solo, por lo que busca con obstinación su lugar en el mundo; por otro lado, observamos la problemática de un joven que, padeciendo la misma inquietud que aquel, cae en las redes del clan del Pie, una organización sectaria que le proporciona el amor del que carece en su hogar. Uno y otro, al final, descubren que esa ubicación que anhelan se halla entre sus padres y sus hermanos, por lo que entienden que estos deben ser el pilar de su propia existencia.  




   Por desgracia, este mensaje de la película, que tanto promovió el cine juvenil de los ochenta, fue rápidamente sustituido en sus inmediatas secuelas por la comedia vacía, muy característica de la década siguiente. De esta manera, en Las tortugas ninja II. El secreto de los mocos verdes (Michael Pressman, 1991) y, sobre todo, en Las tortugas ninja III (Stuart Gillar, 1993), solo contemplamos una pueril parodia de lo que gozamos en su predecesora (ciertamente, muchos quisieron ver en ellas el retorno al espíritu infantil de la serie mencionada, pero esto no es más que la ingenua justificación de una verdadera tomadura de pelo). Y, aunque con el tiempo llegó una olvidada (y mejor) cuarta entrega, Tortugas ninja jóvenes mutantes (Kevin Munroe, 2007), esta ni siquiera le hizo sombra al estupendo film de 1990.   

   Hoy, el incombustible Michael Bay, autor de la saga Transformers y de la divertidísima Armageddon (1998), no obstante, muy en la línea de esa comedia hueca a la que aludíamos, ha pretendido beneficiarse también de nuestra melancolía por estos personajes; para ello, ha producido un par de esperpentos que se sitúan incluso por debajo de los tres filmes que siguieron al clásico ochentero (como ocurre con el cine actual, son historias pobres presentadas bajo el revestimiento de la espectacularidad). Por este motivo, se hallan entre las decepciones de nuestra nostalgia. Sin embargo, lejos de apenarnos por este traspiés, debemos volver la vista atrás y recuperar aquella película que tanto nos entusiasmó, pues, aunque los ochenta ya queden lejos, continúa siendo un buen ejemplo de la maravillosa década que en ella vivimos.