martes, 13 de octubre de 2015

White God


   Hay que reconocer que a veces el cine te sorprende. En esta ocasión, la película que hoy comentamos lo hace de manera especial, pues vuelve sobre el manido tema del comunismo, tan de moda nuevamente en nuestros días, pero bajo la mirada de un prisma muy particular. Esta vez, la crítica a la sociedad de clases y su consecuente revolución no está desempeñada por obreros sediciosos, familias explotadas o militares malnutridos (siempre diré que El acorazado Potemkin es uno de mis filmes favoritos), sino por una jauría de fieros canes que pone a raya a los estamentos opresores.

   Debo reconocer que no llegué a esta conclusión hasta que vi el final del metraje, cuando (SPOILER), tras la masacre liderada por el sanguinolento perro protagonista, su anterior dueña y el padre de esta se tumban en el suelo frente a él y sus secuaces, poniéndose a la misma altura que ellos; es verdad que algo intuí cuando un miembro de la sempiterna orquesta a la que acude la actriz principal interpretó los acordes de la Internacional, pero lo achaqué a una broma juvenil más que al hilo conductor del film. Y es que este nos narra la historia de un pobre animal que ve cómo, por culpa de un amo intolerante y despótico, pasa de una vida regalada en compañía de su propietaria a una existencia cruenta. Gracias a ello, va conociendo las diferentes realidades del mundo, que, sin embargo, comparten la triste verdad del proletariado: que este siempre será sometido por el señor burgués. Esto va fortaleciendo su carácter, y, cuando tiene la oportunidad, demanda su lugar en el mundo atacando a todos los que lo han oprimido, acompañado, claro está, de todo un séquito de miserables criaturas que solo pueden hacer oír su ladrido mediante la violencia. Al final, y como hemos dicho, el hombre en general, que es el alegórico burgués del relato, comprende que está a la misma altura de los perros, que es el metafórico obrero del metraje.

   Lógicamente, no soy comunista, pero aplaudo cuando una idea es bien presentada por el arte (una vez más, reivindico la olvidad figura de Sergei Eisenstein, el mejor divulgador cinematográfico que tuvo la Unión Soviética). Esta película lo consigue, mezclando muy bien originalidad y excelente manufactura. Es una buena fábula y un buen ejemplo de cómo hacer cine.