viernes, 6 de noviembre de 2015

Los muertos están vivos


   Me resulta curioso ver cómo los muertos vivientes han resucitado de su letargo audiovisual, para volver a invadir nuestros monitores y pantallas de cine, y devorar, así, nuestros débiles cerebros, como es su repugnante aspiración. Ciertamente, y como veremos, nunca habían sido sepultados del todo, pero el éxito de la serie The Walking Dead ha sido capaz de barrer esa poca tierra que los cubría y ponerlos en pie de nuevo, de manera que puedan vagabundear otra vez por calles vacías mientras se van pudriendo irremediablemente y van aterrorizando a las indefensas personas que viven de verdad. Por supuesto, esta resurrección ha trascendido los inocuos salones de las casas y las inmunes salas de los cines, pues ya vemos convenciones de muertos, zombies parties a la española y hasta serios protocolos norteamericanos que detallan el modo de actuar en el supuesto de que aquellas dejen de ser inofensivas fiestas y se conviertan en crudas realidades; incluso yo he caído en la putrefacta red de estos nuevos muertos vueltos a la vida.
 
 

   Pero como todo el mundo sabe, la visión que hoy el mundo comparte acerca de los zombis no es la originaria; esta hunde su raíz en las leyendas del vudú caribeño, según el cual un hechicero es capaz de retornarle la vida a un difunto para hacerlo su esclavo, generalmente con fines homicidas. Este, por cierto, es el argumento de la primera película que aborda la temática que ahora nos ocupa, La legión de los hombres sin alma (Victor Halperin, 1932), cinta protagonizada por el mítico Bela Lugosi que no cosechó buenas críticas, pero que, como habitualmente ocurre, fue apoyada por el público, respaldo que la elevó con rapidez al cielo de las cult movies (en este sentido, también cabe destacar el clásico Yo anduve con un zombi, de Jacques Tourneur, película de 1943 que supera con creces a aquella).

   Para encontrar la génesis de los zombis actuales, debemos avanzar en el tiempo algo más de veinte años, concretamente, a 1968, fecha en que George A. Romero (no por casualidad, cineasta de ascendientes cubanos) estrenó La noche de los muertos vivientes. En esta cinta, como hemos dicho, los difuntos se levantaban de sus tumbas para alimentarse de los pobres humanos que se cruzasen en su camino; además, la única forma en la que estos últimos podían liberarse de aquellos consistía en atravesar sus cabezas con el fin de herirles el cerebro. Como era de esperar, la película se convirtió de inmediato en un rotundo éxito comercial, pues supo manejar con indiscutible maestría los clichés del género de terror, y añadir, asimismo, nuevas situaciones que hoy forman parte de la narración cinematográfica habitual (¿cuántas veces no habremos visto ya a un grupo de personas encerrado en una casa tapiando puertas y ventanas, para que los dichosos muertos revividos no entren en ella?).

   Pero el éxito del film no debe ser atribuido solamente a su innovador acercamiento al mundo de los muertos vivientes, que, como hemos visto, es la base del enfoque que hoy tenemos sobre ellos; en realidad, dicho atractivo es consecuencia de la historia que late de fondo: la insostenible e inaudita situación a la que se ven arrastrados los hombres, y el modo en que estos deben superarla. Por esta razón, su autor afirmaba que la idea del largometraje le vino a la mente cuando leyó la famosa frase del filósofo Hobbes “el hombre es un lobo para el hombre”. Sin lugar a dudas, esta sentencia recorre cada uno de los fotogramas de la inquietante película, ya que manifiesta que no existe mayor enemigo de la humanidad que la humanidad misma. Por otro lado, el film afrontaba asuntos escabrosos a la sazón, como el racismo y el machismo, que, integrados en un relato sobre la desestructuración de la sociedad imperante, se sumaban a ese terror por los nuevos tiempos que también parece estar en su discurso.
 
 

   Como era previsible, la cinta de Romero se vio seguida por varias secuelas y múltiples imitaciones. De las primeras, aparecidas una década después del original, podemos destacar su inmediata continuación, Zombi (George A. Romero, 1978), que, sin abandonar la citada aseveración filosófica, indaga en los peligros inherentes a la consumición sin control (nuevamente, un grupo de personas encerrado, pero ahora… ¡en un centro comercial!); en cuanto a las segundas, la desconocida y reivindicable No profanar el sueño de los muertos (Jorge Grau, 1974), que es, a mi juicio, equiparable artísticamente al film que le sirve de inspiración.

   Sin embargo, y a pesar del aplauso popular de esta moda, los espectadores parecieron aburrirse de ella a lo largo de los años ochenta, y aunque el mismísimo George A. Romero intentó recuperarla con su interesante El día de los muertos (1985), parecía que su destino era la tumba de la que había emergido. Pero, como hemos indicado arriba, y como si de una tétrica profecía se tratase, los zombis nunca perecieron del todo, pues lograron sobrevivir entre los bites de los videojuegos y las páginas de los libros, aguardando el momento oportuno para volver a invadir las solitarias calles de las ciudades. Este instante llegó en el año 2002, cuando el versátil Danny Boyle estrenó su particular visión sobre ellos, 28 días después. En ella, los muertos vivientes ya no son seres tristes y errantes que devoran pasivamente a quienes se acercan a ellos, sino espabilados y poderosos atletas que corren detrás de la persona a la que quieren asesinar.
 
 

   Esta nueva característica de los muertos vivientes fue tan célebre, que logró resucitar el sub-género, por lo que no se tardó en producir una secuela, 28 semanas después (Juan Carlos Fresnadillo, 2007), en recuperar clásicos de la literatura fantástica con Soy leyenda (Francis Lawrence, 2007) y en hacer algún que otro remake, como Amanecer de los muertos (Zack Snyder, 2004) y La noche de los muertos vivientes 3D (Jeff Broadstreet, 2006). Hasta la industria española se vio afectada por esa nueva oleada de zombis persecutorios, pues vimos en nuestras pantallas la estupenda [REC] y sus deplorables secuelas (tan grande fue el éxito de esta última, que contó con una versión norteamericana: Quarantine).

   Dicha moda resucitada, lejos de volver al cementerio, parece más viva que nunca, pues, como anunciamos al principio, la televisión le ha encontrado un hueco mediante la citada serie The Walking Dead (y ahora, Fear. The Walking Dead), que narra las peripecias de un grupo de supervivientes que busca un lugar para refugiarse del apocalipsis zombi que está asolando nuestro planeta. Igual que ocurría en la cinta de Romero, lo verdaderamente interesante del show televisivo no son los muertos, sino los vivos que luchan contra ellos, pues vemos en cada episodio cómo responden a esta catástrofe y cómo deben lidiar para sobreponerse a ella. A mi juicio, no obstante, la serie ha perdido parte del ritmo y del interés del que había gozado en las dos primeras temporadas, cayendo en un argumento harto repetitivo, pero lo cierto es los zombis continúan sus andaduras por las calles de nuestras ciudades intentando alimentarse de los pobres peatones que se cruzan con ellos.