domingo, 9 de abril de 2017

Japón bajo el terror del monstruo

   Estamos viviendo en nuestros días un tímido renacimiento de las monsters movies. En efecto, gracias al éxito de películas como Kong. La isla calavera (Jordan Vogt-Roberts, 2017) -puedes leer la crítica aquí- o Godzilla (Gareth Edwards, 2014), este subgénero parece calar de nuevo en el ánimo del espectador. Precisamente la criatura de esta última cinta, que promete enfrentarse a la de aquella en un film futuro (aquí), fue una de las causantes de que esta moda empapara el cine de los años cincuenta gracias al film que nos ocupa: Japón bajo el terror del monstruo (Ishiro Honda, 1954). Por este motivo, hoy vamos a dedicarle una entrada en este blog.




   Nos encontramos en el Japón de la posguerra. Pese a que la contienda mundial haya finalizado solo una década atrás, el país ha conseguido sobreponerse y ya se desarrolla con absoluta normalidad. Sin embargo, un nuevo temor se cierne sobre él: Godzilla. En efecto, no son pocos los japoneses que advierten de su próxima llegada, puesto que la pesca ha descendido notablemente y algunas ciudades costeras han sido aniquiladas durante la noche. Por este motivo, se abre una investigación, que determina que el citado monstruo legendario se acerca y que es mucho más grande de lo que se creía, puesto que ha sido afectado por las radiaciones atómicas.

   Es posible que este argumento suene hoy a trillado, ya que ha servido para crear otros filmes u originar alguna serie de televisión. Sin embargo, se trató en su momento de una sinopsis revolucionaria, puesto que aprovechó la nueva moda para criticar abiertamente la hostilidad mantenida por Estados Unidos hacia Japón durante la Segunda Guerra Mundial. En efecto, antes de este largometraje, las pantallas de todo el mundo ya habían presentado dos criaturas colosales: el conocidísimo gorila gigante y el radosaurio, protagonistas respectivos de King Kong (Merian C. Cooper y Ernest B. Shoedsack, 1933) y El monstruo de tiempos remotos (Eugène Lourié, 1953). Sin embargo, como ninguna de estas cintas presentaba una diatriba real contra un problema determinado, la de Godzilla se erigió como la precursora de esta nueva tendencia (para ser justos, debemos indicar que la película de Louiré prevenía sobre la radiación atómica, aunque su mensaje terminaba por pasar desapercibido).

   Así es, en la película podemos contemplar escenas sobrecogedoras que nos indican hasta qué punto continuaba presente en Japón el lanzamiento de la bomba atómica. La primera de ellas, por supuesto, la que muestra el rastro de ruina y radiación que deja Godzilla tras su paso por la capital, inspirada directamente en el mismo que dejó aquel fatídico proyectil sobre Hiroshima y Nagasaki. Pero también la que describe la desolación de las familias por la pérdida de sus hogares, la que nos detalla el movimiento de las multitudes hacia los improvisados y saturadísimos hospitales de campaña y la que nos ofrece a niños desfigurados llorando por el horror que acaban de presenciar. Por consiguiente, se trató sin duda de una acerada respuesta al ataque perpetrado por Estados Unidos en suelo nipón.




   El film gozó de tanto éxito que muy pronto inspiró otros títulos, como La humanidad en peligro (Gordon Douglas, 1954), Surgió del fondo del mar (Robert Gordon, 1955) o Godzilla (Terry O. Morse, 1955), que fue una versión adaptada para Estados Unidos en la que se minimizaba la culpa de este país respecto a la creación del monstruo. Pero sobre todo dio lugar a un subgénero que todavía concita a multitud de fans: el kaiju eiga. Ciertamente, este cine de monstruos japonés nos ha regalado innumerables películas que hoy siguen causando furor entre sus más acérrimos seguidores: Los hijos del volcán (Ishiro Honda, 1956), Mothra (íd., 1961), El mundo bajo el terror (Noriaki Yuasa, 1965) o La batalla de los simios gigantes (Ishiro Honda, 1966). 

   Desgraciadamente, Godzilla solo es conocido por su etapa más naíf, en la que luchó contra extraterrestres malévolos (Los monstruos invaden la tierra), contra criaturas irrisorias (Gorgo y Supermán se citan en Tokio) o en la que incluso tuvo que instruir a su retoño en el arte de aterrorizar (El hijo de Godzilla y La isla de los monstruos). Sin embargo, debemos recordar que sirvió de paradójico adalid contra la contaminación del mundo en Hedora, la burbuja tóxica (Yoshimitsu Banno, 1971) o que vivió una de las más espectaculares resurrecciones del celuloide en Godzilla 85 (Koji Hashimoto, 1984), título que por cierto también precedió a los modernos reboots. Además, protagonizó una saga muy reciente iniciada por Godzilla 2000 (Takao Okawara, 1999) y un par de remakes de irregular éxito: Godzilla (Roland Emmerich, 1998) y su última versión, mencionada más arriba y dirigida por el ahora famoso autor de Rogue One. Una historia de Star Wars (Gareth Edwards, 2016).  

   Volviendo, pues, al principio, esto nos indica que el interés por las monsters movies nunca ha desaparecido del todo, sino que suele permanecer aletargado hasta que recibe un nuevo impulso. En este caso, parece que se lo ha concedido Kong. La isla calavera, en cuya escena post-créditos ya se insinúa el combate entre el simio gigante y el lagarto radioactivo (aquí). Además, este año hemos tenido la oportunidad de gozar de una nueva incursión del cine japonés en este campo mediante Godzilla Resurgence (Hideaki Anno y ShinjiHiguchi, 2016), donde se aprovecha el accidente nuclear de Fukushima para revivir al monstruo. Por este motivo, podemos decir que aquel añejo film nipón de los cincuenta fue toda una revolución y que hoy puede ser considerado como un título de culto.



   
   Nota: el tráiler no se corresponde con el film original, sino con la adaptación americana citada en el artículo. Por desgracia, no he localizado el vídeo japonés.

domingo, 2 de abril de 2017

Yojimbo (El mercenario)

   Reconozco que siento debilidad por las películas que abordan el tema de la redención. En efecto, me apasionan las historias que presentan a hombres apesadumbrados por su pasado y que, por ello, buscan una manera de redimirse. A mi juicio, es un claro testimonio de la existencia del alma humana, que alberga una conciencia y que requiere del perdón cuando esta ha sido mordida por la culpa.

   Por supuesto, el género por excelencia en este sentido es el western. Ciertamente, tenemos en él grandes ejemplos de largometrajes que describen con detalle la lucha de un alma por obtener la reconciliación. Entre los más destacables, es posible señalar Centauros del desierto (John Ford, 1956), Los siete magníficos (John Sturges, 1960), El jinete pálido (Clint Eastwood, 1985) o Sin perdón (íd., 1992). Pero existe un subgénero algo menospreciado que nos ha ofrecido joyas de esta misma índole; me refiero al chambara, es decir, al cine japonés de samuráis. Y la cinta que mejor lo representa es, sin duda, Yojimbo (El mercenario) (Akira Kurosawa, 1961).




   Yojimbo es el seudónimo de un samurái errante (ronin) que llega a una aldea japonesa. Allí descubre que dos facciones enemigas están enfrentadas entre sí por el control del pueblo. Como él está necesitado de dinero, decide colaborar con una u otra facción, según el sueldo que ambas le prometan. Sin embargo, cierto día descubre que uno de estos bandos ha secuestrado a una madre de familia. A partir de ese momento, el antiguo samurái recordará el oficio tan noble al que había consagrado su vida y resuelve situarse del lado de la justicia.

   Como vemos, nos situamos una vez más en esa trágica esfera de la redención. Efectivamente, la película está protagonizada por un viejo samurái que, o bien ha perdido su honor, o bien ha perdido a su señor. Sea cual fuere la razón de su vagabundeo, es evidente que se trata de un hombre desencantado, puesto que es capaz de venderse al mejor postor para conseguir algo de dinero (sin duda, esta sería una actitud impropia de un samurái convencido). Además, constatamos que está perseguido por su conciencia, puesto que aconseja a sus nuevos vecinos con la sorna propia del que ha experimentado la traición o el desengaño. Sin embargo, como hemos dicho, descubre la forma de liberarse de este peso mediante un buen gesto: reunir a una pobre mujer con su familia.




   Como el samurái del film, todos hemos experimentado alguna vez el peso de nuestra conciencia. Aunque muchas veces este sentimiento ha querido ser disimulado bajo un exceso de culpabilidad, lo cierto es que la traición de ese grito interno es mucho más profunda e hiriente que esta última. Por este motivo, cuando sentimos su dolor, necesitamos de inmediato remediarlo mediante una buena acción o a través del perdón de la persona a la que hemos ofendido. Esto nos conduce a descubrir que no somos meros animales, que actúan por un instinto irracional, sino personas con un alma que debemos cuidar y que nos otorga, por tanto, nuestra dignidad.

   El autor de esta joya es Akira Kurosawa, un cineasta que nos regaló películas tan memorables como Los siete samuráis (1954), La fortaleza escondida (1958) o Sanjuro (1962). Como en Yojimbo (El mercenario), descubrimos en ellas esa necesidad universal del perdón. Pero en esta última cinta quedó expresado de manera tan magistral que fue afrontado de nuevo mediante dos remakes que todo el mundo recordará: Por un puñado de dólares (Sergio Leone, 1964) y El último hombre (Walter Hill, 1996). Así pues, nadie debería dejar de verla, ya que no solo influyó notablemente en la historia del cine, sino que también nos dejó un claro testimonio de la existencia y del funcionamiento del alma humana.



domingo, 26 de marzo de 2017

El tesoro de Sierra Madre

   El 14 de enero de 1957, nos dejaba para siempre el gran intérprete Humphrey Bogart. Los cinéfilos de todo el mundo habrán conmemorado este triste aniversario mediante la recuperación de alguno de sus títulos más conocidos, como El halcón maltés (John Huston, 1941), Casablanca (Michael Curtiz, 1942) y La reina de África (John Huston, 1951). Sin embargo, también fue protagonista de otros largometrajes que hoy han sido olvidados, pero que se sitúan en el mismo nivel de calidad que aquellos, como son, por ejemplo, Llamad a cualquier puerta (Nicholas Ray, 1949) y Horas desesperadas (William Wyler, 1955).

   Por mi parte, he recuperado una película que podría ubicarse entre ambos grupos: El tesoro de Sierra Madre (John Huston, 1948). En efecto, se trata de un título protagonizado por Bogart muy conocido, pero que, a la vez, se aleja del estereotipo que él mismo mostró a lo largo de su filmografía. De esta manera, mientras que en los primeros nos acostumbró a una imagen de galán misterioso, en los segundos rompió con ella, principalmente en la obra de Wyler y en la que hoy nos ocupa.  




   Nos encontramos en el año 1925. Humphrey Bogart es un vagabundo exiliado en México que anhela desesperadamente un trabajo con el que ganarse la vida. Pese a que la suerte no parezca acompañarlo, cierto día conoce a Walter Huston, que afirma conocer la ubicación de un tesoro. Ni corto ni perezoso, pues, se alía con él y con Tim Holt para encontrarlo y, de este modo, enriquecerse. Pero la camaradería que los une al principio se irá truncando a medida que vayan excavando dicho tesoro, y los irá convirtiendo en unos enemigos desconfiados. 

   Como hemos dicho, se trata de un film atípico en la carrera del conocido actor, ya que lo aparta de la imagen de galán que él mismo había forjado. Además, aquí elabora un interesante papel que profundiza en el camino que recorre el hombre hacia la maldad. Con este propósito, acomete al personaje desde dos ángulos: en primer lugar, el que se corresponde con la primera mitad de la cinta, es decir, aquel en el que lo vemos necesitado de una dignidad que parece haber perdido; en segundo lugar, el que se desarrolla en su siguiente tramo, es decir, el que describe su sometimiento al dinero. De este modo, pasa de ser un hombre generoso y entrañable a convertirse en un ser avaricioso y desconfiado.




   Podemos ver, por tanto, que se trata de una metáfora intemporal. Ciertamente, el dinero como causa de corrupción siempre ha formado parte del interés humano. El mismísimo Señor ya advierte acerca de él en el Evangelio, donde asegura que el respeto a este y el que se le debe a Dios son incompatibles. Por eso, aunque se desarrolle a principios del siglo pasado, puede ser vista en cualquier momento de la historia, ya que siempre hallaremos en ella un paralelismo con nuestra propia experiencia.

   Como sacerdote, de hecho, he tenido la oportunidad de atender a personas que han sufrido lo indecible a causa del dinero. Pero, sin ir más lejos, es probable que muchos de los lectores hayan padecido sus mismas consecuencias: familias que se rompen por una herencia mal repartida, amistades que desaparecen para siempre y un largo etcétera que no cabría en este espacio. Por eso, la figura de un Bogart que se va convirtiendo en avaro y desconfiado no está lejos de la realidad que vivimos cada día.

   A mi juicio, se trata de un film excepcional que merece ser visto en este año en el que cumplimos seis décadas sin Humphrey Bogart. En él, descubriremos una faceta atípica en la carrera del actor y hallaremos una acuciante alegoría de la esclavitud monetaria que siempre nos acecha. Por este motivo, su plano final siempre quedará impreso en la memoria del espectador: el cardo que, como una tácita advertencia, asoma por la boca del saco de oro...



domingo, 19 de marzo de 2017

Kong. La isla calavera

   Esta semana, han llegado pocas cintas de interés a nuestras carteleras. Por este motivo, quisiéramos recomendar aquí un título que se estrenó la anterior y que no debería pasar desapercibido. Nos referimos a Kong. La isla calavera (Jordan Vogt-Roberts, 2017). En efecto, pese a recuperar un personaje icónico de la historia del cine y adaptarlo a nuestro tiempo, se trata de una película imprescindible para comprender la esencia misma del séptimo arte: el entretenimiento.

   Como todo el mundo sabe, sin embargo, no se trata de una precuela ni de un remake del clásico de 1933, sino de un reboot. Esto quiere decir que nos hayamos ante un film que pretende reinventar el personaje y establecerlo como protagonista de una nueva saga. Y aunque esta decisión conlleve el rechazo de muchos puristas, debemos señalar que también forma parte de la historia más elemental del celuloide.




   Esta vez, el argumento nos traslada a los años setenta, a una fecha inmediatamente posterior a la guerra del Vietnam. Un grupo de veteranos de este conflicto es reclutado para una última misión: acompañar a una expedición científica en su incursión por una isla perdida del Pacífico. Esta isla se llama Calavera y siempre ha permanecido escondida al ojo humano gracias al banco de niebla que la protege. Pero el secreto que mejor guarda es la presencia de King Kong, un simio gigante que es venerado como un dios por las tribus nativas.

   Por tanto, las únicas relaciones que esta nueva cinta mantiene con la original son el protagonismo de Kong y su ubicación en la isla Calavera. El resto entronca más con las monsters movies norteamericanas de los años cincuenta y con el kaiju eiga japonés. Por este motivo, no encontraremos en ella un desarrollo profundo de los personajes ni un guion muy literario, sino un apabullante show de destrucción y lucha ciclópea. Esto nos conduce a la primera cuestión, es decir, a recordar que el cine nació como espectáculo.




   En efecto, a veces me pregunto si King Kong (Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, 1933) fue concebida por sus creadores como una verdadera metáfora del amor bizarro. Ciertamente, comienza y termina con el proverbio que asevera que la bestia murió por culpa de la mirada de la bella, pero ¿no es todo su metraje intermedio una simple acrobacia destinada al asombro del público? Tengamos en cuenta que el único monstruo visto a la sazón en una pantalla de cine había sido el diplodocus de El mundo perdido (Harry O. Hoyt, 1925). Como este formaba parte del universo silente, es posible que ella solo quisiera repetir su éxito en el sonoro (de hecho, contó para ello con su mismo y genial creador de los efectos especiales: Willis O´Brien). Además, fueron sus posteriores remakes y la cultura popular los que incrementaron esa poesía que ella insinuaba (o la lujuria, en el caso de la versión de 1976).     

   Respecto de la segunda cuestión, es decir, la creación de una nueva saga, debemos señalar que la mismísima King Kong contó con una rápida secuela: El hijo de Kong (Ernest B. Shoedsack, 1933). Esta, en efecto, pese a su baja calidad, nació con el indisimulado propósito de repetir las ganancias de aquella. Por otro lado, su primer remake también fue seguido por una desastrosa continuación, King Kong 2 (John Guillermin, 1986), que se alejaba notablemente de sus postulados, presentando ahora a la media naranja del simio: Lady Kong (¡!). Y hasta el cine japonés lo enfrentó a su monstruo más conocido en King Kong contra Godzilla (Ishiro Honda, 1962), y a una réplica mecánica en King Kong se escapa (Ishiro Honda, 1967). Por consiguiente, si esto nos pareció bien en su momento y lo disfrutamos ahora, ¿por qué no vamos a aceptar hoy un reboot del simio cinematográfico más famoso del planeta?

   Por todo ello, nos encontramos ante una película que nos recuerda que el cine es ante todo entretenimiento. Sin duda, no está a la altura del King Kong original, pero porque desea crear algo nuevo (por favor, ¡esperad a la escena post-créditos!). Tal vez no identifiquemos ahora grandes aciertos en ella, pero ¿quién sabe si dentro de cien años pasará a la historia ese gorila silueteado por el sol, mientras es atacado por los helicópteros americanos? En fin, puro espectáculo. 



lunes, 13 de marzo de 2017

Distrito 9

   Carta abierta a la alcaldesa de San Fernando (Cádiz)

   Señora alcaldesa:

   Hace un mes, desperté con la noticia de que su ciudad, que es también la mía, se había convertido en el primer municipio español que adoptaba semáforos gays (aquí). Según pude leer y constatar, estos últimos ostentan parejas homosexuales donde antes aparecía una silueta humana sin género concreto. Por supuesto, fueron promocionados como una manera de normalizar las relaciones entre hombres, por un lado, y entre mujeres, por el otro. Sin embargo, aunque esto parece reflejar una victoria de la sociedad igualitaria en la que vivimos, es más bien el principio de una división.

   Como tal vez no sea usted lectora de mi blog, me gustaría indicarle que se trata de un espacio de reflexión basado en el séptimo arte, es decir, en el cine. Por este motivo, quisiera señalarle que, para explicar mi postura, me inspiraré en el film Distrito 9 (Neill Blomkamp, 2009). Si todavía no lo ha visto, permítame que le indique que se trata de una diatriba contra el famoso apartheid sudafricano, aunque los negros de entonces son sustituidos aquí por alienígenas. Podría haber elegido otra película, como Invictus (Clint Eastwood, 2009), que es más conocida, pero creo que esta refleja mejor el triste fenómeno al que deseo aludir, aunque sea en clave de ciencia ficción. 




   En efecto, basándose en la segregación racial que vivió Sudáfrica desde los años cuarenta hasta principio de los noventa, el largometraje muestra a unos extraterrestres compartiendo el mismo destino que a la sazón padecieron los negros del país. Por este motivo, son hacinados en barrios insalubres, donde no tienen derecho a nada, puesto que la raza humana, que hace las veces de la blanca en aquellos tiempos, es la dominante. Cierto día, sin embargo, un hombre se contagia de un virus alienígena, que lo va convirtiendo paulatinamente en uno de aquellos, por lo que se ve obligado a integrarse en su mundo.

   Tal vez piense usted que esto tiene muy poco que ver con los semáforos gays de nuestra ciudad, pero quisiera hacerle notar que encierra la misma política. Ciertamente, si nuestra sociedad presume de su libertad, de su respeto y de su capacidad de integración, ¿por qué ve necesario establecer unas señales de tráfico que separen a las personas en razón de su condición sexual?, ¿acaso no es, por el contrario, una forma de coartar la libertad, de disimular el respeto y, en definitiva, de separar? A mi juicio, la verdadera integración pasa por considerar a todas las personas iguales, bien sean homosexuales, bien sean heterosexuales, bien sean negras, bien sean blancas. Por este motivo, veo completamente innecesario que levante semáforos especiales para los gays y las lesbianas.

   Comprendo que no se trata de establecer un paso de peatones exclusivo de homosexuales, sino de hacer ver que estos últimos son tan peatones como los heterosexuales y que, por ende, tienen el mismo derecho a circular de la mano que unos novios heterosexuales. Pero ¿no se da cuenta de que, haciendo esto, no solo no los integra, sino que los señala con el dedo, como si fueran los negros del apartheid o los extraterrestres de Distrito 9? Disculpe mi atrevimiento, pero no imagino a Nelson Mandela reclamando la integración de su pueblo mediante reductos para los de su raza o a través de zonas destinadas solo a ellos; por el contrario, luchó por la verdadera igualdad, que pasaba por disfrutar de los mismos espacios, no de lugares independientes.




   Es posible que, en el fondo, usted quiera favorecer a los homosexuales, porque considere que han sido menospreciados a lo largo de la historia. Sin duda, es un sentimiento noble, pero ¿cree que este es el camino? En mi opinión, la senda correcta es la educación, esa que cada uno recibe en su hogar. Como le he dicho, yo también soy de San Fernando, cañaílla como usted, y en mi casa siempre he sido instruido en el respeto cristiano a todo el mundo. Ello me ha conducido a tener amigos homosexuales, a los que aún valoro sin necesidad de tratarlos como tales, sino simplemente como amigos míos. Por eso juzgo que los semáforos no los señalan como amigos, ni siquiera como personas, sino que los observan como una grupo diferente y los relega, por tanto, a un apartheid invisible.

   Estimada alcaldesa, si verdaderamente considera que los homosexuales deben ser integrados en nuestra sociedad igualitaria, le aconsejo que no establezca diferencias entre ellos y los heterosexuales. No coloque semáforos gays, sino que volvamos al monigote asexuado, que integra a varones y mujeres, independientemente de su condición sexual (en este sentido, ¿por qué las mujeres de los susodichos semáforos visten faldas y peinan trenzas?, ¿por qué los hombres usan pantalón y pelo corto?). No organice talleres de integración para los niños ni dé charlas formativas en los colegios, porque seguirá tropezando con la diferencia entre homosexuales y heterosexuales. Deje que los padres eduquen a sus hijos conforme a ese respeto que yo mismo he vivido en nuestra ciudad, donde, por cierto, nunca he conocido ningún episodio homófobo. De este modo, quebrará este conato de apartheid e integrará realmente a todas las personas en una sociedad verdaderamente igualitaria.



lunes, 6 de marzo de 2017

1984

   Hace unos meses, mediante la película Los niños del Brasil, criticábamos la supuesta campaña en favor de la transexualidad infantil que vimos en el norte de España (aquí). En el artículo, afirmábamos que no existía un verdadero interés por los niños, sino que estos servían de conejillos de Indias a unos ideólogos que pretendían establecer como cierta su doctrina. Aunque al principio pensábamos que aquel polémico anuncio sería prontamente olvidado, sobre todo a tenor de la reacción suscitada en los padres vascos y navarros, la semana pasada volvió a ocupar el espectro informativo. Pero lo hizo a través de una operación dirigida por el grupo Hazte Oír. En ella, corrigiendo la frase promocional de aquella, se dice que los niños tienen pene y que las niñas tienen vulva. Esta aseveración, que no solo puede ser confirmada por la biología, sino también por el sentido común, ha sido objeto, sin embargo, del mayor desprecio por parte de nuestros políticos y de no pocos ciudadanos de a pie.

   En efecto, si uno repasa los informativos de la semana pasada, encontrará que la mayoría de los medios acusó de fascismo a la organización Hazte Oír. Muy pocos se hicieron eco de la autenticidad de su lema, pues habrían sucumbido irremediablemente al furor del lobby LGTBI y de todos sus adláteres, que proliferan de manera especial en la red. O bien, se habrían enfrentado a la Justicia, que parece plegada a los dictámenes de dicho grupo de presión. Sea como fuere, lo cierto es que se ha desvelado una dictadura encubierta y se ha evidenciado la persecución de la verdad.




   Sin duda, mencionar la famosa novela de George Orwell 1984 es un tópico, puesto que sale a relucir siempre que nos encontramos con una situación social desagradable. Pero su acierto en el tema que traemos a colación es tan grande que no podemos prescindir de ella. En verdad, más allá de su conocidísimo Gran Hermano o de su denuncia a la invasión de la intimidad, presenta también un retrato fiel de una humanidad sometida a la mentira. Esta, en efecto, se ha convertido en el mejor vehículo para gobernar a los hombres, puesto que los esclaviza a la voluntad del omnipotente Partido.

   Por desgracia, y ya que este blog fundamenta sus textos en el séptimo arte, debemos indicar que no existe ninguna adaptación cinematográfica aceptable de dicho libro. Ciertamente, la más conocida es la dirigida por Michael Radford en 1984, pero es plúmbea y difícil de ver, puesto que está cargada de referencias a la obra de Orwell; en consecuencia, puede ser incomprensible para el espectador que no haya leído la novela. Sin embargo, hace hincapié en la mentira que gobierna el mundo, elemento que la dota de un interés notable.



   En efecto, la película nos presenta un mundo regido por un partido totalitario y omnipresente. Su capacidad de control sobre los individuos es tan grande que abarca la programación televisiva y que somete a los ciudadanos a constantes pruebas de lealtad. Además, manipula todo tipo de información, con el propósito de acomodarla a las exigencias del momento. Para ello, usa el Ministerio de la Verdad, con el que altera las noticias o cambia la historia a su antojo. El mayor ejemplo de ello es la guerra que recorre de fondo todo el metraje de la cinta: esta se lleva a cabo contra diferentes enemigos, pero siempre que se inicia con uno de ellos, se afirma que este ha sido el eterno aliado, mientras que el otro ha sido su contrario desde el principio. No en vano, el film comienza con esta siniestra afirmación: "Quien controla el presente controla el pasado; quien controla el pasado controla el futuro".

   En este desasosegador futuro, solo una persona descubre la trampa del engaño. Por eso, procura escribir un diario en el que poder desvelar la tiranía del Partido. Sin embargo, la Policía de este último lo descubre y lo encierra en un calabozo, donde, gracias al terror, consigue que renuncie a sus ideas y abrace las que aquel impone. Su confusión es tan grande que desconoce cuál es la verdad; por eso, cuando intenta sumar dos más dos, ni siquiera sabe qué responder.



   Indudablemente, esto tiene su correspondencia en la campaña que hemos visto estos días contra el lema de Hazte Oír. En primer lugar, aparece una campaña en favor de la transexualidad infantil, en la que se miente de manera diáfana contra la biología básica y el sentido común; en segundo lugar, aparece una campaña contraria a aquella, que evidencia dicha mentira y que es tan legítima como ella, puesto que se ampara en la libertad de expresión del individuo. Sin embargo, la que es acusada y ajusticiada es la segunda, mientras que la primera queda impune. De esta manera, la mentira se ha convertido en una verdad incuestionable y esta ha pasado a ser falsa. Este argumento es tan absurdo como defender que la tierra gira en torno al sol, y ser apresado por ello.

   Por supuesto, esta comparación no es baladí. En efecto, es probable  que los mismos que tildan de retrógrados a Hazte Oír por se defensa de la verdad, sean los que acusen a la Iglesia por su oposición a la ciencia. De este modo, mientras que incriminan erróneamente a esta última del asesinato inquisitorial de Galileo Galilei por su sistema heliocéntrico, se posicionan a favor de una postura contraria a la biología. Así pues, ¿quién está realmente del lado de la verdad?, ¿quiénes son por tanto unos retrógrados contrarios a la ciencia? Es por ello que la verdad más esencial está siendo hoy perseguida por la mentira más vulgar.




   No obstante, y como acontece en el film, nadie se atreve a proclamar la verdad, por muy evidente que esta sea, puesto que la Inquisición laica de nuestros días posee métodos de tortura infalibles. Sin duda, el mejor de ellos es el desprecio. Ciertamente, como indicábamos en nuestro análisis de La invasión de los ultracuerpos (aquí), ser señalado con el dedo y ser identificado como cavernícola es una humillación para cualquiera, por lo que es mejor pasar desapercibido y disimular la deglución de la mentira que nos inoculan (para comprender que esto es más eficaz que una cámara de gas, solo debemos echar un vistazo al siguiente vídeo: aquí).

   En efecto, como en aquellas reuniones multitudinarias del film, o en aquellos mensajes televisivos que bombardean una y otra vez la mente de los ciudadanos, hoy nos fabrican una opinión. Pero no nos la ofrecen, puesto que el masticarla podría ser costoso: nos la trituran, para que podamos digerirla mejor y vomitarla en cuanto tengamos la oportunidad. De esta manera, como el bebé que regurgita su potito sin prestar atención a los adultos que lo rodean, el Partido quiere que nosotros devolvamos la opinión precocinada, independientemente del nivel cultural de la persona que nos observa, ya sea científico, clérigo o ama de casa... todos ellos quedan estupefactos ante la falta de sentido común de quien profiere una mentira disfrazada de verdad: ¡los niños tienen vulva y las niñas tienen pene!




   Al final, queda como un atisbo de autenticidad la conocida exhortación del Señor: "La verdad os hará libres". En efecto, como el bebé que vomita sin contemplaciones el argumento que le han obligado a comer, la sociedad actual estará pendiente de la nueva mentira que deba ingerir: los monos son personas, el incesto debería estar permitido, la pedofilia no sería tan horrible si se consintiera, o el sexo con animales debería obligarse en los colegios como experiencia grupal, antes, por supuesto, de pasar a la asignatura de orgía comunitaria. Es decir, está aherrojada a la opinión que la nutre; no sabe sumar dos más dos, mientras que no le indiquen cuál es el resultado.

   Por el contrario, el que vive en la verdad, no está sometido a los vientos mendaces que lo embisten. Tiene un criterio propio, un razonamiento fundado en la realidad. Es, por consiguiente, más libre, y será capaz de responder que dos más dos son cuatro, o que los niños tienen pene y que las niñas tienen vulva.


  

lunes, 27 de febrero de 2017

T2. Trainspotting

   Trainspotting (Danny Boyle, 1996) es una película que marcó a toda una generación de cinéfilos. Su éxito fue tan contundente en el momento de su estreno que hoy sigue cautivando a los espectadores que se acercan a ella por primera vez. Actualmente, además, se trata de un largometraje de culto, puesto que supuso el espaldarazo definitivo de su responsable, Danny Boyle, y de su estrella principal, Ewan McGregor. En efecto, a raíz de la cinta, el primero se aventuró en Hollywood mediante Una historia diferente (íd., 1997) y La playa (íd., 2000), mientras que el segundo probó suerte en el blockbuster a través de La amenaza fantasma (George Lucas, 1999) y sus secuelas.

   Por este motivo, no es extraño que su autor ya hubiera valorado la posibilidad de afrontar una segunda parte. Sin embargo, como no deseaba repetir el formato de la primera, ha tardado veinte años en rodarla, con el propósito de indagar en la evolución de sus protagonistas. Es por ello que no encontraremos la comedia que vimos en aquella, sino un film de corte más nostálgico y sosegado, pero que enlaza perfectamente con su predecesora y con toda la filmografía de Boyle.




   Han pasado veinte años desde que Mark Renton abandonase a sus amigos y huyera con el dinero que todos habían conseguido. Cierto día, sin embargo, cuando ya ha ordenado su vida, decide volver a Edimburgo y atar los cabos sueltos que dejó tras la fuga. Por desgracia, Frank, que ha permanecido encerrado en la cárcel durante todo ese tiempo, también vuelve a la ciudad, aunque con una intención diferente: vengarse de quienes le robaron su parte del botín.

   Pese a este argumento y a la temática del primer Trainspotting, esta tardía secuela no es una comedia. Se trata, por el contrario, de un film altamente nostálgico y dramático, puesto que profundiza en las tristes consecuencias de los excesos que aquella mostraba. Por esta razón, es una película más intimista, dirigida quizás al público que se vio reflejada en su predecesora, pero que hoy la observa tras el remordimiento que aportan las dos décadas que han transcurrido entre ambas. Seguramente, pues, sea la continuación lógica de aquella.

   Por otro lado, es una película imprescindible en la obra de Boyle, ya que armoniza mejor con su filmografía que la primera entrega. Ciertamente, todos sus largometrajes son un canto a la vida y a las cosas que la enriquecen, como la familia y los amigos (sin duda, esta es la tesis de Millones, 127 horas y la incomprendida Steve Jobs). Aquella, no obstante, pese a su mensaje final, que apostaba abiertamente por una existencia sin drogas, encomiaba una traición y un robo. Es por ello que necesitaba ser subsanada, mostrando una historia que ensalzase el auténtico valor de la amistad y el peligro que el dinero le puede acarrear a esta.




   Por este motivo, era necesaria la realización del film. En él, como hemos visto, no solo se atan los cabos sueltos que exige la nostalgia, sino también aquellos que no conseguían anudarse con la obra de Boyle. Este ha afirmado muchas veces que el hombre debe buscar la felicidad en la sencillez del hogar y de la amistad y no en el dinero, algo que no quedaba claro en el primer Trainspotting, pero que aquí resarce por completo.

   Se trata, pues, de un título excepcional, que debería estar presente en las futuras videotecas de los seguidores de Boyle y de McGregor. Posiblemente, hoy no sea comprendida por quienes han conocido demasiado tarde la cinta original, puesto que esperarán la comedia que esta les ofreció. Sin embargo, el paso de los años les descubrirá que sus personajes han progresado como debían de hacerlo y que, por ello, se trata de una secuela imprescindible.