lunes, 7 de diciembre de 2015

Los miserables (2012)


   Una vez más, recibimos en este blog artículos de sus lectores, con el fin de hacer posible la reflexión cristiana a través del cine. En esta ocasión, podemos leer uno acerca del film Los miserables, dirigido por Tom Hooper en el año 2012.
   Espero que lo disfrutéis. 


   Estando a punto de empezar el año de la misericordia, me parece oportuno hablar de un film que creo que la representa con gran acierto. Esta joyita que hoy nos ocupa es una verdadera obra de arte que, a mi juicio, quizás algo osado, permanecerá como uno de esos clásicos que nunca pasará; como prueba, basta ver que el musical en que se inspira, que se lleva representado en Londres desde hace más de veinticinco años. La historia es tan extensa y profunda que cuesta ceñirse a algo concreto; todo aquel que vea el film en cualquiera de sus versiones (la presente, protagonizada por Russell Crowe y Hugh Jackman; la de 1998, con Liam Neeson y Geoffrey Russ; la miniserie de 2000, con Gérard Depardieu y John Malkovich, ¡o incluso la primera versión, la muda, de 1907!), podrá ver que me dejo muchas cosas en el tintero (más bien en el teclado). De las miles de cosas que se podrían decir, yo quisiera centrarme en los personajes de Valjean, Fantine y Javert, y de las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad. Cada uno destaca en una de las tres, pero también manifiesta una necesidad especial de otra.
 
 


 
   Si tomamos en primer lugar a Valjean, podemos ver a un hombre sin esperanza, que malvive como puede, y que, por un lado, llevado por la desesperación, y, por otro, por el amor a su hermana y su sobrino, roba un poco de pan, para evitar que mueran de hambre; por ello, es condenado, y pasará veinte años en prisión. Cuando sale de allí, camina como un vagabundo sin destino, sin esperanza, con un amor muy herido por el odio que le han mostrado y que él proyecta al mundo, hasta que el amor de Cristo lo alcanza a través del obispo de Digne, quien le hace ver que Dios es de verdad el amor que colma nuestra alma, más allá de toda esperanza, si tenemos fe en Él. Este encuentro le cambia la vida.
 
 
   En un segundo punto, vemos a Fantine, una joven cargada de amor y de esperanzas, pero sin nada sólido en lo que fundamentarlas, la cual, engañada por un amor de juventud, queda embarazada y abandonada. Esa herida le hace renunciar a la esperanza de ser amada por nadie, y pierde su fe en todo. Sin embargo es capaz de seguir adelante por amor a su hija, haciendo lo necesario para mantenerla a salvo, llegando al extremo de la prostitución.
 
 
   Esto nos lleva al tercero en discordia, Javert, un hombre implacable, con una fe férrea, pero absolutamente incapaz de mostrar amor, y, por lo tanto, de recibirlo. Javert, al igual que Fantine y Valjean, ha sufrido una infancia marcada por la miseria: él nació en una prisión y se crió en la calle, hasta lograr hacerse guarda de prisión, donde conoce a Valjean.
 
 
   A lo largo del film, podemos ver que la relación entre los tres nos enseña que lo que dice san Pablo es muy cierto: “Fe, esperanza y caridad; de las tres, la más importante es la caridad, el amor” (1 Co. 13, 13). ¡Pero hay que tener las tres! Sin fe, nos volvemos como la pobre Fantine, que no tiene nada sólido que sostenga su gran amor y sus esperanzas, y nos arriesgamos a caer bajo la tiranía de las pasiones descontroladas (¡cuántos matrimonios rotos por no haber puesto su amor y su esperanza a madurar en la fe!); si vivimos sin esperanza, al igual que Valjean, la fe se convierte en sospecha de todo, algo que nos encerramos en nosotros mismos y, así, el amor se pudre y se convierte en odio hacia todo y hacia todos; por último, si nos falta el amor nos convertimos, como Javert, en implacables jueces, incapaces de mostrar siquiera un atisbo de misericordia. El mismo Javert nos muestra lo que le ocurre a la gente que endurece su corazón hasta el final; Valjean, por el contrario, deja constantemente desconcertado a Javert con sus actos (esto se ve sobre todo cuando, finalmente, el policía se da cuenta de que esa idea que siempre le ha movido es falsa: el amor que le muestra Valjean le produce tal dilema, que no puede soportarlo, por lo que toma la decisión radical de suicidarse).
 
 
   Es bien conocida la expresión "la esperanza es lo último que se pierde". Creo que esto no es cierto, pues, como he dicho, las tres virtudes van de la mano, y el amor sostiene a todas. Pero claro, uno podría pensar: "suena muy bonito pero ¿cómo se vive con amor?". Valjean nos da la respuesta. Su vida misma es reflejo perfecto del amor de Dios vivido. Es alguien capaz de transmitir la misericordia que ha recibido previamente, pensando siempre en los otros antes que en sí mismo.
 
 
   Termino con un ejemplo claro que se puede ver en la versión de 1998. Cuando Valjean va a las barricadas a buscar a Marius para intentar convencerle de que deje la lucha y vaya con Cosette, cuando este le pregunta que qué les quedará si no lucha, que qué futuro les espera, Valjean, tomándole los brazos y mirándolo con una mirada paternal le contesta: "Tienes amor, es el único futuro que Dios nos da".
 
 

 Javier Orozco de Donesteve