jueves, 3 de diciembre de 2015

Por qué me gusta Batman

   Cuando se habla acerca de Batman, me gusta verme como un fan de la primera generación, pues soy de los que disfrutó de la versión seria del hombre murciélago en el cine allá por 1989 (para los que se hayan sorprendido por el uso de este adjetivo, acérquense a la que protagonizó el mítico Adam West en el año 1966, que, no obstante su evidente hilaridad, debe ser revisada cada cierto tiempo). Es verdad que, al atribuirme dicha posición, me arrogo un puesto inmerecido, pues existen admiradores de primerísimo orden, es decir, aquellos que conservan los cómics originales protagonizados por tan emblemático personaje, y a estos tales no tengo derecho a dirigirme. Pero como hoy vivimos en un mundo audiovisual, que ha renovado y llevado a su campo a los superhéroes que antes poblaban aquellas viejas viñetas, sigue gustándome recordar que yo participé de esos inicios cinematográficos.





    La cinta de Tim Burton fue para mí todo un descubrimiento, pues me presentó a un héroe situado en las antípodas de todo lo que había visto hasta el momento, principalmente, el Superman interpretado por Christopher Reeve. Al revés que este, venido de otro planeta y caracterizado por una bondad que rayaba la ingenuidad, el justiciero de la noche era un hombre de nuestro mundo, que ocultaba su rostro para acometer una empresa más humana que la de aquel: vengar la muerte de sus padres; esto, además, se veía aderezado por una tenebrosa y atractiva puesta en escena, que parecía reflejar con mayor incisión la atormentada (y comprensible) personalidad de dicho héroe, algo que lograba conquistar la empatía del espectador, que asimilaba como propio su dolor y, por consiguiente, acreditaba su excéntrico comportamiento. Lógicamente, Batman era tan inalcanzable para mí como lo era Superman, pero, como no gozaba de poderes sobrehumanos que lo catapultasen siempre a la victoria, y luchaba por erradicar algo tan frecuente en nuestros días como es la delincuencia, cautivó todo mi interés y me hizo soñar con ser como él.




   Amén de estos anhelos infantiles, esta primera aproximación seria al personaje creado por Bob Kane en el lejano año 1939, hizo que se acrecentase en mi interior la incipiente pasión por el mundo del cine, ya que me animó a descubrir otras películas realizadas por tan particular director (hoy, en francas horas bajas) y conocer otros filmes interpretados por el hierático Michael Keaton o por el indomable Joker, a la sazón, Jack Nicholson; de este modo, tuve la oportunidad de ver Bitelchús La gran aventura de Pee-Wee, en cuanto a los primeros, y El resplandor o Easy Rider (Buscando mi destino) en referencia al segundo. Además, comencé a leer artículos de temática cinematográfica, a coleccionar mis primeras revistas especializadas y trasnochar hasta donde podía, para escuchar los programas radiofónicos dedicados a ello.

   De este modo, cuando en 1992 se estrenó la secuela de aquel film revelador, Batman vuelve, yo ya tenía un escueto bagaje cinematográfico, que me ayudó, por supuesto, a disfrutar de ella. En algunas críticas de la época, sin embargo, leí que el personaje daba muestras de cansancio, porque se repetían los mismos esquemas del largometraje precedente, y, entre mis amigos, se decía que era una continuación inferior a este último, pues adolecía de su dinamismo; a pesar de ello, yo me sentí nuevamente cautivado por ella, pues la repetición de la estética tenebrosa reforzó mi impresión de estar frente a un cineasta de recia personalidad, y la inclusión de un romance entre antagonistas (Batman y Catwoman) le otorgó, a mi juicio, un desarrollo más original y dinámico. Por otro lado, la visión tan nostálgica de la Navidad que describió Burton en el film dio alas a mi imaginación, que estaba invadida por las radiantes (y, en algunos casos, irreales) imágenes de estas fiestas propias de otros largometrajes (curiosamente, otra película que había contribuido a este nuevo concepto navideño fue Gremlins).





   No obstante mi entusiasmo por la nueva aventura del hombre murciélago, los productores de la misma coincidieron más con la crítica contemporánea y con mis amigos que conmigo, pues, para dirigir la siguiente, contrataron a un cineasta del que nunca había oído hablar, Joel Schumacher, el cual, según leí, había afirmado que renovaría la estética de la saga. Para corregir mi desconocimiento, en una época en que internet aún no era la gran herramienta laboral que hoy usamos, investigué acerca del sujeto, y me topé con una película que me insufló la esperanza que había perdido cuando llegó a mis oídos la noticia del cambio de rumbo que iba a tomar mi amado superhéroe: Jóvenes ocultos. Esta obra, realizada por Schumacher en 1987, me sorprendió tanto por su atrevimiento, al mostrar una nueva visión de los vampiros, como, en su momento, me había asombrado el cambio efectuado por Batman con respecto a Superman. Pero dicha expectativa se precipitó a lo más hondo de mi desánimo cuando, finalmente, vi Batman Forever, un engendro con nombre de tatuaje que parecía remedar la idiosincrasia de Burton y reírse del personaje.

   Por desgracia, esto me llevó a creer que nunca volvería a disfrutar del hombre murciélago como lo había hecho con sus dos primeras entregas, sentimiento que se incrementó con el visionado de la execrable Batman y Robin, que me demostró que siempre se puede hacer una cosa peor que la otra. De este modo, si aquella era un irrisorio remedo de la obra de Burton, esta parecía reírse incluso de su inmediata predecesora, dirigida por el mismo cineasta. Realmente, yo no podía dar crédito a lo que veía: colores discotequeros, guion infumable, chistes sin gracia, actuaciones increíbles (stricto sensu)... Comprendí, entonces, que Batman había muerto para siempre.




   Sin embargo, casi una década después de que el personaje falleciera delante de los desconcertados espectadores, Christopher Nolan volvió a otorgarnos esa esperanza que ya habíamos enterrado junto con el defensor de Gotham; así, estrenó Batman Begins, cosechando un enorme y merecido éxito de público y crítica. No obstante, y tras las sucesivas decepciones que había padecido con los infames subproductos de Schumacher, yo no quise ilusionarme con los nuevos derroteros cinematográficos que se estaban abriendo frente a mí, por lo que me acerqué a ellos con múltiples reticencias; de esta manera, la película no llegó a gustarme tanto como pareció gustar a los demás, ya que creía estar presenciando el intento fallido de recuperar el estilo que sus antecesoras habían lapidado.

   A pesar de esta impresión, acudí de nuevo al cine cuando se estrenó El caballero oscuro, la mejor película de esta nueva trilogía, y, así como experimenté la mayor decepción artística con el cambio de director en la anterior saga, aquí viví exactamente lo contrario. En efecto, gracias a la dirección de Nolan, me volví a ilusionar con este personaje que había cautivado mi imaginario allá por los años ochenta, pues lo veía otra vez abrumado por sus inquietudes, y pugnando por salir de ellas al mismo tiempo que combatía contra sus enemigos; más aún, veía a un Batman que superaba con creces al que yo recordaba, y a un Joker magistral que me hizo desear que el metraje de la película nunca se acabase. Gracias a esta obra, además, profundicé en la filmografía de su autor, y descubrí que me hallaba ante un nuevo genio de la imagen (su última película, Interstellar, así lo confirma).




   Por este último motivo, esperé ansiosamente el estreno en nuestro país de El caballero oscuro. La leyenda renace, el épico desenlace de la historia comenzada por el mismo Nolan en 2005. Antes de su estreno, por supuesto, no paraban de salir noticias acerca del film, o imágenes que no hacían sino incrementar tal espera. Además, como antes de afrontar esta, dirigió la estupenda Origen, no hubo día en que no desease verla cuanto antes. El film, sin duda, no fue una decepción, pero no logró equipararse a su predecesora, una verdadera obra maestra, ya que, aun acometiendo una temática nueva en toda la filmografía del hombre murciélago (la revolución popular como liberación, la imagen de Batman como insignia de esperanza), la desarrolló de una manera más propia de cineastas novatos (ese final tan precipitado o esa hija oculta de Ra´s Al Ghul podrían haber sido elaborados con mayor empeño). Sin embargo, esa carencia fue eclipsada por la valentía de mostrarnos la muerte del héroe (solo del héroe, no de Bruce Wayne), algo pocas veces visto, y que, en este caso, nos indicaba la ruptura definitiva de la saga por parte de Nolan, y, paradójicamente, la idea de que Batman continuaría vivo para siempre.

   Esta profecía parece cumplirse hoy, cuando, a pesar de los años transcurridos, el hombre murciélago continúa haciéndose presente en nuestras conversaciones, en los citados tebeos, en los magníficos videojuegos e, incluso, en la televisión. Con respecto a esta última, cualquier aficionado puede acercarse a la excelente serie Gotham, programa que narra las peripecias de un joven Wayne antes de convertirse en el justiciero nocturno que llenará de esperanza a su pueblo (por favor, aguantad hasta la segunda mitad de la primera temporada, que adquiere un estupendo ritmo del que la primera mitad adolece; y, por supuesto, ved la segunda temporada, aún en emisión, porque supera con mucho a lo visto en su antecesora). El cine, obviamente, tampoco es ajeno a este oráculo, pues hoy mismo se ha estrenado el tráiler de la nueva incursión del personaje en él, Batman vs. Superman. El amanecer de la justicia, film que parece continuar la estela iniciada por Nolan con ambos superhéroes (recordemos que él escribió el libreto de la maltratada El hombre de acero).

   Por todos estos motivos, puedo decir que me gusta Batman. Es verdad que nunca he sido un ávido lector de sus aventuras de papel, aunque poseo algunas de las más importantes, pero siempre lo he seguido de cerca en sus periplos cinematográficos. Por esta razón, y como decía al principio del presente artículo, también puedo aseverar que soy un fan del hombre murciélago de primera generación.