domingo, 12 de febrero de 2017

El cielo sobre Berlín

   Hay películas que resultan fascinantes por el mundo que abren a los ojos del espectador. Habitualmente, son cintas de corte fantástico, ya que este es un género puede jugar sin límites con la imaginación del hombre. Un ejemplo de ello podría ser el conocidísimo futuro que nos plantea Blade Runner (Ridley Scott, 1982), pero también el que describe Brazil (Terry Gilliam, 1985) o el universo que presenta Dune (David Lynch, 1984). Sin embargo, también hay filmes de otros géneros que han sabido hipnotizar de la misma manera gracias a ese particular, como Tigre y dragón (Ang Lee, 2000), El árbol de la vida (Terrence Malick, 2011) o Amelie (Jean-Pierre Jeunet, 2001). Entre estas últimas, se encuentra la cinta que nos ocupa.  




   En efecto, El cielo sobre Berlín (Wim Wenders, 1987) nos presenta una ciudad poblada por miles de ángeles. Estos, invisibles al ojo humano, caminan entre los hombres con el propósito de ayudarlos en sus tribulaciones. Para ello, les basta con acariciar su espalda o con sentarse a su lado, ya que su sola presencia les otorga la luz del consuelo.

   Cierto día, sin embargo, uno de estos ángeles le manifiesta a su compañero el deseo de convertirse en una persona. El motivo es que quiere ver el mundo como lo hacen los hombres y, por ende, compartir con ellos su destino. El paroxismo de este anhelo llega cuando se enamora de una mujer, con la que quiere compartir su posible vida mortal.




   Indudablemente, lo más enriquecedor del film es la imagen de esos ángeles caminando entre nosotros y auxiliándonos en nuestras dificultades. Resulta entrañable y esperanzador comprobar cómo no dan por perdida a ninguna persona, puesto que la acompañan en todo momento con el propósito de salvar su vida. Aunque también describe la realidad humana, que es libre para escuchar su consuelo y para rechazarlo, como insinúa el suicida que cubre sus oídos con los auriculares.

   Pero también son impresionantes las disertaciones acerca de la vida que hacen tanto los hombres como los ángeles. Especialmente profundas son las del protagonista, Bruno Ganz, que aspira a disfrutarla como ser humano. Para ello, no se centra solo en las cosas materiales de las que podría gozar, sino también en lo que ya pasa desapercibido para nosotros, como las sensaciones y los sentimientos. Resulta impagable y emocionante que desee asimismo experimentar las limitaciones humanas, que se manifiestan sobre todo en la enfermedad y en la muerte. 




   La película sobrecogió de tal manera al espectador que su responsable afrontó una secuela varios años después: ¡Tan lejos, tan cerca! (Wim Wenders, 1993). En ella, aunque retomaba los personajes que habían dado pie a su anterior obra, los enfrentaba a una situación diferente: el mal. Ciertamente, aunque el amor por la vida podía ser entrevisto aún en el largometraje, este se centraba en cómo la maldad era capaz de arruinar la existencia del hombre.

   Para ello, el film arranca con un ángel que se plantea la posibilidad de ayudar físicamente a las personas. A lo largo de su vida espiritual, ha podido sugerir esperanza y bondad en ellas, pero no siempre las ha auxiliado, ya que estas gozan de libertad para aceptar o rechazar sus sugerencias. Él piensa, no obstante, que lo conseguiría si fuese de su misma naturaleza.

   Sin lugar a dudas, la película supera la original. En efecto, propone un mismo y fascinante mundo poblado por ángeles, pero profundiza en la libertad del hombre, que solo había sido insinuada en aquella. Además, y aunque describe con mucho detalle hasta qué punto se puede corromper una persona gracias a sus decisiones erróneas, es un canto bellísimo al amor y al libre albedrío. Por otro lado, afirma explícitamente que los ángeles provienen de la voluntad de Dios, un dato que no aclaraba El cielo sobre Berlín y que la hace todavía más emotiva. 




   La fascinación casi hipnótica de este cosmos angelical fue confirmada por el cine norteamericano algunos años después. En efecto, adaptando la historia de amor que cerraba el film original, pudimos ver City of Angels (Brad Silberling, 1998). Pese a que relegaba aspectos tan profundos como las disertaciones que pululaban en los otros dos títulos, contó con muchos aciertos. Entre ellos, destaca la controversia suscitada en la científica mente de la protagonista, que es médico, cuando se enamora de un ángel, es decir, de un ser que no debería existir.

   A mi juicio, pues, estos tres filmes nos proponen un mundo arrebatador, que difícilmente olvidará quien los haya visto. Además, nos otorgan una esperanza que tal vez hayamos perdido, puesto que nos indican que no estamos solos y que el Amor, que es más grande que todos nosotros, nos acompaña siempre. Por último, y en consecuencia, este universo resulta más cautivador cuando descubrimos que no es imaginario, sino que se trata de la realidad que nos circunda.