domingo, 5 de febrero de 2017

Manchester frente al mar

   Hace unas semanas, afirmábamos que nos encontramos en un período propicio para el buen cine de actualidad (aquí). El motivo es la inminente ceremonia de los Óscar, donde se premia a la mejor película del año. Para formar parte de esta gala, pues, las grandes productoras se reservan estos meses para estrenar sus largometrajes más acariciados. Asimismo, y con esta intención, suelen rodearlos de los factores que habitualmente gustan a los miembros de la Academia, sus anfitriones: corte clásico, actores consagrados, revisionismo histórico y valores norteamericanos.

   Curiosamente, la película que hoy nos ocupa no cumple ninguno de los citados requisitos. Sin embargo, ha entrado en la lista de candidatas al mayor premio otorgado en Hollywood (además de haber obtenido otras cinco nominaciones). El motivo tal vez estribe en su correcta manufactura o en la tragedia que palpita en el fondo de su metraje, más intensa que la del propio guion. Si se trata de esto último, no deja de ser una llamada de atención acerca del inmenso vacío que experimenta el hombre actual. 




   Lee Chandler (Casey Affleck) es un conserje de Boston. Cierto día, recibe una llamada telefónica de su ciudad natal, Manchester, en la que le informan del fallecimiento de su hermano. Rápidamente, se pone en camino hacia allí, puesto que debe organizar el funeral y todo lo relativo a la herencia. Aunque al principio se muestre preparado para asumir cualquier circunstancia, rechaza toda responsabilidad sobre su sobrino. El motivo es que arrastra una tragedia pasada que le impide hacerse cargo de él.

   Como hemos indicado, la película manifiesta claramente su amargo dramatismo, algo que la separa de los gustos de Hollywood a la hora de entregar el Óscar. Para ello, presenta unas actuaciones frías, una fotografía pausada y una música apenas audible (a excepción del momento culminante del metraje, que es acompañado por el famoso adagio de Albinoni). Asimismo, y para reflejar el estado anímico del protagonista, no duda en ofrecer un Manchester grisáceo y nevado, diáfanas alegorías de la pesadumbre y la tristeza. Pero, como anunciábamos, la verdadera tragedia se oculta detrás de estos fotogramas.




   En efecto, la película versa realmente sobre una persona que es incapaz de perdonarse. Este es el motivo por el que, a lo largo del metraje, vemos que no acepta la triste situación que le sobreviene. La muerte de su hermano, por tanto, se le presenta como un drama irresoluto, como un enigma que añade mayor dramatismo a su desdichada existencia. La soledad y el amargor, por consiguiente, se levantan frente al protagonista como un insalvable muro que nadie puede derribar. Incluso cuando tiene la oportunidad de redimirse, la desprecia, puesto que su pena es más profunda que el deseo de liberarse de ella.  

   Precisamente, esta tragedia remite a la necesidad humana de redención. Ya que el hombre es un ser imperfecto y que no actúa conforme al bien que anhela, ora por error, ora por mala intención, clama por la compañía de alguien que lo perdone y que lo guíe. Por desgracia, muchas veces no encontramos quien supla estas carencias, ya que todos se encuentran en la misma situación que nosotros; o bien, como el protagonista de la cinta, nos aferramos a un dolor del que no queremos desprendernos. 

   El cristiano, sin embargo, sabe que esa necesidad es cubierta por Dios. Este, en efecto, enviando a su Hijo, consiguió perdonarnos incluso aquello que nosotros no somos capaces de olvidar. Asimismo, nos concedió el guía imprescindible de nuestra propia existencia. Por tanto, ya no estamos solos en este mundo ni la desesperación tiene cabida, pues incluso la muerte ha sido dotada de un sentido escatológico.




   Al final, es cierto, la película entreabre una puerta a la esperanza, puesto que resalta el valor de la familia. Sin embargo, este es incompleto si no está cohesionado mediante la fe. Ciertamente, pese al amor que experimentamos en el seno familiar, este puede ser quebrado a través del egoísmo o de cualquier otro tipo de mal, como también insinúa el film. En definitiva, pues, quien suple la soledad del hombre, cura sus tristezas e incluso mantiene unida a la familia es el Dios ausente de esta cinta.

   Pese a todo, el largometraje es correcto, aunque imperfecto. Se trata de un buen film, aunque no es magistral. Por eso resulta extraño que la Academia de Hollywood se haya fijado en él. Tal vez, el motivo sea que hace un preciso detalle de la soledad humana y que esta, en el fondo, sea más una urgente llamada de atención a buscar el consuelo que andamos buscando. Este consuelo es ese Dios que guarda silencio durante la proyección y, quizás por eso, los miembros de aquella quieran hacernos ver cuánta necesidad tenemos de Él.