domingo, 19 de febrero de 2017

Jackie

   Hace unas semanas, analizábamos la película Manchester frente al mar (Kenneth Lonergan, 2016): aquí. En el artículo, nos quejábamos de la ausencia de Dios a lo largo de todo el metraje, pese a que este mostraba un asunto netamente religioso. En efecto, un film que aborde el tema de la muerte, pero que postergue a Dios, es un film engañoso, ya que su presencia es ineludible cuando alguien fallece (en cualquier sentido: bien como consuelo, bien como queja, bien como interrogante). Hasta la fecha, sin embargo, desconozco si esto fue una artimaña de su responsable para delatar precisamente la soledad que experimenta el hombre cuando no tiene a Dios cerca, o bien si se trata de su sincera opinión sobre el desamparo que aquel siente al final de sus días.

   Sea como fuere, esta semana ha llegado a nuestros cines Jackie (Pablo Larraín, 2016). En esta película, y a diferencia de lo que veíamos en aquella, se afronta la muerte bajo el prisma de lo sobrenatural. Esta característica no solo la eleva por encima de aquella, sino que también la hace más creíble a los ojos del espectador. En verdad, y como arriba hemos indicado, es innegable que Dios irrumpe en la escena cuando alguien muere y se cierne sobre nosotros el peso de la soledad.




   El 22 de noviembre de 1963, el presidente de los Estados Unidos John F. Kennedy es asesinado en Dallas. Casi al momento, su esposa Jacqueline se ve asediada por los medios, que intentan extraerle un relato de los hechos. Por supuesto, ella declina al principio todas las entrevistas, hasta que descubre que la prensa ha manchado tanto su nombre como el de su marido. Gracias a ello, decide conceder un solo encuentro, en el que detallará el modo en que vivió los días posteriores al magnicidio.

   Debido a su temática, el film está estructurado de manera que alterna entre el documental y el drama. Ciertamente, a lo largo del metraje vemos cómo son enlazadas las imágenes reales con las ficticias, algo que nos ayuda a profundizar en la figura de Jacqueline y a entender su particular calvario. Para ello, también se ampara en la excelente interpretación de Natalie Portman, que se embebe tanto del personaje que incluso parece adoptar su tragedia emocional.




   Pero más allá del aspecto técnico, lo más interesante del film es su apertura a lo sobrenatural. En efecto, la película nos hace partícipes de inmediato del trauma que le supone a la protagonista la muerte de su marido. Mientras que toda la primera parte es una descripción pormenorizada de la esplendorosa vida que llevaba junto a él, la segunda se centra en los momentos siguientes al asesinato. Principalmente, son aquellos que rodean al funeral de Estado los más duros, puesto que la hacen consciente de su viudez. 

   Por suerte, durante estos crudos instantes ve necesario dialogar con un sacerdote, puesto que no encuentra consuelo en otras personas. Aunque esta no sea estrictamente la temática del film, las escenas en las que aquel aparece están muy bien cuidadas y llenan de esperanza el alma de Jacqueline. Tanto es así que la cinta concluye con su consejo, en el que afirma que Dios jamás abandona a sus hijos, por muy solos que estos se sientan. 




   Desgraciadamente, esta confianza se ausentó de Manchester frente al mar. En efecto, la grandeza de Dios estriba en su capacidad para consolar a cualquiera que se acerque a Él. Sin embargo, el protagonista de aquella cinta no supo hacerlo, por lo que se precipitó a la soledad y a la amargura que exteriorizaba en ella. Aquí, Jacqueline Kennedy sí acude a su consuelo, por lo que puede afrontar con mayor entereza la pena que la embarga.

   Por este motivo, se trata de una película muy acertada, que describe con detalle el aliento que anhela una persona en los momentos de la muerte. Como tantas otras, y como es natural, no renuncia a su dramatismo, que aquí también es descrito con mucha crudeza; pero no se encierra en la soledad de su protagonista, sino que le abre la puerta del consuelo que hemos citado. Esto se agradece, puesto que hoy vivimos una época en la que se abomina de todo lo que suene a religión, pese a que otorga la paz que el ser humano no halla en la tierra.