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viernes, 10 de enero de 2020

Santiago Abascal, el hombre sin sombra


   Os he pillado. Este post no va sobre política. Con él no pretendo ensalzar ni denigrar a Santiago Abascal. Lo siento. Pero es que no he encontrado un título mejor que este para resumir lo que pretendo escribir hoy. Y es que no os he engañado del todo, puesto que el protagonista de mi texto es el líder de Vox. Mejor dicho: sus declaraciones recientes a un periodista, que me llamaron la atención y que me recordaron indefectiblemente a la película El hombre sin sombra (Paul Verhoeven, 2000).




   Así es, a la pregunta del periodista, que le cuestionaba qué haría él si fuera invisible, Abascal afirmaba que nada especial, porque, al creer en Dios, cree también que es observado por este y que, por ende, es impelido a hacer el bien (podéis ver el vídeo aquí). La verdad es que no tengo datos acerca de las reacciones que causaron en los medios estas palabras, puesto que ni siquiera sé si trascendieron lo suficiente, pero sí sé que entre mis amigos hubo opiniones de todo tipo…, aunque ninguna novedosa: que si no hay que mezclar la religión con la política, que si se Abascal se aprovecha de la fe de unos para conseguir sus votos, etcétera. Independientemente de todo ello, me gustaría centrarme en lo que encierra esa respuesta del político: como Dios me ve siempre, intentaría seguir portándome bien.




   Y es que hay que reconocer que el citado periodista dio en un clavo que siempre ha acompañado a los hombres: ¿qué haríamos si nadie nos pudiese ver? Para ello, recurre al mito de Giges, que llegó a ser rey de Lidia gracias a un anillo mágico que lo volvía invisible. El mismísimo Platón se hizo eco de esta leyenda en su diálogo La república, donde explicaba que el hombre solo es bueno por temor a las consecuencias sociales, y que, de hecho, si estas no existiesen, cualquiera obraría conforme a sus propios intereses. Aunque, evidentemente, el autor que mejor se aprovecharía de este supuesto sería H.G. Wells, quien, en su célebre novela El hombre invisible, escribiría que el protagonista, valiéndose de esta facultad, procuraría implantar un reinado de terror sobre Inglaterra.




   La película El hombre sin sombra, pues, se suma a esta corriente que opina que el hombre solo es justo porque tiene normas que lo atan y que, consecuentemente, si estas no existieran, se comportaría de forma injusta. Y he de reconocer que, pese a sus deficiencias, la cinta recoge de manera perfecta esta idea, puesto que su protagonista, que ya es reprobable de por sí, no duda en satisfacer sus deseos más oscuros en cuanto tiene la oportunidad, principalmente los de carácter sexual (atención a la terrorífica escena en la que por fin puede entrar en la casa de la vecina a la que espía cada noche). Así es, pues no creo que deba aclararos que ese es el tipo de pulsiones que muchos elegirían satisfacer también.




   Pero, como dice Abascal, el católico cree que Dios lo observa siempre, incluso cuando pasa desapercibido para el resto de seres humanos, por lo que intentaría portarse bien en todo momento. En efecto, la misma Biblia asegura: «¿Adónde iré lejos de tu aliento, adónde escaparé de tu mirada? Si escalo el cielo, allí estás tú; si me acuesto en el abismo, allí te encuentro; si vuelo hasta el margen de la aurora, si emigro hasta el confín del mar, allí me alcanzará tu izquierda, me agarrará tu derecha. Si digo: “Que al menos la tiniebla me cubra, que la luz se haga noche en torno a mí”, ni la tiniebla es oscura para ti, la noche es clara como el día, la tiniebla es como la luz para ti» (Sal. 139, 7-12). Ciertamente, muchos pensarán al leer este texto que se trata de una afirmación propia del Gran Hermano de Orwell, que siempre vigila para ver quién lo traiciona y, de este modo, castigarlo. Sin embargo, lejos de esta desfavorable concepción, la que ofrece la Sagrada Escritura es bien distinta, puesto que responde a ello, y solo dos versículos más adelante, con estas palabras: «Te doy gracias porque me has plasmado portentosamente, porque son admirables tus obras: mi alma lo reconoce agradecida».




   Así es, lejos de pensar que Dios nos está vigilando constantemente para castigarnos al más mínimo tropiezo, el cristiano cree que lo hace para cuidarnos de todo mal y para recordarnos siempre la senda del bien. Como un Padre amoroso que vela por su prole, él nos custodia a cada uno de nosotros en particular para que no erremos en nuestras elecciones ni nos apartemos de su lado. Es por ello que cada uno de nosotros, sus hijos, procura responder con agradecimiento a este desvelo… ¡incluso cuando nadie nos ve! Y no hace falta marcharse a una isla desierta para esconderse de los hombres, puesto que en lo más recóndito de nuestro corazón podemos pecar contra alguien sin que él mismo lo sepa: un odio, un deseo sexual, una envidia, etcétera. Sin embargo, ¿no dice la Escritura: «Señor, tú me sondeas y me conoces. Me conoces cuando me siento o me levanto, de lejos penetras mis pensamientos»? Y es que, en efecto, si aun a ese lugar oculto de nuestro interior llega la mirada de Dios, ¿cuánto más no nos alcanzaría aunque fuésemos invisibles? Por ese motivo, repetimos con el mismo salmo: «Sondéame, oh Dios, y conoce mi corazón, ponme a prueba y conoce mis sentimientos, mira si mi camino se desvía, guíame por el camino eterno». Es decir, sigue cuidando de mí… para que nunca me aparte de tu lado por culpa de mi maldad.




   Evidentemente, la película no valora ni por asomo esta postura teológica que acabamos de presentar, sino que se preocupa solo por desarrollar la idea del mal conforme es abordada por Platón y H.G. Wells en sus respectivos escritos. En este sentido, y como ya hemos señalado, es una cinta meritoria, porque quizás sea el mejor acercamiento que se haya hecho nunca a esta lúgubre actitud (aunque todo buen cinéfilo que se precie tenga en su memoria la versión de El hombre invisible de 1933, lo cierto es que este no expresaba tan bien la corrupción a la que puede llegar el hombre). Pero, precisamente por obviar la figura de Dios, deja en el espectador un poso de amargura (no sé si de manera consciente), porque su protagonista encarna el mal absoluto, alguien que es incapaz de redimirse y que, por ello, camina irremediablemente hacia su propia destrucción. Tal vez una sola mención al Dios omnisciente, que ve incluso en lo secreto y que actúa a través de nuestra conciencia, habría redondeado el final del producto.




   Así que sí: os he pillado. Este post no iba de política, porque no he querido ensalzar ni denigrar al líder de Vox, sino solo hacerme eco de sus declaraciones; tampoco iba sobre cine, stricto sensu, porque no he entrado a valorar técnicamente la película de Paul Verhoeven, sino solo referirme a ella de manera tangencial. Iba sobre el problema del mal y la omnsiciencia de Dios, que siempre aparece de una forma u otra: ¿qué le importa a Dios que haga esto, si no daño a nadie?, ¿que más da que actúe así, si nadie me ve? Ignoro si Santiago Abascal es el hombre sin sombra del título, pero dudo mucho que, teniendo claro este concepto, busque verdaderamente el mal, porque quien cree en Dios, sabe que este siempre vela por su seguridad... y lo impele a hacer el bien.





miércoles, 2 de mayo de 2018

El aceite de la vida

   ¿Recordáis esta película del año 1992? En ella, los actores Nick Nolte y Susan Sarandon interpretaban a un matrimonio que debía luchar contra la enfermedad degenerativa de su hijo. Como hasta el momento nadie le había hecho frente por considerarla intratable, ellos prácticamente lidian contra toda la comunidad médica, para que esta sienta interés por su curación. La película consiguió tal éxito de crítica y de público que la Academia de Hollywood (la de entonces) la nominó al premio a la mejor cinta del año y al mejor guion, aunque al final se los concedieron respectivamente a Sin perdón (Clint Eastwood, 1992) y a Neil Jordan por Juego de lágrimas (id., 1992).   

   Curiosamente, esta cinta fue dirigida por el australiano George Miller, autor de la imprescindible saga de Mad Max (a la sazón, una trilogía), donde nos había ofrecido su dura visión del mundo que nos aguarda en un más que posible futuro violento y distópico (en lo que al comportamiento humano se refiere, por supuesto). Y es que, después de haber flirteado con la comedia negra (Las brujas de Eastwick), y tal vez desazonado por su propia concepción del mañana (que había suavizado no obstante en la tercera entrega de su saga futurista), quiso presentarle al mundo un motivo de esperanza. Para ello, eligió la historia real de Augusto y Michaela Odone, un matrimonio italoamericano que, como hemos indicado en el párrafo precedente, despertó a la comunidad médica mediante su lucha contra la enfermedad de su hijo: la adrenoleucodistrofia, o ALD. Ciertamente, el tesón de estos esposos por el bienestar de su retoño fue tan grande que ambos consiguieron elaborar una medicina que hoy previene la citada enfermedad: el aceite de Lorenzo (por ser este el nombre de su hijo), o el aceite de la vida, como señala el título español del film.

   Como hemos dicho, la historia de estos padres-coraje engatusó tanto al Hollywood de la época y al público que acudió en masa a ver la cinta que la Academia decidió que esta contase al menos con un par de nominaciones a los Óscar. De este modo, y aunque finalmente no le concediese el premio a ninguna de ellas, la meca del cine demostró que todavía estaba interesada en películas que abordaban los valores tradicionales y eternos, como son, en este caso, la defensa de la vida o la importancia de la familia (por otro lado, temas que siempre habían gustado al Hollywood de antes). Probablemente, hoy sería impensable que una cinta así llegase tan alto, puesto que nos encontramos ante una Academia que no solo se ha rendido al discurso de lo políticamente correcto, sino que también lo ha promovido abiertamente a través de sus últimas obras, que por supuesto ha premiado sin rubor alguno en un vergonzoso y escandaloso delito de prevaricación flagrante, es decir, y como diría el clásico, "Juan Palomo, yo me lo guiso, yo me lo como" (¿de verdad que alguien cree que la horrorosa y plúmbea La forma del agua, una metáfora sobre el amor interracial -tan de moda por eso del supuesto racismo de Trump-, merecía ser la ganadora del Óscar a la mejor película del año?, ¿o que Déjame salir, una cinta de terror correcta -pero solo correcta-, merecía estar entre las candidatas a obtener dicho premio, más allá de que era una obra realizada e interpretada por afroamericanos y dirigida a ellos, por su discurso acerca de la presunta supremacía blanca que los oprime?). ¡Y eso que todavía presenciamos gestas paternas (y paternales) tan grandes como la de los Odone de El aceite de la vida, que nos pueden servir de ejemplo a todos nosotros! La última de ellas ha sido la protagonizada por los Evans, un matrimonio inglés que ha preferido enfrentarse al Estado británico antes que acomodarse a una sentencia injusta de este, que había dictaminado impunemente la muerte de su hijo Alfie.




   Por si alguno anda despistado, ya que los media se han encargado de silenciar esta batalla (salvo en su tramo final, cuando el clamor popular era ya irrefrenable), recordemos que Alfie Evans era el niño que murió el pasado 28 de abril después de que un juez de la Corte Suprema de Inglaterra decretara su muerte. En efecto, pese a que todo apuntaba a que este niño, aquejado de una rara enfermedad neuronal degenerativa, podía seguir vivo con la ayuda de un respirador artificial, el citado magistrado determinó que ese dato era irrelevante para su decisión, por lo que debía ser desconectado de inmediato y aguardar así su prematuro fallecimiento (el caso incluso podría ser tildado de blasfemo y hasta de satánico, si tenemos en cuenta que el decreto entraba en vigor el día 23 de abril, festividad de san Jorge, patrono de Inglaterra). A partir de ese momento, sus padres comenzaron una dura lucha contra este dictamen y en favor de la supervivencia de su retoño, llegando incluso a entrevistarse con el papa, a escribir a la reina de Inglaterra y hasta consiguiendo la nacionalidad italiana para el pequeño, de modo que este pudiera ser atendido en el hospital "Bambino Gesù", que depende directamente del Vaticano. Pero la obstinación anticurativa del juez y de los médicos ingleses (en palabras del catedrático de Genética de la Universidad del Sagrado Corazón de Milán -aquí-) fue tan grande que estos no solo desoyeron y despreciaron cualquier injerencia o ayuda externa, sino que también recrudecieron las medidas contra la vida de Alfie, prohibiendo para ello que incluso sus padres le otorgaran el alimento, el oxígeno y la hidratación que el niño necesitaba.

   Por suerte, las reacciones a esta lucha no se hicieron esperar mucho, pues a las puertas del hospital se reunieron decenas de personas con el fin de protestar contra la abusiva decisión del juez y de los médicos y en favor de los Evans y de su hijo Alfie; Francisco, en respuesta a aquella entrevista que mantuvo en el Vaticano con Thomas Evans, padre de Alfie, no solo pidió que se hiciera todo lo posible para salvar la vida del pequeño, sino que incluso rezó públicamente por él en la audiencia general de los miércoles y en la oración dominical del Regina Coeli, así como en su cuenta de Twitter, consiguiendo de este modo internacionalizar el problema; cada día, en las redes sociales aparecían nuevos comunicados sobre la evolución del niño, personas que se sumaban a las oraciones del pontífice y hasta vídeos que nos mostraban en directo la situación en la entrada del centro de salud (irónicamente dicho, por supuesto, ya que se encargó de privar de ella a uno de sus pacientes). Una vez que se internacionalizó el problema, reacciones tan importantes como la del primer ministro italiano, que pidió que Alfie fuera trasladado a su país, ya que él mismo le había concedido su nacionalidad, urgieron todavía más la situación: la directora del "Bambino Gesù" viajó en avión hasta Liverpool (sede del malhadado hospital inglés) para trasladar allí al pequeño; médicos alemanes visitaron de incógnito al niño para constatar que podía seguir viviendo; los respectivos presidentes del Parlamento Europeo y Polonia rogaron por su vida, y algunos (muy pocos) políticos españoles se sumaron a estos últimos. Pero nada de esto impidió que tanto la decisión del juez como de los médicos, empeñados en matar a Alfie, siguiera adelante (en un heroico gesto de caridad, un manifestante le lanzó a Thomas por encima del cordón policial una mascarilla de oxígeno, para que pudiera seguir respirando en contra del criterio de aquellos). No obstante, el niño sobrevivió casi una semana, a pesar de que a los padres les habían augurado que moriría pocos minutos después de que fuera desconectado de la máquina que lo mantenía con vida. Pero la enfermedad pudo con él y, como hemos indicado arriba, la madrugada del pasado día 28 murió, dejando al mundo consternado y denunciando los excesos de un Estado que ya ha dejado de proteger al más débil.




   En efecto, si hay un problema que ha evidenciado todo este asunto es la creciente omnipotencia del Estado actual. Y es que, como ya han señalado varios artículos periodísticos (aquí), el caso de Alfie Evans trasciende la lucha religiosa en favor de la vida (recordemos que los padres del pequeño son cristianos -él, católico, y ella, protestante-, un factor que los ha impulsado a la pugna por la supervivencia de su hijo), ya que no solo se trata de poner en liza un convencimiento moral, sino de  frenar la autoridad que últimamente se están arrogando las instituciones públicas sobre la existencia de los individuos. Ciertamente, como si hubieran vuelto a nuestros tiempos los años oscuros de la Unión Soviética o del nacionalsocialismo alemán, hoy quien determina la supervivencia de un hombre no es el hombre mismo (cosa que ya es de por sí aberrante), sino el Estado, que, como ocurría en aquellos execrables regímenes del pasado, pretende ser el nuevo dios del mundo actual. Pero, por supuesto, esto no es más que el colofón de un camino que se emprendió hace ya mucho tiempo (concretamente, cuando Dios fue abolido de la vida pública); así, y en estos últimos pasos que el Estado está dando para convertirse en la nueva ley moral de la humanidad (y nunca mejor dicho, puesto que, al menos en Occidente, nos encontramos en un mundo completamente globalizado), podemos identificar su evidente sesgo adoctrinador: por ejemplo, en Escocia está a punto de aprobarse el infame Proyecto de Persona Designada (aquí), según el cual a cada niño se le debe asignar un empleado del Gobierno, para que vigile su progreso social y para que asesore su vida familiar (es decir, es el Estado el que debe regular la vida privada del individuo); el Tribunal Supremo del Reino Unido ha dictaminado que, en cualquier disputa sobre el interés del niño, por muy insignificante que esta sea, es precisamente el niño quien debe tener una voz soberana sobre sí mismo (evidentemente, por "voz soberana" se entiende el criterio del Estado, como han demostrado tanto el caso de Alfie Evans como, en su momento, el de Charlie Gard). Pero no es necesario viajar a las islas británicas para comprobar los trancos que está dando la supremacía estatal en materia ética, puesto que, si nos quedamos en España, podemos comprobar que en los colegios se imparte ideología de género sin la previa autorización de los padres, o que las niñas pueden abortar sin el permiso de estos últimos y hasta ser tratadas obligatoriamente por ellos como varones, si así lo sienten en su intimidad sexual. Y es que, como decimos, han vuelto los tiempos en que los rusos eran adoctrinados moralmente por la Unión Soviética o en que los pobres alemanes eran súbditos anímicos del Reich (a la sazón, según la ideología política de cada régimen; hoy, según los dogmas feministas, homosexualistas y posthumanistas que corroen nuestra sociedad).

   Sin embargo, igual que entonces, hay determinadas actitudes personales que nos demuestran que, en un mundo totalitario, inmisericorde y violento (como el Mad Max de George Miller que citábamos arriba), todavía existe la esperanza (¡la esperanza es lo último que se pierde!); de este modo, y así como en la extinta Unión Soviética se alzaron voces discordantes, que vencieron la amenaza del gulag, campo de concentración ruso que ha presenciado la mayor matanza de seres humanos de la historia, para clamar por la libertad (al respecto, ver la película Cosecha amarga), o como en la Alemania nacionalsocialista surgieron grupos que denunciaron las ambiciones adoctrinadoras del Reich (como describe el film Sophie Scholl. Los últimos días), hoy surgen anónimos David que se encaran contra el gigantesco Goliat estatal, pertrechados solamente con la honda de su palabra, que les es proporcionada por su profundo convencimiento, por su persistente rebeldía y por su imbatible tesón. En este sentido, el matrimonio Evans se ha comportado como el valeroso israelita bíblico, puesto que se ha aproximado con bizarría al ciclópeo enemigo con el fin de mojarle la oreja, pese a que todos los factores apuntaban contra ellos; pero, como los acuciaba la injusta sentencia de un juez sin entrañas, siervo y paladín de los nuevos dogmas estatales (aquí), y especialmente el amor a su hijo, se atrevieron a arrojarle la piedra esperanzados de que cayese fulminado al suelo. Por desgracia, y pese a su empeño, esta vez ha vencido Goliat (aunque no del todo, puesto que consiguieron que Alfie fuera hidratado y alimentado de nuevo), pero de manera pírrica, ya que, mediante el esfuerzo de los cónyuges, que han sabido internacionalizar el problema, han salido a la luz los excesos inexorables de un Estado cada vez más omnipotente. Por este motivo, tanto ellos como Alfie son un verdadero símbolo de esperanza y rebeldía, puesto que no pertenecen a la masa adocenada que se deja manipular por el maligno leviatán, ávido de almas secas e incautas, que, sin embargo, se creen pletóricas y cultas (una sociedad que se manifiesta contra el sacrificio de un perro -¡de un perro!-, pero que condesciende ante el asesinato impune de un niño -¡de un niño!-, por su supuesto bienestar, es una sociedad enferma, execrable y vomitiva: "Conozco tus obras: no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Pero, porque eres tibio, ni frío ni caliente, estoy a punto de vomitarte de mi boca"). No pretendo ser profeta, ni siquiera buen exegeta, pero los Evans han demostrado pertenecer a esa decena de justos por los que Dios le prometió a Abrahán refrenar su ira contra la ciudad de Sodoma (Gn. 18, 32); son, por tanto, y pese a la desgracia que han vivido en su seno, ese hálito de esperanza que este mundo marchito necesitaba.




   Volviendo a la cinta que ha originado este post, recuerdo que esta ofrece un par de escenas y una actitud que parecen haber sido imitadas por los Evans estos últimos días (aunque realmente se trate del amor que subyace tras la resolución valiente de unos padres por sus hijos). En cuanto a las primeras, están protagonizadas por Susan Sarandon, que en la película interpreta a Michaela Odone, la madre de Lorenzo: en una de ellas, tras asistir a una reunión de padres cuyos hijos padecen la adrenoleucodistrofia, aquella descubre que los participantes no albergan la intención de luchar por sus hijos, sino de aceptar el mal que les ha sobrevenido (como aquellos que se conforman sin luchar por lo que es justo); en la otra, expulsa de su casa a la cuidadora que le insinúa que mate a Lorenzo por misericordia (una metáfora tristemente real de aquellas personas "cultas" y "solidarias" que disfrazan su impiedad bajo la máscara de la compasión). En cuanto a la actitud que denota el film, me refiero a la de Nick Nolte, que es capaz de irrumpir en un congreso médico con el fin de que los doctores despierten de su letargo y, así, procuren sanar a su hijo (como consiguió Thomas Evans cuando visitó al papa en el Vaticano, ya que despertó a muchas conciencias cristianas adormiladas). Aquellas escenas y esta actitud, pues, encierran el amor a la vida que debe urgir a todo hombre, pero que se convierte para el cristiano en una ley exigente ("Vosotros sois la sal de la tierra. Pero, si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?").

   Si hoy viviéramos en un mundo decente, el mundo del arte se habría conmovido ante la bizarría de unos padres cristianos, que se han enfrentado a un poderoso enemigo con tal de salvar a su hijo (en el Hollywood de antes, pero en el de hace pocos años, ya le habrían dedicado un film). Pero, como vivimos en un mundo vacío, pendiente de modas pasajeras, de fútiles ganancias crematísticas y de inanes postureos políticos, que es incapaz de ver lo que hay de bello en una gesta memorable en defensa de la vida, nunca veremos su reconocimiento cinematográfico (¡ni falta que nos hace!). Por desgracia, esta sociedad, que prefiere dar la vida por un perro o por una clase de piojo en peligro de extinción antes que por un crío inocente, olvidará muy pronto a los Evans, como ya ha olvidado a los Gard y a tantos otros; pero no ha de ser así entre los bautizados, que hemos despertado frente a la opresión de un Estado con manifiestos tintes anticristianos. Que la hazaña de estos hermanos nuestros, que nos han comunicado parte de su esperanza, fundamentada sin lugar a dudas en las promesas del Hijo de Dios, nos sirva de ejemplo en la defensa de ese valor fundamental que es la vida. Por mi parte, ofrecí la santa misa por Alfie y por sus padres hasta que aquel murió; ahora que intuimos que el niño está en el cielo, pues fue bautizado y confirmado antes de fallecer (aquí), me queda rezar por la conversión y el perdón de ese Estado (y de ese juez) que lo han llevado a la tumba (el juicio sobre sus razones solo compete a Dios y no a nosotros). Pero recordemos que, mientras haya gestas de amor tan grandes como esta, aún hay esperanza en este mundo podrido: nuestra sociedad no será ese desierto árido y descorazonador que George Miller nos presentaba en Mad Max, sino un lugar donde se podrá sembrar el amor de una familia por su hijo; por este motivo, rodó El aceite de la vida.



domingo, 1 de abril de 2018

Pablo, el apóstol de Cristo

   Creo que es de mala educación empezar un texto autorreferenciándose, pero el caso es tan flagrante que hoy, de manera excepcional, lo voy a hacer. Y es que os lo dije: cuando una película religiosa es ampliamente publicitada, tiene gato encerrado, mientras que, si pasa desapercibida, tiene más posibilidades de ser buena. Es lo que ocurrió hace unos días con María Magdalena (Garth Davis, 2018), un panfleto de feminismo rancio, disfrazado de religiosidad reivindicativa, que nos fue vendido hasta en la sopa por las distribuidoras cinematográficas y que fue avalado, como no podía ser de otra manera, por la crítica especializada, que siempre se pirra por los filmes que ponen en tela de juicio la figura de Jesús o todo lo que la rodea: casi a la vez que llegaba esta a nuestras pantallas, se estrenaba Pablo, el apóstol de Cristo (Andrew Hyatt, 2018), concretamente una semana después, pero ningún medio se hizo eco (salvo las honrosas excepciones de los religiosos) y los pocos críticos especializados que la vieron se dedicaron a vapulearla, amparándose para ello en la manida propaganda cristiana que dicen que divulga. Sabiendo esto, ¿qué podemos pensar a priori de ella? Pues que merece la pena y que es infinitamente mejor que el ideologizado biopic de la Magdalena, y acertaremos.

   Pero, antes de meternos en harina, me gustaría preguntarles a los críticos especializados que me lean un par de cosas. En primer lugar, y aunque caiga en el pecado de generalizar, ¿por qué os molesta tanto que un film sea abiertamente cristiano? Por ejemplo, no os gusta esta de san Pablo, porque supuestamente lo es (aquí); no os gustó Converso (David Arratibel, 2017), porque también lo es (pese a que se trate de un documental que parte de la duda y no de la confesión cristiana); La cabaña (Stuart Hazeldine, 2017) os pareció melosa y proselitísticamente patética (aquí), aunque, a pesar de sus fallos, represente muy bien la onerosa tragedia humana; El árbol de la vida (Terrence Malick, 2011) os gustó hasta que descubristeis que su autor es cristiano (aquí), y La pasión de Cristo (Mel Gibson, 2004) la habéis relegado a una mera cinta catequética o parroquial (¡como si a un niño chico se le pudiera poner la escena de los latigazos!), pese a que ya se trata de un film histórico para el séptimo arte. Os parece muy bien que se haga propaganda del travestismo con La chica danesa (Tom Hooper, 2015), de la homosexualidad pedófila con Llámame por tu nombre (Luca Guadagnino, 2017), de la eutanasia con Mar adentro (Alejandro Amenábar, 2004) o con Una razón para vivir (Andy Serkis, 2015), y del feminismo hiperrancio con la citada María Magdalena; pero, cuando se trata de un filme cristiano, que es la base moral de nuestra cultura, de nuestros valores familiares y sociales, ¿por qué os lleváis las manos a la cabeza? En segundo lugar, ¿no os dais cuenta, en el caso de la película que nos ocupa, que lo que vosotros identificáis con propaganda religiosa no es más que rigor histórico, algo que no encontráis ni por asomo en la supuesta biografía de la apóstola de Cristo? Tal vez sea mucho pedir, pero, así como pedís a los cristianos que vamos al cine que dejemos a un lado nuestros prejuicios religiosos a la hora de acercarnos a una película que verse sobre nuestra fe (siempre nos suelen atacar con La vida de Brian, La última tentación de Cristo El código Da Vinci), vosotros deberías dejar también a un lado los vuestros, que los tenéis más arraigados que los nuestros a la hora de valorar un filme religioso; así que, "romanes eunt domus" (¿o debería decir: "romani, ite domum"?).


  

   Nos encontramos en la Roma del año 64 d.C. A la sazón, el emperador Nerón ha incendiado la urbe para construir una nueva ciudad, con el fin de que esta satisfaga sus particulares gustos arquitectónicos y sus aspiraciones megalómanas; pero, como no puede reconocer su delito, puesto que ello enfrentaría a todos sus súbditos contra él, ha culpado del hecho a los cristianos, que son miembros de una nueva fe que se está divulgando con suma rapidez entre los habitantes del Imperio. El chivo expiatorio de estos últimos es san Pablo, a quien el citado emperador culpa de ser el cabecilla y principal instigador de los supuestos crímenes cristianos, por lo que ordena su prisión en la célebre cárcel Mamertina y su ulterior decapitación. Pero, afortunadamente, en estos últimos instantes de su vida, el apóstol no está solo, ya que es visitado cada noche por su discípulo san Lucas, quien ha resuelto transcribir el pensamiento y las vivencias de su maestro, con el fin de que ambos sirvan para testimoniarle al mundo la autenticidad de la fe cristiana.

   Como vemos, nos encontramos ante un film eminentemente histórico, que pretende detallar por ello la cruda realidad a la que se enfrentaban día a día los cristianos de la antigua Roma: persecuciones, decapitaciones, torturas, fieras, hogueras y el largo etcétera que conforma el grueso número de tormentos que aquellos padecían a causa de su fe. Por este motivo, no especula sobre ideas que no existen, sobre supuestas doctrinas ocultas a los fieles ni sobre escritos desconocidos, que, sin autoridad suficiente, pretenden ser más auténticos que los que nos presenta la Biblia; sus únicos fundamentos son la historia y la Escritura, puesto que esta última es la única que nos dicta la fe de los primeros cristianos, la cual, por otro lado, no ha variado en el seno de la Iglesia desde entonces (recordad que María Magdalena venía a decirnos más o menos que los apóstoles, machistas a más no poder todos ellos, habrían frustrado por conveniencia propia el mensaje feminista y liberador de Jesús). Ciertamente, como se trata de un guion original, se toma la licencia de introducir algunos elementos no necesariamente históricos, pero que, como afirma la máxima italiana, "se non è vero, è ben trovato"; en concreto, me refiero a todo el entramado que rodea al alcaide de la prisión y a su familia, algo inventado por el director, pero que responde a la autenticidad y a la religiosidad del momento (spoiler alert!: recordemos que, aunque la conversión del citado alcaide no aparezca en la Escritura -ni siquiera tenemos noticias de que existiera-, en los Hechos de los Apóstoles -16, 25-40- aparece el bautismo del carcelero de san Pablo en Filipos, que abrazó la fe después de la predicación del apóstol). Sin embargo, el motivo de esta introducción, lejos de pretender elaborar un discurso anacrónico e ideologizado sobre los intereses sociales y políticos del momento, consiste en reflejar la revolución que le supuso al mundo la llegada del cristianismo (para saber más, échese un vistazo a este interesante vídeo sobre el particular: aquí).




   En este momento, imagino a los críticos que he citado arriba (o al lector embebido de los prejuicios anticristianos) sonriendo con sorna ante mis palabras: ¿revolución? Sin embargo, y pese a su reacción, estoy convencido de que no existe otra palabra que defina mejor la llegada al mundo de nuestra fe. Para ello, recurramos una vez más al film, que, como hemos dicho arriba, supone una recreación histórica perfecta de las vivencias de los primeros cristianos en la antigua Roma. Como hemos señalado, el emperador culpó a estos últimos del incendio de la ciudad, desencadenado así contra ellos toda una oleada de denuncias y torturas que no hicieron sino dificultar su propia supervivencia (en la cinta vemos cómo son usados como teas ardientes, algo que está documentado en las crónicas de la Urbe; o bien, cómo son lanzados a las fieras, algo que todo el mundo sabe sin necesidad de recurrir a los documentos que lo acreditan); sin embargo, y a pesar de ello, ningún cristiano reacciona con odio contra sus opresores (salvo alguno, que es recriminado enseguida), sino que lo hace compasivamente, rezando por ellos y procurándoles el bien que humanamente no merecen (spoiler alert again!: no hay mayor ejemplo de ello que la ayuda que le prestan los cristianos -¡y hasta el mismísimo san Lucas!- al alcaide de la Mamertina, que los ha hostigado hasta la saciedad). Cabe hallar otra prueba en el modo en que la película nos detalla que los cristianos recogen en su seno a los huérfanos, a los ancianos y a las viudas, desechos sociales para los romanos de entonces, que, sin embargo, eran muy valiosos para aquellos, ya que veían en ellos el rostro doliente de Cristo (es muy significativo que, en el film, los romanos afirmen que se trata de un engaño de los cristianos, quienes procuran convencer a los humildes de que se acomoden a su situación, una crítica que ha perdurado hasta nuestros días); esto no solo es probado por los Hechos de los Apóstoles, sino también por los documentos históricos de san Justino, que afirma que los cristianos cuidaban de las personas que Roma consideraba despojos. 

   Pero el secreto de esta revolución es sin duda el amor, la clave que vertebra todo el film. Ciertamente, san Pablo enseña en la película (como enseña en la Escritura) que el amor no es la mera correspondencia al sentimiento de bienestar que nos genera otra persona, sino la respuesta comprometida a la entrega vital de Cristo en la cruz. En efecto, como escribe en su famosa epístola a los corintios, que también sale a colación en la cinta, "el amor es paciente, es benigno; el amor no tiene envidia, no presume, no se engríe; no es indecoroso ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad": todos estos son valores que el apóstol aprendió de Jesús, el cual, sin llevar la cuenta de nuestros pecados, quiso morir cruelmente en el madero, para librarnos a nosotros del castigo que arrastrábamos desde la caída de Adán (¡y qué decir de la paciencia o de la falta de engreimiento, cuando vemos al Señor sufrir por nosotros sin abrir la boca!). Pero de todo ello empieza a ser consciente cuando, camino de Damasco, con el propósito de asesinar a un mayor número de cristianos, el mismísimo Jesús resucitado se le aparece y lo hace discípulo suyo (supongo que para el lector esto no será ningún spoiler...): en ese momento descubre que Cristo también murió por él y que, al hacerlo, también le perdonó sus pecados, por lo que ahora él debe hacer lo mismo y vivir perdonando, es decir, amando. Por eso es el amor lo que mueve el corazón de los cristianos al acoger en su seno a los despojos de Roma, o a rezar por sus perseguidores y ayudarlos en sus necesidades, o a conducir sin rechistar al apóstol san Pablo a prisión, pese a que sea inocente del crimen que se le inculpa.




   Comprendo que a un espectador de hoy le resulte un film plúmbeo, puesto que su fuerza está en el diálogo más que en la acción (solo recuerdo una escena trepidante... y tampoco se le puede adjudicar este adjetivo con propiedad), y eso es algo que el cinéfilo actual no soporta (más aún si se trata de un cinéfilo joven, acostumbrado a la narración videojueguil y al arrobamiento técnico -aquí); pero ello no obsta para que se trate de un estupendo largometraje, puesto que, en efecto, las cosas cotidianas más importantes de nuestra vida suelen desarrollarse en la intimidad de una conversación o en la nueva luz que aporta un descubrimiento, como es la conversión a la fe. De hecho, y a mi juicio, creo que se trata de una de las grandes películas que conforman el nuevo panorama del cine religioso y que puede ser vista por ello como complemento perfecto de la siempre reivindicable La pasión de Cristo.

   Por desgracia, y como anunciábamos arriba, es probable que quede relegada muy pronto a las estanterías de las tiendas religiosas, junto a los documentales buenistas sobre la vida de Jesús o a los vídeos catequéticos de consumo parroquial. Y es una pena, porque pasará inadvertida para una legión de nuevos cinéfilos, que descubrirían en ella una buena narrativa, un elaborado guion y una fiel recreación histórica de un momento revolucionario para la humanidad. Los que podáis, navegad por internet, para intentar descubrir en qué cine más cercano está siendo proyectada, puesto que, como suele ocurrir con las cintas religiosas de calidad, esta ha contado en España con muy poca distribución: no os arrepentiréis y, gracias al testimonio de san Pablo en la película (que es el mismo que el de san Pablo en la Escritura), descubriréis que el amor es poderoso y que no pasa nunca (cfr. 1 Co. 13, 8).




domingo, 18 de marzo de 2018

María Magdalena

   Creo que los lectores de este blog son lo suficientemente inteligentes como para saber que, si una película religiosa es ampliamente publicitada, tiene gato encerrado. En efecto, aunque no lo parezca, a lo largo del año se producen multitud de largometrajes de temática religiosa, pero estos difícilmente llegan a nuestras pantallas, o bien carecen de la publicidad que merecen (pese a que muchos de ellos son infinitamente mejores que los grandes estrenos que llegan a nuestras salas). Es el caso, por ejemplo, de Converso (David Arratibel, 2017), Garabandal, solo Dios lo sabe (Brian Alexander Jackson, 2017) y la más reciente El caso de Cristo (Jon Gunn, 2017), para cuyo visionado hay que arrostrar una auténtica odisea, o bien apoyar campañas de proyección en internet. Por eso, cuando la cinta que nos ocupa ha sido publicitada en todos los medios o incluso nos asalta en nuestras páginas favoritas cuando navegamos por la red, debemos levantar la ceja y amusgar los ojos, porque no debe de ser trigo limpio.

   Ciertamente, la trampa que oculta esta película es el feminismo. Pero no estamos hablando del feminismo loable que pretende reivindicar la figura de la mujer como artífice necesaria de la historia del hombre, ni de ese feminismo (también loable) que aspira a igualar ambos sexos (si es que alguna vez han estado tan diferenciados en la historia de Occidente como vemos que actualmente están diferenciados en Oriente), sino de ese feminismo sectario que atiborra los canales de televisión y el actual mundo de la farándula con la única intención de humillar y derrocar al varón; de ese feminismo que ha inventado el término "heteropatriarcado" para hacerse la víctima frente a un mundo que considera machista y opresor (un mundo en el que, por otro lado, las mujeres pueden trabajar en lo que quieran, vestirse como deseen y ese largo etcétera que les está vedado en los países de raigambre musulmana, a los que, por cierto, no han llevado su lucha reivindicadora). La verdad es que el cine ha tardado mucho en darse cuenta del filón que le proporciona en este sentido la figura de santa María Magdalena, ya que, en una época en la que todo debe pasar por el filtro feminista, esta mujer podría haberse erigido anteriormente como su adalid; sin embargo, tal vez por desconocimiento religioso (¡y eso que el papa Francisco les tendió la mano cuando la puso como ejemplo de reivindicación feminista! -aquí),  o porque había que esperar que esta ola llegase a su cénit, no ha sido hasta ahora en que se han fijado en ella (no es casual que la protagonista sea interpretada por Rooney Mara, actriz de Millennium. Los hombres que no amaban a las mujeres, basamento cinematográfico del feminismo de hoy).




   De santa María Magdalena sabemos más bien poco, aunque la tradición siempre nos la ha presentado como una prostituta arrepentida que quiso seguir las huellas de Cristo; es cierto que, en los Evangelios, también aparece como una mujer de la que Jesús expulsó hasta siete demonios, pero los exegetas no se ponen de acuerdo en si se trata de una metáfora sobre su citado pasado y consecuente arrepentimiento, o si es una alusión a un exorcismo real que el Señor hizo sobre ella. Sea como fuere, aparece mencionada entre el grupo de mujeres que acompañaban a Jesús y a los Doce, como testigo directo de la crucifixión de aquel y como fuente preeminente de su resurrección (recordemos que, según el evangelio de san Juan, el Señor se le presentó a ella y le ordenó que se la comunicase a los apóstoles). Esto ha dado pie a todo tipo de conjeturas románticas y hasta heréticas, pero ninguna de ellas ha encontrado el amparo de la Iglesia, que comprensiblemente las ha visto como calentones pseudorreligiosos que muy poco tienen que ver con la verdad histórica y sí mucho con intenciones aviesas (estoy pensando en filmes como La última tentación de Cristo, Jesucristo Superstar o El código Da Vinci, donde se presenta como esposa del Señor y fundadora de su supuesta estirpe -una teoría que, por otro lado, es recogida de los libros esotéricos que proliferaron  en las librerías durante los setenta y ochenta); pero, curiosamente, ha encontrado cierto recorrido entre la gente (parece que todo el mundo leyó en su momento el libro de Dan Brown y que este había descubierto la gran mentira de la Iglesia católica) y entre algunos teólogos de peso, que están empeñados en emparentar al Hijo de Dios con alguien de la tierra, porque no son capaces de ser célibes y castos al mismo tiempo y necesitan justificar sus caídas. Pero en esta película no importa lo que diga la tradición ni lo que señalen las Escrituras, y mucho menos importa lo que diga la Iglesia, porque lo que aquí se pretende es erigir a la Magdalena como símbolo de la mujer oprimida que se revela contra el heteropatriarcado, que lleva sometiendo a las féminas desde que Eva salió de la costilla de Adán.  

   En efecto, en esta película, santa María Magdalena deja de ser una prostituta arrepentida (incluso una mujer poseída), para convertirse en una víctima del heteropatriarcado machista y opresor; de esta manera, no solo la vemos sometida a su padre y a sus hermanos varones (para alimentar su dramatismo, se señala que su madre murió cuando ella era niña), que son unos hombres robustos, antipáticos y peludos que nada tienen que ver con los cánones de metrosexualidad y afeminamiento que propone el feminismo de hoy, sino también ejerciendo como una mujer obrera, ya que es ella quien de verdad lleva el pan a casa, puesto que se dedica a pescar en el lago mientras que aquellos se dedican a oprimirla y a decirle con quién se tiene que casar. En estas circunstancias, no es de extrañar que, cuando Jesús aparece por allí como un hippie de los años sesenta, enarbolando un mensaje de luz y armonía universal (sic) con sus doce apóstoles, ella resuelva marcharse con él y vivir a la intemperie con los demás (¡antes eso que seguir siendo machacada constantemente por su padre y sus hermanos!). Pero además, el mensaje cala tan hondo en ella, que también se convierte en divulgadora del mismo, llevando la lucha feminista a sus hermanas de sexo (o de género), para que se desunzan de su yugo y clamen por una sociedad más femenina (si la película estuviera ambientada en nuestro tiempo, la Magdalena les diría que dejasen de depilarse las piernas y las axilas, puesto que se trata de una costumbre impuesta por los hombres lujuriosos); para ello, acompaña a Jesús hasta un grupo de lavanderas, a quienes de les indica que deben obedecer a Dios antes que a sus maridos, porque estos están en la tierra para hacerlas sufrir. Por supuesto, el Señor la premia otorgándole un puesto especial en la Última Cena, es decir, junto a él, y con la concesión del mensaje real que ha venido a darle al mundo, que evidentemente nada tiene que ver con el que la Iglesia ha ido promoviendo durante dos mil años. 




   Si alguno piensa que le he estropeado la película, me alegro, porque se trata de un despropósito que es mejor ahorrarse. Particularmente, no encuentro en ella nada de interés (tal vez, los hoyuelos de la Mara, que, sin ser guapa, cuando sonríe tiene su aquel), ni siquiera en el aspecto técnico, que es peor de lo que anuncian los medios especializados. Y no es porque el sacerdocio me nuble la apertura de mente que debería tener, como se suele afirmar en estos casos, sino porque, cuando existe una intención ideológica, esta se superpone a cualquier reconocimiento artístico; en este caso, el feminismo rancio, que pretende atraer al cine a las feministas recalcitrantes, se convierte en el tamiz que rige el metraje de la cinta, por lo que cualquier imagen de sus fotogramas o línea de su guion están pensadas para agradar a una ideología determinada, independientemente de la fidelidad histórica del personaje (debemos indicar que no solo la Magdalena está sometida a esta infidelidad, sino que nos encontramos también con un san Pedro zaíno, del Lavapiés más profundo, que tiene como meta incluir a las minorías oprimidas por el hombre blanco y heterosexual).

   Pero si este artículo no fuera todavía suficiente acicate para evitar al lector su visionado, me gustaría señalarle que se trata de un peñazo de película, porque, aun durando dos horas justitas, parece que uno se está tragando cuatro o cinco. Por eso decía arriba que hay que tener mucho cuidado con las películas religiosas que llegan precedidas de una gran publicidad, porque siempre suelen ocultar algo. Esta vez ha sido el feminismo, pero apuesto a que, dentro de poco, tendremos alguna que bendiga toda la ideología de género que nos abruma, presentándonos un grupo de apóstoles transexuales o un Jesús que diga que lo importante de la persona está en su interior y que, por ello, su cuerpo es meramente accesorio (vamos, que ser hombre o mujer depende del entorno cultural en el que vivamos y no de nuestro sexo natural). Así pues, como este film ha prescindido de la Escritura para su desarrollo, yo termino el artículo aludiendo a ellas: "Maiora videbis" (Jn. 1, 50).   



domingo, 18 de febrero de 2018

Altered Carbon

   Esta semana, quisiera hablaros de la última producción de Netflix: Altered Carbon (Laeta Kalogridis, 2018). Como probablemente ya sepáis, se trata de una serie futurista, que nos presenta un mañana en el que la humanidad ha alcanzado la suficiente tecnología para ofrecer la inmortalidad. En efecto, gracias a una pila colocada en la cerviz del usuario, que almacena sus datos idiosincráticos, este puede cambiar de cuerpo siempre que lo desee (o que su economía se lo permita); de este modo, por ejemplo, cuando su funda (que es el nombre, casi peyorativo, que recibe el cuerpo) envejezca, puede optar por colocar su pila idiosincrática en otra, aunque pertenezca a una raza o a un sexo diferentes de los suyos. Sin embargo, lejos de presentar este avance tecnológico como un logro, la serie lo propone como una condena, porque consigue envilecer a los humanos, extrayendo de ellos todo lo malo que albergan. Esta es una idea interesante y que comparto al cien por cien, por lo que os recomiendo que le echéis un vistazo, ya que no quedaréis defraudados.

   Pero la serie tiene también una vertiente que nos puede pasar desapercibida y que, sin embargo, es tan interesante como la que acabamos de describir. En efecto, si os dais cuenta, establece una dicotomía explícita entre el alma y el cuerpo, mucho mayor incluso que la que la gente le suele atribuir (erróneamente) a la doctrina de la Iglesia. Ciertamente, mientras que esta última establece que a cada cuerpo le corresponde un alma, y viceversa (aunque la explicación sea algo más compleja, sabréis entender la brevedad), la serie postula que son dos naturalezas completamente independientes, de manera que, como hemos señalado, el alma puede ser transferida sin problemas a otro cuerpo, aunque este no sea el mismo con el que la persona nació. Evidentemente, detrás de esta tesis se encuentra la transmigración de las almas y la reencarnación, así como el deseo de inmortalidad, que continúa acuciando al ser humano, pese a que este se niegue a admitirlo, porque lo considera parte de la religión. Y es que es justamente aquí donde yo quiero centrar este artículo.




   Nos encontramos hoy en medio de una sociedad que ha abrazado la fe en la ciencia como un nuevo dogma; así, por ejemplo, vemos que mucha gente piensa que Dios no existe, porque esta no lo puede demostrar con datos objetivos. Sin embargo, y paradójicamente, esta confianza en el progreso ha conseguido que dicha gente se vuelva más religiosa, aunque de una manera supersticiosa y, por tanto, errónea; de este modo, vemos que van cogiendo auge expresiones como "si los astros se alinean", "si el universo así lo quiere" o "es cosa del karma", que son, en el fondo, una perversión de nuestro castizo y más real "si Dios quiere" o de la confianza cristiana en la Providencia. Lo que esto nos indica es que el hombre, pese a que haya rechazado a Dios, o lo haya sustituido por una ciencia pretendidamente todopoderosa (el "orgullo cronológico", en palabras de C.S. Lewis, puesto que pensamos que nuestra época supera las demás), está necesitado sin duda de una explicación sobrenatural de su propia existencia: así, cuando alude al karma como fuerza etérea que premia a los buenos y castiga a los malos, está evidenciando en verdad la necesidad de creer en un ser superior a él que haga justicia en un mundo que carece de ella (como rechaza el cristianismo por complejo, acoge esa idea hinduista, que le parece más cool, aunque ni siquiera sepa qué significa exactamente); o bien, cuando hace referencia a las fuerzas invisibles del universo (que deben de ser algo así como la que vemos en La guerra de las galaxias), revela la necesidad de pensar que un ente providencial está cuidando de sus pasos en la tierra. Pero esto adquiere su paroxismo en el deseo de la inmortalidad.

   En efecto, resulta que el hombre, pese a que haya rechazado la idea de un paraíso de ultratumba, sigue albergando dentro de sí el deseo de perpetuarse eternamente. Por supuesto, como dice que no cree en el alma, inventa cosas como la criogenia, a la que cree capaz de preservar el cuerpo de todo tipo de corrupción, con el fin de despertarse cuando lo desee y, de este modo, reanudar su vida en el futuro (¿estará Walt Disney esperando realmente el momento de ser descongelado?); o bien, adopta ideas extrañas de culturas ajenas, como la reencarnación, propia del citado hinduismo, que es otra forma de perpetuarse, aunque aquí en la tierra y no en el cielo (¿os habéis fijado en que los reencarnados occidentales siempre han sido grandes personalidades en el pasado, que nunca han sido perros callejeros, gatos famélicos, ni protozoos solitarios? Y es que el hinduismo propone que uno puede reencarnarse en cualquiera de estas cosas, ya que depende del grado de moralidad que hayas ostentado en la vida anterior... Pero eso no le gusta a la mentalidad de Occidente, que prefiere haber sido tabernero en un prostíbulo antes que alcornoque en el campo o que alacrán en el desierto). En este sentido, la serie propone un nuevo argumento a la inmortalidad, aunque barnizado esta vez por esa capa de dogmática fe en la ciencia que hoy nos rodea: la pila idiosincrática, que, como hemos dicho, es capaz de recopilar la personalidad del individuo y, por tanto, de ser usada en un cuerpo diferente (esta idea ya fue utilizada en Chappie, una producción cinematográfica en la que las personalidades de cada uno eran transferidas a robots evolucionados).


   

   Pero reconozco que esto me sorprende muchísimo, puesto que contradice la nueva religión científica a la que estamos aludiendo: a ver, si el hombre solamente es cuerpo, como afirma uno de sus dogmas (¿copiado, por otro lado, de la Biblia: "Recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás"?), y que, cuando este muere, se convierte exclusivamente en pasto de los gusanos (o en partículas carbonizadas que pululan por el aire que respiramos, que eso de la incineración está muy de moda actualmente), ¿cómo es posible que hoy se otorgue credibilidad a una sustancia espiritual (la personalidad) que trasciende la materia? Si solo somos materia, es imposible que exista ese sustrato espiritual, puesto que estaríamos hablando de un salto cualitativo u ontológico que aberra por definición los mandamientos de la ciencia contemporánea. Otro ejemplo puede ser encontrado en el día a día, principalmente en lo que a las relaciones amorosas se refiere: en ellas, hay personas que se enamoran indistintamente de hombres y mujeres, porque afirman que les gusta la persona, no el físico (la "funda", ¿recordáis?), por lo que vuelven a establecer una dicotomía entre alma y cuerpo mayor que la que dicen que promueve la Iglesia (por supuesto, muchas de estas personas dirán que no existe el alma, aunque en la práctica, como vemos, hagan justamente lo contrario). Particularmente, yo solo soy capaz de explicar estas contradicciones mediante la evidencia: aunque el ser humano de hoy niegue en su mayoría la existencia del alma y, por ende, la de Dios, sus anhelos, su voluntad, su entendimiento, sus más profundos sentimientos, sus recuerdos y etcétera, le demuestran que no es únicamente un trozo de carne, sino que esta está unida a una sustancia espiritual, que lo enraíza a Dios (el problema es que, como no quiere verlo, encuentra constantemente estos sustitutos de los que aquí nos hemos hecho eco, pero que no terminan de satisfacerlo, porque son ídolos falsos).  

   Como decía arriba, otra cosa que me ha gustado de la serie es su negativa visión de la inmortalidad como elemento exclusivamente terrenal. Es decir, como el hombre puede perpetuarse hasta el infinito en sucesivos y distintos cuerpos (siempre que su economía se lo permita), no tiene miedo de un juicio divino que valore sus actos; de este modo, termina cayendo en las más abyectas perversiones de toda índole, demostrando una vez más que el hombre no es ese ser bueno por naturaleza que decían los ilustrados, sino el ser malo que requiere de la redención y del ejemplo del Hijo de Dios (además, el alma humana sigue envileciéndose, a pesar de que cambie de cuerpo, porque acumula sus actos pasados). En este sentido, los más cinéfilos recordarán el impagable plano final de El retrato de Dorian Gray (Albert Lewin, 1945), una imagen del cuadro del título (rodada a color, mientras que el resto del film era en blanco y negro) donde podíamos ver la perversión anímica de su protagonista; y los más lectores, la inmortal obra de Tolkien, donde afirma que los elfos sienten envidia de los hombres, puesto que han sido bendecidos con el don de la muerte (sic).


 

   Como resumen, me gustaría indicar que se trata de una excelente serie de televisión, que, no obstante, y de manera misteriosa, ha recibido malas críticas por parte de los especialistas. Desconozco el motivo de esto último, puesto que también deja en muy buen lugar el manido género de la ciencia ficción, mezclado tantas veces con la fantasía, que se ha pervertido irremediablemente para los que nos consideramos admiradores suyos (¡vuelve de entre los muertos, Philip K. Dick!). Es posible que los más puristas crean que se trata de una copia de la magistral Blade Runner (Ridley Scott, 1982), por su estética ciberpunk, pero yo creo que es más bien un sentido homenaje a este film y que, por supuesto, habría superado con creces como secuela televisiva a la plúmbea y pretenciosa Blade Runner 2049 (Denis Villeneuve, 2017). Tal vez los espectadores deseaban mayor espectacularidad que la que ofrecen sus episodios, porque estos se centran más en relatar la investigación que lleva a cabo su protagonista (otro homenaje más a la mítica peli de Scott) que en los efectos especiales que hoy proliferan en nuestras pantallas.

   En cuanto a todo lo que hemos tratado, tampoco sé si su creador (o el autor de la novela en que se basa) comparte con rotundidad todo lo que aquí he expuesto; sin embargo, estoy convencido de que aprobaría la mayor parte, puesto que no deja de proyectar en el futuro algo que estamos viviendo en el presente (otro elemento significativo: la religión en la serie es ocultada y hasta vilipendiada, mientras que acoge sus dogmas como cánones morales de la sociedad laica en la que se ha convertido el mundo, ¿os suena?). Echadle un vistazo, porque no creo que os defraude: os mostrará un porvenir desalentador, en el que el ser humano quiera vivir eternamente, porque no cree que haya un Dios que lo acoja, aunque en el fondo esté deseando que exista; un porvenir que, sin embargo, está hoy más presente que nunca.




lunes, 12 de febrero de 2018

15:17. Tren a París

   Si viviéramos en un país decente, Ignacio Echeverría ya tendría una película como esta. Esa es la mejor (y más triste) conclusión que extraigo después del ver el último trabajo del gran Clint Eastwood. Ciertamente, la película está sufriendo diatribas de todo tipo, incluso hay quien la tilda de ser la peor de toda la filmografía de su director; sin embargo, ello responde a la conclusión que ya he expuesto: si viviéramos en un país decente, Ignacio Echeverría ya tendría una película como esta. Porque, si viviéramos en un país decente, sabríamos reconocer el homenaje que hay detrás de cada fotograma de este film, del orgullo que siente su autor por los protagonistas del mismo y del ejemplar mensaje de esperanza que nos transmite con él; pero, como no vivimos en un país decente, ni Ignacio Echeverría tiene una película como esta, ni la mayor parte del público ha sabido detectar la grandeza que ostenta sin rubor este largometraje.




   A estas alturas, todo el mundo sabe que 15:17. Tren a París (Clint Eastwood, 2018) narra la hazaña de tres norteamericanos que, en agosto de 2015, consiguieron frustrar un atentado terrorista a bordo del tren que los llevaba a la capital francesa. Pero, como esta gesta solamente ocupa un tercio del metraje total, el film también se centra en la amistad que une a estos héroes, mostrándonoslos así desde que se conocen en el colegio hasta que se reúnen en Europa, donde tiene lugar su proeza. De esta manera, y gracias a ello, conocemos tanto los intereses de cada uno como, sobre todo, sus más profundas motivaciones; en este sentido, vemos cómo uno de los protagonistas, Spencer Stone (interpretado por él mismo), reza continuamente la famosa oración de san Francisco de Asís: "Señor, haz de mí un instrumento de tu paz". Una de las particularidades de la película es, de hecho, que está protagonizada por los mismos jóvenes que frustraron el atentado, una decisión del mismo Eastwood que logra reforzar la idea que nos quiere transmitir: la heroicidad anónima.

   En efecto, a nadie se le oculta que, desde que rodara su magistral Gran Torino (Clint Eastwood, 2008), Clint Eastwood ha sentido la necesidad de utilizar el cine como un medio para ofrecerle al espectador un retrato de las vidas ejemplares de algunos personajes ilustres: con Invictus (id., 2009), la de Nelson Mandela (que la vida de este sea ejemplar o no, es discutible, pero es indudable que Eastwood la considera así); con J. Edgar (id., 2011), la de Edgar Hoover, que afrontó la modernización del FBI, la institución americana por excelencia. Pero tampoco es un secreto que, en sus últimas cintas, ha preferido relatar las hazañas de personas que, aun siendo desconocidas, son tan dignas de admiración como aquellos: en El francotirador (id., 2014), la del soldado Chris Kyle, que defendió a su país lejos de las fronteras del mismo; en Sully (id., 2016), la del piloto comercial Chesley Sullenberger, que arriesgó su vida para salvar la de sus pasajeros. Y es que esta capacidad humana de vencer el egoísmo personal (el "sálvese quien pueda") en aras de un bien mayor (la vida del prójimo) ha cautivado al autor de Sin perdón (id.,  1992), que, en 15:17. Tren a París, da un paso más.




   Ciertamente, si en las citadas películas, El francotirador y Sully, Eastwood nos relataba la heroicidad de sus protagonistas, aquí nos desgrana qué lleva a estos tres norteamericanos a ser los héroes del tren de París. Con este propósito, pues, se remonta a su niñez, en la que podemos comprobar la importancia que tuvo para ellos tanto la amistad como el amor familiar, la educación religiosa como la fe cristiana, y el amor a su país como el respeto a sus defensores (a la sazón, las Fuerzas Armadas), pues todos estos factores les enseñaron que no existe un mayor gesto de amor a los demás que la entrega de la propia vida (una idea que, por otro lado, el mismo director ya había expuesto en la citada Gran Torino). De esta manera, y para Eastwood (también para el que esto suscribe), un héroe no nace de la nada, sino que se ha ido forjando a lo largo de su existencia, puesto que, si una persona no ha sido capaz de amar desde niño, de ser generoso o de respetar al prójimo, ¿cómo va a entregar su vida por este último cuando le sea requerido? Más bien al contrario, y como decíamos arriba, hará suya la expresión "sálvese quien pueda" y pondrá pies en polvorosa. Por tanto, la tan criticada idea del director de mostrarnos la infancia de estos héroes resulta más que necesaria, puesto que así comprendemos mejor esos quince minutos finales, que jamás habrían tenido lugar si no hubieran sido héroes desde niños (al hilo de esto, es un acierto que la cinta esté interpretada por los personajes reales, ya que otorga plenitud a la idea del héroe anónimo, que no tiene la cara de Tom Hanks ni la de Bradley Cooper, sino la de uno que se cruza por la calle con cualquiera de nosotros).

   Por desgracia, y como anunciábamos al principio de este texto, dicho concepto, que forma parte inherente del ADN norteamericano, es deplorado por la España (y por la Europa) de nuestro tiempo, que ya no es generosa, amorosa ni alegre, y que, por tanto, abomina de la idea del héroe (podemos intuir una crítica a esta actitud en el metraje de la cinta, cuando un guía turístico alemán acusa a los americanos de ponerse más medallas de las que les corresponden). En efecto, y como si de un cumplimiento profético se tratase, todas las críticas negativas que la película está cosechando van en el sentido de considerarla "muy facha", "extremadamente religiosa", "tradicional" o "militarista", que son, precisamente, los factores que potencian esa generosidad en el ser humano: el patriotismo (el amor a mi país y a la gente que lo conforma), la religión (¿hace falta recordar que Cristo entregó su vida por nosotros y que nos dijo que nosotros hiciéramos lo mismo?), la familia (donde aprendo a respetar a mis mayores, a querer a mis iguales, a perdonar, a compartir y etcétera) y el Ejército (donde hago patente ese amor y esa entrega por mi país y por la gente que lo conforma). Sin duda, esto responde a la actitud egoísta que hemos acogido como valor primordial y en la que ya no tiene cabida el otro como un bien en sí mismo, sino como un medio para mi propio disfrute o satisfacción (este egoísmo está presente incluso bajo la capa de romanticismo con la que hoy barnizamos el amor: "me siento bien contigo", en vez de "qué bueno es que tú existas"). 

   Por eso, si viviéramos en un país decente, tanto el espectador como los críticos especializados habrían reconocido que la película habla sobre el amor al prójimo, que está presente en el gesto heroico de los tres protagonistas de la cinta; habrían comprendido que ellos mismo están llamados a entregar su vida cotidianamente por los suyos, y que eso, de paso, se aprende desde niño (nadie criticó en este sentido Boyhood, que relata detalladamente la infancia de sus protagonistas... ¡sin que pase nada y tienda a nada!), y habrían visto a la postre que se trata de una rúbrica perfecta de la filmografía de Eastwood, cuyas últimas películas pretenden darnos a conocer la figura del héroe. Por eso decíamos arriba que, si viviéramos en un país decente, nos indignaríamos ante la posibilidad desperdiciada de ver un largometraje sobre la gesta de Ignacio Echeverría, que cumple con esos requisitos que el autor de 15:17. Tren a París (y el sentido común) propone: una persona que entrega generosamente su vida por los demás. Pero, como no vivimos en un país decente, sino en uno que ha abrazado el egoísmo como norma de vida, nunca veremos un film que detalle su proeza.