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miércoles, 10 de febrero de 2016

La Cuaresma en el cine

   Comenzamos hoy un nuevo tiempo litúrgico, la Cuaresma, cuarenta días de austeridad y penitencia que nos preparan a la celebración de la Semana Santa y de la Pascua del Señor. Con el fin de vivirlo bien, la Iglesia nos exige a los fieles que esta jornada ayunemos, haciendo una sola y moderada comida, y nos abstengamos de comer carne, situación que se repetirá el Viernes Santo; además, nos manda que la práctica de la abstinencia se prolongue todos los viernes de este período, y que procuremos ser generosos con la limosna y orar con mayor devoción. Para recordarnos, además, nuestra débil naturaleza de pecadores, hoy nos marca la frente con la ceniza, gesto que, en la antigüedad, era una señal de arrepentimiento, pero que actualmente se ha tornado en una llamada a la conversión y en un crudo recordatorio acerca de la fugacidad de la vida; por este motivo, comenzamos también una etapa propicia para la Penitencia, sacramento que nos reconcilia con el Padre y que nos devuelve su gracia santificadora.

   La Cuaresma tiene su origen, por un lado, en la historia del pueblo judío, que caminó cuarenta años por el desierto hasta alcanzar la Tierra Prometida; por el otro, en la biografía de Jesucristo, el cual, con el fin de reparar la desobediencia a la que se había arrojado dicha nación durante ese período, se aisló en la arenosa planicie a lo largo de cuarenta días, tiempo que consagró al ayuno y a la oración. Como ambos hechos han sido recogidos por el séptimo arte en algunas de sus obras, dedicaremos unas pocas líneas a tratarlas, de modo que nos ayuden a vivir correctamente esta etapa que hoy comenzamos.



   Siguiendo, pues, la cronología indicada, es necesario que empecemos este breve recorrido con la famosa cinta de 1956 Los diez mandamientos, dirigida por el incomparable Cecil B. DeMille e interpretada por el mítico actor Charlton Heston. Como la historia es bien conocida, no hace falta que atendamos sus múltiples detalles, por lo que nos contentaremos con la explicación de su soberbia escena final, que resume perfectamente la enjundia de toda la película. El momento concreto es aquel en el que, una vez que Dios le ha entregado el decálogo a Moisés, este desciende del Sinaí y descubre que su pueblo se ha pervertido, ya que ha fundido todo el oro que portaba y lo ha convertido en la escultura de un becerro, al que adora como si de otra divinidad se tratase; el profeta, aturdido por este vil espectáculo, lanza contra su gente las pétreas tablas, desencadenando un violento temblor telúrico que impulsa a todos a la contrición.

   En efecto, el pueblo judío había sido liberado por Dios de la esclavitud que padecía en Egipto, y, a través de Moisés, había sido conducido por el desierto hasta llegar al monte santo, donde Él mismo le haría entrega de sus mandamientos; además, cumpliendo tales normas, sería próspero en la tierra y lograría conquistar un país maravilloso. Sin embargo, y a pesar de esta magnanimidad, Israel despreció al Señor, entregándose a sus pasiones y desobedeciendo sus mandatos; por esta razón, cuando el profeta desciende del monte, reacciona como lo habría hecho cualquier padre ofendido, es decir, aniquilando todo vestigio de traición perpetrado por su prole. No obstante, y como sabemos, Dios, que también es nuestro Padre, no condenó a su pueblo definitivamente, sino que le otorgó una nueva oportunidad, para que alcanzase la Tierra Prometida y viviese allí conforme a sus designios.

   Sin duda, esta escena es un perfecto epítome de la definición de pecado, que no consiste en un simple error o en un mero sentimiento de culpa, sino en un verdadero atentado contra la voluntad de Dios. Ciertamente, desconocemos si la idolatría en que cayó el pueblo judío se manifestó a modo de bacanal, como muestra la cinta, pero es una oportuna metáfora de la realidad que encierra dicha desobediencia, ya que, cuanto más cae el hombre en esta última, más esclavo se vuelve de sus vicios y pasiones, y, por consiguiente, más se aparta de Dios. A la vez, este desacato oculta necesariamente otro tipo de idolatría, la del hombre mismo, que se erige como su propio dios; por tanto, es a él al que le rinde la pleitesía que le niega al verdadero. Según el film, este pecado se contrarresta con la observancia de los mandamientos, por eso las tablas de piedra arrojadas por Moisés consiguen la destrucción del becerro; pero lo cierto es que se necesita una intervención divina para ello (curiosamente, el concepto rigorista de la ley fue aplicado por el mismo DeMille en la primera versión de esta mismo película, dirigida en el silente año de 1923).




   La siguiente película de la breve cronología presentada arriba es El evangelio según san Mateo, dirigida por Pier Paolo Pasolini en el año 1964. En este film, que describe todos los avatares de la vida terrena del Salvador, podemos ver cómo este último acude al desierto después de su bautismo; allí, durante cuarenta días, ayuna y ora, disponiéndose al inminente anuncio del Reino de Dios. No obstante, podemos comprobar que, al finalizar dicho período, es tentado por el demonio, representado aquí por un hombre ataviado con una adusta túnica negra. Como el largometraje es escrupulosamente fiel al texto sagrado, huelga recordar que el susodicho diablo tienta tres veces al Señor, y que, al no encontrar respuesta en él, se marcha hasta otra ocasión más propicia.

   Los exegetas afirman que Jesús se dejó seducir por el diablo en este pasaje para entender la naturaleza del pecado, y, así, poder ayudar a sus futuros discípulos en la lucha contra él. Al mismo tiempo, y como ya hemos indicado, repara con este gesto la desobediencia perpetrada por Israel, pues, mientras que este se apartó de Dios mediante su citada idolatría, él observó su voluntad, y allí donde el hombre eligió adorarse a sí mismo, él decide adorar al único Dios, su Padre. Esto queda de manifiesto en la circunspecta actitud del Señor, que, lejos de dialogar con Satanás, es rotundo en sus asertos y claro en su mohín, ya que no aparta la mirada de este último, combatiendo contra él en vez de condescendiendo a su seducción. 

   Por supuesto, esta obediencia que el Hijo de Dios exhibe en el desierto, sanando, como hemos dicho, el menosprecio de Israel, alcanza su máxima expresión en la cruz, donde abraza la voluntad del Padre hasta sus últimas consecuencias. Evidentemente, la película que refleja mejor este momento es la aclamada La pasión de Cristo, de Mel Gibson, donde podemos ver al detalle el martirio sufrido por Jesús para alcanzarnos la remisión de nuestras faltas; sin embargo, emplazamos su análisis a la Semana Santa, que es una fecha más propicia para su meditación. Mientras tanto, aprovechemos este tiempo que hoy empieza, para enriquecernos con la oración, el ayuno y la penitencia, de manera que podamos expiar los pecados cometidos por los hombres y apreciar la misericordia que Dios otorga a través de la confesión.









lunes, 4 de enero de 2016

La historia interminable

   En el año 1984, llegó a nuestras pantallas una película que hoy, a pesar del inexorable transcurso del tiempo, continúa siendo recordada por cualquier aficionado: La historia interminable. Como todo el mundo sabe, el film está basado en el homónimo relato de Michael Ende, el otrora creador de Momo, y narra las peripecias de un solitario niño, Bastian (Barret Oliver), que es capaz de introducirse, a través de la lectura del libro que da título a la obra, en el imaginario mundo de Fantasía, donde ayuda a sus habitantes a liberarse de la devastadora acción de la Nada, fruto de la falta de ilusión de que adolece la juventud del momento. Desgraciadamente, el largometraje fue seguido por dos infames secuelas que ya, por fortuna, han caído en el olvido: La historia interminable 2. El siguiente capítulo y Las aventuras de Bastian (La historia interminable 3). No obstante este error, la película original sigue contando con un guion épico y con una magistral puesta en escena, que aún mantiene toda su vigencia, por lo que, en este artículo, nos centraremos solo en ella.



   Como todo niño que se precie, el día que fui a ver el citado largometraje al cine, quedé fascinado por el fantástico mundo que se proyectaba delante de mí, una mágica tierra poblada por caracoles de carreras, gigantes de piedra, gnomos y dragones de la suerte (todavía hoy, cada vez que contemplo un atardecer, evoco el juego de nubes arreboladas que acompaña a los créditos de la película); me dejé cautivar por la aventura de Atreyu en busca de la reluctante Torre de Marfil y contra la desolación de la terrorífica y negra Nada, y, por supuesto, me embebí en su candorosa (aunque trascendente) moraleja, es decir, el amor a la lectura como fresco hontanar de imaginación. Ciertamente, como aún no era capaz de reconocer la valía de un film basándome en su argumento o en su enjundia, los efectos especiales de la época me arrebataron en mayor medida que todo el entramado de fondo, por lo que mi magín se deleitó más con los vuelos de Fujur, la aparición de la vetusta tortuga Morla y la visualización del ebúrneo castillo que servía de morada a la bellísima Emperatriz Infantil, que por todo ese elogio de la literatura que he mencionado (no obstante, y como he aseverado, la película sirvió de acicate a la bibliofilia que latía en mi interior, y que yo, por otro lado, procuraba cuidar con lecturas apropiadas a mi edad).

   Sin embargo, y a pesar de la bisoñez cinematográfica a la que he aludido, propia de un aficionado incipiente, hubo dos escenas que me sobrecogieron enormemente: la primera, la muerte del equino Artax en los pantanos de la tristeza; la segunda, la del Oráculo del Sur, que es inmediatamente antecedida por la del espejo de la verdad. Con respecto a la primera, todo aquel que la recuerde lo hará con un nudo en la garganta, pues es la secuencia más dramática y lacrimógena de todo el metraje; en cuanto a la segunda, tal vez lo haga con cierto temor, pues las atronadoras y perturbadoras voces de las esfinges causaban ese efecto en los oídos más infantiles. A pesar de ello, empero, aquel niño que yo era fue incapaz de ahondar en la profundidad de ambas escenas, y lo que hoy se me presenta como un interesante estudio sobre la tristeza y el alma pura, respectivamente, se le quedó a él en un mero rasguño epidérmico (por supuesto, no hay que entender aquí ningún grado de culpabilidad, pues a un niño se le puede pedir muy poco esfuerzo intelectual; sin embargo, revela la gran capacidad artística del cine infantil de la época, que hoy se ha perdido por completo). Actualmente, considero las dos de suma importancia, pues sirven a un desarrollo coherente del film y a una alegoría sobre el crecimiento personal del espectador; tanto es así, que no dudo en referirme a ellas cuando imparto algún curso de ejercicios o de retiros espirituales.



   La imagen de los pantanos como metáfora de la pena es elocuente en sí misma (más aún, la imagen de la ciénaga, que es la que presenta el film). Sin duda, la tristeza es un fuerte sentimiento que puede domeñar la razón del ser humano, nublar su entendimiento y hundirlo en la desesperación; aunque haya sido definido muchas veces como un concepto antónimo del término "alegría", es en verdad la ausencia de esta. La alegría como estado de vida, no como sentimiento momentáneo o fugaz, es propia del hombre confiado, es decir, de aquel que, por saberse amado por Dios, nada teme, pues Él mismo dirige su devenir y lo cuida; la tristeza, por el contrario, es el tropiezo en la vida del individuo que no descubre ese amor sobrenatural en los hechos que lo rodean, y que, por consiguiente, tiñe de negro y de insoluble el futuro que lo aguarda. Ciertamente, la fe no es un remedio taumatúrgico contra el mal de la pena, pues esta siempre sabe cómo deslizarse en el corazón de las personas, disfrazándose de nostalgia, de remordimiento o de escrúpulo; sin embargo, es un arma afilada para combatirla, pues su hoja recuerda la gracia de Dios, que acompaña y vence siempre.

   Por otro lado, es indudable la connotación mórbida que, en ocasiones, hace que la tristeza derive en depresión. Esta, evidentemente, debe ser tratada mediante el oportuno auxilio médico, pero sin que la mencionada fe ni el propio empeño del interesado sean relegados en favor de una confianza absoluta en él. En cuanto a la primera, es muy importante reforzarla a través de la oración y del recurso frecuente a los sacramentos (principalmente, la Penitencia y la Eucaristía), pues, a través del silencio meditativo de una y de la acción misteriosa de Cristo en otros, esta horada en la oscura herrumbre de la pena y logra que la alegría brote de nuevo; con respecto a lo segundo, el enfermo mismo debe aspirar al desasimiento de la depresión que, paulatinamente, lo anega. En referencia a esto último, la persona entristecida debe evitar un encerramiento voluntario en su hogar o en su alcoba, que propicia el ensimismamiento y, por consiguiente, la soledad y,otra vez, la desesperación; debe procurar velar su pena, pues la manifestación de la misma conlleva un interés por parte de los que la rodean, que constantemente tenderán a preguntarle acerca de su estado, algo que le impedirán evadirse de él; por el contrario, debe esforzarse en el trato frecuente con sus familiares y amigos, de manera que comprenda que la negrura que percibe solo cubre sus ojos y que, por tanto, no es completa ni universalmente real; por fin, debe aplicarse una estricta rutina de trabajo, ocio y hogar, procurando que este se mantenga limpio y ordenado, pues, como hemos dicho antes, el aspecto exterior favorece o perjudica el interior. Para una y otra cosa, el Catecismo de la Iglesia Católica alienta mediante las siguientes palabras: "Es necesario luchar con humildad, confianza y perseverancia, si se quieren vencer estos obstáculos" (cfr. 2728).



   La otra escena aludida es la que protagoniza Atreyu en su camino hacia el Oráculo del Sur; para llegar a él, el niño guerrero debe enfrentarse, en primer lugar, a las esfinges doradas que guardan el sendero, y, en segundo lugar, al famoso espejo de la verdad. Realmente, una y otra prueba, según el guion de la película, suponen una tentativa personal para todo aquel que se aventure en ellas, es decir, un estímulo para urgir el testimonio individual de la confianza de cada uno en sí mismo; por este motivo, vemos que las malignas esfinges de oro deciden pulverizar a aquel cuando vacila en su intento por superarlas, y que, para adentrarse en el mágico cristal del espejo, debe asumir su verdadera idiosincrasia, en detrimento de la que ostenta. A mi juicio, este no es un mensaje estrictamente cristiano (como, por otro lado, tampoco lo es el que hemos planteado en el párrafo precedente ni el que ofrece el largometraje en sí), puesto que la fe en uno mismo es el camino expedito a la vanidad y, por ende, a la soberbia, que es el peor (y el primero) de los pecados. Por supuesto, no hablamos aquí de una confianza personal en el ámbito deportivo o académico, por ejemplo, en los que, evidentemente, sí se requiere una seguridad en las propias aptitudes; hablamos de la fe que ilumina el camino de perfección de cada individuo. La vía hacia la alta cima de la santidad, a la que todo cristiano es convocado, se le presenta a este como escarpada y dificultosa, pues sus propias pasiones y debilidades se transforman en grava que le hacen resbalar; por este motivo, la confianza en sí mismo puede resultar peligrosa, ya que puede conducir, ladera abajo, hasta el pie de la montaña. Por el contrario, la ayuda óptima proviene de quien ya ha escalado esta última, es decir, Cristo, que, como hombre, recorrió el camino de santidad exigido a cada bautizado.

   En este mismo marco de corrección de las ideas planteadas por el film, podemos modificar el significado del espejo de la verdad, que no debería ser solamente un reconocimiento de la propia (y pobre) personalidad, sino también una imagen de referencia para todo el que se asomase a él. En este sentido, para el cristiano, la imagen es Cristo; todo bautizado que se mire en el cristal del espejo mágico debería ver al Hijo de Dios reflejado en él; debería ver su imagen de hombre perfecto (íntegro), su constante cumplimiento del decálogo, su sometimiento a las bienaventuranzas que él mismo dictó, su aplicación puntual de las obras de la caridad, su oración, su entrega, su sacrificio, su amor... De este modo, el cristiano que se asomase al espejo de la verdad debería comprobar si la imagen que tuviese de sí mismo se correspondería con la de aquel que lo estaría observando desde el otro lado, y, solo si fuese así, podría atravesarlo. Pero, como hemos indicado, muchas veces el camino se vuelve áspero para el cristiano mismo, por lo que este debe recurrir con perseverancia al auxilio que Cristo le ofrece desinteresadamente mediante la oración y los sacramentos, mediante el cincel de la caridad, con la que modela su alma hasta asemejarla a la de él.



   Como decíamos al principio del artículo, estas dos afamadas escenas de la película pasaron desapercibidas para aquel niño que era yo cuando la vio por vez primera en la sala de su ciudad. Lógicamente, el intelecto de un menor no puede ser sometido a un alto grado de enjundia metafórica, pues lo único que este comprende es la simpleza de unos sobrecogedores efectos y de una historia lábil, aunque entretenida. Sin embargo, este film depositó en él esa semilla que hemos desentrañado mediante la buena factura de esos recursos, demostrándole que, más allá de una facilona cinta de aventuras, se escondía una enseñanza contra la tristeza y un (modificado) discurso acerca de la fe. Por esta razón, y como anunciábamos al inicio del texto, el largometraje mantiene su vigencia, pues los niños que la vieron entonces, como yo, pueden descubrir ahora lo que ni siquiera consiguieron vislumbrar.   
 
     

jueves, 24 de diciembre de 2015

Natividad

   Esta noche es Nochebuena, como nos recuerda el villancico que, seguramente, entonemos junto a nuestras familias durante la cena de hoy, y mañana es Navidad, como también señalan los siguientes versos de la misma canción. Si nos ajustamos a esto, pues, deberíamos comenzar a felicitarnos mutuamente las fiestas a partir de esta medianoche, pero lo cierto es que llevamos haciéndolo desde hace algunas semanas, pues el luminoso ambiente callejero, el frío y la nieve (en los lugares donde se den ambas cosas) animan a ello. A este empuje, también se suma la irremediable vertiente navideña que adquieren los comercios en torno a estas fechas, pues disponen sus escaparates de tal manera, que invitan magistralmente al júbilo (y al gasto). Es una época que gusta a todo el mundo, excepto, por supuesto, al Grinch de la película homónima, al Scrooge ideado por Dickens y al Bill Murray de Los fantasmas atacan al jefe, y ello se debe a las reuniones familiares que la caracteriza y a la bondad que parece ir siempre de su mano (como suele decirse, la Navidad saca lo mejor de nosotros mismos). Por otro lado, es para algunos un momento de mucha melancolía, pues esa felicidad encierra en ocasiones para ellos nostalgia de su propio pasado; así, no son pocos los que, como la Kate de Gremlins, prefieren celebrarlo con evidente modestia.

   A nivel cinematográfico, este es un buen momento para recuperar los grandes títulos que nos ayudan a profundizar en este sentimiento que hoy embarga a (casi) todos los hombres del mundo, como la inmarcesible ¡Qué bello es vivir!, la entrañable De ilusión también se vive, o las más recientes Feliz Navidad y Polar Express (esta última, por supuesto, destinada exclusivamente al público infantil, porque dudo mucho que el adulto sea capaz de soportarla). Asimismo, es buen momento para dar gracias a Dios por la familia que este le ha regalado a cada uno, y para aprovechar cada instante de nuestra estancia en el hogar para estar junto a ella, como finalmente aprenden los protagonistas respectivos de Family Man, La gran familia y Solo en casa (se ve que el personaje de Macaulay Culkin no lo aprendió del todo, por lo que tuvo que repetir la experiencia en Solo en casa 2. Perdido en Nueva York y en sus múltiples secuelas, que no he visto y no sé siquiera si es el mismo personaje de las dos anteriores y si están también ambientadas durante la Navidad).

   Pero, sobre todo, es el momento oportuno para recordar el motivo por el cual celebramos estas fiestas tan cordiales: el nacimiento del Hijo de Dios en Belén (no en vano, la palabra "navidad" proviene del término "natividad", que, a su vez, significa "nacimiento"). Por esta razón, y ya que tanto el título como el propósito de este blog me obligan consentidamente a ello, recomiendo un film que nos puede ayudar en este empeño: Natividad, película dirigida por Catherine Hardwicke en el año 2006, y protagonizada por Oscar Isaac, ahora famoso gracias a su breve aparición en El despertar de la Fuerza (intérprete también de la interesantísima Ex Machina). Ciertamente, la película no se centra en este hecho concreto, pues nos encontraríamos con un exiguo guion que intentaría detallar cada pormenor de la venida al mundo del Mesías, sino que procura ahondar en lo que este esperado acontecimiento supuso para la humanidad y, de manera especial, para la Virgen María.



   De este modo, y amparándose en los evangelios, el film nos acerca a la desconocida biografía de la Hija de Sion (Za. 2, 14): podemos ver, pues, cómo es entregada en matrimonio a su esposo san José (el citado Oscar Isaac), cómo recibe la noticia de su maternidad milagrosa de labios del arcángel san Gabriel y cómo, a pesar de su estado, decide visitar a su prima santa Isabel y cuidar de ella, que también está encinta; podemos ver, además, el viaje en burro de la Sagrada Familia a Jerusalén (todo él, cargado de múltiples peligros y dificultades que resaltan la santidad de sus miembros), el periplo de los Reyes Magos desde Oriente (una aventura de risible desarrollo destinada a amenizar el pausado relato) y, finalmente, la huida a Egipto con el fin de evitar la cruel matanza de los inocentes por parte del malvado rey Herodes. Todo ello, como no podía ser de otra manera, aderezado por las supuestas dudas de la Virgen con respecto a su embarazo y a su misión (algo muy hollywoodiense y juvenil), por el desengaño y posterior arrepentimiento de un leal san José (siempre preferiré la visión que aportó el maestro Pasolini en El evangelio según san Mateo)  y por la descripción de una sociedad machista, donde la mujer no era valorada como merecía (algo que también está muy en boga actualmente, y que, por ello, suena más a reclamo que a estricta realidad).

   Ciertamente, la película no es una obra maestra, pues adolece de una buena realización (que necesita de esos Reyes Magos para encaminar su desarrollo), y parece estar destinada a un público televisivo en vez de a otro cinematográfico (es más una miniserie que un largometraje); sin embargo, y como hemos afirmado, resulta apropiada para ver en este tiempo de Navidad, ya que nos recuerda que esta solo tiene su sentido si celebramos el nacimiento del Hijo de Dios. En el evangelio de la misa de mañana, de hecho, se mencionará una frase que, por otro lado, repetimos cada mediodía en el rezo del ángelus: "La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros" (Jn. 1, 14). Es probable que muchos, por el simple motivo de haberla repetido a diario, no se hayan percatado de su importancia, pero encierra una trascendencia fundamental, pues es la raíz de esta fiesta: el término "Palabra" (en latín, "Verbum") traduce el vocablo griego "Logos", que significa, aproximadamente, "principio o razón universal" (ya sabéis, pues, en qué se inspiró George Lucas para crear su ubicua Fuerza galáctica). Aunque este no es momento para recorrer la historia de la filosofía, ciencia donde nace este concepto, podemos resumirla diciendo que los primeros pensadores consagraron su vida al estudio de esta verdad inmutable (en el ámbito judío, entorno en el que nació el Señor, esta verdad era conocida como Sabiduría, y la Biblia la recoge también como norma moral de actuación). Por ello, cuando el cristiano afirma que esa verdad eterna se encarnó, asevera que salió al encuentro del hombre aquello que este siempre anduvo buscando (ya tenéis otra fuente de inspiración del tío Lucas: los midiclorianos de La amenaza fantasma, que se confabularon para engendrar milagrosamente un ser humano en el vientre de una mujer pura).

   Esa Palabra, o ese Logos, es en realidad el Hijo de Dios, que está junto a este desde siempre, compartiendo, además, su esencia divina; es por tanto, Dios mismo. Por esta razón, pues, podemos decir que esa verdad eterna, universal e inmutable se hizo carne, como nosotros, revelándonos, así, su propia esencia, de manera que la humanidad dejase de buscarla a tientas, como hemos visto que hacían los primigenios filósofos, para volcarse plenamente en su seguimiento, que es hontanar de radiante dicha. Como el cristiano es consciente de esta alegría que siente el mundo, puesto que, gracias a esta encarnación, ya conoce la senda de la verdad y de la vida (cfr. Jn. 14, 6), celebra cada año el día de su nacimiento, es decir, el 25 de diciembre; además, recuerda con sus villancicos y con sus belenes este hecho histórico de tan alta importancia para los hombres de todos los tiempos, gritándoles a viva voz que en Jesús tienen la salvación. Por este motivo, también se une a su familia y a sus amigos, procurando derrochar su bondad y su felicidad con ellos, pues aquel que es la Verdad nos enseñó que ese es el camino de la vida en la tierra.



   Por desgracia, y como señalaba el papa Benedicto XVI, hoy el mundo celebra la Navidad olvidándose de su auténtico protagonista, es decir, Cristo; ha vaciado de su contenido una fiesta netamente religiosa, para que cualquier persona, con independencia de su credo o convicción, pueda disfrutar de sus consecuencias, esto es, el amor, la bondad y etcétera. Pero esto, que parece perfumado con el aroma de la buena intención, oculta en realidad una hábil finta, pues sustituye su verdadera esencia con un engañoso sentimentalismo sin alma; así, el hombre se ve obligado a cubrir esa nostalgia que siente o ese amor que experimenta hacia otros mediante agasajos y fiestas, buscando una alegría momentánea que rellene sus oscuros vanos de soledad y desazón. El etéreo marketing, por otro lado, ha sabido dar forma a ese anhelo que persigue en la figura del maleado Papá Noel, que ya nada tiene que ver con el san Nicolás de Bari cristiano en el que se inspira, pues lo ha convertido en un sosias de la encarnación de Jesucristo, una emanación cárnica de un inventado espíritu navideño que va repartiendo felicidad por los hogares del mundo (para mí, es más parecido al putrefacto Jack Skeleton disfrazado de él en Pesadilla antes de Navidad que al anciano rojizo y bonachón que, pretendidamente, desciende por las chimeneas caseras).     

   Así pues, vivimos en un mundo del todo engañador y engañoso que pretende eliminar la raíz cristiana de una fiesta propia de nuestra fe, sustituyéndola, empero, con otra falsa: la del sentimiento dirigido, la bondad mentirosa y el dispendio necesario. Sin embargo, una raíz artificial no nutre planta alguna, por lo que el destino de esta es, indefectiblemente, la muerte. Para evitar, por tanto, que el árbol de la verdadera alegría se marchite, el cristiano debe conservar intacto su auténtico nutriente, es decir, el nacimiento de Cristo en Belén, de manera que esta fiesta le sirva de acicate a esa bondad que el abstracto e inexistente espíritu navideño le exige, y que esa bondad (esa santidad) no sea propiedad exclusiva de este período vacacional, sino del año entero.

   Para concluir con la idea que empezamos, pues, no debemos amar la Navidad por los efectos supuestamente entrañables que produce en nosotros, y que las películas citadas arriba describen, sino por su verdadero origen, su fundamento, que es la venida al mundo de nuestro Salvador, Jesucristo, el Hijo de Dios. Viviéndola así, el hombre encuentra la auténtica dicha de esta fiesta, y le manifiesta a la humanidad la alegría por haber conocido a aquel que esta aún sigue buscando. Como, finalmente, urgía san Agustín, "despierta: Dios se ha hecho hombre por ti".

   ¡Feliz Navidad!  

viernes, 23 de octubre de 2015

Una nueva esperanza


   Sin lugar a dudas, El despertar de la Fuerza se ha convertido en la película más esperada de todos los tiempos; solo hay que comprobar los diferentes vídeos que circulan por la red mostrando la reacción de algunos fans ante el visionado de su tráiler definitivo o las millones de visitas que este último ha recabado en pocos minutos (y continúa haciéndolo…). Y es que estas aventuras galácticas, lejos de pasar de moda, van incrementando su interés a medida que transcurren los años.

   La pregunta es evidente: ¿por qué? Hay películas que hacen historia, que recaudan escandalosas sumas de dinero y que consiguen entrar en la selecta categoría del “cine de culto”, pero que no logran equiparar su éxito al que siempre alcanza cualquier cinta de esta saga. ¿Será su temática?, ¿serán sus efectos especiales?, ¿serán sus personajes?, ¿será el merchandising que siempre la acompaña? Probablemente, todo consista una mezcla bien agitada de todo ello.
 
 

   A mi juicio, lo más importante se centra en aquello que nos cuenta. Si lo pensamos bien, La guerra de las galaxias (sí, yo soy de la época en que llamábamos así a lo que hoy se conoce como Star Wars) nos detalla una epopeya heroica trasladada a las llanuras espaciales: como en los relatos medievales, nos encontramos un aprendiz (Luke Skywalker), un maestro (Obi-Wan Kenobi), una princesa encerrada en un castillo (Leia Organa en la Estrella de la Muerte), un rey malvado (Darth Vader), un mago que vive en el bosque (Yoda), un caballero, un escudero y la montura de ambos (Han Solo, Chewbacca y el "Halcón Milenario", respectivamente); duelos a espada (¿de verdad tengo que especificar a qué me refiero?), sabias enseñanzas vitales (todas aquellas que Obi-Wan transmite a su joven novicio) y un trasfondo de magia y hechizos (todo lo relativo a la Fuerza).

   Por tanto, así como los relatos del medievo fueron escritos para instruir a sus oyentes en los valores que debían regir la vida del individuo, este nuevo mito, adaptándose al lenguaje actual, los transmite de nuevo al hombre de hoy. De esta manera, el espectador (antes, el lector o el oyente) se encuentra con una fábula que le recuerda el sentido épico de su propia existencia, aletargado por la molicie de una sociedad volcada en el bienestar; que lo exhorta a la lucha contra el mal y a la defensa de lo bueno, y que le propone los cánones eternos que deben conformar a la persona virtuosa: prudencia, justicia, fortaleza y templanza (por supuesto, con sus derivados particulares: fidelidad, integridad, honor, respeto, valentía, compañerismo, familia y etcétera). Esto lo encontramos también en dos trilogías cinematográficas recientes, El hobbit y El señor de los anillos, que basan su popularidad precisamente en los mismos fundamentos.
 
 

   Enmarcando todo ello, podemos contemplar el desarrollo de una historia que es común a toda la humanidad: el sempiterno combate entre el bien y el mal, facciones representadas, respectivamente, por la Orden Jedi y los malignos Sith (también soy de la época en que pronunciábamos “yedi” y no “yedái”, amparados, todo hay que decirlo, por un fantástico doblaje español: ¿quién no recuerda la advertencia contra “el reverso tenebroso de la Fuerza”?). De este modo, y como cualquier persona recta que se precie, vemos a un Luke que, a pesar de su denodada pugna contra el mal, se siente atraído por este (en este sentido, la negra vestidura que porta en El retorno del Jedi, alejada de su característico blanco propio de las otras dos entregas, es reveladora); que, a pesar de comprender el error y la infelicidad al que aquel lo conduce, experimenta la necesidad de saborearlo (no hay nada más que ver el siempre sobrecogedor diálogo que mantiene con Darth Vader en El Imperio contraataca).

   Aunque la nueva trilogía carece en parte de todos estos factores (aún no me he recuperado de la decepción que sentí al ver por primera vez La amenaza fantasma…), debemos agradecerle a George Lucas, sin embargo, que rescatara ese combate interior tan humano entre lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto, algo que aparece perfectamente descrito en esa paulatina degradación que sufre Anakin Skywalker a lo largo de las tres películas; como si de una llamada de atención a todo espectador se tratase, el sabio Yoda advierte en aquella que el miedo lleva a la ira, que esta conduce al odio y que este es la puerta abierta al sufrimiento, ignominioso descenso que culmina en el imborrable grito de aversión lanzado por aquel contra su maestro Obi-Wan en La venganza de los Sith.
 
 

   Según los últimos rumores, en este séptimo episodio de la saga veremos nuevamente esa lucha que todo hombre mantiene en su interior, con una posible caída de Luke en el lado oscuro de la Fuerza, derrota que, lejos de apabullar al ser humano, debe acicatearlo más aún al combate contra la tentación, el pecado y, en definitiva, contra el mal y el Maligno. Es evidente que toda persona está llamada a unirse a ese poder misterioso que lo une todo y que todo armoniza (¿no está clara la imagen de Dios?), y que, para ello, debe recorrer la senda del conocimiento, de la virtud, de la oración, de la moderación y de la santidad (del Jedi), que es el peldaño imprescindible para vivir eternamente unido a ella. Por supuesto, el hombre que inicie esta andadura debe someterse a un duro entrenamiento, como al que Luke es sometido por Yoda en Dagobah, pues es un camino repleto de espinos y dificultades; no obstante, su meta merece cualquier pena, ya que supone estar para siempre y felizmente con aquellos que aquí conocimos y nos adelantaron en nuestra marcha.    

   Yo creo que el éxito de este tráiler y el presumible que obtendrá la película es una nueva esperanza en una humanidad que, a pesar de verse subyugada por el materialismo, el desánimo, el ateísmo, la desilusión, la ruindad y la tristeza, sabe que está llamada a una vida más plena, y que esa vida se consigue al abrazar la santidad y al fijar la mirada en el Paraíso.