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martes, 12 de enero de 2021

El flecha Quex

 

   Resulta sorprendente que en estos tiempos, en los que presumimos más que nunca de libertad, menos gozamos en realidad de ella. Por supuesto, aunque podría aludir a muchos otros aspectos, aquí solo me refiero al cinematográfico, que es el que procuro abordar siempre en mi blog. Y es que, en efecto, gracias a internet, hoy parece que podemos acceder a multitud de películas, al mayor catálogo de cintas de la historia…, pero no es así: la censura acecha incluso en la red, que únicamente nos ofrece los largometrajes que podemos ver, no los que queremos ver.

   Y voy a poneros un ejemplo concreto, advirtiéndoos previamente que leáis el texto hasta el final, pues no quiero que me juzguéis antes de tiempo: El flecha Quex (Hans Steinhoff, 1933)[1]. Así es, rodada el mismo año en que Hitler alcanzó el poder en Alemania, narra la historia de un joven que se debate entre pertenecer al Partido Comunista y el Partido Nacionalsocialista. Para ello, asiste a las reuniones clandestinas de ambos, comprobando de primera mano lo que cada uno de ellos tiene que ofrecerle. De este modo, se siente atraído por el ideario nazi, pero como su familia es pobre y obrera, piensa que el comunismo es su mejor opción.

   Lejos de lo que pudiera parecer, la cinta no es un esbozo maniqueo de cada una de las dos opciones (es decir, no es una exaltación del nazismo ni una demonización del comunismo), sino que procura disertar sobre las luces y las sombras de ambos partidos. De este modo, pues, ni los comunistas son tan malos ni los nazis son tan buenos; más aún, en la cinta encontramos escenas que justifican la lucha obrera de los primeros, mientras que condenan la violencia extrema –y hasta el fanatismo– de los segundos. Por tanto, la misma decisión que ha de tomar el joven protagonista entre un bando u otro es la que debe tomar el espectador.

 


 

   Entonces, ¿cuál es el problema? Es cierto que la película se convirtió en el mayor éxito del cine alemán hasta el momento (con más de un millón de espectadores en sus primeras semanas de exhibición), que fue elogiada por Hitler, que Goebbels la consideró su cinta de cabecera y que solía proyectarse en las reuniones de jóvenes nacionalsocialistas, pero ¿acaso eso hace de él un mal largometraje? Ya hemos visto que, pese a esos parabienes de los que fue rodeado por el nazismo, el film no se caracteriza por adherirse a esta ideología, sino que hasta la denuesta en algunos aspectos. Por consiguiente, reitero mi pregunta: ¿cuál es el problema?

   La respuesta es sencilla: la película se grabó en una época de la que hoy abominamos y, por ende, debemos menospreciarla (lo mismo ocurre con el cine español de antes, tildado de franquista, para que el espectador lo desprecie sistemáticamente, sin que entre a valorar si es bueno o malo, si le gusta o no). De esta manera, pues, la cinta es tachada de propaganda nazi –pese a que no lo sea–, se le atribuye un sesgo ideológico que no tiene y, por tanto, se prohíbe de modo tajante su visionado, independientemente de su calidad artística, que la tiene[2]. Esta obsesión por desdeñarla llega hasta el punto de que en Alemania solo puede ser vista por motivos de estudio y siempre bajo la supervisión de un experto (¡!).

   Pero le doy una vuelta de tuerca a mi pregunta: si realmente la película fuese propaganda nazi, ¿por qué no podríamos verla? ¿Por qué podemos ver El acorazado Potemkin y La huelga, que son panfletos soviéticos –y que a mí me encantan–, pero no podemos ni siquiera acercarnos a El flecha Quex o a El acorazado Sebastopol, que fue la respuesta nazi a la genial película rusa?, ¿acaso no somos libres para ver el cine que queramos? ¿Por qué hoy, que podríamos acceder a cualquier producción de la historia gracias a internet, nos tenemos que conformar con el cine que la corrección política nos ofrece? ¿Qué clase de libertad de elección es esa?

   Evidentemente, entiendo que el nazismo no es una ideología encomiable (como tampoco lo es el comunismo), pero estamos hablando de arte –¡el séptimo!–, no de política. Claro que el celuloide alemán de la época estaba vertebrado por el ideario nacionalsocialista (como el ruso lo estaba por el soviético), pero somos lo suficientemente inteligentes como para diferenciar una cosa de la otra: nos interesa el cine –¡incluso el cine que se hacía en esa etapa de la historia!–, no la política que lo propició. Entonces, ¿por qué no podemos acceder a él? ¿Acaso se han derribado los grandes monumentos del Imperio romano, porque este toleró y protegió la esclavitud?, ¿o se han quemado las partituras de Wagner por ser este el compositor favorito de Hitler?, ¿o se han tirado a la basura los retratos de Stalin pintados por Guerasimov?   

   Volviendo a mi queja del principio, pues, me atrevo a decir que hoy no somos tan libres como creemos. Es verdad que podría citar cientos de campos en los que esto queda meridianamente claro, pero me interesa más el aspecto artístico, y en concreto el cinematográfico. Y es que, pese a que las nuevas tecnologías nos podrían favorecer el acceso a todas las películas jamás rodadas a los largo de la historia, nos tenemos que conformar solo con las que nos dicen que podemos ver, no con las que realmente queremos ver. 

 

 




[1] Por supuesto, el título original no es este, sino algo así como El joven hitleriano Quex; sin embargo, en España se apostó por este otro, más acorde con la nomenclatura falangista que aquí imperaba.

[2] Históricamente, además, la cinta tiene mucho peso en el celuloide alemán, pues fue la primera que prescindió del formato teatral en que se habían encasillado las producciones de entonces. Podríamos decir, pues, que es el primer largometraje moderno del séptimo arte germano.

viernes, 29 de noviembre de 2019

El hombre en el castillo


   Por fin ha concluido la serie El hombre en el castillo, así que este es el momento oportuno para hablar de ella. Y es que los aficionados al cine y a la televisión solemos adelantarnos en nuestras críticas a las soaps operas, porque queremos ser los primeros en opinar sobre ellas. Pero ello conlleva un riesgo no pequeño, ya que, en muchas ocasiones, la serie que tanto nos gustaba… ¡termina siendo un bodrio! (¿quién no recuerda los sangrantes ejemplos de Perdidos y Juego de tronos?). Sin embargo, después de cuatro temporadas, podemos decir que, sin ser ninguna maravilla, esta que nos ocupa ha sabido mantener el mismo interés en cada una de ellas, por lo que se trata de una de las mejores apuestas televisivas del momento.




   No es ninguna novedad si decimos que la serie fabula sobre lo que habría ocurrido en Estados Unidos si Alemania hubiera ganado la Segunda Guerra Mundial y se hubiera repartido el país con el Imperio japonés. En esta tesitura, donde los nazis y los japos campan a sus anchas por las calles de Nueva York, surge una resistencia (¿qué película o serie de nazis sin ella?) que pretende recobrar la libertad de su pueblo. Pero la historia no solo presenta las desventuras de este grupo de insurgentes, sino también las problemáticas personales de los malos, que son el gobernador militar John Smith (Rufus Sewell)  y el inspector de policía Kido (Joel de la Fuente). 




   Para empezar, debo decir que yo me leí la famosa novela en la que se basa la serie hace ya mucho tiempo. Su autor, Philip K. Dick, es un reconocido escritor de ciencia ficción que siempre ha cautivado mi interés, porque ha sabido mezclar sabiamente distopía, religión y filosofía a partes iguales (aún recuerdo con mucho gusto el cartesianismo implícito de ¿Sueñan los androides con ovejas electrónicas?). Pero también ha sabido captar el interés de las majors hollywoodenses, que no han dudado en sacarle réditos a sus mejores novelas: Desafío total, Blade Runner, A Scanner Darkly, Minority Report… e incluso Electric Dreams, una serie fantástica de la que podéis gozar en Amazon Prime.




   Sin embargo, y a diferencia de lo que pudiera parecer en un primer momento, la novela no me pareció la mejor obra de su autor, incluso me pareció francamente mala. El motivo era que, pese a plantear un contexto sugerente (la victoria de los nazis en la Segunda Guerra Mundial y su posterior conquista de los Estados Unidos), se enzarzaba en demasiados problemas que hacían perder el hilo. Y así, lo que podría haber sido un estudio serio sobre dicha distopía, se convertía en una mera historia detectivesca sin mucho sentido. En su prólogo, el mismísimo Dick aseguraba que había procurado reflejar fielmente ese mundo imaginario dominado por el nacionalsocialismo, aunque lo cierto es que no se percibe. Por tanto, y a mi juicio, donde mejor se evidencia la mano del autor es en las disertaciones filosóficas y existenciales, que siempre son su mejor baza.




   Probablemente, los creadores de la serie hayan sido conscientes de estas carencias, por lo que han procurado corregirlas con indisimulada habilidad. Y así, en este sentido, lo más destacable es su diseño de producción, puesto que, donde la novela solo postulaba sutilmente la dominación nazi, aquí es mostrada con absoluta claridad: esvásticas por doquier, rituales nacionalsocialistas, redadas, persecuciones, idolatría constante del Führer, adoctrinamiento en los colegios, etcétera. De este modo, aquellos han imaginado por nosotros (¡y mucho mejor que Philip K. Dick!) cómo habría sido un mundo bajo la dominación hitleriana…, y dudo mucho de que se hayan apartado de la terrible realidad. Otro factor de importancia han sido los personajes, mucho mejor acabados que en la novela: a destacar, el de Juliana Crain (una más que aceptable Alexa Davalos) y el de John Smith (un fantástico Rufus Sewell, al que le había perdido la pista desde… ¡Dark City!). 




   Pero, por desgracia, no ha sabido suplir todos los errores del texto original… e incluso ha creado alguno que, inexistente en este último, ha enrevesado indebidamente la trama. Entre los primeros, debemos indicar el excesivo protagonismo de los japoneses. Y es que, sin lugar a dudas, la serie habría avanzado mejor sin la presencia de estos últimos, cuyos complots y giros argumentales no interesaban a nadie y eran presentados como elementos secundarios y, por tanto, innecesarios (si los malos solo hubieran sido los nazis, la ficción habría tenido más fuerza…, y eso que el personaje de Kido resulta, cuanto menos, fascinante). Respecto de los errores “creados”, debemos destacar los viajes interdimensionales, que son acertados en cuanto reflejan las ambiciones de los respectivos bandos (la libertad en el de los rebeldes, el ansia de conquista en el de los nazis, el anhelo de “otra vida” en el de John Smith, etcétera), pero completamente prescindibles para el desarrollo del guion.




   Por todo ello, y como decíamos al principio, se trata de una serie que, sin ser una maravilla, ha sabido situarse en el podio de las producciones televisivas actuales. Sus cuatro temporadas no solo no decaen en ningún momento, sino que van mejorando progresivamente, hasta alcanzar un final (heredado de Encuentros en la tercera fase) que, sin ser tampoco antológico, resulta bastante digno. No le pidáis peras al olmo, pero disfrutad de su sombra, porque, en esta canícula artística que estamos padeciendo, es de lo más agradable que vais a encontrar.




martes, 22 de mayo de 2018

Dos coronas

   Es probable que muchos católicos solo conozcan a san Maximiliano María Kolbe por su martirio, es decir, por aquellas lentas horas de intensa agonía que padeció después de haber intercambiado su vida por la de un recluso de Auschwitz, donde él también se hallaba preso. O quizás también lo conozcan por la devoción que le profesaba san Juan Pablo II, el papa que lo elevó a los altares en octubre de 1982 ante una multitud llegada de Polonia, patria del mártir y del pontífice. A lo mejor también lo recuerdan por su fundación, la Milicia de la Inmaculada, destinada a la conversión de los pecadores, especialmente de los masones, y a servir a Dios a través de la Virgen María (con este fin, portaba siempre la Medalla Milagrosa y repetía una y otra vez la famosa jaculatoria grabada en ella: "Oh María, sin pecado concebida, rogad por nosotros, que recurrimos a vos"). Sin embargo, es posible que muchos de ellos ignoren los rasgos de su infancia, así como su pasión por el Evangelio y la vida consagrada, o el innovador uso que les otorgó a los medios de comunicación de su época, y hasta es seguro que desconocen sus inventos, unos sorprendentes artilugios que lo situaron más cerca de nuestro tiempo que del suyo. Con el propósito, pues, de dar a conocer estos datos, nace esta película, una hábil mezcla de imágenes reales del santo, recreaciones muy cuidadas de su biografía y reveladoras entrevistas que nos acercan a su figura.




   San Maximiliano Kolbe nació el 8 de enero de 1894, en el seno de una familia humilde de Polonia. Desde pequeño, sintió gran devoción por la Virgen María, que se le apareció en una visión para advertirle de que, en el futuro, sería coronado con la doble palma: la de la pureza y la del martirio (de ahí el título de la obra). En 1910, ingresó en el seminario que la orden franciscana abrió en su ciudad, pero hasta 1918 no sería ordenado sacerdote. Durante sus formación universitaria en Roma, presenció las manifestaciones anticatólicas que la masonería estaba llevando a cabo a la sazón con motivo del segundo centenario de su fundación, por lo que fue entonces cuando sintió la necesidad de organizar una milicia que la combatiera mediante la oración, la santidad y la formación. Para lograr este último objetivo, fundó una revista muy conocida, el "Caballero de la Inmaculada", que alcanzó la friolera de tres millones de ejemplares y que se distribuyó por toda Polonia a lo largo de varios años; en ella, no solo animaba a la oración, sino que presentaba la actualidad cultural y científica del momento. En este sentido, podemos destacar dos aspectos que quizás sorprendan al espectador: por un lado, su interés por el cine, del que dijo que podía transmitir mucho bien, si se usaba adecuadamente; por el otro, su curiosidad por la ciencia, que lo llevó a diseñar una nave espacial, una máquina del tiempo (el heteroplano) y hasta una estación orbital muy similar a la que hoy circunda nuestro planeta. También fundó la Ciudad de la Inmaculada, un convento ubicado en Varsovia que albergó a más de setecientos frailes y desde el que se distribuía la citada publicación periódica.

   Pero esta pasión que sentía Kolbe hacia el Evangelio, la santidad y la vida consagrada lo impulsó a trascender sus propias fronteras, puesto que, en 1930, pidió viajar a Japón para fundar allí una Ciudad de la Inmaculada, que sería consagrada exclusivamente a la misión. El lugar elegido para tal efecto fue la ciudad de Nagasaki, en honor de los mártires que derramaron su sangre en suelo japonés durante la persecución del siglo XVII. A este respecto, debemos señalar que, gracias a la película, el espectador descubrirá que el santo profetizó la caída de la bomba atómica en dicho municipio, puesto que desechó una primera ubicación del convento al intuir que este sería arrasado años después por la acción de una bola de fuego... (curiosamente, cuando su vaticinio se cumplió, el único edificio que quedó en pie fue su Ciudad de la Inmaculada, que había sido construida en un lugar más apartado). Cuando volvió a Polonia, regresó al convento que él mismo había fundado, pero fue detenido por el régimen nacionalsocialista, que lo internó en el fatídico campo de concentración de Auschwitz; allí se consagró al cuidado de lo más necesitados y hasta compartió su escasa ración de comida con los demás, un gesto que rubricó con la entrega de su propia vida en favor de uno de los presos el 14 de agosto de 1941, víspera de la Asunción de la Virgen María. En la película, el espectador podrá escuchar el testimonio de uno de los pocos supervivientes de aquella masacre, Kazimierz Piechowski, que conoció en persona a san Maximiliano Kolbe y de quien recibió una única palabra, pero cargada de consuelo: esperanza.




   Como hemos señalado, la película mezcla con certera habilidad las imágenes reales de Kolbe, las recreaciones que nos lo acercan y las entrevistas de los expertos en su figura, por lo que se trata de un documento único y muy apropiado para conocer a este santo que, hasta el momento, y para el gran público, ha pasado casi inadvertido. Por desgracia, la película contará con una distribución muy limitada, por lo que indicaremos las salas donde se podrá disfrutar de ella, con el propósito de que sean muchos los espectadores que acudan a ellas y, de este modo, tenga más recorrido:

•MADRID: *Cine PAZ* 16:25; 18:45 y 21:50. *CONDE DUQUE GOYA* 16:00. *CONDE DUQUE SANTA ENGRACIA* 18:00. *CONDE DUQUE ALBERTO AGUILERA* 20:00. *HERON CITY LAS ROZAS* 17:00 (viernes y sábado); 12:00 (domingo). *LA DEHESA CUADERNILLOS (Alcalá de Henares)* 17:00 y 19:00.

•TOLEDO: *OLIAS DEL REY* 20.00; 21.55 y 23.45.

•VALENCIA: *ABC PARK* 16:30 y 20:30.

(Artículo publicado originalmente por su mismo autor en Infovaticana)




domingo, 4 de marzo de 2018

Europa, Europa

   Los lectores más asiduos del blog ya se habrán percatado de que este no es un mero espacio semanal en el que se analizan diferentes películas de actualidad o, esporádicamente, un clásico del séptimo arte; aunque este propósito también esté presente de vez en cuando en algunos de sus artículos, la razón por la que fue creado es el de la reflexión a través del cine, como por otro lado ya desvela el título que le impuse: "Reflexiones de un páter cinéfilo". En efecto, considero que, a través de la pantalla grande, podemos elaborar pensamientos e ideas que nos ayudan a comprender la realidad política, social y religiosa que nos rodea, puesto que el cine no deja de ser un reflejo de los intereses del momento (alguna vez, incluso se adelanta a estos); sin embargo, y como también indica su título, son reflexiones particulares que yo extraigo de determinados filmes, por lo que el lector puede o no puede estar de acuerdo con ellos.

   Digo esto, porque el asunto que hoy traemos a colación es sin duda espinoso. En efecto, esta semana me gustaría esbozar un breve panorama de lo que se está viviendo en Cataluña, concretamente en las aulas escolares catalanas; para ello, me voy a servir de una película muy conocida, Europa, Europa (Agnieszka Holland, 1990), que retrata las desventuras de un joven judío en la Alemania nazi. En un principio, puede sorprender la elección, puesto que la problemática en dicha región española no parece tener nada que ver con un film que versa sobre el Holocausto; sin embargo, procuraré demostrar que no solo tiene mucho que ver, sino que también retrata casi al dedillo algunas de las esperpénticas situaciones que allí se están viviendo. En concreto, hay en la película una escena que hoy se ha hecho común en los colegios catalanes: aquella en la que el joven protagonista va a clases por primera vez junto a las juventudes hitlerianas.

   Si recordáis, en la escena en cuestión, el joven protagonista descubre cómo el profesor, titulado en Historia, comienza a impartir una clase en la que ayuda a sus alumnos a reconocer a un judío (recordemos que el protagonista... ¡es judío!): para ello, afirma que los judíos son abominables, feos, con narices grandes y usureros; además, procura imitar los andares de los judíos, que, según él, son como los de los brujos o como los de cualquier monstruo que podamos imaginar (a cada uno de estos factores, por supuesto, los adoctrinados alumnos abuchean a lo que el profesor intenta remedar). En un buen alarde técnico, la descripción es entreverada por primeros planos del protagonista, que, evidentemente, no se parece en absoluto a lo que aquel profesor está describiendo; unos primeros planos que, sin embargo, indican al espectador el terror del protagonista, que ve cómo se enseña en los colegios a odiar a los de su raza y, por ende, a él mismo. Pero el colmo de esta situación llega cuando el pobre judío es sacado al estrado y es sometido a un intenso estudio frenológico, para determinar la pureza de su sangre mediante la forma de su cráneo: aunque el profesor resuelve que no se trata de un individuo completamente puro, informa a los demás que sí es un buen alemán, ya que no se halla en él una sola gota de sangre judía. 


 

   Como he dicho arriba, esta escena no se puede parecer más a lo que hoy están viviendo los pobres alumnos en los colegios catalanes. En efecto, estos, que solo deberían consagrases a la instrucción académica y cívica, se han convertido en terribles campos de adoctrinamiento político, donde se enseña a los pupilos a odiar España. Para ello, solo hay que echar un vistazo a los libros de Historia que allí manejan, donde se miente a los alumnos diciéndoles, entre otras muchas cosas, que ellos fueron un reino libre (los famosos y manidos Países Catalanes), pero que perdieron su autonomía por culpa de España; o bien, a deplorar todo lo español, usando para ello la lengua catalana (en la Alemania nazi, era cuestión de raza o religión; en la Cataluña de hoy, de idioma). O uno tiene que bucear muy poquito en los vídeos que circulan por internet, para descubrir cómo, igual que el profesor de la película, los tutores catalanes (que son muy valientes delante de niños de cinco o seis años) ridiculizan lo español, haciendo sorna de su manera de hablar o de comportarse (en este sentido, los andaluces nos llevamos la palma, pese a que gran parte de Cataluña esté formada por emigrantes de Andalucía).  

   Pero esto, que ya es de por sí terrible, me sobrecoge aún más cuando veo que ese desprecio hacia lo español se manifiesta incluso en la vida interna del aula. Ciertamente, ya todos habremos visto los vídeos en los que los profesores relegan a los alumnos que hablan español o que son hijos de policías y guardias civiles: como si fueran los judíos de la época nazi, ellos son señalados con símbolos que denotan su procedencia, con el propósito de ser ultrajados por sus compañeros (luego se les llenará la boca al hablar de libertad y de respeto). Pero todo esto, con el beneplácito de los docentes, que estarán orgullosísimos de descubrir, cual frenólogos aficionados de la cinta, a los catalanes de pura raza. Así que los pobres "españoles", que es el título despectivo (sic) que usan los colegios catalanes para referirse a estos mártires del idioma, como el protagonista de la película, verán con terror cómo se insulta a sus familias y a ellos mismos... ¡sin que pase nada! Es más, incluso tendrán que pedir disculpas por ser español (o ser judío, según lo que estamos viendo de la película).

   Evidentemente, todo esto desemboca en la persecución racial que relata Europa, Europa, y lo estamos viendo a diario: se señalan los comercios de la gente que habla español (¿recordáis las estrellas judías en los escaparates?), se persigue a las personas que no se adscriben al credo catalanista (¿recordáis los centros de internamiento nazi para disidentes?), se disculpa la violencia perpetrada por los catalanes hacia los españoles (¿recordáis a aquellas pobres chicas que fueron apaleadas por vestir la camiseta roja y gualda?), y un largo etcétera. En este sentido, la cinta deja bien claro que el sentido común se forja en la familia (el protagonista, como debe sobrevivir, intenta disimular su circuncisión y comportarse como un buen alemán, pero en el fondo tiene presente su raíz y procura cuidar de ella); pero, en la Cataluña de hoy, no existe ese refugio frente al adoctrinamiento, ya que son los propios padres los que visten a los niños de esteladas (que es la nueva esvástica) o los que los colocan en las autopistas el día de la huelga (aquí). Si hoy se rodara El triunfo de la voluntad (Leni Riefenstahl, 1935) en Cataluña, cambiando lo que haya que cambiar, estos mismos padres llevarían a sus hijos a los cines, para que aplaudiesen el adoctrinamiento que deberían evitar.


   

   El Gobierno español ha tenido una oportunidad de oro para destruir el adoctrinamiento catalanista: el famoso artículo 155 de la Constitución. En efecto, este, que permite la suspensión de la autonomía de una región española disidente, ha sido aplicado con cobardía, ya que no ha incidido en el auténtico problema, que es la educación. Como hemos visto, el odio a España se fragua en los colegios, enseñando a los niños una historia falsa y, en consecuencia, animándoles a que señalen con el dedo a los que no hablen catalán (los padres de hoy son los que estudiaron en esos mismo colegios, donde ya fueron adoctrinados, aunque tal vez no de la manera tan salvaje de ahora). ¿Cómo se va a pretender un respeto y una convivencia entre los españoles, si desde pequeño te están diciendo que no somos iguales?, ¿cómo va a estar uno tranquilo en su casa, si temes que entren en ella para ultrajarte, con el beneplácito de los políticos independentistas?   

   Como decíamos arriba, esto es solo mi opinión, que es a su vez opinable. Por supuesto, la cinta que hoy hemos analizado no versa sobre el problema en Cataluña, pero sí que nos recuerda lo que nos jugamos en la educación. Por este motivo, afirmaba que el cine nos puede enseñar e incluso advertir, ya que, como ocurre en las escenas finales de la película, donde los soldados alemanes defienden una posición abocada al fracaso, si la educación en los colegios catalanes continúa esta senda de adoctrinamiento, acabará con una Cataluña hundida y arruinada, aunque con muchos catalanes defendiendo que son los mejores y que la culpable de su ruina es España y no ellos.


     

domingo, 15 de enero de 2017

Los niños del Brasil

   Sin duda, la noticia de esta semana ha sido la campaña en favor de la transexualidad infantil que se ha promovido en el País Vasco y en Navarra (aquí). En ella, es posible ver a un grupo de niños de sexo tergiversado que, cogidos de la mano, rubrican el lema que los acompaña: "Hay niñas con pene y niños con vulva: así de sencillo". Por suerte, varios medios de comunicación se han hecho eco de la mentira (y de la malicia) de este aserto, y, sobre todo, han contradicho científicamente los datos que parecen respaldarlos (aquí); asimismo, ha suscitado el desprecio de una sociedad que ya está cansada de soportar tanta manipulación ideológica (aquí). Pues esta es la verdad que subyace tras dicha operación publicitaria.

   Lamentablemente, no he sido capaz de recordar ninguna cinta que refleje la manipulación social que estamos viviendo (tal vez se deba a que ningún cineasta imaginó jamás que esta corrompería la inocencia infantil). Pero esta campaña sí que me ha traído a la memoria un film de temática similar: Los niños del Brasil (Franklin J. Schaffner, 1978). En esta película. el profesor Mengele, instalado en Paraguay tras la Segunda Guerra Mundial, experimentaba con unos niños para crear un nuevo Adolf Hitler. Con este propósito, pretendía la resurrección del Imperio alemán y la supremacía indiscutible de los arios sobre las demás razas de la tierra. Desconozco si los nazis experimentaron alguna vez con la sexualidad de los niños, pero la idea que hay detrás de esta ideología de género no se aleja mucho de sus postulados.




   Ante todo, deberíamos recordar quién era Josef Mengele (1911-1979). Se trataba de un médico y antropólogo germano que se afilió muy pronto a los dictados del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (más conocido entre nosotros como Partido Nazi). Durante la Segunda Guerra Mundial, trabajó en el funesto campo de concentración de Auschwitz, donde llevó a cabo numerosos experimentos pseudeocientíficos que pretendían demostrar la superioridad aria. Pero estas no fueron las únicas pruebas que ejecutó, sino que también mostró interés por la supuesta vinculación psicológica que unía a los hermanos gemelos y por el estudio de las malformaciones humanas. En el fondo, sus proyectos no estaban causados por una preocupación intelectual, sino por un oscuro sadismo. Esto lo evidencian sus ensayos con niños: en ellos, solía inyectar productos químicos en  los ojos de estos últimos con el fin de tornarlos azules, o coser unos a otros con el propósito de crear siameses. Pese a estas aberraciones, Mengele consiguió huir de los Juicios de Núremberg y refugiarse en Sudamérica, donde vivió hasta su muerte, que lo alcanzó de manera natural mientras nadaba en el mar.

   Pero lo más inaudito de este médico nazi fue su obstinada contumacia. En efecto, a pesar de los años que habían transcurrido desde su participación en el campo de Auschwitz, nunca mostró arrepentimiento; al contrario, mantuvo la tesis de haber servido con lealtad a la causa del imperio nacionalsocialista. Es decir, sojuzgó la ciencia médica, destinada a la salvaguarda del bienestar de la humanidad, con el ideario político del nazismo. Que no experimentase ningún tipo de contrición desde lo días en que ejecutase sus macabras pruebas, queda de manifiesto en que trataba con ternura a sus conejillos de Indias mientras aquellas duraban, pero no vacilaba en quemarlos o gasearlos cuando concluían. Para él, los niños eran un mero instrumento al servicio del partido.




   En la campaña de la transexualidad vista en el País Vasco y en Navarra, nos encontramos con la misma motivación: no importa la salud infantil (en este caso, psíquica), sino el apoyo al ideario de la nueva sociedad. Como hemos mencionado, han aparecido diversos artículos que desmienten todo el entramado que teje esta ideología (aquí y aquí, por ejemplo), pero, al mismo tiempo, han sido menospreciados como falsos o de poca relevancia. La razón es que muestran una verdad incómoda para esta nueva era: sencillamente, la verdad. ¿Cuántos niños nacen con vulva?, ¿cuántas niñas nacen con pene? ¿Acaso esto no es producto de una intervención quirúrgica que nada tiene que ver con la naturaleza de esos niños? Sin embargo, esto no es lo que importa: lo que prevalece es la imposición de una ideología falsa, de una mentira al servicio de un propósito. Al final, quienes han promovido estos carteles han utilizado a los niños para su fin, pero los arrojarán a la cámara de gas o al crematorio cuando ya no los necesiten.

   Mis preguntas son las siguientes: ¿en qué consiste esa nueva sociedad?, ¿cuál es la intención que subyace tras esta ideología?, ¿cómo pretenden que sea esa suerte de imperio alemán que Mengele ambiciona en el film? Supongo que hay un maligno interés gregario, que busca el sometimiento del hombre a sus pasiones e instintos, privándolo de su dignidad y de su libertad. Ciertamente, cuando el sexo es tratado de manera impúdica, todo se deprava y empuja al ser humano a comportarse como un mero animal, que solo anhela satisfacer sus necesidades primarias. De este modo, el adocenamiento es más fácil, ya que los animales carecen de la capacidad de razonar de la que gozamos los hombres. Tampoco descarto la existencia de un provecho económico, puesto que todas esas necesidades son saciadas mediante el dinero (recordemos que la susodicha campaña ha sido financiada por un empresario norteamericano).




   En la película, hay dos frases que resumen perfectamente esta situación, ambas pronunciadas por el doctor Mengele. Por un lado, esta: "Hemos convertido el mundo en un inmenso laboratorio", frase que hemos intentado desgranar a lo largo del texto; por el otro, la siguiente: "Una vez que los padres han cuidado de sus hijos, ya no los necesitamos para nada". En efecto, el gran triunfo de este nuevo orden es haber roto la familia, que es la sede de la libertad, de la identidad y de la dignidad del individuo. En cuanto se ha conseguido que los niños sean arrancados de sus padres, ya son víctimas de estos experimentos sociales; por eso interesa que crezcan rápidamente, que despierten cuanto antes al sexo y que este sea depravado enseguida, para que se pueda corromper su inocencia y esclavizarlos a sus pasiones. Sin embargo, hoy son muchos los padres que ven con buenos ojos este adoctrinamiento, por lo que lo propician en orden al bienestar y a la salud psicológica de su prole: "Si es lo que él quiere..." (aquí).

   Finalizando el metraje, Mengele se dirige al hogar donde inició sus experimentos. Allí, piensa que encontrará al futuro líder del imperio alemán, que él mismo ha cuidado mediante un adiestramiento concreto. Sin embargo, descubre que este no ha respondido correctamente a los estímulos que le había preparado, sino que actúa de forma imprevista. De esta manera, pues, yo deseo que ese reducto de libertad, que toda persona alberga en su interior, no sea eclipsado por el ambiente tan pernicioso que estamos viviendo; espero que esos niños (¡esas víctimas inocentes!) se rebelen contra el aleccionamiento que padecen y descubran así que su auténtica libertad y su verdadera salud psíquica estriban en aceptar su propio género.