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domingo, 18 de febrero de 2018

Altered Carbon

   Esta semana, quisiera hablaros de la última producción de Netflix: Altered Carbon (Laeta Kalogridis, 2018). Como probablemente ya sepáis, se trata de una serie futurista, que nos presenta un mañana en el que la humanidad ha alcanzado la suficiente tecnología para ofrecer la inmortalidad. En efecto, gracias a una pila colocada en la cerviz del usuario, que almacena sus datos idiosincráticos, este puede cambiar de cuerpo siempre que lo desee (o que su economía se lo permita); de este modo, por ejemplo, cuando su funda (que es el nombre, casi peyorativo, que recibe el cuerpo) envejezca, puede optar por colocar su pila idiosincrática en otra, aunque pertenezca a una raza o a un sexo diferentes de los suyos. Sin embargo, lejos de presentar este avance tecnológico como un logro, la serie lo propone como una condena, porque consigue envilecer a los humanos, extrayendo de ellos todo lo malo que albergan. Esta es una idea interesante y que comparto al cien por cien, por lo que os recomiendo que le echéis un vistazo, ya que no quedaréis defraudados.

   Pero la serie tiene también una vertiente que nos puede pasar desapercibida y que, sin embargo, es tan interesante como la que acabamos de describir. En efecto, si os dais cuenta, establece una dicotomía explícita entre el alma y el cuerpo, mucho mayor incluso que la que la gente le suele atribuir (erróneamente) a la doctrina de la Iglesia. Ciertamente, mientras que esta última establece que a cada cuerpo le corresponde un alma, y viceversa (aunque la explicación sea algo más compleja, sabréis entender la brevedad), la serie postula que son dos naturalezas completamente independientes, de manera que, como hemos señalado, el alma puede ser transferida sin problemas a otro cuerpo, aunque este no sea el mismo con el que la persona nació. Evidentemente, detrás de esta tesis se encuentra la transmigración de las almas y la reencarnación, así como el deseo de inmortalidad, que continúa acuciando al ser humano, pese a que este se niegue a admitirlo, porque lo considera parte de la religión. Y es que es justamente aquí donde yo quiero centrar este artículo.




   Nos encontramos hoy en medio de una sociedad que ha abrazado la fe en la ciencia como un nuevo dogma; así, por ejemplo, vemos que mucha gente piensa que Dios no existe, porque esta no lo puede demostrar con datos objetivos. Sin embargo, y paradójicamente, esta confianza en el progreso ha conseguido que dicha gente se vuelva más religiosa, aunque de una manera supersticiosa y, por tanto, errónea; de este modo, vemos que van cogiendo auge expresiones como "si los astros se alinean", "si el universo así lo quiere" o "es cosa del karma", que son, en el fondo, una perversión de nuestro castizo y más real "si Dios quiere" o de la confianza cristiana en la Providencia. Lo que esto nos indica es que el hombre, pese a que haya rechazado a Dios, o lo haya sustituido por una ciencia pretendidamente todopoderosa (el "orgullo cronológico", en palabras de C.S. Lewis, puesto que pensamos que nuestra época supera las demás), está necesitado sin duda de una explicación sobrenatural de su propia existencia: así, cuando alude al karma como fuerza etérea que premia a los buenos y castiga a los malos, está evidenciando en verdad la necesidad de creer en un ser superior a él que haga justicia en un mundo que carece de ella (como rechaza el cristianismo por complejo, acoge esa idea hinduista, que le parece más cool, aunque ni siquiera sepa qué significa exactamente); o bien, cuando hace referencia a las fuerzas invisibles del universo (que deben de ser algo así como la que vemos en La guerra de las galaxias), revela la necesidad de pensar que un ente providencial está cuidando de sus pasos en la tierra. Pero esto adquiere su paroxismo en el deseo de la inmortalidad.

   En efecto, resulta que el hombre, pese a que haya rechazado la idea de un paraíso de ultratumba, sigue albergando dentro de sí el deseo de perpetuarse eternamente. Por supuesto, como dice que no cree en el alma, inventa cosas como la criogenia, a la que cree capaz de preservar el cuerpo de todo tipo de corrupción, con el fin de despertarse cuando lo desee y, de este modo, reanudar su vida en el futuro (¿estará Walt Disney esperando realmente el momento de ser descongelado?); o bien, adopta ideas extrañas de culturas ajenas, como la reencarnación, propia del citado hinduismo, que es otra forma de perpetuarse, aunque aquí en la tierra y no en el cielo (¿os habéis fijado en que los reencarnados occidentales siempre han sido grandes personalidades en el pasado, que nunca han sido perros callejeros, gatos famélicos, ni protozoos solitarios? Y es que el hinduismo propone que uno puede reencarnarse en cualquiera de estas cosas, ya que depende del grado de moralidad que hayas ostentado en la vida anterior... Pero eso no le gusta a la mentalidad de Occidente, que prefiere haber sido tabernero en un prostíbulo antes que alcornoque en el campo o que alacrán en el desierto). En este sentido, la serie propone un nuevo argumento a la inmortalidad, aunque barnizado esta vez por esa capa de dogmática fe en la ciencia que hoy nos rodea: la pila idiosincrática, que, como hemos dicho, es capaz de recopilar la personalidad del individuo y, por tanto, de ser usada en un cuerpo diferente (esta idea ya fue utilizada en Chappie, una producción cinematográfica en la que las personalidades de cada uno eran transferidas a robots evolucionados).


   

   Pero reconozco que esto me sorprende muchísimo, puesto que contradice la nueva religión científica a la que estamos aludiendo: a ver, si el hombre solamente es cuerpo, como afirma uno de sus dogmas (¿copiado, por otro lado, de la Biblia: "Recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás"?), y que, cuando este muere, se convierte exclusivamente en pasto de los gusanos (o en partículas carbonizadas que pululan por el aire que respiramos, que eso de la incineración está muy de moda actualmente), ¿cómo es posible que hoy se otorgue credibilidad a una sustancia espiritual (la personalidad) que trasciende la materia? Si solo somos materia, es imposible que exista ese sustrato espiritual, puesto que estaríamos hablando de un salto cualitativo u ontológico que aberra por definición los mandamientos de la ciencia contemporánea. Otro ejemplo puede ser encontrado en el día a día, principalmente en lo que a las relaciones amorosas se refiere: en ellas, hay personas que se enamoran indistintamente de hombres y mujeres, porque afirman que les gusta la persona, no el físico (la "funda", ¿recordáis?), por lo que vuelven a establecer una dicotomía entre alma y cuerpo mayor que la que dicen que promueve la Iglesia (por supuesto, muchas de estas personas dirán que no existe el alma, aunque en la práctica, como vemos, hagan justamente lo contrario). Particularmente, yo solo soy capaz de explicar estas contradicciones mediante la evidencia: aunque el ser humano de hoy niegue en su mayoría la existencia del alma y, por ende, la de Dios, sus anhelos, su voluntad, su entendimiento, sus más profundos sentimientos, sus recuerdos y etcétera, le demuestran que no es únicamente un trozo de carne, sino que esta está unida a una sustancia espiritual, que lo enraíza a Dios (el problema es que, como no quiere verlo, encuentra constantemente estos sustitutos de los que aquí nos hemos hecho eco, pero que no terminan de satisfacerlo, porque son ídolos falsos).  

   Como decía arriba, otra cosa que me ha gustado de la serie es su negativa visión de la inmortalidad como elemento exclusivamente terrenal. Es decir, como el hombre puede perpetuarse hasta el infinito en sucesivos y distintos cuerpos (siempre que su economía se lo permita), no tiene miedo de un juicio divino que valore sus actos; de este modo, termina cayendo en las más abyectas perversiones de toda índole, demostrando una vez más que el hombre no es ese ser bueno por naturaleza que decían los ilustrados, sino el ser malo que requiere de la redención y del ejemplo del Hijo de Dios (además, el alma humana sigue envileciéndose, a pesar de que cambie de cuerpo, porque acumula sus actos pasados). En este sentido, los más cinéfilos recordarán el impagable plano final de El retrato de Dorian Gray (Albert Lewin, 1945), una imagen del cuadro del título (rodada a color, mientras que el resto del film era en blanco y negro) donde podíamos ver la perversión anímica de su protagonista; y los más lectores, la inmortal obra de Tolkien, donde afirma que los elfos sienten envidia de los hombres, puesto que han sido bendecidos con el don de la muerte (sic).


 

   Como resumen, me gustaría indicar que se trata de una excelente serie de televisión, que, no obstante, y de manera misteriosa, ha recibido malas críticas por parte de los especialistas. Desconozco el motivo de esto último, puesto que también deja en muy buen lugar el manido género de la ciencia ficción, mezclado tantas veces con la fantasía, que se ha pervertido irremediablemente para los que nos consideramos admiradores suyos (¡vuelve de entre los muertos, Philip K. Dick!). Es posible que los más puristas crean que se trata de una copia de la magistral Blade Runner (Ridley Scott, 1982), por su estética ciberpunk, pero yo creo que es más bien un sentido homenaje a este film y que, por supuesto, habría superado con creces como secuela televisiva a la plúmbea y pretenciosa Blade Runner 2049 (Denis Villeneuve, 2017). Tal vez los espectadores deseaban mayor espectacularidad que la que ofrecen sus episodios, porque estos se centran más en relatar la investigación que lleva a cabo su protagonista (otro homenaje más a la mítica peli de Scott) que en los efectos especiales que hoy proliferan en nuestras pantallas.

   En cuanto a todo lo que hemos tratado, tampoco sé si su creador (o el autor de la novela en que se basa) comparte con rotundidad todo lo que aquí he expuesto; sin embargo, estoy convencido de que aprobaría la mayor parte, puesto que no deja de proyectar en el futuro algo que estamos viviendo en el presente (otro elemento significativo: la religión en la serie es ocultada y hasta vilipendiada, mientras que acoge sus dogmas como cánones morales de la sociedad laica en la que se ha convertido el mundo, ¿os suena?). Echadle un vistazo, porque no creo que os defraude: os mostrará un porvenir desalentador, en el que el ser humano quiera vivir eternamente, porque no cree que haya un Dios que lo acoja, aunque en el fondo esté deseando que exista; un porvenir que, sin embargo, está hoy más presente que nunca.




domingo, 5 de febrero de 2017

Manchester frente al mar

   Hace unas semanas, afirmábamos que nos encontramos en un período propicio para el buen cine de actualidad (aquí). El motivo es la inminente ceremonia de los Óscar, donde se premia a la mejor película del año. Para formar parte de esta gala, pues, las grandes productoras se reservan estos meses para estrenar sus largometrajes más acariciados. Asimismo, y con esta intención, suelen rodearlos de los factores que habitualmente gustan a los miembros de la Academia, sus anfitriones: corte clásico, actores consagrados, revisionismo histórico y valores norteamericanos.

   Curiosamente, la película que hoy nos ocupa no cumple ninguno de los citados requisitos. Sin embargo, ha entrado en la lista de candidatas al mayor premio otorgado en Hollywood (además de haber obtenido otras cinco nominaciones). El motivo tal vez estribe en su correcta manufactura o en la tragedia que palpita en el fondo de su metraje, más intensa que la del propio guion. Si se trata de esto último, no deja de ser una llamada de atención acerca del inmenso vacío que experimenta el hombre actual. 




   Lee Chandler (Casey Affleck) es un conserje de Boston. Cierto día, recibe una llamada telefónica de su ciudad natal, Manchester, en la que le informan del fallecimiento de su hermano. Rápidamente, se pone en camino hacia allí, puesto que debe organizar el funeral y todo lo relativo a la herencia. Aunque al principio se muestre preparado para asumir cualquier circunstancia, rechaza toda responsabilidad sobre su sobrino. El motivo es que arrastra una tragedia pasada que le impide hacerse cargo de él.

   Como hemos indicado, la película manifiesta claramente su amargo dramatismo, algo que la separa de los gustos de Hollywood a la hora de entregar el Óscar. Para ello, presenta unas actuaciones frías, una fotografía pausada y una música apenas audible (a excepción del momento culminante del metraje, que es acompañado por el famoso adagio de Albinoni). Asimismo, y para reflejar el estado anímico del protagonista, no duda en ofrecer un Manchester grisáceo y nevado, diáfanas alegorías de la pesadumbre y la tristeza. Pero, como anunciábamos, la verdadera tragedia se oculta detrás de estos fotogramas.




   En efecto, la película versa realmente sobre una persona que es incapaz de perdonarse. Este es el motivo por el que, a lo largo del metraje, vemos que no acepta la triste situación que le sobreviene. La muerte de su hermano, por tanto, se le presenta como un drama irresoluto, como un enigma que añade mayor dramatismo a su desdichada existencia. La soledad y el amargor, por consiguiente, se levantan frente al protagonista como un insalvable muro que nadie puede derribar. Incluso cuando tiene la oportunidad de redimirse, la desprecia, puesto que su pena es más profunda que el deseo de liberarse de ella.  

   Precisamente, esta tragedia remite a la necesidad humana de redención. Ya que el hombre es un ser imperfecto y que no actúa conforme al bien que anhela, ora por error, ora por mala intención, clama por la compañía de alguien que lo perdone y que lo guíe. Por desgracia, muchas veces no encontramos quien supla estas carencias, ya que todos se encuentran en la misma situación que nosotros; o bien, como el protagonista de la cinta, nos aferramos a un dolor del que no queremos desprendernos. 

   El cristiano, sin embargo, sabe que esa necesidad es cubierta por Dios. Este, en efecto, enviando a su Hijo, consiguió perdonarnos incluso aquello que nosotros no somos capaces de olvidar. Asimismo, nos concedió el guía imprescindible de nuestra propia existencia. Por tanto, ya no estamos solos en este mundo ni la desesperación tiene cabida, pues incluso la muerte ha sido dotada de un sentido escatológico.




   Al final, es cierto, la película entreabre una puerta a la esperanza, puesto que resalta el valor de la familia. Sin embargo, este es incompleto si no está cohesionado mediante la fe. Ciertamente, pese al amor que experimentamos en el seno familiar, este puede ser quebrado a través del egoísmo o de cualquier otro tipo de mal, como también insinúa el film. En definitiva, pues, quien suple la soledad del hombre, cura sus tristezas e incluso mantiene unida a la familia es el Dios ausente de esta cinta.

   Pese a todo, el largometraje es correcto, aunque imperfecto. Se trata de un buen film, aunque no es magistral. Por eso resulta extraño que la Academia de Hollywood se haya fijado en él. Tal vez, el motivo sea que hace un preciso detalle de la soledad humana y que esta, en el fondo, sea más una urgente llamada de atención a buscar el consuelo que andamos buscando. Este consuelo es ese Dios que guarda silencio durante la proyección y, quizás por eso, los miembros de aquella quieran hacernos ver cuánta necesidad tenemos de Él.


    

domingo, 2 de agosto de 2015

Stephen Hawking ya cree en Dios


   No podemos negar que las revistas de actualidad social son una fuente de información permanente, a pesar de que suelen ser deploradas por su pretendidamente escaso nivel cultural y por los establecimientos en los que pueden ser encontradas, como peluquerías, salones de belleza y algún revistero de hogar perdido bajo el televisor o junto al sofá. Para apoyar esta tesis, debo decir que recientemente leí en una de ellas el siguiente titular: “Stephen Hawking busca extraterrestres” (Pronto, número 2 256, 1 de agosto de 2015, página 87). Sin duda, el encabezamiento explicita la noticia, la cual detalla en un solo párrafo que el reputado astrofísico quiere dedicarse ahora a dicha investigación. Aunque en un principio este texto pasa desapercibido entre tanta novedad cardíaca, es más relevante de lo que parece, y no por la búsqueda de inteligencia alienígena a la que se ha consagrado aquel, sino por el manifiesto declive de una carrera que va haciendo aguas.

   Todo el mundo es consciente de hasta qué punto Stephen Hawking ha negado con rotundidad y empeño la existencia de Dios, pues, amparándose exclusivamente en la ciencia de la que es experto, ha afirmado en no pocas ocasiones que esta es capaz de corroborar que Aquel no es más que un cuento, o la proyección de los anhelos de una humanidad necesitada de una razón que dé sentido a su presencia en el vasto universo que la rodea. A pesar de estas ideas, el Vaticano siempre le ha tendido una mano amigable, esperando entablar con él un diálogo que lo lleve a comprender que la fe en Dios no es contrapuesta al campo que él domina; así, tanto san Juan Pablo II como Benedicto XVI han confiado en su erudición para ilustrar en sendos congresos los tenebrosos orígenes del espacio y del tiempo. Sin embargo, él nunca ha aceptado dichas invitaciones como una manera de debatir acerca del particular, sino como un modo de burlarse del credo de la Iglesia (allá por la década de los ochenta, cuando concluyó la intervención en la que afirmaba que el universo no necesitó de la injerencia divina para formarse, bromeó diciendo que, si el papa hubiese entendido sus palabras, lo habría entregado a la Inquisición…).

   Hawking defiende sin pudor alguno que el hombre no es más que una mera casualidad en un inmenso y azaroso vacío, y que, por consiguiente, no debe buscar sentido alguno a su existencia (aquellos que hayan visto La teoría del todo recordarán que este título hace referencia a su obsesivo empeño por hallar la ecuación que demuestre que todas las cosas, incluido el hombre, provienen de un mismo origen, que es netamente físico). Esta hipótesis puede resultar atractiva para jóvenes ateos que piensen que la fe en Dios es un lastre para el desarrollo de la ciencia, como la misma película apunta; sin embargo, son escasos los que se han parado a pensar en sus fatales resultados. En relación a esto, el citado pontífice san Juan Pablo II asevera lo siguiente: “El ateísmo teórico y práctico que serpea ampliamente; la aceptación de una moral evolucionista desvinculada totalmente de los principios sólidos y universales de la ley moral natural y revelada, pero vinculada a las costumbres siempre variables de la historia; la insistente exaltación del hombre como autor autónomo del propio destino, y, en el extremo opuesto, su deprimente humillación al rango de pasión inútil, de error cósmico, de peregrino absurdo de la nada en un universo desconocido y engañoso, han hecho perder a muchos el significado de la vida y han empujado a los más débiles y a los más sensibles hacia evasiones funestas y trágicas”.

   Como un profeta de su propia desdicha, el erudito Hawking se ha visto envuelto en las aciagas palabras del papa, pues, en su ansia por demostrar que la vida carece de sentido y que Dios no es más que una encarnación de las menesterosas aspiraciones humanas, ha encontrado un sustituto perfecto de la imagen divina que él tanto denuesta: los extraterrestres. Así que aquí tenemos al pobre Stephen luchando por hallar una prueba que confirme que no estamos solos en el universo, porque ello significaría que ese azar que idolatra se habría repetido en otros puntos del infinito y frío espacio, algo que desbancaría al hombre de su privilegiado lugar en la creación. Y esos alienígenas, pues, serían una suerte de seres divinos que albergarían todo el conocimiento que conforma el cosmos, igual que los que aparecían al final de la recuperable Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal, convirtiéndose, así, en el Dios del que el astrofísico ni siquiera quiere oír hablar.

   Finalmente, todo se reduce a una estrechez de miras de un hombre que, enfadado con Dios, ha creado una religión adaptada a su manera de entender el mundo, que tiene como credo un laicismo científico galopante y, como aspiración última, un contacto definitivo y glorioso con los nuevos dioses que rigen los destinos de los hombres, aquellos que habitan planeta lejanísimos y que, por ser más evolucionados que nosotros, tienen mucho que enseñarnos. Es verdad que esta idea no es nueva, pues el cine ya se hizo eco de ella en Contact, por ejemplo, película a la que dedicaremos un artículo especial, pero cada vez me produce más pena que vaya calando tan hondamente en el sentir humano, pues demuestra a todas luces que la humanidad necesita con urgencia la presencia de Dios; sin embargo, como no hay día en que no se intente demostrar su inexistencia, el hombre ha dejado de creer en Él y lo ha relegado a favor de esos seres mensurables, a los que, no obstante, arrogamos características propias de deidades benévolas, pues necesitamos que alguien todopoderoso y misericordioso vele por nosotros y dé sentido a una vida que sin él sería absurda.   

viernes, 26 de junio de 2015

El problema del hombre


   Con el fin de preparar el inminente estreno de Terminator: Génesis, y para hacer honor al curioso título con que esta se nos presenta, he recorrido los orígenes de la saga, viendo de nuevo las cuatro películas que hasta el momento la componen, cosa que no hacía desde que vi en el cine la última de todas ellas. Esta es una buena costumbre, pues no solo refresca la memoria del espectador de cara a la siguiente entrega, sino que también le ayuda a acercarse a aquellas con la madurez y la experiencia que le otorga el inexorable paso del tiempo; así, en películas que podría presuponer trilladas, es capaz de descubrir aportes que pasaron inadvertidos en un primer visionado, pero que ahora se le abren ante los ojos como inéditas versiones de la misma historia.

   Como es sabido por todos, Terminator postula que, en un futuro no muy lejano, los hombres se deberán enfrentar a las máquinas, que, tras una guerra nuclear instigada por ellas mismas, tendrán como único objetivo la dominación total del planeta. Por fortuna, el bando humano cuenta con el liderato de John Connor, cuyas artimañas ponen constantemente en jaque a sus enemigos. Pero estos han descubierto la capacidad de viajar en el tiempo, por lo que envían al pasado un exterminador, es decir, un mercenario metálico programado para asesinar a la madre de aquel, Sarah Connor, de manera que este nunca venga al mundo, y, por consiguiente, las máquinas puedan ejercer su absoluto control sobre él. A su vez, los soldados de la Resistencia, que también conocen la posibilidad de trasladarse en el tiempo, envían a un miembro de sus filas, para que custodie a aquella y, por tanto, sigan contando con la presencia de su caudillo en el porvenir. Pero como el cibernético asesino no logra su objetivo, la trama se complica y se prolonga a lo largo de otras tres películas, aunque alcanzará su colofón, según parece, en esta de cuyo estreno hemos hablado arriba.

   En el aspecto netamente cinematográfico, debemos reconocer la valía de los dos primeros títulos, pues, a pesar de los años que ya pesan sobre ellos, continúan ofreciendo un espectáculo de acción y entretenimiento muy bien dirigido. Este buen hacer se manifiesta sobre todo en Terminator 2: el juicio final, película que no se limita a repetir los cánones que condujeron al éxito a su predecesora, sino que se atreve a profundizar en las casuísticas temporales y afectivas de un guión sencillo; además, deja asomar tímidamente la eterna problemática del hombre, muy presente en los relatos de la ciencia-ficción contemporánea. Por desgracia, este honroso testigo no fue recogido por Jonathan Mostow y su tercera entrega, que expone con nula originalidad una mezcla de ideas de las otras dos; y aunque Terminator Salvation elevó un poco el decaído nivel, la saga dio con ella muestras de estar acabada.

   Sin embargo, y a la espera de ver si el prometedor reboot agarra por las orejas el conejo que miraba desde la chistera de T2, esta última película ya le dio su pábulo, preguntándose cuál es la esencia del ser humano. Si recordamos, Terminator Salvation está protagonizada por un cíborg que desconoce su naturaleza robótica, por lo que se comporta de manera espontánea como un hombre corriente. Como sus ignaros creadores lo programaron para reunirse con ellos en un determinado punto estratégico, es perseguido por la incómoda sensación de caminar hacia él sin identificar el porqué. En su andadura, conoce los sentimientos de la lealtad, del valor y de la amistad, rozando incluso el del amor y el de la tristeza. Finalmente, cuando es arrestado por la Resistencia, descubre su auténtico origen, hallazgo que lo lleva a cuestionarse sobre su propio ser.

   La película, por tanto, plantea que existe una diferencia muy pequeña entre el hombre y la máquina, y que esta se irá reduciendo a medida que los autómatas evolucionen y experimenten emociones similares a las humanas. Ciertamente, esta aseveración puede parecer arriesgada, ya que nos resulta impensable e imposible que un robot cualquiera sienta las mismas pasiones que un ser humano, más aún las del odio o el amor (acerca de esta materia, recomiendo el visionado de un humilde e interesante film titulado Sueños eléctricos); pero la verdad es que la técnica avanza a una velocidad tan asombrosa que aquel límite puede llegar a ser puesto en entredicho. Imaginemos que un sofisticado androide es pertrechado de un simple termómetro y que, a la vez, es programado para que, cuando este baje a una determinada temperatura, se vea sacudido por esporádicas vibraciones y busque un lugar cálido donde el mercurio vuelva a subir: ¿acaso un hombre no está predeterminado de alguna manera para que, al sentir frío, tiemble y busque cobertura? Si es así, ¿en qué se diferencia uno de otro? Posiblemente, el lector conozca la respuesta, aunque no sepa argumentarla; sin embargo, es conveniente sentar las bases de una postura adecuada, pues de esta depende el concepto mismo del hombre.
 
 

   Todo el mundo recuerda la definición que acuñó el filósofo Platón para el concepto que nos ocupa: “Ser bípedo implume”; a la vez, es posible que todo el mundo evoque el modo en que el anárquico Diógenes refutó dicha tesis: tras despojar a una gallina de su plumaje, la arrojó en medio de la gente, para que corretease entre ella con sus dos patas. Y es que, verdaderamente, el ser humano trasciende lo físico, por lo que no puede ser identificado en exclusiva con su apariencia, que, como hemos visto, puede ser imitada (recordemos también los replicantes de Blade Runner o el entrañable protagonista de Inteligencia artificial). En su interior, por el contrario, el hombre percibe signos que apuntan a una realidad espiritual irrenunciable, que lo acompaña desde su nacimiento hasta el final de sus días: la apertura a la verdad, la complacencia en la belleza, el sentido del bien moral, la libertad, la voz de su conciencia y la aspiración al infinito y a la dicha. A esa realidad que sirve como base para las citadas aperturas, el hombre la denomina “alma”.

    La Iglesia define el término “alma” como “la semilla de eternidad que el hombre lleva en sí” (Gaudium et spes, 18. 1), y esta está tan unida a su cuerpo que debe ser considerada como su propia forma; es decir, gracias al alma espiritual, la materia que integra el cuerpo es un cuerpo humano y viviente. Bien es cierto que ello nos puede llevar a colegir que todo ser dotado de vida goza asimismo de un principio inmaterial que le da forma, como ocurre con el hombre, por lo que aquella no sería patrimonio exclusivo de este, y, por tanto, resultaría inútil para nuestro propósito de identificar la nota distintiva del ser humano. A este aparente inconveniente, sin embargo, respondió ya el filósofo Aristóteles, otorgando un tipo de alma a cada ser vivo: la vegetativa, que permite las funciones vitales básicas, como la reproducción, el crecimiento y la nutrición, a las plantas; la sensitiva, que capacita para la percepción, el apetito o el deseo y el movimiento, a los animales, y la intelectiva, caracterizada por la voluntad y el entendimiento, al hombre.

   A diferencia de esos principios de vida específicos de cada ser animado, el alma humana no muere con el cuerpo, sino que, como hemos visto, lo trasciende, pues encierra en sí unos deseos de eternidad y felicidad impropios de aquellos otros. Ello no quiere decir en absoluto que el alma inmortal, por un lado, y el cuerpo mortal, por el otro, sean naturalezas diversas que se encuentren contingentemente unidas en el hombre, sino que, al revés, dicha unión constituye una única naturaleza, y, por tanto, su misma esencia. Por este motivo, el citado filósofo define al hombre como un compuesto de alma y cuerpo, acepción que más tarde sería ampliada por Boecio y santo Tomás de Aquino mediante el siguiente axioma: “Sustancia individual de naturaleza racional”.

   Nos encontramos, pues, frente a una dimensión sobrenatural del hombre que este no ha podido otorgarse a sí mismo, pues del orden físico no se puede inferir otro de carácter propiamente espiritual; es decir, mientras que la apariencia de un ser humano depende en gran medida de la herencia legada por sus progenitores, el alma no parece que sea fruto de la misma, pues algo material no puede engendrar algo espiritual. Por otro lado, y como ya hemos visto, el alma humana goza de la inmortalidad, característica que el cuerpo al que da forma no le ha podido conceder, pues él mismo carece de ella. El hombre, entonces, deduce la necesaria existencia de un ente que comparte la naturaleza espiritual del alma, pero que, a la vez, la trasciende, pues ha de ser mayor que ella para poder crearla. Dicho ente es Dios.

   Esta deducción es fundamental en el camino del hombre para reconocer su propia esencia: al determinar que su alma ha sido creada por Dios, comprende que también lo ha hecho partícipe de su vida divina e inmortal. Este descubrimiento señala, a su vez, una verdad más alta, pues si Dios, que es omnipotente y eterno, se abaja hasta el punto de comunicar su naturaleza a una criatura limitada y finita, significa que ama expresamente a esa criatura y que, por consiguiente, anhela compartir con ella su eternidad. De este modo, el hombre advierte que, para formar parte de esa realidad, debe corresponder con amor al que por amor lo ha creado.

   El alma espiritual es, por tanto, ese punto específico que hace del hombre un ser distinto de los demás. Volviendo, así, al ejemplo del cíborg programado para experimentar el frío y reaccionar a él conforme lo haría una persona, esta siempre estará por encima de aquel, pues encierra en su interior esa semilla de eternidad que es, a la vez, prueba del amor y de la predilección de Dios. Esto último es también el fundamento de la dignidad de cualquier miembro de la especie humana; es decir, al ser fruto del amor divino y al albergar en sí esa aspiración a lo infinito, el hombre no debe ser tratado del mismo modo que una máquina, la cual puede ser objeto de desecho cuando ha cumplido la función para la que ha sido programada o cuando ya no es capaz de llevarla a cabo por antigüedad o disfunción. Por desgracia, la sociedad de hoy parece haber olvidado esto, ya que contempla al hombre como si de una máquina se tratase, pues elimina a los que considera inservibles y potencia a los que mayor rendimiento obtienen.

   Al final, en los últimos minutos de su metraje, Terminator Salvation postula que la diferencia del hombre con respecto a la máquina estriba en su corazón, que es capaz de amar y de entregarse. El mundo actual, extremadamente secularizado, ha sustituido el término “alma” por este otro de “corazón”, atribuyendo a este órgano las aptitudes de aquella; pero el corazón, aun siendo rodeado por esa aura espiritual que la gente hoy le concede, nunca alcanzará la importancia que, según hemos visto, posee el alma. Más que nada, esto indica que el hombre, que en la actualidad ha relegado a Dios de su vida, lo sigue sin embargo necesitando, por lo que se ve obligado a inventar sucedáneos que suplan esta ausencia. Pero esto será considerado en otra ocasión.