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domingo, 17 de marzo de 2019

El Gordo y el Flaco (Stan & Ollie)

   Antes de comenzar la crítica, debo reconoceros que soy un apasionado -¡un auténtico fan!- del cine mudo. En efecto, soy de los que piensan que toda la historia del séptimo arte comenzó y concluyó con Cecil B. DeMille, D.W. Griffith, Dreyer, Eisenstein y algunos -muy pocos- más; que todo lo que vino después solo imita lo que estos plasmaron con su celuloide silente (sin ir más lejos, una de las escenas de El acorazado Potemkin dio pie al conocidísimo tiroteo en la estación de tren de Los intocables de Eliot Ness). En cuanto al humor, opino más o menos lo mismo, porque después de Chaplin, Buster Keaton o Harold Lloyd solo han venido vulgares sosias (el slapstick que ellos inventaron es el que está de fondo en parodias como Aterriza como puedasAgárralo como puedas, Scary Movie, American Pie y cosas así). Evidentemente, Stan Laurel y Oliver Hardy (o el Gordo y el Flaco) forman parte de estos forjadores del humor, ya que todos los dúos cómicos de la historia se enraízan en ellos (¿alguien ha dicho Dúo Sacapuntas o Tip y Coll?).




   Pero El Gordo y el Flaco (Stan & Ollie) no es un biopic al uso, puesto que no trata sobre los entresijos de su vida personal o sobre el esfuerzo que ambos afrontaron para coronar la cima del éxito (como por cierto hiciera la inolvidable Chaplin); ante todo, quiere detallarnos cómo les afectó el fracaso cuando dejaron de triunfar en la gran pantalla. En efecto, después de que ambos se convirtieran en grandes estrellas, les llegó el ostracismo y tuvieron que vagabundear por escenarios de mala muerte para sobrevivir. Además, en esta nueva situación surgieron multitud de problemas entre ambos, pues cada uno comenzó a culpar al otro de su mutuo infortunio, pese a que en el fondo estuvieran luchando contra sus propios fantasmas, ya que ninguno era capaz de aceptar que habían dejado de ser dioses cinematográficos.




   La mención de las divinidades del celuloide no es ninguna blasfemia, puesto que, ciertamente, como dioses eran tratados los actores del cine silente, pese a que después fueran humillados como parias. De hecho, este es el ambiente que de manera tan magnífica retrató Billy Wilder en su antológica El crepúsculo de los dioses -¡qué título tan bonito y elocuente!-, para la que fueron reunidos los otrora miembros del star-system hollywoodiano, venidos a menos en razón del cine sonoro... y de la edad (algo que también abordó The Artist). En ella vemos precisamente cómo la ficticia Norma Desmond (un alter ego de la actriz Gloria Swanson, no en balde su intérprete) sigue pensando que se codea con aquellas deidades de la cámara y que los hombres continúan bebiendo los vientos por ella, pese a su ancianidad (¿quién no recuerda la escena final del film, una de las mejores que jamás hayan rematado una película?); su actitud llena de compasión al espectador, porque le hace comprender el drama que vivieron los actores como ella, que tuvieron que aprender a ser meros don nadie después de haber sido populares en el mundo entero (tal vez la historia más triste al respecto sea la de Buster Keaton, cuya degradación moral fue recogida por el imprescindible documental Buster Keaton. Un genio destrozado por Hollywood).




   Como no podía ser de otra manera, El Gordo y el Flaco (Stan & Ollie) recupera este carácter nostálgico del filme de Wilder, puesto que echa la vista atrás en multitud de ocasiones para mostrar cómo era la vida de este dúo artístico (atención al prólogo, en el que queda de manifiesto su fama internacional); pero también quiere detallar cómo fue su vida a partir de su fracaso y cómo se vio afectada por la ignominia, un trago difícil para quienes supieron meterse al público en el bolsillo. Pero que el espectador no piense que por ello va a presenciar un relato escabroso, en el que se desvelan detalles de la vida íntima de Laurel y Hardy, puesto que, como en El crepúsculo de los dioses, su intención es honrar a las deidades del celuloide silente, no desmitificarlas. Por esta razón, la cinta se preocupa -y mucho- por ensalzar la amistad que unió al Gordo y el Flaco, quienes tuvieron momentos de debilidad en su relación -discusiones, acusaciones mutuas, etcétera-, pero que supieron superarlos gracias al afecto que se profesaban.




   Por tanto, la película está dirigida a cinéfilos como yo, es decir, a aquellos que pensamos que no hay vida más allá del silente o que creemos que después de DeMille o de Griffith solo ha venido la decadencia (quien todavía lo dude, eche un vistazo a la primera versión de Los diez mandamientos o a El nacimiento de una nación, donde ya está condensada toda la historia narrativa del séptimo arte). Evidentemente, ello no obsta para que pueda ser disfrutada por cualquier aficionado al celuloide, porque la cinta, allende su carácter nostálgico y ensalzador, cuenta una historia que puede ser entendida por todo el mundo, ya que tiene un carácter universal: la amistad. Y es que esta, como demuestra la película, si es bien cuidada, arrostra y supera todas las adversidades.



lunes, 27 de febrero de 2017

T2. Trainspotting

   Trainspotting (Danny Boyle, 1996) es una película que marcó a toda una generación de cinéfilos. Su éxito fue tan contundente en el momento de su estreno que hoy sigue cautivando a los espectadores que se acercan a ella por primera vez. Actualmente, además, se trata de un largometraje de culto, puesto que supuso el espaldarazo definitivo de su responsable, Danny Boyle, y de su estrella principal, Ewan McGregor. En efecto, a raíz de la cinta, el primero se aventuró en Hollywood mediante Una historia diferente (íd., 1997) y La playa (íd., 2000), mientras que el segundo probó suerte en el blockbuster a través de La amenaza fantasma (George Lucas, 1999) y sus secuelas.

   Por este motivo, no es extraño que su autor ya hubiera valorado la posibilidad de afrontar una segunda parte. Sin embargo, como no deseaba repetir el formato de la primera, ha tardado veinte años en rodarla, con el propósito de indagar en la evolución de sus protagonistas. Es por ello que no encontraremos la comedia que vimos en aquella, sino un film de corte más nostálgico y sosegado, pero que enlaza perfectamente con su predecesora y con toda la filmografía de Boyle.




   Han pasado veinte años desde que Mark Renton abandonase a sus amigos y huyera con el dinero que todos habían conseguido. Cierto día, sin embargo, cuando ya ha ordenado su vida, decide volver a Edimburgo y atar los cabos sueltos que dejó tras la fuga. Por desgracia, Frank, que ha permanecido encerrado en la cárcel durante todo ese tiempo, también vuelve a la ciudad, aunque con una intención diferente: vengarse de quienes le robaron su parte del botín.

   Pese a este argumento y a la temática del primer Trainspotting, esta tardía secuela no es una comedia. Se trata, por el contrario, de un film altamente nostálgico y dramático, puesto que profundiza en las tristes consecuencias de los excesos que aquella mostraba. Por esta razón, es una película más intimista, dirigida quizás al público que se vio reflejada en su predecesora, pero que hoy la observa tras el remordimiento que aportan las dos décadas que han transcurrido entre ambas. Seguramente, pues, sea la continuación lógica de aquella.

   Por otro lado, es una película imprescindible en la obra de Boyle, ya que armoniza mejor con su filmografía que la primera entrega. Ciertamente, todos sus largometrajes son un canto a la vida y a las cosas que la enriquecen, como la familia y los amigos (sin duda, esta es la tesis de Millones, 127 horas y la incomprendida Steve Jobs). Aquella, no obstante, pese a su mensaje final, que apostaba abiertamente por una existencia sin drogas, encomiaba una traición y un robo. Es por ello que necesitaba ser subsanada, mostrando una historia que ensalzase el auténtico valor de la amistad y el peligro que el dinero le puede acarrear a esta.




   Por este motivo, era necesaria la realización del film. En él, como hemos visto, no solo se atan los cabos sueltos que exige la nostalgia, sino también aquellos que no conseguían anudarse con la obra de Boyle. Este ha afirmado muchas veces que el hombre debe buscar la felicidad en la sencillez del hogar y de la amistad y no en el dinero, algo que no quedaba claro en el primer Trainspotting, pero que aquí resarce por completo.

   Se trata, pues, de un título excepcional, que debería estar presente en las futuras videotecas de los seguidores de Boyle y de McGregor. Posiblemente, hoy no sea comprendida por quienes han conocido demasiado tarde la cinta original, puesto que esperarán la comedia que esta les ofreció. Sin embargo, el paso de los años les descubrirá que sus personajes han progresado como debían de hacerlo y que, por ello, se trata de una secuela imprescindible.




 
 

lunes, 28 de noviembre de 2016

Cinema Paradiso

   No sabría decir cuál es mi película favorita, pues este reconocimiento ha ido variando a medida que he cumplido años. De esta manera, comenzó siendo Dumbo (Ben Sharpsteen, 1941), pues es el primer film que recuerdo haber visto en una pantalla de cine (aquí); posteriormente, cuando ya el séptimo arte se había convertido en mi pasión, fue desbancado por las (entonces) trilogías de Indiana Jones y La guerra de las galaxias, rebautizada hoy con el nombre de Star Wars (aquí); más adelante, en mi etapa contestataria, La naranja mecánica (Stanley Kubrick, 1971) y El club de la lucha (David Fincher, 1999), y actualmente son todos aquellos largometrajes que enlazan con el niño que fue creciendo con todos ellos. Entre todos los que son, descuella Cinema Paradiso (Giuseppe Tornatore, 1988).




   Como cualquier aficionado sabe, esta película narra la historia de Salvatore Di Vita (Jacques Perrin), un renombrado cineasta italiano que vuelve a su pueblo natal para asistir a las exequias de su amigo Alfredo (Philippe Noiret). A partir de ese momento, el metraje se convierte en una larga analepsis que nos muestra la infancia y la adolescencia del citado director. Gracias a ella, descubrimos la profunda amistad que lo unía a aquel, el primer amor que experimentó, y que lo marcó para siempre, y, sobre todo, su intenso romance con el celuloide.  

   Mi favoritismo por esta película nace como consecuencia de la identificación con el entrañable Salvatore, que es conocido durante su infancia por el seudónimo de Totó (Salvatore Cascio). En efecto, del mismo modo que él, siempre que recuerdo mi niñez, lo hago embebido en un film, frente a una pantalla de cine o ante un viejo televisor. En aquella época, no me importaba quién dirigía una película, quién la interpretaba o en qué año se había rodado, sino que mi preocupación se centraba en la historia que me contaba y el modo en que esta enriquecía mi fértil imaginación: un elefante que podía volar, un arqueólogo que vivía mil peripecias o una batalla espacial que acontecía en una galaxia muy lejana.




   Pero estas historias no solo consolidaron las aventuras con las que yo soñaba de niño, sino que también me ayudaron a forjar los sentimientos que la adolescencia me exigía, como al joven Totó del film (Marco Leonardi): mis nuevas aspiraciones, la relevancia de mis amistades, mis crecientes pasiones, mis constantes desilusiones, mis hondas cuitas y mis intensas alegrías. De esta manera, cuando el amor me asaltó por primera vez, fui incapaz de detallarlo sin referirme a alguna película que ya me lo hubiera mostrado con anterioridad; tampoco habría podido conquistarlo y mantenerlo sin las instrucciones que el celuloide me había dictado, y no pude llorarlo cuando se fue sin evocar alguna triste secuencia que me impulsara a sobrellevar la vida sin él.

   Por esta razón, si tuviera que elegir mis escenas favoritas de este largometraje, optaría por las dos que aún me conmueven cuando las veo. La primera es aquella que nos muestra el encuentro entre Totó y Elena (una guapísima Agnese Nano), a quien aquel graba a escondidas con su tomavistas, verdadero depositario de su amor más profundo; la segunda, relacionada con esta, aquella en la que el cineasta, ya adulto, observa esa misma grabación proyectada sobre la pared de su dormitorio. En este último caso, la amarga lágrima que deja caer mientras contempla dichas imágenes es el epítome de una vida que ha presenciado el desmoronamiento de las ilusiones construidas durante la adolescencia.
   



   Posiblemente por este luctuoso motivo, Giuseppe Tornatore, su director, quiso mostrar al público el montaje original de la cinta. En él, Totó buscaba a su amada Elena después de haberla visto otra vez en la mencionada proyección. Sin embargo, pese a las expectativas de aquel, esta se niega a reanudar la historia de amor que ambos comenzaron, puesto que la vida los ha conducido hacia destinos muy diferentes. Por tanto, a pesar de la esperanzadora premisa de esta edición, la película concluye de nuevo con la amargura propia de una ilusión perdida.

   Pero no debemos ver en ello una visión apesadumbrada de la realidad, sino precisamente una descripción muy fiel de ella, puesto que nuestra vida se construye a veces sobre las ruinas de un sueño muy querido. Así, es el primer amor el que articula y moldea los siguientes, de manera que estos no dejan de ser una búsqueda y una perfección de lo que se alcanzó con aquel; y son las primeras aspiraciones las que forjan las sucesivas, ya que, durante la infancia y la adolescencia, nos apasionamos más por ellas y, en consecuencia, aprendemos a dar la vida por un ideal o por una persona.

   Este es el motivo por el que Cinema Paradiso siempre se encuentra entre los diferentes listados de mis películas favoritas. No se trata de una simple historia acerca de un niño aficionado al cine, sino de una veraz biografía en la que entran en juego el amor, la amistad y la desilusión. Estos tres son los sentimientos que han marcado mi vida en algún momento de su desarrollo, y son los mismos, a la vez, que han sabido edificarla. Por tanto, pese al tiempo que transcurra, siempre me veré reflejado en Totó, que hizo del cine su primera pasión y aprendió con él a forjar todas las demás. 





martes, 23 de agosto de 2016

Stranger Things

   Este verano, me he topado con una sorpresa televisiva sin parangón: Stranger Things (Matt y Ross Duffer, 2016). Es evidente que la industria mediática de hoy está empeñada en tocar la fibra nostálgica de quienes nos criamos en la década de los ochenta, pero, asimismo, es notorio que, detrás de todo este aparato, no hay más que un mero interés crematístico (la última prueba de ello, la tenemos en el remake, que no reboot, de Los cazafantasmas: aquí). Por regla general, y debido a ese objetivo pecuniario, los productos que nos llegan de su mano no solo no satisfacen esa melancólica caricia que nos prometen, sino que consiguen enfadarnos, puesto que manchan el grato recuerdo que albergamos de los originales en nuestra memoria (para la basura, quedan títulos como Conan, el bárbaro y Poltergeist... las nuevas versiones, claro); sin embargo, hay ocasiones en las que se le escapa una pequeña joya, que consigue esbozarnos la atontada sonrisa de quien se reencuentra con su pasado, como ocurrió con la reivindicable Super 8 (J.J. Abrams, 2011). Tal vez por el ejemplo que dio este film, la serie que nos ocupa se desarrolla en su misma línea, algo que nos consigue devolver, como él, al universo que ya dejamos atrás, pero que aún seguimos añorando.




   En efecto, mediante esta magnífica obra, podemos viajar de nuevo al microcosmos cinematográfico que cautivó nuestra imaginación hace algo más de treinta años, cuando soñábamos con vivir en aquellas casas que aquí difícilmente encontrábamos, descubrir por casualidad el mapa del tesoro de Willy el Tuerto en el desván de alguna de ellas, sorprender a un afable extraterrestre en nuestro invernadero o navegar hacia las estrellas, a bordo de un viejo vagón de feria, con nuestros mejores amigos; pero también nos enfrenta otra vez a aquellos temores que se tornaban reales en nuestros oscuros dormitorios antes de dormir, como la posibilidad de fenecer durante un sueño a manos de un asesino onírico, de pelear contra unas indómitas y hambrientas criaturas erizadas llegadas del espacio o de preguntase si nuestros mogways se habrían atrevido a comer después de la medianoche.

   La historia comienza en la ciudad de Hawkins, en el Estado de Indiana, un 6 de noviembre del lejano año de 1983. Después de una partida de Dragones y mazmorras (tal vez, el primer role play game que todos hemos probado, junto con El señor de los anillos), un grupo de amigos se despide hasta el día siguiente; uno de ellos, empero, no acude a la obligada cita, por lo que todos, especialmente su madre, empiezan a sospechar que ha sido secuestrado o que se ha fugado por algún motivo que desconocen. De inmediato, tanto la Policía de la localidad como la familia del muchacho se vuelcan en su búsqueda, pero, debido a los escasos resultados que esta ofrece, sus compañeros se suman a ella. Gracias a este gesto, estos últimos encuentran, en un bosque cercano, a Once, una extraña niña con poderes sobrenaturales que parece estar vinculada misteriosamente a la desaparición de su amigo, por lo que deciden añadirla al grupo y servirse de su ayuda para localizarlo.




   A partir de aquí, todo el metraje de los escasos ocho episodios de los que la serie se compone es un guiño y una referencia constante a las cintas que han forjado nuestra infancia, como E.T., el extraterrestre (Steven Spielberg, 1982), Los Goonies (Richard Donner, 1985) y Exploradores (Joe Dante, 1985). Pero que esto no nos lleve a engaño, ya que no se trata de un simple remedo de lo que vimos en aquellos clásicos, sino un argumento nuevo y diferente que explora, eso sí, los elementos que hicieron imprescindibles a aquellas, como el protagonismo de lo misterioso y lo sobrenatural que nos presentaron, por ejemplo, Encuentros en la tercera fase (Steven Spielberg, 1977) y Poltergeist. Fenómenos extraños (esta vez, la buena), y la relevancia de la amistad, que quedó grabada en nuestro ideario de virtudes gracias a ellas y a títulos como Cuenta conmigo (Rob Reiner, 1986) y hasta la tardía Mi chica (Howard Zieff, 1991). Por supuesto, el terror está tan presente como lo estaba en Carrie (Brian De Palma, 1976), Pesadilla en Elm Street (Wes Craven, 1984), Jóvenes ocultos (Joel Schumacher, 1987) o la conocida soap opera Twin Peaks (David Lynch, 1990), puesto que, si de algo también nos advertían estas, es de que la ruptura de esa fantasía se podía quebrar en cualquier lugar, no obstante su serenidad, y de la mano de cualquier individuo, pese al rostro amable o conocido que pudiera tener (en el caso de la serie que nos ocupa, esta idea está encarnada por la amenazante presencia del laboratorio "Hawkins", donde, supuestamente, están teniendo lugar peligrosos experimentos que ponen en riesgo la vida de sus vecinos).

   Por tanto, nos encontramos ante un recomendable ejercicio de buen cine, en el que la nostalgia ochentera es un elemento más de la original trama que nos ofrece la serie, y no una finta tramposa ni un apetecible garlito en el que se nos tienta a caer. De ella, pues, gozarán quienes vivimos nuestra infancia o juventud hace más de tres décadas y los aficionados que nacieron después: los primeros, por el anhelado reencuentro con aquellas; los segundos, por el descubrimiento de una época mágica que sentó las bases de las aspiraciones de toda una generación.    





lunes, 8 de agosto de 2016

Mi amigo el gigante

   Después del largo período que me ha mantenido alejado de este blog, vuelvo a él mediante una nueva participación, en la que se nos analiza la película Mi amigo el gigante. Recordad que vosotros también podéis participar en este espacio si me enviáis vuestros artículos a través del enlace que aparece en el margen derecho de la pantalla.



   Sofía es una niña con problemas para dormir. Una noche, decide asomarse a la ventana de su habitación, sabiendo que está incumpliendo una norma del orfanato donde vive: no descorrer las cortinas por la noche, no abrir las ventanas y no salir al balcón. De pronto, ve cómo aparece frente a ella un inmenso gigante, que se la lleva consigo al país donde habita.

   Mi amigo el gigante es una parábola sobre dos niños distintos, el gigante y Sofía, niños que hacen lo que los demás no esperan, y que no hacen lo que los demás esperan; niños que creen estar solos, pero que, providencialmente, se encuentran, descubriéndose, así, el uno en el otro. En definitiva, es la historia de dos personas que no se sienten amadas, pero que, gracias a este encuentro, identifican y solucionan esta carencia.



   El gigante no es aceptado entre los suyos, porque, al salirse de lo establecido, al salirse de lo normal, es rechazado e insultado. Es un reflejo de lo que les ocurre a muchos niños que nacen distintos: estos no se sienten amados en sociedad y, a veces, ni en su propia familia, La familia del gigante, por ejemplo, no lo acepta, porque no come niños, porque es distinto; pero Sofía lo quiere tal y como es, y lo ama sin importarle que se salga de lo establecido.

   El niño distinto sabe cuándo es amado y cuándo es rechazado, sabe cuándo se cree en él y cuándo no. Sofía tenía fe en el gigante, sabía que lo podía conseguir, pero, como él solo no era capaz, ella lo ayudó y lo acompañó. Eso mismo debemos hacer con los niños distintos: acompañarlos en su vida. "Yo te acompañaré, para que puedas ser tú".

María Pérez Chaves     

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Mi primera película

   Todavía soy capaz de evocar la primera película que vi en el cine: Dumbo. Ciertamente, el recuerdo es muy vago, pues han transcurrido más de treinta años desde aquel día; sin embargo, la imagen animada del desdichado elefante planeando por el cielo me entusiasmó tanto, que quedó grabada en mi memoria con la fuerza del hierro candente que marca las reses. Por otro lado, y como cualquier otra reminiscencia, esta forma parte de un conjunto mayor, en el que todas las que conservo están bien dispuestas y enlazadas, como las esferas de colores aparecidas en Del revés; pero, tal y como acontecía en este magistral film, el globo de este recuerdo concreto ya no muestra solamente el gayo amarillo de la alegría, sino que a veces se ve teñido por el azul de la nostalgia, ya que apunta a una época de feliz inocencia, muy propia de la infancia, que ha quedado en el pasado.
 
 

    Cuando miro hacia atrás en el tiempo y evoco al ingenuo Dumbo, puedo verme sentado en la silla de madera de aquel cine de verano donde conocí sus aventuras, absorto por lo que la pantalla me muestra; puedo ver también a niños como yo, corriendo entre las inquietas piernas de sus padres mientras emulan la historia que el proyector les relata, y a otros que, igual que yo, embebidos por ella, no pueden dejar de mirarla. Si miro hacia mi lado, puedo ver también, dentro de esa inmensa sala sin paredes y de alto y estrellado techo, a mis padres, que me llevaron a disfrutar de ese reestreno; probablemente, incitados por la buena noche que a la sazón hacía y por la ilusión de pasear junto al retoño que ampliaba su incipiente unidad familiar.

   A pesar de las grandes y sobrecogedoras escenas que posee la película, mi memoria, como he dicho, solo ha conservado la imagen del ingenuo elefantito aleteando velozmente sus orejas, mientras sostiene con firmeza credulidad la pluma mágica que le otorga su poder. Una de ellas, amén de la que es famosa por la embriaguez de Dumbo, es la que protagoniza este junto a su madre, encerrada en una jaula tras haber barritado con furia en defensa de su pobre hijo; el verlo a él entristecido, acariciando la tierna trompa de aquella, que hace las veces de un dolorido brazo materno, que busca con dulce ansiedad la respuesta amorosa de su vástago, me suscita sin remedio la congoja en la garganta y la humedad en mis ojos. Es lógico que, siendo niño, no fuese capaz de identificar toda la nostalgia encerrada en estas imágenes; mas ahora, ya adulto, no solo la reconozco, sino que también la comparto, pues recuerdo cuántas veces mi propia madre me ha buscado así y cuántas veces yo mismo la he anhelado de idéntico modo.
 
 
 
   Por otro lado, recuerdo de aquella imagen grabada en mi memoria al diminuto ratoncillo Timoteo, aferrado al gorrito de Dumbo, siendo su único amigo y, al mismo tiempo, la voz de su conciencia. Como me ocurrió con la escena detallada arriba, tampoco aquí supe ver todo cuanto encerraba, en este caso, ese personaje, pues, más allá del sempiterno compañero, él representaba la amistad más pura, la desinteresada, aquella que solo vela por el bien del otro, sin tener a veces en cuenta el propio bien. Puedo recordar al pobre roedor guiando al elefante hasta donde está encerrada la madre de este, para que ambos se vean y puedan comunicarse lo mucho que se aman; puedo recordarlo también animando a volar a Dumbo, no obstante las risotadas de los escépticos cuervos, y ayudándole de este modo a superar su humillación y su tristeza. Así pues, hoy también veo de manera diferente al bueno de Timoteo, que es fiel reflejo de todas las personas que han pasado junto a mí, a lo largo de mi vida, como amigas, y que, como él, han buscado mi solo bien, demostrándome que el verdadero amor es aquel que impele a la entrega por el otro (¿no cobran aquí todo su sentido las palabras de Jesucristo "nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos"?). 
 
   Por último, aquella imagen de Dumbo que aún circula por mi magín es el sello indeleble del amor que nació en mí hacia el séptimo arte, del que me considero deudor por todas las alegrías y enseñanzas que me ha transmitido, por todas las ilusiones y esperanzas que me ha comunicado, y por cómo ha alimentado mi imaginación durante todos estos años. Es por ello que hay veces que me veo como el entrañable Totò de Cinema Paradiso, pues vinculo cada momento álgido de mi biografía a un film determinado, intento contemplar la vida a través del objetivo de mi cámara, procuro añadirle la banda sonora que requiere en cada instante o le supongo un hipotético guion para mejorarla; sin embargo, la vida misma va escribiendo su propio libreto, se adereza ella sola con la música que más se ajusta a sus derroteros y dirige el objetivo hacia el horizonte que debo encuadrar. En mi caso, siendo aquel niño cautivado por la proyección animada, nunca pude imaginar, ni en la sinopsis más estrambótica ni en el argumento más elaborado, que ese gozo que yo experimentaba apuntaba realmente a una dicha mayor y más plena, la del servicio a Dios, que, de manera misteriosa, me llamaba a ser sacerdote, para transmitirle al mundo esa misma dicha que yo empecé a intuir cuando, por primera vez, vi un elefante volar.