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domingo, 3 de junio de 2018

Han Solo. Una historia de Star Wars

   Esta crítica llega tarde. Lo sé. La película se estrenó la semana pasada, pero la traigo hoy a colación, porque he procurado mantenerme firme en el propósito de rechazar esta saga que tanto me ha gustado a lo largo de mi vida. Finalmente fui ayer, aunque no por debilidad, sino por cumplir una promesa con unos amigos (sin duda, una vinculación mayor que cualquier resolución personal). Pese a ello, me alegro de haber ido, ya que así he confirmado mi idea de que esta saga ya no es para mí. En efecto, como aseguré en mi post sobre Los últimos Jedi (aquí), Star Wars se ha convertido en un tipo de cine que ya nada tiene que ver conmigo: ciertamente, donde antes me encontraba con una metáfora sobre la eterna lucha entre el bien y el mal (¡incluso sobre los peligros de la corrupción del bien -ese Anakin de La venganza de los Sith, que abraza el reverso tenebroso de la Fuerza- y sobre la redención del ser humano -otra vez, ese Anakin de El retorno del Jedi, pero que ahora abandona dicho lado oscuro-!), ahora me topo con una mera narración en la que se difumina la presencia de ambos factores morales y en la que, por ende, no queda claro que el primero tiene que vencer necesariamente al segundo (¡como demuestra el plano final de la mentada El retorno del Jedi, con ese Anakin unido definitivamente a la Fuerza!); y en cuanto al aspecto cinematográfico, ¿qué decir de unas películas (las de ahora) que parecen más un videojuego de usar y tirar que un verdadero encuentro narrativo con el elemento gráfico del séptimo arte? Por todo ello, la saga terminó para mí en lo que hoy se conoce como "episodio VI", es decir, cuando el Imperio es destruido por la República y esta vuelve a implantar el bien en la galaxia (aunque admito Rogue One. Una historia de Star Wars, excelente analepsis -en todos los sentidos- dentro de la saga).




   En este sentido, el biopic sobre Han Solo, el bandolero más famoso de la galaxia, se suma al interés de Disney por renovar la saga, adaptándola de este modo a las exigencias artísticas del público actual (que, a juzgar por los derroteros que están tomando las películas, deben de estar por debajo del 0%). Es decir, cuando la conocida empresa del ratón compró Lucasfilm, vio que esta última se había estancado en un tipo de cine clasicista y poco innovador (aquel que, sin embargo, y paradójicamente, había revolucionado el cine de los ochenta), pues presentaba, en el aspecto moral, unos cánones que ya no están de moda (como decíamos arriba, la lucha entre el bien y el mal y el consecuente triunfo del primero, la eterna historia del hombre que debe salvar a la mujer, el enamoramiento por parte de esta hacia aquel que la rescata y etcétera. Si queréis comprobar esto más allá de la saga Star Wars, echad un vistazo a cualquier película de Indiana Jones -incluso a la cuarta- que también son de Lucasfilm y que se rigen por estos cánones clásicos); por eso, creyó que debía potenciar los que hoy se están imponiendo, es decir, la lucha de la mujer, la integración de las opciones sexuales, la pluralidad racial y ese largo etcétera que hoy copa cualquier obra artística o cualquier noticiero del mundo (los nuevos valores morales, como son llamados por algunos). De esta manera, ya en El despertar de la Fuerza, el reboot por antonomasia de la saga, veíamos el incremento de protagonistas femeninos o de actores negros, con el fin de adecuarse a los nuevos tiempos; o en Los últimos Jedi, su inmediata secuela, veíamos cómo era la mujer la que debía librar al hombre del peligro, y no al revés (¡se acabó eso de ser la princesa que ha de ser rescatada!). Pero ahí no queda la cosa, porque J.J. Abrams, el encargado de remozar la saga, aseveró que está dispuesto a introducir personajes homosexuales y hasta transexuales en ella, pues se trata de un clamor popular (sinceramente, hasta que él lo dijo, nunca había oído a la gente protestar porque no saliera ningún gay en la saga): aquí.

   Pero, por supuesto, para que este nuevo discurso moral cale entre el público infantil y juvenil, que es el que copará mayoritariamente las salas cinematográficas donde estas películas sean proyectadas, debe adoptarse un elemento narrativo moderno, lejos de ese clasicismo que caracterizaba a las producciones de Lucasfilm. En este sentido, el mejor es el de la estética del videojuego, o de la montaña rusa, es decir, el de las sensaciones fuertes y adrenalínicas, que engatusen al espectador sin mucho esfuerzo y que le hagan pasar un buen rato, pero que no le exijan un conocimiento mayor de la narrativa literaria o de la alegoría de la imagen (siempre pongo el ejemplo del doblaje español de La guerra de las galaxias, en el que hablaban del reverso tenebroso de la Fuerza, un lenguaje arcaico que, por ello, hoy es sustituido por el más común y comprensible "lado oscuro"). De este modo, el niño que hoy se acerque al cine para ver una nueva entrega de Star Wars, es como el que se sube a la vagoneta de una atracción, en la que hay loopings, rampas, aceleraciones, volteos y cosas así (si es más sofisticada, hasta espectáculo lumínico), pero que, cuando baja, solo recuerda cuánto ha disfrutado, cosa que se le olvida de inmediato no bien sube a la vagoneta de otra atracción. Sin embargo, el cine y la televisión son más peligrosos en este aspecto, porque, entre looping y looping, meten un diálogo, o una escena, que empapa la débil mente del menor (de hecho, muchas veces se ha hecho uso de ellos a lo largo de la historia con el fin de transmitir una idea o de modificar una opinión). En esta nueva entrega de la saga galáctica, yo he detectado dos (ni que decir tiene que, a partir de aquí, caerá algún que otro spoiler). 




   En primer lugar, si el lector ha visto ya la película, recordará la figura de la androida L3. En efecto, como sustituta y sosa sosias del famoso C3PO de la saga original (incluso del K-2SO de Rogue One), aparece este robot con forma (y estridente timbre) de mujer, un personaje que aquí representa la lucha feminista por la liberación del sexo débil (por cierto, expresión que hoy es tildada de machista). De este modo, vemos que no solo procura en todo momento desuncirse de los estereotipos que se les suelen atribuir a las mujeres (haciendo valer la nulidad actual de la mentada expresión), sino que también dirige la rebelión de las máquinas (en una clara metáfora sobre el supuesto aherrojamiento  que padece la mujer por parte del heteropatriarcado opresor) y hasta la supuesta relación amorosa que mantiene con Lando Calrissian (!!). Así, el espectador infantil que presencie la lucha que lleva a cabo el citado robot creerá que, en efecto, la mujer está siendo sometida por el varón y que este, en consecuencia, debe contribuir al desarrollo de su liberación (un sentimiento muy machista, por cierto, ya que vincula la victoria de la mujer en este campo al apoyo del hombre). Pero ¿en serio existe ese heteropatriarcado maligno y demoníaco que ha oprimido a la mujer a lo largo de los tiempos? Más bien, se trata de una concepción marxista de la realidad, a través de la cual, y con el amparo del famoso materialismo histórico de sus tesis, la humanidad requiere de un enfrentamiento constante para evolucionar; de este modo, siempre tiene que haber un opresor y un oprimido, que se modifican a medida que pasan los años, pero que nunca llegan a reconciliarse, puesto que se acabaría la lucha, que es la base de dicha evolución: antaño, el empresario y el obrero; hogaño, los heterosexuales y los homosexuales (mutatis mutandis, el varón y la mujer). Da igual que este sea un concepto erróneo, engañoso y perverso de la realidad: el niño se ha subido a la montaña rusa, se lo ha pasado bien y, al bajar, cree que la mujer está oprimida y que debe contribuir a su liberación (¡marxismo puro!).

   En segundo lugar, y continuado todavía con la robot L3, debemos recordar esa supuesta relación amorosa que esta mantiene con Lando, y que ella misma le confiesa a la personaje de Emilia Clarke (no por casualidad, la tórrida intérprete de Juego de tronos). En efecto, en un momento dado de la cinta, la androida afirma que tiene la sospecha de que el contrabandista está enamorado de ella, pero que, como ella no siente lo mismo por él, prefiere dejarlo en un mero juego sexual de ambos. Por supuesto, la broma pasa desapercibida para la ingenua mente de un menor (además, es presentada hábilmente, puesto que dicho diálogo se insinúa más que se explicita), pero ello no obsta para que permanezca en el subconsciente del individuo, que ha participado, sin saberlo, en un morboso encuentro reservado solo para los adultos: no sabe qué ha visto, pero lo ha visto (por otro lado, y si nos ponemos cicateros, se trata de un concepto perverso del sexo, puesto que este es presentado como un simple recurso egoísta del placer carnal, ya que, por supuesto, la relación entre un humano y una máquina es naturalmente infructuosa). En este sentido, nos tropezamos también con una broma que tiene como protagonista el miembro viril de Lando Calrissian: en efecto, cuando el personaje de la Clarke (otra vez, la khaleesi de Juego de tronos) le describe a Han quién es el contrabandista, asevera que este tiene un enorme atributo que le ha hecho gozar en más de una ocasión cuando ambos han coincidido (por cierto, y si nos ponemos cicateros de nuevo, una concepción muy racista de los negros, a los que siempre se les ha colgado el eterno sambenito del pene mastodóntico). Como ocurría con la chanza anterior, aquí se vuelve a insinuar dicho diálogo, entrometiendo un elocuente silencio cuando debería referirse explícitamente al citado atributo del contrabandista, una broma reservada de nuevo al público adulto.

   Conociendo, pues, esta siniestra maniobra que pretende inocular bromas sexuales en las frágiles mentes de los niños, nos podemos preguntar cuál es el fin. Si uno bucea por la red, descubrirá algún canal conspirativo de YouTube que afirma que el propósito de la empresa del ratón consiste en potenciar las uniones sexuales de sus espectadores más jóvenes, de manera que estos procreen cuanto antes y, así, siempre haya niños que vean sus películas y que, por ende, les reporten las ganancias que necesitan para su subsistencia (aquí). Efectivamente, en esta vida se pueden descartar pocas cosas (en especial, cuando está en juego el elemento crematístico), pero es extraño que, si en verdad Disney quiere potenciar el sexo entre los jóvenes con ese fin económico, se entretenga en ofrecer también las relaciones gays u onanistas, que son por su naturaleza infructuosas. Particularmente, opino que de fondo están esos valores modernos a los que antes aludíamos, que ya no velan en realidad por una convivencia pacífica entre los hombres, sino por una búsqueda egoísta del propio placer (incluso en el intento de ser amables con esas personas que consideramos discriminadas por la sociedad, late de fondo el hondo orgullo de sentirse satisfecho con uno mismo, que es una forma esmerada de sentir placer). En este sentido, el otro se vuelve un rival para mí, puesto que se trata de un sujeto que me puede coartar mi búsqueda personal de placer (o de autorrealización), por lo que la lucha constante entre los hombres (otra vez, el materialismo histórico marxista) está más que garantizada. Por otra parte, es evidente que, cuando un niño despierta muy pronto al placer sexual, este bloquea su desarrollo psicológico correcto, pues lo convierte en un adulto antes de tiempo y suscita en él en seguida esa búsqueda insaciable del placer egoísta que reporta el sexo (su mal uso, por supuesto).




   Así pues, concluyo este artículo tal y como lo empecé, es decir, afirmado una vez más que esta saga ya no es para mí. En efecto, cuando yo veía de niño La guerra de las galaxias, aprendía (de forma inconsciente, por supuesto) que la diferencia entre el bien y el mal es un valor objetivo y eterno, y que, por tanto, no dependía del criterio subjetivo del hombre (algo en lo que ahora instruye Los últimos Jedi); aprendía que el mal no es un ente independiente del bien, sino que es una corrupción de este (o su ausencia, como decían los filósofos clásicos), y que, por tanto, siempre iba a perder cuando se enfrentase contra él (no me dejará de fascinar, en este sentido, la corrupción de Anakin y su posterior redención); aprendía el sentido romántico del amor, en el que un hombre debe conquistar el afecto de una mujer (¡y no estaba ni se le esperaba ningún doble sentido en el aspecto sexual del término!); aprendía incluso el sentido de la Providencia, que, disfrazada bajo la apariencia de la Fuerza, ayuda a los héroes en su misión de rescate (al respecto, George Lucas siempre dijo que, a pesar de no ser cristiano, comprendía que la Fuerza debía tener ese sentido providencial cristiano que Tolkien le había otorgado a la Suerte en El hobbit). Pero ahora veo malicia por todos lados, insinuaciones, dobles sentidos y perversión; un deseo de usar esta historia, tan atractiva para los niños, como medio para inocular en ellos una ideología errónea y maligna, que no hace de ellos mejor personas, sino individuos egoístas y maniqueos, sujetos al propio criterio y poco dados a lo trascendental (¡Dios!), que debe ser el fundamento de su vida moral.

   Por tanto, me alegro de haber incumplido (parcialmente) mi promesa de no volver a ver ninguna película de la nueva hornada de Star Wars, puesto que, al padecer este biopic de Han Solo, me he dado cuenta de que tenía razón. La saga, en efecto, terminó con El retorno del Jedi, una cinta que me demostró que nunca en el hombre está todo perdido, puesto que se puede redimir de su pasado; una película que me demostró que el bien triunfa sobre el mal, pese a que a veces parezca que este es el ganador, y una historia, en definitiva, que me indicó que el ser humano está llamado a trascender este mundo pasajero, con el fin de reunirse con las personas que en él, durante su vida terrenal, ha amado. Así pues, y ahora sí, que la Fuerza te acompañe, porque tú ya nada tienes que ver conmigo.





domingo, 18 de marzo de 2018

María Magdalena

   Creo que los lectores de este blog son lo suficientemente inteligentes como para saber que, si una película religiosa es ampliamente publicitada, tiene gato encerrado. En efecto, aunque no lo parezca, a lo largo del año se producen multitud de largometrajes de temática religiosa, pero estos difícilmente llegan a nuestras pantallas, o bien carecen de la publicidad que merecen (pese a que muchos de ellos son infinitamente mejores que los grandes estrenos que llegan a nuestras salas). Es el caso, por ejemplo, de Converso (David Arratibel, 2017), Garabandal, solo Dios lo sabe (Brian Alexander Jackson, 2017) y la más reciente El caso de Cristo (Jon Gunn, 2017), para cuyo visionado hay que arrostrar una auténtica odisea, o bien apoyar campañas de proyección en internet. Por eso, cuando la cinta que nos ocupa ha sido publicitada en todos los medios o incluso nos asalta en nuestras páginas favoritas cuando navegamos por la red, debemos levantar la ceja y amusgar los ojos, porque no debe de ser trigo limpio.

   Ciertamente, la trampa que oculta esta película es el feminismo. Pero no estamos hablando del feminismo loable que pretende reivindicar la figura de la mujer como artífice necesaria de la historia del hombre, ni de ese feminismo (también loable) que aspira a igualar ambos sexos (si es que alguna vez han estado tan diferenciados en la historia de Occidente como vemos que actualmente están diferenciados en Oriente), sino de ese feminismo sectario que atiborra los canales de televisión y el actual mundo de la farándula con la única intención de humillar y derrocar al varón; de ese feminismo que ha inventado el término "heteropatriarcado" para hacerse la víctima frente a un mundo que considera machista y opresor (un mundo en el que, por otro lado, las mujeres pueden trabajar en lo que quieran, vestirse como deseen y ese largo etcétera que les está vedado en los países de raigambre musulmana, a los que, por cierto, no han llevado su lucha reivindicadora). La verdad es que el cine ha tardado mucho en darse cuenta del filón que le proporciona en este sentido la figura de santa María Magdalena, ya que, en una época en la que todo debe pasar por el filtro feminista, esta mujer podría haberse erigido anteriormente como su adalid; sin embargo, tal vez por desconocimiento religioso (¡y eso que el papa Francisco les tendió la mano cuando la puso como ejemplo de reivindicación feminista! -aquí),  o porque había que esperar que esta ola llegase a su cénit, no ha sido hasta ahora en que se han fijado en ella (no es casual que la protagonista sea interpretada por Rooney Mara, actriz de Millennium. Los hombres que no amaban a las mujeres, basamento cinematográfico del feminismo de hoy).




   De santa María Magdalena sabemos más bien poco, aunque la tradición siempre nos la ha presentado como una prostituta arrepentida que quiso seguir las huellas de Cristo; es cierto que, en los Evangelios, también aparece como una mujer de la que Jesús expulsó hasta siete demonios, pero los exegetas no se ponen de acuerdo en si se trata de una metáfora sobre su citado pasado y consecuente arrepentimiento, o si es una alusión a un exorcismo real que el Señor hizo sobre ella. Sea como fuere, aparece mencionada entre el grupo de mujeres que acompañaban a Jesús y a los Doce, como testigo directo de la crucifixión de aquel y como fuente preeminente de su resurrección (recordemos que, según el evangelio de san Juan, el Señor se le presentó a ella y le ordenó que se la comunicase a los apóstoles). Esto ha dado pie a todo tipo de conjeturas románticas y hasta heréticas, pero ninguna de ellas ha encontrado el amparo de la Iglesia, que comprensiblemente las ha visto como calentones pseudorreligiosos que muy poco tienen que ver con la verdad histórica y sí mucho con intenciones aviesas (estoy pensando en filmes como La última tentación de Cristo, Jesucristo Superstar o El código Da Vinci, donde se presenta como esposa del Señor y fundadora de su supuesta estirpe -una teoría que, por otro lado, es recogida de los libros esotéricos que proliferaron  en las librerías durante los setenta y ochenta); pero, curiosamente, ha encontrado cierto recorrido entre la gente (parece que todo el mundo leyó en su momento el libro de Dan Brown y que este había descubierto la gran mentira de la Iglesia católica) y entre algunos teólogos de peso, que están empeñados en emparentar al Hijo de Dios con alguien de la tierra, porque no son capaces de ser célibes y castos al mismo tiempo y necesitan justificar sus caídas. Pero en esta película no importa lo que diga la tradición ni lo que señalen las Escrituras, y mucho menos importa lo que diga la Iglesia, porque lo que aquí se pretende es erigir a la Magdalena como símbolo de la mujer oprimida que se revela contra el heteropatriarcado, que lleva sometiendo a las féminas desde que Eva salió de la costilla de Adán.  

   En efecto, en esta película, santa María Magdalena deja de ser una prostituta arrepentida (incluso una mujer poseída), para convertirse en una víctima del heteropatriarcado machista y opresor; de esta manera, no solo la vemos sometida a su padre y a sus hermanos varones (para alimentar su dramatismo, se señala que su madre murió cuando ella era niña), que son unos hombres robustos, antipáticos y peludos que nada tienen que ver con los cánones de metrosexualidad y afeminamiento que propone el feminismo de hoy, sino también ejerciendo como una mujer obrera, ya que es ella quien de verdad lleva el pan a casa, puesto que se dedica a pescar en el lago mientras que aquellos se dedican a oprimirla y a decirle con quién se tiene que casar. En estas circunstancias, no es de extrañar que, cuando Jesús aparece por allí como un hippie de los años sesenta, enarbolando un mensaje de luz y armonía universal (sic) con sus doce apóstoles, ella resuelva marcharse con él y vivir a la intemperie con los demás (¡antes eso que seguir siendo machacada constantemente por su padre y sus hermanos!). Pero además, el mensaje cala tan hondo en ella, que también se convierte en divulgadora del mismo, llevando la lucha feminista a sus hermanas de sexo (o de género), para que se desunzan de su yugo y clamen por una sociedad más femenina (si la película estuviera ambientada en nuestro tiempo, la Magdalena les diría que dejasen de depilarse las piernas y las axilas, puesto que se trata de una costumbre impuesta por los hombres lujuriosos); para ello, acompaña a Jesús hasta un grupo de lavanderas, a quienes de les indica que deben obedecer a Dios antes que a sus maridos, porque estos están en la tierra para hacerlas sufrir. Por supuesto, el Señor la premia otorgándole un puesto especial en la Última Cena, es decir, junto a él, y con la concesión del mensaje real que ha venido a darle al mundo, que evidentemente nada tiene que ver con el que la Iglesia ha ido promoviendo durante dos mil años. 




   Si alguno piensa que le he estropeado la película, me alegro, porque se trata de un despropósito que es mejor ahorrarse. Particularmente, no encuentro en ella nada de interés (tal vez, los hoyuelos de la Mara, que, sin ser guapa, cuando sonríe tiene su aquel), ni siquiera en el aspecto técnico, que es peor de lo que anuncian los medios especializados. Y no es porque el sacerdocio me nuble la apertura de mente que debería tener, como se suele afirmar en estos casos, sino porque, cuando existe una intención ideológica, esta se superpone a cualquier reconocimiento artístico; en este caso, el feminismo rancio, que pretende atraer al cine a las feministas recalcitrantes, se convierte en el tamiz que rige el metraje de la cinta, por lo que cualquier imagen de sus fotogramas o línea de su guion están pensadas para agradar a una ideología determinada, independientemente de la fidelidad histórica del personaje (debemos indicar que no solo la Magdalena está sometida a esta infidelidad, sino que nos encontramos también con un san Pedro zaíno, del Lavapiés más profundo, que tiene como meta incluir a las minorías oprimidas por el hombre blanco y heterosexual).

   Pero si este artículo no fuera todavía suficiente acicate para evitar al lector su visionado, me gustaría señalarle que se trata de un peñazo de película, porque, aun durando dos horas justitas, parece que uno se está tragando cuatro o cinco. Por eso decía arriba que hay que tener mucho cuidado con las películas religiosas que llegan precedidas de una gran publicidad, porque siempre suelen ocultar algo. Esta vez ha sido el feminismo, pero apuesto a que, dentro de poco, tendremos alguna que bendiga toda la ideología de género que nos abruma, presentándonos un grupo de apóstoles transexuales o un Jesús que diga que lo importante de la persona está en su interior y que, por ello, su cuerpo es meramente accesorio (vamos, que ser hombre o mujer depende del entorno cultural en el que vivamos y no de nuestro sexo natural). Así pues, como este film ha prescindido de la Escritura para su desarrollo, yo termino el artículo aludiendo a ellas: "Maiora videbis" (Jn. 1, 50).   



lunes, 5 de febrero de 2018

The Disaster Artist

   Vaya por delante que este post no es una crítica al uso de la gran película de James Franco que aún podemos ver en nuestras pantallas de cine; sin embargo, su título y su temática me dan pie a lanzar una diatriba contra los desastrosos artistas que pululan por el Hollywood actual (desconozco si en inglés se entiende el carácter despectivo que se le pretende otorgar aquí en español), pues, aunque sean buenos intérpretes, merecen todo mi desprecio, ya que han relegado su oficio actoral en favor de un discurso político oportunista: por esta razón, para mí son unos artistas desastrosos. En efecto, el próximo 4 de marzo se supone que se entregarán los premios de la Academia a las mejores películas del año, pero en realidad se condecorará a las que mejor hayan asumido el discurso de moda, que a la sazón es el feminismo. Sin duda, no se trata de una práctica nueva, pues ya el año pasado se pretendió agradar a la comunidad negra de América (o afroamericana, o de color, o como se tenga que decir, para que aquí nadie se ofenda) mediante el galardón a Moonlight (Barry Jenkins, 2016), que no solo era inferior a La La Land (Damien Chazelle, 2016), su competidora, sino que no interesó a nadie (pero que había que premiar, porque trataba la historia de un negro de infancia difícil, que había flirteado con las drogas y que encima era homosexual: ¿alguien da más?).

   Este año, como decimos, les toca el turno a las mujeres de la industria, que, según ellas, han sido siempre ninguneadas por la misma (y lo dicen mujeres como Meryl Streep u Oprah Winfrey, que están en la cúspide del estrellato): de este modo, tendremos que ver cómo se disputan el premio a la mejor cinta del año largometrajes como Los archivos del Pentágono (Steven Spielberg, 2017), que procura demostrar el peso que tuvo una fémina (casualmente, interpretada por la Streep) para desarrollar la libertad de prensa en Estados Unidos; Tres anuncios en las afueras (Martin McDonagh, 2017), que narra la lucha de una madre por hallar justicia en el caso de violación y asesinato de su hija, y Lady Bird (Greta Gerwig, 2017), que no sé muy bien de qué va, pero que está dirigida por una mujer. Así, y aunque no dude de la calidad artística de estas películas, me pregunto si habrían sido nominadas a dicho premio si no hubieran aprovechado el discurso imperante (respecto de la cinta de Spielberg, hablo aquí; en cuanto a Tres anuncios en las afueras, que me encantó, no me parece digna de codearse con aquella, técnicamente superior y muy del gusto de Hollywood, y sobre Lady Bird, aún no me he forjado una opinión, pero su estilo indie la hace más propia de Sundance que de Hollywood).

   Como esta es, por tanto, una práctica habitual en el Hollywood de hoy, el cinéfilo podría estar más que acostumbrado a ella; sin embargo, y como la Academia debe reinventarse una y otra vez para estar siempre en el candelero, este año ha sabido rizar el rizo de lo esperpéntico, o, en una expresión más anglosajona, ha sabido dar otra vuelta de tuerca, por lo que nos ha cogido a todos desprevenidos. Ciertamente, no es que solo haya decidido beneficiar a los cineastas que mejor se acomoden al discurso político de moda, sino que también ha resuelto castigar a quien no lo haga, o al que simplemente sea sospechoso de no hacerlo; en este caso, la cabeza de turco ha sido James Franco, quien, a pesar de habernos regalado una de las mejores obras del año, la citada The Disaster Artist (id., 2017), no ha contado con el reconocimiento de la meca del cine, más allá de una simple mención a su guion adaptado (en su lugar, han puesto películas como Déjame salir y La forma del agua, que cualquier otro año habrían pasado del Festival de Cine de San Sebastián a las estanterías de un videoclub). Pero veamos a continuación el porqué.




   En efecto, la noticia saltaba a la palestra poco después de la última edición de los Globos de Oro, esa oda al postureo feminista que nos tuvimos que tragar todos los que solo queríamos ver una entrega de premios cinematográficos (aquí): resulta que, mientras el citado James Franco recogía su galardón al mejor actor de comedia por su película, tres actrices ponían el grito en el cielo (o en Twitter, que para el caso es lo mismo), porque decían que habían sido acosadas sexualmente por el cineasta (aquí). Es evidente que, ante un (oportuno) escándalo de esta índole, la Academia no podía responder de otra manera que retirándole la consabida nominación a los Óscar (aquí); así, y aunque el trío de mujeres se arrepentía poco después de su denuncia por falta de pruebas, y pese a que varios cineastas salieron en defensa del actor (aquí), la decisión estaba tomada y Franco no podría optar al reconocimiento otorgado por la estatuilla dorada. De este modo, y como decíamos arriba, el otrora protagonista de El origen del planeta de los simios (Rupert Wyatt, 2011) no solo no va a tener la oportunidad de ver premiada su cinta sobre el rodaje de la delirante The Room (Tommy Wiseau, 2003), sino que  incluso ha sido sancionado por su (supuestamente) deplorable conducta contra las mujeres (veremos si además esto repercute en el futuro de su carrera). En definitiva, Hollywood parece haberse convertido en una suerte de Ministerio de la Moralidad, que tiene como fin premiar o castigar a los cineastas que, según el caso, se acomoden o no a sus cánones éticos (no estamos hablando de una función educativa, que es lícita en cualquier arte, sino directamente de una labor coercitiva, que es una atribución del Estado).

   Indudablemente, esto nos puede recordar la famosa caza de brujas desatada en Hollywood allá por los años cincuenta, y que hoy, sin embargo, es denostada por muchos. En efecto, en época del senador McCarthy, se desarrolló una persecución sistemática contra todo aquel que, debido a su afinidad política, pudiera poner en riesgo a la sociedad estadounidense; a la sazón, el Comité de Actividades Antinorteamericanas fijó su mirada en la meca del cine, puesto que la farándula de todos los países siempre ha virado más hacia la izquierda que hacia la derecha, algo que este no podía permitir en su misión de conservar la integridad del pueblo americano, que entonces andaba a la gresca con la Unión Soviética. Para lograr este objetivo, ideó un plan que nunca ha dejado de tener eficacia, pese a su probada antigüedad: recompensar con el éxito (crematístico, social o artístico) a todo aquel que delatase a sus compañeros de profesión. Gracias a estas promesas, muchos cineastas se subieron al carro de la denuncia, incluyendo el más famoso de todos ellos: Elia Kazan, autor, entre otras, de Un tranvía llamado Deseo (id., 1951), ¡Viva Zapata! (id., 1952) y Al este del Edén (id., 1955), que reveló el nombre de los cineastas hollywoodenses afiliados al Partido Comunista (a este respecto, pues, los historiadores del séptimo arte afirman que su decisión proyectó su carrera, pero, a mi juicio, esta ya era lo suficientemente buena como para tener que traicionar a sus compañeros; de hecho, él siempre dijo que lo hizo por el bien de América, puesto que provenía de un país, el Imperio otomano, donde no existía la libertad que allí había encontrado, una confesión que quedó patente en su inmortal obra América, América). Sea como fuere, muy pocos le perdonaron a Kazan su traición, por lo que, cuando llegó el momento de homenajearlo en la ceremonia de los Óscar de 1999, hubo actores que ni le aplaudieron en señal de protesta (aquí).




   Hoy, la caza de brujas en Hollywood no está dirigida por el Estado americano, con el fin de localizar y de castigar a los comunistas, sino que está siendo perpetrada por Hollywood mismo, con el propósito de premiar a quienes sean adeptos a su régimen, y de penar en consecuencia a quienes no lo sean. Como el régimen que ahora impera es el del feminismo más rancio, clasista y peligroso, esta es la norma que todos deben acatar para continuar formando parte de la industria cinematográfica; es decir, que se ha convertido en aquel Estado opresor del que abominó y que coartó su libertad de opinión. Sin embargo, y a diferencia de lo aconteció en los años cincuenta, ahora todo el mundo aplaude esta maligna conversión, porque quizás estén más aterrorizados que entonces y necesiten, pues, sobrevivir a la quema inquisitorial que se está llevando a cabo (recordemos que McCarthy exigía denuncias fundadas, mientras que ahora puede ser delatado cualquier hombre por cualquier mujer anónima y por cualquier excusa... ¡aunque solo sea el haberla mirado!). Además, esta hipócrita moral solo dicta los dogmas que le interesa al Hollywood moderno, ya que, mientras que supuestamente lucha por el bien de la mujer, que es lo que está de moda (una pugna que está siendo promovida por mujeres millonarias que han reconocido sus cesiones sexuales para obtener papeles en determinados filmes), perdona a pedófilos como Roman Polanski (La semilla del diablo) y hace oídos sordos a las declaraciones de Elijah Wood (el entrañable Frodo de El señor de los anillos), que desveló toda una trama de pederastia en el seno de la meca del cine (aquí). Incluso podríamos decir que, en este sentido, el susodicho y arrogante Ministerio de la Moral hollywoodense se ríe de las víctimas infantiles, puesto que ha tenido a bien nominar a mejor cinta del año la película Llámame por tu nombre (Luca Guadagnino, 2017), un título que ensalza el amor homosexual entre un adulto y un menor, pese al descontrol psicológico que ello supone para cualquier niño (aquí).

   Es posible que, cuando comencé el presente texto diciendo que The Disaster Artist era la mejor película del año, exagerase un poco, puesto que, ciertamente, las hay mejores (pese a su oportunismo, por ejemplo, me parece de mejor factura el film de Steven Spielberg); pero, sin duda, se trata del mejor exponente de la situación que estamos viviendo en la actualidad, en la que una industria cinematográfica ha impuesto un credo que todos debemos asumir sin rechistar. En efecto, nos encontramos en una nueva y más peligrosa caza de brujas, en la que cualquier ciudadano del mundo debe participar para sentirse recompensado por este Estado tiránico (solo hay que ver la mala copia de gala feminista que nos ha ofrecido la irrisoria ceremonia de los Goya de este año); en una nueva Inquisición política, que imita el supuesto modelo de la Iglesia medieval para señalar, torturar y matar a los que disientan (he escrito "supuesto modelo", porque la Inquisición nunca actuó así, pese a que Hollywood diga que sí). En este terrible estado de las cosas, James Franco ha recibido su castigo ejemplar, para que nadie abra la boca si no quiere padecer sus mismas consecuencias; pero yo me pregunto: si algún día cambian los dogmas hollywoodenses actuales, ¿cambiarán con ellos todos los que hoy los aplauden? Estoy convencido que sí.



lunes, 22 de enero de 2018

Los archivos del Pentágono

   Si actualmente existe en Hollywood un director legendario, ese es Steven Spielberg. En efecto, de alguna manera, él representa el manido sueño americano por excelencia, ya que pasó de ser un joven aficionado al séptimo arte a convertirse en uno de los cineastas más reconocidos y mejor pagados de la historia. Y no solo eso, sino que también apadrinó el concepto de blockbuster que manejamos hoy (junto con su amigo George Lucas) y estableció los fundamentos que en la actualidad sustentan el subgénero cinematográfico dedicado al público infantil y juvenil. Con razón, pues, fue llamado en su momento "el rey Midas de Hollywood" o "el enfant terrible de la meca del cine". 

   Pero lo cierto es que el Steven Spielberg que se ganó estos apelativos gracias a títulos como Tiburón (id., 1975), E.T., el extraterrestre (id., 1982) o la saga de Indiana Jones, así como a sus famosas producciones Gremlins (Joe Dante, 1984), Regreso al futuro (Robert Zemeckis, 1985) o Los Goonies (Richard Donner, 1985), ha dejado de existir. O tal vez deberíamos indicar que ha crecido. Ciertamente, desde que se consagrara como un autor maduro a través de La lista de Schindler (id., 1993), ya no es ese niño malo que pululaba por Hollywood haciendo las películas que le hubiera gustado ver durante su infancia, sino que se ha transformado en un mero artesano de la ciencia cinematográfica (tal vez esta sea la evolución lógica de cualquier cineasta apasionado); de este modo, ya sabe a la perfección qué argumento debe rodar para alborozo de la Academia y cómo debe hacerlo, pero se ha olvidado del regocijo infantil del neófito que tenían sus primeras obras y que nos encantaba a todos (War Horse, Las aventuras de Tintín. El secreto del unicornioMi amigo el gigante y hasta Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal eran cintas que pretendían recuperar esa etapa, pero que ni lograban acercarse a ella). En este sentido, Los archivos del Pentágono (Steven Spielberg, 2017) se suma a la filmografía de este período de madurez del gran cineasta, por lo que es una obra perfecta en su técnica, pero sin el sabor del Spielberg de primera hora.




   Como todo el mundo sabe, la película narra la odisea del famoso periódico The Washington Post para sacar a la luz los archivos secretos del Pentágono, ya que, según estos, la población americana habría sido engañada respecto de la conocida guerra del Vietnam. De este modo, el empeño de dicho diario se convirtió en una batalla nacional a favor de la libertad de prensa y, en consecuencia, en contra de la injerencia gubernamental en cuanto a la información periodística se refiere. Detrás de todo ello, además, se encuentra la figura de Meryl Streep, dueña del periódico, cuya actuación fue determinante para lograr la ansiada libertad informativa de la que hoy goza Estados Unidos.

   Gracias a esta sinopsis, el lector puede suponer que la cinta es tanto un homenaje al periodismo de antaño, es decir, a aquel que era visto como un oficio de aventureros que investigaban concienzudamente la actualidad y que corrían en pos de la noticia para relatarla (o al menos así es como nos lo quiere hacer ver su director), como un tributo a las películas que lo retrataron, entre las que destacan el clásico Todos los hombres del presidente (Alan J. Pakula, 1976) y, de manera más reciente, Spotlight (Tom McCarthy, 2015); de este modo, vemos en ella una sucesión de los planos más recurrentes del subgénero periodístico: rotativas  funcionando a pleno rendimiento, camiones repartiendo la prensa a primeras horas de la mañana, máquinas de escribir tecleando incesantemente, oficinas bulliciosas, llamadas telefónicas inesperadas y un largo etcétera. Pero todo ello rodado con la eficacia artesanal de este Spielberg adulto, que ya sabe perfectamente dónde crear tensión, dónde emocionar, dónde moralizar o dónde hacer reír. Por tanto, y en este sentido, no hay nada que reprocharle a este (estupendo) largometraje.




   Pero la película tiene un par de lecturas que, sin echarla a perder, nos desvela a ese Spielberg que, además de haber crecido, se ha vuelto algo oportunista con el paso de los años: por un lado, la vertiente feminista que aletea sobre todo el metraje; por el otro, el (probable) alegato contra la opresión periodística que (supuestamente) sufre hoy Estados Unidos. En el primer caso, vemos la importancia que adquiere la figura de Meryl Streep en el relato para la consecución de la anhelada libertad de prensa y de la propia mujer, ya que, más allá de los irrefutables datos históricos, es presentada como un contrapunto de la situación femenina de la época: por ejemplo, la esposa de Tom Hanks aparece sirviendo sándwiches a los hombres (¡qué aberración!), mientras que ella coquetea con la aristocracia social (como mujer liberada) e impulsa (como mujer fuerte) la publicación que desembocaría en la citada libertad de información; o bien, y ya finalizando el metraje, es descrita como la heroína silenciosa de la proeza, puesto que sufre el menosprecio de la prensa, pero el reconocimiento tácito de las mujeres que la rodean (no en vano, la actriz elegida para el papel ha sido la citada Meryl Streep, líder del movimiento feminista afincado en Hollywood). En cuanto a lo segundo, basta ver la importancia que le han dado muchos espectadores y críticos norteamericanos a la cinta en este sentido, idea que su autor parece confirmar en algunas entrevistas recientes (aquí). Particularmente, debo decir, respecto de lo primero, que me pareció más valiente la propuesta feminista de El color púrpura (Steven Spielberg, 1985) que esta, puesto que nació en un ambiente donde la lucha de la mujer no estaba tan presente como en la actualidad; respecto de lo segundo, que no entiendo, más allá del sesgo político, ese discurso contra el (supuesto) control informativo, ya que Donald Trump se ha manifestado abiertamente opuesto a las fake news como elemento que obstaculiza la libertad de prensa (pero, como digo, el alegato vendrá motivado por la ideología política de Spielberg, que no se corresponderá con la del actual presidente de los Estados Unidos, algo que también aprovechará para engatusar a la Academia de Hollywood, ya que Trump no es bien querido por esta).

   Sea como fuere, creo que se trata de una película loable, técnicamente perfecta y entretenida, puesto que cuenta con la mano artesanal del infalible Steven Spielberg como ejecutora. Por otro lado, opino que su visionado es necesario para cualquiera que esté interesado en la política de Norteamérica, ya que refleja una situación muy concreta de la historia de este país, así como una profundización muy detallada de la conspiración gubernamental que la originó, algo que gusta mucho a sus habitantes, como ya demostró, por ejemplo, J.F.K. Caso abierto (Oliver Stone, 1991). Pero el cinéfilo no encontrará en ella al infatigable perseguidor de ovnis de Encuentros en la tercera fase (Steven Spielberg, 1977) ni al Peter Pan prematuramente crecido de Hook (El capitán Garfio) (id., 1991); tal vez aparezca un destello suyo en el Tom Hanks que se emociona cuando husmea la noticia del complot, o en el Bob Odenkirk (Better Call Saul)  que sonríe con ilusión cuando comienzan a funcionar las rotativas. Pero nada más.




lunes, 15 de enero de 2018

The Neon Demon

   Admito que me encanta la palabra "postureo", pues me divierte mucho la inventiva popular, que es la que la ha creado; además, reconozco que estoy muy contento, porque se trata de un término que ya forma parte de la Real Academia Española. Asimismo, creo que esta ha sabido otorgarle a dicho vocablo una definición muy acertada, que sintetiza perfectamente la idea que queremos expresar cuando recurrimos a él: "Actitud artificiosa e impostada que se adopta por conveniencia o presunción". En efecto, ¿a cuántas personas conocemos que se adhieren a una causa por simple conveniencia? O mejor aún, ¿a cuántas personas conocemos que se suman a una moda para ser aplaudidas o reconocidas por otras? Por regla general, esas personas en las que estamos pensando nunca se han caracterizado por defender la actitud por la que ahora abogan, pero, como es la tendencia actual, la acogen sin rubor alguno; por otro lado, son las mismas personas que no tienen ningún problema en abandonar dicha idea cuando esta ya no está en boca de la mayoría. En cuanto a la presunción que supone el postureo, que es la otra cara de esta definición, ¿no conocemos también a personas que adoran aparentar lo que no son por simple vanidad? Por todo ello, reitero la admiración que siento por la palabra "postureo" y además me declaro admirador incondicional de la persona, o de las personas, que le han atribuido tan acertada definición.

   Pero será mejor que vayamos al grano de este asunto, porque recientemente hemos vivido una auténtica gala del postureo en nuestros televisores. A tenor de estas palabras, bien podría referirme a cualquier programa del espectro mediático español, pero lo cierto es que esta vez estoy pensando en una entrega de premios que ha tenido lugar al otro lado del Atlántico (la tontería no se ceba solamente en nuestro país, sino que ya alcanza cotas de muy alto nivel): los Globos de Oro. En efecto, el pasado 7 de enero tuvo lugar la nueva edición de tan aclamados galardones, en los que la Asociación de la Prensa Extranjera de Hollywood suele recompensar las películas más aclamadas del año anterior, es decir, y en este caso, de 2017. Sin embargo, y desde hace un tiempo, parece que dicha asociación ha olvidado su propósito y se ha decantado en consecuencia por la promoción de discursos políticos de moda (algo así como hace anualmente la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España durante la ceremonia de entrega de los premios Goya); de este modo, mientras que el año pasado le cedió la palabra a Meryl Streep, para que abochornase a Donald Trump,  presidente de los Estados Unidos, este año ha recurrido a Oprah Winfrey, para que exponga la presunta situación de discriminación que viven las actrices hollywoodenses (recordemos que la famosa presentadora siempre se ha vendido como una defensora de los derechos civiles de los desfavorecidos, sobre todo desde su participación en El color púrpura, de Steven Spielberg).

   Evidentemente, las reacciones a este discurso no se hicieron esperar, pues la prensa internacional lo recogió en sus primeras páginas y le atribuyó todo tipo de loas: que si fueron unas palabras valientes, que si defendió la dignidad de la mujer, que si fue histórico, que si denunció la ubicua presencia de los hombres en detrimento de la de las féminas, que si delató (implícitamente) los abusos sexuales perpetrados por Harvey Weinstein, y el largo etcétera de siempre. Aunque no entraré aquí a valorar la veracidad o la mendacidad de estas afirmaciones, sí que me gustaría destacar la oportunidad de la alocución, puesto que la misma que la pronunció no tuvo reparos en favorecer en el pasado al citado Harvey Weinstein e incluso al polémico Bill Cosby, que también está acusado de violar a varias mujeres (además, rápidamente saltaron a la palestra las voces que la tildaban, como a Meryl Streep, de encubridora de los hechos, puesto que es más que probable que conociera estos últimos); por otro lado, hace tiempo que Oprah Winfrey viene siendo enaltecida como la próxima presidenta del Gobierno americano, en clara oposición al supuesto régimen machista de Trump, por lo que sus palabras en esta edición de los Globos de Oro se han parecido más a una precampaña electoral que a un agradecimiento por el premio recibido, el Cecil B. DeMille a su carrera cinematográfica (la pobre Natalie Portman quiso subirse al carro de las reivindicaciones, pues apuntó que, al premio al mejor director del año, solo habían sido nominados cineasta varones -como si el reconocimiento dependiese del género del autor y no de la calidad del producto-; pero, como la protagonista del evento era la Winfrey y como el galardón a la mejor comedia recayó en Lady Bird, realizada por una mujer, su intervención quedó en una mera gracieta).




   Por lo que a mí respecta, esta situación que vivimos hace dos domingos me recuerda a un par de películas de similar índole: por un lado, a The Neon Demon (Nicolas Winding Refn, 2016), que es la que da título a este post; por el otro, a Mulholland Drive (David Lynch, 2001), que es una de las obras maestras del autor de Twin Peaks (id., 1990-2017). A pesar de ser dos largometrajes muy parecidos en su temática, me centraré solo en el primero, ya que es probable que el segundo guste únicamente a los que somos fans incondicionales del creador de El hombre elefante (id., 1980). De esta manera, encontramos en The Neon Demon a una chica que pretende triunfar en el mundo de la moda (cámbiese esto por el sueño hollywoodense), pero que descubre que este hecho depende más de sus aptitudes sexuales que de las artísticas; afortunadamente, conoce a una chica que quiere ayudarla, pero esta, que parece ser su amiga, oculta el deseo de aprovecharse de ella, para ser la verdadera triunfadora en esta carrera hacia el éxito (cámbiese a esta aprovechada por la Winfrey que vimos en la gala de los Globos de Oro).

   Pero, si esta comparación entre el ya famoso discurso de Oprah Winfrey y el argumento de la película The Neon Demon no ha convencido todavía al lector de que hemos presenciado una gala de los Globos de Oro del postureo, déjeme que le aclare un detalle que probablemente le haya pasado desapercibido: según parece, todas las actrices invitadas al evento acordaron vestir de negro, en señal de duelo por las mujeres de Hollywood que han sido acosadas sexualmente a lo largo de la historia; sin embargo, hubo tres que rechazaron hacerlo, y tan grande ha sido el escándalo por parte de aquellas que estas últimas han tenido que pedir disculpas por su decisión (además, debemos indicar que la Asociación de la Prensa Extranjera, organizadora del acto, había prometido una beca de dos millones de dólares a las personas que se posicionaran a favor de la campaña reivindicativa #MeToo, por lo que detrás de todo parecía esconderse la sempiterna crematística). De este modo, lo que se ha vendido subrepticiamente como una gala reivindicativa de la mujer ha sido en verdad un programa de adhesión a las directrices de la lucha feminista, liderado esta vez por la famosa presentadora de televisión, que ya es candidata extraoficial a las siguientes elecciones gubernamentales norteamericanas (por supuesto, jaleada por la prensa internacional, que no esconde su desprecio a Trump y su apoyo a cualquier causa que esté de moda). Así pues, y como acontecía en la película del título, la que se ha presentado como amiga de las mujeres, solo ha pretendido aprovecharse de ellas para ganar la carrera del éxito: por tanto, ¿es o no es una gala del postureo?

   Evidentemente, y antes de ser tildado de machista, que es el insulto que ahora le lanzan a uno por expresar su opinión (junto con "racista", "xenófobo", "fascista" y "cuñao"), creo que la mujer está llamada al éxito en Hollywood (o en cualquier otro campo laboral) solo por sus cualidades artísticas y no por sus cesiones sexuales. Sin embargo, y del mismo modo, opino que esta presunta lucha reivindicativa en favor de la mujer, que se ha establecido en la farándula internacional, no le ayuda en absoluto, puesto que ve en ella un simple peldaño de ascenso en su escalada hacia el éxito pecuniario (o político, como es el diáfano caso de Oprah Winfrey); además, y actuando así, muestra a las mujeres como seres débiles que necesitan ser protegidas por entidades fuertes, ya que ellas solas son incapaces de hacerlo, es decir, todo lo contrario a lo que postulan de cara a la galería. Por otro lado, es una supuesta pugna de índole muy peligrosa, puesto que, como todo combatiente, la reivindicación feminista necesita de un oponente, que en este caso es el varón, mostrado por ella como un ser (in)humano carente de escrúpulos y ávido de sexo, algo que es irreal y que además genera mucha tensión, por lo que nunca se alcanzará esa pretendida armonía entre hombres y mujeres por la que dice que aboga (por no hablar de la nueva Inquisición feminista, mucho peor que la que supuestamente promovió la Iglesia católica en el medievo, y destinada a hundir y perseguir mediante el insulto y el menosprecio a las personas que no se suman a sus dictados).

   Llegará un día en que estas reivindicaciones peligrosas pasarán (peligrosas, por culpa de quienes las promueven y de los objetivos que buscan con ellas); pero lo harán, o bien porque todo haya vuelto a su cauce, o bien porque las mujeres se hayan dado cuenta de que las han desnaturalizado y las han enfrentado inmisericordemente al varón, que es su complemento natural en esta relación armónica a la que ambos están llamados. Mientras tanto, aún nos quedan por ver espectáculos de este tipo y falsas luchas contra la opresión de la mujer, que ostentan mendaces adalides cuya única intención estriba en el reconocimiento popular y no en la verdadera defensa de la igualdad (en Madrid, por ejemplo, el colegio "Juan Pablo II" recibe amenazas feministas por exigir que sus profesoras vistan con recato, mientras que las mismas voces exigen que las azafatas de los eventos deportivos aparezcan ante el público con más ropa -aquí; Cristina Pedroche dice que la mujer no es únicamente un cuerpo bonito, pero ella no duda en exhibir el suyo durante las campanadas de fin de año, y el Gobierno de la Autonomía patrocina bacanales que humillan a las mujeres, a la vez que promueve campañas contra su discriminación -aquí-). Sin lugar a dudas, la palabra "postureo" es la que mejor define los tiempos que hoy estamos viviendo, ya que alude a la actitud que se adopta de cara a una conveniencia o a una presunción, y, por desgracia, detrás de todo show feminista, solo es posible  hallar conveniencia y presunción.