Mostrando entradas con la etiqueta demonio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta demonio. Mostrar todas las entradas

jueves, 18 de marzo de 2021

La profecía

 

   El cine de terror cambió para siempre con el estreno de El exorcista (William Friedkin, 1973). En efecto, por primera vez en la historia del celuloide, se incidía en la esencia y origen de todo mal: el diablo. Ciertamente, ya había habido algún notable experimento al respecto: Madre Juana de los Ángeles, La noche del demonio o La semilla del diablo, su antecesor inmediato, pero podríamos decir que Satanás no era el verdadero protagonista de ninguno de ellos, sino solo un invitado especial. De alguna manera, pues, aquella cinta puso de moda la figura del maligno, por lo que era cuestión de tiempo que surgieran otras que se aprovechasen de ello para intentar recabar el mismo éxito. Y de entre todas, la que mejor supo hacerlo fue La profecía (Richard Donner, 1976).

   Pese a lo que muchos creen, La profecía no está inspirada en una novela previa, sino que se trata de una obra original[1]. En ella, un político de renombre adopta a un niño sin saber que en realidad es el hijo del demonio, es decir, el anticristo. Sin embargo, poco a poco irá sospechando de su origen, pues en torno a él se suceden muertes extrañas y hasta es advertido por un sacerdote, que incluso le referirá el vaticinio que podemos leer en la Biblia: «El que tenga inteligencia, cuente la cifra de la bestia, pues es cifra humana. Y su cifra es seiscientos sesenta y seis» (Ap 13, 18). Llegará un momento, pues, en que se verá en la tesitura de acabar con la vida del crío o dejarlo vivir, para que sitúe a la humanidad bajo el yugo de Lucifer. 

 


 

   Como no podía ser de otra manera, la cinta se convirtió en un auténtico éxito de taquilla, pues todos el mundo vio que se trataba de una digna heredera de El exorcista (recordemos que esta tendría varias secuelas, pero que ninguna de ellas lograría igualarla). Su opresiva puesta en escena, su mítica banda sonora, su inteligentísimo libreto y la espeluznante actuación del niño protagonista –cuya fría mirada continúa inquietando a cualquiera–, consiguieron cautivar al público, que estaba ansioso por conocer más datos acerca del príncipe de las tinieblas. Tanto es así que, si aquella puso en boga al demonio, esta hizo lo propio con el anticristo y el fin de los tiempos (hoy en día, de hecho, sigue siendo una película recurrente para ejemplificar esto último).

   Porque, ciertamente, tal y como hace la película, deberíamos diferenciar entre el demonio y el anticristo, a los que habitualmente consideramos parejos, pero que no lo son. Y es que, según el Catecismo de la Iglesia Católica, el anticristo no será el diablo, sino un pseudomesías que “trabajará para él”, que pondrá al hombre en el lugar de Dios y que, por ende, arrastrará a muchos a la perdición, ya que caerán ingenuamente en su ardid (cfr. 675). De hecho, el libro del Apocalipsis va en ese sentido, puesto que la bestia a la que hace referencia –es decir, el anticristo–, recibe su poder del dragón –es decir, del demonio–, pero no es el dragón (cfr. Ap 13, 2). En cuanto a la segunda bestia, nacida después de la primera (cfr. Ap 13, 11), los exegetas piensan que se trata de una metáfora de la ideología perversa que acompañará y propiciará el propio anticristo, mediante la que este esclavizará bajo su poder a la humanidad.

   Pero como la película no puede desasirse así como así del aroma hollywoodense, fantasea con la posibilidad de que el anticristo, en efecto, no sea el mismo Satanás, pero sí su retoño, que sin duda es un argumento mucho más comercial. De este modo, igual que Dios encarnó a su propio Hijo para salvar al hombre, el diablo encarna al suyo para condenarlo; de la misma manera que aquel eligió a una pareja sin prole para que cuidase de Jesucristo, este hace lo mismo para que velen por Damien, y como el primero fue guiando mediante su Providencia al Mesías para que cumpliese sus designios salvadores, el segundo conduce a su sosias mediante engañifas para que también dé cumplimiento a sus propósitos malignos. Para el largometraje, pues, el anticristo cumpliría a la perfección ese psudeomesianismo que anuncia el Catecismo, pues imitaría en todo al Hijo de Dios, pero para pervertir su mensaje (en este sentido, recomiendo también el visionado de La profecía 2 y La profecía 3, que junto con la primera, conforman un interesante tríptico sobre ese progreso demoníaco en aras de la malévola imitación de Cristo[2]). 

 


 

   Paradójicamente, esta idea de origen comercial es mucho más profunda de lo que parece, puesto que ya el arzobispo norteamericano Fulton Sheen –en proceso de canonización– afirmaría que el demonio es en realidad el mono de Dios y que, por tanto, quiere imitarlo en todo. De hecho, en una célebre alocución para la televisión estadounidense, detallaría sus características, para que los cristianos seamos capaces de reconocerlo cuando llegue: «No llevará vestiduras rojas, no vomitará azufre, no llevará tridente ni se llamará a sí mismo anticristo, pues nadie lo seguiría. Se disfrazará como el gran humanitario, hablará de paz, de prosperidad y de abundancia, pero no como medios para llegar a Dios, sino como fines en sí mismos. Promoverá un nuevo concepto de divinidad, que nada tendrá que ver con nuestra visión, sino que se acomodará al gusto de la gente.

   »Divulgará la fe en la astrología y en el universo como sustituta de la verdadera creencia en Dios. Hará que los hombres se avergüencen de no ser considerados abiertos de mente y progresistas por sus compañeros. Identificará la tolerancia con la indiferencia entre el bien y el mal. Fomentará el divorcio como signo de liberación. Hará que crezca el amor por el amor, pero que decrezca el amor por las personas. Invocará la religión para destruir la religión. Incluso hablará de Cristo y dirá que es el mayor hombre que jamás haya existido. Dirá que su misión es salvar a la humanidad de la superstición y el fascismo, pese a que nunca los definirá. Fundará, por ende, una anti-Iglesia, que será una imitación de la Iglesia, pero a la que se sumarán incluso muchos de los elegidos, puesto que serán víctimas de la soledad y la frustración del hombre moderno; pero allí no se les animará al reconocimiento de sus culpas y a la conversión, sino al autoconocimiento y a la superación».

 


 

   Así pues, pese a su innegable fragancia de Hollywood, La profecía se convierte en un acertado relato sobre la idiosincrasia del demonio y el futuro anticristo, al que, por otro lado, no hay que temer. De hecho, el propio Sheen, consciente de que sus palabras podían causar estupor en el pueblo cristiano, llenó a este de esperanza con las siguiente exhortación: «Colgad un crucifijo en casa, rezad cada noche el rosario en familia, acudid diariamente a misa, haced la hora santa, encomendaos a san Miguel y a la Santísima Virgen, y conservad el estado de gracia, puesto que solo habrá una forma de que las rodillas dejen de temblar: caer sobre ellas y rezar». Y así, aunque la cinta no dé pie a esta halagüeña expectativa, sí lo hace a su manera el conjunto de la trilogía –por eso es recomendable ver también la segunda parte y la tercera, tituladas respectivamente en España La maldición de Damien y El final de Damien[3]–, ya que nos hace ver que el mal no tiene la última palabra y que el bien triunfará por fin mediante una intervención directa de Dios (cfr. Ap 20, 7-10).  

   Por desgracia, después de esta cinta, el maligno pasó a ser en el cine un mero recurso estilístico. De este modo, aunque El exorcista sentara las bases para que la gran pantalla lo abordase con seriedad, y La profecía las perfeccionara, pocas películas han sabido recoger el testigo. Quizás en los últimos tiempos destaquen La pasión de Cristo y Pactar con el diablo, ya que, cada una en su género, profundizan en su figura, para hacernos ver que no es un simple mito cristiano, sino un ente real que odia a Dios y quiere condenar al hombre. En cuanto al anticristo y el fin de los tiempos, y al margen del filme que hemos presentado, tal vez solo despunten la española El día de la bestia y La profecía. Omen 666, nueva versión de aquella, aunque con una puesta en escena mucho más hollywoodiana. 

 

 


 



[1] La idea de publicar meses antes la novela inspirada en el guion procedía de la propia productora, que lo consideró una estrategia comercial.

[2] Existe una cuarta entrega: La profecía 4. El renacer, pero que es del todo prescindible, puesto que la tercera parte de la saga cierra definitivamente este ciclo (aunque de manera muy pobre, todo hay que decirlo).

[3] En mi opinión, la segunda es la mejor de las tres, y la tercera, la peor (con diferencia).

jueves, 11 de febrero de 2021

Madre Juana de los Ángeles

 

   La historia de la Iglesia está repleta de hechos curiosos, cuyas causas se pierden todavía entre las brumas de la incertidumbre. Es el caso, por ejemplo, de las endemoniadas de Loudun, en Francia. Y es que, en efecto, allá por el siglo XVII, un grupo de monjas ursulinas de esta localidad fue supuestamente poseído por toda una legión de demonios. El hecho alcanzó tal relevancia que hasta el mismísimo cardenal Richelieu se interesó por él e incluso ordenó que varios sacerdotes se dirigieran al convento, con el fin de liberarlo del presunto poder del maligno. Pero parece que en todo este asunto hubo también otro tipo de intereses, que actualmente ponen en duda el origen demoníaco.

   Corría el año 1617. A la sazón, el sacerdote Urbano Grandier, que ha sido ordenado recientemente, es enviado como párroco de San Pedro y canónigo de la Santa Cruz (ambas iglesias, en la citada ciudad de Loudun). Muy pronto alcanza gran fama entre sus feligreses gracias a sus ardorosos sermones, que exhortan a todo el mundo por su profunda teología y su notable piedad. Sin embargo, también recaba cierta popularidad como amante, puesto que no duda en dar rienda suelta a su pasión con las jovencitas del lugar. De este modo, deja embarazada a su propia discípula, de tan solo quince años, y contrae matrimonio con una huérfana pobre (en la ceremonia, él mismo ejerce de contrayente, sacerdote y testigo).

   Pese a esta vida disoluta, es reclamado como confesor por la madre Juana de los Ángeles, superiora del convento de ursulinas, que según se cuenta, está enamorada secretamente de él. Por desgracia para ella, el sacerdote declina la oferta, puesto que lo acucian otras preocupaciones, que no son religiosas ni sensuales, sino políticas, pues está embarcado en la defensa de la ciudad (y es que esta, donde conviven hugonotes y católicos, está en el punto de mira del cardenal Richelieu, que pretende su destrucción). Es por ello que quien responde al llamado es Mignon, que también es canónigo en la iglesia de la Santa Cruz, pero enemigo declarado de Grandier.

   Pasado un tiempo, Mignon afirma que el convento está endemoniado, pues sus monjas se confiesan constantemente de cometer pecados carnales. Y así, cuando es convocada para dar explicaciones, la madre superiora asegura que se trata de un hechizo de Grandier. Según ella, este trepa cada noche los muros del cenobio para poseerla a ella y poseer a las otras mujeres, que no pueden hacer nada para impedirlo. Por supuesto, el sacerdote acusado niega tales incriminaciones, pero como ya pesa sobre él esa fama de truhan, nadie le cree. Es por ello que el cardenal Richelieu ordena una investigación, en la que, en efecto, se le declara culpable y se le condena a morir en la hoguera.

 


 

   Como se suele decir en español: “Muerto el perro, se acabó la rabia”, pues esto es lo que parece que ocurrió. Y es que, en efecto, no bien fue incinerado el libidinoso sacerdote, las monjas quedaron libres del acecho del demonio. Pero no solo eso, sino que también la ciudad de Loudun quedó desamparada y Mignon creció en el favor de Richelieu. Es más, hay quien acusa a estos dos últimos de confabularse con la madre Juana de los Ángeles, para acusar a aquel y librarse de él, algo a lo que ella habría accedido por despecho. De este modo, lo que pretendidamente hubiera sido un extraño caso de posesión diabólica, se habría convertido en uno de desamor e histeria colectiva.

   Pese a esta interesante premisa, el cine solo se ha hecho eco de este asunto en dos ocasiones: en 1961, mediante la película Madre Juana de los Ángeles, y en 1971, con la cinta Los demonios. De entrambas, la que hoy recomendamos es la primera, puesto que la segunda, aunque pretenda ser más fiel al dato histórico, solo sirve de excusa para presentar un retrato pseudoerótico y blasfemo de lo que ocurrió en Loudun (y por ello actualmente es considerado un film de culto: cosas que tiene el séptimo arte). Bien es cierto que no se trata de un largometraje muy conocido, pero no por ello deja de ser interesante, pues parte de la base de que la posesión de las ursulinas fue real y que, por ende, todo el entramado que hemos señalado fue algo que añadió la historiografía posterior, siempre anticlerical.

   De esta manera, la película se inicia varios años después de que Grandier haya sido incinerado. A la ciudad francesa, es enviado el padre Suryn, un sacerdote con fama de santo, que ha de liberar al convento de la presencia demoníaca. Durante sus conversaciones con la madre superiora, el improvisado exorcista detecta que tal vez la posesión no fuera consecuencia de las malas artes de aquel, sino de las propias monjas, que habrían abandonado su vida de piedad y, por tanto, le habrían dejado la puerta abierta al diablo. Es por ello que él se empeña en que las religiosas vuelvan a la senda de su vocación, en vez de procurarles un auténtico exorcismo (aunque este también tenga lugar).

   Como decimos, no por poco conocida, la película deja de ser interesante, puesto que, en efecto, presenta un discurso muy acertado sobre la virtud, la tentación y el pecado. Y es que todo el desarrollo de la cinta pretende ser un llamamiento a la advertencia por parte de los consagrados –clérigos o monjas–, puesto que, conforme anuncia la Escritura, el maligno anda como león rugiente, buscando a quién devorar (cfr. 1 Pe 5, 8). En este sentido, es necesario que prestemos atención al personaje de la joven novicia que se escabulle cada noche a la taberna para hablar con la “gente del mundo”, o al del propio sacerdote protagonista, que ve cómo le afecta su trato con la madre Juana de los Ángeles.

   La película es de origen polaco, por lo que el cinéfilo encontrará en ella todo el sabor del cine nórdico, el mismo que nos cautivó mediante Ordet (La palabra), El séptimo sello o El manantial de la doncella, con la que mantiene ciertos puntos en común. Su director ya era bastante conocido en Polonia, pero no en el resto del mundo, por lo que esta cinta lo catapultó a la fama allende las fronteras de su propio país. De hecho, como este estaba aún bajo el yugo comunista, muchos críticos de la época entendieron que se trataba de una diatriba velada al ideario bolchevique. Pero, aunque no dudamos de que esto sea cierto, lo más interesante del film radica en esa advertencia que lanza a todos los religiosos (y por extensión, a todos los cristianos), que siempre están bajo la asechanza de un enemigo que pretende destruir sus almas.  

 


 

 

 

martes, 31 de julio de 2018

The Devil and Father Amorth


   Desde la semana pasada, todo usuario que disponga de la plataforma digital Netflix (o que abone su correspondiente tasa en el canal de vídeos YouTube), puede disfrutar del reportaje The Devil and Father Amorth, un breve documental, dirigido por el cineasta William Friedkin (1935-2018), que pone en imágenes un exorcismo verídico llevado a cabo por el conocidísimo sacerdote Gabriele Amorth (1925-2016). Con él, el famoso autor de cintas como El exorcista o The French Connection, contra el imperio de la droga, pretende demostrar que aquella historia que él mismo grabó, y que tenía como protagonista a la famosa niña Regan, no solo era una historia para asustar al gran público, sino un caso que puede ser tan real como la vida misma. Para ello, ha contado con la colaboración del citado padre Amorth, que, hasta el instante de su muerte, estuvo luchando contra el maligno en su labor como exorcista oficial de la diócesis de Roma.



  
   En efecto, en el año 1973, el mundo del celuloide se vio sobrecogido por una de las cintas de terror (tal vez la mejor) más recordadas de su historia: El exorcista. En ella, veíamos cómo una pobre niña, la famosa Reagan MacNeil (Linda Blair), era poseída por un demonio ancestral, de nombre Pazuzu, que lograba retorcerla, hacerla levitar y hasta hablar lenguas desconocidas para ella (y qué decir del famoso giro de la cabeza, uno de los grandes iconos del cine de terror, mil veces repetido por sus emuladores). Ante esta visión, su madre, una reconocida actriz venida a menos, recurre a diversos médicos de distintas especialidades, como psicólogos, psiquiatras o neurólogos, con el fin de determinar su dolencia y, así curarla; pero sus comprensibles intentos caen en saco roto, puesto que ninguno de ellos logra diagnosticar ningún mal, por lo que la desconsuelan diciéndole que se trata de un problema de origen desconocido, y por tanto intratable. Al final, y llevada por la desesperación, decide reclutar a un sacerdote (jesuita, para más inri), para que este la exorcice, puesto que sospecha que su hija ha sido poseída por el demonio. El sacerdote en cuestión es el padre Karras (Jason Miller), un hombre que está padeciendo una severa crisis de fe, algo que lo conduce a dudar de los efectos de una posesión; es por ello que, tras comprobar que los problemas de la niña no son de origen cerebral, decide llamar él mismo a un venerado presbítero, experto en exorcismos: el padre Merrin (Max von Sydow). Este será quien entable la batalla definitiva contra el diablo por la salvación de la pobre Regan.

   Como sabemos, la película continúa siendo hoy uno de los iconos más reconocidos y valorados del cine de terror, ya que no hay cinta en la actualidad que, si aborda la temática del exorcismo, no se inspire en ella; de este modo, títulos como El exorcismo de Emily Rose (tal vez la segunda mejor incursión del séptimo arte en esta materia), El último exorcismo, El rito, Expediente Warren: The Conjuring y Verónica (de manufactura española), nos sirven de ejemplos recientes para demostrar la influencia que todavía tiene sobre el género la obra de Friedkin. De hecho, tanta fama alcanzó a la sazón, que contó con varias secuelas (ninguna de ellas destacable) y hasta con una serie de televisión (que hoy va por su segunda temporada sin concitar todavía ningún interés). Incluso presentadores de célebres programas, como el afamado Iker Jiménez, director del no menos célebre Cuarto milenio, se refiere constantemente a ella como la única película que no ha sido capaz de ver por completo. Y es que, sin duda, se trata de una de las grandes obras maestra que nos ha dado la historia del cine de terror (y del cine en general).

   Lo que pocos espectadores sabían en realidad cuando acudieron en masa a dejarse aterrorizar por el largometraje, es que su guion se basaba en un caso real. Ciertamente, el libreto partía del libro homónimo que William Peter Blatty (1928-2017) había publicado en 1971, pero este, a su vez, se inspiraba en una posesión real que había tenido lugar en Maryland en agosto de 1949. En efecto, un niño de tan solo catorce años de edad, de origen luterano y aficionado a la güija, fue testigo de cómo en su casa comenzaban a sucederse una serie de fenómenos paranormales, entre los que se encontraban voces de ultratumba, movimientos de mobiliario y hasta sombras espectrales proyectadas en la pared; cierto día, incluso llegó a revelar que había sido poseído por el demonio y que este había entrado en él gracias al malhadado tablero espiritista. Es por ello que sus padres decidieron contar con la ayuda de un pastor de su propia confesión, aunque este, viendo el cariz de los acontecimientos, les aconsejó que recurriesen a un sacerdote católico (especialmente, un jesuita). Dicho y hecho, aquellos siguieron las indicaciones de su pastor y contactaron con uno, que fue el que finalmente logró exorcizar al niño, con la consecuente conversión de toda la familia al catolicismo, como también insinúa el filme. Este relato fue conocido por el novelista en 1950, cuando cursaba sus estudios en la Universidad de Georgetown, y conocido años más tarde por el cineasta, que la puso en imágenes (para saber más sobre el verdadero caso en que se inspira la película, pincha aquí).




   Cuando William Friedkin quiso dirigir la película, nunca había presenciado ningún exorcismo (incluso dudaba de su existencia), pero consideró que se trataba de una buena historia para delatar el famoso way of life americano. Este, en efecto, siempre se presenta a sí mismo como la mejor manera de afrontar la vida, es decir, como una felicidad falaz y con una visión superficial de los problemas inherentes a ella, por lo que la presencia del maligno en un hogar de estas características (recordemos que la madre de la protagonista es una actriz, signo del oropel norteamericano) servía de ejemplo elocuente para su propósito. Sin embargo, durante el transcurso de la preproducción, se percató de que, allende la mera historia que él consideraba de simple ficción, se ocultaba un trasfondo real de auténticas posesiones, por lo que decidió investigar sobre el particular. En sus pesquisas, pues, localizó a la familia original que había dado pie a la novela, y hasta quiso entrevistarla para llevar a cabo su largometraje, pero esta declinó, pues no quería ningún tipo de protagonismo, algo que, paradójicamente, convenció al cineasta de que todo lo que se contaba sobre ella había sido real, ya que no buscaba el reclamo comercial, sino la vivencia discreta de la fe. Por este motivo, decidió que algún día realizaría un documental sobre exorcismos reales.

   La oportunidad para Friedkin llegaría cuarenta años después, cuando, tras conversar con el citado padre Amorth, que le había confesado que El exorcista era su película favorita, pues recreaba muy bien los casos de posesión (“pese a que los efectos son algo exagerados”, apostilla), le rogó que le permitiese presenciar una de sus famosas pugnas contra el diablo. A la sazón, el exorcista de Roma libraba sus luchas contra el maligno en una capilla privada de la Escalera Santa, pero no veía con buenos ojos la irrupción de un cineasta; sin embargo, después de pensarlo durante un tiempo, lo consintió, pero con una sola condición: solamente usaría una videocámara para la grabación, es decir, sin luz artificial, micrófonos adicionales ni atrezo. Por supuesto, Friedkin aceptó de inmediato, pues suponía el culmen de su investigación (de hecho, y a modo de rúbrica, este documento es su última incursión en el mundo del celuloide, que se estrena incluso a título póstumo). El caso que iban a tratar era el de Cristina, una mujer de mediana edad que llevaba poseída varios años, pero que, pese a los intentos del sacerdote, aún no había conseguido verse librada de la acción de Satanás. Este sería el noveno intento, y el cineasta tenía la ocasión de verlo (y de grabarlo) en directo.




   Por tanto, las imágenes de este documental pertenecen a ese exorcismo real llevado a cabo por el padre Amorth, al que vemos completamente concentrado en su labor y convencido de ella. Ciertamente, son muy pocas, pues todo el grueso del reportaje se corresponde con una biografía del exorcista y hasta con los motivos que llevaron a Friedkin a interesarse por él (resumidos por nosotros a lo largo de este texto); pese a ello, son de un espeluznamiento atroz, pues podemos ver cómo la citada Cristina combate con denuedo contra el demonio, que quiere seguir poseyéndola a toda costa y librarse de la presencia del anciano presbítero (la fuerza que muestra para desasirse de los ayudantes de Amorth o la voz de ultratumba con la que profiere sus gritos son tan aterradores como la película misma). Pero como esto puede ser tildado de montaje por el espectador, el mismo Friedkin recurre a varios expertos en neurología, a los que les proyecta el contenido, con el fin de que estos le otorguen su opinión: sin duda, además de las imágenes del exorcismo, las revelaciones de los médicos son de lo más elocuentes acerca del particular. En la cinta, podemos ver asimismo al obispo Robert Barron, auxiliar de la archidiócesis de Los Ángeles, que no duda en mostrar su juicio sobre el problema del demonio: todo un reflejo de lo enconado que está ese asunto y de lo mucho que se quiere silenciar (siempre viene a colación el famoso aforismo “la gran victoria del demonio es hacernos creer que no existe”, atribuido a multitud de santos a lo largo de la historia).    

   Es por ello que nos encontramos ante un documento único y muy especial, pues supone una grabación inédita de un exorcismo del célebre padre Amorth, muy dado a escribir sus experiencias en multitud de libros, pero poco dado a dejarlas grabar; por otro lado, es un reportaje muy personal, porque es el resultado del estudio pretendido por Friedkin desde que rodase El exorcista hace más de cuarenta años, algo que lo convierte en un auténtico colofón de esta gran obra de arte del cine. También nos ayuda a comprender que, aunque el demonio haya triunfado sobre la ignorancia de los hombres, estos se siguen interesando por su existencia, pues de vez en cuando surge algún filme o algún documental (aquí analizamos hace unos meses el estreno de Liberami, de análoga temática y desarrollo) que, o bien quiere recordarnos que es real, o bien pretende convencernos de lo contrario. De una u otra manera, el diablo continúa existiendo y haciendo daño, por lo que, como recuerda Paul Doherty, autor de El príncipe de las tinieblas, que también es entrevistado en el film, lo mejor es apartarse de él, porque, cuanto más te interesas, más te atrapa.




domingo, 8 de abril de 2018

La herencia Valdemar

   Puede resultar sorprendente que hoy quiera hablaros de una película como esta. En primer lugar, porque se trata de una cinta de terror española (atípica, por tanto, dentro del panorama cinematográfico actual de nuestro país, pese a las honrosas excepciones que nos brindan las ya archiconocidas Rec y Verónica), y en segundo lugar, porque sufrió el menosprecio apabullante del público y de (parte de) la crítica especializada. Pero, en cuanto a esto último, dicho menosprecio no vino propiciado por la mala calidad (tanto técnica como temática) a la que nos tiene acostumbrados el séptimo arte español, sino precisamente por todo lo contrario, es decir, por intentar despegarse de él lo máximo posible. En efecto, consciente de que el mal que asola nuestro cine estriba en las malhadadas subvenciones públicas, que condicionan irremediablemente tanto el interés de sus creadores (ya que les pagan, les da igual el éxito de taquilla, los gustos de la platea o la calidad de su obra) como la temática que nos suelen presentar (no salimos de la comedia costumbrista, de la homosexualidad, de la transexualidad, de los curas malos, de la Iglesia perversa, de la Guerra Civil, del franquismo, del postfranquismo, de las víctimas del franquismo, de la Transición, de la memoria histórica y etcétera), el director de esta película prescindió absolutamente de ellas, por lo que gozó de una libertad artística que pocas veces hemos visto en nuestras pantallas; por otro lado, y en base a esta libertad, tomó como referencia el cine comercial americano, por lo que quiso vendernos un doblete que sentó muy mal a los espectadores.

   Ciertamente, así como el gran Quentin Tarantino quiso presentarnos su magistral Kill Bill en dos mitades, George Lucas afrontó la tragedia de los Skywalker en una nueva trilogía galáctica, y Peter Jackson rodó El señor de los anillos (o El hobbit) como un solo film de tres larguísimos episodios, José Luis Alemán escribió y dirigió La herencia Valdemar (José Luis Alemán, 2009) como un inmenso prólogo de su inmediata secuela: La herencia Valdemar II. La sombra prohibida (José Luis Alemán, 2010). Pero, mientras que en aquellos filmes se trató de un astuto ardid propagandístico, en estos fue un auténtico despropósito, puesto que nadie (o muy pocos) sabían que formaban parte de un díptico; de este modo, cuando el público fue al cine a ver la primera entrega, se encontró con una película inacabada y pensó que se le había engañado, para que también acudiese ulteriormente a ver la segunda (hasta tal punto llegó el enfado que el propio Alemán tuvo que salir a disculparse a través de una carta pública a los espectadores españoles: aquí). Pero aquí no acaba todo, puesto que un espectador que haya disfrutado de la primera irá sin dudarlo a ver la segunda, aunque no tenga conocimiento de la existencia de esta hasta que vea los créditos de aquella; el principal problema fue que ese inmenso prólogo que es La herencia Valdemar respecto de su secuela es a su vez como una película dentro de otra, puesto que la trama detectivesca con la que comienza (y que es la que luego se desarrollará profundamente en La herencia Valdemar II. La sombra prohibida) es bruscamente interrumpida por un largo flashback (prácticamente dura todo el metraje, salvo los veinte minutos iniciales, consagrados a esa trama detectivesca) que pretende ser asimismo un prólogo de dicha trama detectivesca. En fin, un lío que (comprensiblemente) no gustó nada al público, que pagó por ver una cosa, pero vio otra (¡y encima una cosa inacabada, porque tenía que ver la segunda parte para saber cómo acababa todo!): no es de extrañar, pues, que todo el mundo se enfadara y que no recompensara la película con las ganancias que merecía (de los catorce millones de euros que costó, no recaudó ni siquiera uno). Así que, frente a este panorama, uno se puede preguntar lo siguiente: ¿es realmente tan mala?




   Para responder a esta pregunta, creo que debemos dividir la película en dos partes (independientemente de su secuela): por un lado, la trama detectivesca de la que ya nos hemos hecho eco; por el otro, el largo flashback que narra la leyenda de la mansión Valdemar y que, al mismo tiempo, propicia dicha trama detectivesca. En relación a la primera mitad, debemos decir que se trata de un manido argumento, ambientado en la actualidad, sobre la desaparición de una chica en la citada mansión, que es conocida por todos como un lugar maldito; esto impulsa una búsqueda por parte de sus compañeros de trabajo y hasta de un pintoresco policía, que pretende ser gracioso y moderno para ganarse nuestro respeto, pero que provoca en el espectador más vergüenza ajena que admiración. No obstante, y a pesar de sus irritantes defectos, dicho policía consigue información sobre los sucesos que rodean a la casa, encontrando así que esta estuvo habitada por una extraña (aunque hospitalaria y caritativa) familia que sentía cierto interés por el ocultismo. Y aquí empieza la segunda mitad. Nos encontramos ahora en pleno siglo XIX: la familia Valdemar no puede tener hijos, por lo que decide formar un hogar de acogida para niños, que luego darán en adopción; sin embargo, la penuria económica llega a su casa, por lo que deben encontrar un método para obtener beneficios y continuar con su labor social. Como a la sazón las ciencias ocultas están teniendo cierto auge entre la población española, deciden consagrarse a ellas, ofreciendo a sus vecinos diferentes sesiones de espiritismo, así como una fotografía psíquica del fantasma que haya sido invocado. Aunque ellos realmente no crean en su nueva afición, sino en la remuneración que esta les reporta, sus sesiones atraen sobre la casa la presencia de peligrosísimos demonios del inframundo.

   Respecto de la primera mitad, debemos decir, en efecto, que se trata de una trama insulsa y sin interés, que recurre a los territorios que ya han sido trillados una y otra vez por el cine policiaco y de misterio, pero sin innovar en ninguno de ellos; además, está plagado de interpretaciones sobreactuadas, de diálogos absurdos e irrisorios y de alguna que otra situación cómica (sin querer serlo, que es lo peor). Pero, por suerte, esto solo dura los veinte minutos iniciales, ya que, después de estos, comienza ese largo flashback que, como hemos dicho, es en sí mismo una (otra) película. Y ahora sí, nos encontramos ante una obra casi magistral, en la que podemos hallar una historia absorbente y bien cuidada, donde priman una puesta en escena clásica y muy cinéfila y unas actuaciones esmeradísimas; encontramos unos diálogos sabrosísimos, que parecen extraídos de cualquier novela decimonónica de los maestros Allan Poe y H.P. Lovecraft (no en balde, este último aparece en los créditos como inspirador de la cinta), y unos giros argumentales propios de la literatura gótica. De esta manera, tan magníficamente rodada está esta analepsis que, si fuera una película en sí misma, entroncaría de inmediato con el buen cine de terror que se gestó en nuestro país allá por los años sesenta y setenta (La marca del hombre lobo, La noche de Walpurgis o El espanto surge de la tumba) y hasta con la flamante obra del gran Roger Corman, creador del género gótico cinematográfico por antonomasia, con El palacio de los espíritus (Roger Corman, 1963) a la cabeza. Pero, por si esto fuera poco, la película muestra una interesantísima enjundia sobre los peligros que conlleva el ocultismo, y con este fin, recurre a la conocida figura de Aleister Crowley (1875-1947).


     

   ¿Quién es Aleister Crowley? Aunque muchos de los lectores ya estén familiarizados con su nombre, debemos recordar que este sujeto, nacido en el Reino Unido en pleno auge del ocultismo europeo, fue conocido como "el hombre más perverso de su tiempo", puesto que divulgó por todo el mundo la doctrina satanista que ha llegado hasta nuestros días. En efecto, bajo su famoso lema, "haz lo que quieras", propaló por Occidente las supuestas doctrinas esotéricas que había importado del Oriente, mezclando el yoga, la magia negra, la cábala y la egiptología, entre otras cosas, con su obsesión por el diablo y el anticristianismo; organizó (y participó en) numerosísimas sesiones espiritistas, en invocaciones demoníacas a través de la ouija y hasta en sacrificios y misas negras; fundó multitud de sociedades secretas de carácter gnóstico o iluminista, y hasta, por este motivo, quiso concitar todos los saberes y misterios de la humanidad. En sus incansables viajes alrededor del mundo para investigar sobre sus intereses y para divulgar su doctrina, llegó a España, donde, según parece, reafirmó su animadversión hacia la Iglesia y donde pudo conocer de primera mano tanto la  impronta de la cultura árabe en nuestro país (misteriosamente, a los ocultistas les encanta este sector cultural) como las leyendas y cuentos acerca de las brujas y la Inquisición (para saber más, aquí). Basándose, pues, en este viaje real, la cinta nos lo presenta rondando la ficticia mansión Valdemar (por cierto, un nombre que no solo homenajea al célebre cuento de Allan Poe, El extraño caso del señor Valdemar, sino también al licántropo Valdemar Daninski, interpretado en numerosas ocasiones por Paul Naschy, coprotagonista de la peli que nos ocupa), interesado por las sesiones espiritistas que está llevando a cabo en ella la familia que le da nombre. Pero lo interesante es que, en un momento dado, los Valdemar le espetan que ninguna sesión ha sido auténtica, a lo que él responde que sí, ya que, mediante su juego ingenuo, han sabido despertar a los demonios del infierno.

   Como decimos, aquí subyace toda una profunda enjundia sobre los juegos ocultistas (desconozco si esta era la intención del director, pero sin duda ha dado en el clavo). En efecto, en esa respuesta que otorga Crowley al matrimonio Valdemar, se halla la verdadera esencia maligna que caracteriza a las prácticas que hoy hemos asumido como inocuas: la futurología, el tarot, la numerología, la magia, el yoga (recordemos que Crowley era gran seguidor de esta práctica y que la vinculaba con el satanismo), el reiki e incluso la ouija, de nuevo en peligroso auge entre los jóvenes (si quieres saber más sobre todo esto, pincha aquí). Es evidente que muy pocas personas recurren a dichas prácticas con fines nocivos (se supone que el yogui quiere alcanzar el sosiego anímico mediante sus ejercicios físicos, y que en las sesiones espiritistas solo se procura contactar con las almas de los difuntos para hablar con ellos), pero lo cierto es que, sin saberlo, se están sometiendo a las prácticas satanistas que abren las puertas al diablo, como el niño que, inocentemente, se somete a los juegos perversos del adulto que quiere abusar de él (el famoso exorcista Gabriele Amorth recuerda que, detrás de toda invocación espiritista, siempre está el demonio... ¡aunque se disfrace del alma de un familiar nuestro! -aquí). Por otro lado, la supuesta eficacia de estos métodos aparta irremediablemente de Dios, que no se somete al hombre de la manera en que estas fuerzas parecen subyugar a los espíritus: la tranquilidad que nos otorga el quiromante, por ejemplo, al advertirnos acerca de nuestro futuro, nunca la encontramos de manera tan supuestamente evidente en la oración al Padre, por lo que es preferible pagar al que nos lee la mano y nos cuenta lo que nos va a pasar que estar embebido de una oración que no me dice nada. No es extraño, pues, que, tras la sesión espiritista en la que participa el Crowley de la película (y hasta Bram Stoker, otro epítome del ocultismo europeo del siglo XIX), este espete que nadie puede controlar en verdad las misteriosas fuerzas de lo oculto, aunque creamos lo contrario.




   Por todo ello, creo que se trata de una película que debemos recuperar sí o sí. En efecto, una vez que han transcurrido casi diez años desde su polémico estreno, hoy se nos presenta como un film muy interesante, desgraciadamente atípico dentro de nuestro cine y deudor del terror más clásico de la cinematografía hispana y universal (así como de la buena literatura gótica del XIX). Respecto de la mamarrachada que supone el acusarla de fraude por pretender vendernos un díptico sin saberlo, ¿cuántas veces nos hemos tragado pelis del mismo tipo (o aun sabiéndolo, que es peor) sin menospreciarlas, como ocurre con las últimas de la saga Star Wars, que son execrables? En cuanto a la idea de insertar dos películas en una sola, concedo la diatriba, porque habría funcionado muy bien si se hubiera centrado solamente en el manido flashback, pero ¡anda que no habremos visto cosas peores en una sala de cine, y aún así se lo perdonamos! Tal vez todas estas críticas formen parte del complejo que nos caracteriza a los españoles, que deploramos todo lo que sea nuestro (y si es bueno, lo deploramos aún más); de este modo, si fuera una cinta norteamericana, aplaudiríamos con las orejas cada vez que la viéramos (como ocurre allí con The Room, por ejemplo) y hasta la elevaríamos a los altares del frikismo, pues cumple todos los requisitos de las rarezas cinematográficas que tanto nos gusta a los parroquianos freaks (fracaso de taquilla, cinta experimental, denostada por la crítica...). Pero como es española, la despreciamos (y eso que yo suelo despreciar mucho el interesado, subvencionado y malintencionado cine español, de cuyas malignas influencias se aparta esta obra).

   Por otro lado, si sois cristianos, creo que encontraréis en ella un elocuente discurso sobre las fuerzas del mal, que campan a sus anchas por nuestro mundo (sé que suena a prólogo de El señor de los anillos, pero es que es así), y que lo hacen, sobre todo, gracias a esos inocentes juegos ocultistas que siempre están de moda. Como afirma el Crowley de la cinta, "nunca terminamos de controlarlas del todo, sino que son ellas las que al final nos controlan totalmente a nosotros". Sin duda, un claro resumen de todo lo que aquí hemos manifestado.




lunes, 24 de julio de 2017

The Exorcist

   Resulta curioso que, pese a encontrarnos en una época de la historia caracterizada por el ateísmo, el diablo continúe despertando el interés de la sociedad. En efecto, aunque esta última tenga un comportamiento laico, laicista y, por ende, anticristiano, Satanás, que forma parte del credo de la Iglesia, sigue presente en su magín, evocándole miedos, cargos de conciencia, ríos de tinta o kilómetros de celuloide. Es posible que ello esté vinculado precisamente con el agnosticismo del que tanta gala hace, pues este la ha conducido a depositar su fe en soterradas prácticas ocultistas, como el yoga y el reiki, y a la adopción de religiones orientales tamizadas por la visión de Occidente, como el budismo que vemos en Europa (para saber más, pincha aquí). Pero es probable que también esté relacionado con el humanismo que hoy padecemos, un culto al hombre cuyo lema, "Haz lo que quieras", es compartido por las sectas demoníacas que proliferan en nuestro mundo.

   Sea como fuere, el cine ha recogido esta malsana propensión a lo largo de los años: alguna vez, para bien, mostrando sus temibles consecuencias; otras veces, para mal, usándola como mera excusa para infundir terror en el público. A nuestro juicio, aunque esta segunda opción sea válida, pues Hollywood no deja de ser una industria que vive del dinero del espectador, tiene asimismo una labor educativa (aquí), por lo que debería promover títulos que se circunscribieran a la primera alternativa. En este último sentido, de hecho, nos ha ofrecido títulos tan recordados como La semilla del diablo (Roman Polanski, 1968), El exorcista (William Friedkin, 1973), que es la obra cumbre del género, El exorcismo de Emily Rose (Scott Derrickson, 2005) y La bruja (Robert Eggers, 2015); pero, en el otro, ha perpetrado cintas tan deplorables al respecto como Exorcismo en Connecticut (Peter Cornwell, 2009), Ouija (Stiles White, 2010), El último exorcismo (Daniel Stamm, 2010) y Expediente Warren. The Conjuring (James Wan, 2013), que, sin embargo, denotan ese constante interés al que aludimos. Es por ello que la televisión no podía desaprovechar esta triste moda; así, gracias al revival del que está gozando a través de las series, ha creado una basada en aquel film que hemos calificado como el mejor del género: The Exorcist (Jeremy Slater, 2016).




   Aunque este nuevo show doméstico pretende ser una actualización de la obra literaria de William Peter Blatty, debemos advertir, en honor a la verdad, que está más relacionado con el film de 1973 que con esta. No conviene desvelar el motivo, pues forma parte de la trama, y entraríamos en el peligroso terreno de los spoilers; pero debemos decir que, quien haya visto la película y leído el libro, lo identificará en el acto. Por esta razón, vuelve a contar con dos sacerdotes encarándose al diablo, con un problema de fe y con ciertas prácticas satánicas como origen de todo ello, algo en lo que incide más el largometraje en el que se basa que el texto que lo inspiró; sin embargo, también cuenta con un acercamiento novedoso a la figura del protagonista, que no solo experimenta esa citada desconfianza, sino que muestra asimismo una debilidad que no recogía ninguno de aquellos dos.

   Ciertamente, la serie describe al padre Ortega (Alfonso Herrera) como un sacerdote pusilánime y afligido, pues vive anclado en el recuerdo de un viejo amor, y, por tanto, se plantea una y otra vez su idoneidad para el ministerio. Pero, lejos de lo que podría esperarse de una producción actual, no se deja arrastrar por estos sentimientos que lo acechan, sino que los combate por el bien de su vocación, de su entrega a los demás y de su propia santidad. De este modo, ofrece una visión acertada del presbítero, que, como hombre y como cristiano, se enfrenta a las tentaciones que lo asaltan durante su camino, aunque teniendo al Hijo de Dios y al prójimo como metas del mismo. Tal vez debería haber hecho mayor hincapié en esta problemática, que solo toca de pasada, aunque habría resultado interesante para el televidente; no obstante, y por desgracia, ha preferido inclinarse hacia el thriller más burdo, convirtiéndose así en una historia sin gancho.




   Sin duda, nos encontramos ante una serie que, olvidando los rasgos humanos de sus protagonistas, exceptuando el que hemos mencionado, anhela el efectismo visual por encima de su argumento; de este modo, pesan sobre ella el manido "giro final" y ese ansia por imitar el terrorífico ambiente que transmitía la cinta de Friedkin. Pero, mientras que esta lo conseguía a través de los grandes conocimientos que ostentaba acerca de la veracidad de una posesión demoníaca, aquella lo intenta mediante sustos vacuos y tópicos cinematográficos, que ya han sido vistos en cualquier película sobre el diablo. Tanto es así que alcanza su paroxismo en las escenas culminantes, es decir, en las que enfrentan a los sacerdotes contra Satanás: por desgracia, parecen clichés extraídos directamente de El príncipe de las tinieblas (John Carpenter, 1987) o de Vampiros de John Carpenter (id., 1998), en vez de una descripción de la presencia real del maligno. 

   Por este motivo, desde aquí no podemos recomendar esta serie. Como hemos dicho arriba, ha perdido la oportunidad de ahondar en la historia del sacerdote atormentado, que busca ser fiel por encima de sus miserias (no obstante, es algo que le ha servido para humanizar la figura del presbítero, muy mal tratada en el cine de hoy, tanto por las producciones que la edulcoran, mostrando hombres impolutos, como por aquellas que la denigran). Sin embargo, también ha desaprovechado la ocasión de mostrar la auténtica faz del demonio, de modo que aquellos que se sientan atraídos por él descubran el sufrimiento que conlleva, como hizo El exorcista en su momento. Por ello, es preferible revisar y promover esta última, que continúa siendo la mejor cinta sobre posesiones demoníacas y el mejor título de terror de todos los tiempos.