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viernes, 13 de diciembre de 2019

Ad Astra


   Indudablemente, esta crítica llega tarde, puesto que Ad Astra se estrenó en nuestros cines hace ya más de tres meses. Sin embargo, no he podido resistirme a hablaros sobre ella, porque, ahora que nos acercamos al final de año y valoramos, por tanto, las cintas que se han estrenado, esta no se nos debe pasar por alto. El motivo es que quizás se trate de una de las mayores apuestas cinematográficas de 2019, de un buen exponente de la ciencia ficción contemporánea y de una de las mejores exhortaciones caritativas de la última década. Puede que en el texto encontréis algún que otro spoiler, por lo que, si no habéis visto la cinta, hacedlo antes de seguir leyendo.




   Ad Astra narra la vida del astronauta Brad Pitt, que, debido a su fama, es contratado para desempeñar una misión espacial (y especial): encontrar a su padre. Este, en efecto, partió hace mucho tiempo para localizar vida alienígena fuera de nuestro planeta, pero se perdió todo contacto con él cuando bordeaba las fronteras del sistema solar. Por otro lado, la Tierra se ve azotada por esporádicas tormentas eléctricas, cuyo origen es atribuido aquel, que estaría molesto por no haber coronado con el éxito su empresa. De este modo, Brad Pitt no solo debe hallar a su padre, sino también frenar sus presuntos ataques y llevarlo de vuelta a casa.




   Lo primero que tenemos que saber es que James Gray, el director de la cinta, no es un cineasta cualquiera. Así es, pues su intención al abordar cualquier proyecto consiste siempre en presentar una historia íntima o pequeña, pero revestida de grandiosidad. Es el caso de su anterior obra, Z. La ciudad perdida, en la que la búsqueda de la urbe amazónica solo servía de excusa para narrar la relación entre un padre y su hijo. La película que nos ocupa, pues, se inserta en este estilo, puesto que toda esa espectacularidad espacial que ostenta esconde, en el fondo, una historia muy íntima sobre el deseo de un hijo por reencontrarse con el padre al que no conoce.




   Por tanto, la odisea que lleva a Pitt a viajar desde la Tierra hasta los confines del sistema solar es una elocuente metáfora de su vida interior, del camino que debe recorrer hasta alcanzar la meta que ansía. Y, como en cualquier odisea que se precie, esta le servirá a él para conocerse a sí mismo, para descubrir los valores eternos de la vida (la familia, el amor, etcétera) en detrimento de los pasajeros (la fama, el éxito, el trabajo…); para ser consciente de su propia soledad y para darle un giro espiritual de 180° a su existencia. De alguna manera, pues, la cinta revisita la parábola del hijo pródigo, pero, aquí, este último no tiene que marcharse de casa para valorar el amor de su padre, sino que es este quien se aparta momentáneamente de su lado para hacérselo ver.




   Otro punto de interés que nos ofrece la cinta es su discurso a favor de la caridad humana. Así es, pues cuando Tommy Lee Jones espeta que ha fracasado en su propósito de encontrar vida extraterrestre, Pitt le asegura que ha triunfado en otro propósito: demostrar que los hombres nos necesitamos mutuamente. En efecto, si estamos solos en el universo, ¿qué mejor pretexto que este para ayudarnos a progresar y no para entorpecernos? En este sentido, me quedo con una frase que resume toda la trama de la cinta: «Nos pasamos toda la vida intentando encontrar vida fuera de nuestro planeta, pero obviamos la del que tenemos al lado». Ciertamente, puede parecer un mero discurso humanista, pero debemos indicar que tiene un sentido religioso muy potente, puesto que la figura de Dios sobrevuela todo el relato, ya que no solo se encomiendan a él antes de iniciar cualquier viaje, sino que también le rezan mediante el padre nuestro. 




   Sin duda, la película nos puede recordar a Interstellar, que también ofrecía un discurso sobre el amor, aunque disfrazado de ciencia ficción. Pero creo que el mensaje de esta es mejor, puesto que, mientras que el film de Nolan, que es una maravilla, sí que dejaba un amargo regusto de vacío existencial, esta deja un dulce sabor de esperanza. Como hemos dicho, pues, se trata de un buen ejercicio de reflexión sobre el ser humano actual, que se vuelca en cosas que no tienen importancia, pero que se aparta de las que realmente la tienen.



miércoles, 2 de mayo de 2018

El aceite de la vida

   ¿Recordáis esta película del año 1992? En ella, los actores Nick Nolte y Susan Sarandon interpretaban a un matrimonio que debía luchar contra la enfermedad degenerativa de su hijo. Como hasta el momento nadie le había hecho frente por considerarla intratable, ellos prácticamente lidian contra toda la comunidad médica, para que esta sienta interés por su curación. La película consiguió tal éxito de crítica y de público que la Academia de Hollywood (la de entonces) la nominó al premio a la mejor cinta del año y al mejor guion, aunque al final se los concedieron respectivamente a Sin perdón (Clint Eastwood, 1992) y a Neil Jordan por Juego de lágrimas (id., 1992).   

   Curiosamente, esta cinta fue dirigida por el australiano George Miller, autor de la imprescindible saga de Mad Max (a la sazón, una trilogía), donde nos había ofrecido su dura visión del mundo que nos aguarda en un más que posible futuro violento y distópico (en lo que al comportamiento humano se refiere, por supuesto). Y es que, después de haber flirteado con la comedia negra (Las brujas de Eastwick), y tal vez desazonado por su propia concepción del mañana (que había suavizado no obstante en la tercera entrega de su saga futurista), quiso presentarle al mundo un motivo de esperanza. Para ello, eligió la historia real de Augusto y Michaela Odone, un matrimonio italoamericano que, como hemos indicado en el párrafo precedente, despertó a la comunidad médica mediante su lucha contra la enfermedad de su hijo: la adrenoleucodistrofia, o ALD. Ciertamente, el tesón de estos esposos por el bienestar de su retoño fue tan grande que ambos consiguieron elaborar una medicina que hoy previene la citada enfermedad: el aceite de Lorenzo (por ser este el nombre de su hijo), o el aceite de la vida, como señala el título español del film.

   Como hemos dicho, la historia de estos padres-coraje engatusó tanto al Hollywood de la época y al público que acudió en masa a ver la cinta que la Academia decidió que esta contase al menos con un par de nominaciones a los Óscar. De este modo, y aunque finalmente no le concediese el premio a ninguna de ellas, la meca del cine demostró que todavía estaba interesada en películas que abordaban los valores tradicionales y eternos, como son, en este caso, la defensa de la vida o la importancia de la familia (por otro lado, temas que siempre habían gustado al Hollywood de antes). Probablemente, hoy sería impensable que una cinta así llegase tan alto, puesto que nos encontramos ante una Academia que no solo se ha rendido al discurso de lo políticamente correcto, sino que también lo ha promovido abiertamente a través de sus últimas obras, que por supuesto ha premiado sin rubor alguno en un vergonzoso y escandaloso delito de prevaricación flagrante, es decir, y como diría el clásico, "Juan Palomo, yo me lo guiso, yo me lo como" (¿de verdad que alguien cree que la horrorosa y plúmbea La forma del agua, una metáfora sobre el amor interracial -tan de moda por eso del supuesto racismo de Trump-, merecía ser la ganadora del Óscar a la mejor película del año?, ¿o que Déjame salir, una cinta de terror correcta -pero solo correcta-, merecía estar entre las candidatas a obtener dicho premio, más allá de que era una obra realizada e interpretada por afroamericanos y dirigida a ellos, por su discurso acerca de la presunta supremacía blanca que los oprime?). ¡Y eso que todavía presenciamos gestas paternas (y paternales) tan grandes como la de los Odone de El aceite de la vida, que nos pueden servir de ejemplo a todos nosotros! La última de ellas ha sido la protagonizada por los Evans, un matrimonio inglés que ha preferido enfrentarse al Estado británico antes que acomodarse a una sentencia injusta de este, que había dictaminado impunemente la muerte de su hijo Alfie.




   Por si alguno anda despistado, ya que los media se han encargado de silenciar esta batalla (salvo en su tramo final, cuando el clamor popular era ya irrefrenable), recordemos que Alfie Evans era el niño que murió el pasado 28 de abril después de que un juez de la Corte Suprema de Inglaterra decretara su muerte. En efecto, pese a que todo apuntaba a que este niño, aquejado de una rara enfermedad neuronal degenerativa, podía seguir vivo con la ayuda de un respirador artificial, el citado magistrado determinó que ese dato era irrelevante para su decisión, por lo que debía ser desconectado de inmediato y aguardar así su prematuro fallecimiento (el caso incluso podría ser tildado de blasfemo y hasta de satánico, si tenemos en cuenta que el decreto entraba en vigor el día 23 de abril, festividad de san Jorge, patrono de Inglaterra). A partir de ese momento, sus padres comenzaron una dura lucha contra este dictamen y en favor de la supervivencia de su retoño, llegando incluso a entrevistarse con el papa, a escribir a la reina de Inglaterra y hasta consiguiendo la nacionalidad italiana para el pequeño, de modo que este pudiera ser atendido en el hospital "Bambino Gesù", que depende directamente del Vaticano. Pero la obstinación anticurativa del juez y de los médicos ingleses (en palabras del catedrático de Genética de la Universidad del Sagrado Corazón de Milán -aquí-) fue tan grande que estos no solo desoyeron y despreciaron cualquier injerencia o ayuda externa, sino que también recrudecieron las medidas contra la vida de Alfie, prohibiendo para ello que incluso sus padres le otorgaran el alimento, el oxígeno y la hidratación que el niño necesitaba.

   Por suerte, las reacciones a esta lucha no se hicieron esperar mucho, pues a las puertas del hospital se reunieron decenas de personas con el fin de protestar contra la abusiva decisión del juez y de los médicos y en favor de los Evans y de su hijo Alfie; Francisco, en respuesta a aquella entrevista que mantuvo en el Vaticano con Thomas Evans, padre de Alfie, no solo pidió que se hiciera todo lo posible para salvar la vida del pequeño, sino que incluso rezó públicamente por él en la audiencia general de los miércoles y en la oración dominical del Regina Coeli, así como en su cuenta de Twitter, consiguiendo de este modo internacionalizar el problema; cada día, en las redes sociales aparecían nuevos comunicados sobre la evolución del niño, personas que se sumaban a las oraciones del pontífice y hasta vídeos que nos mostraban en directo la situación en la entrada del centro de salud (irónicamente dicho, por supuesto, ya que se encargó de privar de ella a uno de sus pacientes). Una vez que se internacionalizó el problema, reacciones tan importantes como la del primer ministro italiano, que pidió que Alfie fuera trasladado a su país, ya que él mismo le había concedido su nacionalidad, urgieron todavía más la situación: la directora del "Bambino Gesù" viajó en avión hasta Liverpool (sede del malhadado hospital inglés) para trasladar allí al pequeño; médicos alemanes visitaron de incógnito al niño para constatar que podía seguir viviendo; los respectivos presidentes del Parlamento Europeo y Polonia rogaron por su vida, y algunos (muy pocos) políticos españoles se sumaron a estos últimos. Pero nada de esto impidió que tanto la decisión del juez como de los médicos, empeñados en matar a Alfie, siguiera adelante (en un heroico gesto de caridad, un manifestante le lanzó a Thomas por encima del cordón policial una mascarilla de oxígeno, para que pudiera seguir respirando en contra del criterio de aquellos). No obstante, el niño sobrevivió casi una semana, a pesar de que a los padres les habían augurado que moriría pocos minutos después de que fuera desconectado de la máquina que lo mantenía con vida. Pero la enfermedad pudo con él y, como hemos indicado arriba, la madrugada del pasado día 28 murió, dejando al mundo consternado y denunciando los excesos de un Estado que ya ha dejado de proteger al más débil.




   En efecto, si hay un problema que ha evidenciado todo este asunto es la creciente omnipotencia del Estado actual. Y es que, como ya han señalado varios artículos periodísticos (aquí), el caso de Alfie Evans trasciende la lucha religiosa en favor de la vida (recordemos que los padres del pequeño son cristianos -él, católico, y ella, protestante-, un factor que los ha impulsado a la pugna por la supervivencia de su hijo), ya que no solo se trata de poner en liza un convencimiento moral, sino de  frenar la autoridad que últimamente se están arrogando las instituciones públicas sobre la existencia de los individuos. Ciertamente, como si hubieran vuelto a nuestros tiempos los años oscuros de la Unión Soviética o del nacionalsocialismo alemán, hoy quien determina la supervivencia de un hombre no es el hombre mismo (cosa que ya es de por sí aberrante), sino el Estado, que, como ocurría en aquellos execrables regímenes del pasado, pretende ser el nuevo dios del mundo actual. Pero, por supuesto, esto no es más que el colofón de un camino que se emprendió hace ya mucho tiempo (concretamente, cuando Dios fue abolido de la vida pública); así, y en estos últimos pasos que el Estado está dando para convertirse en la nueva ley moral de la humanidad (y nunca mejor dicho, puesto que, al menos en Occidente, nos encontramos en un mundo completamente globalizado), podemos identificar su evidente sesgo adoctrinador: por ejemplo, en Escocia está a punto de aprobarse el infame Proyecto de Persona Designada (aquí), según el cual a cada niño se le debe asignar un empleado del Gobierno, para que vigile su progreso social y para que asesore su vida familiar (es decir, es el Estado el que debe regular la vida privada del individuo); el Tribunal Supremo del Reino Unido ha dictaminado que, en cualquier disputa sobre el interés del niño, por muy insignificante que esta sea, es precisamente el niño quien debe tener una voz soberana sobre sí mismo (evidentemente, por "voz soberana" se entiende el criterio del Estado, como han demostrado tanto el caso de Alfie Evans como, en su momento, el de Charlie Gard). Pero no es necesario viajar a las islas británicas para comprobar los trancos que está dando la supremacía estatal en materia ética, puesto que, si nos quedamos en España, podemos comprobar que en los colegios se imparte ideología de género sin la previa autorización de los padres, o que las niñas pueden abortar sin el permiso de estos últimos y hasta ser tratadas obligatoriamente por ellos como varones, si así lo sienten en su intimidad sexual. Y es que, como decimos, han vuelto los tiempos en que los rusos eran adoctrinados moralmente por la Unión Soviética o en que los pobres alemanes eran súbditos anímicos del Reich (a la sazón, según la ideología política de cada régimen; hoy, según los dogmas feministas, homosexualistas y posthumanistas que corroen nuestra sociedad).

   Sin embargo, igual que entonces, hay determinadas actitudes personales que nos demuestran que, en un mundo totalitario, inmisericorde y violento (como el Mad Max de George Miller que citábamos arriba), todavía existe la esperanza (¡la esperanza es lo último que se pierde!); de este modo, y así como en la extinta Unión Soviética se alzaron voces discordantes, que vencieron la amenaza del gulag, campo de concentración ruso que ha presenciado la mayor matanza de seres humanos de la historia, para clamar por la libertad (al respecto, ver la película Cosecha amarga), o como en la Alemania nacionalsocialista surgieron grupos que denunciaron las ambiciones adoctrinadoras del Reich (como describe el film Sophie Scholl. Los últimos días), hoy surgen anónimos David que se encaran contra el gigantesco Goliat estatal, pertrechados solamente con la honda de su palabra, que les es proporcionada por su profundo convencimiento, por su persistente rebeldía y por su imbatible tesón. En este sentido, el matrimonio Evans se ha comportado como el valeroso israelita bíblico, puesto que se ha aproximado con bizarría al ciclópeo enemigo con el fin de mojarle la oreja, pese a que todos los factores apuntaban contra ellos; pero, como los acuciaba la injusta sentencia de un juez sin entrañas, siervo y paladín de los nuevos dogmas estatales (aquí), y especialmente el amor a su hijo, se atrevieron a arrojarle la piedra esperanzados de que cayese fulminado al suelo. Por desgracia, y pese a su empeño, esta vez ha vencido Goliat (aunque no del todo, puesto que consiguieron que Alfie fuera hidratado y alimentado de nuevo), pero de manera pírrica, ya que, mediante el esfuerzo de los cónyuges, que han sabido internacionalizar el problema, han salido a la luz los excesos inexorables de un Estado cada vez más omnipotente. Por este motivo, tanto ellos como Alfie son un verdadero símbolo de esperanza y rebeldía, puesto que no pertenecen a la masa adocenada que se deja manipular por el maligno leviatán, ávido de almas secas e incautas, que, sin embargo, se creen pletóricas y cultas (una sociedad que se manifiesta contra el sacrificio de un perro -¡de un perro!-, pero que condesciende ante el asesinato impune de un niño -¡de un niño!-, por su supuesto bienestar, es una sociedad enferma, execrable y vomitiva: "Conozco tus obras: no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Pero, porque eres tibio, ni frío ni caliente, estoy a punto de vomitarte de mi boca"). No pretendo ser profeta, ni siquiera buen exegeta, pero los Evans han demostrado pertenecer a esa decena de justos por los que Dios le prometió a Abrahán refrenar su ira contra la ciudad de Sodoma (Gn. 18, 32); son, por tanto, y pese a la desgracia que han vivido en su seno, ese hálito de esperanza que este mundo marchito necesitaba.




   Volviendo a la cinta que ha originado este post, recuerdo que esta ofrece un par de escenas y una actitud que parecen haber sido imitadas por los Evans estos últimos días (aunque realmente se trate del amor que subyace tras la resolución valiente de unos padres por sus hijos). En cuanto a las primeras, están protagonizadas por Susan Sarandon, que en la película interpreta a Michaela Odone, la madre de Lorenzo: en una de ellas, tras asistir a una reunión de padres cuyos hijos padecen la adrenoleucodistrofia, aquella descubre que los participantes no albergan la intención de luchar por sus hijos, sino de aceptar el mal que les ha sobrevenido (como aquellos que se conforman sin luchar por lo que es justo); en la otra, expulsa de su casa a la cuidadora que le insinúa que mate a Lorenzo por misericordia (una metáfora tristemente real de aquellas personas "cultas" y "solidarias" que disfrazan su impiedad bajo la máscara de la compasión). En cuanto a la actitud que denota el film, me refiero a la de Nick Nolte, que es capaz de irrumpir en un congreso médico con el fin de que los doctores despierten de su letargo y, así, procuren sanar a su hijo (como consiguió Thomas Evans cuando visitó al papa en el Vaticano, ya que despertó a muchas conciencias cristianas adormiladas). Aquellas escenas y esta actitud, pues, encierran el amor a la vida que debe urgir a todo hombre, pero que se convierte para el cristiano en una ley exigente ("Vosotros sois la sal de la tierra. Pero, si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?").

   Si hoy viviéramos en un mundo decente, el mundo del arte se habría conmovido ante la bizarría de unos padres cristianos, que se han enfrentado a un poderoso enemigo con tal de salvar a su hijo (en el Hollywood de antes, pero en el de hace pocos años, ya le habrían dedicado un film). Pero, como vivimos en un mundo vacío, pendiente de modas pasajeras, de fútiles ganancias crematísticas y de inanes postureos políticos, que es incapaz de ver lo que hay de bello en una gesta memorable en defensa de la vida, nunca veremos su reconocimiento cinematográfico (¡ni falta que nos hace!). Por desgracia, esta sociedad, que prefiere dar la vida por un perro o por una clase de piojo en peligro de extinción antes que por un crío inocente, olvidará muy pronto a los Evans, como ya ha olvidado a los Gard y a tantos otros; pero no ha de ser así entre los bautizados, que hemos despertado frente a la opresión de un Estado con manifiestos tintes anticristianos. Que la hazaña de estos hermanos nuestros, que nos han comunicado parte de su esperanza, fundamentada sin lugar a dudas en las promesas del Hijo de Dios, nos sirva de ejemplo en la defensa de ese valor fundamental que es la vida. Por mi parte, ofrecí la santa misa por Alfie y por sus padres hasta que aquel murió; ahora que intuimos que el niño está en el cielo, pues fue bautizado y confirmado antes de fallecer (aquí), me queda rezar por la conversión y el perdón de ese Estado (y de ese juez) que lo han llevado a la tumba (el juicio sobre sus razones solo compete a Dios y no a nosotros). Pero recordemos que, mientras haya gestas de amor tan grandes como esta, aún hay esperanza en este mundo podrido: nuestra sociedad no será ese desierto árido y descorazonador que George Miller nos presentaba en Mad Max, sino un lugar donde se podrá sembrar el amor de una familia por su hijo; por este motivo, rodó El aceite de la vida.



domingo, 1 de abril de 2018

Pablo, el apóstol de Cristo

   Creo que es de mala educación empezar un texto autorreferenciándose, pero el caso es tan flagrante que hoy, de manera excepcional, lo voy a hacer. Y es que os lo dije: cuando una película religiosa es ampliamente publicitada, tiene gato encerrado, mientras que, si pasa desapercibida, tiene más posibilidades de ser buena. Es lo que ocurrió hace unos días con María Magdalena (Garth Davis, 2018), un panfleto de feminismo rancio, disfrazado de religiosidad reivindicativa, que nos fue vendido hasta en la sopa por las distribuidoras cinematográficas y que fue avalado, como no podía ser de otra manera, por la crítica especializada, que siempre se pirra por los filmes que ponen en tela de juicio la figura de Jesús o todo lo que la rodea: casi a la vez que llegaba esta a nuestras pantallas, se estrenaba Pablo, el apóstol de Cristo (Andrew Hyatt, 2018), concretamente una semana después, pero ningún medio se hizo eco (salvo las honrosas excepciones de los religiosos) y los pocos críticos especializados que la vieron se dedicaron a vapulearla, amparándose para ello en la manida propaganda cristiana que dicen que divulga. Sabiendo esto, ¿qué podemos pensar a priori de ella? Pues que merece la pena y que es infinitamente mejor que el ideologizado biopic de la Magdalena, y acertaremos.

   Pero, antes de meternos en harina, me gustaría preguntarles a los críticos especializados que me lean un par de cosas. En primer lugar, y aunque caiga en el pecado de generalizar, ¿por qué os molesta tanto que un film sea abiertamente cristiano? Por ejemplo, no os gusta esta de san Pablo, porque supuestamente lo es (aquí); no os gustó Converso (David Arratibel, 2017), porque también lo es (pese a que se trate de un documental que parte de la duda y no de la confesión cristiana); La cabaña (Stuart Hazeldine, 2017) os pareció melosa y proselitísticamente patética (aquí), aunque, a pesar de sus fallos, represente muy bien la onerosa tragedia humana; El árbol de la vida (Terrence Malick, 2011) os gustó hasta que descubristeis que su autor es cristiano (aquí), y La pasión de Cristo (Mel Gibson, 2004) la habéis relegado a una mera cinta catequética o parroquial (¡como si a un niño chico se le pudiera poner la escena de los latigazos!), pese a que ya se trata de un film histórico para el séptimo arte. Os parece muy bien que se haga propaganda del travestismo con La chica danesa (Tom Hooper, 2015), de la homosexualidad pedófila con Llámame por tu nombre (Luca Guadagnino, 2017), de la eutanasia con Mar adentro (Alejandro Amenábar, 2004) o con Una razón para vivir (Andy Serkis, 2015), y del feminismo hiperrancio con la citada María Magdalena; pero, cuando se trata de un filme cristiano, que es la base moral de nuestra cultura, de nuestros valores familiares y sociales, ¿por qué os lleváis las manos a la cabeza? En segundo lugar, ¿no os dais cuenta, en el caso de la película que nos ocupa, que lo que vosotros identificáis con propaganda religiosa no es más que rigor histórico, algo que no encontráis ni por asomo en la supuesta biografía de la apóstola de Cristo? Tal vez sea mucho pedir, pero, así como pedís a los cristianos que vamos al cine que dejemos a un lado nuestros prejuicios religiosos a la hora de acercarnos a una película que verse sobre nuestra fe (siempre nos suelen atacar con La vida de Brian, La última tentación de Cristo El código Da Vinci), vosotros deberías dejar también a un lado los vuestros, que los tenéis más arraigados que los nuestros a la hora de valorar un filme religioso; así que, "romanes eunt domus" (¿o debería decir: "romani, ite domum"?).


  

   Nos encontramos en la Roma del año 64 d.C. A la sazón, el emperador Nerón ha incendiado la urbe para construir una nueva ciudad, con el fin de que esta satisfaga sus particulares gustos arquitectónicos y sus aspiraciones megalómanas; pero, como no puede reconocer su delito, puesto que ello enfrentaría a todos sus súbditos contra él, ha culpado del hecho a los cristianos, que son miembros de una nueva fe que se está divulgando con suma rapidez entre los habitantes del Imperio. El chivo expiatorio de estos últimos es san Pablo, a quien el citado emperador culpa de ser el cabecilla y principal instigador de los supuestos crímenes cristianos, por lo que ordena su prisión en la célebre cárcel Mamertina y su ulterior decapitación. Pero, afortunadamente, en estos últimos instantes de su vida, el apóstol no está solo, ya que es visitado cada noche por su discípulo san Lucas, quien ha resuelto transcribir el pensamiento y las vivencias de su maestro, con el fin de que ambos sirvan para testimoniarle al mundo la autenticidad de la fe cristiana.

   Como vemos, nos encontramos ante un film eminentemente histórico, que pretende detallar por ello la cruda realidad a la que se enfrentaban día a día los cristianos de la antigua Roma: persecuciones, decapitaciones, torturas, fieras, hogueras y el largo etcétera que conforma el grueso número de tormentos que aquellos padecían a causa de su fe. Por este motivo, no especula sobre ideas que no existen, sobre supuestas doctrinas ocultas a los fieles ni sobre escritos desconocidos, que, sin autoridad suficiente, pretenden ser más auténticos que los que nos presenta la Biblia; sus únicos fundamentos son la historia y la Escritura, puesto que esta última es la única que nos dicta la fe de los primeros cristianos, la cual, por otro lado, no ha variado en el seno de la Iglesia desde entonces (recordad que María Magdalena venía a decirnos más o menos que los apóstoles, machistas a más no poder todos ellos, habrían frustrado por conveniencia propia el mensaje feminista y liberador de Jesús). Ciertamente, como se trata de un guion original, se toma la licencia de introducir algunos elementos no necesariamente históricos, pero que, como afirma la máxima italiana, "se non è vero, è ben trovato"; en concreto, me refiero a todo el entramado que rodea al alcaide de la prisión y a su familia, algo inventado por el director, pero que responde a la autenticidad y a la religiosidad del momento (spoiler alert!: recordemos que, aunque la conversión del citado alcaide no aparezca en la Escritura -ni siquiera tenemos noticias de que existiera-, en los Hechos de los Apóstoles -16, 25-40- aparece el bautismo del carcelero de san Pablo en Filipos, que abrazó la fe después de la predicación del apóstol). Sin embargo, el motivo de esta introducción, lejos de pretender elaborar un discurso anacrónico e ideologizado sobre los intereses sociales y políticos del momento, consiste en reflejar la revolución que le supuso al mundo la llegada del cristianismo (para saber más, échese un vistazo a este interesante vídeo sobre el particular: aquí).




   En este momento, imagino a los críticos que he citado arriba (o al lector embebido de los prejuicios anticristianos) sonriendo con sorna ante mis palabras: ¿revolución? Sin embargo, y pese a su reacción, estoy convencido de que no existe otra palabra que defina mejor la llegada al mundo de nuestra fe. Para ello, recurramos una vez más al film, que, como hemos dicho arriba, supone una recreación histórica perfecta de las vivencias de los primeros cristianos en la antigua Roma. Como hemos señalado, el emperador culpó a estos últimos del incendio de la ciudad, desencadenado así contra ellos toda una oleada de denuncias y torturas que no hicieron sino dificultar su propia supervivencia (en la cinta vemos cómo son usados como teas ardientes, algo que está documentado en las crónicas de la Urbe; o bien, cómo son lanzados a las fieras, algo que todo el mundo sabe sin necesidad de recurrir a los documentos que lo acreditan); sin embargo, y a pesar de ello, ningún cristiano reacciona con odio contra sus opresores (salvo alguno, que es recriminado enseguida), sino que lo hace compasivamente, rezando por ellos y procurándoles el bien que humanamente no merecen (spoiler alert again!: no hay mayor ejemplo de ello que la ayuda que le prestan los cristianos -¡y hasta el mismísimo san Lucas!- al alcaide de la Mamertina, que los ha hostigado hasta la saciedad). Cabe hallar otra prueba en el modo en que la película nos detalla que los cristianos recogen en su seno a los huérfanos, a los ancianos y a las viudas, desechos sociales para los romanos de entonces, que, sin embargo, eran muy valiosos para aquellos, ya que veían en ellos el rostro doliente de Cristo (es muy significativo que, en el film, los romanos afirmen que se trata de un engaño de los cristianos, quienes procuran convencer a los humildes de que se acomoden a su situación, una crítica que ha perdurado hasta nuestros días); esto no solo es probado por los Hechos de los Apóstoles, sino también por los documentos históricos de san Justino, que afirma que los cristianos cuidaban de las personas que Roma consideraba despojos. 

   Pero el secreto de esta revolución es sin duda el amor, la clave que vertebra todo el film. Ciertamente, san Pablo enseña en la película (como enseña en la Escritura) que el amor no es la mera correspondencia al sentimiento de bienestar que nos genera otra persona, sino la respuesta comprometida a la entrega vital de Cristo en la cruz. En efecto, como escribe en su famosa epístola a los corintios, que también sale a colación en la cinta, "el amor es paciente, es benigno; el amor no tiene envidia, no presume, no se engríe; no es indecoroso ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad": todos estos son valores que el apóstol aprendió de Jesús, el cual, sin llevar la cuenta de nuestros pecados, quiso morir cruelmente en el madero, para librarnos a nosotros del castigo que arrastrábamos desde la caída de Adán (¡y qué decir de la paciencia o de la falta de engreimiento, cuando vemos al Señor sufrir por nosotros sin abrir la boca!). Pero de todo ello empieza a ser consciente cuando, camino de Damasco, con el propósito de asesinar a un mayor número de cristianos, el mismísimo Jesús resucitado se le aparece y lo hace discípulo suyo (supongo que para el lector esto no será ningún spoiler...): en ese momento descubre que Cristo también murió por él y que, al hacerlo, también le perdonó sus pecados, por lo que ahora él debe hacer lo mismo y vivir perdonando, es decir, amando. Por eso es el amor lo que mueve el corazón de los cristianos al acoger en su seno a los despojos de Roma, o a rezar por sus perseguidores y ayudarlos en sus necesidades, o a conducir sin rechistar al apóstol san Pablo a prisión, pese a que sea inocente del crimen que se le inculpa.




   Comprendo que a un espectador de hoy le resulte un film plúmbeo, puesto que su fuerza está en el diálogo más que en la acción (solo recuerdo una escena trepidante... y tampoco se le puede adjudicar este adjetivo con propiedad), y eso es algo que el cinéfilo actual no soporta (más aún si se trata de un cinéfilo joven, acostumbrado a la narración videojueguil y al arrobamiento técnico -aquí); pero ello no obsta para que se trate de un estupendo largometraje, puesto que, en efecto, las cosas cotidianas más importantes de nuestra vida suelen desarrollarse en la intimidad de una conversación o en la nueva luz que aporta un descubrimiento, como es la conversión a la fe. De hecho, y a mi juicio, creo que se trata de una de las grandes películas que conforman el nuevo panorama del cine religioso y que puede ser vista por ello como complemento perfecto de la siempre reivindicable La pasión de Cristo.

   Por desgracia, y como anunciábamos arriba, es probable que quede relegada muy pronto a las estanterías de las tiendas religiosas, junto a los documentales buenistas sobre la vida de Jesús o a los vídeos catequéticos de consumo parroquial. Y es una pena, porque pasará inadvertida para una legión de nuevos cinéfilos, que descubrirían en ella una buena narrativa, un elaborado guion y una fiel recreación histórica de un momento revolucionario para la humanidad. Los que podáis, navegad por internet, para intentar descubrir en qué cine más cercano está siendo proyectada, puesto que, como suele ocurrir con las cintas religiosas de calidad, esta ha contado en España con muy poca distribución: no os arrepentiréis y, gracias al testimonio de san Pablo en la película (que es el mismo que el de san Pablo en la Escritura), descubriréis que el amor es poderoso y que no pasa nunca (cfr. 1 Co. 13, 8).




domingo, 17 de septiembre de 2017

Fences

   Si la semana pasada abordábamos la relación paternofilial que proponía la cinta Últimos días en el desierto (Rodrigo García, 2015) [aquí], hoy debemos acometer la maternofilial. Para ello, sugerimos la película Fences (Denzel Washington, 2016), tercera incursión del célebre actor de El vuelo (Flight) (Robert Zemeckis, 2012) como realizador tras Antwone Fisher (id., 2002) y The Great Debaters (id., 2007). Se trata de un largometraje denso, pero muy provechoso, por lo que optó al premio a la mejor obra del año en la última edición de los Óscar. Desgraciadamente, se vio ensombrecido por la inferior Moonlight (Barry Jenkins, 2016), aunque recibió su justo galardón a la mejor actriz secundaria, Viola Davis, que interpreta a la madre y esposa que aquí queremos analizar hoy.




   Troy Maxson (Denzel Washington) es un padre de familia negro con un pasado glorioso en el mundo del béisbol, pero que actualmente trabaja como basurero en su ciudad. Él acusa a los blancos de su suerte, por lo que ha cultivado durante mucho tiempo un odio muy grande hacia ellos, rencor que ha procurado inculcar en los suyos. Lo acompañan su esposa Rose (Viola Davis) y sus hijos Lion (Russell Hornsby) y Cory (Jovan Adepo), con quienes mantiene una relación distante; además, cuida esporádicamente de su hermano Gabriel (Mykelti Williamson), que volvió de la Segunda Guerra Mundial con serios problemas mentales.

   Como hemos dicho arriba, la película fue presentada en la última edición de los Óscar, pero no obtuvo el reconocimiento merecido, pese a que se ubicaba en un contexto idóneo para ello. En efecto, a nadie le pasa por alto que la Academia de Hollywood ha querido congraciarse este año con la sociedad negra americana, que pasó desapercibida en las galas anteriores, definidas por aquella como "demasiado blancas" (aquí). De este modo, competían por el título cintas del calibre reivindicativo como esta que nos ocupa, la magnífica Figuras ocultas (Theodore Melfi, 2016) [aquí] y la mencionada Moonlight (suponemos que este año le tocará el turno a la reciente Detroit). Ciertamente, es posible que esta última incidiera más en los problemas raciales de los Estados Unidos que Fences, pero pensamos que el film de Washington, además de su cruda descripción de la vida cotidiana de una familia negra en dicho país, presenta un situación más asequible para el público de todo el mundo: la mujer como madre y esposa.




   En efecto, en una escena particularmente dura del metraje, Denzel Washington le confiesa a su esposa la frustración que siente a diario, pues piensa que ha echado a perder su propia vida; pero ella lo recrimina, advirtiéndole que nunca se ha separado de su lado, pese a las oportunidades que ha tenido para ello, por lo que su queja no tiene ningún sentido. De este modo, se erige como una mujer fuerte y consecuente, que ha sido leal a su esposo y a su familia a pesar de las múltiples adversidades que han experimentado juntos. Para él, ella es el ejemplo del cónyuge que no se amilana frente a la tribulación (¿recordáis el consentimiento mutuo del rito matrimonial: "Prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad"?) , que no tira la toalla cuando las cosas van mal, que no desprecia a su marido cuando este pasa por malos momentos; es un ejemplo de perdón, de misericordia, de paciencia y de constancia; de la persona que alienta y tiene esperanza, que es optimista y que busca la alegría incluso en los peores instantes del matrimonio. Pero también es la buena madre que quiere a su prole, que comprende la tensión que media entre un hijo y un padre (en la cinta, es muy similar a la que aparece en Últimos días en el desierto), por lo que procura ser el eje amoroso de unión y comprensión entre el uno y el otro.

   Sin duda, la película toca otros temas de interés, como la barrera del título (recordemos que Fences significa precisamente "barrera"), una metáfora sobre los impedimentos que pone una persona en su relación con los demás. Pero el que aquí presentamos no debe pasar desapercibido, puesto que se trata de una lección magistral de lo que debe ser una esposa y una madre. Por desgracia, es un concepto de mujer de muy poco calado en la actualidad, ya que hoy se pretende buscar una realización femenina lejos de tales roles. Sin embargo, este es el motivo por el que aquí la recomendamos esta semana y por el que animamos a todos los lectores a que la mediten conforme a estos criterios.



domingo, 30 de julio de 2017

Mi chica

   Durante el mes de agosto, este blog cerrará sus puertas. Como es de suponer, su autor se tomará unos días de vacaciones, que, aunque tal vez no sean merecidas, sí son urgentemente necesitadas. Pero no podemos despedirnos hasta septiembre sin antes recomendar un film. En este caso, se trata de una cinta que, a nuestro parecer, recoge todo el encanto de esta estación, por lo que cualquier cinéfilo debería verla, si es que no lo ha hecho ya. Hablamos de Mi chica (Howard Zieff, 1991).

   Antes de comenzar el artículo, debemos advertir de que no será una review al uso, puesto que versará sobre el recuerdo que tenemos de la película y acerca de todo lo que aún es capaz de transmitirnos. Por otro lado, no nos hemos atrevido a verla de nuevo para afrontar este texto, y existen tres razones para ello: la primera, su carga nostálgica, elocuente de por sí; la segunda, la buena opinión que nos merece y que no queremos que desaparezca, si es que el verla otra vez causa ese efecto, y la tercera, su trágico final, puesto que no deseamos empezar nuestras vacaciones con un nudo en la garganta.




   Veda (Anna Chlumsky) es una niña obsesionada con la muerte, pues su madre ha perecido recientemente y su padre (Dan Aykroyd) dirige una funeraria. Ella cree que este último ha olvidado a aquella, pues ve cómo flirtea con la nueva maquilladora que él mismo ha contratado para su negocio: Shelly (Jamie Lee Curtis). Aunque no puede evitar su rencor hacia esta situación, se olvida de ella cuando asiste al curso de poesía que imparte su profesor de Inglés (Griffin Dunne), de quien está enamorada. Por suerte, para aliviar la angustia que le causan todos estos problemas, cuenta con el auxilio de Thomas (Macaulay Culkin), que no solo es su confidente, sino también su mejor amigo.

   Como podemos ver, es imposible negar que se trata de un argumento propio de estas fechas. A nuestro juicio, tiene todos los elementos necesarios para hacer de él un éxito que se perpetúe a lo largo de los años, además de la carga nostálgica a la que antes hemos aludido y que hoy parece estar de moda entre el público. En este sentido, el film cuenta con numerosas escenas de bicicleta, baños en el lago, escaladas de árboles, reuniones con amigos, confidencias amorosas... ¡y hasta una que describe el primer beso de unos niños! Porque, en verdad, ¿quién ha olvidado ese momento tan significativo en la vida de cada uno? Pues justamente esa es la intención de la cinta: ahondar en esos recuerdos que nos hacen sonreír con ternura y suspirar con añoranza.




   Sin lugar a dudas, ese verano del amor que parece detallar la película es una etapa importantísima en la vida del individuo. Por supuesto, cualquier persona tiende a amar de forma natural a sus padres y a sus hermanos, pero experimenta la verdadera intensidad de este sentimiento cuando se siente atraída por otra persona: en ese instante, comprende que la presencia del otro se ha adueñado de ella y que, en consecuencia, se le ha hecho sumamente necesaria. ¿Quién no ha estado noches sin dormir pensando en la persona que ama?, ¿quién no ha realizado lo imposible para verla de nuevo, para estar a solas con ella?, ¿quién no le ha dedicado poemas o cartas escritas desde el corazón (el gusto de Veda por la poesía no es casual)? Evidentemente, es un paso imprescindible para encontrar el amor verdadero.

   En efecto, la mayoría de las veces, ese amor veraniego se diluye en el otoño, cuando las clases comienzan y la distancia atempera los sentimientos. Es innegable que su recuerdo continúa batallando en el alma de cada uno, pero también lo es que la pasión que despertó mengua con los fríos del invierno y entre las hojas de los exámenes. Tal vez la primavera renueva la esperanza de volver a sentirlo, pero su intensidad se perdió en el colofón que supuso aquel primer beso (¿es posible que el final de la cinta sea una metáfora de ello?). Sin embargo, es el mismo que nos ayudó a comprender que la felicidad no estriba en una suerte de búsqueda egoísta de la satisfacción personal, sino en la entrega generosa por el bien del otro; el que nos enseñó a identificar en una mujer o en un hombre concretos al compañero de viaje que da plenitud a nuestro propio ser, y el que nos aclaró mediante su fugacidad que existe un amor más pleno y eterno que nos engloba a todos. Por ese motivo, nunca podremos olvidarnos de él.

   Por desgracia, la película contó con una secuela olvidable y olvidada, de la que, de hecho, no logramos recordar nada. Posiblemente, ello se deba a que intentó subsanar ese mal trago que nos legó esta cinta, pero que, como hemos intentado demostrar, resulta imprescindible para conocer el amor de verdad. Pero, por suerte, siempre nos quedará la cinta original: gracias a ella, jamás seremos capaces de oír la melodía de los Temptations sin visualizar ese inocente primer beso entre Veda y Thomas, que simboliza el de cualquiera de nosotros y que permanece en la memoria de cada uno. ¡Feliz verano a todos!



 

domingo, 12 de febrero de 2017

El cielo sobre Berlín

   Hay películas que resultan fascinantes por el mundo que abren a los ojos del espectador. Habitualmente, son cintas de corte fantástico, ya que este es un género puede jugar sin límites con la imaginación del hombre. Un ejemplo de ello podría ser el conocidísimo futuro que nos plantea Blade Runner (Ridley Scott, 1982), pero también el que describe Brazil (Terry Gilliam, 1985) o el universo que presenta Dune (David Lynch, 1984). Sin embargo, también hay filmes de otros géneros que han sabido hipnotizar de la misma manera gracias a ese particular, como Tigre y dragón (Ang Lee, 2000), El árbol de la vida (Terrence Malick, 2011) o Amelie (Jean-Pierre Jeunet, 2001). Entre estas últimas, se encuentra la cinta que nos ocupa.  




   En efecto, El cielo sobre Berlín (Wim Wenders, 1987) nos presenta una ciudad poblada por miles de ángeles. Estos, invisibles al ojo humano, caminan entre los hombres con el propósito de ayudarlos en sus tribulaciones. Para ello, les basta con acariciar su espalda o con sentarse a su lado, ya que su sola presencia les otorga la luz del consuelo.

   Cierto día, sin embargo, uno de estos ángeles le manifiesta a su compañero el deseo de convertirse en una persona. El motivo es que quiere ver el mundo como lo hacen los hombres y, por ende, compartir con ellos su destino. El paroxismo de este anhelo llega cuando se enamora de una mujer, con la que quiere compartir su posible vida mortal.




   Indudablemente, lo más enriquecedor del film es la imagen de esos ángeles caminando entre nosotros y auxiliándonos en nuestras dificultades. Resulta entrañable y esperanzador comprobar cómo no dan por perdida a ninguna persona, puesto que la acompañan en todo momento con el propósito de salvar su vida. Aunque también describe la realidad humana, que es libre para escuchar su consuelo y para rechazarlo, como insinúa el suicida que cubre sus oídos con los auriculares.

   Pero también son impresionantes las disertaciones acerca de la vida que hacen tanto los hombres como los ángeles. Especialmente profundas son las del protagonista, Bruno Ganz, que aspira a disfrutarla como ser humano. Para ello, no se centra solo en las cosas materiales de las que podría gozar, sino también en lo que ya pasa desapercibido para nosotros, como las sensaciones y los sentimientos. Resulta impagable y emocionante que desee asimismo experimentar las limitaciones humanas, que se manifiestan sobre todo en la enfermedad y en la muerte. 




   La película sobrecogió de tal manera al espectador que su responsable afrontó una secuela varios años después: ¡Tan lejos, tan cerca! (Wim Wenders, 1993). En ella, aunque retomaba los personajes que habían dado pie a su anterior obra, los enfrentaba a una situación diferente: el mal. Ciertamente, aunque el amor por la vida podía ser entrevisto aún en el largometraje, este se centraba en cómo la maldad era capaz de arruinar la existencia del hombre.

   Para ello, el film arranca con un ángel que se plantea la posibilidad de ayudar físicamente a las personas. A lo largo de su vida espiritual, ha podido sugerir esperanza y bondad en ellas, pero no siempre las ha auxiliado, ya que estas gozan de libertad para aceptar o rechazar sus sugerencias. Él piensa, no obstante, que lo conseguiría si fuese de su misma naturaleza.

   Sin lugar a dudas, la película supera la original. En efecto, propone un mismo y fascinante mundo poblado por ángeles, pero profundiza en la libertad del hombre, que solo había sido insinuada en aquella. Además, y aunque describe con mucho detalle hasta qué punto se puede corromper una persona gracias a sus decisiones erróneas, es un canto bellísimo al amor y al libre albedrío. Por otro lado, afirma explícitamente que los ángeles provienen de la voluntad de Dios, un dato que no aclaraba El cielo sobre Berlín y que la hace todavía más emotiva. 




   La fascinación casi hipnótica de este cosmos angelical fue confirmada por el cine norteamericano algunos años después. En efecto, adaptando la historia de amor que cerraba el film original, pudimos ver City of Angels (Brad Silberling, 1998). Pese a que relegaba aspectos tan profundos como las disertaciones que pululaban en los otros dos títulos, contó con muchos aciertos. Entre ellos, destaca la controversia suscitada en la científica mente de la protagonista, que es médico, cuando se enamora de un ángel, es decir, de un ser que no debería existir.

   A mi juicio, pues, estos tres filmes nos proponen un mundo arrebatador, que difícilmente olvidará quien los haya visto. Además, nos otorgan una esperanza que tal vez hayamos perdido, puesto que nos indican que no estamos solos y que el Amor, que es más grande que todos nosotros, nos acompaña siempre. Por último, y en consecuencia, este universo resulta más cautivador cuando descubrimos que no es imaginario, sino que se trata de la realidad que nos circunda.



sábado, 24 de diciembre de 2016

Feliz Navidad

   Navidad es una época propicia, en lo cinematográfico, para ver de nuevo filmes que nos recuerden el sentimiento de bondad que debe primar en nuestras vidas. En este sentido, los que amamos el séptimo arte solemos recurrir a Qué bello es vivir (Frank Capra, 1946), el clásico indiscutible de estas fiestas; o bien, si somos nostálgicos, podemos echar mano de Solo en casa (Chris Columbus, 1990) y Solo en casa 2. Perdido en Nueva York (ib., 1992), y de Los fantasmas atacan al jefe (Richard Donner, 1988), que eran los largometrajes que siempre emitía la televisión cuando éramos niños. Afortunadamente, el cinéfilo católico actual también puede recuperar Natividad (Catherine Hardwicke, 2006), que es una vuelta a la raíz de esta celebración tan entrañable. Pero, por el camino, olvidamos títulos que podrían formar parte de este canon, como Feliz Navidad (Christian Carion, 2005), que es la película que aquí proponemos hoy.




   En 1914, cuando no bien había estallado la Primera Guerra Mundial, un grupo de militares, de bandos enemigos, se reúne para celebrar la Nochebuena. La experiencia satisface tanto a todos, que no dudan en congregarse de nuevo al día siguiente para conmemorar la Navidad. De este modo, surge una amistad entre ellos que, más tarde, cuando se reanude la batalla, dificultará el tiroteo al que se ven obligados por su condición de combatientes. Por supuesto, esta actitud no será comprendida por los mandos de las respectivas facciones, que harán lo posible para detener esta súbita confraternización. 

   Lo primero que puede sorprender al espectador que se acerque a este film por primera vez es su asombroso argumento, puesto que le resultará increíble que unos enemigos frenen el combate para celebrar la Navidad. Lo segundo que lo pasmará cuando vea la película será el descubrir que esta se hace eco de una situación real. En efecto, el metraje de esta cinta es garantía de que, como tantas veces habremos dicho, la realidad supera la ficción, ya que, verdaderamente, en pleno fragor de la guerra, hubo un receso para festejar el nacimiento del Hijo de Dios en Belén.  




   Tal vez, la mentalidad de nuestro tiempo sea incapaz de comprender un milagro como este, puesto que hoy celebramos la Navidad como una fiesta más dentro de nuestro calendario. Sin duda, nuestros almanaques están salpicados por eventos que interrumpen la vida cotidiana, con el (buen) propósito de amenizar nuestra rutinaria existencia; pero estos pueden ser sustituidos por otros que sean mejores, o bien pueden ser soslayados cuando haya una razón laboral o personal que lo exija. La Nochebuena, empero, y el 25 de diciembre son irreemplazables: siempre habrá un villancico, una cena, un brindis o un recuerdo especial para los que ya no estén junto a nosotros. Y esto solo tiene un motivo: la venida de Jesucristo al mundo. 

   Efectivamente, cada año, celebramos que el Hijo de Dios se encarnó, para devolver a los hombres la paz que ellos mismos habían perdido como consecuencia de su pecado. Además, esta devolución inmerecida, puesto que fuimos nosotros quienes nos apartamos voluntariamente de nuestro Creador, trajo consigo otro beneficio: la filiación. Es decir, desde el momento en que Jesús tomó nuestra naturaleza humana para rescatarla, nos adoptó como hermanos y, por tanto, como hijos de su Padre. ¿Acaso existe, pues, mayor motivo que este para una celebración anual?, ¿acaso no es necesario rememorar esta gracia con la alegría propia de las fechas?, ¿o no es imprescindible hacerlo con la familia, que nos recuerda que ha sido bendecida mediante el nacimiento de Belén?




   La mentalidad de nuestro tiempo, pues, tendrá que doblegarse a esta verdad, que es la que subyace tras estas celebraciones. Desgraciadamente, y en su agonía, pretende imponer otras que la sustituyan; para ello, vacía la Navidad de su contenido original, de manera que no resulte ofensiva a quien no crea en ella. Pero, si esta fiesta no conmemorase el nacimiento del Hijo de Dios, ¿por qué tendría que ser alegre?, ¿por qué cada uno tendría que recordar a sus familiares difuntos o alejados?, ¿por qué tendríamos que empeñarnos en celebrarla con aquellos de estos últimos que aún viven?, ¿por qué deberíamos cultivar nuestros buenos sentimientos? Si el motivo fuera la llegada del invierno, ¿por qué esta estación nos tiene que conducir a un comportamiento mejor y más entrañable?

   Por esta razón, la persona que abomine del sentido religioso de la Navidad, que es, por otro lado, el único que tiene, nunca entenderá lo que esta película narra. Para ella, será una mera ficción o una exageración de un hecho puntual, pero no tendrá la relevancia que tiene para el cristiano, ni verá en ella el milagro de amor que aquella encierra. Por este motivo, se trata de un excelente largometraje para el canon que solemos recuperar estos días, puesto que incide en esa verdad que hoy el mundo olvida: Jesucristo, el Hijo de Dios, ha nacido en Belén para devolverle al hombre la paz.