Mostrando entradas con la etiqueta felicidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta felicidad. Mostrar todas las entradas

domingo, 7 de enero de 2018

¡Viva lo imposible!

   Comenzamos un nuevo año. Esta vez, 2018. Y algo muy característico de estas fechas consiste en elaborar buenos propósitos de cara a los doce meses que se nos avecinan. Es normal que así sea, puesto que, durante la Navidad, fiesta en la que priman las reuniones familiares y en la que destacan las ausencias, cada uno es consciente de sus propias debilidades en relación con los demás; consecuentemente, cree que ha llegado la hora de afrontarlas para mejorar dicha convivencia: de este modo, por ejemplo, la persona que está mas pendiente del trabajo que de su familia, piensa que debe volcarse en esta última y relegar aquel; la que tiene problemas con su cónyuge, intenta resolver la situación; la que está enfrentada con sus hermanos, procura reconciliarse con ellos, y etcétera.

   En ocasiones, los propósitos del nuevo año cabalgan entre la adquisición de hábitos saludables (v. gr., más lectura) y la pérdida de los dañinos, como la sempiterna intención de abandonar el tabaco. Por supuesto, estos también son loables, ya que, de una forma u otra, el que los profiere está revelando su deseo de mejorar, sentimiento que se ubica en la base de aquellos que describíamos arriba. Pero ¿qué pasa con aquellos que nacen del deseo de cambiar de vida debido a una insatisfacción cualquiera? Es decir, ¿qué ocurre con aquellos anhelos que surgen en el corazón de una persona como fruto de una vida incompleta? Tanto para este tipo de deseos como para todos aquellos que hemos citado, se realizó esta película, ¡Viva lo imposible! (Rafael Gil, 1958), donde hallamos a una familia en la que se asienta esta inquietud y en la que, consecuentemente, se decide ponerle remedio.




   En efecto, nos encontramos con una familia de oficinistas y funcionarios madrileños que está seriamente aburrida de su cotidianidad, ya que todos los días transcurren como si fuera el anterior: el mismo trabajo cada mañana, los mismos problemas a cada momento, las mismas caras, las mismas exigencias, el mismo salario, etcétera. Por este motivo, el padre de la casa (un estupendo y muy creíble Manolo Morán) resuelve que ha llegado la hora de cambiar de rutina, por lo que saca todos sus ahorros del banco y se dirige con sus hijos a Galicia. Allí conocerá la vida del circo, de la que se enamorará perdidamente y de la que creerá que se trata de su vocación añorada, puesto que le ofrece una existencia en las antípodas de aquella que llevaba en la capital de España. Sin embargo, poco a poco irá descubriendo que los artistas circenses tampoco están contentos con su cotidianidad y que, si por ellos fuera, vivirían aquella rutina aburrida que a él le ofrecían las oficinas de Madrid. 

   Como vemos, se trata de un argumento ciertamente fabulístico, pero, asimismo, muy real, porque ¿quién no se ha aburrido alguna vez de su propia rutina?, ¿quién no ha soñado alguna vez con llevar una existencia trepidante, como la que vemos en las películas de aventuras? O, sencillamente, ¿quién no ha pensado alguna vez en dejarlo todo y comenzar de nuevo? Por supuesto, nadie dejaría su vida tan repentinamente como vemos en el largometraje, pero debemos recordar que la figura del circo es aquí una hábil metáfora de esa vida azarosa con la que sueñan sus protagonistas, es decir, aquella que se aleja todo lo posible de la que llevan en Madrid (de ahí el título, que alaba lo que parece irrealizable, esto es, lo imposible). Sin embargo, y como en toda buena fábula que se precie, la exageración de las formas oculta una descripción acertada de la realidad: en este caso, como decimos, el deseo de cambiar drásticamente de existencia.




   Por desgracia, no son pocas las ocasiones en las que este deseo nace de un hondo sentimiento de frustración, puesto que, la persona que lo acaricia, se siente insatisfecha con su propia vida; así, por ejemplo, piensa que su cónyuge no le ofrece la dicha que merece, o que sus hijos son un estorbo para su propia realización. Sin lugar a dudas, se trata de una inquietud común, pero muy peligrosa, puesto que, al darle pábulo, se abre la puerta al millar de excusas que justificarían la huida como una manera de zanjar todos las dificultades y, por ende, de crecer interiormente. De hecho, tanto esta resolución como esta meta están presentes en multitud de rupturas matrimoniales, puesto que los causantes han visto en su esposo o en su esposa un óbice a su propio medro; hay veces, incluso, en que uno, después del divorcio, alberga la sensación de haber perdido el tiempo con su pareja, por lo que suele decidir recuperarlo, recurriendo para ello a todas esas cosas que supuestamente le estaban vedadas: salir con los amigos, emborracharse y ligotear, es decir, a luchar por el derecho a ser feliz. Pero, lejos de alcanzar dicho estado de júbilo, este se aparta de quien lo busca de ese modo, puesto que la alegría se encuentra en la resolución real de los problemas y no en su apartamiento, que es lo que hace quien huye de ellos (como ejemplo de que los problemas siempre vuelven tenemos en la película a Manolo Morán, que vuelve a ser oficinista... ¡en el circo que él había imaginado como un parangón de la aventura!). 

   Por este motivo, los verdaderos sentimientos que debemos cultivar (y por cuya consecución debemos luchar) son aquellos que proponíamos al principio de este texto, es decir, la superación de nuestras propias debilidades en relación con nosotros mismos y con los demás: la amabilidad, la reconciliación, la generosidad y etcétera. No conviene imaginar vidas ajenas o soñar con gente extraña que la haría perfecta, sino enfrentar la propia con las personas que nos acompañan: de este modo, nuestra vida sí que será perfecta. Ello no significa que esté exenta de dificultades, puesto que la convivencia está llena de ellas, pero sí encontraremos un motivo para superarlas: el amor que nos debemos los unos a los otros. ¿Que tu marido se ha vuelto arisco?, ¿que lo ha hecho tu mujer?, ¿que los niños no han cumplido las expectativas que vertí sobre ellos? ¿Acaso no hay mayor aventura que el acompañamiento del cónyuge en todos los momentos de su vida, incluso cuando son difíciles de afrontar?, ¿no existe reto más importante que el cuidado y el encauzamiento de la prole? En la resolución de todo ello se encuentra esa felicidad que todo el mundo ansía (además, ¿quién dice que, cambiando de vida, no se topará más tarde de nuevo con ellos?).

   Desafortunadamente, la película es integrada hoy dentro de ese subgénero cinematográfico que han pergeñado tanto los críticos actuales como la farándula hodierna: el cine franquista. En efecto, para ellos, cualquier cinta que se rodase a la sazón pertenece a una ideología concreta, sin reconocer siquiera la calidad que subyace tras ella; de este modo, desprecian títulos tan excelentes como El beso de Judas (Rafael Gil, 1954), Embajadores en el infierno (José María Forqué, 1956) o Un ángel pasó por Brooklyn (Ladislao Vajda, 1957), puesto que piensan que forman parte del aparato de propaganda del régimen de Franco (por supuesto, alaban obras -loables, dicho sea de paso- como La huelga, El acorazado "Potemkin" u Octubre, que, ellas sí, promovían los ideales de la recién nacida Unión Soviética). Pero no es que fueran un medio de divulgar doctrina franquista, sino una manera de transmitir historias con moral y enjundia, algo de lo que adolece el cine patrio de nuestros días. Por esta razón, alejaos de los prejuicios y acercaos a esta obra, que, sin ser maestra, nos enseña a amar nuestra rutina y a crecer en ella interiormente y con los demás.  




P.D.: no he encontrado el tráiler original, por eso incluyo este anuncio de una cadena de televisión española que circula por la red. Por otro lado, la cinta original es en blanco y negro, pero tampoco he sido capaz de hallar ningún fotograma así, por lo que debemos conformarnos con los que están coloreados.

lunes, 4 de diciembre de 2017

Jim y Andy

   Admito que siempre he sentido cierto interés por la indigencia moral que parece habitar en Hollywood. Quiero aclarar que, aunque ahora hayan salido a la luz los escándalos sexuales del productor Harvey Weinstein (aquí), no es esta la falta de ética que acapara mi atención, pues, por desgracia, ha sido común desde los años de Fatty Arbuckle (1887-1933) y Douglas Fairbanks (1883-1939), que repartían los papeles de sus películas en las orgías que organizaban en sus respectivos hogares... hasta que en una de ellas apareció el cadáver de la aspirante a actriz Virginia Rappe (1891-1921). La indigencia moral a la que me refiero es aquella que parece arraigar en el alma de muchos actores, que, pese a ser grandes estrellas y a ganar muchísimo dinero, son incapaces de desuncirse de la soledad que los acecha y, por ende, de la tristeza que los embarga; es esa indigencia moral que hace efectivo en ellos el célebre dicho pronunciado por todos nosotros alguna vez: el dinero no compra la felicidad.

   En este sentido, el caso más paradigmático, tal vez por su cercanía en el tiempo, sea la muerte del actor Robin Williams. En efecto, mientras que los cinéfilos más jóvenes veían en él al eterno y feliz compañero de juegos que nos presentaron Hook (El capitán Garfio) (Steven Spielberg, 1991) o Jumanji (Joe Johnston, 1995), el célebre intérprete guardaba en su interior un oscuro pasado marcado por las drogas, el alcohol y la depresión (aquí); así, el que fuera protagonista absoluto de Jack (Francis Ford Coppola, 1996) y de Patch Adams (Tom Shadyac, 1998), el mismo que nos cautivó a todos mediante su melancólica sonrisa (¿una epifanía del sentimiento que lo estaba destruyendo por dentro?), acabó con su vida como solo alguien verdaderamente desesperado es capaz de hacer: el ahorcamiento. De esta manera, y pesar de la fortuna que le habían reportado sus películas, esta no fue suficiente para otorgarle la felicidad que él mismo había transmitido al espectador mediante su cine.

   Al respecto, nuestros días nos están presentando un caso escalofriante que tiene como protagonista al actor Jim Carrey. Ciertamente, quien protagonizara hace varios años la inolvidable comedia La máscara (Chuck Russell, 1994) es hoy acusado del asesinato de su novia por parte de la familia de esta última; aunque, por supuesto, el intérprete ha negado dicha participación, una reciente misiva de aquella, que lo acusa de haberla introducido en el fatídico mundo de la droga, lo deja en muy mal lugar y revela esa indigencia ética a la que estamos aludiendo desde el comienzo de este artículo (aquí). De esta manera, quien fuese la estrella mejor pagada del Hollywood de los noventa gracias a sus tres títulos más conocidos, Ace Ventura, un detective diferente (Tom Shadyac, 1994), la citada La máscara y Dos tontos muy tontos (Peter y Bobby Farrelly, 1994), es hoy alguien acechado por la pena, la soledad y la desesperación; así, y por este motivo, aunque ya no se prodigue en nuestras pantallas, ha querido legarnos un documental en el que abre su alma al espectador, haciendo efectivo una vez más el dicho que antes hemos mencionado: el dinero no compra la felicidad. Este documental se titula Jim y Andy (Chris Smith, 2017).




   Evidentemente, el Jim al que alude el título es Jim Carrey; pero ¿quién es el Andy que comparte cartel con este último? Se trata de Andy Kaufman, un comediante norteamericano que pululó por la televisión de su país durante los años setenta y ochenta (debo decir que él prefería ser conocido como "actor de variedades"). El éxito de sus actuaciones estribaba en la sorpresa, puesto que nunca otorgó al público lo que este esperaba de él, sino constantes salidas de tono que lo dejaban siempre boquiabierto (son célebres su lectura íntegra de El gran Gatsby, de Scott Fitzgerald, y el caos televisivo que organizó en el show Fridays, donde se negó a interpretar en directo el papel que le había sido asignado). Su popularidad fue tan grande que pudimos ver en el cine un biopic dedicado a él: Man on the Moon (Milos Forman, 1999); de hecho, este documental es una especie de making of de dicha película, aunque, como ya he apuntado, la situación actual de Jim Carrey es tan dramática que su director prefiere ahondar en ella antes que mostrar los entresijos del rodaje de aquella.

   En cuanto a su luctuoso estado moral, el otrora intérprete de Batman Forever (Joel Schumacher, 1995) ofrece dos ideas que hablan por sí solas: en primer lugar, afirma que decidió ser comediante para encontrar en las risas del público el cariño que no había encontrado en su padre, un hombre muy gracioso con los demás, pero no con su familia; en segundo lugar, que ha sido absorbido tanto por su vis cómica, que ahora desea desaparecer, puesto que ya solo vive para hacer reír a otros, mientras que él es incapaz de poner en orden su propia existencia (esta última idea se asemeja de manera inquietante a los motivos expuestos arriba respecto de Robin Williams). De esta manera, el documental Jim y Andy desvela la soledad de un hombre que ha sido acechado por la tristeza desde niño, y que, cuando por fin creía que se había desprendido de ella gracias al éxito recabado en el mundo entero, se percató de que esta no había hecho más que aumentar. Evidentemente, no se interna en el difícil caso del presunto asesinato de su novia (ni en el de la desorbitada indemnización que la familia de esta le exige), pero deja entrever que este ha sido el detonante de su actual depresión, puesto que le ha demostrado que no gozaba del cariño de todo el mundo, como él pensaba; por ello, hace nuevamente efectivo el célebre dicho: el dinero no compra la felicidad.

   Debo reconocer que el visionado de esta película me ha conmovido sobremanera, puesto que evidencia explícitamente la realidad de la famosa cita; más aún, lo hace de modo patético (stricto sensu), ya que alterna imágenes del Jim Carrey exultante con los primeros planos de su rostro, ajado por la pesadumbre. De esta forma, mientras la veía, solo era capaz de pensar en la fragilidad humana, que es idéntica en todos los hombres, aunque el estatus social o económico separe a unos de otros; así, por ejemplo, la persona que necesita del amor de un padre no lo halla nunca, pese a que concite el aplauso de todos sus amigos. En este sentido, mi sacerdocio me ha demostrado que la vida feliz, en efecto, no se conquista mediante el poder o el pecunio, aunque suene a idea manida, sino a través del orden y el sosiego, y que estos solo se alcanzan cuando uno confía en Dios y en su divina providencia. Es probable que en Hollywood hayan olvidado esta máxima, la cual, no por ser consabida, carece de verdad; por esta razón, no me extraña que proliferen los escándalos sexuales de Harvey Weinstein, o los excesos y las depresiones de Robin Williams y de Jim Carrey. Y es que tal vez alguien debería recordarles a todos ellos aquella frase que posiblemente pronunciasen en algún momento de sus vidas: el dinero no compra la felicidad.




lunes, 4 de enero de 2016

La historia interminable

   En el año 1984, llegó a nuestras pantallas una película que hoy, a pesar del inexorable transcurso del tiempo, continúa siendo recordada por cualquier aficionado: La historia interminable. Como todo el mundo sabe, el film está basado en el homónimo relato de Michael Ende, el otrora creador de Momo, y narra las peripecias de un solitario niño, Bastian (Barret Oliver), que es capaz de introducirse, a través de la lectura del libro que da título a la obra, en el imaginario mundo de Fantasía, donde ayuda a sus habitantes a liberarse de la devastadora acción de la Nada, fruto de la falta de ilusión de que adolece la juventud del momento. Desgraciadamente, el largometraje fue seguido por dos infames secuelas que ya, por fortuna, han caído en el olvido: La historia interminable 2. El siguiente capítulo y Las aventuras de Bastian (La historia interminable 3). No obstante este error, la película original sigue contando con un guion épico y con una magistral puesta en escena, que aún mantiene toda su vigencia, por lo que, en este artículo, nos centraremos solo en ella.



   Como todo niño que se precie, el día que fui a ver el citado largometraje al cine, quedé fascinado por el fantástico mundo que se proyectaba delante de mí, una mágica tierra poblada por caracoles de carreras, gigantes de piedra, gnomos y dragones de la suerte (todavía hoy, cada vez que contemplo un atardecer, evoco el juego de nubes arreboladas que acompaña a los créditos de la película); me dejé cautivar por la aventura de Atreyu en busca de la reluctante Torre de Marfil y contra la desolación de la terrorífica y negra Nada, y, por supuesto, me embebí en su candorosa (aunque trascendente) moraleja, es decir, el amor a la lectura como fresco hontanar de imaginación. Ciertamente, como aún no era capaz de reconocer la valía de un film basándome en su argumento o en su enjundia, los efectos especiales de la época me arrebataron en mayor medida que todo el entramado de fondo, por lo que mi magín se deleitó más con los vuelos de Fujur, la aparición de la vetusta tortuga Morla y la visualización del ebúrneo castillo que servía de morada a la bellísima Emperatriz Infantil, que por todo ese elogio de la literatura que he mencionado (no obstante, y como he aseverado, la película sirvió de acicate a la bibliofilia que latía en mi interior, y que yo, por otro lado, procuraba cuidar con lecturas apropiadas a mi edad).

   Sin embargo, y a pesar de la bisoñez cinematográfica a la que he aludido, propia de un aficionado incipiente, hubo dos escenas que me sobrecogieron enormemente: la primera, la muerte del equino Artax en los pantanos de la tristeza; la segunda, la del Oráculo del Sur, que es inmediatamente antecedida por la del espejo de la verdad. Con respecto a la primera, todo aquel que la recuerde lo hará con un nudo en la garganta, pues es la secuencia más dramática y lacrimógena de todo el metraje; en cuanto a la segunda, tal vez lo haga con cierto temor, pues las atronadoras y perturbadoras voces de las esfinges causaban ese efecto en los oídos más infantiles. A pesar de ello, empero, aquel niño que yo era fue incapaz de ahondar en la profundidad de ambas escenas, y lo que hoy se me presenta como un interesante estudio sobre la tristeza y el alma pura, respectivamente, se le quedó a él en un mero rasguño epidérmico (por supuesto, no hay que entender aquí ningún grado de culpabilidad, pues a un niño se le puede pedir muy poco esfuerzo intelectual; sin embargo, revela la gran capacidad artística del cine infantil de la época, que hoy se ha perdido por completo). Actualmente, considero las dos de suma importancia, pues sirven a un desarrollo coherente del film y a una alegoría sobre el crecimiento personal del espectador; tanto es así, que no dudo en referirme a ellas cuando imparto algún curso de ejercicios o de retiros espirituales.



   La imagen de los pantanos como metáfora de la pena es elocuente en sí misma (más aún, la imagen de la ciénaga, que es la que presenta el film). Sin duda, la tristeza es un fuerte sentimiento que puede domeñar la razón del ser humano, nublar su entendimiento y hundirlo en la desesperación; aunque haya sido definido muchas veces como un concepto antónimo del término "alegría", es en verdad la ausencia de esta. La alegría como estado de vida, no como sentimiento momentáneo o fugaz, es propia del hombre confiado, es decir, de aquel que, por saberse amado por Dios, nada teme, pues Él mismo dirige su devenir y lo cuida; la tristeza, por el contrario, es el tropiezo en la vida del individuo que no descubre ese amor sobrenatural en los hechos que lo rodean, y que, por consiguiente, tiñe de negro y de insoluble el futuro que lo aguarda. Ciertamente, la fe no es un remedio taumatúrgico contra el mal de la pena, pues esta siempre sabe cómo deslizarse en el corazón de las personas, disfrazándose de nostalgia, de remordimiento o de escrúpulo; sin embargo, es un arma afilada para combatirla, pues su hoja recuerda la gracia de Dios, que acompaña y vence siempre.

   Por otro lado, es indudable la connotación mórbida que, en ocasiones, hace que la tristeza derive en depresión. Esta, evidentemente, debe ser tratada mediante el oportuno auxilio médico, pero sin que la mencionada fe ni el propio empeño del interesado sean relegados en favor de una confianza absoluta en él. En cuanto a la primera, es muy importante reforzarla a través de la oración y del recurso frecuente a los sacramentos (principalmente, la Penitencia y la Eucaristía), pues, a través del silencio meditativo de una y de la acción misteriosa de Cristo en otros, esta horada en la oscura herrumbre de la pena y logra que la alegría brote de nuevo; con respecto a lo segundo, el enfermo mismo debe aspirar al desasimiento de la depresión que, paulatinamente, lo anega. En referencia a esto último, la persona entristecida debe evitar un encerramiento voluntario en su hogar o en su alcoba, que propicia el ensimismamiento y, por consiguiente, la soledad y,otra vez, la desesperación; debe procurar velar su pena, pues la manifestación de la misma conlleva un interés por parte de los que la rodean, que constantemente tenderán a preguntarle acerca de su estado, algo que le impedirán evadirse de él; por el contrario, debe esforzarse en el trato frecuente con sus familiares y amigos, de manera que comprenda que la negrura que percibe solo cubre sus ojos y que, por tanto, no es completa ni universalmente real; por fin, debe aplicarse una estricta rutina de trabajo, ocio y hogar, procurando que este se mantenga limpio y ordenado, pues, como hemos dicho antes, el aspecto exterior favorece o perjudica el interior. Para una y otra cosa, el Catecismo de la Iglesia Católica alienta mediante las siguientes palabras: "Es necesario luchar con humildad, confianza y perseverancia, si se quieren vencer estos obstáculos" (cfr. 2728).



   La otra escena aludida es la que protagoniza Atreyu en su camino hacia el Oráculo del Sur; para llegar a él, el niño guerrero debe enfrentarse, en primer lugar, a las esfinges doradas que guardan el sendero, y, en segundo lugar, al famoso espejo de la verdad. Realmente, una y otra prueba, según el guion de la película, suponen una tentativa personal para todo aquel que se aventure en ellas, es decir, un estímulo para urgir el testimonio individual de la confianza de cada uno en sí mismo; por este motivo, vemos que las malignas esfinges de oro deciden pulverizar a aquel cuando vacila en su intento por superarlas, y que, para adentrarse en el mágico cristal del espejo, debe asumir su verdadera idiosincrasia, en detrimento de la que ostenta. A mi juicio, este no es un mensaje estrictamente cristiano (como, por otro lado, tampoco lo es el que hemos planteado en el párrafo precedente ni el que ofrece el largometraje en sí), puesto que la fe en uno mismo es el camino expedito a la vanidad y, por ende, a la soberbia, que es el peor (y el primero) de los pecados. Por supuesto, no hablamos aquí de una confianza personal en el ámbito deportivo o académico, por ejemplo, en los que, evidentemente, sí se requiere una seguridad en las propias aptitudes; hablamos de la fe que ilumina el camino de perfección de cada individuo. La vía hacia la alta cima de la santidad, a la que todo cristiano es convocado, se le presenta a este como escarpada y dificultosa, pues sus propias pasiones y debilidades se transforman en grava que le hacen resbalar; por este motivo, la confianza en sí mismo puede resultar peligrosa, ya que puede conducir, ladera abajo, hasta el pie de la montaña. Por el contrario, la ayuda óptima proviene de quien ya ha escalado esta última, es decir, Cristo, que, como hombre, recorrió el camino de santidad exigido a cada bautizado.

   En este mismo marco de corrección de las ideas planteadas por el film, podemos modificar el significado del espejo de la verdad, que no debería ser solamente un reconocimiento de la propia (y pobre) personalidad, sino también una imagen de referencia para todo el que se asomase a él. En este sentido, para el cristiano, la imagen es Cristo; todo bautizado que se mire en el cristal del espejo mágico debería ver al Hijo de Dios reflejado en él; debería ver su imagen de hombre perfecto (íntegro), su constante cumplimiento del decálogo, su sometimiento a las bienaventuranzas que él mismo dictó, su aplicación puntual de las obras de la caridad, su oración, su entrega, su sacrificio, su amor... De este modo, el cristiano que se asomase al espejo de la verdad debería comprobar si la imagen que tuviese de sí mismo se correspondería con la de aquel que lo estaría observando desde el otro lado, y, solo si fuese así, podría atravesarlo. Pero, como hemos indicado, muchas veces el camino se vuelve áspero para el cristiano mismo, por lo que este debe recurrir con perseverancia al auxilio que Cristo le ofrece desinteresadamente mediante la oración y los sacramentos, mediante el cincel de la caridad, con la que modela su alma hasta asemejarla a la de él.



   Como decíamos al principio del artículo, estas dos afamadas escenas de la película pasaron desapercibidas para aquel niño que era yo cuando la vio por vez primera en la sala de su ciudad. Lógicamente, el intelecto de un menor no puede ser sometido a un alto grado de enjundia metafórica, pues lo único que este comprende es la simpleza de unos sobrecogedores efectos y de una historia lábil, aunque entretenida. Sin embargo, este film depositó en él esa semilla que hemos desentrañado mediante la buena factura de esos recursos, demostrándole que, más allá de una facilona cinta de aventuras, se escondía una enseñanza contra la tristeza y un (modificado) discurso acerca de la fe. Por esta razón, y como anunciábamos al inicio del texto, el largometraje mantiene su vigencia, pues los niños que la vieron entonces, como yo, pueden descubrir ahora lo que ni siquiera consiguieron vislumbrar.   
 
     

jueves, 24 de diciembre de 2015

Natividad

   Esta noche es Nochebuena, como nos recuerda el villancico que, seguramente, entonemos junto a nuestras familias durante la cena de hoy, y mañana es Navidad, como también señalan los siguientes versos de la misma canción. Si nos ajustamos a esto, pues, deberíamos comenzar a felicitarnos mutuamente las fiestas a partir de esta medianoche, pero lo cierto es que llevamos haciéndolo desde hace algunas semanas, pues el luminoso ambiente callejero, el frío y la nieve (en los lugares donde se den ambas cosas) animan a ello. A este empuje, también se suma la irremediable vertiente navideña que adquieren los comercios en torno a estas fechas, pues disponen sus escaparates de tal manera, que invitan magistralmente al júbilo (y al gasto). Es una época que gusta a todo el mundo, excepto, por supuesto, al Grinch de la película homónima, al Scrooge ideado por Dickens y al Bill Murray de Los fantasmas atacan al jefe, y ello se debe a las reuniones familiares que la caracteriza y a la bondad que parece ir siempre de su mano (como suele decirse, la Navidad saca lo mejor de nosotros mismos). Por otro lado, es para algunos un momento de mucha melancolía, pues esa felicidad encierra en ocasiones para ellos nostalgia de su propio pasado; así, no son pocos los que, como la Kate de Gremlins, prefieren celebrarlo con evidente modestia.

   A nivel cinematográfico, este es un buen momento para recuperar los grandes títulos que nos ayudan a profundizar en este sentimiento que hoy embarga a (casi) todos los hombres del mundo, como la inmarcesible ¡Qué bello es vivir!, la entrañable De ilusión también se vive, o las más recientes Feliz Navidad y Polar Express (esta última, por supuesto, destinada exclusivamente al público infantil, porque dudo mucho que el adulto sea capaz de soportarla). Asimismo, es buen momento para dar gracias a Dios por la familia que este le ha regalado a cada uno, y para aprovechar cada instante de nuestra estancia en el hogar para estar junto a ella, como finalmente aprenden los protagonistas respectivos de Family Man, La gran familia y Solo en casa (se ve que el personaje de Macaulay Culkin no lo aprendió del todo, por lo que tuvo que repetir la experiencia en Solo en casa 2. Perdido en Nueva York y en sus múltiples secuelas, que no he visto y no sé siquiera si es el mismo personaje de las dos anteriores y si están también ambientadas durante la Navidad).

   Pero, sobre todo, es el momento oportuno para recordar el motivo por el cual celebramos estas fiestas tan cordiales: el nacimiento del Hijo de Dios en Belén (no en vano, la palabra "navidad" proviene del término "natividad", que, a su vez, significa "nacimiento"). Por esta razón, y ya que tanto el título como el propósito de este blog me obligan consentidamente a ello, recomiendo un film que nos puede ayudar en este empeño: Natividad, película dirigida por Catherine Hardwicke en el año 2006, y protagonizada por Oscar Isaac, ahora famoso gracias a su breve aparición en El despertar de la Fuerza (intérprete también de la interesantísima Ex Machina). Ciertamente, la película no se centra en este hecho concreto, pues nos encontraríamos con un exiguo guion que intentaría detallar cada pormenor de la venida al mundo del Mesías, sino que procura ahondar en lo que este esperado acontecimiento supuso para la humanidad y, de manera especial, para la Virgen María.



   De este modo, y amparándose en los evangelios, el film nos acerca a la desconocida biografía de la Hija de Sion (Za. 2, 14): podemos ver, pues, cómo es entregada en matrimonio a su esposo san José (el citado Oscar Isaac), cómo recibe la noticia de su maternidad milagrosa de labios del arcángel san Gabriel y cómo, a pesar de su estado, decide visitar a su prima santa Isabel y cuidar de ella, que también está encinta; podemos ver, además, el viaje en burro de la Sagrada Familia a Jerusalén (todo él, cargado de múltiples peligros y dificultades que resaltan la santidad de sus miembros), el periplo de los Reyes Magos desde Oriente (una aventura de risible desarrollo destinada a amenizar el pausado relato) y, finalmente, la huida a Egipto con el fin de evitar la cruel matanza de los inocentes por parte del malvado rey Herodes. Todo ello, como no podía ser de otra manera, aderezado por las supuestas dudas de la Virgen con respecto a su embarazo y a su misión (algo muy hollywoodiense y juvenil), por el desengaño y posterior arrepentimiento de un leal san José (siempre preferiré la visión que aportó el maestro Pasolini en El evangelio según san Mateo)  y por la descripción de una sociedad machista, donde la mujer no era valorada como merecía (algo que también está muy en boga actualmente, y que, por ello, suena más a reclamo que a estricta realidad).

   Ciertamente, la película no es una obra maestra, pues adolece de una buena realización (que necesita de esos Reyes Magos para encaminar su desarrollo), y parece estar destinada a un público televisivo en vez de a otro cinematográfico (es más una miniserie que un largometraje); sin embargo, y como hemos afirmado, resulta apropiada para ver en este tiempo de Navidad, ya que nos recuerda que esta solo tiene su sentido si celebramos el nacimiento del Hijo de Dios. En el evangelio de la misa de mañana, de hecho, se mencionará una frase que, por otro lado, repetimos cada mediodía en el rezo del ángelus: "La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros" (Jn. 1, 14). Es probable que muchos, por el simple motivo de haberla repetido a diario, no se hayan percatado de su importancia, pero encierra una trascendencia fundamental, pues es la raíz de esta fiesta: el término "Palabra" (en latín, "Verbum") traduce el vocablo griego "Logos", que significa, aproximadamente, "principio o razón universal" (ya sabéis, pues, en qué se inspiró George Lucas para crear su ubicua Fuerza galáctica). Aunque este no es momento para recorrer la historia de la filosofía, ciencia donde nace este concepto, podemos resumirla diciendo que los primeros pensadores consagraron su vida al estudio de esta verdad inmutable (en el ámbito judío, entorno en el que nació el Señor, esta verdad era conocida como Sabiduría, y la Biblia la recoge también como norma moral de actuación). Por ello, cuando el cristiano afirma que esa verdad eterna se encarnó, asevera que salió al encuentro del hombre aquello que este siempre anduvo buscando (ya tenéis otra fuente de inspiración del tío Lucas: los midiclorianos de La amenaza fantasma, que se confabularon para engendrar milagrosamente un ser humano en el vientre de una mujer pura).

   Esa Palabra, o ese Logos, es en realidad el Hijo de Dios, que está junto a este desde siempre, compartiendo, además, su esencia divina; es por tanto, Dios mismo. Por esta razón, pues, podemos decir que esa verdad eterna, universal e inmutable se hizo carne, como nosotros, revelándonos, así, su propia esencia, de manera que la humanidad dejase de buscarla a tientas, como hemos visto que hacían los primigenios filósofos, para volcarse plenamente en su seguimiento, que es hontanar de radiante dicha. Como el cristiano es consciente de esta alegría que siente el mundo, puesto que, gracias a esta encarnación, ya conoce la senda de la verdad y de la vida (cfr. Jn. 14, 6), celebra cada año el día de su nacimiento, es decir, el 25 de diciembre; además, recuerda con sus villancicos y con sus belenes este hecho histórico de tan alta importancia para los hombres de todos los tiempos, gritándoles a viva voz que en Jesús tienen la salvación. Por este motivo, también se une a su familia y a sus amigos, procurando derrochar su bondad y su felicidad con ellos, pues aquel que es la Verdad nos enseñó que ese es el camino de la vida en la tierra.



   Por desgracia, y como señalaba el papa Benedicto XVI, hoy el mundo celebra la Navidad olvidándose de su auténtico protagonista, es decir, Cristo; ha vaciado de su contenido una fiesta netamente religiosa, para que cualquier persona, con independencia de su credo o convicción, pueda disfrutar de sus consecuencias, esto es, el amor, la bondad y etcétera. Pero esto, que parece perfumado con el aroma de la buena intención, oculta en realidad una hábil finta, pues sustituye su verdadera esencia con un engañoso sentimentalismo sin alma; así, el hombre se ve obligado a cubrir esa nostalgia que siente o ese amor que experimenta hacia otros mediante agasajos y fiestas, buscando una alegría momentánea que rellene sus oscuros vanos de soledad y desazón. El etéreo marketing, por otro lado, ha sabido dar forma a ese anhelo que persigue en la figura del maleado Papá Noel, que ya nada tiene que ver con el san Nicolás de Bari cristiano en el que se inspira, pues lo ha convertido en un sosias de la encarnación de Jesucristo, una emanación cárnica de un inventado espíritu navideño que va repartiendo felicidad por los hogares del mundo (para mí, es más parecido al putrefacto Jack Skeleton disfrazado de él en Pesadilla antes de Navidad que al anciano rojizo y bonachón que, pretendidamente, desciende por las chimeneas caseras).     

   Así pues, vivimos en un mundo del todo engañador y engañoso que pretende eliminar la raíz cristiana de una fiesta propia de nuestra fe, sustituyéndola, empero, con otra falsa: la del sentimiento dirigido, la bondad mentirosa y el dispendio necesario. Sin embargo, una raíz artificial no nutre planta alguna, por lo que el destino de esta es, indefectiblemente, la muerte. Para evitar, por tanto, que el árbol de la verdadera alegría se marchite, el cristiano debe conservar intacto su auténtico nutriente, es decir, el nacimiento de Cristo en Belén, de manera que esta fiesta le sirva de acicate a esa bondad que el abstracto e inexistente espíritu navideño le exige, y que esa bondad (esa santidad) no sea propiedad exclusiva de este período vacacional, sino del año entero.

   Para concluir con la idea que empezamos, pues, no debemos amar la Navidad por los efectos supuestamente entrañables que produce en nosotros, y que las películas citadas arriba describen, sino por su verdadero origen, su fundamento, que es la venida al mundo de nuestro Salvador, Jesucristo, el Hijo de Dios. Viviéndola así, el hombre encuentra la auténtica dicha de esta fiesta, y le manifiesta a la humanidad la alegría por haber conocido a aquel que esta aún sigue buscando. Como, finalmente, urgía san Agustín, "despierta: Dios se ha hecho hombre por ti".

   ¡Feliz Navidad!  

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Mi primera película

   Todavía soy capaz de evocar la primera película que vi en el cine: Dumbo. Ciertamente, el recuerdo es muy vago, pues han transcurrido más de treinta años desde aquel día; sin embargo, la imagen animada del desdichado elefante planeando por el cielo me entusiasmó tanto, que quedó grabada en mi memoria con la fuerza del hierro candente que marca las reses. Por otro lado, y como cualquier otra reminiscencia, esta forma parte de un conjunto mayor, en el que todas las que conservo están bien dispuestas y enlazadas, como las esferas de colores aparecidas en Del revés; pero, tal y como acontecía en este magistral film, el globo de este recuerdo concreto ya no muestra solamente el gayo amarillo de la alegría, sino que a veces se ve teñido por el azul de la nostalgia, ya que apunta a una época de feliz inocencia, muy propia de la infancia, que ha quedado en el pasado.
 
 

    Cuando miro hacia atrás en el tiempo y evoco al ingenuo Dumbo, puedo verme sentado en la silla de madera de aquel cine de verano donde conocí sus aventuras, absorto por lo que la pantalla me muestra; puedo ver también a niños como yo, corriendo entre las inquietas piernas de sus padres mientras emulan la historia que el proyector les relata, y a otros que, igual que yo, embebidos por ella, no pueden dejar de mirarla. Si miro hacia mi lado, puedo ver también, dentro de esa inmensa sala sin paredes y de alto y estrellado techo, a mis padres, que me llevaron a disfrutar de ese reestreno; probablemente, incitados por la buena noche que a la sazón hacía y por la ilusión de pasear junto al retoño que ampliaba su incipiente unidad familiar.

   A pesar de las grandes y sobrecogedoras escenas que posee la película, mi memoria, como he dicho, solo ha conservado la imagen del ingenuo elefantito aleteando velozmente sus orejas, mientras sostiene con firmeza credulidad la pluma mágica que le otorga su poder. Una de ellas, amén de la que es famosa por la embriaguez de Dumbo, es la que protagoniza este junto a su madre, encerrada en una jaula tras haber barritado con furia en defensa de su pobre hijo; el verlo a él entristecido, acariciando la tierna trompa de aquella, que hace las veces de un dolorido brazo materno, que busca con dulce ansiedad la respuesta amorosa de su vástago, me suscita sin remedio la congoja en la garganta y la humedad en mis ojos. Es lógico que, siendo niño, no fuese capaz de identificar toda la nostalgia encerrada en estas imágenes; mas ahora, ya adulto, no solo la reconozco, sino que también la comparto, pues recuerdo cuántas veces mi propia madre me ha buscado así y cuántas veces yo mismo la he anhelado de idéntico modo.
 
 
 
   Por otro lado, recuerdo de aquella imagen grabada en mi memoria al diminuto ratoncillo Timoteo, aferrado al gorrito de Dumbo, siendo su único amigo y, al mismo tiempo, la voz de su conciencia. Como me ocurrió con la escena detallada arriba, tampoco aquí supe ver todo cuanto encerraba, en este caso, ese personaje, pues, más allá del sempiterno compañero, él representaba la amistad más pura, la desinteresada, aquella que solo vela por el bien del otro, sin tener a veces en cuenta el propio bien. Puedo recordar al pobre roedor guiando al elefante hasta donde está encerrada la madre de este, para que ambos se vean y puedan comunicarse lo mucho que se aman; puedo recordarlo también animando a volar a Dumbo, no obstante las risotadas de los escépticos cuervos, y ayudándole de este modo a superar su humillación y su tristeza. Así pues, hoy también veo de manera diferente al bueno de Timoteo, que es fiel reflejo de todas las personas que han pasado junto a mí, a lo largo de mi vida, como amigas, y que, como él, han buscado mi solo bien, demostrándome que el verdadero amor es aquel que impele a la entrega por el otro (¿no cobran aquí todo su sentido las palabras de Jesucristo "nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos"?). 
 
   Por último, aquella imagen de Dumbo que aún circula por mi magín es el sello indeleble del amor que nació en mí hacia el séptimo arte, del que me considero deudor por todas las alegrías y enseñanzas que me ha transmitido, por todas las ilusiones y esperanzas que me ha comunicado, y por cómo ha alimentado mi imaginación durante todos estos años. Es por ello que hay veces que me veo como el entrañable Totò de Cinema Paradiso, pues vinculo cada momento álgido de mi biografía a un film determinado, intento contemplar la vida a través del objetivo de mi cámara, procuro añadirle la banda sonora que requiere en cada instante o le supongo un hipotético guion para mejorarla; sin embargo, la vida misma va escribiendo su propio libreto, se adereza ella sola con la música que más se ajusta a sus derroteros y dirige el objetivo hacia el horizonte que debo encuadrar. En mi caso, siendo aquel niño cautivado por la proyección animada, nunca pude imaginar, ni en la sinopsis más estrambótica ni en el argumento más elaborado, que ese gozo que yo experimentaba apuntaba realmente a una dicha mayor y más plena, la del servicio a Dios, que, de manera misteriosa, me llamaba a ser sacerdote, para transmitirle al mundo esa misma dicha que yo empecé a intuir cuando, por primera vez, vi un elefante volar.