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martes, 6 de septiembre de 2016

El libro de la selva (2016)

   La semana pasada, tuve la oportunidad de ver la nueva versión de El libro de la selva. Reconozco que lo hice sin demasiadas ganas, ya que tengo una opinión excelente del clásico de dibujos animados y no quería que su recuerdo quedase mancillado por un hijo espurio, de esos que hoy proliferan por nuestras sufridas pantallas cinematográficas; tras su visionado, empero, quedé más que satisfecho, pues, donde yo creía que tropezaría con un arreglo infantiloide de la bella historia que narraba la primera, me encontré con un relato que se mantenía fiel a la esencia de esta y que, por consiguiente, lograba equipararse a ella e incluso superarla en algunos aspectos.




   Nadie le discute a Disney su acierto a la hora de convertir en imagen real aquellos filmes que fueron pensados para la animación, como Cenicienta (Kenneth Branagh, 2015) o Maléfica (Robert Stromberg, 2014), la vis oscura de La bella durmiente (Clyde Geronimi, 1959), pues no solo ha conseguido con esta iniciativa arrancar el aplauso del público, sino que también ha sabido agradar a las afiladas mentes de los críticos, que muchas veces se sitúan en las antípodas de los gustos populares. A la vista de esto, pues, no resulta extraño que recientemente haya estrenado Peter y el dragón (David Lowery, 2016) o que dentro de poco nos convierta a la Hermione de Harry Potter en la Bella de La bella y la bestia (Bill Condon, 2017); asimismo, ya ha anunciado su propósito de actualizar Dumbo (Ben Sharpsteen, 1941) bajo las directrices de Tim Burton (aquí), y de indagar en el mundo de Aladdin (Aladino) (John Musker y Ron Clements, 1992) mediante una precuela protagonizada por el genio (aquí). Tal vez, el éxito de esta idea estribe en el respeto mostrado a las cintas originales, que transmitían enseñanzas intemporales a las familias que acudían en masa a las salas donde se proyectaban.

   Afortunadamente, esta versión de El libro de la selva adopta también el derrotero de sus predecesoras, por lo que nos encontramos de nuevo con la historia de un niño que, habiendo perdido a sus padres durante los primeros meses de vida, anhela encontrar su lugar en el mundo. En efecto, detrás de aquella fábula del "cachorro humano" adoptado por una manada de lobos, se hallaba en verdad el complejo proceso de maduración que lleva a una persona a convertirse en adulta (a fin de cuentas, la selva del título, que también sirve de marco a la película, es una metáfora de la edad infantil, en la que se forjan las normas sociales primigenias, que le servirán de base para el futuro; pero también es imagen del mundo interior propio de esa prístina etapa, en la que cada día es una aventura diferente); así pues, vemos otra vez cómo ese crío que se acerca irremediablemente a la edad adulta, representada por el poblado de los hombres, se enfrenta a los obstáculos que le impiden dicho crecimiento, con el propósito de aherrojarlo para siempre en la puerilidad y en la inmadurez que hoy nos invade (el ejemplo diáfano de esta actitud es el oso Baloo, encarnación animal de su propia canción: Busca lo más vital), todo ello, por cierto, dirigido de manera maestra por el irregular autor de Iron Man y Iron Man 2 (Jon Favreau, 2008 y 2010, respectivamente).




   Sin embargo, como la moda es la auténtica emperatriz del cine de hoy, en el film nos encontramos que esta ha decidido que actualmente es un problema la moraleja que nos transmitía la versión de 1967. Como hemos señalado, aquella era una metáfora del paso de la etapa infantil a la adulta, en la que se ingresaba a través del amor sensual hacia una mujer (o hacia un varón, en el caso de que la película hubiese sido protagonizada por una chica), complemento sexual con el que el hombre llegaría a elaborar una nueva sociedad familiar y entraría a formar parte del engranaje comunitario que enlaza a todo el género humano, idea que hogaño está en entredicho y que puede alterar los alterados ánimos de los distintos lobbies que pululan por el mundo y que constriñen cualquier opinión que se oponga a sus diferentes credos; así que, para que el largometraje no sea objeto de los virulentos ataques mediáticos con los que aquellos expresan sus pareceres, la citada señora Moda lo ha arreglado haciendo que Mowgli no conozca a una chica que cautive su corazón, ni tenga el menor propósito de acomodarse a los dictados sociales de los hombres, sumándose a su cosmos, formando una familia con su esposa, teniendo descendencia y etcétera: lo mejor es que el niño se quede donde está, que siga su instinto y que continúe buscando lo más vital, para que nadie se sienta ofendido (podemos presenciar otra condescendencia a las normas imperantes en la matriarca lupina que se erige como defensora de la manada en ausencia del lobo macho, algo que no veremos nunca en la naturaleza, pero que queda muy bien ante las feministas recalcitrantes que luchan por erradicar el heteropatriarcado que las oprime).

   No obstante lo dicho, insisto en que es un buen film y en que a mí me agradó muchísimo; que no desdice del original (excepto en lo detallado arriba), y que puede ser disfrutado por padres e hijos, Por tanto, si Disney sigue así, demostrará una vez más que no tiene rival en el cinematógrafo familiar, aunque debería dejar de lado los imperativos actuales y seguir instruyendo en las enseñanzas eternas que transmitía en sus primeros largometrajes.    



jueves, 12 de noviembre de 2015

Kung-fu... ¿Panda?

   Reflexiones de un páter cinéfilo también está abierto a colaboraciones de sus lectores. Para participar en el blog, pónganse en contacto conmigo a través del formulario que aparece en el margen del mismo.
   A continuación, una de las citadas colaboraciones:


   No pocas veces, vemos ejemplos de películas hechas, al menos en apariencia, para niños, pero que, de fondo, contienen un mensaje que difícilmente un niño podría percibir. Un ejemplo reciente de esto es la magistral Del revés (Inside Out), de los estudios Pixar, película ya abordada en este mismo blog. Creo que Kung-Fu Panda también cumple esta característica de cine infantil con un fondo adulto.
 

   El film nos presenta la historia de un oso panda llamado Po. Este vive enamorado del kung-fu, y sueña con llegar a ser como sus héroes de la infancia, cinco grandes maestros de dicho arte marcial, algo que logra, por supuesto, tras una hilarante y particular odisea. Sin embargo, y aunque Po es de vital importancia en el desarrollo del metraje, este parece girar realmente alrededor de otro personaje, que es quien nos va a acompañar en lo que creo que se puede presentar como el fondo de la película, que es el nada sencillo tema de la formación y acompañamiento personal. Este personaje es Chi-Fu, el mapache. La película, pues, nos presenta dos formas negativas de vivir dicho acompañamiento, y dos formas positivas.
 



   En un primer punto, se puede ver la historia entre Chi-Fu y Tai-Lung, el leopardo. En las escenas que cuentan el pasado entre ambos, se puede extraer un gran peligro, que es el de la falta de objetividad: Chi-Fu se proyecta en su hijo-discípulo, es decir, trata a Tai-Lung desde sí mismo; de este modo, llevado por el orgullo y por el cariño que le tiene, cree que Tai-Lung debe ser el guerrero del dragón, y, como él mismo expresa en la película, no ve en qué se va convirtiendo verdaderamente su discípulo. Lo curioso es que Tai-Lung justifica sus actos culpando a su maestro, diciendo que fue él quien le metió en la cabeza que sería el elegido. La historia, pues, empieza con la inocencia de un Tai-Lung de niño que se convierte en la soberbia de un adulto que cree merecer lo que no le corresponde. Por tanto, cuando esto le es negado, reacciona como se ve en la película, es decir, rebelándose, y, como Chi-Fu es incapaz de detenerlo, es finalmente Hu-Wei, la tortuga, quien lo hace.
 

   En un segundo punto, se puede extraer el peligro diametralmente opuesto al anterior. Esto se ve claramente en la relación entre Chi-Fu y los Cinco Furiosos. La relación con Tai-Lung lo ha cambiado profundamente. Primero, vemos un Chi-Fu cariñoso, cálido y amable; después, lo vemos frío, implacable, incapaz de dar una mínima muestra de afecto (desde la primera escena, en la que salen juntos, se ve con claridad). En última instancia, la actitud de Chi-Fu es la misma, aunque lo manifieste de forma diferente: Chi-Fu vive desde sí mismo; su mala experiencia hace que tenga una actitud tan dura con los Cinco Furiosos y con Po. Cuando llega al Templo de Jade, Chi-Fu no soporta a Po, cree que es imposible que pueda ser el Guerrero del Dragón, y se niega a entrenarlo, intentando, por todos los medios, que se vaya.
 


 

   Esto cambia gracias a la otra actitud que, curiosamente, también muestra el propio Chi-Fu. Esta actitud es la de mirar al otro; es la relación con su maestro, Hu-Wei. En las distintas partes en la que se los ve juntos, se nota que, a pesar de no comprenderlo muchas veces, le hace caso, porque lo respeta, y, lo más importante, porque confía en él. Muy especialmente se ve esto en la escena en la que Hu-Wei muere. Cuando le pone el ejemplo del melocotón, intenta hacerle ver que tiene que aprender a mirar hacia fuera, dejar de pensar en lo que quiere. Finalmente, Chi-Fu, aunque se muestra a veces terco y soberbio (“puedo controlar la caída, dónde plantarlo…”), cede ante la respuesta de su maestro (“pero siempre te dará un melocotonero”). Al volver a plantearle el problema de que es imposible que Po se enfrente a Tai-Lung, ante la respuesta de su maestro (“a lo mejor sí que puede, si estás dispuesto a guiarlo y a educarlo”), Chi-Fu le promete que creerá en Po.
 

   Es muy bonito, y tal vez el punto más fuerte de la película, el cambio de mentalidad de Chi-Fu y su influencia en Po: el maestro experimenta, por un lado, la sensación de vértigo por no saber muy bien cómo actuar, ya que ha “perdido” a su maestro; se siente solo y se ha dado cuenta de que educar a alguien no es meterlo en un molde. Por otro, experimenta la gran emoción de lo que significa verdaderamente la educación, es decir, un crecer mutuo (una frase que vale su peso en oro es la de Chi-Fu a Po: “Tendrás que aprender a confiar en tu maestro de igual modo que yo aprendí confiar en el mío”): nadie nace sabiendo ser padre, o profesor, o sacerdote, o lo que sea; se aprende haciéndolo. No pocas veces resulta frustrante este proceso: cabe pensar en unos padres que ven cómo sus hijos no son como a ellos les habría gustado que fuesen, o en un sacerdote que ve cómo una de sus almas no avanza tanto como él quisiera. De fondo, no pocas veces es el reflejo de la actitud de ver en el otro una oportunidad de realizase a uno mismo, en vez de mirar al otro y tratar que dé lo mejor de sí mismo. Creo que es la idea más importante: sin ayuda, no se crece, y, de un modo u otro, todos estamos llamados a ser guía de otros (los padres, de sus hijos; los curas, de sus fieles, etc.), de igual modo que otros nos guiaron y nos siguen guiando.
 
 
Javier Orozco de Donesteve