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domingo, 18 de febrero de 2018

Altered Carbon

   Esta semana, quisiera hablaros de la última producción de Netflix: Altered Carbon (Laeta Kalogridis, 2018). Como probablemente ya sepáis, se trata de una serie futurista, que nos presenta un mañana en el que la humanidad ha alcanzado la suficiente tecnología para ofrecer la inmortalidad. En efecto, gracias a una pila colocada en la cerviz del usuario, que almacena sus datos idiosincráticos, este puede cambiar de cuerpo siempre que lo desee (o que su economía se lo permita); de este modo, por ejemplo, cuando su funda (que es el nombre, casi peyorativo, que recibe el cuerpo) envejezca, puede optar por colocar su pila idiosincrática en otra, aunque pertenezca a una raza o a un sexo diferentes de los suyos. Sin embargo, lejos de presentar este avance tecnológico como un logro, la serie lo propone como una condena, porque consigue envilecer a los humanos, extrayendo de ellos todo lo malo que albergan. Esta es una idea interesante y que comparto al cien por cien, por lo que os recomiendo que le echéis un vistazo, ya que no quedaréis defraudados.

   Pero la serie tiene también una vertiente que nos puede pasar desapercibida y que, sin embargo, es tan interesante como la que acabamos de describir. En efecto, si os dais cuenta, establece una dicotomía explícita entre el alma y el cuerpo, mucho mayor incluso que la que la gente le suele atribuir (erróneamente) a la doctrina de la Iglesia. Ciertamente, mientras que esta última establece que a cada cuerpo le corresponde un alma, y viceversa (aunque la explicación sea algo más compleja, sabréis entender la brevedad), la serie postula que son dos naturalezas completamente independientes, de manera que, como hemos señalado, el alma puede ser transferida sin problemas a otro cuerpo, aunque este no sea el mismo con el que la persona nació. Evidentemente, detrás de esta tesis se encuentra la transmigración de las almas y la reencarnación, así como el deseo de inmortalidad, que continúa acuciando al ser humano, pese a que este se niegue a admitirlo, porque lo considera parte de la religión. Y es que es justamente aquí donde yo quiero centrar este artículo.




   Nos encontramos hoy en medio de una sociedad que ha abrazado la fe en la ciencia como un nuevo dogma; así, por ejemplo, vemos que mucha gente piensa que Dios no existe, porque esta no lo puede demostrar con datos objetivos. Sin embargo, y paradójicamente, esta confianza en el progreso ha conseguido que dicha gente se vuelva más religiosa, aunque de una manera supersticiosa y, por tanto, errónea; de este modo, vemos que van cogiendo auge expresiones como "si los astros se alinean", "si el universo así lo quiere" o "es cosa del karma", que son, en el fondo, una perversión de nuestro castizo y más real "si Dios quiere" o de la confianza cristiana en la Providencia. Lo que esto nos indica es que el hombre, pese a que haya rechazado a Dios, o lo haya sustituido por una ciencia pretendidamente todopoderosa (el "orgullo cronológico", en palabras de C.S. Lewis, puesto que pensamos que nuestra época supera las demás), está necesitado sin duda de una explicación sobrenatural de su propia existencia: así, cuando alude al karma como fuerza etérea que premia a los buenos y castiga a los malos, está evidenciando en verdad la necesidad de creer en un ser superior a él que haga justicia en un mundo que carece de ella (como rechaza el cristianismo por complejo, acoge esa idea hinduista, que le parece más cool, aunque ni siquiera sepa qué significa exactamente); o bien, cuando hace referencia a las fuerzas invisibles del universo (que deben de ser algo así como la que vemos en La guerra de las galaxias), revela la necesidad de pensar que un ente providencial está cuidando de sus pasos en la tierra. Pero esto adquiere su paroxismo en el deseo de la inmortalidad.

   En efecto, resulta que el hombre, pese a que haya rechazado la idea de un paraíso de ultratumba, sigue albergando dentro de sí el deseo de perpetuarse eternamente. Por supuesto, como dice que no cree en el alma, inventa cosas como la criogenia, a la que cree capaz de preservar el cuerpo de todo tipo de corrupción, con el fin de despertarse cuando lo desee y, de este modo, reanudar su vida en el futuro (¿estará Walt Disney esperando realmente el momento de ser descongelado?); o bien, adopta ideas extrañas de culturas ajenas, como la reencarnación, propia del citado hinduismo, que es otra forma de perpetuarse, aunque aquí en la tierra y no en el cielo (¿os habéis fijado en que los reencarnados occidentales siempre han sido grandes personalidades en el pasado, que nunca han sido perros callejeros, gatos famélicos, ni protozoos solitarios? Y es que el hinduismo propone que uno puede reencarnarse en cualquiera de estas cosas, ya que depende del grado de moralidad que hayas ostentado en la vida anterior... Pero eso no le gusta a la mentalidad de Occidente, que prefiere haber sido tabernero en un prostíbulo antes que alcornoque en el campo o que alacrán en el desierto). En este sentido, la serie propone un nuevo argumento a la inmortalidad, aunque barnizado esta vez por esa capa de dogmática fe en la ciencia que hoy nos rodea: la pila idiosincrática, que, como hemos dicho, es capaz de recopilar la personalidad del individuo y, por tanto, de ser usada en un cuerpo diferente (esta idea ya fue utilizada en Chappie, una producción cinematográfica en la que las personalidades de cada uno eran transferidas a robots evolucionados).


   

   Pero reconozco que esto me sorprende muchísimo, puesto que contradice la nueva religión científica a la que estamos aludiendo: a ver, si el hombre solamente es cuerpo, como afirma uno de sus dogmas (¿copiado, por otro lado, de la Biblia: "Recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás"?), y que, cuando este muere, se convierte exclusivamente en pasto de los gusanos (o en partículas carbonizadas que pululan por el aire que respiramos, que eso de la incineración está muy de moda actualmente), ¿cómo es posible que hoy se otorgue credibilidad a una sustancia espiritual (la personalidad) que trasciende la materia? Si solo somos materia, es imposible que exista ese sustrato espiritual, puesto que estaríamos hablando de un salto cualitativo u ontológico que aberra por definición los mandamientos de la ciencia contemporánea. Otro ejemplo puede ser encontrado en el día a día, principalmente en lo que a las relaciones amorosas se refiere: en ellas, hay personas que se enamoran indistintamente de hombres y mujeres, porque afirman que les gusta la persona, no el físico (la "funda", ¿recordáis?), por lo que vuelven a establecer una dicotomía entre alma y cuerpo mayor que la que dicen que promueve la Iglesia (por supuesto, muchas de estas personas dirán que no existe el alma, aunque en la práctica, como vemos, hagan justamente lo contrario). Particularmente, yo solo soy capaz de explicar estas contradicciones mediante la evidencia: aunque el ser humano de hoy niegue en su mayoría la existencia del alma y, por ende, la de Dios, sus anhelos, su voluntad, su entendimiento, sus más profundos sentimientos, sus recuerdos y etcétera, le demuestran que no es únicamente un trozo de carne, sino que esta está unida a una sustancia espiritual, que lo enraíza a Dios (el problema es que, como no quiere verlo, encuentra constantemente estos sustitutos de los que aquí nos hemos hecho eco, pero que no terminan de satisfacerlo, porque son ídolos falsos).  

   Como decía arriba, otra cosa que me ha gustado de la serie es su negativa visión de la inmortalidad como elemento exclusivamente terrenal. Es decir, como el hombre puede perpetuarse hasta el infinito en sucesivos y distintos cuerpos (siempre que su economía se lo permita), no tiene miedo de un juicio divino que valore sus actos; de este modo, termina cayendo en las más abyectas perversiones de toda índole, demostrando una vez más que el hombre no es ese ser bueno por naturaleza que decían los ilustrados, sino el ser malo que requiere de la redención y del ejemplo del Hijo de Dios (además, el alma humana sigue envileciéndose, a pesar de que cambie de cuerpo, porque acumula sus actos pasados). En este sentido, los más cinéfilos recordarán el impagable plano final de El retrato de Dorian Gray (Albert Lewin, 1945), una imagen del cuadro del título (rodada a color, mientras que el resto del film era en blanco y negro) donde podíamos ver la perversión anímica de su protagonista; y los más lectores, la inmortal obra de Tolkien, donde afirma que los elfos sienten envidia de los hombres, puesto que han sido bendecidos con el don de la muerte (sic).


 

   Como resumen, me gustaría indicar que se trata de una excelente serie de televisión, que, no obstante, y de manera misteriosa, ha recibido malas críticas por parte de los especialistas. Desconozco el motivo de esto último, puesto que también deja en muy buen lugar el manido género de la ciencia ficción, mezclado tantas veces con la fantasía, que se ha pervertido irremediablemente para los que nos consideramos admiradores suyos (¡vuelve de entre los muertos, Philip K. Dick!). Es posible que los más puristas crean que se trata de una copia de la magistral Blade Runner (Ridley Scott, 1982), por su estética ciberpunk, pero yo creo que es más bien un sentido homenaje a este film y que, por supuesto, habría superado con creces como secuela televisiva a la plúmbea y pretenciosa Blade Runner 2049 (Denis Villeneuve, 2017). Tal vez los espectadores deseaban mayor espectacularidad que la que ofrecen sus episodios, porque estos se centran más en relatar la investigación que lleva a cabo su protagonista (otro homenaje más a la mítica peli de Scott) que en los efectos especiales que hoy proliferan en nuestras pantallas.

   En cuanto a todo lo que hemos tratado, tampoco sé si su creador (o el autor de la novela en que se basa) comparte con rotundidad todo lo que aquí he expuesto; sin embargo, estoy convencido de que aprobaría la mayor parte, puesto que no deja de proyectar en el futuro algo que estamos viviendo en el presente (otro elemento significativo: la religión en la serie es ocultada y hasta vilipendiada, mientras que acoge sus dogmas como cánones morales de la sociedad laica en la que se ha convertido el mundo, ¿os suena?). Echadle un vistazo, porque no creo que os defraude: os mostrará un porvenir desalentador, en el que el ser humano quiera vivir eternamente, porque no cree que haya un Dios que lo acoja, aunque en el fondo esté deseando que exista; un porvenir que, sin embargo, está hoy más presente que nunca.




viernes, 19 de febrero de 2016

El renacido (The Revenant)

   Dedicamos la última entrada de este blog a la Cuaresma, el tiempo litúrgico en el que actualmente nos encontramos (aquí). Como explicamos en ella, es el período que la Iglesia católica dedica a la oración y a la penitencia, pues conmemora el importante hecho del exilio de Jesús en el desierto, momento que podemos ver en El evangelio según san Mateo. Tal vez no sea casualidad, pues, que recientemente haya llegado a nuestras pantallas El renacido (The Revenant), film que, sin identificarse con el género religioso, aborda su temática, ya que ofrece al espectador una certera visión de lo que este tiempo litúrgico supone para el cristiano.

   Efectivamente, la película que hoy nos ocupa relata grosso modo las peripecias de un aventurero que, habiendo sobrevivido al ataque de un animal, se encamina hacia su hogar; por supuesto, a lo largo de su periplo se topará con multitud de dificultades, que intentarán impedir dicho retorno, pero que él superará gracias a este anhelo. A pesar del ímprobo esfuerzo, el protagonista descubrirá que las sendas que realmente ha recorrido en su viaje son las que vertebran el interior de su espíritu, ya que este se verá abocado a un colofón que ni siquiera había previsto.



   Cuando tratamos Los diez mandamientos, apuntábamos que el pueblo de Israel abandonó la esclavitud de Egipto, para encaminarse a través del desierto hacia la Tierra Prometida, donde habitaría eternamente si cumplía los preceptos de la ley divina; a la vez afirmábamos que, para restaurar los pecados cometidos por dicho pueblo a lo largo de ese tiempo, Cristo se aisló en el mismo lugar, donde fue fiel a la observancia contra la que aquel atentó. Desde ese instante, la tradición eclesiástica ha visto en el éxodo judío una imagen de la vida del propio cristiano, ya que este debe liberarse del sometimiento de su propio pecado, para dirigirse hacia la patria definitiva, que es el cielo; asimismo, y como señalamos, ve en el exilio de Jesús el ejemplo que ha de adoptar aquel en su andadura, ya que en esta aparecerán multitud de peligros a los que él deberá hacer frente.

   En El renacido (The Revenant) vemos cómo también su protagonista emerge de la tumba en la que ha sido levemente inhumado, pues el pecado mata al hombre, aunque no entierra por completo su libertad; como el pueblo judío, y como cualquier cristiano, pues, abandona ese inerte estado, para alcanzar el de la vida, que solo puede ser hallado en el hogar del que salió (curiosamente, aquel cubre su desnudez con la piel del oso, que ha sido instrumento de su condena, como el cristiano anda por su sendero con la marca de la cruz, que es, a la vez, señal de pena y de triunfo). Por fortuna, no recorrerá este camino en la soledad, ya que siempre lo acompañan la idea de un padre protector, que el cristiano identifica con el Dios providente, y la imagen de un árbol fuerte que se mantiene erguido en cualquier tormenta, algo que el cristiano equipara con su propia fe, que se enraíza en lo más profundo de su alma y que arroja sus ramas al cielo con la esperanza de una vida mejor.    



   El cristiano sabe que esa vida mejor está al final del camino que él mismo debe recorrer con la ayuda de Dios, quien lo espera para otorgarle su abrazo misericordioso. Es posible que esta sea la verdad que el protagonista descubre en su propia aventura, pues, no obstante el haber retornado a su hogar, halla la auténtica paz cuando concede el indulto al asesino de su hijo; con este piadoso gesto, pues, no solo se desunce del yugo del odio, que corroía su espíritu, sino que obtiene su anhelado sosiego.
  
   Como el protagonista del relato, también el cristiano combate en esta vida por alcanzar esa paz eterna que Dios le promete, pero de la que ya puede participar en este mundo si vive conforme al corazón de Jesucristo, que se caracteriza por su piedad. La Cuaresma es el tiempo propicio para recordar esta verdad, que el cristiano está llamado a vivir; por este motivo, este largometraje sirve de excelente acicate para ello.




viernes, 23 de octubre de 2015

Una nueva esperanza


   Sin lugar a dudas, El despertar de la Fuerza se ha convertido en la película más esperada de todos los tiempos; solo hay que comprobar los diferentes vídeos que circulan por la red mostrando la reacción de algunos fans ante el visionado de su tráiler definitivo o las millones de visitas que este último ha recabado en pocos minutos (y continúa haciéndolo…). Y es que estas aventuras galácticas, lejos de pasar de moda, van incrementando su interés a medida que transcurren los años.

   La pregunta es evidente: ¿por qué? Hay películas que hacen historia, que recaudan escandalosas sumas de dinero y que consiguen entrar en la selecta categoría del “cine de culto”, pero que no logran equiparar su éxito al que siempre alcanza cualquier cinta de esta saga. ¿Será su temática?, ¿serán sus efectos especiales?, ¿serán sus personajes?, ¿será el merchandising que siempre la acompaña? Probablemente, todo consista una mezcla bien agitada de todo ello.
 
 

   A mi juicio, lo más importante se centra en aquello que nos cuenta. Si lo pensamos bien, La guerra de las galaxias (sí, yo soy de la época en que llamábamos así a lo que hoy se conoce como Star Wars) nos detalla una epopeya heroica trasladada a las llanuras espaciales: como en los relatos medievales, nos encontramos un aprendiz (Luke Skywalker), un maestro (Obi-Wan Kenobi), una princesa encerrada en un castillo (Leia Organa en la Estrella de la Muerte), un rey malvado (Darth Vader), un mago que vive en el bosque (Yoda), un caballero, un escudero y la montura de ambos (Han Solo, Chewbacca y el "Halcón Milenario", respectivamente); duelos a espada (¿de verdad tengo que especificar a qué me refiero?), sabias enseñanzas vitales (todas aquellas que Obi-Wan transmite a su joven novicio) y un trasfondo de magia y hechizos (todo lo relativo a la Fuerza).

   Por tanto, así como los relatos del medievo fueron escritos para instruir a sus oyentes en los valores que debían regir la vida del individuo, este nuevo mito, adaptándose al lenguaje actual, los transmite de nuevo al hombre de hoy. De esta manera, el espectador (antes, el lector o el oyente) se encuentra con una fábula que le recuerda el sentido épico de su propia existencia, aletargado por la molicie de una sociedad volcada en el bienestar; que lo exhorta a la lucha contra el mal y a la defensa de lo bueno, y que le propone los cánones eternos que deben conformar a la persona virtuosa: prudencia, justicia, fortaleza y templanza (por supuesto, con sus derivados particulares: fidelidad, integridad, honor, respeto, valentía, compañerismo, familia y etcétera). Esto lo encontramos también en dos trilogías cinematográficas recientes, El hobbit y El señor de los anillos, que basan su popularidad precisamente en los mismos fundamentos.
 
 

   Enmarcando todo ello, podemos contemplar el desarrollo de una historia que es común a toda la humanidad: el sempiterno combate entre el bien y el mal, facciones representadas, respectivamente, por la Orden Jedi y los malignos Sith (también soy de la época en que pronunciábamos “yedi” y no “yedái”, amparados, todo hay que decirlo, por un fantástico doblaje español: ¿quién no recuerda la advertencia contra “el reverso tenebroso de la Fuerza”?). De este modo, y como cualquier persona recta que se precie, vemos a un Luke que, a pesar de su denodada pugna contra el mal, se siente atraído por este (en este sentido, la negra vestidura que porta en El retorno del Jedi, alejada de su característico blanco propio de las otras dos entregas, es reveladora); que, a pesar de comprender el error y la infelicidad al que aquel lo conduce, experimenta la necesidad de saborearlo (no hay nada más que ver el siempre sobrecogedor diálogo que mantiene con Darth Vader en El Imperio contraataca).

   Aunque la nueva trilogía carece en parte de todos estos factores (aún no me he recuperado de la decepción que sentí al ver por primera vez La amenaza fantasma…), debemos agradecerle a George Lucas, sin embargo, que rescatara ese combate interior tan humano entre lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto, algo que aparece perfectamente descrito en esa paulatina degradación que sufre Anakin Skywalker a lo largo de las tres películas; como si de una llamada de atención a todo espectador se tratase, el sabio Yoda advierte en aquella que el miedo lleva a la ira, que esta conduce al odio y que este es la puerta abierta al sufrimiento, ignominioso descenso que culmina en el imborrable grito de aversión lanzado por aquel contra su maestro Obi-Wan en La venganza de los Sith.
 
 

   Según los últimos rumores, en este séptimo episodio de la saga veremos nuevamente esa lucha que todo hombre mantiene en su interior, con una posible caída de Luke en el lado oscuro de la Fuerza, derrota que, lejos de apabullar al ser humano, debe acicatearlo más aún al combate contra la tentación, el pecado y, en definitiva, contra el mal y el Maligno. Es evidente que toda persona está llamada a unirse a ese poder misterioso que lo une todo y que todo armoniza (¿no está clara la imagen de Dios?), y que, para ello, debe recorrer la senda del conocimiento, de la virtud, de la oración, de la moderación y de la santidad (del Jedi), que es el peldaño imprescindible para vivir eternamente unido a ella. Por supuesto, el hombre que inicie esta andadura debe someterse a un duro entrenamiento, como al que Luke es sometido por Yoda en Dagobah, pues es un camino repleto de espinos y dificultades; no obstante, su meta merece cualquier pena, ya que supone estar para siempre y felizmente con aquellos que aquí conocimos y nos adelantaron en nuestra marcha.    

   Yo creo que el éxito de este tráiler y el presumible que obtendrá la película es una nueva esperanza en una humanidad que, a pesar de verse subyugada por el materialismo, el desánimo, el ateísmo, la desilusión, la ruindad y la tristeza, sabe que está llamada a una vida más plena, y que esa vida se consigue al abrazar la santidad y al fijar la mirada en el Paraíso.
 
 

sábado, 5 de septiembre de 2015

Cocoon


   Cuando en 1982 Steven Spielberg estrenó su cinta más personal, E.T., el extraterrestre, cambió para siempre la opinión de la humanidad acerca de los alienígenas: de alzar los ojos con pavor a las profundidades espaciales aguardando una inminente invasión marciana, el hombre pasó a desear con ardor un contacto con los seres que supuestamente las habitan. Como no podía ser de otra manera, el séptimo arte se hizo eco de esta voluble visión, y mientras que en la década de los cincuenta advirtió de su presencia al respetable con La Tierra contra los platillos volantes, la primera versión de La guerra de los mundos y La invasión de los ladrones de cuerpos, a partir de la visita del entrañable hombrecillo ideado por el autor de Encuentros en la tercera fase, lo reconcilió con ellos: de esta manera, nos presentó al desvalido extraterrestre de Mi amigo Mac y nos hizo creer que unos niños podían aventurarse entre las estrellas y dialogar con ellos sobre sus inquietudes en Exploradores (¡hasta el mismísimo John Carpenter tuvo que renunciar a su magistral La cosa a favor de la más ñoña Starman!). Y aunque ninguno de estos filmes deja de ser un émulo del imaginario spielbergiano, podemos hallar entre ellos alguna agradable sorpresa.

   Una de las citadas sorpresas es Cocoon, de Ron Howard, director que alcanzaría la cumbre de su éxito con la famosa Apolo 13. En el film que nos ocupa, podemos ver a unos extraterrestres que, adoptando apariencia humana, se infiltran en las inmediaciones de un pequeño pueblo de la costa norteamericana con la intención de recuperar a los miembros de una expedición que cayó al mar hace miles de años. No obstante el tiempo transcurrido, los componentes de la misión han logrado sobrevivir gracias a unas cápsulas preparadas para tal efecto. Como estos recipientes solo son viables bajo el agua, cada vez que uno es descubierto, es sumergido de inmediato en una piscina, a la espera de reunir a todos y poder partir de regreso a su planeta de origen. Pero la casualidad quiere que justo al lado de dicha piscina haya una residencia de ancianos, y que un grupo de estos acuda regularmente a ella para bañarse en sus aguas; como es normal, nunca han experimentado nada fuera de lo común, hasta el día en que lo hacen tras haber sido depositadas en ella las primeras piedras: a partir de ese momento, sienten que su fuerza y su jovialidad se revitalizan, por lo que comienzan a disfrutar de una vida que se situaba en el ocaso.
 
 

   Como se puede comprobar, la película que hoy nos ocupa se aparta notablemente del tono infantil que caracteriza a los filmes citados arriba, a pesar de la presencia en ella de Barret Oliver, actor en boga a la sazón gracias a su papel en La historia interminable y en D.A.R.Y.L.; tanto es así que podríamos hablar de un largometraje centrado en la ancianidad. Ciertamente, la película encierra en sí una bella metáfora acerca del fugaz paso de la vida y de esa última etapa a la que el hombre debe enfrentarse antes de morir; es por ello que nos ofrece constantes reflexiones acerca del ocaso de la existencia, del amor que permanece fiel a pesar del paso de los años y de ese innato e innegable deseo de exprimir la vida al máximo antes de abandonarla (la hermosa fotografía de Donald Peterman, que alcanza su culminación en los sempiternos crepúsculos que acompañan al relato, y la hermosa partitura de James Horner nos introducen perfectamente en ese mundo de la tercera edad que el film pretende describir).

   Pero lo más interesante de la obra tal vez sea su tramo final, en el que los ancianos de la residencia son invitados por los alienígenas a partir con ellos hacia las estrellas, donde podrán vivir para siempre sin dolor ni sufrimiento. Obviamente, todos aceptan la invitación de sus amigos estelares, por lo que zarpan a bordo de un yate hasta el lugar donde serán recogidos por la nave espacial. Sin embargo, el corto trayecto no les resultará sencillo, pues el niño interpretado por Oliver intenta embarcar con ellos, provocando que otros familiares de los ancianos procuren disuadirlos de lo que, a sus ojos, es una locura. No obstante, la embarcación alcanza el lugar designado y, tras unos efectos especiales propios de la época, es abducida y conducida al cielo. El pobre Oliver, que tanto deseaba estar junto a sus abuelos, salta en el último momento y se reúne con su madre, quien, al no haber presenciado la ascensión del barco, piensa que los ancianos han muerto ahogados.

   Aunque el film concluya con el funeral organizado por la supuesta muerte de los ancianos y con la pícara mirada del niño protagonista dándonos a entender que él cree firmemente en que sus abuelos navegan y navegarán eternamente por las llanuras siderales, este colofón, a mi juicio, encierra una bella metáfora sobre la muerte y la vida eterna. Como hemos dicho arriba, el metraje nos describe con precisión las vivencias de unos hombres que contemplan cómo sus vidas discurren rápidamente hacia su final, sintiéndose incapaces de aferrarla, como desearían; mas, aunque al principio no parecen aceptar su situación, al conocer el poder curativo de las piedra alienígenas, cobran nuevas esperanzas, que se solidifican cuando los extraterrestres que las recaban les ofrecen partir hacia las estrellas. Podemos entender, pues, que el film narra realmente el modo en que los protagonistas se enfrentan a sus últimos días de vida, y cómo, aunque se sienten tristes por ello, poco a poco descubren la promesa de una vida eterna que les infunde la felicidad que con tanta urgencia necesitaban.
 
 

   Ciertamente, la muerte continúa siendo un gran misterio para el hombre de hoy, pues, a pesar de los altos logros alcanzados, aún no ha podido frenar esta última despedida a la que el mismo debe someterse; así, aunque es verdad que en la actualidad contamos con medios que alargan nuestros días en la tierra más que los gozados en otras épocas, al final siempre aparece la muerte para ponerles fin. Ante esta verdad, al ser humano se le ofrece una disyuntiva: o bien rebelarse contra ella y convertir la agonía en una auténtica pugna por mantenerse vivo, o bien aceptarla con la confianza de que no es sino el paso a una vida sin final. Esta última es la actitud propia del cristiano, que ve en la resurrección del Señor la prueba definitiva de que la decrepitud del cuerpo y su inhumación no tienen la última palabra; es por ello que acepta la muerte confiando en que la recuperará gloriosamente.

   En nuestros días, esta certeza ha pasado a un segundo plano, y al hombre ya no se le instruye en ella. Sin embargo, sigue albergando dentro de sí un deseo de eternidad que apunta a la existencia de una vida de ultratumba a la que su alma lo está convocando. Por desgracia, y para saciar esa sed, se ha conformado con las dosis que le administran los nuevos credos, que, rechazando la resurrección, proponen diferentes sustitutos, como la reencarnación, que es una manera engañosa de eludir la muerte y de prolongar la vida en este suelo, aunque sea en un cuerpo distinto al propio. Pero ¿no hay mayor tranquilidad que el sosiego eterno que nos promete una vida sin fin donde ya no habrá dolor ni sufrimiento y donde el amor imperfecto que experimentamos en nuestra vida terrena alcanzará su perfección? Los ancianos del film lo saben muy bien, por lo que acuden con diligencia a la llamada de la muerte (es oportuno recordar que la mar siempre ha sido signo de esta, por lo que no es casual que su último viaje lo hagan a bordo de un barco), a pesar de la oposición que encuentran por parte de sus familiares, que hacen lo posible por devolverlos a la orilla de esta vida.

   En mis años de sacerdocio he podido comprobar cómo muchos ancianos, agobiados por el peso de los años o en el umbral de la muerte, aceptan con agrado el abrazo de esta última, pues saben que ya han vivido mucho, por lo que su mayor deseo es el descanso eterno y la compañía de aquellos que aquí amaron y que fallecieron antes que ellos. Por otro lado, también he visto (y es natural que así sea) cómo los familiares próximos se aferran a cualquier hálito para mantenerlos con vida, impidiéndoles que den ese paso que ellos están ansiosos por dar. Tal vez, como en el film, estos que aceptan la muerte estén dando un ejemplo de entrega y confianza absolutas a aquellos que, por verla de lejos, no están dispuestos a asumirla.

   La película, pues, es un buen ejercicio de reflexión acerca de la ancianidad y la vida eterna, temas que hoy no aparecen en la opinión pública, pues la primera recuerda al hombre que sus días en la tierra no son eternos, y la segunda, que Dios existe y puede premiar con ella o castigar con su ausencia. Es por ello que, a pesar de aprovechar en su momento el filón abierto por Spielberg y su bienintencionada visión de los extraterrestres, Cocoon se concede a sí misma el galardón de ser una gran obra, pues supera los clichés del género cinematográfico y ahonda en una temática difícil y sensible, de la que sale sin duda airosa.