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domingo, 10 de junio de 2018

Jurassic World. El reino caído

   Esta semana vamos a dedicar el post a la película que pretende ser el blockbuster veraniego por antonomasia: Jurassic World. El reino caído (J.A. Bayona, 2018). En efecto, tres años después del éxito de su predecesora, Jurassic World (Colin Trevorrow, 2015), llega a nuestras pantallas su consabida secuela, un film que procurará superar (o al menos igualar) la recaudación y el aplauso de aquella. Para ello, se ha contado esta vez con el prometedor cineasta español Juan Antonio Bayona, el cual, aunque solo tenga en su haber cuatro películas (incluida esta), ha sabido conquistar a la platea de medio mundo con su magnífico arte, heredado directamente y sin disimulo del cine de Steven Spielberg; tanto es así que fue precisamente su penúltimo film, Un monstruo viene a verme (2016), que no deja de ser una versión personal y actualizada de E.T., el extraterrestre, el que le abrió de manera definitiva las puertas de Hollywood, pues propició que el famoso Rey Midas del séptimo arte le encargase esta quinta entrega de la saga jurásica.

   Como veremos a continuación, y como es lógico, lo que ha hecho Juan Antonio Bayona con esta oportunidad que la ha brindado la meca del cine (y con la que probablemente ha soñado más de una vez) es acomodarse servilmente a los requisitos que esta le ha presentado. En efecto, lo que Hollywood pretende en fechas estivales es ofrecer mero espectáculo, para que el público llene las salas, coma palomitas, beba Coca-Cola, profiera algún grito, se emocione y aplauda a rabiar; es decir, y en definitiva, que se lo pase bien durante dos horas delante de una pantalla gigante. No es extraño, pues, que, para esta nueva entrega de la saga, Steven Spielberg, ideólogo máximo del concepto de blockbuster mediante su film Tiburón (1975), el primero de la historia que acuñó dicho término, eligiera al que hoy se presenta como su alumno más aventajado, el mencionado cineasta español Juan Antonio Bayona; por este motivo, tampoco es extraño que este último, acariciador onírico de la meta hollywoodense, al aceptar el encargo de aquel, se sometiera estrictamente a sus órdenes, que pasaban por realizar un filme que se ajustase a la medida de los cánones veraniegos. Por suerte, Spielberg, que sabe lo que hace en el campo cinematográfico, no eligió con Bayona a un cualquiera, sino a alguien que sabe aunar arte y entretenimiento a partes iguales; de este modo, el espectador no se siente como un mero consumidor pasivo de imágenes en movimiento, sino como una persona que, al mismo tiempo que está disfrutando del espectáculo, está recibiendo calidad narrativa y cinematográfica (de hecho, con sus más y sus menos, esto es lo que caracteriza tanto al cine de Spielberg como al cine de Bayona).

   ¿Y es malo este afán por aunar arte y entretenimiento en una sola película? Evidentemente, no. Como ya hemos indicado, el primer cineasta que ideó este concepto, y que él mismo denominó blockbuster, fue Steven Spielberg, quien, a través de su relato sobre el escualo gigante, entretuvo al público a la par que le otorgaba calidad artística; de hecho, su decisión de ocultar al manido tiburón, o de insinuarlo mediante la estupenda música de John Williams, o través de la cámara en primera persona, cautivó a toda la platea y hoy es imitada por multitud de directores exitosos (el otro gran inventor del término fue George Lucas mediante La guerra de las galaxias, que nada tiene que ver con la deriva ideológica que ha tomado actualmente la saga: aquí). El cine nació hace más de cien años en Francia con esta clara vocación al entretenimiento (a la sazón, la gente se agolpaba para ver a los obreros saliendo de una fábrica, al tren llegando a su estación o a un niño gamberro divirtiéndose a costa de un incauto jardinero); pero, como sus iniciadores, los hermanos Lumière, eran fotógrafos profesionales, conocían a la perfección la alegoría de la imagen, por lo que a los espectadores de entonces no solo les ofrecían espectáculo, sino también calidad artística. Por este motivo, podemos decir que, pese a quien le pese, la saga jurásica se inserta en este concepto originario del séptimo arte, que no siempre está llamado al agrado de unos pocos, sino al aplauso de muchos.




   Todo el mundo conoce ya la trama de la película (por desgracia, a uno solo le basta con ver el tráiler de la cinta para ello). En efecto, tres años después de los acontecimientos vistos en Jurassic World, los protagonistas se enfrentan a un nuevo desafío: la extinción de los dinosaurios que ellos mismos han creado. Ciertamente, el volcán que corona la isla Nublar, esa misma donde se construyó el primigenio Parque Jurásico, que luego sería remozado y reabierto bajo el nombre de Jurassic World, está a punto de entrar en erupción, una fatalidad que condenaría a muerte a todos los dinosaurios. La situación es tan peliaguda que incluso llega a las altas instancias del Gobierno norteamericano, que no vacila en abrir el debate sobre lo que han de hacer con ellos: o bien dejarlos morir, o bien rescatarlos. Mientras tanto, una empresa de biogenética vinculada al fallecido profesor Hammond (el mítico Richard Attenborough), se decanta por esta última opción, por lo que decide enviar un equipo de investigación y de rescate a la ínsula, con el propósito de salvar el mayor número posible de criaturas. Para ello, cuenta con la ayuda de Owen (Chris Patt) y Claire (Bryce Dallas Howard), dos supervivientes de los problemas acaecidos en la anterior aventura.

   Evidentemente, la sinopsis de la cinta no es original; uno solo tiene que echar un vistazo a los primeros minutos de ella para percatarse de que sigue los mismos derroteros que, en su día, tomara El mundo perdido. Jurassic Park (Steven Spielberg, 1997), secuela inmediata de Parque Jurásico (Steven Spielberg, 1993). De este modo, vemos que la historia del film es propiciada por el deseo que tienen algunos de exportar a los dinosaurios de la isla; que la empresa que tiene esta intención está vinculada a John Hammond; que los primeros que son contratados por esta última son una suerte de cazadores furtivos, cuyos únicos motores parecen ser el éxito y el dinero (además, tanto el Ted Levine de esta como el Pete Postlethwaite de aquella coleccionan colmillos de sus presas); que el protagonismo recae sobre una mujer resuelta que quiere salvar a los animales a toda costa (antes, Julianne Moore; ahora, Bryce Dallas Howard), y que su decisión impulsa la del hombre que le va a la zaga (antes, Jeff Goldblum; ahora, Chris Patt); que tenemos que padecer la presencia de una niña repelente (antes, Vanessa Lee Chester; ahora, Isabella Sermon), y que, finalmente, aumenta el grado de violencia y oscuridad, para alejarse, así, de los compases marcados por sus respectivas predecesoras (por supuesto, tenemos algún giro argumental más que une ambas cintas, pero nos reservaremos aquí el deseo de expresarlas, para evitar caer en el temido spoiler). Pero esta falta de originalidad es normal, puesto que, si lo pensamos fríamente, la película pretende seguir la estela que marcó Jurassic World hace tres años, es decir, actualizar la saga que, en su momento, inició Steven Spielberg con la mentada Parque Jurásico.




   Así es, hace ya la friolera de veinticinco años, el famoso director de Ready Player One (2018) sorprendió al mundo entero con el estreno de Jurassic Park (Parque Jurásico), una película que batió todos los récords de taquilla conocidos hasta el momento. Y no es de extrañar, pues sus efectos especiales nos hicieron creer que los extintos dinosaurios habían vuelto a la vida (los espectadores que la vimos en su momento, nos encontramos reflejados en la sorprendida expresión de los carismáticos Sam Neill y Laura Dern cuando ven a la gigantesca criatura por primera vez, y hasta espetamos la famosa frase que profiere el también entrañable Jeff Goldblum -"ese hijo de... lo ha logrado"-, aunque nosotros, por supuesto, no la dijimos en relación a Hammond, sino al propio Spielberg, autor de esa maravilla); además, y como hemos dicho arriba, se trató de un magistral ejercicio de narrativa cinematográfica, pues remozó para siempre el cine de aventuras exóticas. Desafortunadamente, la inevitable saga que siguió a la película cayó en desgracia muy pronto, puesto que la segunda parte no contó con el mismo entusiasmo de su director (pese a los grandes aciertos que todavía ostenta), ni la tercera contó siquiera con su participación, más allá de las labores de producción (aunque pasó el testigo de la dirección a su buen amigo Joe Johnston, autor de la siempre reivindicable Jumanji); por eso, esta razón fue más que suficiente para cancelar las otras secuelas que estaban previstas (amén de la razón económica, puesto que cada película recaudaba menos dinero que la anterior). Sin embargo, los directivos de Hollywood vieron que este era el momento idóneo para resucitar la dinomanía que se vivió durante la década de los noventa, puesto que, asaltados como estamos por la nostalgia (nunca ha habido tantas secuelas, remakes y reboots del cine que nos gustó), no era una opción descabellada traerla nuevamente a colación; pero, esta vez, no con una cuarta parte que continuara la acción donde acabó la tercera, sino con un saga que corrigiera aquello en lo que la anterior había fallado. La película en cuestión fue Jurassic World, una obra que, ciertamente, ha sabido erguirse como una digna heredera de lo que, hace veinticinco años, consiguió Jurassic Park (Parque Jurásico); por este motivo, además, la nueva entrega de la saga camina sobre las huellas seguras que dejó en el suelo la secuela de esta última, pues pretende ser la segunda parte que en realidad nunca tuvo (misma trama, diferente desarrollo) y abre las puertas a la continuación que Joe Johnston no se atrevió a hacer (atención al plano final... ¡y a la escena postcréditos!), ya que solamente repitió la fórmula de la primera.  

   En cuanto a la dirección de Bayona sobre la película, poco más podemos añadir a lo que hemos advertido arriba, puesto que se trata de un producto made in Hollywood empacado y listo para su consumo rápido, por lo que él tiene poco que ver con el acabado final. Ciertamente, podemos detectar en la película neuras que son propias de su cine (como es la ausencia materna y los problemas que esto origina en los niños), pero no dejan de ser pequeñas concesiones que autoriza el productor (a la sazón, Steven Spielberg) para congraciarse con el cineasta que esté bajo su mandato (por otro lado, esas disfunciones familiares también están muy presentes en el cine de Spielberg, así que a este no le habrá costado mucho ceder a las aspiraciones de Bayona). Es verdad que parece transparentarse el nihilismo que el director ya dejó de manifiesto tanto en Lo imposible (2012) como en Un monstruo viene a verme, sobre todo en la figura del recuperado Jeff Goldblum, que niega la intervención de Dios en las fatalidades que están azotando al antiguo Parque Jurásico (o incluso en la repelente niña interpretada por Isabella Sermon, que tiene una relación antinatural y casi transhumanista con los dinosaurios); sin embargo, no sabemos hasta qué punto forma parte de su malicia (si es que la tiene) o de un discurso más que asumido (aunque a todas luces erróneo). Lo que sí tenemos claro es que el filme no sirve de trampolín adoctrinador a la ideología moderna e infecta que hoy nos invade (como sí lo es la nueva saga de Star Wars), sino que se trata de un estupendo relato de aventuras destinado solo al mero entretenimiento del espectador.




   Para terminar, pues, podemos decir que esta semana nos ha llegado un buen estreno a nuestras pantallas. En efecto, sobre gustos no hay nada escrito, por lo que es probable que haya espectadores que no sientan interés alguno por esta película; sin embargo, a ellos les recomendamos desde aquí que vayan a verla sin prejuicios, puesto que no tiene mayor empeño que el de entretener al respetable. Recordemos que muchos de nosotros comenzamos a amar el cine gracias a títulos como estos, puesto que, aunque ahora apostemos por obras de Dreyer o Ingmar Bergman, lo cierto es que el séptimo arte nos engatusó gracias a directores como Steven Spielberg, George Lucas o Robert Zemeckis. Y es que estos, ciertamente, entendieron que el cine es un arte, pero también un espectáculo, por lo que supieron aunar ambos factores en grandes películas que hoy perduran el magín de muchísimos cinéfilos. El blockbuster de este año, pues, ya está servido, y no da opción a un segundo plato, por lo que solo podemos ceder a la tentación de comprarnos un bol de palomitas y un vaso de nuestro refresco favorito, y disfrutar durante dos horas del regreso de los dinosaurios.





domingo, 16 de julio de 2017

La guerra del planeta de los simios

   Poco podía imaginar el director Franklin J. Schaffner que su película El planeta de los simios (id., 1968) se transformaría en uno de los títulos más emblemáticos de la ciencia ficción norteamericana. Ciertamente, sus constantes recortes de presupuesto, sus numerosos cambios de guion, sus cuantiosos problemas de maquillaje y un largo etcétera, le harían pensar, al contrario, que se enfrentaba a una cinta maldita; sin embargo, y no bien se estrenó, vio cómo recababa de inmediato un éxito inesperado, cómo creaba una mitología propia y cómo su final se convertía en uno de los más icónicos de la historia del cine (¡conocido hasta por quienes no han visto el filme!). Pero no solo eso, sino que además originó una saga de cinco largometrajes y dos series de televisión; colecciones de cómics y de libros; un (olvidable) remake, y, finalmente, un (estupendo) reboot, cuyo colofón hoy presentamos. De manera que aquella película, producida hace cincuenta años y destinada al círculo de las rarezas cinematográficas, es actualmente un título en plena vigencia.




   Después de haber intentado establecer la paz con los humanos supervivientes a la acción universal de un virus maligno, César (Andy Serkis) y sus simios son forzados a encarar un nuevo conflicto. Esta vez, se trata de la lucha que deberán mantener contra el ejército liderado por el coronel Wesley McCullough (Woody Harrelson). Así, tras sufrir enormes pérdidas entre los de su especie, se enfrentarán tanto a sus instintos más oscuros como a este con el propósito de ganar la guerra por el planeta.

   No es extraño que, como decíamos arriba, la cinta de Schaffner se haya convertido hoy en un clásico de la ciencia ficción, puesto que, pese a los años que han transcurrido, afrontaba temas tan actuales como la naturaleza del ser humano, su tendencia al conflicto, los extremismos ideológicos que siempre lo han caracterizado y, consecuentemente, su persecución de la verdad (tanto en el buen sentido como en el malo). Por esta razón, tampoco debe sorprendernos que se decidiera prolongar su éxito a través de varias secuelas, aunque estas, por desgracia, no alcanzaran su nivel artístico. En efecto, desde Regreso al planeta de los simios (Ted Post, 1970) hasta La conquista del planeta de los simios (J. Lee Thompson, 1973), la saga decayó progresivamente hacia la clasificación B más casposa; y, a pesar de que Huida del planeta de los simios (Don Taylor, 1971) y La rebelión de los simios (J. Lee Thompson, 1972) recuperaban ese interés por la naturaleza humana, al final quedaban como meras curiosidades sobre el origen de aquella. Solo la televisión logró ensalzarla de nuevo para el público, estrenando una serie homónima en 1974, que gustó muchísimo a los fans de entonces y que supera con creces a cualquiera de los filmes citados.




   Por este motivo, el film de Schaffner merecía un verdadero homenaje por parte del celuloide, ya que se ha nutrido de su éxito durante todos estos años. Así, después de intentarlo una vez mediante el olvidable remake perpetrado por Tim Burton en 2001, nos regaló El origen del planeta de los simios (Rupert Wyatt, 2011). En esta obra maestra de la ciencia ficción, no solo indagaba en la génesis de aquella, como indica su título, sino que también profundizaba de nuevo en los intereses que la habían acuciado, es decir, en la naturaleza y en la dignidad de los hombres (paradójicamente, representados por los simios). No contento con ello, más tarde nos ofreció El amanecer del planeta de los simios (Matt Reeves, 2014), donde disertaba crudamente sobre la violencia innata de los humanos. Finalmente, y como broche de esta nueva saga, ha querido otorgarnos La guerra del planeta de los simios (Matt Reeves, 2017), en la que propone una historia sobre la importancia de la familia y de la sociedad (aunque representada otra vez por los simios). 
  
   De este modo, podemos decir que por fin una de las sagas más importante de todos los tiempos se ha redimido. Ciertamente, a partir de ahora ya no será un subproducto del género fantástico, puesto que se ha convertido por derecho propio en el nuevo referente de la ciencia ficción cinematográfica. Sin lugar a dudas, la película de Schaffner ha encontrado aquí el origen que siempre anduvo buscando, la metáfora sobre la especie humana que ella misma detalló en 1968. Y, aunque hayamos tenido que aguardar cincuenta años, ha merecido la pena.



domingo, 19 de marzo de 2017

Kong. La isla calavera

   Esta semana, han llegado pocas cintas de interés a nuestras carteleras. Por este motivo, quisiéramos recomendar aquí un título que se estrenó la anterior y que no debería pasar desapercibido. Nos referimos a Kong. La isla calavera (Jordan Vogt-Roberts, 2017). En efecto, pese a recuperar un personaje icónico de la historia del cine y adaptarlo a nuestro tiempo, se trata de una película imprescindible para comprender la esencia misma del séptimo arte: el entretenimiento.

   Como todo el mundo sabe, sin embargo, no se trata de una precuela ni de un remake del clásico de 1933, sino de un reboot. Esto quiere decir que nos hayamos ante un film que pretende reinventar el personaje y establecerlo como protagonista de una nueva saga. Y aunque esta decisión conlleve el rechazo de muchos puristas, debemos señalar que también forma parte de la historia más elemental del celuloide.




   Esta vez, el argumento nos traslada a los años setenta, a una fecha inmediatamente posterior a la guerra del Vietnam. Un grupo de veteranos de este conflicto es reclutado para una última misión: acompañar a una expedición científica en su incursión por una isla perdida del Pacífico. Esta isla se llama Calavera y siempre ha permanecido escondida al ojo humano gracias al banco de niebla que la protege. Pero el secreto que mejor guarda es la presencia de King Kong, un simio gigante que es venerado como un dios por las tribus nativas.

   Por tanto, las únicas relaciones que esta nueva cinta mantiene con la original son el protagonismo de Kong y su ubicación en la isla Calavera. El resto entronca más con las monsters movies norteamericanas de los años cincuenta y con el kaiju eiga japonés. Por este motivo, no encontraremos en ella un desarrollo profundo de los personajes ni un guion muy literario, sino un apabullante show de destrucción y lucha ciclópea. Esto nos conduce a la primera cuestión, es decir, a recordar que el cine nació como espectáculo.




   En efecto, a veces me pregunto si King Kong (Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, 1933) fue concebida por sus creadores como una verdadera metáfora del amor bizarro. Ciertamente, comienza y termina con el proverbio que asevera que la bestia murió por culpa de la mirada de la bella, pero ¿no es todo su metraje intermedio una simple acrobacia destinada al asombro del público? Tengamos en cuenta que el único monstruo visto a la sazón en una pantalla de cine había sido el diplodocus de El mundo perdido (Harry O. Hoyt, 1925). Como este formaba parte del universo silente, es posible que ella solo quisiera repetir su éxito en el sonoro (de hecho, contó para ello con su mismo y genial creador de los efectos especiales: Willis O´Brien). Además, fueron sus posteriores remakes y la cultura popular los que incrementaron esa poesía que ella insinuaba (o la lujuria, en el caso de la versión de 1976).     

   Respecto de la segunda cuestión, es decir, la creación de una nueva saga, debemos señalar que la mismísima King Kong contó con una rápida secuela: El hijo de Kong (Ernest B. Shoedsack, 1933). Esta, en efecto, pese a su baja calidad, nació con el indisimulado propósito de repetir las ganancias de aquella. Por otro lado, su primer remake también fue seguido por una desastrosa continuación, King Kong 2 (John Guillermin, 1986), que se alejaba notablemente de sus postulados, presentando ahora a la media naranja del simio: Lady Kong (¡!). Y hasta el cine japonés lo enfrentó a su monstruo más conocido en King Kong contra Godzilla (Ishiro Honda, 1962), y a una réplica mecánica en King Kong se escapa (Ishiro Honda, 1967). Por consiguiente, si esto nos pareció bien en su momento y lo disfrutamos ahora, ¿por qué no vamos a aceptar hoy un reboot del simio cinematográfico más famoso del planeta?

   Por todo ello, nos encontramos ante una película que nos recuerda que el cine es ante todo entretenimiento. Sin duda, no está a la altura del King Kong original, pero porque desea crear algo nuevo (por favor, ¡esperad a la escena post-créditos!). Tal vez no identifiquemos ahora grandes aciertos en ella, pero ¿quién sabe si dentro de cien años pasará a la historia ese gorila silueteado por el sol, mientras es atacado por los helicópteros americanos? En fin, puro espectáculo.