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viernes, 5 de marzo de 2021

El diablo a las cuatro

   «El Señor es mi pastor, nada me falta. En verdes praderas me hace recostar. Me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas. Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan» (Salmo 23, 1-4).

   ¿A quién no le suena este salmo? Estoy seguro de que todos lo hemos oído –y recitado– alguna vez, sobre todo en misa. Y es que quizás se trate de uno de los textos más célebres de toda la Sagrada Escritura. Por este motivo, resulta extraño que, en la edad de oro del género religioso –los años 50–, el cine no recurriera a él con mayor frecuencia. De hecho, se tuvo que aguardar hasta los años 60 para que un film supliera esta carencia. Estamos hablando de El diablo a las cuatro (Mervyn LeRoy, 1961).  

 


 

   La película versa sobre un sacerdote que vive prácticamente desterrado en una paradisiaca isla del Pacífico. En tiempos, gozó de mucho prestigio, pero tras fundar un lazareto para niños, comenzó a ser menospreciado por los habitantes del pueblo. Por esta razón, perdió la fe y comenzó a ahogar sus penas en el alcohol. Pero nada de esto importará, puesto que, cuando el volcán que domina el lugar despierte, tendrá que hacer lo posible para rescatar de la lava a los leprosos.

   Podríamos decir que la cinta tiene dos vertientes: la aventurera y la religiosa. Respecto de la primera, debemos indicar que fue una cinta que antecedió en casi una década al cine de catástrofes naturales, que encontraría su eclosión en los años 70 con títulos como Terremoto, Ciclón, Meteoro o Avalancha; además, se trató también de la primera en presentar un volcán como protagonista, por lo que asimismo les marcaría el camino a películas como Al este de Java y, mucho más tarde, Un pueblo llamado Dante’s Peak o Volcano. En cuanto a la segunda, es indispensable señalar que se trata de la mejor –y única– alegoría del salmo 23 que se haya rodado jamás.

   En efecto, como ya hemos indicado, el sacerdote –un sensacional Spencer Tracy– vive hastiado por la deriva que ha tomado su existencia. Sin embargo, la erupción del volcán le recordará el sentido de su vocación, por lo que hará lo posible para rescatar a los niños y conducirlos a un lugar seguro. A partir de este momento, pues, la cinta se convierte en una explicitación de las palabras del salmo, ya que aquellos verán que, aunque caminen por cañadas oscuras, no han de temer, pues están siendo guiados por el buen pastor. Además, el largometraje cuenta con una subtrama de remisión muy emotiva que tiene como protagonistas a unos presos descreídos (entre los que se encuentra un también sensacional Frank Sinatra). 

 


 

   El diablo a las cuatro se convirtió en el último título en el que Spencer Tracy interpretaría a un sacerdote. Anteriormente lo había hecho en San Francisco –otro título de catástrofes naturales–, Forja de hombres y La ciudad de los muchachos, y con mucho éxito en cada una de ellas[1]. Su secreto estribaba en que él, siendo niño, había querido ingresar en un seminario, aunque los azares de la vida lo condujeran al final por la senda de la actuación. No obstante, el de esta cinta sea quizás su papel más personal, pues transformó al personaje en un sosias de sí mismo (recordemos que el actor padecía serios problemas de depresión y alcoholismo, pero que siempre confió en la misericordia de Dios, para que le perdonase sus pecados).

   En su momento, la crítica se fijó exclusivamente en el aspecto aventurero de la cinta y en sus sorprendentes efectos especiales (de hecho, las imágenes de la erupción serían aprovechadas en títulos posteriores, incluyendo la citada Al este de Java), dejándole muy poco espacio, pues, a su vertiente religiosa. Sin embargo, andando el tiempo, vemos que esta trama es la que de verdad propicia el desarrollo del argumento, por lo que se trata del auténtico núcleo del largometraje. Por tanto, estoy convencido de que, cuando lo veáis, encontraréis en él esa fantástica alegoría del salmo 23 que aquí estamos señalando.  

 


 



[1] Según parece, tras su aparición en San Francisco, los espectadores le remitieron multitud de cartas reclamándole consejos espirituales, como si de un sacerdote auténtico se tratase.

domingo, 25 de junio de 2017

Dersu Uzala (El cazador)

   Hace unos días, los medios de comunicación aireaban que a la princesa de Asturias le gusta el cine de Akira Kurosawa, especialmente su película Dersu Uzala (El cazador) (id., 1975): aquí. Por supuesto, esta noticia alteró de inmediato a la opinión pública, que no tardó en hacer chistes sobre ella, afirmando que se trataba de una niña muy pedante (aquí). Es evidente que esta mofa se debe más a su estatus que a sus gustos, pues, si estos hubieran sido manifestados por otra niña, es probable que esta habría sido elogiada por los mismos que han despreciado a la heredera de la Corona española. Sea como fuere, aquellos que se rieron de la princesa demostraron tener la pedantería que le atribuyen a ella, puesto que consideran tan elevado el arte del japonés que solo ellos pueden gozar de él.

   Pero esta lamentable idea también responde al concepto de cine infantil que se ha instaurado hoy entre nosotros. En efecto, desde hace varios años este se ha convertido en un nuevo género, destinado sobre todo a recabar suculentas ganancias y a triunfar en el campo del merchandising. Con este propósito, pues, siempre ofrece el mismo esquema: cintas preferiblemente animadas, argumentos sencillos, personajes bobalicones y poca enjundia. No obstante, el tipo de celuloide que agrada a los niños es aquel que los trata, en su justa medida, como adultos, de manera que puedan disfrutar de él tanto como estos. Sin duda, esta es la noción que, por ejemplo, captaron Spielberg y Lucas, quienes, a través de sus respectivas sagas de Indiana Jones y La guerra de las galaxias, han sabido contentar al público de todas las edades. Este es también el paradigma que subyace tras Dersu Uzala (El cazador), un film que puede ser disfrutado tanto por pequeños como por mayores. Por este motivo, no es extraño que se trate del largometraje favorito de la princesa de Asturias.




   Un oficial del Ejército soviético y su destacamento deben cartografiar la taiga siberiana. Sin embargo, la inmensidad del territorio y la dureza de su clima conseguirán que se pierdan. Afortunadamente, conocen a Dersu Uzala, un cazador nómada que conoce la zona y que sabe cómo sobrevivir en ella. Así, tanto este último como aquellos vivirán grandes aventuras que permanecerán en el corazón de todos para siempre.  

   Seamos francos: ¿qué niño no se siente atraído por una odisea de este calibre? Porque, ¿a qué hijo no le apasiona salir con su padre a la montaña y gozar con él de una jornada al aire libre, o de una acampada con los amigos? Pues precisamente esto es lo que muestra la película que nos ocupa: la aventura que cualquier muchacho querría vivir junto a su familia y sus amistades en un bosque. Además, presenta a un guía extraordinario, el citado Dersu Uzala, que es el compañero de fatigas al que todos desearíamos tener a nuestro lado; una encarnación del amigo idóneo, que no piensa en sí mismo si antes no ha pensado en los demás y que nos instruye en los arcanos de la naturaleza con el fin de ayudarnos a sobrevivir en ella y de amarla. Yo mismo guardo entre mis recuerdos más queridos las excursiones al campo con mis padres y mis hermanos, así que ¿por qué la princesa de Asturias, que tiene la edad precisa para forjar esos mismos recuerdos con los suyos, no se va a asombrar con este film?




   Como decíamos arriba, se trata de una película que pueden disfrutar pequeños y mayores, pues está narrada con una sencillez fascinante, ya que no hay argumentos paralelos que los distraigan de la historia principal. Además, cuenta con imágenes bellísimas y sobrecogedoras de la naturaleza rusa, caracterizada por las nieves perpetuas, pero también por las umbrías arboledas y las hermosísimas puestas de sol, descritas con ternura por Kurosawa. En cierto modo, es precursora de la conocidísima El oso (Jean-Jacques Annaud, 1988) y de la reciente Hermanos del viento (Gerardo Olivares y Otmar Penker, 2015), puesto que, igual que estas, pretende divulgar mediante sus fotogramas la magnificencia de un cosmos que pasa desapercibido para nosotros.

    Pero, principalmente, es un film que versa sobre el valor más importante del ser humano: la amistad. En efecto, nosotros mismos estamos hartos de escuchar y de pronunciar frases acerca de ella que manifiestan su relevancia; recordamos con frecuencia a los amigos con los que jugábamos de niños; anhelamos un confidente que atienda nuestras penurias y aspiraciones, y soñamos constantemente con alguien que camine junto a nosotros durante la peregrinación de nuestra vida. Por eso, Dersu Uzala (El cazador) es en realidad una odisea sobre dos personas que afianzan esa intimidad y que se añoran hasta el final de sus días; un canto al verdadero desprendimiento, que es el vínculo que une a dos amigos. Así que, volviendo al inicio de este texto, ¿qué niño no se va a sentir cautivado por esta historia de raíces tan universales y de afanes tan humanos? Por eso, ¿cómo no va a ser la película favorita de la princesa de Asturias?




   La mención de Spielberg y Lucas al comienzo de este artículo no es baladí. Justamente, estos dos grandes cineastas siempre se han sentido deudores del arte de Kurosawa, que ha sabido relatar historias para niños y adultos. De este modo, cuando el japonés pasaba por su peores momentos económicos, ellos lo ayudaron mediante las respectivas producciones de Los sueños de Akira Kurosawa (id., 1990) y Kagemusha. La sombra del guerrero (id., 1980). Además, el autor de La guerra de las galaxias jamás ha negado su inspiración en La fortaleza escondida (id., 1958) a la hora de rodar la primera aventura de Luke Skywalker. Por este motivo, podemos decir que los tres componen el tándem perfecto para aseverar que el cine infantil no es el género que hoy consumimos y que, por tanto, no resulta nada extraño que sea del gusto de la princesa de Asturias.

   Así pues, desde este blog queremos animar a todos los que insultaron a doña Leonor a que se acerquen a esta obra maestra del cine de aventuras. Les animamos también a que vean otras grandes gestas de Kurosawa, como Yojimbo (El mercenario) (id., 1961) -aquí- o Los siete samuráis (id., 1954), y a que se emocionen con Vivir (Ikiru) (id., 1952) o con el final de Rashomon (id., 1950). Descubrirán que no es un director para pedantes, sino un cineasta que les puede ayudar a comprender que el séptimo arte no está reservado a unos pocos, sino a todo el mundo.