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lunes, 29 de enero de 2018

La guerra de los mundos

   Ya que la semana pasada disertábamos aquí sobre la última producción de Steven Spielberg, Los archivos del Pentágono (id., 2017), he pensado que hoy podríamos valorar en forma de review uno de sus títulos más singulares: La guerra de los mundos (id. 2005). En efecto, aunque no se trate de una de las mejores películas de este gran director, sino simplemente de un film artesanal, como decíamos en el anterior post que ya es su costumbre, encierra una curiosa enjundia que nos pudo pasar a todos desapercibida en el momento de su estreno. Por otro lado, la singularidad de este largometraje también radica en que se trata de una obra que retoma un aspecto de la filmografía del cineasta que él mismo dio por cerrada, la temática extraterrestre, pero que vio necesaria para transmitirle al mundo el mensaje de advertencia que encierra la citada enjundia.




   No hace falta decir que la cinta es una adaptación de la famosísima y homónima novela del escritor inglés H.G. Wells, que, en 1898, fecha de su publicación, aterrorizó al mundo mediante el relato de una invasión alienígena a la Tierra. Por aquel entonces, el autor ya era conocido por obras como La máquina del tiempo (1895), La isla del doctor Moreau (1896) y El hombre invisible (1897), en las que lograba mezclar ciencia ficción e ideología marxista con el fin de divulgar esta última entre sus más asiduos lectores; en este sentido, y en el caso de La guerra de los mundos, fabulaba sobre el colonialismo decimonónico del Reino Unido, presentando a la sazón a los marcianos de su libro como si fueran aquellos ingleses que navegaban por el mundo implantando su forma de vida, en detrimento de la que ya tenían los países adonde aquellos arribaban. La novela alcanzó tanto éxito que sembró entre sus contemporáneos la creencia en los extraterrestres, algo que germinaría en los años cincuenta con el supuesto primer avistamiento ovni de Kenneth Arnold (para saber más, pincha aquí) y que el cine aprovecharía para realizar grandes obras de este subgénero (recordemos que entre ellas se encuentra la primera adaptación de la novela de Wells, dirigida por Byron Haskin en 1953).  

   Pero, como decíamos en un artículo anterior (aquí), si Wells patentó esa idea de los alienígenas malignos de la que tanto rédito sacó y el cine se aprovechó de ella para ofrecernos grandes títulos de la ciencia ficción que hoy todos recordamos, Steven Spielberg fue quien alteró esa visión cinematográfica (y mundial) para siempre. En efecto, pese a que él se había criado con estas películas sobre invasiones extraterrestres que dieron fama al Hollywood de los años cincuenta, pensó que ya era hora de dejar de temer a dichos visitantes y de verlos, por el contrario, como amigos de la humanidad (en cierto sentido, toma la idea del colonialismo de Wells para reescribirla, arguyendo así que los exploradores no debían invadir las naciones, sino estudiarlas y hasta mezclarse con ellas); con este fin, pues, realizó Encuentros en la tercera fase (id., 1977), donde se presenta por primera vez en la historia del séptimo arte una visión edulcorada de los aliens (en la Ultimátum a la Tierra de 1951, el entrañable Klaatu venía a nuestro planeta para advertirnos de una inminente guerra nuclear, pero no dudaba en usar a su robot Gort para hacer efectivas sus amenazas). Sin embargo, fue en 1982 cuando Spielberg dio su espaldarazo definitivo en este sentido, pues, mediante el estreno de E.T., el extraterrestre, le comunicó al mundo que los alienígenas no solo podían ser amables, sino amigables, que es el concepto que hoy manejan casi todas las personas que creen en la vida inteligente allende nuestras fronteras planetarias (dicho concepto fue tan popular que incluso obras maestras de la talla de La cosa se vieron menospreciadas en su momento por volver al concepto anterior, es decir, al de seres malignos).




   Por todos estos motivos, nos puede resultar extraño que sea el mismísimo Steven Spielberg quien, a través de La guerra de los mundos, vuelva al cine protagonizado por aliens, presentando además a estos últimos como esos seres demoníacos de los que él abominó (incluso en su posterior Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal presenta unos alienígenas nada bondadosos). Pero hay un elemento que, como decíamos arriba, lo impulsó a ello y que tal vez nos pasara desapercibido a muchos de nosotros: los atentados del 11 de septiembre de 2001. En efecto, como el cineasta revela en el documental Spielberg (Susan Lacy, 2017), cuyo comentario puedes leer aquí, decidió afrontar el film después de comprobar la fragilidad de la sociedad occidental, que siempre corre el peligro de ser invadida, amenazada o destruida, a pesar de que viva tiempos pacíficos; de este modo, y como quería hacernos ver que ese peligro parte del mismo seno de la sociedad occidental, ideó que los malignos marcianos no provenían directamente de su planeta de origen, sino del interior de la tierra, donde aguardaban el momento propicio para atacar al hombre. 

   En este sentido, pues, la cinta pretendía ser una parábola de los aciagos tiempos del 11-S, pero se ha convertido en una profecía de los que estamos viviendo hoy en Occidente. En efecto, cualquier lector puede echar un vistazo a la actualidad, para descubrir hasta qué punto se manifiesta la fragilidad de nuestra sociedad ante invasores extranjeros, que, sin embargo, ya vivían en nuestro seno: atentados terroristas cometidos por inmigrantes que hemos acogido, atropellos indiscriminados de peatones acometidos por musulmanes nacidos en Europa, y asesinatos y violaciones perpetrados por refugiados (por supuesto, y para más inri, todos ellos son actos silenciados por la prensa internacional). Así, y como los marcianos del largometraje, el enemigo de nuestro mundo pretende teñir de rojo nuestro suelo (una sutil metáfora del director) para iniciar una nueva forma de vida, en la que no tengamos parte nosotros, que somos los que les hemos dado cabida durante tanto tiempo. Por supuesto que Spielberg no se opone a la acogida de los refugiados, pero sí que parece clamar por una nueva política que defienda nuestros intereses frente a unos invasores que pretenden acabar con ellos. 

   Por estos motivos, creo que La guerra de los mundos es un film a reivindicar. En el momento de su estreno, fue menospreciada por la crítica y por los seguidores del director, incluido el que esto suscribe, ya que, por todo lo expuesto, parecía más un empobrecimiento en su carrera que un paso adelante; por otro lado, era una clara demostración de que el cineasta se había convertido en un artesano, en vez de seguir siendo un apasionado, como era en sus primeras cintas. Sin embargo, el paso del tiempo nos ha mostrado que estábamos equivocados, puesto que hoy puede ser vista como esa parábola, corroborada por su autor, de los peligros que amenazan a nuestra sociedad y a nuestra forma de vida y que, sin quererlo, hemos alojado y alimentado en nuestro propio suelo.




domingo, 14 de mayo de 2017

Alien. Covenant

   Es inevitable que hoy abordemos en este blog el estreno más importante de la semana: Alien. Covenant (Ridley Scott, 2017). En efecto, casi cuarenta años después del estreno de Alien, el octavo pasajero (íd., 1979), llega a nuestras pantallas el film que pretende relatar los hechos inmediatamente anteriores a este. Es verdad que, hace unos años, se estrenó Prometheus (íd., 2012), que compartía este propósito, pero su vinculación con la saga era tan escasa que su responsable decidió dirigir la película que hoy presentamos, más acorde con sus predecesoras.

   A nivel técnico, se trata de un film discutido, puesto que ha dividido notablemente al público. En efecto, ya hay quienes, a través de él, se han reconciliado con Scott, porque, a su juicio, ha recuperado la esencia de la saga; y quienes, por el contrario, piensan que la ha destruido para siempre, pues se hunde en disertaciones filosóficas que nada tienen que ver con el terror espacial. Pero, para el autor de este blog, presenta de nuevo un inquietante discurso acerca de la creación del hombre, que ya abordó en Prometheus y que aquí vuelve a reflejar, aunque, ciertamente, muy de pasada.





   Alien. Covenant narra la aventura de una expedición espacial que atraviesa el universo con el fin de colonizar un nuevo sistema solar. Sin embargo, durante el viaje, sus tripulantes detectan una señal de auxilio proveniente de un planeta desconocido. Aunque todos deciden rescatar al emisor de dicha señal, cuando llegan, solo encuentran una nave abandonada y destruida. Poco a poco, descubrirán que esta está relacionada con la antigua "Prometheus", el crucero que se perdió en el espacio y que nunca regresó a la Tierra.

   Es indudable que, mediante este film, Ridley Scott ha querido tomar de nuevo las riendas de la saga Alien. Ciertamente, pese a que el título que la inició es hoy un largometraje de culto, fue su secuela, Aliens. El regreso (James Cameron, 1986), la que consagró al xenomorfo en el ámbito cinematográfico. Por este motivo, y valiéndose de los cánones establecidos en esta última por el autor de Terminator (íd., 1984) y Terminator 2. El juicio final (íd., 1991), aquel presenta una cinta más volcada en el thriller que en la ciencia ficción. De este modo, no encontraremos en ella la genialidad artística que intuíamos en Blade Runner (Ridley Scott, 1982) o en la citada Prometheus, sino, más bien, la acción resultona de obras como Black Rain (íd., 1989), Black Hawk derribado (íd., 2001) y El reino de los cielos (íd., 2005).




   Pero, para el autor de este blog, lo más interesante acontece en el prólogo de la película. En efecto, en él somos partícipes de un diálogo entre el androide David (Michael Fassbender) y su creador, Peter Weyland (Guy Pearce). Precisamente, este último es preguntado por aquel acerca de su creación y, no por casualidad, le inquiere sobre la persona que está detrás de todo lo creado. En respuesta a ello, Weyland afirma que el hombre no puede ser producto del azar, sino de una inteligencia mayor que él. Como sabemos, esta es la tesis que mantiene el film Prometheus, aunque desde una perspectiva errónea. Por eso aquí intentaremos solucionar brevemente el enigma.

   Ya en el inicio del milenio, el cine planteó la hipótesis de la creación del hombre a manos de los alienígenas. Efectivamente, en el clímax de Misión a Marte (Brian De Palma, 2000), veíamos cómo uno de estos ofrecía a los astronautas una explicación sobre el origen de la vida en la Tierra. Según esta, todo habría ocurrido, porque se estrelló en nuestro planeta una nave proveniente del Planeta Rojo. Pero, aunque pensábamos que esta teoría se desvanecería en el olvido, lo cierto es que caló en el imaginario colectivo y que, como decimos, fue recogida por Ridley Scott en su primera precuela de Alien, el octavo pasajero.

   Pero, si Prometheus ya postulaba que la humanidad es hija espuria de los extraterrestres, dejaba en el aire la cuestión acerca del origen de estos. Ciertamente, suponiendo que el hombre provenga del ADN de los alienígenas, ¿quién es el autor de estos? ¿Acaso nos veríamos obligados a creer que ellos, a su vez, fueron creados por una raza superior a ellos mismos? Si así fuera, caeríamos en una remontada infinita de causas sin ningún sentido. Entonces, ¿ellos nacieron espontáneamente y nos crearon a nosotros? De ser así, ¿cómo surgieron?, ¿cómo alcanzaron su portentosa inteligencia?




   A mi juicio, y como ya escribíamos en este mismo blog (aquí), se trata de un grito agónico del hombre moderno. Este, en efecto, se ha arrogado tanta supremacía que desprecia la existencia de un ser superior y anterior a él, es decir, Dios. Por este motivo, ha sustituido a este último por los alienígenas, que son seres tangibles y, hasta cierto punto, alcanzables, ya que manejarían una ciencia que, con el tiempo, nosotros deberíamos obtener. Pero esta ausencia del Creador ha conseguido que los extraterrestres sean revestidos con propiedades divinas, es decir, con fines benévolos, curativos, educacionales y protectores, que viven en el cielo y que nos visitan de vez en cuando con los propósitos citados (solo hay que ver el clímax de Encuentros en la tercera fase, donde los marcianos son casi deidades, y E.T., el extraterrestre, donde este es presentado bajo la metáfora constante de Cristo). 

   Es imposible asumir que los alienígenas nos crearon a nosotros o que descendemos de ellos. ¿Alguien ha pensado alguna vez lo difícil que es crear vida ("crear" en el sentido estricto, es decir, producir algo de la nada)?, ¿alguien ha pensado alguna vez lo difícil que es dotar de razón o de sentido espiritual a una criatura? ¿Alguien puede pensar siquiera que este último, el sentido espiritual, puede ser solamente el resultado de la evolución? Evidentemente, sin un Dios que sea el principio de todo y que, por ende, tenga la capacidad de producir algo ex nihilo y dotarlo de inteligencia, la vida (terrestre y extraterrestre) no tiene ningún sentido.

   Por desgracia, ignoramos la postura de Scott en este terreno, ya que, a pesar de las pretensiones manifestadas en Prometheus, nunca las reveló. Por otro lado, en Alien. Covenant parece dar un paso atrás, puesto que solo plantea el interrogante, sin incidir siquiera en ese origen alienígena que planteaba en aquella. Es por ello que, como decíamos, el film se queda a medio camino en el campo de la ciencia ficción, convirtiéndose solamente en un producto de acción que sirve para enlazar con una de las sagas más famosas del séptimo arte.






lunes, 30 de enero de 2017

Monsters

   Últimamente, todo el mundo habla sobre Trump. De alguna manera, parece haberse convertido en el nuevo enemigo de la humanidad. Entre los motivos que lo han elevado hasta este dudoso reconocimiento, se encuentra la decisión de levantar un muro que separe los Estados Unidos de México. De este modo, pretende reducir el número de inmigrantes ilegales, que son, a su entender, uno de los grandes problemas que acucian a su país.

   Por supuesto, las protestas contra esta orden han irrumpido de inmediato en la vida pública. No hay más que encender el televisor o sintonizar la radio para descubrir cuántos miles de opositores han mostrado estos días su disconformidad contra ella. Lo asombroso es que lo hacen desde países que adolecen del mismo problema. Por ejemplo, México ya está separado de Guatemala por un muro; en España tenemos las famosas vallas de Ceuta y Melilla, y en Estados Unidos ya existe una frontera física con la nación afectada.

   Todo ello me hace pensar que detrás de este dilema subyace una razón política. En efecto, como Trump es ese nuevo enemigo de la humanidad y responde a una ideología conservadora, las tendencias progresistas deben exteriorizar su rechazo. Sin embargo, sería conveniente que estas últimas recordasen algunas cosas: la primera es que la pared que ya divide México de los Estados Unidos fue ideada por Clinton, que respondía a su criterio político; la segunda, que el muro más vergonzante de la historia de los hombres, el de Berlín, fue levantado por sus mismos partidarios, y la tercera, que hay otros muros fronterizos a lo largo del planeta, como el que separa las dos Corea, el que se alza en Cisjordania o el que aún persiste en Irlanda del Norte.  

   Sea como fuere, y ya que el blog está dedicado a la reflexión cinematográfica, esta orden unilateral de Trump me ha recordado a un film estupendo: Monsters (Gareth Edwards, 2010). En él, unos alienígenas invaden la zona norte de México después de que la nave que los transportaba se estrellase allí. Estados Unidos pone su país vecino en cuarentena, por lo que levanta un ciclópeo muro entre ambos que impide la libre circulación de los extraterrestres y, por supuesto, de las personas. No obstante, un periodista y la hija de un empresario deciden volver a su hogar, que se encuentra más allá de la gigantesca pared.



   La película, por tanto, se ubica dentro del cine fronterizo, en el que se suele detallar la vida común a ambos lados de los distintos países en conflicto. En este caso, sin embargo, se centra en el concepto negativo que las partes tienen de su contrario. Para ello, ha sustituido a las personas por enormes alienígenas, que son una evidente metáfora de los terrores que unos proyectan sobre los otros. Por esta razón, no pensemos que vamos a encontrar escenas de aparatosas destrucciones o de desagradables encuentros entre hombres y extraterrestres, ya que el film se alinea más con la estética mostrada en Distrito 9 (Neill Blomkamp, 2009).

   Amén del muro físico, el largometraje nos presenta otro, aunque de orden moral e invisible. Este es el que divide a los dos protagonistas humanos. En efecto, mientras que uno es un bohemio de vida desastrosa y pocas ganancias, otra es hija de millonario y comprometida con un magnate de la misma categoría económica que su padre. Por esta razón, el viaje que ambos emprenden a través de la selva mexicana no solo les servirá para franquear la muralla y alcanzar su patria, sino también para derribar la que separa a los dos y unirse en un mismo sentimiento.

   Por tanto, se trata de una película cargada de buenas intenciones. A través de ella, se nos pretende inculcar que, pese a nuestras diferencias, todos somos humanos y que, por ende, todos compartimos idénticos anhelos. Ello, aunque sea cierto, no quiere decir que sea un film condescendiente, puesto que describe con una saña muy clara las costumbres de México, ocultando en el fondo la tesis que plantea Trump mediante la construcción de su muro.  

   Es interesante apuntar que la cinta fue dirigida por el mismo autor de la reivindicable Godzilla (íd., 2014) y de la exitosa Rogue One. Una historia de Star Wars (íd., 2016). En ambos filmes, como en el que acabamos de presentar, relega la sinopsis en favor del drama personal, otorgando, pues, más importancia a sus protagonistas que a la historia que los une. Esto es un motivo de alegría, puesto que, detrás de toda tragedia, siempre están los hombres que la padecen.



domingo, 20 de noviembre de 2016

La llegada

   A lo largo de la historia del cine, la relación de los extraterrestres con los hombres ha evolucionado de manera notable. Desde que el celuloide los popularizara en los años cincuenta hasta el día de hoy, han pasado de ser nuestros enemigos a ser nuestros aliados. Aunque un proceso evolutivo no sea repentino, sino gradual, el que han sufrido los alienígenas tiene un claro punto de inflexión: Steven Spielberg. En efecto, gracias a sus obras cumbre, Encuentros en la tercera fase (Steven Spielberg, 1977) y E.T., el extraterrestre (Steven Spielberg, 1982), el cineasta cambió nuestro concepto de dichos visitantes para siempre. Pero esta evolución ha continuado avanzando, y ahora los extraterrestres no son únicamente criaturas amigables dispuestas a establecer un contacto con los hombres, sino que también son seres de carácter divino que han aterrizado en nuestro mundo para cuidar de nosotros.




   Para ser justos, este novedoso concepto tuvo su primer atisbo durante la edad dorada de la ciencia-ficción, los citados años cincuenta. En aquel período, la magistral Ultimátum a la Tierra (Robert Wise, 1951) presentó a un alienígena humanoide que advertía a los hombres sobre los riesgos del armamento nuclear; asimismo, intentaba reunir a todos los gobernantes de nuestro planeta con el propósito de establecer la paz que estos no habían logrado. Tampoco podemos olvidar el antecedente literario creado por Arthur C. Clarke durante la misma época, El fin de la infancia (1953), en el que unos visitantes de las estrellas conducían a la humanidad hacia su perfección. Por último, recordemos la controvertida 2001. Una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968), en la que el famoso monolito, supuestamente colocado por los alienígenas en los momentos precisos de la historia del hombre, propiciaba la evolución de este.         

   Recientemente, y al margen de nostálgicos experimentos cinematográficos, como Independence Day. Contraataque (Roland Emmerich, 2016), hemos sido testigos de la sumisión del séptimo arte a esta moda. En efecto, en películas como La cuarta fase (Olatunde Osunsanmi, 2009), Misión a Marte (Brian De Palma, 2000), Prometheus (Ridley Scott, 2012) y Contact (Robert Zemeckis, 1997), los extraterrestres son presentados como tutores de una humanidad caída (en la segunda y en la tercera, además, se juega con la posibilidad de que ellos sean el origen de la vida en la Tierra). Hasta tal punto llega este convencimiento, que el film de Zemeckis relata el contacto entre los hombres y los aliens como si este consistiese en un ascenso espiritual de los primeros (para más detalle, lee la reseña aquí). Por tanto, el largometraje que hoy nos ocupa no hace más que sumarse a esta nueva ola que ve en los alienígenas a los salvadores de nuestro mundo.




   Porque, no seamos ingenuos: pese a su fantástico revestimiento, esta es la verdadera (y angustiosa) temática que encierra el film. Igual que en la citada película de Robert Wise, nos encontramos en esta con un mundo sometido al caos (atención a las imágenes de la convulsa Venezuela o a las tensas relaciones diplomáticas entre Estados Unidos, Rusia y China que se intuyen durante el metraje), es decir, con una sociedad fracasada; además, pese a los denodados empeños por arreglar la desastrosa situación, esta empeora a cada minuto que pasa. Por esta razón, los hombres necesitan de un agente externo que les advierta sobre su futuro y que, por consiguiente, los reconduzca (en este caso, no son unos alienígenas con forma humana, sino unos seres tentaculares que parecen inspirados en el Cthulhu de Lovecraft); para ello, los visitantes no los exhortan mediante un mensaje conmovedor, como el que pronunciaba el protagonista de aquella, sino a través del lenguaje mismo, que es mostrado como signo de unidad. 

   De este modo, los alienígenas son presentados como los nuevos redentores del hombre, como unos seres provenientes del cielo que tienen la misión de pacificar el mundo. Si lo miramos con atención, esta idea forma parte de la lógica de nuestro tiempo, que ha desterrado a Jesucristo como el auténtico Mesías, pero que continúa necesitando el auxilio de un salvador. Efectivamente, la humanidad de hoy sigue experimentando el fracaso día a día, puesto que no consigue alejar de sí las guerras, las discordias y el odio, a pesar de su evidente progreso; por ello, anhela el contacto con un ente superior que le ayude a corregir sus excesos y que le muestre la senda de la verdadera perfección. Por supuesto, los extraterrestres satisfacen plenamente este deseo, ya que son como una profecía tangible de lo que nosotros estamos llamados a ser.    

   Evidentemente, mientras que no reconozca al Hijo de Dios como su auténtico Salvador, el hombre siempre añorará su propia liberación. Como hemos visto, sin embargo, Jesucristo ha sido suplantado por los visitantes del espacio, a quienes se les ha otorgado características divinas; no obstante, es posible que el tiempo los sustituya por otro elemento (recordemos que los extraterrestres solo llevan sesenta años entre nosotros y que, en ese corto período, han pasado de ser nuestros enemigos a ser nuestros aliados). Sea como fuere, el cine recogerá de nuevo esas aspiraciones y las plasmará una vez más en la gran pantalla, proponiéndonos otras formas de cubrir la indigencia que experimentamos todos los días.   




lunes, 29 de febrero de 2016

Los extraterrestres en el cine (II)

   En el primer artículo que dedicamos a este asunto (aquí), indicamos que los extraterrestres se dieron a conocer a la humanidad en el año 1898, gracias a la publicación de La guerra de los mundos; a través de este libro, H.G. Wells atemorizó a los hombres del siglo XIX con la posibilidad de una invasión desde el vecino planeta rojo. Como también afirmamos, aunque dicho ataque nunca tuviese lugar, el texto del escritor influyó tanto en la sociedad del momento, que esta ya no pudo dejar de mirar el cielo sin esperar ver una legión de marcianos atravesando sus nubes.

   Por otro lado, la idea de encontrar vida inteligente fuera de la Tierra cautivó tanto a la cientificista mente decimonónica, que imaginó la manera en que esta podía manifestarse; de este modo, y ya que la exploración de regiones perdidas estaba dilatando los horizontes del conocimiento antropológico, identificó estos mismos descubrimientos con los que probablemente hallaría en otros mundos, si algún día lograse viajar hasta ellos. En esta fase de la evolución extraterrestre, como señalamos, podemos destacar Viaje a la Luna, donde encontramos una suerte de aborígenes africanos poblando nuestro satélite nocturno, y la saga literaria Bajo las lunas de Marte, donde hallamos una civilización similar a la que habita el continente negro.

   Sin embargo, esta fantasía quedó truncada por la cruda realidad de la guerra, que en 1914 estalló bajo la forma de un conflicto mundial, enfrentando a las grandes potencias europeas del momento entre sí y, ulteriormente, a los Estados Unidos de América. Como indicamos, el perentorio interés por concluir dicha conflagración logró que tanto el cine como la literatura se sometiesen a ese común objetivo, de manera que la ensoñación de otros mundos quedó aletargada bajo el peso de los tristes acontecimientos históricos de la época, teniendo que esperar a que otro instante de paz la volviese a despertar.


   Este ansiado momento vio la luz el 24 de junio del año 1947, un período que, a pesar de ser pacífico, estaba oscurecido por la tensa Guerra Fría mantenida entre Estados Unidos y la Unión Soviética (recordemos que después de la Segunda Guerra Mundial, ambos bloques se dividieron la hegemonía planetaria, agrupando sendos partidarios para cada uno de los bandos). En esa fecha, el piloto de rescate Kenneth Arnold denunció al FBI un extraño avistamiento de platillos volantes; según sus propias palabras, varios objetos con esa forma cruzaron velozmente el cielo desde un punto al otro del mismo. Su testimonio fue tan veraz, que enseguida se recuperó el interés dormido por la existencia de vida inteligente en el espacio (además, su descripción se hizo tan famosa, que todavía hoy usamos en nuestra terminología el apelativo "platillo volante" para aludir a muchos fenómenos ovni).

   Ciertamente, el citado piloto nunca aseveró que las hipotéticas naves que surcaron el firmamento aquel 24 de junio, fuesen en verdad objetos provenientes del espacio exterior (de hecho, muchos compañeros de profesión arguyeron que un reflejo cualquiera en el parabrisas de la avioneta podría haber causado el mismo efecto); sin embargo, y como hemos indicado, la expectación generada fue tan grande, que cientos de norteamericanos creyeron ver en el cielo naves similares a las que aquel había descrito (los documentos de la época demuestran que, después de la experiencia de Arnold, se contabilizaron hasta un total de 850 denuncias de avistamientos de ovnis). Este dato confirma que el temor a una nueva guerra se cernió sobre el mundo, esta vez, sin embargo, sobre una porción del mismo, la estadounidense; como aconteció a finales del siglo XIX y a principios del XX, dicho miedo se canalizó a la posible invasión de un ejército extraterrestre, algo que podemos constatar en las suculentas La Tierra contra los platillos volantes (Fed F. Sears, 1956) y La invasión de los ladrones de cuerpos (Don Siegel, 1956).  



   Tal vez esta situación de histerismo resultase propicia para los nuevos derroteros que el mundo moderno comenzaba a recorrer. Como hemos dicho, la Unión Soviética y los Estados Unidos mantenían una tensa Guerra Fría entre sí, sustentada por numerosas amenazas de ataques nucleares (el momento crítico puede ser visionado en la resultona Trece días) y por una tenaz carrera armamentística cuyo único fin consistía en la superposición al rival (algo que puede ser intuido en la olvidada Meteoro). En este último caso, no son pocos los expertos que afirman que la potencia capitalista hizo uso de material bélico nazi para vencer en dicha competición, y que este contaba entre sus efectivos con diversas aeronaves que se ajustaban a la famosa forma descrita por el piloto Arnold (aunque la Wikipedia no sea muy fiable, este artículo sobre el asunto es interesante: aquí). Si esta precisión es correcta, podemos entender la realidad que oculta otro renombrado hecho que, con el devenir de los tiempos, se convirtió en el siguiente hito de la historia de la ufología: el caso Roswell.

   En efecto, escasas semanas después del denunciado avistamiento ovni por parte de Kenneth Arnold, concretamente el 7 de julio del mismo año, la prensa de Nuevo México despertaba a los habitantes de este Estado con la asombrosa noticia del accidente de una nave espacial en un rancho del mismo y con la aparición de los cadáveres de sus tripulantes; conforme relataba el texto, el susodicho objeto se había estrellado esa misma noche contra un molino de viento, y el golpe había causado tanto la destrucción de este último como la de aquel, cuyos restos, junto con los de sus pilotos, habían quedado desperdigados por todo el perímetro de la finca. No obstante esta supuesta evidencia, las autoridades militares del lugar desmintieron con rapidez los hechos, argumentado para ello que las pruebas del incidente respondían a un experimento meteorológico y que la presencia de los cuerpos alienígenas se correspondía con el uso de sendos maniquíes, dispuestos allí como parte de aquel. Sin embargo, esta explicación no satisfizo a todos los habitantes de Roswell, que consideraron el hecho como un intento por parte del Gobierno norteamericano de ocultar la evidencia definitiva de vida inteligente fuera de la Tierra (para profundizar en este asunto, es recomendable el acercamiento al telefilm El misterio de Roswell, que pretende presentar minuciosamente todos los datos que rodearon el caso). 

   Ciertamente, el incidente de Roswell continúa llenando de estupor a la opinión pública, que todavía vacila entre decantarse por la teoría conspiratoria y aceptar la versión que se divulgó aquel lejano año de 1947. Como hemos indicado, no son pocas las voces que denuncian una supuesta trama orquestada por el mismísimo Gobierno de los Estados Unidos, que se habría incautado de material bélico nazi con el fin de experimentar con él y con la posterior intención de usarlo en futuros conflictos, presumiblemente en el que podría surgir entre dicho país y la Unión Soviética; según estas mismas voces, ello explicaría todo el montaje extraterrestre, que habría servido como cortina de humo de las citadas pruebas militares (en este sentido, el vídeo que se propaló hace unos años sobre la supuesta autopsia realizada a uno de los hipotéticos pilotos de la nave alienígena, no aclara nada: aquí). Por otro lado, hay opiniones que, difiriendo de la expuesta, sostienen que aquel accidente tuvo lugar y que el desarrollo tecnológico de nuestro tiempo es fruto de las investigaciones vertidas sobre el objeto estrellado (dicha teoría cobra forma en Independence Day y en Área 51, film que coge su título del misterioso lugar donde se elaborarían dichas indagaciones).



   Sea como fuere, lo cierto es que tanto la experiencia de Arnold como el famoso incidente de Roswell alteraron el concepto que la humanidad había tenido hasta el momento sobre los extraterrestres: si en aquella primera fase terminó por identificarlos con una simple excusa artística, en este segundo período llegó a verlos como una probabilidad más que real, y no necesariamente bajo una óptica belicista. Sin embargo, en esta misma línea, el verdadero cambio de visión llegaría pocos años después, en 1952, cuando el astrónomo aficionado George Adamski aseguró que había contactado con uno de ellos; según su propio testimonio, el alienígena provenía del planeta Venus y le había hecho entrega de un mensaje de advertencia acerca del conflicto que desolaría de nuevo el mundo, si los Estados Unidos y la Unión Soviética no deponían su armamento nuclear. Estas palabras, pronunciadas en el contexto de la Guerra Fría en que ambos países estaban inmersos, calaron profundamente en el alma del pueblo norteamericano, que, no en vano, acababa de presenciar el estreno cinematográfico de Ultimátum a la Tierra (Robert Wise, 1951), film de idéntica temática a la expuesta por el supuesto venusino conocido por Adamski. 

   Así pues, podemos ver que, en esta nueva etapa de la historia de los extraterrestres, estos comienzan a ser entendidos como una suerte de protectores de la humanidad, ya que esta ha sido incapaz de dirigir correctamente su propio devenir. En efecto, las dos guerras mundiales y la gélida tensión mantenida entre las potencias del momento parecían demostrar que los hombres, a pesar de sus avances tecnológicos, carecían de la madurez suficiente para encaminarse juntos hacia el bien común; por ello requerían de manera indiscutible un tutor que, habiendo alcanzado e incluso superado dicha técnica, pudiese auxiliarlos en tal empresa. Como hemos señalado, la ola de avistamientos y la esperanza otorgada por Adamski a unos corazones sensibilizados con la guerra, hicieron que aquellos reconociesen en los alienígenas a los supervisores que andaban buscando.



   Esta nueva fase también se vio reforzada por el mundo de la literatura, en especial por el escritor Arthur C. Clarke, que abogó en sus novelas por el fin de una etapa caduca del hombre y, en consecuencia, por el inicio de otra más perfecta. Sus títulos de mayor renombre tal vez sean, precisamente, El fin de la infancia, escrita en 1953, y 2001. Una odisea en el espacio, publicada en 1968. Como hemos dicho, una y otra muestran a una humanidad guiada por ignaros alienígenas en la senda de su perfección, objetivo que se identifica, por supuesto, con ellos mismos; de esta manera, los extraterrestres, a la par que esa labor de supervisión de la que son investidos, van adquiriendo también el halo divino del que hoy gozan.

   Efectivamente, el hombre de hoy ha aceptado de tal manera la existencia de los extraterrestres, que no son pocos los que incluso les otorgan capacidades propias de dioses. Como señalamos en la entrada anterior, películas como La cuarta fase e Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal postulan asimismo que han sido ellos quienes han estado realmente detrás de las religiones antiguas, que son cuna de las actuales; de este modo, la plenitud que anhela el hombre solo sería alcanzada por él cuando conociese sus verdaderos orígenes y retornase a ellos, que se encuentran en planetas diferentes al nuestro. Sin embargo, esto será estudiado en el siguiente post que dediquemos a este interesante asunto.













lunes, 8 de febrero de 2016

Los extraterrestres en el cine (I)

   Hace unas semanas, publiqué un post dedicado a la película Contact (aquí). En él hablaba sobre cómo el film, a pesar de haber generado grandes expectativas en los amantes de la ufología, se convirtió en una absoluta decepción para los mismos, puesto que, lejos de ofrecer un espectáculo de temática alienígena, narraba la metáfora de la aspiración al cielo que caracteriza a todo ser humano, y, muy particularmente, a los cristianos. De hecho, no por casualidad, como también apuntaba en aquellas líneas, su autor, Robert Zemeckis, equiparaba a los extraterrestres protagonistas con Dios (por supuesto, su equiparación no llegaba hasta el extremo de identificarlos con Él, pero sí les otorgaba cierto halo de divinidad, ya que, habitando en las estrellas, dirigían la vida de la científica Jodie Foster, para que esta, finalmente, pudiese encontrarse con ellos), algo que también está presente en largometrajes como Encuentros en la tercera fase y, de manera más diáfana, E.T., el extraterrestre (efectivamente, este entrañable alienígena bajó del cielo, fue adoptado por una familia que no era la suya, murió, resucitó y volvió a las alturas). Sin embargo, esta visión amable de los supuestos viajeros interestelares, que visitan esporádicamente nuestro planeta, no siempre ha sido así, sino que, al principio, cuando el hombre empezó a interesarse por ellos, los miraba con cierto recelo y con mucha suspicacia.



   Lógicamente, la humanidad comenzó a preguntarse sobre la vida allende nuestras fronteras planetarias, cuando sus conocimientos astronómicos adquirieron la capacidad de sondear las profundidades espaciales. A pesar de lo que hoy divulguen ciertos estudios sensacionalistas, o veamos en la reivindicable Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal, es difícil imaginar que, en tiempos anteriores a estos, los hombres sintiesen dicha inquietud, puesto que, en primer lugar, sus preocupaciones se limitaban a la vida cotidiana, y, en segundo lugar, ni siquiera valoraban el concepto de "planeta", por lo que serían incapaces de pensar en otros, ajenos al nuestro, que estuviesen poblados por seres similares a ellos. Bien es cierto que los estudios referidos aluden a documentos antiguos que parecen probar el contacto íntimo entre los hombres y los alienígenas, siendo estos últimos instructores de aquellos, pero estos están más cerca de ser una interpretación actual que una evidencia de la realidad (en una sociedad vertebrada por la fe animista y por la creencia en dioses que habitan en el cielo, resulta más sencillo deducir que son estos los que adornan las añejas lascas y las viejas inscripciones, que aventurar una referencia a visitantes de otros mundos -incluso el explicar que estos son el origen de la fe en aquellos, como sugiere la interesante La cuarta fase, parece muy forzado).

   Tal vez, la primera incursión de los alienígenas en la vida humana quepa hallarla en La guerra de los mundos, clásico literario de la ciencia-ficción escrito por H.G. Wells en 1898. En él, como es sabido, una legión de marcianos, stricto sensu, invade violentamente la Tierra, con el objeto de acomodarla a sus necesidades; la humanidad, aterrada por esta ocupación, procura oponerse a ella mediante el mayor de sus esfuerzos, pero no lo consigue, pues el ejército extraterrestre cuenta con un armamento superior. Finalmente, y a pesar del ímprobo esfuerzo de los hombres, no son ellos los que consiguen la victoria sobre los invasores, sino las minúsculas bacterias, que alteran su organismo, porque no están habituados a ellas.

   Este argumento, que hoy nos puede parecer común por haber dado pie a un par de adaptaciones cinematográficas (la de Byron Haskin en 1953 y la de Steven Spielberg en 2005), fue, sin embargo, una novedad para el lector decimonónico, que, no en vano, acababa de conocer la noticia del hallazgo de los famosos canales de Marte. Efectivamente, en el año 1877, el astrónomo italiano Schiaparelli descubrió, a través de su rudimentario telescopio, que el planeta rojo estaba surcado por centenares de conductos que parecían conectar sus helados polos con diferentes puntos de su abrupta geografía, algo que él identificó con la supuesta técnica de una sociedad marciana entregada al abastecimiento de agua de las distintas comunidades que la formaban. Esta conjetura, como hemos dicho, conmocionó tanto a las personas de la época, que inmediatamente la aceptaron como válida, por lo que, en ningún momento, descartaron la posibilidad de una invasión perpetrada desde allí (tanto es así que, años después, cuando Orson Welles adaptó sus páginas a un guion radiofónico que él mismo difundió, los oyentes creyeron a pie juntillas que aquella había llegado: aquí).



   Algunos críticos literarios han querido ver en la novela de Wells una diatriba contra la historia colonizadora de Inglaterra, patria del escritor, que había usado su avanzada tecnología para imponerse sobre muchos territorios de los primitivos continentes asiático, africano y americano. Aunque probablemente esto sea cierto, lo que interesa a nuestro análisis es la funesta visión de los alienígenas que el texto consiguió imprimir en la humanidad del momento (es necesario recordar aquí que, poco después de su publicación, el mítico H.P. Lovecraft dedicó varios escritos a los terrores provenientes del espacio). Es posible que ello se debiera a los nuevos horizontes que se le perfilaban al ser humano, tan desconocidos entonces como anteriormente lo habían sido los tenebrosos océanos, que, por ello, habían sido imaginados como habitados por criaturas monstruosas, dedicadas a engullir cualquier navío que osase hender su trozo de piélago; de igual modo, aquellos abismos negros que el hombre del siglo XIX observaba sobre su cabeza, eran concebidos como el lugar donde vivían todo tipo de seres malignos, que, además, podían estar vigilándolo desde el planeta vecino.

   Pero aquella ocupación marciana, que casi fue temida como inminente, nunca llegó a realizarse, por lo que el hombre, sin dejar de creer en la probabilidad de vida fuera de la Tierra, comenzó a fantasear con la manera en que esta se manifestaba (curiosamente, como veremos a continuación, reflejaba lo que el hombre mismo iba conociendo a medida que se adentraba en los exóticos países que exploraba). Para alimentar, además, esta nueva senda imaginativa, contaba no solo con la literatura, que se internó en dicho campo, sino también con un moderno y sorprendente espectáculo que estaba encandilando a la feliz sociedad de principios del siglo XX: el cinematógrafo. En efecto, en el año 1902, el director e ilusionista francés Georges Méliès regaló al mundo su maravillosa Viaje a la Luna (puedes verla aquí), que, inspirada libremente en el relato de su compatriota Julio Verne, narraba la aventura de un grupo de astronautas sobre la superficie de nuestro satélite, donde entraban en contacto con la tribu de los selenitas (recordemos que el escritor no menciona dicho alunizaje, por lo que no aclara si creía en tales pobladores, aunque hace columbrar a sus protagonistas ciertas sombras que podrían ser indicios de construcciones artificiales). En esta breve cinta, pues, de escasos diez minutos, podíamos contemplar a unos aborígenes que, como si de un reducto de nativos africanos en la Luna se tratasen, portaban lanzas, cazaban animales salvajes y danzaban en corro para recibir a los exploradores llegados de la Tierra.

   En el ámbito literario, destacó Edgar Rice Burroughs, el otrora creador de Tarzán, que, a modo de correría espacial de este último, imaginó que también el planeta rojo estaba habitado por sociedades selváticas, como las presumidas por Méliès y como las que descubrían sus contemporáneos en las profundidades de África y Asia. Para describir a sus lectores esta primitiva forma de vida, ideó a un sosias de su famoso héroe, al que denominó John Carter, el cual podía viajar desde el lejano Oeste hasta las llanuras marcianas mediante la psique; asimismo, allí podía adoptar un fabuloso cuerpo que le permitía respirar el enrarecido aire del planeta y explorarlo sin problemas (evidentemente, esta historia ha servido de inspiración a James Cameron y su aclamada Avatar). La extensa serie, titulada Bajo las lunas de Marte, comenzó a ser publicada en 1912, llegando a su fin en 1943; sin embargo, no fue hasta nuestro siglo cuando Hollywood mostró cierto interés por ella: en 2009 pudimos ver una hilarante adaptación llamada Princess of Mars, que fue rápidamente subsanada con un remake de mejor propósito, titulado John Carter.



   Como vemos, pues, los hombres dejaron de considerar la vida extraterrestre como una temida probabilidad, para empezar a valorarla como un simple recurso artístico, que, como hemos indicado, servía fácilmente a los propósitos expedicionarios del momento. Por desgracia, incluso esta nueva tendencia, más veraz que la anterior, tuvo que ser abandonada por culpa de una realidad de mayor crudeza: la Primera Guerra Mundial. Efectivamente, el 28 de julio de 1914, el archiduque de Austria Francisco Fernando fue asesinado por el joven serbio Gavrilo Princip, quien reclamaba, en nombre de la organización secreta Mano Negra, la anexión de Bosnia a su país (recordemos que, a la sazón, Bosnia formaba parte del Imperio austro-húngaro, y que Serbia había sido declarado como Estado soberano varios años antes); este hecho detonó las tensiones que latían entre las principales potencias europeas de entonces, que, de manera sucesiva, se declararon la guerra entre sí. Aunque en un primer momento se pensó que esta situación duraría pocos meses, lo cierto es que se prolongó mucho más de lo debido, finalizando el 28 de junio de 1919 con la firma del Tratado de Versalles y con una estimación de nueve millones de muertos a sus espaldas.

  Lógicamente, este triste suceso frenó las aspiraciones espaciales del mundo entero durante los años de su desarrollo, pues, del mismo modo que las primitivas comunidades a las que aludíamos al principio del opúsculo, aquella moderna sociedad tuvo que afrontar una tribulación que creía superada; por este motivo, la literatura y el cine se subyugaron a las necesidades del conflicto, cuyo remedio era más perentorio que cualquier ataque enemigo proveniente de otro planeta. En el primer campo, descolló Los cuatro jinetes del Apocalipsis, de Blasco Ibáñez, novela escrita a la par que se desenvolvía la guerra y que detallaba rigurosamente las atrocidades de esta; en el segundo, La pequeña americana, del gran Cecil B. DeMille, film que intentaba justificar la injerencia norteamericana en la conflagración. 

   El fin de la guerra, empero, no trajo consigo una vuelta al interés por los supuestos habitantes del espacio, sino que, por el contrario, propició un olvido del mismo, ya que la humanidad se dejó embeber por los aires triunfalistas que parecían recorrer el planeta Tierra desde un extremo hasta el otro. Esta época fue denominada la de los felices años veinte, ya que se caracterizó por ser una década de notable prosperidad económica. Dicho bienestar se vivió principalmente en Estados Unidos, que se había enriquecido gracias a la venta de armas a Europa, pero también los otros países se sumaron a él, pues intentaron sentar bases que impidieran un nuevo conflicto así (este boyante período y sus, sin embargo, inherentes problemas, pueden ser constatados en cualquiera de las versiones cinematográficas de El gran Gatsby, o en la famosa Los intocables de Eliot Ness, de Brian De Palma).

   Curiosamente, el interés por la vida extraterrestre fue recuperado a continuación del siguiente conflicto que azotó al mundo, la Segunda Guerra Mundial, pues, pocos años después de que esta finalizase, un aviador norteamericano denunció la presencia en el cielo de una extraña formación de platillos volantes. El nombre del piloto era Kenneth Arnold, y pasó a la historia de la ufología por ser el primero en avistar estos característicos navíos espaciales, que, con el tiempo, entrarían a formar parte de nuestra cultura popular, donde, por supuesto, tiene su lugar de honor el séptimo arte. Sin embargo, esto será tratado en profundidad en el próximo artículo que dedicaremos a este apasionante tema.


   

sábado, 5 de septiembre de 2015

Cocoon


   Cuando en 1982 Steven Spielberg estrenó su cinta más personal, E.T., el extraterrestre, cambió para siempre la opinión de la humanidad acerca de los alienígenas: de alzar los ojos con pavor a las profundidades espaciales aguardando una inminente invasión marciana, el hombre pasó a desear con ardor un contacto con los seres que supuestamente las habitan. Como no podía ser de otra manera, el séptimo arte se hizo eco de esta voluble visión, y mientras que en la década de los cincuenta advirtió de su presencia al respetable con La Tierra contra los platillos volantes, la primera versión de La guerra de los mundos y La invasión de los ladrones de cuerpos, a partir de la visita del entrañable hombrecillo ideado por el autor de Encuentros en la tercera fase, lo reconcilió con ellos: de esta manera, nos presentó al desvalido extraterrestre de Mi amigo Mac y nos hizo creer que unos niños podían aventurarse entre las estrellas y dialogar con ellos sobre sus inquietudes en Exploradores (¡hasta el mismísimo John Carpenter tuvo que renunciar a su magistral La cosa a favor de la más ñoña Starman!). Y aunque ninguno de estos filmes deja de ser un émulo del imaginario spielbergiano, podemos hallar entre ellos alguna agradable sorpresa.

   Una de las citadas sorpresas es Cocoon, de Ron Howard, director que alcanzaría la cumbre de su éxito con la famosa Apolo 13. En el film que nos ocupa, podemos ver a unos extraterrestres que, adoptando apariencia humana, se infiltran en las inmediaciones de un pequeño pueblo de la costa norteamericana con la intención de recuperar a los miembros de una expedición que cayó al mar hace miles de años. No obstante el tiempo transcurrido, los componentes de la misión han logrado sobrevivir gracias a unas cápsulas preparadas para tal efecto. Como estos recipientes solo son viables bajo el agua, cada vez que uno es descubierto, es sumergido de inmediato en una piscina, a la espera de reunir a todos y poder partir de regreso a su planeta de origen. Pero la casualidad quiere que justo al lado de dicha piscina haya una residencia de ancianos, y que un grupo de estos acuda regularmente a ella para bañarse en sus aguas; como es normal, nunca han experimentado nada fuera de lo común, hasta el día en que lo hacen tras haber sido depositadas en ella las primeras piedras: a partir de ese momento, sienten que su fuerza y su jovialidad se revitalizan, por lo que comienzan a disfrutar de una vida que se situaba en el ocaso.
 
 

   Como se puede comprobar, la película que hoy nos ocupa se aparta notablemente del tono infantil que caracteriza a los filmes citados arriba, a pesar de la presencia en ella de Barret Oliver, actor en boga a la sazón gracias a su papel en La historia interminable y en D.A.R.Y.L.; tanto es así que podríamos hablar de un largometraje centrado en la ancianidad. Ciertamente, la película encierra en sí una bella metáfora acerca del fugaz paso de la vida y de esa última etapa a la que el hombre debe enfrentarse antes de morir; es por ello que nos ofrece constantes reflexiones acerca del ocaso de la existencia, del amor que permanece fiel a pesar del paso de los años y de ese innato e innegable deseo de exprimir la vida al máximo antes de abandonarla (la hermosa fotografía de Donald Peterman, que alcanza su culminación en los sempiternos crepúsculos que acompañan al relato, y la hermosa partitura de James Horner nos introducen perfectamente en ese mundo de la tercera edad que el film pretende describir).

   Pero lo más interesante de la obra tal vez sea su tramo final, en el que los ancianos de la residencia son invitados por los alienígenas a partir con ellos hacia las estrellas, donde podrán vivir para siempre sin dolor ni sufrimiento. Obviamente, todos aceptan la invitación de sus amigos estelares, por lo que zarpan a bordo de un yate hasta el lugar donde serán recogidos por la nave espacial. Sin embargo, el corto trayecto no les resultará sencillo, pues el niño interpretado por Oliver intenta embarcar con ellos, provocando que otros familiares de los ancianos procuren disuadirlos de lo que, a sus ojos, es una locura. No obstante, la embarcación alcanza el lugar designado y, tras unos efectos especiales propios de la época, es abducida y conducida al cielo. El pobre Oliver, que tanto deseaba estar junto a sus abuelos, salta en el último momento y se reúne con su madre, quien, al no haber presenciado la ascensión del barco, piensa que los ancianos han muerto ahogados.

   Aunque el film concluya con el funeral organizado por la supuesta muerte de los ancianos y con la pícara mirada del niño protagonista dándonos a entender que él cree firmemente en que sus abuelos navegan y navegarán eternamente por las llanuras siderales, este colofón, a mi juicio, encierra una bella metáfora sobre la muerte y la vida eterna. Como hemos dicho arriba, el metraje nos describe con precisión las vivencias de unos hombres que contemplan cómo sus vidas discurren rápidamente hacia su final, sintiéndose incapaces de aferrarla, como desearían; mas, aunque al principio no parecen aceptar su situación, al conocer el poder curativo de las piedra alienígenas, cobran nuevas esperanzas, que se solidifican cuando los extraterrestres que las recaban les ofrecen partir hacia las estrellas. Podemos entender, pues, que el film narra realmente el modo en que los protagonistas se enfrentan a sus últimos días de vida, y cómo, aunque se sienten tristes por ello, poco a poco descubren la promesa de una vida eterna que les infunde la felicidad que con tanta urgencia necesitaban.
 
 

   Ciertamente, la muerte continúa siendo un gran misterio para el hombre de hoy, pues, a pesar de los altos logros alcanzados, aún no ha podido frenar esta última despedida a la que el mismo debe someterse; así, aunque es verdad que en la actualidad contamos con medios que alargan nuestros días en la tierra más que los gozados en otras épocas, al final siempre aparece la muerte para ponerles fin. Ante esta verdad, al ser humano se le ofrece una disyuntiva: o bien rebelarse contra ella y convertir la agonía en una auténtica pugna por mantenerse vivo, o bien aceptarla con la confianza de que no es sino el paso a una vida sin final. Esta última es la actitud propia del cristiano, que ve en la resurrección del Señor la prueba definitiva de que la decrepitud del cuerpo y su inhumación no tienen la última palabra; es por ello que acepta la muerte confiando en que la recuperará gloriosamente.

   En nuestros días, esta certeza ha pasado a un segundo plano, y al hombre ya no se le instruye en ella. Sin embargo, sigue albergando dentro de sí un deseo de eternidad que apunta a la existencia de una vida de ultratumba a la que su alma lo está convocando. Por desgracia, y para saciar esa sed, se ha conformado con las dosis que le administran los nuevos credos, que, rechazando la resurrección, proponen diferentes sustitutos, como la reencarnación, que es una manera engañosa de eludir la muerte y de prolongar la vida en este suelo, aunque sea en un cuerpo distinto al propio. Pero ¿no hay mayor tranquilidad que el sosiego eterno que nos promete una vida sin fin donde ya no habrá dolor ni sufrimiento y donde el amor imperfecto que experimentamos en nuestra vida terrena alcanzará su perfección? Los ancianos del film lo saben muy bien, por lo que acuden con diligencia a la llamada de la muerte (es oportuno recordar que la mar siempre ha sido signo de esta, por lo que no es casual que su último viaje lo hagan a bordo de un barco), a pesar de la oposición que encuentran por parte de sus familiares, que hacen lo posible por devolverlos a la orilla de esta vida.

   En mis años de sacerdocio he podido comprobar cómo muchos ancianos, agobiados por el peso de los años o en el umbral de la muerte, aceptan con agrado el abrazo de esta última, pues saben que ya han vivido mucho, por lo que su mayor deseo es el descanso eterno y la compañía de aquellos que aquí amaron y que fallecieron antes que ellos. Por otro lado, también he visto (y es natural que así sea) cómo los familiares próximos se aferran a cualquier hálito para mantenerlos con vida, impidiéndoles que den ese paso que ellos están ansiosos por dar. Tal vez, como en el film, estos que aceptan la muerte estén dando un ejemplo de entrega y confianza absolutas a aquellos que, por verla de lejos, no están dispuestos a asumirla.

   La película, pues, es un buen ejercicio de reflexión acerca de la ancianidad y la vida eterna, temas que hoy no aparecen en la opinión pública, pues la primera recuerda al hombre que sus días en la tierra no son eternos, y la segunda, que Dios existe y puede premiar con ella o castigar con su ausencia. Es por ello que, a pesar de aprovechar en su momento el filón abierto por Spielberg y su bienintencionada visión de los extraterrestres, Cocoon se concede a sí misma el galardón de ser una gran obra, pues supera los clichés del género cinematográfico y ahonda en una temática difícil y sensible, de la que sale sin duda airosa.        
 

  

domingo, 2 de agosto de 2015

Stephen Hawking ya cree en Dios


   No podemos negar que las revistas de actualidad social son una fuente de información permanente, a pesar de que suelen ser deploradas por su pretendidamente escaso nivel cultural y por los establecimientos en los que pueden ser encontradas, como peluquerías, salones de belleza y algún revistero de hogar perdido bajo el televisor o junto al sofá. Para apoyar esta tesis, debo decir que recientemente leí en una de ellas el siguiente titular: “Stephen Hawking busca extraterrestres” (Pronto, número 2 256, 1 de agosto de 2015, página 87). Sin duda, el encabezamiento explicita la noticia, la cual detalla en un solo párrafo que el reputado astrofísico quiere dedicarse ahora a dicha investigación. Aunque en un principio este texto pasa desapercibido entre tanta novedad cardíaca, es más relevante de lo que parece, y no por la búsqueda de inteligencia alienígena a la que se ha consagrado aquel, sino por el manifiesto declive de una carrera que va haciendo aguas.

   Todo el mundo es consciente de hasta qué punto Stephen Hawking ha negado con rotundidad y empeño la existencia de Dios, pues, amparándose exclusivamente en la ciencia de la que es experto, ha afirmado en no pocas ocasiones que esta es capaz de corroborar que Aquel no es más que un cuento, o la proyección de los anhelos de una humanidad necesitada de una razón que dé sentido a su presencia en el vasto universo que la rodea. A pesar de estas ideas, el Vaticano siempre le ha tendido una mano amigable, esperando entablar con él un diálogo que lo lleve a comprender que la fe en Dios no es contrapuesta al campo que él domina; así, tanto san Juan Pablo II como Benedicto XVI han confiado en su erudición para ilustrar en sendos congresos los tenebrosos orígenes del espacio y del tiempo. Sin embargo, él nunca ha aceptado dichas invitaciones como una manera de debatir acerca del particular, sino como un modo de burlarse del credo de la Iglesia (allá por la década de los ochenta, cuando concluyó la intervención en la que afirmaba que el universo no necesitó de la injerencia divina para formarse, bromeó diciendo que, si el papa hubiese entendido sus palabras, lo habría entregado a la Inquisición…).

   Hawking defiende sin pudor alguno que el hombre no es más que una mera casualidad en un inmenso y azaroso vacío, y que, por consiguiente, no debe buscar sentido alguno a su existencia (aquellos que hayan visto La teoría del todo recordarán que este título hace referencia a su obsesivo empeño por hallar la ecuación que demuestre que todas las cosas, incluido el hombre, provienen de un mismo origen, que es netamente físico). Esta hipótesis puede resultar atractiva para jóvenes ateos que piensen que la fe en Dios es un lastre para el desarrollo de la ciencia, como la misma película apunta; sin embargo, son escasos los que se han parado a pensar en sus fatales resultados. En relación a esto, el citado pontífice san Juan Pablo II asevera lo siguiente: “El ateísmo teórico y práctico que serpea ampliamente; la aceptación de una moral evolucionista desvinculada totalmente de los principios sólidos y universales de la ley moral natural y revelada, pero vinculada a las costumbres siempre variables de la historia; la insistente exaltación del hombre como autor autónomo del propio destino, y, en el extremo opuesto, su deprimente humillación al rango de pasión inútil, de error cósmico, de peregrino absurdo de la nada en un universo desconocido y engañoso, han hecho perder a muchos el significado de la vida y han empujado a los más débiles y a los más sensibles hacia evasiones funestas y trágicas”.

   Como un profeta de su propia desdicha, el erudito Hawking se ha visto envuelto en las aciagas palabras del papa, pues, en su ansia por demostrar que la vida carece de sentido y que Dios no es más que una encarnación de las menesterosas aspiraciones humanas, ha encontrado un sustituto perfecto de la imagen divina que él tanto denuesta: los extraterrestres. Así que aquí tenemos al pobre Stephen luchando por hallar una prueba que confirme que no estamos solos en el universo, porque ello significaría que ese azar que idolatra se habría repetido en otros puntos del infinito y frío espacio, algo que desbancaría al hombre de su privilegiado lugar en la creación. Y esos alienígenas, pues, serían una suerte de seres divinos que albergarían todo el conocimiento que conforma el cosmos, igual que los que aparecían al final de la recuperable Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal, convirtiéndose, así, en el Dios del que el astrofísico ni siquiera quiere oír hablar.

   Finalmente, todo se reduce a una estrechez de miras de un hombre que, enfadado con Dios, ha creado una religión adaptada a su manera de entender el mundo, que tiene como credo un laicismo científico galopante y, como aspiración última, un contacto definitivo y glorioso con los nuevos dioses que rigen los destinos de los hombres, aquellos que habitan planeta lejanísimos y que, por ser más evolucionados que nosotros, tienen mucho que enseñarnos. Es verdad que esta idea no es nueva, pues el cine ya se hizo eco de ella en Contact, por ejemplo, película a la que dedicaremos un artículo especial, pero cada vez me produce más pena que vaya calando tan hondamente en el sentir humano, pues demuestra a todas luces que la humanidad necesita con urgencia la presencia de Dios; sin embargo, como no hay día en que no se intente demostrar su inexistencia, el hombre ha dejado de creer en Él y lo ha relegado a favor de esos seres mensurables, a los que, no obstante, arrogamos características propias de deidades benévolas, pues necesitamos que alguien todopoderoso y misericordioso vele por nosotros y dé sentido a una vida que sin él sería absurda.