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viernes, 23 de octubre de 2015

Una nueva esperanza


   Sin lugar a dudas, El despertar de la Fuerza se ha convertido en la película más esperada de todos los tiempos; solo hay que comprobar los diferentes vídeos que circulan por la red mostrando la reacción de algunos fans ante el visionado de su tráiler definitivo o las millones de visitas que este último ha recabado en pocos minutos (y continúa haciéndolo…). Y es que estas aventuras galácticas, lejos de pasar de moda, van incrementando su interés a medida que transcurren los años.

   La pregunta es evidente: ¿por qué? Hay películas que hacen historia, que recaudan escandalosas sumas de dinero y que consiguen entrar en la selecta categoría del “cine de culto”, pero que no logran equiparar su éxito al que siempre alcanza cualquier cinta de esta saga. ¿Será su temática?, ¿serán sus efectos especiales?, ¿serán sus personajes?, ¿será el merchandising que siempre la acompaña? Probablemente, todo consista una mezcla bien agitada de todo ello.
 
 

   A mi juicio, lo más importante se centra en aquello que nos cuenta. Si lo pensamos bien, La guerra de las galaxias (sí, yo soy de la época en que llamábamos así a lo que hoy se conoce como Star Wars) nos detalla una epopeya heroica trasladada a las llanuras espaciales: como en los relatos medievales, nos encontramos un aprendiz (Luke Skywalker), un maestro (Obi-Wan Kenobi), una princesa encerrada en un castillo (Leia Organa en la Estrella de la Muerte), un rey malvado (Darth Vader), un mago que vive en el bosque (Yoda), un caballero, un escudero y la montura de ambos (Han Solo, Chewbacca y el "Halcón Milenario", respectivamente); duelos a espada (¿de verdad tengo que especificar a qué me refiero?), sabias enseñanzas vitales (todas aquellas que Obi-Wan transmite a su joven novicio) y un trasfondo de magia y hechizos (todo lo relativo a la Fuerza).

   Por tanto, así como los relatos del medievo fueron escritos para instruir a sus oyentes en los valores que debían regir la vida del individuo, este nuevo mito, adaptándose al lenguaje actual, los transmite de nuevo al hombre de hoy. De esta manera, el espectador (antes, el lector o el oyente) se encuentra con una fábula que le recuerda el sentido épico de su propia existencia, aletargado por la molicie de una sociedad volcada en el bienestar; que lo exhorta a la lucha contra el mal y a la defensa de lo bueno, y que le propone los cánones eternos que deben conformar a la persona virtuosa: prudencia, justicia, fortaleza y templanza (por supuesto, con sus derivados particulares: fidelidad, integridad, honor, respeto, valentía, compañerismo, familia y etcétera). Esto lo encontramos también en dos trilogías cinematográficas recientes, El hobbit y El señor de los anillos, que basan su popularidad precisamente en los mismos fundamentos.
 
 

   Enmarcando todo ello, podemos contemplar el desarrollo de una historia que es común a toda la humanidad: el sempiterno combate entre el bien y el mal, facciones representadas, respectivamente, por la Orden Jedi y los malignos Sith (también soy de la época en que pronunciábamos “yedi” y no “yedái”, amparados, todo hay que decirlo, por un fantástico doblaje español: ¿quién no recuerda la advertencia contra “el reverso tenebroso de la Fuerza”?). De este modo, y como cualquier persona recta que se precie, vemos a un Luke que, a pesar de su denodada pugna contra el mal, se siente atraído por este (en este sentido, la negra vestidura que porta en El retorno del Jedi, alejada de su característico blanco propio de las otras dos entregas, es reveladora); que, a pesar de comprender el error y la infelicidad al que aquel lo conduce, experimenta la necesidad de saborearlo (no hay nada más que ver el siempre sobrecogedor diálogo que mantiene con Darth Vader en El Imperio contraataca).

   Aunque la nueva trilogía carece en parte de todos estos factores (aún no me he recuperado de la decepción que sentí al ver por primera vez La amenaza fantasma…), debemos agradecerle a George Lucas, sin embargo, que rescatara ese combate interior tan humano entre lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto, algo que aparece perfectamente descrito en esa paulatina degradación que sufre Anakin Skywalker a lo largo de las tres películas; como si de una llamada de atención a todo espectador se tratase, el sabio Yoda advierte en aquella que el miedo lleva a la ira, que esta conduce al odio y que este es la puerta abierta al sufrimiento, ignominioso descenso que culmina en el imborrable grito de aversión lanzado por aquel contra su maestro Obi-Wan en La venganza de los Sith.
 
 

   Según los últimos rumores, en este séptimo episodio de la saga veremos nuevamente esa lucha que todo hombre mantiene en su interior, con una posible caída de Luke en el lado oscuro de la Fuerza, derrota que, lejos de apabullar al ser humano, debe acicatearlo más aún al combate contra la tentación, el pecado y, en definitiva, contra el mal y el Maligno. Es evidente que toda persona está llamada a unirse a ese poder misterioso que lo une todo y que todo armoniza (¿no está clara la imagen de Dios?), y que, para ello, debe recorrer la senda del conocimiento, de la virtud, de la oración, de la moderación y de la santidad (del Jedi), que es el peldaño imprescindible para vivir eternamente unido a ella. Por supuesto, el hombre que inicie esta andadura debe someterse a un duro entrenamiento, como al que Luke es sometido por Yoda en Dagobah, pues es un camino repleto de espinos y dificultades; no obstante, su meta merece cualquier pena, ya que supone estar para siempre y felizmente con aquellos que aquí conocimos y nos adelantaron en nuestra marcha.    

   Yo creo que el éxito de este tráiler y el presumible que obtendrá la película es una nueva esperanza en una humanidad que, a pesar de verse subyugada por el materialismo, el desánimo, el ateísmo, la desilusión, la ruindad y la tristeza, sabe que está llamada a una vida más plena, y que esa vida se consigue al abrazar la santidad y al fijar la mirada en el Paraíso.
 
 

martes, 20 de octubre de 2015

Marte (The Martian)


   Unos posts más abajo, reflexionaba brevemente sobre la visión cristiana de la vida y el sufrimiento; en las líneas que dediqué a La niebla, decía que el creyente afronta ambos factores con alegría, pues su fe en Dios le produce una confianza especial que le lleva a creer con firmeza que nunca se verá abandonado. Por azares fílmicos, resulta que esta semana tenemos en nuestros cines Marte (The Martian), una obra del irregular Ridley Scott (¿de verdad que aún no ha pedido perdón por su horrible Exodus: dioses y reyes?) que aborda con maestría este asunto, y que, por consiguiente, nos ofrece una acertadísima y positiva visión sobre la vida y la fe que no nos puede dejar impasibles.
 
 

   A continuación, spoilers.

   El film nos describe el modo en que procura sobrevivir un astronauta perdido en el Planeta Rojo, mientras que sus superiores bregan en la Tierra intentando dilucidar qué hacer con él. Posiblemente, otro en su lugar habría dado todo por perdido y se habría dejado morir, pero el aventurero en cuestión determina que las áridas planicies marcianas no serán su tumba, por lo que se las ingenia para cultivar patatas, comunicarse con la NASA y otros menesteres. Además, cuando sus compañeros de misión descubren que este sigue con vida, deciden acudir en su rescate, desacatando el mandato del centro espacial que coordina todos sus movimientos.

   Una escena del metraje aterroriza a los que quieren ver ataques al cristianismo en todas partes, pues el gran Matt Damon destroza un crucifijo para proporcionarse con su madera un fuego que le ayudará a sobrevivir; sin embargo, aquellos tales olvidan que, tras resolverse a ello, le espeta al Cristo que pende de él que confía en su auxilio. A partir de aquí, pues, da comienzo esa odisea que lleva a aquel a encarar toda dificultad con tal de continuar vivo, y aunque la presencia de Dios solamente se sugiere en determinados momentos, la citada escena nos recuerda que es su fe en Él la que lo está impulsando.

   Como ocurre en la vida ordinaria, muchos se oponen a mantener vivo al que ya se da por muerto, pero el espíritu de lucha y el horizonte de triunfo del interfecto hacen que todos se contagien y que quieran prestarle su ayuda y su oración. Eso ocurre en la Tierra cuando la humanidad descubre que aquel continúa con vida, y la ilusión por rescatar al que se creía perdido logra que se aúnen incluso países enemigos, como China y Estados Unidos. De este modo, el valiente astronauta se convierte para todos los hombres en un verdadero signo de esperanza, que les hace ver a todos que merece la pena vivir, aunque muchas veces la propia biografía se convierta en nuestro peor adversario.

   Es probable que el cineasta haya impreso este tinte ilusionante en su obra por la muerte de su hermano, el cual resolvió suicidarse al encontrar insoportable la enfermedad que lo atenazaba desde hacía años; tal vez haya querido gritarle póstumamente que vivir es la gran aventura de todo hombre, y que uno nunca debe perder la esperanza ante las dificultades que se le vayan presentando. Como decíamos al principio en relación a otro film, en el que el protagonista asesinaba a sus amigos para impedirles el sufrimiento, aquí el cine vuelve a enseñarnos que siempre hay una salida para el que tiene fe y mantiene viva su esperanza.
 
 

lunes, 14 de septiembre de 2015

La niebla


   Existen dos películas con este mismo título: por un lado, la dirigida por John Carpenter en el año 1980; por el otro, la que realizó Frank Darabont en 2007 (existe también un remake de la primera del año 2005, pero en España se conoció como Terror en la niebla). Una y otra comparten premisa: una espesa bruma se asienta sobre un pequeño pueblo costero; precisamente por su ubicación junto al mar, sus habitantes no detectan ningún inconveniente en ella, hasta que se suceden diferentes muertes que les hacen descubrir lo contrario. Pero mientras que la primera centra su atención en ofrecer al espectador una (magistral) narración de terror, la segunda pretende indagar en el comportamiento del hombre cuando se ve asediado por el miedo.

   A fin de conseguirlo, nos presenta a un heterogéneo grupo de personas que, tras el asentamiento de la misteriosa niebla, se queda encerrado en las dependencias de un supermercado; allí sufre los constantes ataques de las extrañas criaturas venidas con ella y, sobre todo, los diferentes problemas que genera la inaudita situación. Entre ellos destaca el que provoca la exaltación religiosa de uno de los componentes, una mujer firmemente convencida de estar viviendo un castigo divino y, como consecuencia, los últimos días de la humanidad. La dificultad estriba en que su soflama arrastra poco a poco a los otros miembros, logrando que se dejen invadir por el miedo en vez de hacerlo por la resolución.
 
 

   Ciertamente, una de las reacciones propias del ser humano ante el peligro es la oración, a la que, de alguna manera, acude también incluso la persona que se declara atea. Este recurso a Dios puede tener una vertiente de confianza hacia Él o, por el contrario, de pánico, que es la que esta película estudia. Quien confía en Él acepta su voluntad, y sabe que nada malo puede ocurrirle, a menos que Él mismo lo permita; quien desconfía de Él se sume en el terror, pues no ve su mano providente en la situación que está viviendo. Los que actúan así, terminan entendiendo a Dios como un ser justiciero y maligno, deseoso de la pena y no del perdón, como es su verdadera naturaleza.

   No es difícil entender que la niebla que da título al film es una alegoría del mal, como la negra oscuridad que uno experimenta en la dificultad. En efecto, el hombre se topa una y otra vez con el sufrimiento, con el dolor, con la responsabilidad y con la contradicción, por lo que, como expresábamos arriba, puede optar por dos caminos: o bien asumirlo, o bien rechazarlo. Una persona que rechaza constantemente cualquier sentido de la responsabilidad o que huye del dolor (hoy mismo estamos en una sociedad que promueve el vivir pasándolo bien, sin responsabilidades ni ataduras), acaba por encontrarse con ellos, pues es inherente al ser humano. Por desgracia, al haberlos soslayado, no es capaz de asumirlos, y el sufrimiento es mayor.

   Por el contrario, aquel que es capaz de aceptar el dolor y la responsabilidad, se fortalece ante las diferentes situaciones que la vida le va proponiendo. Concretamente, el cristiano ve en el dolor su propia cruz, es decir, el camino que Dios le marca para alcanzar la gloria, que es su objetivo. No es que el cristiano ame el sufrimiento por sí mismo, sino por lo que hay a continuación, esto es, la vida eterna: del mismo modo que Cristo cargó el madero y sufrió su pasión antes de resucitar, aquel entiende que su carga es el camino a la eternidad.  

   Aquella fanática mujer a la que aludíamos al principio es prueba clara de la persona que desconfía de Dios hasta sentir pánico de su presencia; por esta razón, la película la condena con un certero disparo que pone fin a su vida. Pero su visión ha calado incluso en los protagonistas principales del relato, que, ante su sufrimiento, deciden suicidarse (¿eutanasia?). Sin embargo, no bien han ejecutado su crimen, la niebla se disipa y los monstruos desaparecen, haciéndoles comprender su error, ya que nadie sabe qué planes dispone Dios para cada uno de nosotros. Para fortalecer esta idea, un rápido pero elocuente plano nos presenta la sonrisa complacida y amable de una señora que, al principio de la historia, había abandonado el supermercado con el fin de reunirse con sus hijos, a los que amaba; como ella ha sobrevivido a pesar de que le anunciaron lo contrario, podemos entender que su amor, que siempre tiene su origen en Dios, es lo que la ha salvado.