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jueves, 26 de septiembre de 2019

La guerra de la Vendée


   Desgraciadamente, la guerra de la Vendée pasa hoy desapercibida para muchos católicos. Así es, pese a la gran entereza que demostraron los vendeanos al alzarse en armas contra toda una nación que pretendía abolir la monarquía y desterrar a Dios de Francia, son muy pocos los católicos que han oído hablar siquiera de esta hazaña. ¡Y eso que se cuentan por miles los mártires que dieron su vida en defensa de la fe! Napoleón mismo, al parecer, reveló que él admiraba a los vendeanos por la integridad que habían demostrado en su lucha contra la Revolución.

   Sabiendo esto, resulta extraño que el cine nunca se haya hecho eco de esta parte tan importante de la historia (aunque si tenemos en cuenta que la cronografía oficial francesa la ha silenciado constantemente, no nos debería sorprender). Sí podemos encontrar, sin embargo, bastante literatura, pero que también pasa desapercibida, ya que “altera” la versión aceptada por todos de lo que supuso para el mundo la manida Ilustración. De entre todos estos libros, nosotros recomendamos dos: El conde de Chanteleine, una novela del célebre Julio Verne que ha sido vetada durante muchos años en la “Francia de las libertades”, y La guerra de la Vendée, del profesor Alberto Bárcena, que recoge fiel y crudelísimamente los estragos causados por los revolucionarios en dicha región francesa. Pero en lo que se refiere al cine, que es quizás uno de los medios más influyentes de nuestro tiempo, nada. Hemos tenido que esperar a que una productora muy pequeña (insignificante, diría yo) y de ideario católico recogiera y filmara los hechos: Navis Pictures.




   La Vendée (o la Vandea, como era conocida antiguamente en español) es un departamento francés, situado al oeste del país galo, que se integra hoy en la región de los Países del Loira. En 1793, cuando la Revolución alcanza el territorio vendeano, este organizó un auténtico enfrentamiento contra ella, algo que lo abocó a una verdadera guerra civil que se perpetuó hasta 1796, y que en la actualidad, como ya hemos señalado, permanece ignorada por muchos (y entre ellos, muchos católicos). El motivo de este enfrentamiento no solo radica en la lucha por la legitimidad del rey, sino también, y sobre todo, en la pugna por la pervivencia de la fe católica. Y es que una de las consignas de la Ilustración era la erradicación de la Iglesia, o a lo sumo, su subyugación mediante el célebre Juramento de Fidelidad de sus curas a la Constitución Civil del Clero. En cuanto a los seglares, fueron sometidos a vejaciones y torturas que ejemplifican la crueldad que siempre han manifestado los perseguidores de la fe (un general francés se jactaba de que las aguas del río Vendée bajaban rojas por la sangre de las embarazadas que había ahogado en ellas). Y así, a pesar de que el Gobierno ilustrado propugnaba la defensa y la libertad de todos los ciudadanos franceses, los de la Vendée solo recibieron de su parte muerte, sometimiento y destrucción.

   No obstante la dureza de estos hechos, puede sorprender que la película esté protagonizada exclusivamente por niños. El motivo es que su productora, la citada Navis Pictures, tiene como propósito educar a estos en la fe y despertarles cierta curiosidad por el séptimo arte. Así es, como afirma Jim Morlino, su creador, la gran pantalla transmite hoy valores equivocados, algo de lo que se embeben los niños, por lo que es necesario que estos aprendan valores correctos, y eso se consigue mediante cintas adecuadas (ya lo hizo mediante la historia de santa Bernadette con bastante éxito). Pero ello no significa que la película sea ingenua, puesto que afirma a las claras el sustrato demoníaco que auspició la Revolución y vincula el martirio de las famosas carmelitas de Compiègne al fin de esta. Es decir, habla abiertamente del mal (cosa que hoy se les niega a los más pequeños) y de entregar la vida por un bien mayor (cosa que se les niega aún más).

   Sin duda, se trata de un film sorprendente y con muchísimas virtudes. Sitúa al espectador muy bien en el contexto histórico y aporta un relato fiel de los hechos acontecidos en la Vendée durante la Revolución francesa. Y principalmente, es un testimonio vivo de la valentía de unos hombres que prefirieron morir antes que renunciar a Dios y al rey de Francia.

  

lunes, 2 de julio de 2018

Quo Vadis

   El 30 de junio de cada año es el día que la Iglesia católica dedica a la conmemoración de sus primeros mártires en Roma. En efecto, aunque la primera persecución a los seguidores de Cristo había sido perpetrada por las autoridades judías en Jerusalén, esta no dejó de tener un carácter netamente local; además, el cristianismo de entonces solo era considerado como una mera escisión del judaísmo, por lo que los instigadores de aquella creían que la nueva fe únicamente estaba destinada al pueblo hebreo, que olvidaría sus preceptos en cuanto desaparecieran los seguidores del falso mesías (no obstante, la Providencia se sirvió de este hostigamiento para que la predicación del Evangelio llegase a otros pueblos). La persecución llevada a cabo por Nerón en el año 68, sin embargo, es más representativa, puesto que la fe de los cristianos había postergado ya su localismo, y, por ende, se había convertido en un credo destinado al bien de toda la humanidad, y no solo al de los judíos (de hecho, la palabra "católico" significa "universal"); por otro lado, el hecho de que aconteciera en la capital del Imperio es aún más representativo, ya que esta, con el tiempo, se transformaría en la capital de la propia Iglesia.

   Por supuesto, al leer el párrafo precedente, el cinéfilo cristiano habrá recordado de inmediato la cinta que mejor ha representado hasta hoy aquellos funestos días de persecución: Quo Vadis (Mervyn LeRoy, 1951). Ciertamente, en ella contemplábamos a un enloquecido Nerón (magnífico Peter Ustinov) que decidía incendiar Roma sin contemplaciones, con el único propósito de construir una nueva urbe, más afín, eso sí, a su insaciable megalomanía; lo veíamos completamente pagado de sí mismo, envanecido hasta la extenuación, gordo, abúlico y tañendo la lira mientras era aplaudido por su habitual corte de aduladores; finalmente, observábamos también cómo culpaba del devorador incendio de la ciudad a los cristianos, que se habían convertido para él en un incómodo estorbo, ya que, entre otras cosas, se negaban a reconocer su autoproclamada divinidad. Asimismo, esta decisión del emperador nos evocarán las últimas escenas del filme, en la que podíamos ver a los seguidores de Cristo hacinados en los calabozos del circo, mientras esperaban ser ejecutados por los verdugos, o adentellados por las famélicas fieras; particularmente, no puedo dejar de recordarlas sin que me embargue la emoción, ya que el ver cómo aquellas futuras víctimas rezaban o se animaban entre ellas para encarar con firmeza el último y más importante combate de sus vidas, me urge a rememorar que la vocación principal del cristiano reside precisamente en el martirio.




   Vayamos por partes. Por supuesto que, con esta última afirmación, no estoy queriendo decir que el cristiano deba morir necesariamente en la arena para cumplir bien con su vocación religiosa, ni que deba ser crucificado para asemejarse mejor que ningún otro a Cristo (recordemos que, en la película, como en la vida real, san Pedro quiso que su cruz fuese clavada boca abajo, puesto que se consideraba indigno de sufrir la misma muerte que el Señor); tampoco estoy defendiendo aquí que debamos padecer (o incluso propiciar) una persecución religiosa, con el fin de testimoniar mediante ella nuestra fidelidad a Dios y a la Iglesia, como vemos que hicieron los protomártires romanos (por supuesto, me refiero al padecimiento de la persecución, no a su propiciación, como el emperador Nerón pretendió hacer creer tanto sus contemporáneos como a las crónicas posteriores). Lo que estoy queriendo decir con estas palabras es que el cristiano está llamado a testificar el mensaje de amor traído al mundo por Jesús, así como su muerte redentora en favor de la humanidad, aunque en este empeño tenga que sufrir el desprecio del mundo (recordemos que la palabra "mártir" significa literalmente "testigo"); de hecho, él mismo nos exhortó a este testimonio antes de subir al cielo cuando dijo: "Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación" (Mc. 16, 15-20).

   En efecto, a lo largo de la historia hemos visto que la Iglesia, desde aquel primer hostigamiento por parte del Imperio romano, ha sido perseguida por los hombres con el fin de ser silenciada y hasta aniquilada, pues sus preceptos son una piedra de escándalo para ellos; aunque podríamos poner muchos ejemplos que dan fe de este hecho, los más relevantes son los que nos ofrecen la Revolución francesa, el México de los años veinte y, sobre todo, la España de los años treinta, pues hasta el momento son las mayores matanzas que ha vivido el cristianismo de Occidente. De estos tres, tal vez el más representativo para nosotros sea el último, y no solo porque sea el más cercano en el lugar y en el tiempo, sino también porque vuelve a estar de actualidad con motivo del futuro del Valle de los Caídos. Ciertamente, este monumento, erigido con la intención de reconciliar a los dos bandos de la Guerra Civil bajo el auténtico signo de la paz, la cruz de Jesucristo, es actualmente una verdad incómoda, ya que recuerda que en nuestro país se ejecutó a miles de católicos por el simple hecho de serlo. Sin embargo, y pese a este vigor que hoy vuelve a tener la persecución religiosa española, no quiero dedicar mi escrito semanal concretamente a ella, sino a todos los mártires que, a lo largo de los siglos, han testificado hasta la muerte su amor al Hijo de Dios.




   Así es, como decía al principio del texto, aunque solamos identificar exclusivamente al mártir con la persona que ha entregado su vida en favor de la fe (y así ha de ser), lo cierto es que no se trata de alguien que haya llegado de manera espontánea hasta ese extremo, sino de quien ha sabido testificar a diario el mensaje amoroso de Jesús y su muerte redentora por el bien de la humanidad. Para entenderlo mejor, pongamos el ejemplo de un atleta que decide afrontar un maratón sin entrenar previamente: es probable que no llegue a situarse entre los primeros puestos de la carrera; pero, si ese mismo deportista entrena a diario, tendrá más oportunidades de conseguir la victoria que anhela. Como afirma san Pablo en su carta a san Timoteo, "he peleado hasta el fin el buen combate, concluí mi carrera, conservé la fe. Y ya está preparada para mí la corona de justicia, que el Señor, como justo Juez, me dará en ese día, y no solamente a mí, sino a todos los que hay aguardado con amor su manifestación" ( 2 Tt. 4, 7-8). De este modo, el mártir que derrama finalmente su sangre por Cristo, testificando así en su grado máximo su amor hacia él, es el mismo que ha sabido entregar cada día su propia vida en favor suyo: como en el ejemplo del atleta que acabamos de poner, no estamos hablando de alguien que se torture literalmente a diario con el fin de prepararse para la muerte, sino de quien ha vencido, a modo de entrenamiento, aquellos obstáculos que le impiden ser fiel al Señor. Por consiguiente, ha sido capaz de morir por este último, porque le ha sido fiel en todas las circunstancias de su vida (en la película vemos cómo todos los mártires han entregado previamente sus vidas en favor del bienestar de las de los demás).

   Hoy en Occidente ha cesado el hostigamiento físico de lo cristianos (no así en Oriente, donde aún podemos ver cómo estos continúan siendo asesinados por razón de su fe), pero no por ello se ha relegado el mandato del Señor, que nos ordenó ser mártires (testigos) de su Evangelio. En la actualidad, este martirio debe ser abrazado, por ejemplo, en el campo de la ética, ya que esta ha sido postergada en beneficio de una aberrante cultura de la muerte, puesto que la eutanasia y el aborto son presentados como logros humanos, y no como verdaderos y cruentos homicidios; de este modo, y en ambos casos, el cristiano está obligado a testificar el amor de Cristo tanto en el respeto al nonato como en el cuidado del enfermo. ¿Querría el Hijo de Dios que un bebé fuese aniquilado en el seno materno, cuando él mismo santificó con su presencia el de su propia Madre?, ¿querría que asesinásemos a nuestro padre, cuando es probable que él mismo cuidase del suyo durante sus últimos momentos de vida? Por supuesto, este modo de pensar concita las burlas y las iras de los enemigos de la fe, que no dudan, como consecuencia, en acusar a la Iglesia de pecados inexistentes (o en agravar los que de verdad existen), para que su mensaje se vea desacreditado por parte de los hombres; pero esto no deja de ser un entrenamiento para el cristiano, que ve en estos obstáculos un trampolín necesario para demostrarle al mundo su fidelidad a Cristo (como el atleta del ejemplo, si no asumimos este entrenamiento, ¿cómo vamos a pretender aceptar el derramamiento de nuestra sangre en favor suyo?). En la antigua Roma, los primeros cristianos eran acusados de asesinar a sus hijos... ¡cuando eran los propios romanos los que lo hacían, mientras que estos los acogían y los adoptaban para que siguieran viviendo! Pero, ¿supuso esto una renuncia a la demostración cotidiana de la fidelidad al Evangelio? Más bien al contrario, fue asumido como un auténtico martirio (testimonio) de dicho amor.




   Por todo ello debo decir que no existe una entrega mayor y más generosa a Cristo que la del martirio. Por supuesto, no solo me refiero al que supone la muerte real del cristiano en favor de aquel, sino al que valora su entrega diaria por amor a él y a la verdad. Aquellos protomártires romanos, cuya memoria celebramos cada 30 de junio, y que son los mismos que presenta la cinta Quo Vadis, son el paradigma de todos los que vinieron después, así como de aquellos que todavía mueren hoy en lugares como Asia y África. No es extraño, pues, que la Iglesia los tenga en tanta estima y que desee perpetuar anualmente su entrega, puesto que si ninguno de nosotros estamos llamados a derramar nuestra sangre, sí que estamos convocados a testimoniar cada día nuestro amor a Cristo, como ellos lo hicieron.





lunes, 26 de febrero de 2018

Gunpowder

   Si recordáis, la semana pasada recomendábamos aquí una serie de ciencia ficción muy interesante que todavía podemos ver en la famosa cadena de televisión en streaming Netflix: Altered Carbon (Laeta Kalogridis, 2018). En el artículo en cuestión, indicábamos que, más allá de ser un relato fantástico sobre un futuro posible, la serie presentaba unas preocupaciones humanas que denotaban la búsqueda de Dios por parte del hombre actual, como son la inmortalidad, el alma, la justicia divina y etcétera (aquí). Por este motivo, y dado el carácter pseudorreligioso de la obra, me gustaría traer hoy a colación otra serie (esta, de marcado tinte religioso), que puede ser vista en HBO, la cadena en streaming rival de aquella: Gunpowder (J. Blakeson, 2017). En efecto, se trata de una mini-serie de tan solo tres episodios (de una hora de duración cada uno, aproximadamente) que relata la persecución religiosa padecida por los católicos en la Inglaterra del siglo XVII, así como una de sus más célebres consecuencias: la Conspiración de la Pólvora (gunpowder = "pólvora"), orquestada por Robert Catesby y Guy Fawkes. Por desgracia, la serie ha pasado desapercibida, pero creo que debe ser recuperada por el público seriéfilo en general y por el católico en particular.   




   Es posible que algunos lectores, bien sean seriéfilos o cinéfilos, bien sean católicos, desconozcan los tres nombres citados en el párrafo anterior: Conspiración de la Pólvora, Robert Catesby y Guy Fawkes; sin embargo, este último se ha abierto un hueco en la cultura popular reciente, puesto que alguna vez nos hemos topado con su cara, aunque no lo hayamos reconocido en el momento, ya que se trata del hombre que inspira la máscara del famoso grupo de internautas y hackers de alto nivel Anonymous, la misma que aparece en un film de sorprendente impacto popular: V de Vendetta (James McTeigue, 2006). Sabiendo esto, sobre todo si los lectores citados han visto el largometraje, ya nos pueden sonar los otros nombres, puesto que su historia es resumida en esta última película: Catesby fue el ideólogo de la citada Conspiración de la Pólvora contra el rey Jacobo I de Inglaterra, mientras que el atentado fue frustrado cuando Fawkes lo estaba ejecutando en los sótanos del Parlamento inglés (desde entonces, se celebra en Inglaterra la Noche de Guy Fawkes cada 5 de noviembre, que es algo así como nuestras hogueras de San Juan, aunque con un marcado sesgo anticatólico).

   Pero, como decíamos arriba, aunque la serie pretenda relatar estos hechos históricos, recoge el necesario ambiente de persecución religiosa que vivieron los católicos de entonces, en un intento de justificar (o al menos, de explicar) la reacción de los citados Catesby y Fawkes; de este modo, se nos detalla la manera en que los católicos debían celebrar misa a escondidas, el modo en que debían disfrazar u ocultar a los sacerdotes que los atendían, o las torturas que padecían por parte del Gobierno inglés con el propósito de lograr su apostasía. Como hoy los efectos y el maquillaje han alcanzado tanto verismo, la serie no escatima en demostrarnos hasta qué punto fueron crueles estas últimas, puesto que vemos desmembramientos de ancianos, sajaduras mortales y hasta sangrientas decapitaciones que muy poco tienen que envidiar a las vistas en Braveheart (Mel Gibson, 1995), que es la madre cinematográfica de todas estas truculencias. En este sentido, cabe destacar el primer episodio de la serie, que es una obra maestra de la televisión contemporánea, ya que se trata de una hora de intensa dirección en la que vemos cómo una misa es celebrada con inimaginable devoción en el salón de una casa particular (recordemos que la familia está siendo espiada por agentes del Gobierno inglés, pero, aun así, dedican ese tiempo al Señor); cómo la familia que acoge dicha celebración debe esconder al sacerdote cuando los soldados llegan a la casa, y cómo, finalmente, estos últimos atormentan a los miembros de dicha familia, con el fin de lograr que renuncien a su fe (las exhortaciones con las que estos se animan al martirio, así como sus diferentes testimonios ante el verdugo, son dignos de los primeros mártires de Roma y un auténtico revulsivo para el espectador católico).

   Debo decir que me sorprende muchísimo que esta serie se haya llegado a emitir, puesto que entre sus productoras se encuentra la cadena inglesa BBC. Curiosamente, esta siempre se ha posicionado al lado del anglicanismo (por tanto, del anticatolicismo) más rancio, y siempre ha defendido tanto la escisión de Enrique VIII respecto de la Iglesia de Roma como las persecuciones llevadas a cabo por los sucesores de este, como la de su hija Isabel I, la peor y más sangrienta que se ha vivido en las islas británicas (por si desconocéis el dato, ella se jactaba de que en Londres se podía caminar incluso de noche, puesto que las hogueras en las que ardían los católicos iluminaban las calles); por este motivo, que patrocine una obra en la que se explique y justifique la acción de los católicos (¡incluso son tratados como héroes!) es cuanto menos extraño: ¿se trata de una reconciliación con la Iglesia, ahora que el anglicanismo está de capa caída y que se están dando multitud de conversiones al catolicismo?, ¿o bien consiste en una muestra más del revisionismo histórico que se está llevando a cabo en algunos países occidentales... menos en España? Lo ignoro, aunque me agrada profundamente que haya promovido esta gran serie (ello no quita que caiga un par de veces en esa leyenda negra que ella misma ha inculcado a los ingleses a lo largo de los años, puesto que vemos hogueras de herejes en El Escorial -!- y una traición subrepticia de los españoles a los católicos de Inglaterra -!!-).


      

   Como decía al comenzar este artículo, creo que se trata de una serie que debe ser recuperada por el público cinéfilo en general, así como por el católico en particular: los primeros, porque verán en ella una serie histórica bien narrada y presentada, con el grado de violencia y verosimilitud que requiere una obra de estas características (nada que ver con la prescindible y horrorosa Britannia, ni con la tendenciosa Rebellion, que narra los entresijos del Alzamiento de Pascua irlandés... ¡pero presentándolo como una revuelta feminista contemporánea!); los segundos, porque se acercarán a una época de la historia que ha caído en el olvido y que nos ha dado, sin embargo, grandes testigos de la fe, como santo Tomás Moro (¿a qué esperáis para ver o para volver a ver Un hombre para la eternidad?), san Juan Fisher y María Estuardo (esta, protagonista de un impagable film homónimo dirigido por John Ford en 1936).

   Por último, y si es verdad que se trata del fruto de un revisionismo histórico por parte de la BBC, me encantaría ver que aquí en España gozáramos también de uno, puesto que la sangre de multitud de mártires ha regado nuestro suelo, pero su gesta ha caído vilmente en el olvido (de manera vergonzosa, apuntaría yo). Ciertamente, la irregular Encontrarás dragones (Rolan Joffé, 2011) impulsó la realización de varias obras de esta temática, aunque con capital privado, como Un Dios prohibido (Pablo Moreno, 2013) y Bajo un manto de estrellas (Óscar Parra de Carrizosa, 2013), pero es algo que parece haber pasado de moda y que se suma a ese ocultamiento de la verdad (salvo honrosas excepciones, como la reciente Poveda). Es una pena, porque, como se suele decir, la historia olvidad tiende a repetirse, y hoy hacen falta muchos testigos católicos como aquellos que poblaron la Inglaterra del siglo XVII y la España de principios del XX.



sábado, 7 de enero de 2017

Silencio

   Esta entrada contiene la resolución del film, por lo que advierto que su lectura es peligrosa para aquellos que no deseen conocerla.


   Martin Scorsese es católico. Nunca lo ha ocultado. Tampoco ha negado que, en algún momento de su infancia, quiso ser sacerdote; muy al contrario, se trata de una anécdota que procura mencionar siempre que puede. Por estos motivos, resulta extraño que su acercamiento al cristianismo a lo largo de su filmografía haya sido tan escaso: podemos intuir esta fe (o una disertación sobre ella) en los protagonistas de Uno de los nuestros (¿tal vez su mejor película?) y en largometrajes como Toro salvaje (1980) y Al límite (1999), pero no encontramos una confesión explícita de la misma. Por desgracia, cuando quiso hacerlo, erró en su discurso y nos ofreció una imagen distorsionada (y blasfema) del Hijo de Dios mediante La última tentación de Cristo (en este sentido, también resulta inaudito que su mejor aproximación al cine religioso, Kundun, se la dedicase al budismo). Particularmente, pensé que, a través de Silencio, corregiría este derrotero; sin embargo, lejos de hacerlo, parece que se ha reafirmado en él. Veamos el porqué.




   La película se hace eco de la persecución religiosa que sufrió la Iglesia japonesa en pleno siglo XVII. Pese a lo que muchos puedan creer, se trataba, entonces, de una comunidad creciente, puesto que, desde la época de su fundación, a manos de san Francisco Javier, hasta el momento narrado por el filme, constaba de unos trescientos mil fieles. No obstante, estos fueron diezmados por las autoridades del país, que consideraron el cristianismo como una creencia propia de otras naciones y, por tanto, intrusa en su suelo y en su cultura. En su empeño por erradicar este supuesto enemigo, no solo ejecutaron a los nativos, sino que también hostigaron a los sacerdotes que los habían cuidado hasta el momento. Entre ellos, se encontraba el padre Ferreira, quien, según afirman las anotaciones contemporáneas, apostató y se convirtió al budismo.

   Esta noticia sorprendió tanto a sus hermanos jesuitas, que muchos de ellos se ofrecieron voluntarios para viajar a Japón, encontrar al sacerdote renegado y, al fin, devolverlo a la fe de la que había abjurado. Sin embargo, no queda constancia de que ninguno alcanzase su propósito, por lo que se resolvió que el padre Ferreira había aceptado de buena gana los tratados de aquel credo y que, por consiguiente, no deseaba retornar a su anterior creencia. Otros, empero, consideraron posible que su apostasía era un ardid encubierto, que albergaba la intención de vivir en secreto el cristianismo y, de este modo, propagarlo a los allegados (todo este relato puede ser leído de manera más detallada aquí). Esta última valoración es la que adopta el film de Scorsese.

   


   Sin embargo, se trata de un mero espejismo, puesto que, en el fondo, la película defiende una vivencia privada de la fe. En efecto, a medida que avanza el metraje, el sacerdote protagonista (un impagable Andrew Garfield) comprende las razones que han conducido al padre Ferreira a apostatar, y, por ello, decide sumarse a él. Por tanto, y según el film, la mejor manera de sobrellevar una asechanza es la rendición, el doblegamiento a las tiránicas imposiciones del perseguidor, que anhela precisamente el ostracismo de la fe (por supuesto, hablamos de la fe cristiana, pues el budismo, que vertebra la vida social japonesa, se presenta como inamovible).

   Como decíamos arriba, esta es la misma tesis que el cineasta mantuvo en La última tentación de Cristo, donde el mismísimo Hijo de Dios se cuestionaba el sentido del sufrimiento. Por esta razón, cuando este alcanzaba su paroxismo en la cruz, aquel imaginaba (o vivía realmente, pues no queda claro en el film) una existencia tranquila junto a una esposa y una prole, es decir, lejos de cualquier dolor causado por su convencimiento religioso. Tanto es así, que, cuando era asaltado por san Pablo, quien le proponía un compromiso mayor con el Padre, Jesús lo rechazaba y se refugiaba de nuevo en su vida reposada y normal (¡como el Andrew Garfield de la película que nos ocupa!). No obstante, y al margen de la blasfemia, el protagonista de aquel film terminaba comprendiendo el sentido del dolor y de la redención, y, por ello, volvía a la cruz, cosa que no hace el de Silencio.




   En esta postura de Scorsese, hay quien ve una confesión de su propia vivencia, que tendría que ser privada por culpa del alejamiento del cristianismo que existe en Hollywood (y que hemos denunciado en los artículos que aquí dedicamos a Mel Gibson: aquí y aquí). Sin embargo, ello no obsta para que considere a los mártires como ejemplos de personas que han preferido entregar su vida antes que apostatar. De otro modo, ¿qué sentido tendrían sus muertes?, ¿por qué merecería la pena ser torturado a causa de la fe, si esta podría ser vivida en la quietud del hogar? Evidentemente, no juzgo al cineasta por su discurso acerca de la lucha interna que conlleva el martirio (por cierto, muy bien expresada por él en este filme), sino por su empeño en proponerlo como un ideal absurdo: ¿acaso los japoneses crucificados no le sirvieron de ejemplo al sacerdote protagonista de la cinta?

   Bajo mi punto de vista, Socorsese ha perdido la oportunidad (otra vez) de hablarle al mundo explícitamente de su fe. Considero que ha partido de un material precioso y envidiable, pero que lo ha aprovechado para dar otro paso en falso (por supuesto, a un nivel moral, puesto que, técnicamente, la película es impecable). Me imagino, por tanto, qué habría sido del film si hubiese prescindido de esa resolución que lo estropea por completo. Una pena.