viernes, 3 de enero de 2020

Los dos papas


   Ha llegado el momento de hablar sobre Los dos papas, una película que ha levantado muchas ampollas por su visión de Benedicto XVI. Y es que, ciertamente, puede parecer que este no queda en muy buen lugar y que la cinta se ha creado con el único objetivo de humillarlo y de ensalzar a Francisco. Sin embargo, no creo que esta sea su verdadera intención, sino solo presentar una historia bajo el formato de buddy movie con los dos pontífices como protagonistas.




   Para empezar, debemos aclarar qué es una buddy movie. Se trata de un subgénero que, en español, podríamos traducir como “película de compañeros” o “película de colegas”. En él se ofrecen dos visiones contrapuestas de un mismo asunto (una buena y una mala, una antigua y otra moderna, etc.) que se acercan a medida que avanza el metraje de la cinta. Suele ser propio del cine policíaco (The French Connection, contra el imperio de la droga, Arma letal, Jungla de cristal III. La venganza, etc.), pero también ha flirteado con el religioso: Becket, Un hombre para la eternidad, El tormento y el éxtasis, Don Camilo, etcétera. De hecho, tal vez un clásico de las buddy movies religiosas subyazca tras la gestación de Los dos papas: me refiero a Siguiendo mi camino (Leo McCarey, 1944).




   En efecto, en esta conocidísima película, Barry Fitzgerald es un sacerdote chapado a la antigua, que regenta una parroquia decadente, frecuentada solo por personas mayores y asentadas en un ideario “carca”. Es por ello que la llegada de su vicario parroquial, Bing Crosby, no le gusta nada, puesto que este no solo rejuvenece la media de edad de asistentes al templo, sino que también canta, toca el piano y hasta funda un coro infantil; más aún, reconoce abiertamente que tuvo novia y que incluso se planteó casarse con ella antes de su ordenación. Todo ello colma el vaso de la paciencia de Fitzgerald, que hará lo posible por deshacerse de Crosby, aunque la bondad de este se impondrá sobre la intolerancia de aquel, que al final cederá.




   Siguiendo mi camino se convirtió en un éxito de taquilla, por lo que mereció todo el reconocimiento de la Academia de Hollywood, que la premió con el Óscar a la mejor cinta del año y con otras seis estatuillas más. Incluso debemos recordar que mereció igualmente el reconocimiento del Vaticano, puesto que el mismísimo papa Pío XII bendijo la copia que le fue entregada por Leo McCarey y Bing Crosby, ya que ambos eran católicos. Entonces, ¿cuál es el problema de la película que nos ocupa, que es en el fondo un calco de este clásico? Pues que, mientras que aquella estaba protagonizada por unos personajes de ficción, esta lo está por unos reales, que además están todavía vivos… y que siguen estando de rabiosa actualidad. Y es que enfrentar en una pantalla a dos personalidades que aún concitan odios y amores a partes iguales no debe de ser tarea fácil, porque contentará a los seguidores de uno y enfadará a los del otro (y no me refiero a los católicos, para quienes ambos papas son vicarios de Cristo en la tierra).




   Así es, el mundo moderno ha asumido como válida la idea de que Benedicto XVI representa una Iglesia anticuada y que Francisco personifica la remozada (¿cuántas veces no habremos oído decir que el segundo está más cerca de los jóvenes que el primero…, aunque no sea cierto?). Es por ello que la cinta elabora su guion según este fundamento comúnmente aceptado por la modernez, pero no con la idea de humillar a uno y ensalzar a otro, sino con el propósito de contraponer sus supuestas diferencias, como cualquier buddy movie que se precie: de ahí que a veces parezca caricaturizar a Benedicto por sus ideas “carcas” (como al Barry Fitzgerald de Siguiendo mi camino) y enternecer a Francisco por sus ideas “nuevas” (como al Bing Crosby de la misma película). Pero como todavía son personajes vivos que aún suscitan partidarios, tanto una cosa como otra molestan a cada uno de los bandos.




   En este sentido, solo echo en falta un libreto más elaborado. Y es que la cinta, como ya hemos señalado, se esfuerza por presentar respetuosamente ambas visiones…, pero sin profundizar en ellas. De este modo, por ejemplo, en el primer encuentro que mantienen Benedicto y Francisco, los dos profieren frases sacadas de sus respectivos discursos, pero muy mal hiladas, pues parece una simple contraposición de centones antes que un enfrentamiento teológico de envergadura: que si hay que tender puentes en vez de levantar muros (Francisco), que si hay que luchar contra la dictadura del relativismo (Benedicto XVI), etc. Un buen guion habría estudiado previamente la filosofía de cada uno de los contendientes y habría escrito sus intervenciones sin recurrir a esos tópicos mil veces repetidos, pero este ha preferido relegarlo todo al plano anecdótico y centrarse en esa clásica disputa entre lo antiguo y lo moderno.




   Pero esta mácula no ennegrece el grueso del filme, que es agradable y bien llevado, plagado de escenas memorables y entrañables (atención a esa en la que Benedicto toca el piano mientras Francisco recuerda su juventud en Argentina) e interpretado magistralmente por los dos actores protagonistas (más Hopkins que Pryce, todo hay que decirlo). Sinceramente, creo que es un error acercarse a ella con los prejuicios que imponen las respectivas banderías, puesto que si la cinta hubiese presentado a dos papas difuntos o a dos personajes ficticios, dudo mucho que hubiera levantado las ampollas que ha generado esta. Tal vez deberíamos fijarnos más en el reconciliador plano final, en el que Benedicto y Francisco ven juntos un partido de fútbol, que en toda la pugna dialéctica previa.



viernes, 13 de diciembre de 2019

Ad Astra


   Indudablemente, esta crítica llega tarde, puesto que Ad Astra se estrenó en nuestros cines hace ya más de tres meses. Sin embargo, no he podido resistirme a hablaros sobre ella, porque, ahora que nos acercamos al final de año y valoramos, por tanto, las cintas que se han estrenado, esta no se nos debe pasar por alto. El motivo es que quizás se trate de una de las mayores apuestas cinematográficas de 2019, de un buen exponente de la ciencia ficción contemporánea y de una de las mejores exhortaciones caritativas de la última década. Puede que en el texto encontréis algún que otro spoiler, por lo que, si no habéis visto la cinta, hacedlo antes de seguir leyendo.




   Ad Astra narra la vida del astronauta Brad Pitt, que, debido a su fama, es contratado para desempeñar una misión espacial (y especial): encontrar a su padre. Este, en efecto, partió hace mucho tiempo para localizar vida alienígena fuera de nuestro planeta, pero se perdió todo contacto con él cuando bordeaba las fronteras del sistema solar. Por otro lado, la Tierra se ve azotada por esporádicas tormentas eléctricas, cuyo origen es atribuido aquel, que estaría molesto por no haber coronado con el éxito su empresa. De este modo, Brad Pitt no solo debe hallar a su padre, sino también frenar sus presuntos ataques y llevarlo de vuelta a casa.




   Lo primero que tenemos que saber es que James Gray, el director de la cinta, no es un cineasta cualquiera. Así es, pues su intención al abordar cualquier proyecto consiste siempre en presentar una historia íntima o pequeña, pero revestida de grandiosidad. Es el caso de su anterior obra, Z. La ciudad perdida, en la que la búsqueda de la urbe amazónica solo servía de excusa para narrar la relación entre un padre y su hijo. La película que nos ocupa, pues, se inserta en este estilo, puesto que toda esa espectacularidad espacial que ostenta esconde, en el fondo, una historia muy íntima sobre el deseo de un hijo por reencontrarse con el padre al que no conoce.




   Por tanto, la odisea que lleva a Pitt a viajar desde la Tierra hasta los confines del sistema solar es una elocuente metáfora de su vida interior, del camino que debe recorrer hasta alcanzar la meta que ansía. Y, como en cualquier odisea que se precie, esta le servirá a él para conocerse a sí mismo, para descubrir los valores eternos de la vida (la familia, el amor, etcétera) en detrimento de los pasajeros (la fama, el éxito, el trabajo…); para ser consciente de su propia soledad y para darle un giro espiritual de 180° a su existencia. De alguna manera, pues, la cinta revisita la parábola del hijo pródigo, pero, aquí, este último no tiene que marcharse de casa para valorar el amor de su padre, sino que es este quien se aparta momentáneamente de su lado para hacérselo ver.




   Otro punto de interés que nos ofrece la cinta es su discurso a favor de la caridad humana. Así es, pues cuando Tommy Lee Jones espeta que ha fracasado en su propósito de encontrar vida extraterrestre, Pitt le asegura que ha triunfado en otro propósito: demostrar que los hombres nos necesitamos mutuamente. En efecto, si estamos solos en el universo, ¿qué mejor pretexto que este para ayudarnos a progresar y no para entorpecernos? En este sentido, me quedo con una frase que resume toda la trama de la cinta: «Nos pasamos toda la vida intentando encontrar vida fuera de nuestro planeta, pero obviamos la del que tenemos al lado». Ciertamente, puede parecer un mero discurso humanista, pero debemos indicar que tiene un sentido religioso muy potente, puesto que la figura de Dios sobrevuela todo el relato, ya que no solo se encomiendan a él antes de iniciar cualquier viaje, sino que también le rezan mediante el padre nuestro. 




   Sin duda, la película nos puede recordar a Interstellar, que también ofrecía un discurso sobre el amor, aunque disfrazado de ciencia ficción. Pero creo que el mensaje de esta es mejor, puesto que, mientras que el film de Nolan, que es una maravilla, sí que dejaba un amargo regusto de vacío existencial, esta deja un dulce sabor de esperanza. Como hemos dicho, pues, se trata de un buen ejercicio de reflexión sobre el ser humano actual, que se vuelca en cosas que no tienen importancia, pero que se aparta de las que realmente la tienen.



viernes, 29 de noviembre de 2019

El hombre en el castillo


   Por fin ha concluido la serie El hombre en el castillo, así que este es el momento oportuno para hablar de ella. Y es que los aficionados al cine y a la televisión solemos adelantarnos en nuestras críticas a las soaps operas, porque queremos ser los primeros en opinar sobre ellas. Pero ello conlleva un riesgo no pequeño, ya que, en muchas ocasiones, la serie que tanto nos gustaba… ¡termina siendo un bodrio! (¿quién no recuerda los sangrantes ejemplos de Perdidos y Juego de tronos?). Sin embargo, después de cuatro temporadas, podemos decir que, sin ser ninguna maravilla, esta que nos ocupa ha sabido mantener el mismo interés en cada una de ellas, por lo que se trata de una de las mejores apuestas televisivas del momento.




   No es ninguna novedad si decimos que la serie fabula sobre lo que habría ocurrido en Estados Unidos si Alemania hubiera ganado la Segunda Guerra Mundial y se hubiera repartido el país con el Imperio japonés. En esta tesitura, donde los nazis y los japos campan a sus anchas por las calles de Nueva York, surge una resistencia (¿qué película o serie de nazis sin ella?) que pretende recobrar la libertad de su pueblo. Pero la historia no solo presenta las desventuras de este grupo de insurgentes, sino también las problemáticas personales de los malos, que son el gobernador militar John Smith (Rufus Sewell)  y el inspector de policía Kido (Joel de la Fuente). 




   Para empezar, debo decir que yo me leí la famosa novela en la que se basa la serie hace ya mucho tiempo. Su autor, Philip K. Dick, es un reconocido escritor de ciencia ficción que siempre ha cautivado mi interés, porque ha sabido mezclar sabiamente distopía, religión y filosofía a partes iguales (aún recuerdo con mucho gusto el cartesianismo implícito de ¿Sueñan los androides con ovejas electrónicas?). Pero también ha sabido captar el interés de las majors hollywoodenses, que no han dudado en sacarle réditos a sus mejores novelas: Desafío total, Blade Runner, A Scanner Darkly, Minority Report… e incluso Electric Dreams, una serie fantástica de la que podéis gozar en Amazon Prime.




   Sin embargo, y a diferencia de lo que pudiera parecer en un primer momento, la novela no me pareció la mejor obra de su autor, incluso me pareció francamente mala. El motivo era que, pese a plantear un contexto sugerente (la victoria de los nazis en la Segunda Guerra Mundial y su posterior conquista de los Estados Unidos), se enzarzaba en demasiados problemas que hacían perder el hilo. Y así, lo que podría haber sido un estudio serio sobre dicha distopía, se convertía en una mera historia detectivesca sin mucho sentido. En su prólogo, el mismísimo Dick aseguraba que había procurado reflejar fielmente ese mundo imaginario dominado por el nacionalsocialismo, aunque lo cierto es que no se percibe. Por tanto, y a mi juicio, donde mejor se evidencia la mano del autor es en las disertaciones filosóficas y existenciales, que siempre son su mejor baza.




   Probablemente, los creadores de la serie hayan sido conscientes de estas carencias, por lo que han procurado corregirlas con indisimulada habilidad. Y así, en este sentido, lo más destacable es su diseño de producción, puesto que, donde la novela solo postulaba sutilmente la dominación nazi, aquí es mostrada con absoluta claridad: esvásticas por doquier, rituales nacionalsocialistas, redadas, persecuciones, idolatría constante del Führer, adoctrinamiento en los colegios, etcétera. De este modo, aquellos han imaginado por nosotros (¡y mucho mejor que Philip K. Dick!) cómo habría sido un mundo bajo la dominación hitleriana…, y dudo mucho de que se hayan apartado de la terrible realidad. Otro factor de importancia han sido los personajes, mucho mejor acabados que en la novela: a destacar, el de Juliana Crain (una más que aceptable Alexa Davalos) y el de John Smith (un fantástico Rufus Sewell, al que le había perdido la pista desde… ¡Dark City!). 




   Pero, por desgracia, no ha sabido suplir todos los errores del texto original… e incluso ha creado alguno que, inexistente en este último, ha enrevesado indebidamente la trama. Entre los primeros, debemos indicar el excesivo protagonismo de los japoneses. Y es que, sin lugar a dudas, la serie habría avanzado mejor sin la presencia de estos últimos, cuyos complots y giros argumentales no interesaban a nadie y eran presentados como elementos secundarios y, por tanto, innecesarios (si los malos solo hubieran sido los nazis, la ficción habría tenido más fuerza…, y eso que el personaje de Kido resulta, cuanto menos, fascinante). Respecto de los errores “creados”, debemos destacar los viajes interdimensionales, que son acertados en cuanto reflejan las ambiciones de los respectivos bandos (la libertad en el de los rebeldes, el ansia de conquista en el de los nazis, el anhelo de “otra vida” en el de John Smith, etcétera), pero completamente prescindibles para el desarrollo del guion.




   Por todo ello, y como decíamos al principio, se trata de una serie que, sin ser una maravilla, ha sabido situarse en el podio de las producciones televisivas actuales. Sus cuatro temporadas no solo no decaen en ningún momento, sino que van mejorando progresivamente, hasta alcanzar un final (heredado de Encuentros en la tercera fase) que, sin ser tampoco antológico, resulta bastante digno. No le pidáis peras al olmo, pero disfrutad de su sombra, porque, en esta canícula artística que estamos padeciendo, es de lo más agradable que vais a encontrar.




jueves, 26 de septiembre de 2019

La guerra de la Vendée


   Desgraciadamente, la guerra de la Vendée pasa hoy desapercibida para muchos católicos. Así es, pese a la gran entereza que demostraron los vendeanos al alzarse en armas contra toda una nación que pretendía abolir la monarquía y desterrar a Dios de Francia, son muy pocos los católicos que han oído hablar siquiera de esta hazaña. ¡Y eso que se cuentan por miles los mártires que dieron su vida en defensa de la fe! Napoleón mismo, al parecer, reveló que él admiraba a los vendeanos por la integridad que habían demostrado en su lucha contra la Revolución.

   Sabiendo esto, resulta extraño que el cine nunca se haya hecho eco de esta parte tan importante de la historia (aunque si tenemos en cuenta que la cronografía oficial francesa la ha silenciado constantemente, no nos debería sorprender). Sí podemos encontrar, sin embargo, bastante literatura, pero que también pasa desapercibida, ya que “altera” la versión aceptada por todos de lo que supuso para el mundo la manida Ilustración. De entre todos estos libros, nosotros recomendamos dos: El conde de Chanteleine, una novela del célebre Julio Verne que ha sido vetada durante muchos años en la “Francia de las libertades”, y La guerra de la Vendée, del profesor Alberto Bárcena, que recoge fiel y crudelísimamente los estragos causados por los revolucionarios en dicha región francesa. Pero en lo que se refiere al cine, que es quizás uno de los medios más influyentes de nuestro tiempo, nada. Hemos tenido que esperar a que una productora muy pequeña (insignificante, diría yo) y de ideario católico recogiera y filmara los hechos: Navis Pictures.




   La Vendée (o la Vandea, como era conocida antiguamente en español) es un departamento francés, situado al oeste del país galo, que se integra hoy en la región de los Países del Loira. En 1793, cuando la Revolución alcanza el territorio vendeano, este organizó un auténtico enfrentamiento contra ella, algo que lo abocó a una verdadera guerra civil que se perpetuó hasta 1796, y que en la actualidad, como ya hemos señalado, permanece ignorada por muchos (y entre ellos, muchos católicos). El motivo de este enfrentamiento no solo radica en la lucha por la legitimidad del rey, sino también, y sobre todo, en la pugna por la pervivencia de la fe católica. Y es que una de las consignas de la Ilustración era la erradicación de la Iglesia, o a lo sumo, su subyugación mediante el célebre Juramento de Fidelidad de sus curas a la Constitución Civil del Clero. En cuanto a los seglares, fueron sometidos a vejaciones y torturas que ejemplifican la crueldad que siempre han manifestado los perseguidores de la fe (un general francés se jactaba de que las aguas del río Vendée bajaban rojas por la sangre de las embarazadas que había ahogado en ellas). Y así, a pesar de que el Gobierno ilustrado propugnaba la defensa y la libertad de todos los ciudadanos franceses, los de la Vendée solo recibieron de su parte muerte, sometimiento y destrucción.

   No obstante la dureza de estos hechos, puede sorprender que la película esté protagonizada exclusivamente por niños. El motivo es que su productora, la citada Navis Pictures, tiene como propósito educar a estos en la fe y despertarles cierta curiosidad por el séptimo arte. Así es, como afirma Jim Morlino, su creador, la gran pantalla transmite hoy valores equivocados, algo de lo que se embeben los niños, por lo que es necesario que estos aprendan valores correctos, y eso se consigue mediante cintas adecuadas (ya lo hizo mediante la historia de santa Bernadette con bastante éxito). Pero ello no significa que la película sea ingenua, puesto que afirma a las claras el sustrato demoníaco que auspició la Revolución y vincula el martirio de las famosas carmelitas de Compiègne al fin de esta. Es decir, habla abiertamente del mal (cosa que hoy se les niega a los más pequeños) y de entregar la vida por un bien mayor (cosa que se les niega aún más).

   Sin duda, se trata de un film sorprendente y con muchísimas virtudes. Sitúa al espectador muy bien en el contexto histórico y aporta un relato fiel de los hechos acontecidos en la Vendée durante la Revolución francesa. Y principalmente, es un testimonio vivo de la valentía de unos hombres que prefirieron morir antes que renunciar a Dios y al rey de Francia.