El lunes pasado tuve la suerte de asistir al
preestreno de Las letras de Jordi. Se
trata de un hermoso documental que describe la vida cotidiana de un hombre con
parálisis cerebral. Su directora es Maider Fernández, una joven cineasta que,
sin ser religiosa, elabora una bella disertación sobre la fortaleza de la fe.
Jordi es un hombre de 51 años que padece
parálisis cerebral. Desde pequeño ha sido cuidado por sus padres, pero ahora
que estos son mayores, él mismo ha decidido ser trasladado a una residencia. Allí
conoce a la directora del film, Maider, con quien se comunica a través de un
curioso método: una tabla con letras y números que él va señalando para formar
palabras. En esta tesitura, Jordi le confiesa a Maider que de niño escuchó una
voz que lo impulsó a ir a Lourdes, y que desde entonces, procura viajar allí
cada año…
Como hemos señalado, Maider no se considera
una mujer creyente, pero sí se ha sentido fascinada desde siempre por el mundo
de la religión. Es por ello que, habiendo decidido rodar un documental sobre Lourdes,
tropezó con Jordi. Interesada, pues, por las razones que movían a este a
visitar cada año el santuario francés, descubrió a un hombre que, a pesar de
sus limitaciones, le transmitió una contagiosa alegría por vivir. Y así, cuando
le preguntó sobre el origen de esa dicha, él le respondió que provenía de Dios.
Pero no seamos ingenuos: la cinta no oculta
las dificultades que debe afrontar Jordi cada día. Por el contrario, está
rodada con un ritmo muy lento para hacernos partícipes de ellas. De este modo,
tomamos conciencia del pausado proceso que debe llevar a cabo para formar una
sola palabra…, y no digamos ya toda una frase (algo que nosotros hacemos habitualmente
con suma rapidez y sin pensar). La propia directora ha querido dejar constancia
de ello mostrando sus errores al interpretar el pensamiento de Jordi… y las frustraciones
de este cuando no se siente comprendido.
Sin embargo, gracias a este ritmo pausado, nos
vamos adentrando en la vida íntima de Jordi, caracterizada por un diálogo
constante con Dios. Y es que mientras que nosotros vivimos abrumados por la inmediatez
y el caos, y ello nos conduce a apartarnos del trato con el Señor, él vive
sujeto a una silla, sin prisas y envuelto por el silencio…, que es donde Dios
se deja escuchar mejor. De esta manera, aunque veamos en él a un hombre enfermo,
él ve que los enfermos somos nosotros, porque carecemos de su trato con Dios; y
aunque lo compadezcamos, él nos compadece a nosotros, porque no hemos descubierto
que la verdadera felicidad radica en el Señor.
Por
otro lado, la cinta es, aunque sin pretenderlo, un argumento muy oportuno contra
el vacuo debate de nuestro tiempo: la eutanasia. Así es, pues mientras que nuestros
políticos discuten acerca de la legalización de este asesinato encubierto, su
retrato de Jordi nos demuestra que este está más vivo que ellos, muertos por
una ideología abyecta. Y para convencerse de ello, tal vez deberían ser los
primeros en ver su cara de felicidad cuando se entrevista con Maider o cuando
se prepara para su ansiado viaje a Lourdes.
Evidentemente, es la gran película de este
fin de semana. Lejos de ser un vulgar largometraje de ficción como los que
atestan nuestras carteleras, es un bello documental que nos describe una vida
muy real. Y por ello, más allá de ser un film sin enjundia, es una profunda
disertación sobre la fe y la alegría de vivir.
Os he pillado. Este post no va sobre política. Con él no pretendo ensalzar ni denigrar
a Santiago Abascal. Lo siento. Pero es que no he encontrado un título mejor que
este para resumir lo que pretendo escribir hoy. Y es que no os he engañado del
todo, puesto que el protagonista de mi texto es el líder de Vox. Mejor dicho:
sus declaraciones recientes a un periodista, que me llamaron la atención y que
me recordaron indefectiblemente a la película El hombre sin sombra (Paul Verhoeven, 2000).
Así es, a la pregunta del periodista, que le
cuestionaba qué haría él si fuera invisible, Abascal afirmaba que nada
especial, porque, al creer en Dios, cree también que es observado por este y
que, por ende, es impelido a hacer el bien (podéis ver el vídeo aquí). La verdad es que no tengo datos
acerca de las reacciones que causaron en los medios estas palabras, puesto que
ni siquiera sé si trascendieron lo suficiente, pero sí sé que entre mis amigos
hubo opiniones de todo tipo…, aunque ninguna novedosa: que si no hay que mezclar
la religión con la política, que si se Abascal se aprovecha de la fe de unos
para conseguir sus votos, etcétera. Independientemente de todo ello, me
gustaría centrarme en lo que encierra esa respuesta del político: como Dios me
ve siempre, intentaría seguir portándome bien.
Y es que hay que reconocer que el citado
periodista dio en un clavo que siempre ha acompañado a los hombres: ¿qué
haríamos si nadie nos pudiese ver? Para ello, recurre al mito de Giges, que
llegó a ser rey de Lidia gracias a un anillo mágico que lo volvía invisible. El
mismísimo Platón se hizo eco de esta leyenda en su diálogo La república, donde explicaba que el hombre solo es bueno por temor
a las consecuencias sociales, y que, de hecho, si estas no existiesen,
cualquiera obraría conforme a sus propios intereses. Aunque, evidentemente, el
autor que mejor se aprovecharía de este supuesto sería H.G. Wells, quien, en su
célebre novela El hombre invisible, escribiría
que el protagonista, valiéndose de esta facultad, procuraría implantar un
reinado de terror sobre Inglaterra.
La película El hombre sin sombra, pues, se suma a esta corriente que opina que
el hombre solo es justo porque tiene normas que lo atan y que,
consecuentemente, si estas no existieran, se comportaría de forma injusta. Y he
de reconocer que, pese a sus deficiencias, la cinta recoge de manera perfecta
esta idea, puesto que su protagonista, que ya es reprobable de por sí, no duda
en satisfacer sus deseos más oscuros en cuanto tiene la oportunidad,
principalmente los de carácter sexual (atención a la terrorífica escena en la
que por fin puede entrar en la casa de la vecina a la que espía cada noche).
Así es, pues no creo que deba aclararos que ese es el tipo de pulsiones que
muchos elegirían satisfacer también.
Pero, como dice Abascal, el católico cree
que Dios lo observa siempre, incluso cuando pasa desapercibido para el resto de
seres humanos, por lo que intentaría portarse bien en todo momento. En efecto,
la misma Biblia asegura: «¿Adónde iré lejos de tu aliento, adónde escaparé de
tu mirada? Si escalo el cielo, allí estás tú; si me acuesto en el abismo, allí
te encuentro; si vuelo hasta el margen de la aurora, si emigro hasta el confín
del mar, allí me alcanzará tu izquierda, me agarrará tu derecha. Si digo: “Que
al menos la tiniebla me cubra, que la luz se haga noche en torno a mí”, ni la
tiniebla es oscura para ti, la noche es clara como el día, la tiniebla es como
la luz para ti» (Sal. 139, 7-12). Ciertamente, muchos pensarán al leer este
texto que se trata de una afirmación propia del Gran Hermano de Orwell, que
siempre vigila para ver quién lo traiciona y, de este modo, castigarlo. Sin
embargo, lejos de esta desfavorable concepción, la que ofrece la Sagrada
Escritura es bien distinta, puesto que responde a ello, y solo dos versículos
más adelante, con estas palabras: «Te doy gracias porque me has plasmado
portentosamente, porque son admirables tus obras: mi alma lo reconoce
agradecida».
Así es, lejos de pensar que Dios nos está
vigilando constantemente para castigarnos al más mínimo tropiezo, el cristiano
cree que lo hace para cuidarnos de todo mal y para recordarnos siempre la senda
del bien. Como un Padre amoroso que vela por su prole, él nos custodia a cada
uno de nosotros en particular para que no erremos en nuestras elecciones ni nos
apartemos de su lado. Es por ello que cada uno de nosotros, sus hijos, procura
responder con agradecimiento a este desvelo… ¡incluso cuando nadie nos ve! Y no
hace falta marcharse a una isla desierta para esconderse de los hombres, puesto
que en lo más recóndito de nuestro corazón podemos pecar contra alguien sin que
él mismo lo sepa: un odio, un deseo sexual, una envidia, etcétera. Sin embargo,
¿no dice la Escritura: «Señor, tú me sondeas y me conoces. Me conoces cuando me
siento o me levanto, de lejos penetras mis pensamientos»? Y es que, en efecto,
si aun a ese lugar oculto de nuestro interior llega la mirada de Dios, ¿cuánto
más no nos alcanzaría aunque fuésemos invisibles? Por ese motivo, repetimos con
el mismo salmo: «Sondéame, oh Dios, y conoce mi corazón, ponme a prueba y
conoce mis sentimientos, mira si mi camino se desvía, guíame por el camino
eterno». Es decir, sigue cuidando de mí… para que nunca me aparte de tu lado
por culpa de mi maldad.
Evidentemente, la película no valora ni por
asomo esta postura teológica que acabamos de presentar, sino que se preocupa
solo por desarrollar la idea del mal conforme es abordada por Platón y H.G.
Wells en sus respectivos escritos. En este sentido, y como ya hemos señalado,
es una cinta meritoria, porque quizás sea el mejor acercamiento que se haya
hecho nunca a esta lúgubre actitud (aunque todo buen cinéfilo que se precie tenga
en su memoria la versión de El hombre
invisible de 1933, lo cierto es que este no expresaba tan bien la
corrupción a la que puede llegar el hombre). Pero, precisamente por obviar la
figura de Dios, deja en el espectador un poso de amargura (no sé si de manera consciente),
porque su protagonista encarna el mal absoluto, alguien que es incapaz de
redimirse y que, por ello, camina irremediablemente hacia su propia destrucción.
Tal vez una sola mención al Dios omnisciente, que ve incluso en lo secreto y
que actúa a través de nuestra conciencia, habría redondeado el final del
producto.
Así que sí: os he pillado. Este post no iba de política, porque no he
querido ensalzar ni denigrar al líder de Vox, sino solo hacerme eco de sus
declaraciones; tampoco iba sobre cine, stricto
sensu, porque no he entrado a valorar técnicamente la película de Paul
Verhoeven, sino solo referirme a ella de manera tangencial. Iba sobre el problema del mal y la omnsiciencia de Dios, que siempre aparece de una forma u otra: ¿qué le importa a Dios que haga esto, si no daño a nadie?, ¿que más da que actúe así, si nadie me ve? Ignoro si Santiago Abascal es el hombre sin sombra del título, pero dudo mucho que, teniendo claro este concepto, busque verdaderamente el mal, porque quien cree en Dios, sabe que este siempre vela por su seguridad... y lo impele a hacer el bien.
Ha llegado el momento de hablar sobre Los dos papas, una película que ha
levantado muchas ampollas por su visión de Benedicto XVI. Y es que, ciertamente,
puede parecer que este no queda en muy buen lugar y que la cinta se ha creado
con el único objetivo de humillarlo y de ensalzar a Francisco. Sin embargo, no creo
que esta sea su verdadera intención, sino solo presentar una historia bajo el
formato de buddy movie con los dos
pontífices como protagonistas.
Para empezar, debemos aclarar qué es una buddy movie. Se trata de un subgénero
que, en español, podríamos traducir como “película de compañeros” o “película
de colegas”. En él se ofrecen dos visiones contrapuestas de un mismo asunto
(una buena y una mala, una antigua y otra moderna, etc.) que se acercan a
medida que avanza el metraje de la cinta. Suele ser propio del cine policíaco (The French Connection, contra el imperio de
la droga, Arma letal, Jungla de cristal III. La venganza,
etc.), pero también ha flirteado con el religioso: Becket, Un hombre para la
eternidad, El tormento y el éxtasis,
Don Camilo, etcétera. De hecho, tal vez
un clásico de las buddy movies
religiosas subyazca tras la gestación de Los
dos papas: me refiero a Siguiendo mi
camino (Leo McCarey, 1944).
En efecto, en esta conocidísima película,
Barry Fitzgerald es un sacerdote chapado a la antigua, que regenta una
parroquia decadente, frecuentada solo por personas mayores y asentadas en un
ideario “carca”. Es por ello que la llegada de su vicario parroquial, Bing
Crosby, no le gusta nada, puesto que este no solo rejuvenece la media de edad
de asistentes al templo, sino que también canta, toca el piano y hasta funda un
coro infantil; más aún, reconoce abiertamente que tuvo novia y que incluso se
planteó casarse con ella antes de su ordenación. Todo ello colma el vaso de la
paciencia de Fitzgerald, que hará lo posible por deshacerse de Crosby, aunque
la bondad de este se impondrá sobre la intolerancia de aquel, que al final cederá.
Siguiendo
mi camino se convirtió en un éxito de taquilla, por lo que mereció todo el
reconocimiento de la Academia de Hollywood, que la premió con el Óscar a la
mejor cinta del año y con otras seis estatuillas más. Incluso debemos recordar
que mereció igualmente el reconocimiento del Vaticano, puesto que el mismísimo
papa Pío XII bendijo la copia que le fue entregada por Leo McCarey y Bing
Crosby, ya que ambos eran católicos. Entonces, ¿cuál es el problema de la
película que nos ocupa, que es en el fondo un calco de este clásico? Pues que,
mientras que aquella estaba protagonizada por unos personajes de ficción, esta
lo está por unos reales, que además están todavía vivos… y que siguen estando
de rabiosa actualidad. Y es que enfrentar en una pantalla a dos personalidades
que aún concitan odios y amores a partes iguales no debe de ser tarea fácil,
porque contentará a los seguidores de uno y enfadará a los del otro (y no me
refiero a los católicos, para quienes ambos papas son vicarios de Cristo en la
tierra).
Así es, el mundo moderno ha asumido como válida
la idea de que Benedicto XVI representa una Iglesia anticuada y que Francisco personifica
la remozada (¿cuántas veces no habremos oído decir que el segundo está más
cerca de los jóvenes que el primero…, aunque no sea cierto?). Es por ello que
la cinta elabora su guion según este fundamento comúnmente aceptado por la modernez,
pero no con la idea de humillar a uno y ensalzar a otro, sino con el propósito
de contraponer sus supuestas diferencias, como cualquier buddy movie que se precie: de ahí que a veces parezca caricaturizar
a Benedicto por sus ideas “carcas” (como al Barry Fitzgerald de Siguiendo mi camino) y enternecer a
Francisco por sus ideas “nuevas” (como al Bing Crosby de la misma película).
Pero como todavía son personajes vivos que aún suscitan partidarios, tanto una
cosa como otra molestan a cada uno de los bandos.
En este sentido, solo echo en falta un
libreto más elaborado. Y es que la cinta, como ya hemos señalado, se esfuerza
por presentar respetuosamente ambas visiones…, pero sin profundizar en ellas.
De este modo, por ejemplo, en el primer encuentro que mantienen Benedicto y
Francisco, los dos profieren frases sacadas de sus respectivos discursos, pero
muy mal hiladas, pues parece una simple contraposición de centones antes que un
enfrentamiento teológico de envergadura: que si hay que tender puentes en vez
de levantar muros (Francisco), que si hay que luchar contra la dictadura del
relativismo (Benedicto XVI), etc. Un buen guion habría estudiado previamente la
filosofía de cada uno de los contendientes y habría escrito sus intervenciones
sin recurrir a esos tópicos mil veces repetidos, pero este ha preferido
relegarlo todo al plano anecdótico y centrarse en esa clásica disputa entre lo
antiguo y lo moderno.
Pero esta mácula no ennegrece el grueso del
filme, que es agradable y bien llevado, plagado de escenas memorables y
entrañables (atención a esa en la que Benedicto toca el piano mientras
Francisco recuerda su juventud en Argentina) e interpretado magistralmente por
los dos actores protagonistas (más Hopkins que Pryce, todo hay que decirlo). Sinceramente,
creo que es un error acercarse a ella con los prejuicios que imponen las respectivas
banderías, puesto que si la cinta hubiese presentado a dos papas difuntos o a
dos personajes ficticios, dudo mucho que hubiera levantado las ampollas que ha generado
esta. Tal vez deberíamos fijarnos más en el reconciliador plano final, en el
que Benedicto y Francisco ven juntos un partido de fútbol, que en toda la pugna
dialéctica previa.
Indudablemente, esta crítica llega tarde,
puesto que Ad Astra se estrenó en nuestros cines hace ya más de tres
meses. Sin embargo, no he podido resistirme a hablaros sobre ella, porque,
ahora que nos acercamos al final de año y valoramos, por tanto, las cintas que
se han estrenado, esta no se nos debe pasar por alto. El motivo es que quizás
se trate de una de las mayores apuestas cinematográficas de 2019, de un buen
exponente de la ciencia ficción contemporánea y de una de las mejores
exhortaciones caritativas de la última década. Puede que en el texto encontréis
algún que otro spoiler, por lo que,
si no habéis visto la cinta, hacedlo antes de seguir leyendo.
Ad Astra narra la vida del astronauta
Brad Pitt, que, debido a su fama, es contratado para desempeñar una misión
espacial (y especial): encontrar a su padre. Este, en efecto, partió hace mucho
tiempo para localizar vida alienígena fuera de nuestro planeta, pero se perdió
todo contacto con él cuando bordeaba las fronteras del sistema solar. Por otro
lado, la Tierra se ve azotada por esporádicas tormentas eléctricas, cuyo origen
es atribuido aquel, que estaría molesto por no haber coronado con el éxito su
empresa. De este modo, Brad Pitt no solo debe hallar a su padre, sino también
frenar sus presuntos ataques y llevarlo de vuelta a casa.
Lo primero que tenemos que saber es que
James Gray, el director de la cinta, no es un cineasta cualquiera. Así es, pues
su intención al abordar cualquier proyecto consiste siempre en presentar una
historia íntima o pequeña, pero revestida de grandiosidad. Es el caso de su
anterior obra, Z. La ciudad perdida, en la que la búsqueda de la urbe amazónica
solo servía de excusa para narrar la relación entre un padre y su hijo. La película
que nos ocupa, pues, se inserta en este estilo, puesto que toda esa
espectacularidad espacial que ostenta esconde, en el fondo, una historia muy
íntima sobre el deseo de un hijo por reencontrarse con el padre al que no
conoce.
Por tanto, la odisea que lleva a Pitt a
viajar desde la Tierra hasta los confines del sistema solar es una elocuente
metáfora de su vida interior, del camino que debe recorrer hasta alcanzar la
meta que ansía. Y, como en cualquier odisea que se precie, esta le servirá a él
para conocerse a sí mismo, para descubrir los valores eternos de la vida (la
familia, el amor, etcétera) en detrimento de los pasajeros (la fama, el éxito,
el trabajo…); para ser consciente de su propia soledad y para darle un giro espiritual
de 180° a su existencia. De alguna manera, pues, la cinta revisita la parábola
del hijo pródigo, pero, aquí, este último no tiene que marcharse de casa para
valorar el amor de su padre, sino que es este quien se aparta momentáneamente
de su lado para hacérselo ver.
Otro punto de interés que nos ofrece la
cinta es su discurso a favor de la caridad humana. Así es, pues cuando Tommy
Lee Jones espeta que ha fracasado en su propósito de encontrar vida
extraterrestre, Pitt le asegura que ha triunfado en otro propósito: demostrar
que los hombres nos necesitamos mutuamente. En efecto, si estamos solos en el
universo, ¿qué mejor pretexto que este para ayudarnos a progresar y no para
entorpecernos? En este sentido, me quedo con una frase que resume toda la trama
de la cinta: «Nos pasamos toda la vida intentando encontrar vida fuera de
nuestro planeta, pero obviamos la del que tenemos al lado». Ciertamente, puede
parecer un mero discurso humanista, pero debemos indicar que tiene un sentido
religioso muy potente, puesto que la figura de Dios sobrevuela todo el relato,
ya que no solo se encomiendan a él antes de iniciar cualquier viaje, sino que
también le rezan mediante el padre nuestro.
Sin duda, la película nos puede recordar a Interstellar,
que también ofrecía un discurso sobre el amor, aunque disfrazado de ciencia
ficción. Pero creo que el mensaje de esta es mejor, puesto que, mientras que el
film de Nolan, que es una maravilla, sí que dejaba un amargo regusto de vacío
existencial, esta deja un dulce sabor de esperanza. Como hemos dicho, pues, se
trata de un buen ejercicio de reflexión sobre el ser humano actual, que se
vuelca en cosas que no tienen importancia, pero que se aparta de las que
realmente la tienen.