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viernes, 5 de marzo de 2021

El diablo a las cuatro

   «El Señor es mi pastor, nada me falta. En verdes praderas me hace recostar. Me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas. Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan» (Salmo 23, 1-4).

   ¿A quién no le suena este salmo? Estoy seguro de que todos lo hemos oído –y recitado– alguna vez, sobre todo en misa. Y es que quizás se trate de uno de los textos más célebres de toda la Sagrada Escritura. Por este motivo, resulta extraño que, en la edad de oro del género religioso –los años 50–, el cine no recurriera a él con mayor frecuencia. De hecho, se tuvo que aguardar hasta los años 60 para que un film supliera esta carencia. Estamos hablando de El diablo a las cuatro (Mervyn LeRoy, 1961).  

 


 

   La película versa sobre un sacerdote que vive prácticamente desterrado en una paradisiaca isla del Pacífico. En tiempos, gozó de mucho prestigio, pero tras fundar un lazareto para niños, comenzó a ser menospreciado por los habitantes del pueblo. Por esta razón, perdió la fe y comenzó a ahogar sus penas en el alcohol. Pero nada de esto importará, puesto que, cuando el volcán que domina el lugar despierte, tendrá que hacer lo posible para rescatar de la lava a los leprosos.

   Podríamos decir que la cinta tiene dos vertientes: la aventurera y la religiosa. Respecto de la primera, debemos indicar que fue una cinta que antecedió en casi una década al cine de catástrofes naturales, que encontraría su eclosión en los años 70 con títulos como Terremoto, Ciclón, Meteoro o Avalancha; además, se trató también de la primera en presentar un volcán como protagonista, por lo que asimismo les marcaría el camino a películas como Al este de Java y, mucho más tarde, Un pueblo llamado Dante’s Peak o Volcano. En cuanto a la segunda, es indispensable señalar que se trata de la mejor –y única– alegoría del salmo 23 que se haya rodado jamás.

   En efecto, como ya hemos indicado, el sacerdote –un sensacional Spencer Tracy– vive hastiado por la deriva que ha tomado su existencia. Sin embargo, la erupción del volcán le recordará el sentido de su vocación, por lo que hará lo posible para rescatar a los niños y conducirlos a un lugar seguro. A partir de este momento, pues, la cinta se convierte en una explicitación de las palabras del salmo, ya que aquellos verán que, aunque caminen por cañadas oscuras, no han de temer, pues están siendo guiados por el buen pastor. Además, el largometraje cuenta con una subtrama de remisión muy emotiva que tiene como protagonistas a unos presos descreídos (entre los que se encuentra un también sensacional Frank Sinatra). 

 


 

   El diablo a las cuatro se convirtió en el último título en el que Spencer Tracy interpretaría a un sacerdote. Anteriormente lo había hecho en San Francisco –otro título de catástrofes naturales–, Forja de hombres y La ciudad de los muchachos, y con mucho éxito en cada una de ellas[1]. Su secreto estribaba en que él, siendo niño, había querido ingresar en un seminario, aunque los azares de la vida lo condujeran al final por la senda de la actuación. No obstante, el de esta cinta sea quizás su papel más personal, pues transformó al personaje en un sosias de sí mismo (recordemos que el actor padecía serios problemas de depresión y alcoholismo, pero que siempre confió en la misericordia de Dios, para que le perdonase sus pecados).

   En su momento, la crítica se fijó exclusivamente en el aspecto aventurero de la cinta y en sus sorprendentes efectos especiales (de hecho, las imágenes de la erupción serían aprovechadas en títulos posteriores, incluyendo la citada Al este de Java), dejándole muy poco espacio, pues, a su vertiente religiosa. Sin embargo, andando el tiempo, vemos que esta trama es la que de verdad propicia el desarrollo del argumento, por lo que se trata del auténtico núcleo del largometraje. Por tanto, estoy convencido de que, cuando lo veáis, encontraréis en él esa fantástica alegoría del salmo 23 que aquí estamos señalando.  

 


 



[1] Según parece, tras su aparición en San Francisco, los espectadores le remitieron multitud de cartas reclamándole consejos espirituales, como si de un sacerdote auténtico se tratase.

domingo, 2 de julio de 2017

Deep Impact

   Confieso que ignoro la mayor parte de las celebraciones del nuevo calendario laico. Me refiero a ese que está sustituyendo progresivamente al cristiano a través de la presentación de días internacionales de algo, como aquel hacía mediante la onomástica de santos. Así, aunque conozco la existencia de una jornada consagrada al cuidado de los bosques, me siento incapaz de recordar su fecha. Pero debo admitir que hay conmemoraciones que se han grabado en mi memoria, más por la sorpresa que por el interés. Es el caso del 30 de junio, día destinado a la prevención sobre la caída de asteroides.

   En efecto, según parece, y con el propósito de advertir a la humanidad del peligro que conlleva el impacto de uno de aquellos contra la Tierra, se determinó el establecimiento de esa fecha en el almanaque. Por supuesto, el día no fue escogido al azar, ya que se corresponde con la jornada de 1908 en la que un aerolito se estrelló en Rusia. El hecho no superó la anécdota, pues colisionó en una zona despoblada, pero suscitó la pregunta sobre lo que habría ocurrido si hubiese caído en cualquier ciudad del mundo (aquí). Por este motivo, y como apuntábamos, cada año en esa fecha se estudian los posibles remedios al problema del cielo.

   Cuando conocí esta efeméride, me vinieron a la cabeza dos películas estrenadas en los años noventa: Armageddon (Michael Bay, 1998) y Deep Impact (Mimi Leder, 1998). Ambas versaban sobre la posibilidad de que un meteorito chocase contra la Tierra, pero lo hacían desde diferentes puntos de vista: la primera, desde la perspectiva de la acción y la comedia; la segunda, desde la del drama. Posiblemente, esta diferencia consiguió que aquella se ganara el favor del público mientras que esta gustó más a la crítica. De cualquier manera, la segunda se acerca más a la intención del día del meteorito que la primera, por lo que le dedicaremos la entrada de esta semana. 



  
   Leo Biederman (Elijah Wood) es miembro del club de astronomía del colegio. Cierto día, descubre una gran mancha blanca en el cielo que resulta ser un cometa. Aunque él no lo sepa, se trata de un bólido que amenaza con caer a nuestro planeta. No obstante, cuando su descubrimiento sale a la luz, todos los gobiernos del mundo se unirán para evitar la colisión y salvaguardar así los intereses de la humanidad.

   Pese a lo que pueda parecer a tenor de su argumento, la cinta no es un largometraje de catástrofes moderno, en los que prima la espectacularidad sobre la vis humana; más bien al contrario, se remonta a la época clásica del género para mostrarnos una historia sobre las personas que padecen cualquier adversidad (véanse a modo de ejemplo Aeropuerto, Terremoto o El coloso en llamas). Por otro lado, la idea del film no es nueva, pues Hollywood ya la había afrontado en títulos como Cuando los mundos chocan (Rudolph Maté, 1951), Meteoro (Ronald Neame, 1979) y la citada Armageddon. Sin embargo, y a diferencia de estas tres, procura ahondar en una respuesta seria por parte de los gobernantes de la Tierra y, sobre todo, en la reacción del hombre ante un peligro de tamaña envergadura. 

   De este modo, nos encontramos en primer lugar con el niño que descubre el meteorito y con la chica de la que está enamorado; en segundo lugar, con la periodista que desvela la amenaza de aquel, oculta por el Gobierno de los Estados Unidos, y en tercer lugar, con el mismísimo presidente de este país, que debe asumir también el mando de la resolución del problema. A pesar de sus diferentes estratos, todos parecen compartir un único sentimiento como respuesta a dicho trance: el amor. Pero no solo lo acusan mediante el afecto, sino también a través del arrepentimiento y la solidaridad. En efecto, al margen de la campaña de salvación del género humano que recorre todo el metraje, estos personajes son hombres necesitados de una redención mayor antes de morir; por eso dedican sus últimos instantes a enmendar su pasado y al auxilio de quienes tienen cerca. Evidentemente, desconozco los planes gubernamentales destinados a socorrer a los hombres llegado el caso que narra la película, pero estoy convencido de que cada uno de estos reaccionará de la manera que esta plantea. Por este motivo, se trata de un gran film.




   Ciertamente, en una época del séptimo arte, la de hoy, en la que proliferan títulos de género catastrófico que parecen regodearse en la maldad de los hombres (véase a modo de ejemplo cualquier producto protagonizado por zombis, muy de moda en la actualidad), cintas como la presente nos recuerdan la bondad a la que estos también están llamados. De hecho, la reacción magnánima parece más común que su antagónica, pues todos conocemos la heroicidad que muestran determinadas personas a la hora de encontrarse ante una injusticia o una tragedia de cualquier magnitud, como un atentado terrorista. Por otro lado, es innegable que la proximidad de la muerte conlleva la acentuación de la fe y el deseo de acallar el remordimiento del alma, por lo que no son extraños el recurso a las oraciones olvidadas ni las postreras peticiones de perdón (en este sentido, recomiendo el film United 93 (Vuelo 93), sobre los atentados del 11 de septiembre en los Estados Unidos, ya que aúna ambos arrebatos de sinceridad humana).

   Pese a lo escrito, la película perdió la partida recaudatoria frente a Armageddon, que ofrecía el espectáculo del que esta renegaba. No dudo de que el film protagonizado por el mítico Bruce Willis exhibiera una diversión sin igual de la que todos gozamos en el momento de su estreno, pero le faltó esa vis personal que hace de Deep Impact un título superior. Por este motivo, desde aquí queremos reivindicar este largometraje, que nos devuelve la esperanza en un ser humano que, lejos de volcarse en su propio egoísmo, es capaz de manifestar lo mejor de sí mismo cuando está en peligro.



domingo, 5 de febrero de 2017

Manchester frente al mar

   Hace unas semanas, afirmábamos que nos encontramos en un período propicio para el buen cine de actualidad (aquí). El motivo es la inminente ceremonia de los Óscar, donde se premia a la mejor película del año. Para formar parte de esta gala, pues, las grandes productoras se reservan estos meses para estrenar sus largometrajes más acariciados. Asimismo, y con esta intención, suelen rodearlos de los factores que habitualmente gustan a los miembros de la Academia, sus anfitriones: corte clásico, actores consagrados, revisionismo histórico y valores norteamericanos.

   Curiosamente, la película que hoy nos ocupa no cumple ninguno de los citados requisitos. Sin embargo, ha entrado en la lista de candidatas al mayor premio otorgado en Hollywood (además de haber obtenido otras cinco nominaciones). El motivo tal vez estribe en su correcta manufactura o en la tragedia que palpita en el fondo de su metraje, más intensa que la del propio guion. Si se trata de esto último, no deja de ser una llamada de atención acerca del inmenso vacío que experimenta el hombre actual. 




   Lee Chandler (Casey Affleck) es un conserje de Boston. Cierto día, recibe una llamada telefónica de su ciudad natal, Manchester, en la que le informan del fallecimiento de su hermano. Rápidamente, se pone en camino hacia allí, puesto que debe organizar el funeral y todo lo relativo a la herencia. Aunque al principio se muestre preparado para asumir cualquier circunstancia, rechaza toda responsabilidad sobre su sobrino. El motivo es que arrastra una tragedia pasada que le impide hacerse cargo de él.

   Como hemos indicado, la película manifiesta claramente su amargo dramatismo, algo que la separa de los gustos de Hollywood a la hora de entregar el Óscar. Para ello, presenta unas actuaciones frías, una fotografía pausada y una música apenas audible (a excepción del momento culminante del metraje, que es acompañado por el famoso adagio de Albinoni). Asimismo, y para reflejar el estado anímico del protagonista, no duda en ofrecer un Manchester grisáceo y nevado, diáfanas alegorías de la pesadumbre y la tristeza. Pero, como anunciábamos, la verdadera tragedia se oculta detrás de estos fotogramas.




   En efecto, la película versa realmente sobre una persona que es incapaz de perdonarse. Este es el motivo por el que, a lo largo del metraje, vemos que no acepta la triste situación que le sobreviene. La muerte de su hermano, por tanto, se le presenta como un drama irresoluto, como un enigma que añade mayor dramatismo a su desdichada existencia. La soledad y el amargor, por consiguiente, se levantan frente al protagonista como un insalvable muro que nadie puede derribar. Incluso cuando tiene la oportunidad de redimirse, la desprecia, puesto que su pena es más profunda que el deseo de liberarse de ella.  

   Precisamente, esta tragedia remite a la necesidad humana de redención. Ya que el hombre es un ser imperfecto y que no actúa conforme al bien que anhela, ora por error, ora por mala intención, clama por la compañía de alguien que lo perdone y que lo guíe. Por desgracia, muchas veces no encontramos quien supla estas carencias, ya que todos se encuentran en la misma situación que nosotros; o bien, como el protagonista de la cinta, nos aferramos a un dolor del que no queremos desprendernos. 

   El cristiano, sin embargo, sabe que esa necesidad es cubierta por Dios. Este, en efecto, enviando a su Hijo, consiguió perdonarnos incluso aquello que nosotros no somos capaces de olvidar. Asimismo, nos concedió el guía imprescindible de nuestra propia existencia. Por tanto, ya no estamos solos en este mundo ni la desesperación tiene cabida, pues incluso la muerte ha sido dotada de un sentido escatológico.




   Al final, es cierto, la película entreabre una puerta a la esperanza, puesto que resalta el valor de la familia. Sin embargo, este es incompleto si no está cohesionado mediante la fe. Ciertamente, pese al amor que experimentamos en el seno familiar, este puede ser quebrado a través del egoísmo o de cualquier otro tipo de mal, como también insinúa el film. En definitiva, pues, quien suple la soledad del hombre, cura sus tristezas e incluso mantiene unida a la familia es el Dios ausente de esta cinta.

   Pese a todo, el largometraje es correcto, aunque imperfecto. Se trata de un buen film, aunque no es magistral. Por eso resulta extraño que la Academia de Hollywood se haya fijado en él. Tal vez, el motivo sea que hace un preciso detalle de la soledad humana y que esta, en el fondo, sea más una urgente llamada de atención a buscar el consuelo que andamos buscando. Este consuelo es ese Dios que guarda silencio durante la proyección y, quizás por eso, los miembros de aquella quieran hacernos ver cuánta necesidad tenemos de Él.


    

lunes, 7 de diciembre de 2015

Los miserables (2012)


   Una vez más, recibimos en este blog artículos de sus lectores, con el fin de hacer posible la reflexión cristiana a través del cine. En esta ocasión, podemos leer uno acerca del film Los miserables, dirigido por Tom Hooper en el año 2012.
   Espero que lo disfrutéis. 


   Estando a punto de empezar el año de la misericordia, me parece oportuno hablar de un film que creo que la representa con gran acierto. Esta joyita que hoy nos ocupa es una verdadera obra de arte que, a mi juicio, quizás algo osado, permanecerá como uno de esos clásicos que nunca pasará; como prueba, basta ver que el musical en que se inspira, que se lleva representado en Londres desde hace más de veinticinco años. La historia es tan extensa y profunda que cuesta ceñirse a algo concreto; todo aquel que vea el film en cualquiera de sus versiones (la presente, protagonizada por Russell Crowe y Hugh Jackman; la de 1998, con Liam Neeson y Geoffrey Russ; la miniserie de 2000, con Gérard Depardieu y John Malkovich, ¡o incluso la primera versión, la muda, de 1907!), podrá ver que me dejo muchas cosas en el tintero (más bien en el teclado). De las miles de cosas que se podrían decir, yo quisiera centrarme en los personajes de Valjean, Fantine y Javert, y de las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad. Cada uno destaca en una de las tres, pero también manifiesta una necesidad especial de otra.
 
 


 
   Si tomamos en primer lugar a Valjean, podemos ver a un hombre sin esperanza, que malvive como puede, y que, por un lado, llevado por la desesperación, y, por otro, por el amor a su hermana y su sobrino, roba un poco de pan, para evitar que mueran de hambre; por ello, es condenado, y pasará veinte años en prisión. Cuando sale de allí, camina como un vagabundo sin destino, sin esperanza, con un amor muy herido por el odio que le han mostrado y que él proyecta al mundo, hasta que el amor de Cristo lo alcanza a través del obispo de Digne, quien le hace ver que Dios es de verdad el amor que colma nuestra alma, más allá de toda esperanza, si tenemos fe en Él. Este encuentro le cambia la vida.
 
 
   En un segundo punto, vemos a Fantine, una joven cargada de amor y de esperanzas, pero sin nada sólido en lo que fundamentarlas, la cual, engañada por un amor de juventud, queda embarazada y abandonada. Esa herida le hace renunciar a la esperanza de ser amada por nadie, y pierde su fe en todo. Sin embargo es capaz de seguir adelante por amor a su hija, haciendo lo necesario para mantenerla a salvo, llegando al extremo de la prostitución.
 
 
   Esto nos lleva al tercero en discordia, Javert, un hombre implacable, con una fe férrea, pero absolutamente incapaz de mostrar amor, y, por lo tanto, de recibirlo. Javert, al igual que Fantine y Valjean, ha sufrido una infancia marcada por la miseria: él nació en una prisión y se crió en la calle, hasta lograr hacerse guarda de prisión, donde conoce a Valjean.
 
 
   A lo largo del film, podemos ver que la relación entre los tres nos enseña que lo que dice san Pablo es muy cierto: “Fe, esperanza y caridad; de las tres, la más importante es la caridad, el amor” (1 Co. 13, 13). ¡Pero hay que tener las tres! Sin fe, nos volvemos como la pobre Fantine, que no tiene nada sólido que sostenga su gran amor y sus esperanzas, y nos arriesgamos a caer bajo la tiranía de las pasiones descontroladas (¡cuántos matrimonios rotos por no haber puesto su amor y su esperanza a madurar en la fe!); si vivimos sin esperanza, al igual que Valjean, la fe se convierte en sospecha de todo, algo que nos encerramos en nosotros mismos y, así, el amor se pudre y se convierte en odio hacia todo y hacia todos; por último, si nos falta el amor nos convertimos, como Javert, en implacables jueces, incapaces de mostrar siquiera un atisbo de misericordia. El mismo Javert nos muestra lo que le ocurre a la gente que endurece su corazón hasta el final; Valjean, por el contrario, deja constantemente desconcertado a Javert con sus actos (esto se ve sobre todo cuando, finalmente, el policía se da cuenta de que esa idea que siempre le ha movido es falsa: el amor que le muestra Valjean le produce tal dilema, que no puede soportarlo, por lo que toma la decisión radical de suicidarse).
 
 
   Es bien conocida la expresión "la esperanza es lo último que se pierde". Creo que esto no es cierto, pues, como he dicho, las tres virtudes van de la mano, y el amor sostiene a todas. Pero claro, uno podría pensar: "suena muy bonito pero ¿cómo se vive con amor?". Valjean nos da la respuesta. Su vida misma es reflejo perfecto del amor de Dios vivido. Es alguien capaz de transmitir la misericordia que ha recibido previamente, pensando siempre en los otros antes que en sí mismo.
 
 
   Termino con un ejemplo claro que se puede ver en la versión de 1998. Cuando Valjean va a las barricadas a buscar a Marius para intentar convencerle de que deje la lucha y vaya con Cosette, cuando este le pregunta que qué les quedará si no lucha, que qué futuro les espera, Valjean, tomándole los brazos y mirándolo con una mirada paternal le contesta: "Tienes amor, es el único futuro que Dios nos da".
 
 

 Javier Orozco de Donesteve

miércoles, 21 de octubre de 2015

21 de octubre de 2015


   Para todo freak, el 21 de octubre de 2015 es un día grande, pues se conmemora la fecha en que Marty McFly viajó a nuestro tiempo desde el pasado en Regreso al futuro II. Por esta razón, es probable que hoy muchos caminen por la calle oteando el cielo en busca del Delorean o acudan al multicines más cercano para asistir al estreno de la improbable Tiburón 19 (a pesar de que la Universal nos haya deleitado con su falso tráiler). Desgraciadamente, el porvenir que vio el alter ego de Michael J. Fox en la citada película nunca llegó a realizarse, y todos aquellos adelantos que esta última nos presentó han quedado en una simple parodia de lo que podría haber sido (¿hay algún lector que no haya imaginado poder volar en su coche o usar uno de esos fabulosos aeropatines?).
 
 

   Debo reconocer que esta entrega es la que menos me gusta de la trilogía creada por Robert Zemeckis y Steven Spielberg, a pesar de que, probablemente, sea la más famosa de todas, pues repite demasiado los chistes de su antecesora y se basa en un argumento poco imaginativo, no obstante su diseño de producción. Por el contrario, me encantan la originalidad de la primera y el entrañable homenaje de la tercera al género cinematográfico por antonomasia: el western. En recientes declaraciones de ambos cineastas, se reveló que no existía la intención de dirigir tres filmes, por lo que, cuando se dio luz verde al proyecto de continuar la saga con Regreso al futuro II y Regreso al futuro III, esta última concentró la mayor parte del interés de todo el equipo, en detrimento de aquella. Y eso es algo que se percibe a lo largo de todo el metraje.  

   Sin embargo, al margen de consideraciones técnicas, lo que realmente siempre me ha llamado la atención en las cintas de este sub-género de viajes temporales ha sido el empeño del hombre por volver al pasado. Es cierto que la película que hoy conmemoramos versa sobre un traslado al futuro, pero la humanidad, de manera habitual, ha mirado hacia este con curiosidad científica o morbosa, no con el interés con que parece observar lo pretérito. Y yo me pregunto cuál es el motivo. 
 
 
 
   A mi juicio, la libertad innata del hombre conlleva un riesgo al que cada persona, en algún momento de su existencia, se enfrenta: el arrepentimiento. Por desgracia (o por suerte, pues no estamos condicionados por ningún instinto natural o hado mitológico que guíe nuestros pasos en la tierra), el ser humano está condenado a tropezar una y otra vez en el camino de su vida, a equivocarse, a contradecirse, a omitir lo que es necesario y a un largo etcétera de errores que hacen que se pregunte el modo de solucionarlos. En la reivindicable Frequency, por ejemplo, se nos hace partícipes de la historia de un hombre al que le gustaría haber pasado más tiempo con su padre; en la rescatable Los fantasmas atacan al jefe, de la biografía de un millonario que ha despreciado a su familia y que encuentra la oportunidad de redimirse, y en la interesante Looper, de la vida de un agente de policía que busca recuperar a su esposa.

   Es decir, el viaje al pasado es visto por la humanidad de hoy como una manera de liberarse del error que la persigue y, por consiguiente, de reordenar una vida que no le gusta (¿cuántas veces hemos dicho o pensado las cosas que cambiaríamos si pudiésemos retroceder en el tiempo?). Pero esto no es posible (y difícilmente llegará a serlo algún día), por lo que los hombres solo podemos fantasear con lo que podríamos haber hecho y nunca llegamos a hacer o redundar en nuestro dolor causado por algún error cometido. Sin embargo, aunque lo primero no tenga solución inmediata, lo segundo sí, pues el arrepentimiento de una acción pasada puede conducir al sujeto a una verdadera conversión de vida que lo conduzca al reordenamiento que tanto anhela.
 
 

   Supongamos que una persona asiste al funeral de su madre y que, durante el sepelio, experimenta el pesar de no haber disfrutado de su presencia tanto cuanto debería haberlo hecho. Por un lado, puede redundar en su dolor y ahogarse en su tristeza, pues, efectivamente, nunca volverá a vivir con ella tales momentos; mas, por otro lado, puede canalizar ese amor hacia las parientes que aún viven, como su padre, su esposa o sus hijos, de manera que no se tope nuevamente con la estremecimiento de no haber demostrado todo lo que siente por ellos.

   Pero existe un arrepentimiento de orden superior, que es aquel que nace de una ofensa o de una vida desastrosa; ante él, el hombre siente una profunda tristeza, que incluso puede llevarlo a la desesperación, pues, por ejemplo, la ofensa ha sido tan grave que ha desestabilizado su propia existencia de manera irremediable. En casos así, hay veces en que el perdón humano no está presente, por lo que la vida del afectado se desenvuelve en un fino precipicio que cae hacia el abismo. Frente a esto, la única solución es la misericordia de Dios, que es capaz de condonar cualquier pecado que sea reconocido de corazón, y devolverle al hombre la dignidad o la ilusión que haya podido perder. Él, ciertamente, no nos trasladará a un tiempo pasado, para que podamos corregir las cosas malas, pero sí nos dará una capacidad de perdón y comprensión que nos liberará del yugo que nunca supimos desuncir. De este modo, seremos capaces de amar como antes no supimos o de entregarnos a otra persona como antes no logramos hacerlo.

   Por desgracia, como el creyente escasea cada vez más, el hombre de hoy seguirá soñando con la posibilidad de viajar en el tiempo para reordenar su vida, en vez de arrodillarse delante de un sacerdote y pedir el perdón que Dios está deseando otorgarle. El cristiano, sin embargo, podrá imaginar también que va de un lado a otro entre el presente, el pasado y el futuro, pero sabrá que los problemas que haya tenido en lo pretérito o los errores que haya podido cometer, encuentran su solución en el Padre del cielo, que es el único capaz de devolverle sentido a una vida echada a perder o perdonar los pecados que vamos almacenando y que nos impiden mirar con confianza al futuro que se nos abre por delante.