Mostrando entradas con la etiqueta ideología. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ideología. Mostrar todas las entradas

lunes, 6 de marzo de 2017

1984

   Hace unos meses, mediante la película Los niños del Brasil, criticábamos la supuesta campaña en favor de la transexualidad infantil que vimos en el norte de España (aquí). En el artículo, afirmábamos que no existía un verdadero interés por los niños, sino que estos servían de conejillos de Indias a unos ideólogos que pretendían establecer como cierta su doctrina. Aunque al principio pensábamos que aquel polémico anuncio sería prontamente olvidado, sobre todo a tenor de la reacción suscitada en los padres vascos y navarros, la semana pasada volvió a ocupar el espectro informativo. Pero lo hizo a través de una operación dirigida por el grupo Hazte Oír. En ella, corrigiendo la frase promocional de aquella, se dice que los niños tienen pene y que las niñas tienen vulva. Esta aseveración, que no solo puede ser confirmada por la biología, sino también por el sentido común, ha sido objeto, sin embargo, del mayor desprecio por parte de nuestros políticos y de no pocos ciudadanos de a pie.

   En efecto, si uno repasa los informativos de la semana pasada, encontrará que la mayoría de los medios acusó de fascismo a la organización Hazte Oír. Muy pocos se hicieron eco de la autenticidad de su lema, pues habrían sucumbido irremediablemente al furor del lobby LGTBI y de todos sus adláteres, que proliferan de manera especial en la red. O bien, se habrían enfrentado a la Justicia, que parece plegada a los dictámenes de dicho grupo de presión. Sea como fuere, lo cierto es que se ha desvelado una dictadura encubierta y se ha evidenciado la persecución de la verdad.




   Sin duda, mencionar la famosa novela de George Orwell 1984 es un tópico, puesto que sale a relucir siempre que nos encontramos con una situación social desagradable. Pero su acierto en el tema que traemos a colación es tan grande que no podemos prescindir de ella. En verdad, más allá de su conocidísimo Gran Hermano o de su denuncia a la invasión de la intimidad, presenta también un retrato fiel de una humanidad sometida a la mentira. Esta, en efecto, se ha convertido en el mejor vehículo para gobernar a los hombres, puesto que los esclaviza a la voluntad del omnipotente Partido.

   Por desgracia, y ya que este blog fundamenta sus textos en el séptimo arte, debemos indicar que no existe ninguna adaptación cinematográfica aceptable de dicho libro. Ciertamente, la más conocida es la dirigida por Michael Radford en 1984, pero es plúmbea y difícil de ver, puesto que está cargada de referencias a la obra de Orwell; en consecuencia, puede ser incomprensible para el espectador que no haya leído la novela. Sin embargo, hace hincapié en la mentira que gobierna el mundo, elemento que la dota de un interés notable.



   En efecto, la película nos presenta un mundo regido por un partido totalitario y omnipresente. Su capacidad de control sobre los individuos es tan grande que abarca la programación televisiva y que somete a los ciudadanos a constantes pruebas de lealtad. Además, manipula todo tipo de información, con el propósito de acomodarla a las exigencias del momento. Para ello, usa el Ministerio de la Verdad, con el que altera las noticias o cambia la historia a su antojo. El mayor ejemplo de ello es la guerra que recorre de fondo todo el metraje de la cinta: esta se lleva a cabo contra diferentes enemigos, pero siempre que se inicia con uno de ellos, se afirma que este ha sido el eterno aliado, mientras que el otro ha sido su contrario desde el principio. No en vano, el film comienza con esta siniestra afirmación: "Quien controla el presente controla el pasado; quien controla el pasado controla el futuro".

   En este desasosegador futuro, solo una persona descubre la trampa del engaño. Por eso, procura escribir un diario en el que poder desvelar la tiranía del Partido. Sin embargo, la Policía de este último lo descubre y lo encierra en un calabozo, donde, gracias al terror, consigue que renuncie a sus ideas y abrace las que aquel impone. Su confusión es tan grande que desconoce cuál es la verdad; por eso, cuando intenta sumar dos más dos, ni siquiera sabe qué responder.



   Indudablemente, esto tiene su correspondencia en la campaña que hemos visto estos días contra el lema de Hazte Oír. En primer lugar, aparece una campaña en favor de la transexualidad infantil, en la que se miente de manera diáfana contra la biología básica y el sentido común; en segundo lugar, aparece una campaña contraria a aquella, que evidencia dicha mentira y que es tan legítima como ella, puesto que se ampara en la libertad de expresión del individuo. Sin embargo, la que es acusada y ajusticiada es la segunda, mientras que la primera queda impune. De esta manera, la mentira se ha convertido en una verdad incuestionable y esta ha pasado a ser falsa. Este argumento es tan absurdo como defender que la tierra gira en torno al sol, y ser apresado por ello.

   Por supuesto, esta comparación no es baladí. En efecto, es probable  que los mismos que tildan de retrógrados a Hazte Oír por se defensa de la verdad, sean los que acusen a la Iglesia por su oposición a la ciencia. De este modo, mientras que incriminan erróneamente a esta última del asesinato inquisitorial de Galileo Galilei por su sistema heliocéntrico, se posicionan a favor de una postura contraria a la biología. Así pues, ¿quién está realmente del lado de la verdad?, ¿quiénes son por tanto unos retrógrados contrarios a la ciencia? Es por ello que la verdad más esencial está siendo hoy perseguida por la mentira más vulgar.




   No obstante, y como acontece en el film, nadie se atreve a proclamar la verdad, por muy evidente que esta sea, puesto que la Inquisición laica de nuestros días posee métodos de tortura infalibles. Sin duda, el mejor de ellos es el desprecio. Ciertamente, como indicábamos en nuestro análisis de La invasión de los ultracuerpos (aquí), ser señalado con el dedo y ser identificado como cavernícola es una humillación para cualquiera, por lo que es mejor pasar desapercibido y disimular la deglución de la mentira que nos inoculan (para comprender que esto es más eficaz que una cámara de gas, solo debemos echar un vistazo al siguiente vídeo: aquí).

   En efecto, como en aquellas reuniones multitudinarias del film, o en aquellos mensajes televisivos que bombardean una y otra vez la mente de los ciudadanos, hoy nos fabrican una opinión. Pero no nos la ofrecen, puesto que el masticarla podría ser costoso: nos la trituran, para que podamos digerirla mejor y vomitarla en cuanto tengamos la oportunidad. De esta manera, como el bebé que regurgita su potito sin prestar atención a los adultos que lo rodean, el Partido quiere que nosotros devolvamos la opinión precocinada, independientemente del nivel cultural de la persona que nos observa, ya sea científico, clérigo o ama de casa... todos ellos quedan estupefactos ante la falta de sentido común de quien profiere una mentira disfrazada de verdad: ¡los niños tienen vulva y las niñas tienen pene!




   Al final, queda como un atisbo de autenticidad la conocida exhortación del Señor: "La verdad os hará libres". En efecto, como el bebé que vomita sin contemplaciones el argumento que le han obligado a comer, la sociedad actual estará pendiente de la nueva mentira que deba ingerir: los monos son personas, el incesto debería estar permitido, la pedofilia no sería tan horrible si se consintiera, o el sexo con animales debería obligarse en los colegios como experiencia grupal, antes, por supuesto, de pasar a la asignatura de orgía comunitaria. Es decir, está aherrojada a la opinión que la nutre; no sabe sumar dos más dos, mientras que no le indiquen cuál es el resultado.

   Por el contrario, el que vive en la verdad, no está sometido a los vientos mendaces que lo embisten. Tiene un criterio propio, un razonamiento fundado en la realidad. Es, por consiguiente, más libre, y será capaz de responder que dos más dos son cuatro, o que los niños tienen pene y que las niñas tienen vulva.


  

domingo, 15 de enero de 2017

Los niños del Brasil

   Sin duda, la noticia de esta semana ha sido la campaña en favor de la transexualidad infantil que se ha promovido en el País Vasco y en Navarra (aquí). En ella, es posible ver a un grupo de niños de sexo tergiversado que, cogidos de la mano, rubrican el lema que los acompaña: "Hay niñas con pene y niños con vulva: así de sencillo". Por suerte, varios medios de comunicación se han hecho eco de la mentira (y de la malicia) de este aserto, y, sobre todo, han contradicho científicamente los datos que parecen respaldarlos (aquí); asimismo, ha suscitado el desprecio de una sociedad que ya está cansada de soportar tanta manipulación ideológica (aquí). Pues esta es la verdad que subyace tras dicha operación publicitaria.

   Lamentablemente, no he sido capaz de recordar ninguna cinta que refleje la manipulación social que estamos viviendo (tal vez se deba a que ningún cineasta imaginó jamás que esta corrompería la inocencia infantil). Pero esta campaña sí que me ha traído a la memoria un film de temática similar: Los niños del Brasil (Franklin J. Schaffner, 1978). En esta película. el profesor Mengele, instalado en Paraguay tras la Segunda Guerra Mundial, experimentaba con unos niños para crear un nuevo Adolf Hitler. Con este propósito, pretendía la resurrección del Imperio alemán y la supremacía indiscutible de los arios sobre las demás razas de la tierra. Desconozco si los nazis experimentaron alguna vez con la sexualidad de los niños, pero la idea que hay detrás de esta ideología de género no se aleja mucho de sus postulados.




   Ante todo, deberíamos recordar quién era Josef Mengele (1911-1979). Se trataba de un médico y antropólogo germano que se afilió muy pronto a los dictados del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (más conocido entre nosotros como Partido Nazi). Durante la Segunda Guerra Mundial, trabajó en el funesto campo de concentración de Auschwitz, donde llevó a cabo numerosos experimentos pseudeocientíficos que pretendían demostrar la superioridad aria. Pero estas no fueron las únicas pruebas que ejecutó, sino que también mostró interés por la supuesta vinculación psicológica que unía a los hermanos gemelos y por el estudio de las malformaciones humanas. En el fondo, sus proyectos no estaban causados por una preocupación intelectual, sino por un oscuro sadismo. Esto lo evidencian sus ensayos con niños: en ellos, solía inyectar productos químicos en  los ojos de estos últimos con el fin de tornarlos azules, o coser unos a otros con el propósito de crear siameses. Pese a estas aberraciones, Mengele consiguió huir de los Juicios de Núremberg y refugiarse en Sudamérica, donde vivió hasta su muerte, que lo alcanzó de manera natural mientras nadaba en el mar.

   Pero lo más inaudito de este médico nazi fue su obstinada contumacia. En efecto, a pesar de los años que habían transcurrido desde su participación en el campo de Auschwitz, nunca mostró arrepentimiento; al contrario, mantuvo la tesis de haber servido con lealtad a la causa del imperio nacionalsocialista. Es decir, sojuzgó la ciencia médica, destinada a la salvaguarda del bienestar de la humanidad, con el ideario político del nazismo. Que no experimentase ningún tipo de contrición desde lo días en que ejecutase sus macabras pruebas, queda de manifiesto en que trataba con ternura a sus conejillos de Indias mientras aquellas duraban, pero no vacilaba en quemarlos o gasearlos cuando concluían. Para él, los niños eran un mero instrumento al servicio del partido.




   En la campaña de la transexualidad vista en el País Vasco y en Navarra, nos encontramos con la misma motivación: no importa la salud infantil (en este caso, psíquica), sino el apoyo al ideario de la nueva sociedad. Como hemos mencionado, han aparecido diversos artículos que desmienten todo el entramado que teje esta ideología (aquí y aquí, por ejemplo), pero, al mismo tiempo, han sido menospreciados como falsos o de poca relevancia. La razón es que muestran una verdad incómoda para esta nueva era: sencillamente, la verdad. ¿Cuántos niños nacen con vulva?, ¿cuántas niñas nacen con pene? ¿Acaso esto no es producto de una intervención quirúrgica que nada tiene que ver con la naturaleza de esos niños? Sin embargo, esto no es lo que importa: lo que prevalece es la imposición de una ideología falsa, de una mentira al servicio de un propósito. Al final, quienes han promovido estos carteles han utilizado a los niños para su fin, pero los arrojarán a la cámara de gas o al crematorio cuando ya no los necesiten.

   Mis preguntas son las siguientes: ¿en qué consiste esa nueva sociedad?, ¿cuál es la intención que subyace tras esta ideología?, ¿cómo pretenden que sea esa suerte de imperio alemán que Mengele ambiciona en el film? Supongo que hay un maligno interés gregario, que busca el sometimiento del hombre a sus pasiones e instintos, privándolo de su dignidad y de su libertad. Ciertamente, cuando el sexo es tratado de manera impúdica, todo se deprava y empuja al ser humano a comportarse como un mero animal, que solo anhela satisfacer sus necesidades primarias. De este modo, el adocenamiento es más fácil, ya que los animales carecen de la capacidad de razonar de la que gozamos los hombres. Tampoco descarto la existencia de un provecho económico, puesto que todas esas necesidades son saciadas mediante el dinero (recordemos que la susodicha campaña ha sido financiada por un empresario norteamericano).




   En la película, hay dos frases que resumen perfectamente esta situación, ambas pronunciadas por el doctor Mengele. Por un lado, esta: "Hemos convertido el mundo en un inmenso laboratorio", frase que hemos intentado desgranar a lo largo del texto; por el otro, la siguiente: "Una vez que los padres han cuidado de sus hijos, ya no los necesitamos para nada". En efecto, el gran triunfo de este nuevo orden es haber roto la familia, que es la sede de la libertad, de la identidad y de la dignidad del individuo. En cuanto se ha conseguido que los niños sean arrancados de sus padres, ya son víctimas de estos experimentos sociales; por eso interesa que crezcan rápidamente, que despierten cuanto antes al sexo y que este sea depravado enseguida, para que se pueda corromper su inocencia y esclavizarlos a sus pasiones. Sin embargo, hoy son muchos los padres que ven con buenos ojos este adoctrinamiento, por lo que lo propician en orden al bienestar y a la salud psicológica de su prole: "Si es lo que él quiere..." (aquí).

   Finalizando el metraje, Mengele se dirige al hogar donde inició sus experimentos. Allí, piensa que encontrará al futuro líder del imperio alemán, que él mismo ha cuidado mediante un adiestramiento concreto. Sin embargo, descubre que este no ha respondido correctamente a los estímulos que le había preparado, sino que actúa de forma imprevista. De esta manera, pues, yo deseo que ese reducto de libertad, que toda persona alberga en su interior, no sea eclipsado por el ambiente tan pernicioso que estamos viviendo; espero que esos niños (¡esas víctimas inocentes!) se rebelen contra el aleccionamiento que padecen y descubran así que su auténtica libertad y su verdadera salud psíquica estriban en aceptar su propio género.