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viernes, 16 de agosto de 2019

Unplanned


   Como sabéis, hace ya varios meses que no escribo en el blog. El motivo es que, desde hace algo más de un año, estoy enfrascado en la escritura de un libro sobre cine cristiano. Nunca pensé que un proyecto así requiriese tanto tiempo, pero lo cierto es que sí. Es por ello que, pese a mi compromiso inicial de publicar una entrada cada semana, no he sido capaz. Sin embargo, no quería dejar pasar la oportunidad de recomendaros una película que he visto recientemente y que me ha conmovido mucho: Unplanned.




   Es probable que el título os suene a más de uno, puesto que la cinta no ha estado exenta de polémica desde su estreno (e incluso desde antes de su estreno). La razón estriba en que se trata de un filme que procura destapar todo el entramado que sustenta a Planned Parenthood, la gran empresa abortista norteamericana que se lucra del sufrimiento y de la inseguridad de las mujeres embarazadas (principalmente, de las primerizas o de las adolescentes). Para ello, recoge el testimonio real de una de las directivas más importantes de la compañía, que decidió abandonar esta última tras presenciar uno de los abortos que se practicaban en ella; asimismo, detalla el proceso judicial que emprendió la empresa contra su persona con el fin de acallar sus quejas y su recién adquirida condición provida.



  
   El largometraje es una producción de Pure Flix, un canal de cine online que únicamente ofrece a sus suscriptores contenido cristiano (eso sí, evangélico). Entre sus obras más destacas se encuentran títulos como El caso de Cristo, Dios no está muerto. Una luz en la oscuridad y Un golpe del destino, que suelen plantear temas de absoluta actualidad: en la segunda de ellas, por ejemplo, se analiza un problema real acerca de la conveniencia (o no) de mantener una capilla en terreno universitario, algo que no nos es ajeno a los españoles. Curiosamente, son cintas que no llegan a nuestro país o que lo hacen de manera comedida, pese al éxito que recaban en Estados Unidos (sin ir más lejos, God´s not Dead 2, inédita en España, se saldó en su país de origen con una recaudación similar a la de Batman v Superman. El amanecer de la justicia; y en cuanto su antecesora, God´s not Dead, también desconocida en nuestro suelo, se considera una de las cintas más rentables del séptimo arte por el éxito alcanzado solo en su primer fin de semana de exhibición). Difícilmente, la película que nos ocupa iba a llevar un camino diferente: por eso, o mucho me equivoco, o no podremos verla en España.




   Por otro lado, y por saber meter el dedo en la llaga de la conciencia de los norteamericanos, se trata de una productora que ha contado con muchas dificultades a la hora de estrenar sus filmes, aunque el mayor de ellos le llegó de la mano de Unplanned. Así es, pues durante su rodaje, los actores tuvieron que sufrir el acoso de Planned Parenthood, que no quería que sus actividades salieran a la luz (de hecho, la cinta tuvo que rodarse finalmente en secreto y no se desveló el nombre de los intérpretes en lo sucesivo); la cuenta oficial de Twitter le fue cancelada en varias ocasiones, y ninguna distribuidora quiso hacerse cargo de ella para evitar problemas con la citada empresa. Y no solo eso, sino que, una vez estrenada, muy pocas cadenas de televisión quisieron anunciarla y hasta fue prohibida en Canadá. Además, la MPAA la calificó para mayores de diecisiete años por su contenido sangriento... ¡pese a que solo sale un aborto en su prólogo y es mostrado únicamente a través de un encadenamiento de imágenes nada explícito!


 

   Solo por esa incomodidad que ha generado tanto en Estados Unidos como en Canadá, merece la pena verla, pues, evidentemente, es un film que ha removido las conciencias de muchos y que delata el negocio del aborto. Pero, al margen de eso, también se trata de una cinta muy bien dirigida y que muestra a las claras sus argumentos: el aborto es un asesinato. Hay quien la acusará de ser un mero vehículo para la propaganda provida, pero ¿no hay películas que promueven la eutanasia, como Mar adentro, y que a todo el mundo le parece bien? Por tanto, ¿por qué no hacer una cinta que promueva la vida desde el momento de la concepción? Sin duda, se trata de un filme imprescindible que espero que podáis ver muy pronto.



domingo, 4 de junio de 2017

Las inocentes

   Desgraciadamente, hay películas que pasan desapercibidas en el momento de su estreno. Por suerte, muchas de ellas son recuperadas por cinéfilos empedernidos, que consiguen, mediante su tesón, elevarlas al estatus que merecen. Pero hay otras que son relegadas por su temática y que, consecuentemente, caen en el olvido para siempre. Esto suele ocurrir con cintas de carácter religioso, puesto que parecen destinadas a un público muy concreto. Sin embargo, muchas de ellas deberían ser reivindicadas en la actualidad, ya que enlazan muy bien con el alma humana y con los problemas que hoy nos acucian. Este es el caso de Las inocentes (Anne Fontaine, 2016), un largometraje que narra un hecho histórico, pero que, a la vez, afronta el apremiante dilema del aborto.




   Nos encontramos en la Polonia del año 1945, es decir, inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial. En un convento cercano a Varsovia, unas monjas están embarazadas. El motivo es que, durante el conflicto, unos soldados del Ejército soviético irrumpieron en el cenobio para violarlas. Por ello, cuando van a dar a luz, deciden ponerse en manos de una voluntaria de la Cruz Roja, que no dudará en auxiliarlas pese a las dificultades que ello le reporte.

   En el metraje de la cinta, podemos hallar dos intenciones bien diferenciadas: por un lado, mostrar al mundo este acontecimiento histórico; por el otro, plantearlo como un interrogante para el espectador de hoy. En efecto, detrás del ignorado hecho que relata la película, descubrimos un profundo discurso a favor de la vida que interpela a la sociedad actual, muy defensora del aborto. Pero, en contra de lo que pudiera parecer, no lo hace de forma acaramelada o ñoña, sino mediante un hondo análisis del alma que sufre un embarazo indeseado. 




   Ciertamente, el largometraje presenta, a modo de parangón, las distintas reacciones de las monjas violadas y embarazadas, que pueden ser extrapoladas, mutatis mutandis, a las mujeres de hoy. De esta manera, comprobamos que unas aceptan al hijo de sus entrañas, mientras que otras lo rechazan por tratarse del fruto de un criminal. Estas últimas, sobre todo, se enfrentan a la dura decisión de ver a diario el rostro de su violador, al que desean arrinconar para siempre en su memoria. Por otro lado, encontramos a un grupo de ellas que deben elegir entre mantener a su retoño y proseguir con su vida religiosa, interrumpida por el nacimiento de aquel. Este caso es de mucha actualidad, puesto que no son pocas las adolescentes que hoy, siendo alumnas de instituto, se encuentran encinta. 

   Por suerte, la película se convierte en una abanderada de los inocentes, es decir, de los nonatos. En efecto, pese a la amarga situación que las monjas deben padecer a causa de ellos, todas comprenden que sus vidas están por encima del dolor que ellas sufren. Así, encontramos escenas muy entrañables cuando las pobres mujeres entienden dicha relevancia y deciden consagrarse al cuidado de sus hijos. Pero también hallamos una acerada diatriba contra las personas que propician el aborto, personificadas aquí en la superiora del convento, que no vacila en abandonar a los niños pese al criterio de sus madres.   

   Como hemos dicho, en el momento de su estreno, el largometraje careció del favor del público, no obstante las nominaciones y los premios que había recibido en varios certámenes de importancia. Tal vez se debiera a su mala distribución española, aunque también pesó esta temática tan incómoda. Por este motivo, y para evitar que sea olvidada, la reivindicamos desde este blog y animamos a todos los lectores a que se acerquen a ella: conocerán un pasado que ignoraban y descubrirán un canto a favor de la vida muy actual.





lunes, 7 de marzo de 2016

La mosca

   Cuando en el año 1986 el particularísimo cineasta David Cronenberg asumió el reto de llevar de nuevo a la gran pantalla la historia escrita por George Langelaan tres décadas antes, el público en general recibió la noticia con no poca aprensión: por un lado, y en el aspecto positivo, el citado director venía avalado por sus anteriores y exitosas obras Rabia y Scanners, entre otras; pero por el otro lado, y en el plano negativo, se enfrentaba a la primera adaptación cinematográfica que del aludido relato había dirigido el imprescindible Kurt Neumann en 1958. Esta última había impactado tanto a la crítica de la época y a los espectadores del momento, que muy pronto se convirtió en un rotundo clásico de la ciencia-ficción y del género del horror, por lo que la idea de aproximarse si quiera a ella espantaba a muchos. Sin embargo, la fuerte personalidad que aquel imprimió a su remake logró que el nuevo film no solo se equiparase a su antecesor, sino que también lo superara en algunos momentos y que lo elevase al ansiado estatus de las películas de culto.



   En efecto, tanto en el relato literario como en ambas versiones cinematográficas, contemplamos la historia de un científico que mezcla accidentalmente sus genes con los de una mosca, cuando esta se introduce con él en una cápsula experimental destinada a la teletransportación de materia. Sin embargo, mientras que el texto y el primer film se centraban en las nefastas consecuencias psicológicas de este incidente (tanto los del citado científico como los que él mismo suscitaba entre los miembros de su familia), la adaptación de Cronenberg profundizaba en la progresiva (y muchas veces, repulsiva) metamorfosis del protagonista. Por supuesto, esto último responde a la excéntrica concepción del cuerpo humano que el director ha manifestado en muchas de sus películas; es decir, una mera materia de carácter pasible tendente al placer (Crash y eXistenZ), pero abocada de manera irremediable al sufrimiento, la enfermedad, la corrupción y, finalmente, la muerte (este mismo título, Cromosoma 3 o M. Butterfly). No en vano, con motivo del estreno de La mosca, su autor aseguró que esta era realmente una alegoría acerca de las enfermedades venéreas, como el sida, que son una triste consecuencia del placer extremo que puede ser alcanzado por el hombre (sic).

   Por consiguiente, podemos afirmar que la verdadera protagonista de este largometraje es la enfermedad, entendida como el triste punto y final a una vida volcada en la búsqueda insaciable del mero placer y de la propia perfección (por este motivo vemos que el protagonista del film, Jeff Goldblum, que está obsesionado con el experimento que lo guiará a la fama, pasa de ser un hombre vigoroso a ser una luctuosa y desagradable parodia de sí mismo); es por ello que la película misma describe con cierta pesadumbre y compasión el desagradable cambio sufrido por el científico, que observa cómo su cuerpo se corrompe progresivamente sin que exista ninguna posibilidad de salvación. Lógicamente, este oneroso abatimiento conduce de manera irremisible al citado científico a desear su propia muerte, ya que solo en ella encuentra el ansiado descanso de una amarga existencia que ha perdido todo su sentido; pero como él no puede procurársela, recurre a su compasiva novia (Genna Davis), que, aun mostrándose reticente en un primer momento, termina por acceder.



   Sin lugar a dudas, el argumento del film es de una vigencia absoluta, ya que presenta con mucho acierto los dos grandes problemas que acucian a la sociedad de nuestro tiempo: por un lado, la enfermedad, que pone de manifiesto la debilidad del hombre; por otro lado, la muerte, que revela el fin al que está abocado el ser humano de manera irremediable. Evidentemente, y como ya hemos expuesto arriba, tal vez no sea esta la interpretación querida por su autor, que encara ambos factores con espanto, sino la que se puede extraer desde un punto de vista cristiano, que es la que ofrecemos aquí.

   No podemos discutir que el hombre tiende de manera natural a su propia comodidad, ya que está en su esencia el huir del dolor y del sufrimiento; sin embargo, y con ello, tampoco es discutible que el hombre es la única criatura capaz de asumir y soportar un mal advenido, como puede ser la enfermedad o la muerte. No obstante, la sociedad de nuestro tiempo, acostumbrada a la molicie de ese bienestar presuntamente conquistado, ha renunciado a esa capacidad exclusiva de ella, apartando de sí todo aquello que le recuerde su propia debilidad; por esta razón, observa con horror cualquier signo que evoque si quiera su sola presencia (el mayor ejemplo de ello lo vemos en la primacía que se da hoy a la juventud como fuente de vigor, en detrimento de la ancianidad como hontanar de sabiduría), algo que, además, empapa la vida privada del individuo, que renuncia a enfrentarse a esa fragilidad cuando necesariamente se le impone (en realidad, este temor es el que subyace tras el crimen del aborto, que muchas veces es disfrazado con la máscara de la piedad, sobre todo cuando el embrión no cubre las expectativas de excelencia que exigen nuestros tiempos, y tras la eutanasia, que, oculta bajo el mismo antifaz compasivo, revela un atroz pánico al dolor).



   Indudablemente, esta concepción de la vida puede conducir al hombre a su propio suicido, ya que carece de sentido prolongar una existencia marcada por la amargura. Sin embargo, el cristiano ve en ella la puerta abierta a la siguiente, por lo que asume el dolor como parte del acceso a una existencia eterna donde este ya no tendrá cabida; el sufrimiento y la muerte, pues, son solo un instante en relación con la vida sin fin que aguarda tras ellos. Esto no significa que debamos permanecer impasibles ante el padecimiento de un agónico o de cualquier enfermo, ya que, por el contrario, la compasión se manifiesta en paliar ese daño que todos sufriremos algún día; significa que debemos ayudar a sobrellevar la enfermedad y otorgar una verdadera muerte digna (en este último caso, lejos de ser una expresión válida para la eutanasia, es sinónimo de acompañar al moribundo con el amor y la compañía que merecen todas las personas).

   Podemos decir, pues, que Cronenberg nos ha regalado una obra maestra de la ciencia-ficción contemporánea, pero que falla a la hora de plantearnos su tétrica visión de la realidad, pues revela un pavor desmedido hacia el padecimiento y la muerte. A diferencia de lo que él postula, el cuerpo humano no es solo carne llamada al placer y condenada a la extinción, sino que forma parte integrante del ser humano, que ha sido convocado a la gloria y a la eternidad. Precisamente la Cuaresma, que es el tiempo litúrgico en el que estamos inmersos, nos ayuda a recordar esta verdad y nos anima a poner los ojos en el cielo, que es nuestro auténtico destino; el ayuno, la oración y la limosna, como hemos venido señalando en este mismo blog (aquí, aquí y aquí), nos colocan, respectivamente, delante de nuestra debilidad, de nuestra indigencia de Dios y del auxilio que necesitamos del resto de  nuestros hermanos, los hombres. Avanzando, pues, por esta senda, nunca temeremos la enfermedad y la muerte, sino que, por el contrario, las recibiremos cuando lleguen con el sosiego que otorga la visión del final del camino.