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lunes, 12 de febrero de 2018

15:17. Tren a París

   Si viviéramos en un país decente, Ignacio Echeverría ya tendría una película como esta. Esa es la mejor (y más triste) conclusión que extraigo después del ver el último trabajo del gran Clint Eastwood. Ciertamente, la película está sufriendo diatribas de todo tipo, incluso hay quien la tilda de ser la peor de toda la filmografía de su director; sin embargo, ello responde a la conclusión que ya he expuesto: si viviéramos en un país decente, Ignacio Echeverría ya tendría una película como esta. Porque, si viviéramos en un país decente, sabríamos reconocer el homenaje que hay detrás de cada fotograma de este film, del orgullo que siente su autor por los protagonistas del mismo y del ejemplar mensaje de esperanza que nos transmite con él; pero, como no vivimos en un país decente, ni Ignacio Echeverría tiene una película como esta, ni la mayor parte del público ha sabido detectar la grandeza que ostenta sin rubor este largometraje.




   A estas alturas, todo el mundo sabe que 15:17. Tren a París (Clint Eastwood, 2018) narra la hazaña de tres norteamericanos que, en agosto de 2015, consiguieron frustrar un atentado terrorista a bordo del tren que los llevaba a la capital francesa. Pero, como esta gesta solamente ocupa un tercio del metraje total, el film también se centra en la amistad que une a estos héroes, mostrándonoslos así desde que se conocen en el colegio hasta que se reúnen en Europa, donde tiene lugar su proeza. De esta manera, y gracias a ello, conocemos tanto los intereses de cada uno como, sobre todo, sus más profundas motivaciones; en este sentido, vemos cómo uno de los protagonistas, Spencer Stone (interpretado por él mismo), reza continuamente la famosa oración de san Francisco de Asís: "Señor, haz de mí un instrumento de tu paz". Una de las particularidades de la película es, de hecho, que está protagonizada por los mismos jóvenes que frustraron el atentado, una decisión del mismo Eastwood que logra reforzar la idea que nos quiere transmitir: la heroicidad anónima.

   En efecto, a nadie se le oculta que, desde que rodara su magistral Gran Torino (Clint Eastwood, 2008), Clint Eastwood ha sentido la necesidad de utilizar el cine como un medio para ofrecerle al espectador un retrato de las vidas ejemplares de algunos personajes ilustres: con Invictus (id., 2009), la de Nelson Mandela (que la vida de este sea ejemplar o no, es discutible, pero es indudable que Eastwood la considera así); con J. Edgar (id., 2011), la de Edgar Hoover, que afrontó la modernización del FBI, la institución americana por excelencia. Pero tampoco es un secreto que, en sus últimas cintas, ha preferido relatar las hazañas de personas que, aun siendo desconocidas, son tan dignas de admiración como aquellos: en El francotirador (id., 2014), la del soldado Chris Kyle, que defendió a su país lejos de las fronteras del mismo; en Sully (id., 2016), la del piloto comercial Chesley Sullenberger, que arriesgó su vida para salvar la de sus pasajeros. Y es que esta capacidad humana de vencer el egoísmo personal (el "sálvese quien pueda") en aras de un bien mayor (la vida del prójimo) ha cautivado al autor de Sin perdón (id.,  1992), que, en 15:17. Tren a París, da un paso más.




   Ciertamente, si en las citadas películas, El francotirador y Sully, Eastwood nos relataba la heroicidad de sus protagonistas, aquí nos desgrana qué lleva a estos tres norteamericanos a ser los héroes del tren de París. Con este propósito, pues, se remonta a su niñez, en la que podemos comprobar la importancia que tuvo para ellos tanto la amistad como el amor familiar, la educación religiosa como la fe cristiana, y el amor a su país como el respeto a sus defensores (a la sazón, las Fuerzas Armadas), pues todos estos factores les enseñaron que no existe un mayor gesto de amor a los demás que la entrega de la propia vida (una idea que, por otro lado, el mismo director ya había expuesto en la citada Gran Torino). De esta manera, y para Eastwood (también para el que esto suscribe), un héroe no nace de la nada, sino que se ha ido forjando a lo largo de su existencia, puesto que, si una persona no ha sido capaz de amar desde niño, de ser generoso o de respetar al prójimo, ¿cómo va a entregar su vida por este último cuando le sea requerido? Más bien al contrario, y como decíamos arriba, hará suya la expresión "sálvese quien pueda" y pondrá pies en polvorosa. Por tanto, la tan criticada idea del director de mostrarnos la infancia de estos héroes resulta más que necesaria, puesto que así comprendemos mejor esos quince minutos finales, que jamás habrían tenido lugar si no hubieran sido héroes desde niños (al hilo de esto, es un acierto que la cinta esté interpretada por los personajes reales, ya que otorga plenitud a la idea del héroe anónimo, que no tiene la cara de Tom Hanks ni la de Bradley Cooper, sino la de uno que se cruza por la calle con cualquiera de nosotros).

   Por desgracia, y como anunciábamos al principio de este texto, dicho concepto, que forma parte inherente del ADN norteamericano, es deplorado por la España (y por la Europa) de nuestro tiempo, que ya no es generosa, amorosa ni alegre, y que, por tanto, abomina de la idea del héroe (podemos intuir una crítica a esta actitud en el metraje de la cinta, cuando un guía turístico alemán acusa a los americanos de ponerse más medallas de las que les corresponden). En efecto, y como si de un cumplimiento profético se tratase, todas las críticas negativas que la película está cosechando van en el sentido de considerarla "muy facha", "extremadamente religiosa", "tradicional" o "militarista", que son, precisamente, los factores que potencian esa generosidad en el ser humano: el patriotismo (el amor a mi país y a la gente que lo conforma), la religión (¿hace falta recordar que Cristo entregó su vida por nosotros y que nos dijo que nosotros hiciéramos lo mismo?), la familia (donde aprendo a respetar a mis mayores, a querer a mis iguales, a perdonar, a compartir y etcétera) y el Ejército (donde hago patente ese amor y esa entrega por mi país y por la gente que lo conforma). Sin duda, esto responde a la actitud egoísta que hemos acogido como valor primordial y en la que ya no tiene cabida el otro como un bien en sí mismo, sino como un medio para mi propio disfrute o satisfacción (este egoísmo está presente incluso bajo la capa de romanticismo con la que hoy barnizamos el amor: "me siento bien contigo", en vez de "qué bueno es que tú existas"). 

   Por eso, si viviéramos en un país decente, tanto el espectador como los críticos especializados habrían reconocido que la película habla sobre el amor al prójimo, que está presente en el gesto heroico de los tres protagonistas de la cinta; habrían comprendido que ellos mismo están llamados a entregar su vida cotidianamente por los suyos, y que eso, de paso, se aprende desde niño (nadie criticó en este sentido Boyhood, que relata detalladamente la infancia de sus protagonistas... ¡sin que pase nada y tienda a nada!), y habrían visto a la postre que se trata de una rúbrica perfecta de la filmografía de Eastwood, cuyas últimas películas pretenden darnos a conocer la figura del héroe. Por eso decíamos arriba que, si viviéramos en un país decente, nos indignaríamos ante la posibilidad desperdiciada de ver un largometraje sobre la gesta de Ignacio Echeverría, que cumple con esos requisitos que el autor de 15:17. Tren a París (y el sentido común) propone: una persona que entrega generosamente su vida por los demás. Pero, como no vivimos en un país decente, sino en uno que ha abrazado el egoísmo como norma de vida, nunca veremos un film que detalle su proeza.






domingo, 1 de octubre de 2017

Asalto a la comisaría del distrito 13

   Mientras escribimos estas líneas, en Cataluña se suceden los altercados que todos augurábamos: enfrentamientos callejeros, persecuciones policiales, insultos, pasquines y un largo etcétera, que cualquiera puede comprobar si enciende su televisor, se conecta a la red o sintoniza la emisora de radio que prefiera. Evidentemente, el motivo es el pretendido referéndum secesionista que las autoridades catalanas convocaron para hoy, pese a su inconstitucionalidad y a la consecuente oposición del Gobierno español. Por supuesto, desconocemos el resultado de toda esta problemática, es decir, si será una farsa parecida a la del 9 de noviembre de 2014 con el único propósito de obtener mayor autonomía y financiación, o si será proclamada realmente y de forma unilateral la independencia, como advierten algunos políticos de nuestro país (aquí). Sea como fuere, estos días se suceden imágenes que llaman poderosamente nuestra atención, como el uso y adoctrinamiento de los niños conforme a la ideología nacionalista (aquí), y la discriminación a la que es sometida la persona que se oponga a ello (aquí). Como este blog pretende reflexionar a través del séptimo arte, la película que posiblemente más se aproxime a esta situación sea Europa, Europa (Agnieszka Holland, 1990), por lo que algún día le será dedicada un post

   En esta ocasión, queremos centrar nuestro interés sobre unas imágenes que producen estupor: las del acoso sufrido por la Guardia Civil y el Cuerpo Nacional de Policía en Cataluña. En efecto, no es que estos agentes de la autoridad hayan acosado a los partidarios de la secesión, sino que estos han sido los que han acechado a aquellos. De manera que hemos podido ver cómo nuestros cuerpos y fuerzas de seguridad eran menospreciados, vejados y hasta atacados por diversos grupos de manifestantes, que no han tenido ningún reparo a la hora de destrozar sus vehículos (aquí) o de asediarlos incluso en sus cuarteles (aquí). Pero el agravio alcanza cotas insultantes cuando nos llegan fotografías que muestran a un concejal disfrazado de payaso para reírse de ellos (aquí), o cuando los vemos recibiendo flores en una burda imitación de la Revolución de los Claveles de Portugal (aquí). De este modo, si tuviéramos que comparar esta situación con alguna película para hacer honor a la intención del blog, elegiríamos la cult movie Asalto a la comisaría del distrito 13 (John Carpenter, 1976).




   Ethan Bishop (Austin Stoker) es un teniente de la Policía de Los Ángeles que recibe la misión de vigilar el traslado de una comisaría, ya que la ciudad se está enfrentando a una ola de crímenes protagonizada por las pandillas callejeras. Al mismo tiempo, un autobús parte desde un punto diferente de la urbe para transportar a unos presos peligrosos, entre los que se encuentra el célebre Napoleón Wilson (Darwin Joston). Por otro lado, Lawson (Martin West) es un padre de familia que decide vengar el asesinato de su hija, perpetrado por unos maleantes, que a su vez quieren vengarse de los policías que han matado a sus compañeros. Así, todos ellos confluirán en la comisaría del distrito 13, donde se vivirá una auténtico asedio.

   Sin duda, el cinéfilo avezado habrá descubierto en este argumento un parecido más que razonable con el del wéstern clásico Río Bravo (Howard Hawks, 1959). El motivo es que John Carpenter, su autor, siempre ha sido un gran admirador de su director, por lo que quiso honrar su memoria mediante este thriller de bajo presupuesto, en el que incluyó referencias a un largometraje que lo había cautivado diez años atrás: La noche de los muertos vivientes (George A. Romero, 1968). Su éxito fue tan rotundo que puso de moda el subgénero callejero, donde se pueden hallar títulos tan emblemáticos como Los amos de la noche (The Warriors) (Walter Hill, 1979), pero que sobre todo sentó las bases de la futura carrera del cineasta, interesado en explorar la naturaleza de los hombres cuando estos son asediados por una amenaza exterior; en este sentido, le ha regalado al aficionado películas tan conocidas como La niebla (id., 1980) y La cosa (El enigma de otro mundo) (id., 1982), que es un nuevo tributo a Howard Hawks, y cintas tan reivindicables como Vampiros de John Carpenter (id., 1998) y Fantasmas de Marte (id., 2001). Por otro lado, cuenta con un remake casi homónimo, Asalto al distrito 13 (Jean-François Richet, 2005), que pasó sin pena ni gloria por la  gran pantalla, puesto que prescinde de ese interés de Carpenter por retratar la angustia del hombre.




   Ciertamente, "angustia" es el término que define mejor la situación que han vivido nuestros agentes de la ley estos días en Cataluña. Como arriba hemos indicado con brevedad, se han visto asediados en sus cuarteles, han tenido que vivir el escarnio de los independentistas, han visto cómo sus hijos eran insultados en clase y hasta han sufrido los terribles escraches en las puertas de sus casas; en definitiva, han visto cómo un sector notable del pueblo catalán se ha enfrentado impunemente a ellos. Porque la impunidad ha sido el arma que han blandido los manifestantes contra ellos, ya que sabían que, pese a sus encaramientos a policías y guardias civiles, nada les iba a ocurrir. Para ilustrarlo, aquí nos hacemos dos preguntas: en primer lugar, si el citado concejal de la nariz de payaso hubiera temido una reacción airada del agente, ¿se habría atrevido a reírse de él? Es probable que no; en segundo lugar, si los independentistas hubieran sido convocados a un verdadero conflicto contra los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, en el que estos hubieran podido actuar con libertad, ¿habrían respondido? Seguramente, tampoco. En la película, los pandilleros citan a los policías a un cholo, es decir, a una batalla campal en donde no les importa morir por una causa, algo que no hemos visto ni de lejos en ninguno de los enfrentamientos de estos días.

   Por esta razón, los auténticos héroes de estas jornadas son la Policía y la Guardia Civil, que han soportado estoicamente los inmerecidos e injustos ataques de una parte de la sociedad contagiada por el fanatismo independentista. De este modo, los manifestantes, que creen ser valientes y aguerridos contra unos hombres que sí lo son realmente, quedan ante ellos como unos cobardes sin entereza ni bizarría; como unos pobres adictos que son lanzados contra las personas que han prometido defenderlos hasta el final y con todas las consecuencias. Además, la hombría de los agentes de la ley ha quedado más consolidada con la ayuda que les han prestado a los ancianos y a los niños que habían sido llevado por los alborotadores a las calles, demostrando así que ellos sí se preocupan por el bienestar de los ciudadanos (aquí). Desgraciadamente, circulan por la red fotografías tergiversadas que pretenden demostrar lo contrario, intentando inocular la idea de un estado policial similar al del reciente film Detroit (Kathryn Bigelow, 2017); sin embargo, las mismas personas que divulgan estas imágenes difunden también su creación, por lo que pierden cualquier crédito y se lo conceden a aquellos, que logran así ser nuevamente los héroes de estas jornadas. 

   Al final de la película, cuando el asedio a la comisaría concluye, los protagonistas se reúnen para felicitarse por el buen trabajo que han realizado, hasta el punto que deciden salir juntos al exterior, para que los ciudadanos vean que el mérito es de todos ellos. Del mismo modo, cuando la tranquilidad y el sentido común retornen a Cataluña, los policías y los guardias civiles que han padecido esta tortura se estrecharán las manos y se felicitarán por el buen trabajo, pues habrán cumplido con integridad su propósito de salvaguardar la paz; además, regresarán a sus hogares, de donde salieron con vítores (aquí), y serán recibidos como valientes, aunque probablemente especificarán que el mérito es de todos y no de unos pocos. En el fondo, se sentirán orgullosos de haber servido a España en esta situación tan dramática, puesto que son unos auténticos héroes.




domingo, 3 de septiembre de 2017

Dunkerque

   Por desgracia, se acabó el verano. Para muchos, ha llegado la hora de cerrar sus sombrillas y de despedirse de la playa hasta el año que viene, diciendo adiós asimismo a vivir sin la preocupación del reloj o sin las responsabilidades del trabajo; para otros, este es el momento idóneo para retomar sus hábitos y seguir cultivando sus aficiones, tal vez relegadas durante unas semanas en favor del buen tiempo. Entre ellas, es posible que se encuentre el séptimo arte. Por esta razón, este blog abre de nuevo sus puertas, de manera que el cinéfilo halle en él un amigo con el que dialogar sobre las películas que ha visto o que pretende ver.

   Probablemente, uno de los estrenos que habrá concitado el interés del aficionado durante las vacaciones, pese a que este período no se suela caracterizar por el buen cine, sea Dunkerque (Christopher Nolan, 2017), la última obra del famoso director de El caballero oscuro (id., 2008). A poco que haya leído sobre ella, verá que ha aunado al público y a la crítica, erigiéndose rápidamente en una de las cintas bélicas más valoradas de la historia. Incluso se percatará de que ha habido expertos que la han situado al nivel de Salvar al soldado Ryan (Steven Spielberg, 1998), La delgada línea roja (Terrence Malick, 1998) y Hasta el último hombre (Mel Gibson, 2016), que son los mejores títulos contemporáneos del género. Pero ¿es tan buena como dicen?




   Ante todo, debemos recordar que se trata de una película basada en un hecho real. En efecto, en el año 1940, durante la Segunda Guerra Mundial, un ingente número de soldados franceses e ingleses quedó encerrado en la playa de Dunkerque. Allí, mientras todos aguardaban el rescate por parte de Inglaterra, fueron acosados por el Ejército alemán, que bombardeó sus aviones y torpedeó sus barcos con el único propósito de evitar que abandonasen el continente.

   Como todo el mundo sabe, este es el argumento de una de las derrotas más sonadas del citado conflicto bélico. Así es, a pesar de que los ejércitos aliados conocían las costas de Francia, decidieron parapetarse en ese recóndito lugar fronterizo del canal de la Mancha, donde fueron masacrados por las tropas nazis. Algunos historiadores aseguran que la carnicería pudo ser mayor, pero que el empeño de Hitler por ganarse el favor de Inglaterra lo evitó. Sea como fuere, y si es que hubo algún tipo de condescendencia, este chance brindó la oportunidad de llevar a cabo la Operación Dinamo, que es la que narra el film. De este modo, cientos de embarcaciones civiles se echaron a la mar para rescatar a sus militares y devolverlos a casa.

   Por supuesto, una de las decisiones más criticadas del filme por parte de los citados historiadores ha sido, precisamente, el haber querido mostrar como una victoria la derrota de los ingleses. En primer lugar, debemos decir que ya Churchill la consideró así, pues afirmaba que el pueblo había salido en defensa de sus militares; pero, en segundo lugar, es necesario apuntar que ya las dos cintas más célebres que abordaron esta efeméride recurrieron a dicha consideración. Ciertamente, tanto la homónima Dunkerque (Leslie Norman, 1958) como Fin de semana en Dunkerque (Henri Verneuil, 1964) honraron al pueblo británico a través de sus fotogramas. Con esto queremos decir que no solo aprobamos la voluntad de Nolan, sino que también creemos que es justa, porque la guerra compete a todos y, de esta manera, es necesario que exista esa colaboración entre el Ejército y el mundo civil. Harina de otro costal son las decisiones técnicas del largometraje.




   En efecto, como si de un experimento del primer Nolan se tratase, es decir, de aquel que nos cautivó a todos mediante el magnífico montaje de Memento (id., 2000), la película está narrada a través de tres líneas temporales: la primera acontece en la playa; la segunda, en el aire, y la tercera, a bordo de un velero civil. En principio, esto puede resultar novedoso, incluso acertado, pues muestra la misma guerra desde diferentes ángulos; pero de inmediato descubrimos que se trata de un grave error, puesto que, más que lograr que el espectador hilvane la trama, consigue confundirlo y, en consecuencia, aburrirlo. Así es, no es difícil que la platea se pierda entre la multiplicidad de escenas que, con escasos minutos de diferencia, cuentan lo mismo, bien anticipadamente, bien con retraso. De este modo, carece de ese hilo dramático tan necesario en el séptimo arte.

   Esta carencia es suplida por su director gracias a un aspecto técnico inmejorable. Ciertamente, allí donde el film falla en su narración, acierta en sus efectos: sin lugar a dudas, el espectador es capaz de sufrir la misma angustia que padecen, por ejemplo, tanto el piloto del avión estrellado en la mar como los marineros que se ahogan en el buque. De esta manera, comprende mejor que los civiles que los rescataron sean considerados héroes, pues libraron a sus militares de una muerte atroz. Pero ello, como decimos, no consigue que sea la excelente película que han descrito muchos. Esto nos lleva a la siguiente pregunta: entonces, ¿por qué ha gustado tanto? A nuestro juicio, y sin pretender entrometernos en los gustos personales, por dos motivos: porque es de Nolan y porque la gente en general ha visto poco cine.




   En efecto, gracias a su brillante carrera, Nolan se ha convertido en el nuevo dios del celuloide; de esta manera, nadie se atreve a discutir ninguna de sus decisiones, por muy mala que esta sea. Es más, el público le agradece tanto su resurrección de Batman, superhéroe venido a menos por culpa de la horrorosa Batman & Robin (Joel Schumacher, 1997), que ya puede hacer la película que desee, puesto que siempre se verá respaldado por una legión de admiradores. Además, y como consecuencia de ello, existe cierto complejo que nos impele a decir que nos gusta, pese a que no sea así, puesto que uno teme ser despreciado por el sector culto de la cinefilia (es lo que le ocurrió al público menos avezado con Interstellar, cinta que, no obstante, agradó al autor de este blog). En cuanto al poco bagaje cinematográfico del público, solo debemos apuntar que existen verdaderas obras maestras que, sin tanto golpe de efecto, dejan Dunkerque a la altura del betún: Senderos de gloria (Stanley Kubrick, 1957), El día más largo (Ken Annakin, Andrew Marton y Bernhard Wicki, 1962) y Tora! Tora! Tora! (Richard Fleischer, Kinji Fukasaku y Toshio Masuda, 1970) son un pobre ejemplo de ello. ¡Hasta la menospreciada Corazones de acero (David Ayer, 2014) es muchísimo mejor! 

   Sin duda, empezamos el nuevo curso con fuerza, despreciando uno de los títulos más emblemáticos de 2017. Como hemos indicado al principio de la entrada, este es un blog que pretende dialogar con el lector, por lo que sus textos revelan más una opinión particular de su autor que un tratamiento objetivo. De esta manera, la presente cinta, que a nosotros no nos ha gustado, puede haber sido del agrado de muchos otros (a tenor de las cifras de recaudación, de muchísimos otros). Así, no pretendemos forjar aquí ningún criterio, sino exponer solamente el nuestro, que es tan acertado o equivocado como el visitante lo quiera ver. Sea como fuere, es una buena forma de empezar septiembre y, con él, la nueva temporada cinéfila. Por tanto, ¡sed todos bienvenidos!



   

lunes, 10 de julio de 2017

Día de patriotas

   El pasado 15 de abril se cumplieron cuatro años del atentado de Boston. En efecto, durante una de las maratones más famosas del mundo, dos bombas caseras estallaron en medio de la ciudad, causando multitud de heridos y tres muertos. De inmediato, los agentes de seguridad del Estado se pusieron manos a la obra para investigar lo ocurrido y localizar así a los culpables, objetivo que cumplieron pocas horas después. Posteriormente, el hecho se resolvió con el fallecimiento de uno de los autores y con el encierro del otro, algo que fue recibido con vítores por todo el pueblo norteamericano. Por esta razón, no es extraño que hoy llegue a nuestras pantallas este título, que homenajea a los héroes que intervinieron en esta hazaña y que rinde tributo a los que perecieron en ella.




   Respecto del argumento, poco se puede añadir a lo que ya sabemos. El largometraje cuenta la historia del oficial de policía Ed David (Mark Wahlberg), que investiga los acontecimientos citados arriba. Pero lo hace de manera exhaustiva, ofreciéndole al espectador un documental preciso más que una dramatización cinematográfica. De este modo, se suma a otras películas del género que siguieron su mismo derrotero, como World Trade Center (Oliver Stone, 2006), La noche más oscura (Zero Dark Thirty) (Kathryn Bigelow, 2012) o las recientes Snowden (Oliver Stone, 2016) [aquí] y Sully (Clint Eastwood, 2016). Ciertamente, el propósito de estas cintas consistía en relatar los hechos tal y como sucedieron, alejándose en lo posible de su interpretación, con el fin de divulgar la estricta verdad entre el público.

   Por supuesto, esta intención solo es comprendida desde la óptica norteamericana. Así, la industria hollywoodense siempre se ha sentido responsable del espectador, por lo que ha entendido que debe ofrecerle un tipo de cine que le ayude a enorgullecerse de su país (indudablemente, hablamos acerca del grueso de la industria, no de los títulos menores, que pueden ser más críticos con el sistema). Para ello, nunca ha dudado en presentarle personajes anónimos que han luchado por la libertad y el bienestar de su pueblo, como podrían ser sus propios vecinos, con el fin de hacerle ver que él mismo podría convertirse en héroe. Sin duda, esta es la idea que fundamenta las dos cintas de Oliver Stone, que muestran, respectivamente, la biografía de un hombre que vela por la independencia de los suyos y las gestas que sucedieron tras el atentado de las Torres Gemelas; la película de Bigelow, que narra la captura del autor de este último, empeñado en destruir el sistema de vida occidental, y el largometraje de Eastwood, que presenta a un piloto de avión cualquiera enfrentándose y superando una prueba complicada.

  


   En España, difícilmente hallaremos un título de estas características. Así, pese a las proezas diarias que todos conocemos, nunca el cine patrio verá la necesidad de reflejarlas en la pantalla grande. Por supuesto, ello se debe al acomplejado esnobismo que padece, pues considera que el arte que él representa está por encima de cualquier gesto patriótico; o que este es un reminiscente franquista que ya no tiene lugar en nuestro tiempo (léase la crítica de 1898. Los últimos de Filipinas: aquí). Sin embargo, no se percata de que lo que ha hecho poderoso a Estados Unidos ha sido precisamente el elogio a sus héroes, el recuerdo de su historia y el enorgullecimiento de sus signos; ni de que, a pesar del chovinismo del que acusa a este último, dicho sentimiento ha permitido que continúe abogando por la libertad y el bienestar de todos sus ciudadanos.

   En honor a la verdad, debemos apuntar que un título así ha asomado tímidamente la cabeza a la cartelera española de este año, Zona hostil (Adolfo Martínez, 2017), y que ha obtenido unos resultados aceptables; además, debemos hacernos eco del proyecto de animación que pretende dar a conocer la aventura de Magallanes y de Elcano (aquí), un film que será bien recibido cuando se estrene. Pero los aficionados que amamos nuestra patria todavía estamos esperando la película decisiva sobre los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid (y no vale No habrá paz para los malvados, que afronta el tema de manera tangencial y casi a hurtadillas); sobre el secuestro de Ortega Lara, oculto durante más de un año en un minúsculo zulo etarra; sobre el asesinato de Miguel Ángel Blanco, tiroteado cobardemente en la nuca hace dos décadas, o sobre el gesto heroico de Ignacio Echeverría, que se encaró a un terrorista musulmán cuando este agredía a una mujer. Los espectadores conocerían la verdad de los hechos y todos nos enorgulleceríamos de sus protagonistas. Pero, como asegurábamos arriba, nunca veremos algo así en nuestras salas.   

   Por este motivo, considero que Día de patriotas (Peter Berg, 2016) es un film excelente, que no debería pasar desapercibido para nadie. No se trata de una simple narración de los hechos que conmovieron a Estados Unidos en 2013, sino también de un vivo retrato del orgullo que siente el pueblo norteamericano por sus héroes. Y es por último un ejemplo de lo que el cine español debería producir para sus espectadores.


 

domingo, 11 de diciembre de 2016

Hasta el último hombre

   Hace unos meses, dedicamos un extenso artículo a Mel Gibson en este mismo blog (aquí). El motivo era el estreno de su última película como intérprete, Blood Father (Jean-François Richet, 2016). Como veíamos en dicha crónica, este largometraje fue acogido por el cineasta como una confesión de su propio pasado, puesto que, igual que él, el protagonista de la cinta luchaba por desprenderse de sus antiguos problemas con las drogas y el alcohol; asimismo, pretendía recuperar la vida familiar que estos habían arruinado. Al final del escrito, además, anunciábamos la inminente llegada de su siguiente film a nuestras pantallas, la presente Hasta el último hombre (ibíd., 2016), que intentaba ser su regreso definitivo al mundo del espectáculo. Pese a las excelentes críticas que está recabando, no se trata de su mejor obra (reconocimiento que tal vez merezca Braveheart), pero sí de un título muy personal que aquí procuraremos analizar.



   
   La película narra la hazaña emprendida por el soldado Desmond Doss en el asalto a la colina de Hacksaw, en Okinawa, durante la Segunda Guerra Mundial. En su firme propósito de no tocar un solo arma por motivos de conciencia, salvó la vida, sin embargo, a muchos de sus compañeros a lo largo del cruento combate. Esta heroicidad fue recompensada con la medalla de honor del Congreso, que es la máxima condecoración que puede otorgar el presidente de los Estados Unidos a un miembro de sus Fuerzas Armadas. De esta manera, Doss se convirtió en el primer objetor de su país en recibir tal galardón.

   Como hemos indicado, nos encontramos ante el regreso a la dirección del siempre controvertido Mel Gibson. Desde que estrenara su magistral Apocalytpo (ibíd., 2006), se había mantenido apartado de las cámaras con el fin de recuperarse de una biografía marcada por los excesos. Precisamente durante la presentación de este largometraje, fue arrestado por conducir ebrio y por encararse al agente de Policía que lo detuvo. Sin embargo, lejos de amilanarse o de truncar su vida por completo, asumió su equivocación y procuró resarcirla concurriendo a un programa de autoayuda para alcohólicos, decisión que lo auxilió a superar el grave trance por el que pasaba (tanto fue así, que los jueces del caso elogiaron públicamente su comportamiento y su buena disposición).    

   Durante ese período, Mel Gibson fue objeto de desprecio por parte de sus colegas cinematográficos, que lo abandonaron a su suerte cuando se destaparon sus comentarios acerca de los inmigrantes, de los judíos y de los homosexuales (aquí). De hecho, nadie que anteriormente se considerase su amigo quiso testificar a favor suyo cuando aquellas se filtraron (aquí). Pero este desamparo solo fue el colofón de una problemática que había nacido cuando estrenó La pasión de Cristo (ibíd., 2004). Efectivamente, este largometraje había sido denunciado por la comunidad israelí como antisemita (aquí), hecho que a la sazón volvió a la palestra y sirvió para ridiculizarlo a él y para ridiculizar la fe que profesaba.




   Por este motivo, la analogía que Gibson establece entre él mismo y Desmond Doss es evidente. Por un lado, tenemos al soldado estadounidense, que, por mantenerse fiel a su credo, recibe los ultrajes de sus compañeros; por el otro, a un cineasta que nunca ha abjurado de su fe, pese al desprecio al que es sometido por culpa de esta y a la orfandad a la que fue condenado durante la etapa citada en el párrafo anterior. Asimismo, es un hombre consciente de su notable talento y de los obstáculos que este encuentra debido a su condición religiosa (aquí), como el citado Desmond tropieza con los impedimentos de sus conmilitones cuando destaca sobre ellos gracias a sus aptitudes físicas (algo que aquellos no soportan, puesto que no entienden que alguien así se niegue a disparar un arma). Por último, y del mismo modo que el héroe norteamericano salvó la vida de aquellos que lo habían injuriado, él ha entonado su particular arrepentimiento y no ha demostrado ningún tipo de rencor a quienes lo abandonaron cuando más necesitaba de ellos (aquí).   

   Particularmente, opino que la infamia contra Mel Gibson es más grave cuando repaso los diferentes escándalos que han cometido sus colegas de Hollywood, a quienes parece que se les han perdonado sin reparo aun siendo muchos de ellos de mayor calado que los protagonizados por él (aquí y aquí). Por supuesto, no quisiera ensalzar como mártir moderno al cineasta, ni siquiera justificar sus pecados, aunque de ellos no nos libremos ninguno de nosotros; pero sí me gustaría limpiar su imagen, abusivamente dañada por unos medios tendenciosos, que han pretendido arrinconarlo en una esquina del actual cuadrilátero artístico. Por este motivo, retomando esa semejanza que él mismo establece con Desmond Doss, me gustaría que al final fuera reconocido de nuevo por su labor, y que aquellos que algún día lo vituperaron, aplaudan otra vez su regreso a la gran pantalla. 



domingo, 4 de diciembre de 2016

1898. Los últimos de Filipinas

   Ya sé que no es conveniente escribir cuando se está enfadado, sino que se debe aguardar un tiempo prudencial, con el fin de evitar alguna palabra que más tarde conduzca al arrepentimiento. Pero también sé que mi indignación es tan grande, que no desaparecerá aunque deje transcurrir ese período recomendado. El motivo de este disgusto es la película que hoy analizamos, el nuevo empeño del cine patrio en transmitir al espectador una historia desfigurada de nuestro suelo, de nuestros héroes y de la fe que forjaron a ambos.




   1898. Los últimos de Filipinas (Salvador Calvo, 2016) dramatiza los acontecimientos reales que tuvieron lugar en las islas del título poco antes de que estas dejasen de pertenecer a España. Allí, un grupo de valientes militares, atrincherados en una iglesia ruinosa, afrontaron el envite de los tagalos, que estaban dispuestos a expulsar de su territorio a quienes les habían otorgado una cultura. El duro asedio se prolongó durante varios meses, ya que, pese a que los Estados Unidos habían adquirido el archipiélago, aquellos lo desconocieron hasta que, finalmente, leyeron la noticia en un periódico español. Pero tanta había sido la bizarría demostrada durante el hostigamiento, que, al abandonar la citada iglesia, fueron custodiados por la guardia de honor de las tropas filipinas.   
    
   Como sabemos, esta hazaña ya fue narrada en 1945 por el director Antonio Román en la película Los últimos de Filipinas. Pero como este magnífico film pertenece hoy al mal llamado (no sin mala intención) "cine franquista", alguien tuvo la idea de reescribirlo, para ofrecerle al espectador lo que supuestamente aconteció de verdad aquel lejano año de 1898. Sin embargo, una cosa es revisar la historia y otra cosa es adulterarla, como ha hecho este largometraje. Aunque son muchas la pinceladas que dan fe de ello, tal vez las más notorias sean las figuras del teniente Martín Cerezo y la del padre Gómez-Carreño. Por desgracia, el primero es presentado como un oficial atormentado y oscuro, malévolo y belicoso, que es incapaz de transmitir valor a sus hombres y que, en consecuencia, está dispuesto a sacrificarlos si estos dudan de sus órdenes; el segundo, como un religioso abúlico y drogadicto, sin interés por el destino de sus repentinos feligreses.




   Esta desfigurada imagen del teniente responde a la equivocada concepción que de las Fuerzas Armadas actuales tienen muchos sectores en nuestro país, entre los que destaca la farándula española. Esta, avergonzada de la patria que le da de comer, y tan corta de miras que siempre identifica el Ejército con el fascismo (o con el franquismo, que para ella es lo mismo), ha visto en el héroe de Baler la excusa perfecta para demonizar a aquellas. Para ello, no solo le atribuye las perversidades citadas arriba, sino que lo presenta como un dictador (he aquí la concomitancia) o un tirano que desatiende las impetraciones de los suyos con el fin de satisfacer sus empresas egoístas. Menos mal que se ha sacado de la manga a un soldado que quiere ser pintor (ya sabemos que el arte y la cultura van de la mano) y que le recuerda de vez en cuando la humanidad que subyace tras su negra alma de obcecado militar.  

   En cuanto al pobre fraile, interpretado por Karra Elejalde, es una parodia de la fe que tanto aborrece la mentada farándula. En la película, lo vemos pululando de un lado para el otro, sin oficio ni beneficio, estorbando más que apoyando; aficionado al opio (en una burda metáfora del concepto que aquella tiene de la religión, basada en la tristemente célebre sentencia de Karl Marx) y torpe en los consejos que le solicitan los soldados (la infamia es mayor cuando responde con un encogimiento de hombros a la pregunta de uno de ellos sobre la preocupación de Dios por sus hijos en esos momentos de penuria). 



    
   La verdad es que el teniente Martín Cerezo, de incontestable controversia (aquí), insufló valor mediante su ejemplo a unos hombres que anhelaban retornar a su patria; supo ser para ellos un modelo de entrega, abnegación y sacrificio, pues se preocupaba más por el bienestar de sus soldados que por el propio, y, finalmente, demostró su entereza y su integridad (puestas en entredicho en este lamentable film) hasta el último día de asedio, encumbrando el nombre de España entre los filipinos y haciéndolo merecedor de la honra de estos. En cuanto a la realidad sobre el fraile, que aúna la figura de los tres que también sufrieron el acoso en la iglesia de Baler, es necesario decir que levantaron la moral de los atribulados militares constantemente y que los prepararon para la muerte cuando esta los rondaba (aquí).

   Pero el ejemplo de un militar abnegado o el de un fraile celoso no es comprendido por quienes nunca han estado involuntariamente lejos del hogar. Quien, por el contrario, ha combatido en países extranjeros, ha sufrido los aprietos de una guerra o ha navegado durante meses sin pisar tierra firme, comprende la necesidad que tiene de aquellos dos, que le ayudan, respectivamente, a cumplir bien su trabajo y a santificarse en él. La versión de 1945 fue realizada por hombres que acababan de concluir una contienda fratricida en España, por lo que conocían al dedillo el sufrimiento vivido en el combate, así como las pequeñas alegrías que les daban luz cuando más densa era la tiniebla (esas canciones de nuestra patria o la celebración de la Navidad, sustituida aquí por la del más laico año nuevo); es por eso que resulta fresca, creíble y dinámica, a diferencia de lo que nos quiere hacer tragar la edición de 2016. Por este motivo, yo le digo tururú a esta última, me sigo quedando con aquella, que refleja mejor los sentimientos que afloran en el combate, y me despido cantando como lo harían los verdaderos héroes de Baler.