Y yo me pregunto: ¿es Karate Kid, el momento de la verdad la mejor película de los 80? Tal
vez suene algo exagerado, pero fácilmente podría optar a ese título. Y es que,
gracias a la magnífica serie Cobra Kai,
muchos están –estamos– redescubriendo esta cinta tan entrañable: nos
acordábamos del famoso “dar cera, pulir cera”, de la técnica de la grulla, del
señor Miyagi, de la rivalidad entre Danny LaRusso y Johnny Lawrence…, pero
habíamos olvidado su esencia, el mensaje que nos quería trasmitir y que tan de
moda estaba en aquella década cinematográfica: la familia y el espíritu de
superación.
A estas alturas, poco podemos decir sobre el
argumento de la película. Un joven, Daniel LaRusso (Ralph Macchio), llega a
California con su madre. Al principio le cuesta integrarse, porque añora su
antigua ciudad, pero poco a poco lo consigue…, hasta que llegan los problemas. Y
es que, como es habitual, se enamora de la chica más guapa del instituto, Ali
(Elizabeth Sue), que casualmente es la exnovia del matón de turno: Johnny
Lawrence (William Zabka). Así que entre este y él nacerá una rivalidad que
desembocará en un torneo de karate. Por suerte, Danny contará con la ayuda de
Miyagi (Pat Morita), que lo entrenará para que gane.
Como vemos, la sinopsis cuenta con todos los
tópicos del momento: adolescente desnortado con problemas en casa
(generalmente, ausencia paterna), que se convierte en el perdedor del instituto
y que, por ello, es acosado por los gamberros; romance difícil con una chica inalcanzable
para él, pero por la que competirá de algún modo para conseguir que eso cambie;
compañero y mentor que sale en su ayuda para vencer sus miedos y rellenar el
hueco que ha dejado su padre en la familia, y, por supuesto, victoria sobre los
matones. Todo ello, evidentemente, aderezado con las lecciones de moralidad e
integridad que los rivales no han tenido, pero que el protagonista sí.
De este modo, la película se convierte en
una historia de superación personal, de autoconfianza, en la que el kárate es
solo la excusa para disertar sobre el valor de la familia y la amistad, algo
que también caracterizó al cine de los 80. Porque, además del mejor amigo de
Danny, ¿quién es el señor Miyagi, sino la figura paterna de la que él careció
en casa?, ¿quién le otorga esa seguridad en sí mismo, sino ese “padre” que le
ayuda a vencer sus miedos? Igualmente, su rival, Johnny Lawrence, busca con
denuedo un ejemplo paterno, que lo guíe en sus primeros pasos por la vida, que
le dé los consejos que necesite…, aunque no tendrá la misma suerte que Danny,
puesto que se topará con John Kreese, algo que le afectará para siempre
(derrotero que luego explorará la citada serie Cobra Kai).
Como solía ocurrir con este tipo de cintas,
cuya antropología positiva encandilaba al espectador de entonces, Karate Kid, el momento de la verdad fue
todo un éxito de taquilla. Y no solo eso, sino que también propició la afición
a las artes marciales por parte de una multitud ingente de niños, que copiaron
el espíritu de superación del célebre Danny LaRusso. Es por ello que los
productores decidieron prorrogar su éxito con dos secuelas directas: Karate Kid II. La historia continúa y Karate Kid III. El desafío final. Respecto
de la primera, debemos decir que indaga en el pasado de Miyagi y que, por ende,
nos enseña el valor de la comunidad, de la familia y de la tradición (hoy en
día, elementos menospreciados); en cuanto a la segunda, enfrenta de nuevo los
dos modelos paternos vistos en la primera entrega de la saga, aunque de manera
farragosa y poco atractiva.
Con el tiempo, la serie contaría con un
pobre reboot femenino, El nuevo Karate Kid, y con un remake nada desdeñable: The Karate Kid (Harald Zwart, 2010). Este
continuó la estela marcada por el film original, por lo que indagó de nuevo en
la figura paterna y en la autoconfianza, pero demostró que la sociedad había
cambiado. Y es que, en efecto, a pesar de sus parabienes, la cinta no interesó
a nadie. Muchos achacaron este fracaso a que actualmente han pasado de moda las
artes marciales, pero es probable que el motivo tenga otras implicaciones de
fondo, y estas, de carácter moral: a nadie le gusta ya la antropología positiva
y esperanzadora que ofrece este tipo de películas; a nadie le interesa ya la
figura paterna ejemplarizante y fuerte que muestran… ¿O sí?
Y es que la serie Cobra Kai recupera el estilo del cine de los 80, presentado de
nuevo a un adolescente que necesita a un padre que le dé seguridad, algo que encuentra
en Johnny Lawrence, quien, además, aprovechará el chance para redimirse de su
turbio pasado. Curiosamente, está teniendo un éxito atronador, pues tal vez nos
esté recordando la importancia de valores que hemos desdeñado. Por desgracia,
las nuevas temporadas han sido adquiridas por Netflix, que sí desprecia dichos
valores y que, por ello, presumiblemente hará lo posible por apartarlos de las
nuevas entregas. Aunque, por suerte, siempre nos quedará el Karate Kid original, que nos servirá de referencia
en un mundo que parece haber perdido el norte.
Retomando, pues, la pregunta que nos
hacíamos al principio, ¿es Karate Kid, el
momento de la verdad la mejor película de los 80? Sinceramente, no me
atrevo a responder, porque los gustos de cada uno son tan variados que temo
equivocarme. Pero lo que sí sé es que representa como ninguna una época que hoy
aparece como el estertor de una sociedad que aún creía en la familia, que aún
tenía esperanza, que aún quería trasmitir unos valores de los que hoy
abominamos. Así, pues, si no es la mejor película de dicha década, al menos
podría optar fácilmente al título.
La semana pasada, recomendábamos aquí la película Fences (Denzel Washington, 2016), ya que presentaba un modelo íntegro de mujer en su rol de esposa y de madre a través del personaje de Viola Davis (aquí). Paradójicamente, hoy traemos a colación un film que parece evidenciar la figura materna, pero que en el fondo se trata de una reivindicación de la misma: Kramer contra Kramer (Robert Benton, 1979). Es probable que en la actualidad engrosaría el amplio listado de largometrajes de sobremesa, pero en su momento presentó un tema tan candente que consiguió llevarse el máximo galardón en la entrega de los Óscar del año de su estreno.
Ted Kramer (Dustin Hoffman) es un exitoso ejecutivo de publicidad, por lo que piensa que goza de una vida feliz. Sin embargo, el día en que le proponen un ascenso, es abandonado por su mujer (Meryl Streep), que no está satisfecha con su matrimonio. A partir de ese momento, aquel debe hacerse cargo de su hijo (Justin Henry), al que no conocía tanto como creía; por ello, se esforzará en darle una buena educación y en ser el padre que nunca fue, ya que pasaba los días embebido en su trabajo.
Como indicábamos al principio del artículo, este argumento podría ser fácilmente la historia de un drama propio de la televisión del mediodía; por supuesto, el motivo es que afronta los temas que caracterizan a esta especie de subgénero: marido absorto por su trabajo, mujer insatisfecha en el matrimonio, la sombra del divorcio que amenaza a ambos, y un largo etcétera. Sin embargo, lo cierto es que, aunque ahora estemos acostumbrados a estos asuntos, a finales de los años setenta no era común que el cine los abordase de manera tan explícita, y mucho menos bajo la perspectiva de una tragedia, que es lo que realmente detalla el film. En la actualidad, numerosos críticos acusan a la Academia de Hollywood de haber sido injusta, puesto que relegó la magistral Apocalypse Now (Francis Ford Coppola, 1979) en favor de esta; pero, mientras que a la sazón la meca del cine ya había visto suficientes conflictos bélicos en la pantalla, nunca había presenciado uno tan desconocido: el que vive un matrimonio durante su divorcio.
Precisamente, como es la idea de conflicto la que aletea sobre todo el metraje de la película, esta nos presenta en sus primeras imágenes las dos figuras beligerantes: por un lado, la esposa, que desea derribar el supuesto muro matrimonial que impide su propio desarrollo; por el otro, el marido, que ha ido levantando dicho impedimento a través de su obsesión por el trabajo. Asimismo, presenta el campo de batalla sobre el que ambos mantendrán esta dura contienda: su hijo. En efecto, este padecerá los atropellos mutuos y continuos de aquellos dos, que no lo tendrán en cuenta durante su particular guerra conyugal. Sin embargo, llegado el momento, servirá de acicate para infundir el amor que ambos han perdido; en concreto, será Dustin Hoffman quien sucumba antes a él, ya que descubrirá que su felicidad no estribaba en el éxito laboral, sino en la entrega cotidiana por su retoño.
Por el contrario, y como señalábamos arriba, en este conflicto parece que sale perdiendo la esposa, ya que es presentada como el enemigo que no acepta su derrota. Sin embargo, en el fondo ha vivido la misma conversión que su marido, puesto que ha descubierto que su auténtica realización como mujer se encuentra en la maternidad. Evidentemente, no podemos negar que el director se ceba en ella, pues hace que aparezca en el metraje cuando el amor entre el padre y el hijo se ha consolidado lo suficiente, generando así un nuevo conflicto con el primero y estableciendo otra vez al segundo como eterno campo de batalla; pero creemos que esto no debe ser entendido como una recriminación, sino como un giro dramático (real) que pone sobre el tapete la necesidad de la unión familiar y, en consecuencia, la importancia de la figura materna.
Vemos, pues, que, a pesar de su antigüedad, la película sigue siendo muy actual, puesto que el número de divorcios aumenta cada año de manera preocupante. Al mismo tiempo, comprobamos que requiere un visionado atento, ya que presenta este dilema bajo una perspectiva real, que muchas veces es omitida por esos telefilmes que anteriormente citamos. En efecto, estos suelen exhibir parejas reestructuradas que viven felices en sus nuevos entornos, pero que no aluden nunca a esa guerra que los ha llevado a separarse de sus anteriores matrimonios, ni a las víctimas inocentes que han caído durante el combate: sus hijos. Por último, creemos que se trata de una rara avis en la sociedad de nuestro tiempo, porque se atreve a insinuar cierta malicia por parte de la mujer, algo que hoy sería prácticamente imposible de hacer.
Si la semana pasada abordábamos la relación paternofilial que proponía la cinta Últimos días en el desierto (Rodrigo García, 2015) [aquí], hoy debemos acometer la maternofilial. Para ello, sugerimos la película Fences (Denzel Washington, 2016), tercera incursión del célebre actor de El vuelo (Flight) (Robert Zemeckis, 2012) como realizador tras Antwone Fisher (id., 2002) y The Great Debaters (id., 2007). Se trata de un largometraje denso, pero muy provechoso, por lo que optó al premio a la mejor obra del año en la última edición de los Óscar. Desgraciadamente, se vio ensombrecido por la inferior Moonlight (Barry Jenkins, 2016), aunque recibió su justo galardón a la mejor actriz secundaria, Viola Davis, que interpreta a la madre y esposa que aquí queremos analizar hoy.
Troy Maxson (Denzel Washington) es un padre de familia negro con un pasado glorioso en el mundo del béisbol, pero que actualmente trabaja como basurero en su ciudad. Él acusa a los blancos de su suerte, por lo que ha cultivado durante mucho tiempo un odio muy grande hacia ellos, rencor que ha procurado inculcar en los suyos. Lo acompañan su esposa Rose (Viola Davis) y sus hijos Lion (Russell Hornsby) y Cory (Jovan Adepo), con quienes mantiene una relación distante; además, cuida esporádicamente de su hermano Gabriel (Mykelti Williamson), que volvió de la Segunda Guerra Mundial con serios problemas mentales.
Como hemos dicho arriba, la película fue presentada en la última edición de los Óscar, pero no obtuvo el reconocimiento merecido, pese a que se ubicaba en un contexto idóneo para ello. En efecto, a nadie le pasa por alto que la Academia de Hollywood ha querido congraciarse este año con la sociedad negra americana, que pasó desapercibida en las galas anteriores, definidas por aquella como "demasiado blancas" (aquí). De este modo, competían por el título cintas del calibre reivindicativo como esta que nos ocupa, la magnífica Figuras ocultas (Theodore Melfi, 2016) [aquí] y la mencionada Moonlight (suponemos que este año le tocará el turno a la reciente Detroit). Ciertamente, es posible que esta última incidiera más en los problemas raciales de los Estados Unidos que Fences, pero pensamos que el film de Washington, además de su cruda descripción de la vida cotidiana de una familia negra en dicho país, presenta un situación más asequible para el público de todo el mundo: la mujer como madre y esposa.
En efecto, en una escena particularmente dura del metraje, Denzel Washington le confiesa a su esposa la frustración que siente a diario, pues piensa que ha echado a perder su propia vida; pero ella lo recrimina, advirtiéndole que nunca se ha separado de su lado, pese a las oportunidades que ha tenido para ello, por lo que su queja no tiene ningún sentido. De este modo, se erige como una mujer fuerte y consecuente, que ha sido leal a su esposo y a su familia a pesar de las múltiples adversidades que han experimentado juntos. Para él, ella es el ejemplo del cónyuge que no se amilana frente a la tribulación (¿recordáis el consentimiento mutuo del rito matrimonial: "Prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad"?) , que no tira la toalla cuando las cosas van mal, que no desprecia a su marido cuando este pasa por malos momentos; es un ejemplo de perdón, de misericordia, de paciencia y de constancia; de la persona que alienta y tiene esperanza, que es optimista y que busca la alegría incluso en los peores instantes del matrimonio. Pero también es la buena madre que quiere a su prole, que comprende la tensión que media entre un hijo y un padre (en la cinta, es muy similar a la que aparece en Últimos días en el desierto), por lo que procura ser el eje amoroso de unión y comprensión entre el uno y el otro.
Sin duda, la película toca otros temas de interés, como la barrera del título (recordemos que Fences significa precisamente "barrera"), una metáfora sobre los impedimentos que pone una persona en su relación con los demás. Pero el que aquí presentamos no debe pasar desapercibido, puesto que se trata de una lección magistral de lo que debe ser una esposa y una madre. Por desgracia, es un concepto de mujer de muy poco calado en la actualidad, ya que hoy se pretende buscar una realización femenina lejos de tales roles. Sin embargo, este es el motivo por el que aquí la recomendamos esta semana y por el que animamos a todos los lectores a que la mediten conforme a estos criterios.
A lo largo de la historia del cine, se han rodado numerosísimas películas sobre la vida de Jesús. En efecto, desde la primeriza La vie et la passion de Jésus-Christ (Georges Hatot y Louis Lumière, 1898) [puedes verla aquí] hasta la conocidísima La pasión de Cristo (Mel Gibson, 2004), la gran pantalla ha profundizado en su figura mediante docenas de títulos. Entre todos ellos, podemos destacar los más célebres, como son Rey de reyes (Nicholas Ray, 1961), El evangelio según san Mateo (Pier Paolo Pasolini, 1964) y Jesús de Nazaret (Franco Zeffirelli, 1977). Otras cintas dan fe de la importancia del personaje para el ser humano, cuyo corazón cambia en cuanto lo conoce, como es el caso de la magistral El beso de Judas (Rafael Gil, 1959), de la clásica Ben-Hur (William Wyler, 1959) o de la actual Resucitado (Kevin Reynolds, 2016), que detalla la conversión de un militar romano. Pero, como su figura es tan relevante para el celuloide, y para la humanidad en general, también existen multitud de obras que pretenden aproximarse a ella de manera particular, como son Jesucristo superstar (Norman Jewison, 1973) y La última tentación de Cristo (Martin Scorsese, 1988). Posiblemente, la cinta que hoy nos ocupa se ubique dentro de estas últimas.
Después de pasar cuarenta días en el desierto ayunando, Jesús (Ewan McGregor) cree que ha llegado el momento de presentarse a los hombres y de dar a conocer el Evangelio. Por este motivo, decide abandonar su retiro espiritual y dirigirse a la ciudad. Sin embargo, antes de hacerlo, tropieza con una familia pobre que tiene ciertas dificultades: la madre (Ayelet Zurer) está gravemente enferma, mientras que el padre (Ciarán Hinds) y el hijo (Tye Sheridan) mantienen una relación distante entre sí. Como aquel considera que esta es una oportunidad para comenzar su predicación, resuelve permanecer con ellos, para cuidar de la primera y remediar el conflicto de los segundos.
Antes de comenzar la crítica, vaya por delante que no nos escandalizan las interpretaciones personales del Señor, puesto que, sean erróneas o no, evidencian sin duda el universo interior de quienes las plantean. Por ejemplo, La última tentación de Cristo revelaba la dificultad de Scorsese a la hora de asumir el dolor y la contrariedad, postura que también quedó de manifiesto a través de su película Silencio (id., 2016) [aquí]; o Jesucristo superstar simbolizaba en él las preocupaciones sociales de Jewison, que asimismo habían aparecido en En el calor de la noche (id., 1967) y que luego serían retomadas en Justicia para todos (id., 1979). Por esta razón, creemos que el presente largometraje puede suponer un provechoso medio para introducirse en el alma de su responsable, antes que una oportunidad para denigrar su tratamiento sobre el Hijo de Dios.
Ciertamente, la figura del Mesías es aquí relegada en favor de la relación entre el padre y el hijo que protagonizan la cinta. En efecto, el primero ama al segundo, pero experimenta hacia él un sentimiento de repulsa muy acusado, ya que piensa que no está recibiendo de su parte ni la ayuda ni el respeto que cree merecer; el segundo, por el contrario, lo quiere y lo respeta, pero se cree oprimido por él, puesto que pretende que asuma un modo de vida que no le gusta, algo que lo conduce a refugiarse en el cariño de su madre. Esta incómoda situación arrastra a los dos a una complicada falta de entendimiento, que alcanza su culmen cuando el progenitor confiesa que se siente incapaz de decirle algo agradable a su retoño.
Evidentemente, ignoramos los entresijos de la vida privada del director de la cinta, hijo del famoso escritor Gabriel García Márquez, pero su obra delata una relación con este último más común de lo que parece. Así es, el vínculo paternofilial tiende a debilitarse por parte del niño a medida que este se interna en la adolescencia, ya que suele poner en tela de juicio la autoridad de su propio padre. Por desgracia, en vez de solucionarse con el paso del tiempo, esta situación puede enconarse y establecer una ruptura entre un progenitor y su retoño, algo que se agrava si este último debe convivir con aquel (por supuesto, ya como adulto). De esta manera, hay veces que la única forma de solucionar el entuerto consiste en el abandono del hogar por parte del hijo, que adquiere así responsabilidades sociales y familiares de las que antes carecía, y comprende por tanto las exigencias y preocupaciones de su padre. Pero la máxima muestra de respeto y comprensión por parte del hijo hacia su padre suele llegar con la muerte de este último, ya que se trata del acontecimiento que derriba sus prejuicios contra él y que lo sitúa frente a la caducidad de la vida. Como decimos, el problema es tan común que hasta Freud lo abordó mediante su psicoanálisis, aunque con ciertas connotaciones sexuales que no terminamos de compartir.
Por desgracia, el film no propone ninguna solución a este conflicto universal entre padres e hijos, sino que simplemente se contenta con identificarlo y describirlo. Al tratarse de un largometraje dizque religioso, Jesús podría haber sido presentado como una buena ayuda para ello, pero aparece como una alegoría de la conciencia de cada uno de sus protagonistas. Como decíamos arriba, ello tal vez se deba a la propia visión de su autor, que quizás considere al Hijo de Dios como una metáfora del bien o un parangón de moralidad, y no como una persona real (al respecto, esta entrevista es muy clarificadora: aquí). En este sentido, cuenta con escenas interesantes, como aquella en la que, auspiciado por el Señor (o, según lo que hemos dicho, por su propia conciencia), el padre intenta ganarse la confianza de su hijo a través de las adivinanzas, que es un juego que a este último le agrada mucho; o aquella, ya citada, en la que el mismo padre confiesa su incapacidad para mostrar el cariño que siente por su hijo. El cierre de la película tampoco aclara su pretensión: ¿acaso el mensaje de Jesucristo no ha servido de nada para la historia de la humanidad, porque los padres y los hijos continúan enfrentándose? O bien, si realmente es una metáfora de la conciencia, ¿significa esto que el ser humano actual carece de ella? La respuesta a estas preguntas deberá encontrarlas el espectador.
Volviendo a lo que afirmábamos al principio del texto, no nos escandalizan los diferentes acercamientos a la figura del Señor que la historia del cine nos ha trasmitido, pero sí reconocemos aquellos que nos parecen más o menos acertados. En el caso de esta película, se trata de una aproximación pobre, que no menciona siquiera su pretendida divinidad, pese a que es su cualidad más característica (recordemos que, aunque uno sea ateo, Jesús anunció que él era el Hijo de Dios). Por otro lado, tampoco lo presenta como un buen consejero, porque sus palabras no logran resolver la enemistad paternofilial; lo describe, a lo sumo, como un simple hombre cargado de buenas intenciones. Así las cosas, su presencia es fútil en todo el metraje, a menos que pretenda ser ese modelo de buen comportamiento ético al que antes aludíamos. A nuestro juicio, pues, lo único destacable de la cinta es esa cruda relación entre el padre y el hijo protagonistas, que en ocasiones es tan veraz como la describe.
La semana pasada, tuve la oportunidad de ver la nueva versión de El libro de la selva. Reconozco que lo hice sin demasiadas ganas, ya que tengo una opinión excelente del clásico de dibujos animados y no quería que su recuerdo quedase mancillado por un hijo espurio, de esos que hoy proliferan por nuestras sufridas pantallas cinematográficas; tras su visionado, empero, quedé más que satisfecho, pues, donde yo creía que tropezaría con un arreglo infantiloide de la bella historia que narraba la primera, me encontré con un relato que se mantenía fiel a la esencia de esta y que, por consiguiente, lograba equipararse a ella e incluso superarla en algunos aspectos.
Nadie le discute a Disney su acierto a la hora de convertir en imagen real aquellos filmes que fueron pensados para la animación, como Cenicienta (Kenneth Branagh, 2015) o Maléfica (Robert Stromberg, 2014), la vis oscura de La bella durmiente (Clyde Geronimi, 1959), pues no solo ha conseguido con esta iniciativa arrancar el aplauso del público, sino que también ha sabido agradar a las afiladas mentes de los críticos, que muchas veces se sitúan en las antípodas de los gustos populares. A la vista de esto, pues, no resulta extraño que recientemente haya estrenado Peter y el dragón (David Lowery, 2016) o que dentro de poco nos convierta a la Hermione de Harry Potter en la Bella de La bella y la bestia (Bill Condon, 2017); asimismo, ya ha anunciado su propósito de actualizar Dumbo (Ben Sharpsteen, 1941) bajo las directrices de Tim Burton (aquí), y de indagar en el mundo de Aladdin (Aladino) (John Musker y Ron Clements, 1992) mediante una precuela protagonizada por el genio (aquí). Tal vez, el éxito de esta idea estribe en el respeto mostrado a las cintas originales, que transmitían enseñanzas intemporales a las familias que acudían en masa a las salas donde se proyectaban.
Afortunadamente, esta versión de El libro de la selva adopta también el derrotero de sus predecesoras, por lo que nos encontramos de nuevo con la historia de un niño que, habiendo perdido a sus padres durante los primeros meses de vida, anhela encontrar su lugar en el mundo. En efecto, detrás de aquella fábula del "cachorro humano" adoptado por una manada de lobos, se hallaba en verdad el complejo proceso de maduración que lleva a una persona a convertirse en adulta (a fin de cuentas, la selva del título, que también sirve de marco a la película, es una metáfora de la edad infantil, en la que se forjan las normas sociales primigenias, que le servirán de base para el futuro; pero también es imagen del mundo interior propio de esa prístina etapa, en la que cada día es una aventura diferente); así pues, vemos otra vez cómo ese crío que se acerca irremediablemente a la edad adulta, representada por el poblado de los hombres, se enfrenta a los obstáculos que le impiden dicho crecimiento, con el propósito de aherrojarlo para siempre en la puerilidad y en la inmadurez que hoy nos invade (el ejemplo diáfano de esta actitud es el oso Baloo, encarnación animal de su propia canción: Busca lo más vital), todo ello, por cierto, dirigido de manera maestra por el irregular autor de Iron Man y Iron Man 2 (Jon Favreau, 2008 y 2010, respectivamente).
Sin embargo, como la moda es la auténtica emperatriz del cine de hoy, en el film nos encontramos que esta ha decidido que actualmente es un problema la moraleja que nos transmitía la versión de 1967. Como hemos señalado, aquella era una metáfora del paso de la etapa infantil a la adulta, en la que se ingresaba a través del amor sensual hacia una mujer (o hacia un varón, en el caso de que la película hubiese sido protagonizada por una chica), complemento sexual con el que el hombre llegaría a elaborar una nueva sociedad familiar y entraría a formar parte del engranaje comunitario que enlaza a todo el género humano, idea que hogaño está en entredicho y que puede alterar los alterados ánimos de los distintos lobbies que pululan por el mundo y que constriñen cualquier opinión que se oponga a sus diferentes credos; así que, para que el largometraje no sea objeto de los virulentos ataques mediáticos con los que aquellos expresan sus pareceres, la citada señora Moda lo ha arreglado haciendo que Mowgli no conozca a una chica que cautive su corazón, ni tenga el menor propósito de acomodarse a los dictados sociales de los hombres, sumándose a su cosmos, formando una familia con su esposa, teniendo descendencia y etcétera: lo mejor es que el niño se quede donde está, que siga su instinto y que continúe buscando lo más vital, para que nadie se sienta ofendido (podemos presenciar otra condescendencia a las normas imperantes en la matriarca lupina que se erige como defensora de la manada en ausencia del lobo macho, algo que no veremos nunca en la naturaleza, pero que queda muy bien ante las feministas recalcitrantes que luchan por erradicar el heteropatriarcado que las oprime).
No obstante lo dicho, insisto en que es un buen film y en que a mí me agradó muchísimo; que no desdice del original (excepto en lo detallado arriba), y que puede ser disfrutado por padres e hijos, Por tanto, si Disney sigue así, demostrará una vez más que no tiene rival en el cinematógrafo familiar, aunque debería dejar de lado los imperativos actuales y seguir instruyendo en las enseñanzas eternas que transmitía en sus primeros largometrajes.
Desconocemos la vida de san José; sobre él, únicamente sabemos que, por albures del todo providenciales, se unió a la Santísima Virgen María en matrimonio, y que, cuando esta le anunció que esperaba en su vientre al Hijo de Dios, decidió permanecer a su lado, no obstante la severa ley judía, que lo habría amparado, si hubiese optado por lo contrario. De esta manera, aquel que, probablemente, había imaginado su futuro rodeado por la envoltura del anonimato doméstico, pasó a ser el varón más ilustre y afamado de la historia de la humanidad. Pese a ello, él no renunció jamás al cultivo de las virtudes que, con tanto anhelo, había deseado educar, por lo que continuó viviendo bajo la discreción y la modestia que quiso que fueran su regla de vida. Paradójicamente, esto incrementó, en mayor medida, su fama, y llegó a convertirlo en un modelo de esposo y de padre.
Cuando Dios comprobó el astroso estado de la vida de los hombres después del pecado original, decidió solucionar tal situación mediante el envío de su propio Hijo, que sería, exactamente, igual a ellos, pero, a la vez, diferente, pues mantendría la esencia divina que compartía con Él desde toda la eternidad; de esta manera, todas sus acciones, aun siendo humanas, serían, al mismo tiempo, de Dios. Pero el mundo no solo sería salvado mediante los gestos de su Hijo, sino también mediante la firme adhesión de este a Él, que nos lo propondría como modelo infalible de integridad y de bien, como la senda necesaria para alcanzar la salvación. Por este motivo, Dios quiso que su Hijo, imperecedero como Él, naciese en el seno de una familia mortal, compartiendo con ella esta triste característica humana; en ella, sería instruido en los valores que luego debería encarnar y por los que, ulteriormente, debería morir.
En la vida ordinaria, pues, donde san José pasaba por ser el padre natural del Hijo de Dios, este último era instruido por aquel en la modestia y en la humildad, en la piedad, en el amor y en la diligencia, valores que él mismo había desempeñado; de esta manera, aquel que, por su propia esencia, estaba llamado a salvar el mundo, se convertiría, primero, en un modelo humano, que serviría de ejemplo y de esperanza a todas las personas que albergasen el bien y la bondad en su corazón. Así pues, si Cristo perdonó durante su corta vida terrena, fue porque había aprendido la compasión entre los suyos; si trató con amor y entrega a su madre, fue porque había visto ese gesto en su padre; si educó con paciencia y comprensión, fue porque él había sido educado de ese modo, y, si se entregó hasta el extremo de la muerte por el bien de los hombres, fue porque, hasta el extremo de la misma, se habían entregado por él quienes lo adoptasen como hijo propio.
Pero, si es poco lo que sabemos acerca de la vida de san José, es menos lo que conocemos sobre su muerte, ya que, si aquella se había desarrollado en el anonimato más estricto, esta aconteció dentro deun silencio rigurosísimo. Presumimos que tuvo lugar antes de que Jesús se revelase, públicamente, al mundo, pues, de lo contrario, habría noticias de ella en el evangelio; pero nunca lo sabremos con certeza. Podemos imaginarlo, no obstante, rodeado por la Virgen María y por aquel, que lo habrían asistido, con delicadeza, durante su último suspiro, pero es imposible asegurarlo; e intuimos que el mismo Señor se habría ofrecido a prolongar, milagrosamente, su vida, y que, por el contrario, el patriarca se habría opuesto, arguyendo que su misión en la tierra ya habría concluido, pero esto, en verdad, no puede sobrepasar los límites del magín piadoso.
Lo que sí sabemos es que confió en Dios cuando este decidió entregarle a su Hijo; que educó a este último como si del propio se tratase; que le enseñó las virtudes humanas que él mismo habría vivido en la tierra, y que le sirvió de modelo de entrega, de bondad y de amor, para que él fuera, a su vez, nuestro camino que conduce a la Vida. Por eso hoy elogiamos a san José y lo invocamos como nuestro protector, pues él mismo protegió al Salvador durante su infancia, y porque su fe, su modestia y su humildad, sirvieron de base al amor que llevó a Jesús a entregar su vida por nosotros.
Recuerdo el día que fui al estreno de la película Contact. Por aquel entonces, yo tendría unos quince años de edad; sin embargo, y a pesar de las escasas primaveras que había vivido, ya era un cinéfilo empedernido, como referí en un post anterior. Ciertamente, mis conocimientos acerca del séptimo arte se limitaban a los filmes que más se adecuaban a mis infantiles gustos estéticos, a los que congregaban a innumerables grupos de personas en las abarrotadas salas cinematográficas y a los que podía rescatar de la olvidada videoteca de mis padres. Gracias a esta última, no obstante, pude disfrutar de dos grandes hitos de la ciencia-ficción contemporánea: Encuentros en la tercera fase y E.T., el extraterrestre.
Hasta el momento, todas las películas sobre alienígenas que habían llegado a mis manos mostraban a unos aterradores invasores de horrible o informe aspecto que tenían el único propósito de conquistar nuestro planeta, con el fin de ejecutar en él sus perversos planes de colonización (entre ellos, por supuesto, destacan La guerra de los mundos, La masa devoradora y La invasión de los ladrones de cuerpos); sin embargo, estas dos películas dirigidas por Steven Spielberg me ofrecieron un concepto novedoso sobre los supuestos seres estelares que visitan esporádicamente la Tierra, por lo que las califiqué de inmediato entre el número de mis favoritas (cabe señalar que, a la sazón, yo creía con firmeza en la existencia de dichos seres, así como en su benevolencia hacia la humanidad, por lo que esta nueva visión se acomodaba perfectamente a mis ingenuas convicciones). Por este motivo y porque el director de Contact había pergeñado su arte a la sombra del que hemos citado, me ilusioné con la idea de ver en el cine algo similar a lo que había visto a través del vídeo doméstico, pero lo cierto es que me decepcionó sobremanera, pues donde yo creí que encontraría un canto a la investigación ufológica o al enigma extraterrestre, me topé con un aburrido discurso sobre la fe y la razón; además, y cuando pensaba que al final del metraje se subsanaría esa plúmbea disertación mediante un estremecedor encuentro entre la protagonista y algún marciano de curioso aspecto, volví a desilusionarme con la aparición del padre de aquella.
Como el lector se puede imaginar, salí de la sala sintiéndome defraudado, pues el film no había cubierto las optimistas expectativas que había vertido sobre él; por otro lado, tanto la crítica especializada como el público en general parecían compartir dicho desengaño, por lo que mi desilusión (y mi enfado) rozaba el paroxismo: en absoluto podía comprender que un director tan afamado (hasta la fecha, había realizado la trilogía de Regreso al futuro y Forrest Gump, por ejemplo) y con un maestro de tanto renombre pudiera haber desechado un material tan bueno, para lo que podría haber sido el largometraje de la ufología por definición, con el permiso de la citada Encuentros en la tercera fase. Sin embargo, debo decir que, habiendo dejado pasar los años, he vuelto a verla recientemente, con el propósito de congraciarme con ella, pues creía que Zemeckis merecía una segunda oportunidad, y que, habiéndola visto de nuevo, considero que la juzgué mal, pues donde yo pensaba haber sido engañado, he encontrado ahora una bella metáfora de la aspiración de todo hombre al cielo.
La película narra la biografía ficticia de una científica (Jodie Foster) que dedica todos sus esfuerzos y conocimientos a la búsqueda de vida extraterrestre, empeño al que decidió consagrarse cuando, siendo una niña, su padre (David Morse) le hizo ver que la sola inmensidad del universo demostraba por sí misma que este no podía estar habitado exclusivamente por el ser humano. A pesar de las constantes oposiciones con las que se topa en su investigación, la citada científica descubre una señal de radio proveniente de un sistema solar ajeno al nuestro, algo que aúna y da alas a todos los proyectos destinados a este propósito; sin embargo, y al mismo tiempo, florecen todo tipo de movimientos religiosos y sociales que pretenden manifestar el desasosiego de una parte de la población mundial, convencida de que la presencia de vida alienígena y de que el intento de establecer contacto con ella supondrá un problema para la fe de unos y para el desarrollo político de otros.
No obstante dichos desencuentros, el programa de investigación y comunicación sigue adelante, auspiciado, además, por el mensaje revelado tras el desciframiento de las ondas radiofónicas descubiertas por la protagonista: las instrucciones que detallan la elaboración de una gigantesca y potente máquina que, presumiblemente, ayudará al ansiado contacto entre la humanidad y los extraterrestres. Tras una serie de dificultades, entre las que se cuentan la duda de un ex-religioso del que se enamora (Matthew McConaughey) y la traición y el interés de un antiguo jefe (Tom Skerritt), Jodie Foster consigue embarcarse en el ciclópeo vehículo estelar, que la conduce de manera misteriosa hacia el planeta desde el que partió el mensaje de radio. A pesar de las expectativas que esta lanzó sobre su esperado encuentro, este, como hemos dicho, se limita a un sorprendente y breve diálogo entre aquella y su padre, quien, por otro lado, le asegura que es el método que los alienígenas usan para comunicarse con los hombres desde hace muchos años.
Cuando, finalmente, la escéptica científica regresa a la Tierra, descubre que su viaje es puesto en duda por las autoridades que lo gestionaron, ya que, a pesar de todas las horas que ella cree haber estado vagando por el espacio, las grabaciones no registran ni un solo minuto de las mismas. Ella, sin embargo, convencida de la autenticidad de su experiencia, intenta demostrar por todos los medios que esta no ha sido un engaño, sino un verdadero contacto entre dos civilizaciones de diferentes planetas. Paradójicamente, y contra cualquier pronóstico, en su defensa sale el ex-religioso que se opuso a su navegación, convirtiéndose, de este modo, en su aliado. A partir de ese momento, Jodie Foster deberá vivir bajo la sospecha y con el auxilio de su único amigo, que representa la fe que ella había despreciado hasta ese instante.
Al margen del discurso que pretende reconciliar ambas posturas, la de la fe y la de la razón, la película, como hemos indicado, ofrece al espectador una interesante alegoría sobre la aspiración al cielo, que es el fundamento y el fin del credo cristiano. En este sentido, y aunque la creencia en Dios solo aparezca como contrapunto de la visión científica de la vida, es posible entender que el vínculo que une a Jodie Foster con su padre, más allá del familiar, por supuesto, es la fe en los extraterrestres (no por casualidad, seres que viven en las estrellas). De este modo, David Morse, como si de un padre cristiano se tratase, transmite a su propia hija dicha fe, y comparte con ella la ilusión por alcanzar lo que esta promete, algo que queda de manifiesto, sobre todo, en esos diálogos nocturnos que ambos establecen con diferentes personas a través del aparato de radio, como si los dos rezasen juntos antes de ir a dormir (de esta manera, es significativa la escena en que la niña Foster intenta comunicar por radio con su padre tras el fallecimiento de este).
En primer lugar, podemos entender aquí la importancia de la fe transmitida en el hogar, ya que es en este sitio donde un niño oye hablar de Dios por primera vez, y donde, al mismo tiempo, aprende a amarlo; de igual manera que, en la película, Jodie Foster parece conocer la existencia de seres que habitan fuera de la Tierra gracias a las palabras de su progenitor, en la vida real también los padres transmiten a sus hijos la fe en un Ser que vive en los cielos (una y otra creencia, como hemos dicho, son alimentadas con la oración nocturna, que en el film es sustituida por ese contacto radiofónico que ambos pretenden entablar con la gente que vive apartada de ellos). En segundo lugar, esta fe articula la vida adulta del individuo, que, amparándose en ella, encuentra sentido a su propia existencia; de esta manera, mientras que el cristiano camina con el horizonte del cielo frente a su mirada, la protagonista del film lo hace con el del encuentro definitivo entre los hombres y los extraterrestres (curiosamente, la fe también es fortaleza ante la adversidad, pues vemos que la científica debe arrostrar humillaciones y desengaños causados por su creencia, como cualquier cristiano vive los suyos a consecuencia de su convencimiento).
La película intenta demostrar que el camino hacia el objetivo que uno se haya impuesto está salpicado a menudo con el aderezo de la dificultad, pues vemos que Jodie Foster, como señalamos, se topa con el descrédito de sus superiores y el de las personas que deberían confiar en ella (¿podemos entrever una imagen de la Iglesia en el pequeño grupo de científicos que comparte la fe que ella tiene?); asimismo, indica que la senda hacia ese fin se torna expedita cuando el propósito es claro y seguro. Como ya mostramos en el post dedicado a La historia interminable, no podemos identificar este hecho con la confianza en uno mismo, pues siempre se corre el peligro de precipitarse al hundimiento; más bien al contrario, esa confianza debe ser depositada sobre alguien que ya haya recorrido la abrupta vereda (en el caso del cristianismo, es Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre). Teniendo esto presente, uno puede avanzar con tranquilidad por el camino que debe recorrer hasta llegar a su consumación, pues sabe, además, que Dios lo protege y que cada acontecimiento que le ocurra es consentido por Él (el film refleja la ayuda de la Providencia en la misteriosa concatenación de situaciones anómalas que dan como resultado el esperado viaje al cielo de la científica).
Finalmente, cuando Jodie Foster culmina su trayecto, se encuentra varada en una solitaria y mágica playa, que recuerda a una entelequia, tal vez porque el Cielo colmará toda expectativa, superando incluso el concepto que el hombre más avezado pueda tener de él. En ese entorno, como hemos dicho, aparece su padre, quien la trata como a la niña que era cuando él murió, lo que provoca que ella rememore toda su infancia y desee permanecer allí. A mi juicio, es una hermosa comparación con el Paraíso, ya que este consistirá en una vuelta a casa, donde nos aguardan todos aquellos que ya han partido de este mundo, unidos, como una sola familia, bajo el amor de un mismo Padre, Dios. De esta manera, pues, el amor que uno cultivó en su hogar, el mismo que lo llevó a encarar las adversidades de la propia vida, será el que encuentre consumado al final de la misma (esta idea puede ser encontrada en películas de diferente temática, como la trilogía de El hobbit, donde Bilbo abandona su hogar, para, luego, retornar a él tras la experiencia de su aventura, o en Nuestro último verano en Escocia, donde el abuelete protagonista ve cómo su fallecido hermano viene a recogerlo).
Lógicamente, desconozco la intención de Zemeckis al llevar a la pantalla esta obra, inspirada en la novela homónima del malogrado Carl Sagan, de la cual, aunque leí, tampoco recuerdo su propósito; no obstante, la relevancia del ámbito religioso en la misma es evidente, por lo que no resulta extraño que, de manera implícita, haya querido equiparar una postura a la otra, abrazándolas, como hemos dicho, al final del metraje. Tal vez, él viese reflejado su propia biografía en la de la protagonista del relato, que convierte una ilusión en una realidad, por lo que no dudó en plasmarla con tanta personalidad en las imágenes que hemos descrito. Lo cierto es que la película trasciende desde el principio (y conscientemente) la mera plática ufológica, volcándose casi de inmediato en esta narración intimista, que, sin la metáfora religiosa, quedaría coja. Por esta razón, creo que es un film que debe ser recuperado y que, a pesar de las nefastas críticas cosechadas en el momento de su estreno, merece otra oportunidad, pues, de igual modo que yo no he comprendido hasta hoy el mensaje que subyacía tras ella, otro espectador puede encontrarlo también y volver a disfrutarlo, como yo he hecho.
La semana pasada se cumplieron veinticinco años del estreno de la primera gran película de Tim Burton: Eduardo Manostijeras. Anteriormente, por supuesto, ya nos había deleitado con algunas obras de su particular filmografía, como sus cortometrajes Vincent y Frankenweenie, y sus largometrajes La gran aventura de Pee-Wee, Bitelchús y Batman (esta última, comentada brevemente en este mismo blog). Sin embargo, y a pesar de la buena manufactura de todas ellas, ninguna supo desvelar de manera tan evidente el convulso mundo interior que yacía en la hondura de este cineasta, por lo que se convirtió de inmediato en su pieza más personal.
En honor a la verdad, es imprescindible decir que, ya en las tres películas citadas arriba, podíamos encontrar pinceladas de la turbulenta personalidad de este autor, explotadas hasta la saciedad (¡y nunca mejor dicho!) en sus incursiones posteriores: la extravagancia del mencionado Pee-Wee Herman, la no menos excentricidad de la Winona Ryder de su segunda obra (una chica cuyo estilo tal vez haya sembrado la semilla de los nuevos góticos) y la soledad culpable del millonario Bruce Wayne de su aproximación a las andanzas del hombre-murciélago. No obstante, y como si de una tétrica crisálida se tratase, estas sencillas características, propias de un autor bisoño con ínfulas de grandilocuencia, encerraban, realmente, una personalísima idiosincrasia cargada de sensibilidad y cinefilia, que eclosionó, ya madura y bien formada, en este patético e imaginativo drama, que tiene más de autobiografía que de ficción cinematográfica.
Según pude leer hace algunos años en un opúsculo dedicado a él, Tim Burton vivió su terrible infancia rodeado por la más absoluta y traumática soledad, ya que sus padres, tal vez motivados por un buen propósito, le impidieron tener contacto con el mundo exterior, y, por ende, relacionarse con otros niños de su edad, pues pensaban que ambos factores influirían erróneamente sobre su formación (el paroxismo de este mórbido interés llegó cuando al pobre muchacho... ¡le tapiaron las ventanas de su dormitorio!). Esto propició que el futuro cineasta se encerrase de manera progresiva e inexorable en sus propias fantasías, que él mismo construyó mediante truculentas imágenes de monstruos y fantasmas, en las que, paradójicamente, encontraba el cariño que aquellos, en verdad, le negaban.
Por supuesto, otros de los refugios del desdichado niño fue el cine, donde aprendió a narrar historias y a ampliar sus horizontes imaginativos, aunque estos, verdaderamente, continuaban circunscribiéndose al ámbito del horror y del humor negro (según él mismo ha confesado alguna vez, simuló su propio asesinato solo para reírse de la reacción de sus padres). De este modo, se empapó de las producciones de la Hammer y de todas las cintas realizadas y protagonizadas, respectivamente, por los míticos Roger Corman y Vincent Price, algo que le animó a escribir sus primeros libretos y a dirigir sus primeras grabaciones. Como podemos intuir, todas estos acercamientos se caracterizaban por sus rocambolescos y lúgubres argumentos, y por sus macabros diseños de producción, que, aun siendo infantiles, se han convertido hoy en la seña de identidad de su obra adulta.
Todo esto, pues, llevó a los vecinos del pequeño Tim a definir a este como un "inadaptado social", y a prohibir que sus hijos tuviesen relación con él, factor que contribuyó de manera ineluctable a su aislamiento, y, por consiguiente, a su onerosa soledad, que, empero, y como ya hemos visto, él supo rellenar con su propia imaginación. Así pues, no es difícil entrever, en el solitario Eduardo que da título al film, un reflejo muy vivo de la personalidad del cineasta, marcada fuertemente por su infancia y por el manifiesto rechazo de su círculo vecinal (tal vez, y como un profético émulo de su alter ego de ficción, él también observase, desde su tapiado y negro castillo, el trajín de la colorida urbanización que se extendía más allá de su cerrada ventana; tal vez, también soñase en ocasiones con el mar que columbraba en días claro y con la posibilidad de ser uno igual que los demás).
Como el joven Burton, Eduardo Manostijeras, encerrado en su propio mundo, no tiene más remedio que desarrollar su potencial imaginativo, dotando de belleza lo que es simple tosquedad y marginación; así, del descuidado seto, él es capaz de extraer, por ejemplo, una portentosa escultura, como aquel fue capaz de elaborar todo un imaginario interior arraigado en su falta de cariño. Por supuesto, y como hemos dicho, esta metáfora no es patrimonio exclusivo de esta película, pues podemos entender que el Bruce Wayne de Batman, aprisionado en su inhóspita mansión, aprovecha su carencia para dar pulcritud a su desaseada ciudad, o que el Edward Bloom de su posterior Big Fish rellena su vacío con la fantasía que transmite a su hijo.
Sin embargo, y a pesar del buen provecho que parece haberle sacado a su soledad, Eduardo, como Tim, añora el contacto humano y la presencia de un padre que lo guíe por los senderos de su propia vida, como, por otro lado, también parece extrañarlo el Willy Wonka de Charlie y la fábrica de chocolate. Por este motivo, no duda en aceptar la invitación de Peg Boggs, que le ofrece sumarse a ese mundo nuevo que él observa desde su apartada ventana, y formar parte de su entorno familiar, algo de lo que él nunca ha disfrutado. Desgraciadamente, y a pesar de la alegría con que asume esta generosa oferta, sus largos años de arrinconada soledad le impiden desenvolverse con acierto en el novedoso ambiente, por lo que este, en consecuencia, se le torna hostil (además, y como desilusionada alegoría de la sociedad que, posiblemente, se encontrase el joven Burton, vemos que el guion de la película incide mucho en la hipocresía de unos vecinos que, aunque al principio valoran la presencia de Eduardo entre ellos, posteriormente lo deploran, hasta el extremo de ansiar su destierro).
Pero el desarraigo familiar de Eduardo no solo ha contribuido a que este se sienta ajeno a la sociedad en que vive, sino también a que desee con inocente anhelo la experiencia de un amor verdadero que rija su propia vida. Esta incesante búsqueda culmina con el encuentro entre él y Kim (Winona Ryder), que encarna ese profundo sentimiento que siempre ha dominado el horizonte de su vida. Eduardo, sin embargo, descubre que el auténtico enamoramiento trasciende el mero sentimentalismo y que, unido a él, siempre está el deseo de la entrega y del sacrificio, que son las vías insoslayables que deben recorrer dos almas que aspiran a enlazarse para siempre. Por desgracia, es posible que él no haya aprendido a aceptar esas dos dimensiones del amor, y que, aterrado, huya realmente de ellas, pues no ha vivido en un hogar donde el amor familiar y la entrega sean las virtudes cotidianas. Por ello, es fácil suponer al joven Tim huyendo del dolor que acompaña a toda salida al mundo exterior (y de los sentimientos), aturdido por sus inevitables y naturales normas, para guarecerse en el que él ha creado, donde no gobiernan las leyes de la entrega y el sufrimiento (Eduardo mismo corre hacia su castillo y expulsa de él a Kim, pues le recuerda su propio suplicio; en él, puede trabajar en su obra sin que esta se vea alterada por ese mundo que ha conocido y aborrecido).
Por último, ese mundo interior de Eduardo, que tan bellamente describe Tim Burton en el film, es decir, las esculturas de hierba y hielo que él mismo realiza en el atrio de su mansión, sean tal vez el anhelo no saciado por manifestar un amor que él siente truncado (a esta idea, por supuesto, contribuye la nostálgica banda sonora de Danny Elfman, que compone aquí una de sus más hermosas partituras). Sin embargo, no debemos ser ingenuos frente a este melancólico sentimiento, pues el refugio en la propia interioridad como respuesta a un fracaso, o la huida ante el incipiente deseo de una entrega, que es fruto del amor verdadero, es en realidad una absurda inmadurez que frustra el desarrollo afectivo correcto de cualquier persona (como Eduardo, igual que Tim, no ha tenido unos padres y unos hermanos que, en su convivencia diaria, le hayan ayudado a interiorizar esto, la respuesta puede ser comprensible, pero no justificable).
A modo de colofón, pues, podemos decir que Eduardo Manostijeras es una bella fábula acerca del crecimiento humano, de la soledad y, como hemos visto, del amor, y que, asimismo, es tanto más hermosa cuanto mejor refleja la vida personal de su autor. Este, por otro lado, demuestra aquí toda la sensibilidad de la que es capaz, y manifiesta su delicada forma de narrar, de la que vuelve a hacer uso en su espléndida Ed Wood y en la fallida Big Eyes. Por desgracia, hoy parece haberse refugiado, como el Eduardo de este film, en su propio castillo interior, realizando un cine netamente autorreferencial que solo hace las delicias de sus más estrictos y recalcitrantes seguidores (véase, o no véase, por ejemplo, la absurda Sombras tenebrosas), y que, o bien prueba que su genio se ha agotado, o bien que ha huido de un mundo que, como hemos visto, le queda demasiado grande.
Sea como fuere, este es un film altamente recomendable, y la efeméride de su vigésimo quinto aniversario, o de la Navidad en ciernes, constituyen un buen momento para recuperar su visionado. Por otro lado, también es una muy buena película para que se acerquen a ella los nuevos aficionados al cine, y avancen con ella por esta fantástica senda del séptimo arte, conociendo a uno de sus autores que, no obstante lo dicho, es uno de los mejores que ha nacido en su seno.