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domingo, 6 de enero de 2019

Silvio (y los otros)

   Admito que desconozco casi por completo la obra de Paolo Sorrentino, autor de este filme. En efecto, de él solamente he visto la serie The Young Pope, que me encantó (de lo mejor que he visto en televisión en esta última década), pero no he visto ni La gran belleza ni La juventud, que, a juicio de muchos, son sus mejores cintas, especialmente la primera. Es por ello que, tanto a la hora de ver esta película como de escribir la presente crítica, parto con una severa desventaja, porque es evidente que se trata del producto de un cineasta con una idiosincrasia muy particular, que solo puede ser apreciada por quien haya seguido su carrera muy de cerca. Es posible, por tanto, que aquí radique el desengaño que sufrí cuando la vi. Aunque, ciertamente, padece de otro problema mucho mayor, su duración, a la que le dedicaremos unos renglones más adelante.




   Silvio (y los otros) se divide en dos partes muy bien diferenciadas: por un lado, la historia de Sergio Morra (Riccardo Scamarcio), un atractivo playboy que vive con la obsesión de conocer a Berlusconi y de medrar a costa de él; por el otro, la del propio Berlusconi (Toni Servillo), que, tras haber abandonado la presidencia de Italia, vive cómodamente en su lujosa mansión a las afueras de Roma, aunque amenazado una y otra vez por los excesos cometidos durante su gobierno. Pero, a medida que avanza la película, iremos viendo que, pese a su retiro, el expresidente italiano irá sintiendo de nuevo el prurito de la política, por lo que moverá los hilos que sean necesarios para volver a ella, olvidándose de aquel arribista que procuraba con tanto ahínco acercarse a él.




   Ya he dejado traslucir en el párrafo inicial que me esperaba más de este filme, sobre todo después de haber disfrutado muchísimo de la miniserie protagonizada por Jude Law en el papel de Pío XIII. El motivo de mi disgusto estriba sobre todo (y no sin culpa mía) en el desconocimiento que padezco acerca de la obra de Sorrentino. En efecto, pese a lo mucho que me han aconsejado profundizar en ella, no he tenido aún la oportunidad de hacerlo, un descuido que provoca mi incapacidad para apreciar lo que un fan de su filmografía advierte de inmediato (de hecho, y gracias a los comentarios que me llegan de los admiradores de su obra, la escena inicial -la del borrego internándose en la mansión de Berlusconi-, es una declaración de principios en este sentido). Para comprenderlo mejor, pongamos el ejemplo de un cineasta más conocido (y también controvertido): David Lynch. Si un aficionado se acerca por primera vez a este director a través de Mulholland Drive o Inland Empire (sendas obras maestras), se puede sentir estafado, porque no entiende las motivaciones que se ocultan tras ellas, ya que ignora toda la filmografía anterior; pero, si comienza viendo sus cortometrajes experimentales, la también ardua Cabeza borradora (insertada igualmente en ese tipo de cine experimental) o sus conmovedoras El hombre elefante y Una historia verdadera, descubrirá que se trata de un artista muy personal, que solo pretende plasmar su mundo interior en la gran pantalla. Lo mismo ocurre con Sorrentino: es evidente que él procura plasmar su acerada visión sobre Italia (con todos los excesos que la caracterizan), pero, si el espectador no se ha bregado en sus anteriores largometrajes, puede verse sobrepasado por ella (tal y como me aconteció a mí).


  

   Sin lugar a dudas, mi opinión podría ser calificada fácilmente de subjetiva, ya que, en efecto, se trata de un óbice que solo yo veo (o alguien como yo, que ignore también la obra de Sorrentino); de esta manera, el espectador avezado en su filmografía, no encontrará, en este sentido, mayor problema en ella. Pero existe otro que podríamos denominar objetivo, ya que no radica en un desconocimiento previo (y culpable), sino en algo tan ecuánime como es el reloj (¿alguien puede discutir que la cinta dure más de dos horas?). Así es, según parece, la cinta se estrenó originalmente en Italia dividida en dos partes (contando una la parte del playboy arribista, y otra la del playboy presidencial), algo que se soslayó en su distribución internacional mediante la unión de ambas; de este modo, vemos una primera mitad que no sirve de nada, porque narra una admiración por parte de un hombre cuya inclusión no ayuda al avance de la trama (salvo que uno le otorgue ese sentido de miniserie cinematográfica), y que además se diluye sorprendentemente en cuanto comienza la segunda (toda la descripción de la vida que ostenta Berlusconi). Pero es que además, en esta operación quirúrgica de montaje, la cinta perdió hasta una hora de duración, causa que explica que veamos en pantalla saltos temporales inauditos, aparición de personajes importantes sin previo aviso (y desaparición de otros) y hasta la mención de asuntos relevantes que seguramente aparecían en el metraje original. En fin, un despropósito que solo consiguió que me interesasen los ardides políticas del tal Silvio, echando rápidamente al olvido todo lo demás.




   En resumidas cuentas, se podría decir que la película tropieza con dos baches de relativa importancia: por un lado, con el de su idiosincrática puesta en escena, apta exclusivamente para el público más acérrimo del director italiano (el que no lo sea, se verá abrumado por ella, como le aconteció a un servidor); por el otro, con el de su fallida edición, que ha querido compendiar en un solo film lo que estaba previsto que fueran dos, algo que hace caer a la historia en algún que otro anacoluto y que, sobre todo, consigue que una (aburrida) primera mitad condicione el visionado de la segunda (algo más interesante). Admito que son dos factores que, de haber sido corregidos a tiempo (el uno por mí y el otro por el propio autor), habrían logrado que elogiase todo el conjunto; pero, al no haber sido así, me veo impelido a desaconsejarlo (a no ser que el lector sea leal a su director).






miércoles, 21 de noviembre de 2018

Bohemian Rhapsody


   He de reconocer que esta crítica llega tarde, porque la película se estrenó hace ya algunas semanas. Pero admito también que me alegro de haber esperado a escribirla, porque así he tenido la oportunidad de recabar toda la información que hay sobre ella y leer acerca de la opinión que les ha merecido tanto a los críticos especializados como a los espectadores (estos últimos, más entusiasmados con ella que aquellos). Finalmente, asumo que soy un admirador de la música de Queen (especialmente, de la voz de su líder, Freddy Mercury), y que, como sabía que todo el mundo, por un lado, había aplaudido la manera en que aquella había sido insertada en el metraje y que, por el otro, había alabado la interpretación de Rami Malek (con una modulación perfecta del timbre de aquel), quería disfrutar de ambas cosas sin el alboroto propio de los primeros días en cartel de un largometraje (en efecto, suena a huraño, pero es la manía que uno va cogiendo a medida que crece). ¡Y caray si lo he hecho!




   Ante todo, y a pesar de lo dicho, debemos aclarar que no se trata de una película promocional al uso; es decir, no nos encontramos ante un film que pretenda revivir el éxito de la banda británica o aumentar su número de ventas en las tiendas de discos (cosa, por otro lado, carente de sentido, puesto que Queen no necesita de ningún largometraje para ello), sino ante una cinta que nace con una vocación exclusivamente cinematográfica. Para entenderlo mejor: muchos grupos de música han hecho uso de la gran pantalla con el fin de promocionar su discografía, como es el caso de los Beatles (Qué noche la de aquel día) o de las Spice Girls (Spiceworld) en el país anglosajón, y de Parchís (La guerra de los niños) en el nuestro; sin embargo, esta ya parte del reconocimiento internacional que tiene Queen, por lo que procura rendirle el homenaje que realmente merece con un equipo técnico y artístico de altura (tal vez, incluso con miras a la gala de los Óscar de este año). Con este propósito, pues, no duda en dejarse en manos de un director ya consagrado (nos guste o no, Bryan Singer ha hecho películas tan importantes para el cine actual como Sospechosos habituales, X-Men o Superman Returns) y en presentar a actores emergentes que han triunfado en la televisión (recordemos que Rami Malek, que aquí es un remedo perfecto de Mercury, nos sorprendió a todos con su papel en la serie Mr. Robot).




   Podemos decir, por el contrario, que la intención de la película no consiste en elaborar un biopic detallado del mítico cantante (aunque, en efecto, y como es lógico, aporte datos de su biografía), ni siquiera relatar una crónica de la gestación de la banda (de hecho, podemos ver cómo este apartado acontece con una rapidez inusitada), sino mostrar el aspecto oculto (y triste) que subyació tras la exitosa carrera de Freddy Mercury. Y es que, ciertamente, mientras que este triunfaba en los escenarios del mundo entero con su música, fracasaba estrepitosamente en su vida íntima, puesto que, según revela el film, se rodeó de unas personas que solo quisieron aprovecharse de la fama que ostentaba y que, por ende, lo condujeron a un desengaño atroz y, por tanto, a la soledad más absoluta. Es por ello que la narración no escatima en crudeza a la hora de desmitificar su imagen y de exhibirlo, por esta razón, abatido, drogado y completamente solo (atención al plano en que es descubierto por su amiga Mary durmiendo en el sofá después de haber celebrado una fiesta en su casa la noche anterior). Pero, asimismo, se trata de una película esperanzadora, puesto que vincula su recuperación al amor que le profesan tanto sus verdaderos amigos como su propia familia (el abrazo final que se otorgan padre e hijo en este sentido es sin duda emocionante y significativo).




   Por último, no vamos a negar que la cinta también explota la dimensión nostálgica de la banda, puesto que su música recorre cada minuto de la historia; pero ello no es óbice para que podamos disfrutar de ella como un título cinematográfico solvente y hasta memorable. En este sentido, debemos destacar el tramo final, una minuciosa recreación del famoso concierto Live Aid, que supuso la vuelta a los escenarios de Queen: cualquier fan, aplaudirá y cantará entusiasmado, puesto que creerá estar reviviendo aquellos momentos apoteósicos del rock internacional y, a la vez, pensará estar observando de nuevo al gran Mercury en plena acción (tenemos que elogiar otra vez a Malek, que ha sido el encargado de lograrlo con su ya antológica interpretación). Yo mismo, pese a que me haya reconocido huraño, me deje llevar por la pasión y lo hice (menos mal que ya había pasado el alboroto de los primeros días y estaba prácticamente solo en la sala): show must go on!