Mostrando entradas con la etiqueta ancianidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ancianidad. Mostrar todas las entradas

martes, 29 de diciembre de 2015

Mr. Holmes

   Antes de afrontar este breve artículo, manifiesto y reconozco mi ignorancia acerca del mítico personaje creado por sir Arthur Conan Doyle en 1887; todo lo que sé sobre él, se lo debo al cine y a la cultura popular, esa que entiende de todo sin saber, realmente, de nada (en honor a la verdad, no obstante, debo decir que leí, hace algunos años, su famoso libro El sabueso de los Baskerville, el cual, por otro lado, disfruté muchísimo). De este modo, he visto los filmes en los que ha sido interpretado por Basil Rathbone, Peter Cushing y, de manera más reciente, Robert Downey, Jr., así como los curiosos acercamientos que han hecho a él Billy Wilder y Barry Levinson mediante sus respectivas obras La vida privada de Sherlock Holmes y El secreto de la pirámide (esta última continúa siendo mi favorita). Por este motivo, no puedo opinar sobre el presente largometraje protagonizado por él amparándome en el extenso universo literario que precede y rodea a su ficticia persona; pero ni siquiera puedo hacerlo remitiéndome a los filmes anteriores, pues sus dispares orígenes hacen que no se ciñan coherentemente a un hilo biográfico e idiosincrásico común. Por fortuna para mí, el film parece estar dirigido a espectadores que, como yo, no han tenido ese contacto con el renombrado detective, ya que su trama no se centra en ninguna de sus averiguaciones, sino en su vejez y en los problemas que acompañan a esta.



   En efecto, en Mr. Holmes nos encontramos con que el flamante investigador homónimo se enfrenta ahora al caso más arduo de su vida: el de su propia ancianidad. De esta manera, aquel que antaño era capaz de dilucidar cualquier entuerto gracias a su prodigiosa memoria y a su resuelto uso de la lógica, hogaño se ve incapaz de recordar cualquier acción inmediata y de jugar con la habilidad de antes a los acertijos mentales que cada crimen le proporcionaba. Por este motivo, lo vemos retirado en una vetusta mansión del norte de Inglaterra, donde es cuidado por su ama de llaves y por el hijo de esta, mientras él cuida de sus consentidas abejas, que, por otro lado, le procuran la única actividad que puede realizar con soltura. A la vez, somos partícipes de cómo el pobre anciano lucha contra el personaje de ficción que creó su sempiterno compañero, el doctor John H. Watson, a partir de sí mismo, personaje que acabó por devorar a la persona real en que se fundamentaba, como se nos indica en varias ocasiones a lo largo del metraje (en una de ellas se nos llega a decir que no vivía exactamente en el lugar que señalaban los relatos, ya que este era visitado con frecuencia por multitud de turistas curiosos).

   Como hemos afirmado, empero, la aparición del señor Holmes del título es una simple excusa para ahondar en los postreros pasos de un hombre sobre la tierra, pues incluso el caso que él intenta evocar con tenacidad no alude en absoluto a su pretérita perspicacia, sino a la aparente soledad que siempre lo ha rodeado. No obstante, y por el contrario, la popularidad del personaje, que ha sobrepasado al personaje en sí, ayuda en la profundización de este estudio, que pretende hacernos entender hasta qué punto es difícil el desasirse de una falacia que ha rellenado la vida de un individuo afamado. Con respecto a este que nos ocupa, vemos que ha recubierto su angustioso vacío con la observación de las vidas ajenas y con el éxito que esto le reportaba, pero que, sin embargo, ha quedado evidenciado tras su irrenunciable jubilación (traspasando esto al lenguaje cinematográfico, posiblemente podamos interpretar aquí una alegoría a la propia desilusión de los actores de renombre, que viven una ficción deificada hasta que se encuentran con la realidad de la vejez y de la muerte, común a todos los hombres).



   Indudablemente, la última etapa de la vida humana está nimbada por el halo de la melancolía y de la nostalgia, pues todo aquel que la alcanza guarda tras de sí el intenso recorrido de una existencia que llega a su fin. Por esta razón, no resulta extraño que un anciano rememore constantemente la presencia de sus familiares más queridos y ya desaparecidos, que valore sus pasadas decisiones a la luz de sus ulteriores consecuencias o que añore la compañía de alguien cercano (en la película, por ejemplo, vemos esto último en la relación marital de Holmes con su ama de llaves y, sobre todo, en la filial que mantiene con el hijo de esta, que representa para él el retoño o el nieto que nunca tuvo y sobre el que habría volcado todo su cariño). Pero lo más característico de la ancianidad tal vez sea el agudizamiento de la vida espiritual, pues aquel que ve cómo se aproxima su muerte y cómo aún anhela una dicha que en la tierra no ha logrado cumplir por completo, se rebela contra la idea de la desaparición eterna, y deposita su esperanza en la existencia de un Dios bueno que condone sus errores y que lo conduzca junto a los familiares y amigos que aquí lo precedieron (en la cinta, vemos que esto se produce cuando Holmes hace uso de aquel rito exequial que aprendió en Japón).

   Podemos decir, pues, reafirmando y recordando mi ignorancia acerca del detective, que Mr. Holmes es una obra de manufactura elegante e intimista, características que parecen homenajear su particular donaire, pero que, a la vez, es un estudio serio y entrañable sobre la tercera edad, alejado de los cánones humorísticos de nuestro tiempo y más acorde con la realidad que viven las personas que a ella llegan. Por este motivo, creo que es una película recomendable y muy digna de mención, que contentará a los seguidores de su protagonista, que tal vez encandile a alguno para sumarse a ellos y que, seguramente, nos ayude a valorar más a los ancianos que conviven con nosotros y que, muchas veces, experimentan la soledad de la incomprensión y de la nostalgia.    





 

sábado, 5 de septiembre de 2015

Cocoon


   Cuando en 1982 Steven Spielberg estrenó su cinta más personal, E.T., el extraterrestre, cambió para siempre la opinión de la humanidad acerca de los alienígenas: de alzar los ojos con pavor a las profundidades espaciales aguardando una inminente invasión marciana, el hombre pasó a desear con ardor un contacto con los seres que supuestamente las habitan. Como no podía ser de otra manera, el séptimo arte se hizo eco de esta voluble visión, y mientras que en la década de los cincuenta advirtió de su presencia al respetable con La Tierra contra los platillos volantes, la primera versión de La guerra de los mundos y La invasión de los ladrones de cuerpos, a partir de la visita del entrañable hombrecillo ideado por el autor de Encuentros en la tercera fase, lo reconcilió con ellos: de esta manera, nos presentó al desvalido extraterrestre de Mi amigo Mac y nos hizo creer que unos niños podían aventurarse entre las estrellas y dialogar con ellos sobre sus inquietudes en Exploradores (¡hasta el mismísimo John Carpenter tuvo que renunciar a su magistral La cosa a favor de la más ñoña Starman!). Y aunque ninguno de estos filmes deja de ser un émulo del imaginario spielbergiano, podemos hallar entre ellos alguna agradable sorpresa.

   Una de las citadas sorpresas es Cocoon, de Ron Howard, director que alcanzaría la cumbre de su éxito con la famosa Apolo 13. En el film que nos ocupa, podemos ver a unos extraterrestres que, adoptando apariencia humana, se infiltran en las inmediaciones de un pequeño pueblo de la costa norteamericana con la intención de recuperar a los miembros de una expedición que cayó al mar hace miles de años. No obstante el tiempo transcurrido, los componentes de la misión han logrado sobrevivir gracias a unas cápsulas preparadas para tal efecto. Como estos recipientes solo son viables bajo el agua, cada vez que uno es descubierto, es sumergido de inmediato en una piscina, a la espera de reunir a todos y poder partir de regreso a su planeta de origen. Pero la casualidad quiere que justo al lado de dicha piscina haya una residencia de ancianos, y que un grupo de estos acuda regularmente a ella para bañarse en sus aguas; como es normal, nunca han experimentado nada fuera de lo común, hasta el día en que lo hacen tras haber sido depositadas en ella las primeras piedras: a partir de ese momento, sienten que su fuerza y su jovialidad se revitalizan, por lo que comienzan a disfrutar de una vida que se situaba en el ocaso.
 
 

   Como se puede comprobar, la película que hoy nos ocupa se aparta notablemente del tono infantil que caracteriza a los filmes citados arriba, a pesar de la presencia en ella de Barret Oliver, actor en boga a la sazón gracias a su papel en La historia interminable y en D.A.R.Y.L.; tanto es así que podríamos hablar de un largometraje centrado en la ancianidad. Ciertamente, la película encierra en sí una bella metáfora acerca del fugaz paso de la vida y de esa última etapa a la que el hombre debe enfrentarse antes de morir; es por ello que nos ofrece constantes reflexiones acerca del ocaso de la existencia, del amor que permanece fiel a pesar del paso de los años y de ese innato e innegable deseo de exprimir la vida al máximo antes de abandonarla (la hermosa fotografía de Donald Peterman, que alcanza su culminación en los sempiternos crepúsculos que acompañan al relato, y la hermosa partitura de James Horner nos introducen perfectamente en ese mundo de la tercera edad que el film pretende describir).

   Pero lo más interesante de la obra tal vez sea su tramo final, en el que los ancianos de la residencia son invitados por los alienígenas a partir con ellos hacia las estrellas, donde podrán vivir para siempre sin dolor ni sufrimiento. Obviamente, todos aceptan la invitación de sus amigos estelares, por lo que zarpan a bordo de un yate hasta el lugar donde serán recogidos por la nave espacial. Sin embargo, el corto trayecto no les resultará sencillo, pues el niño interpretado por Oliver intenta embarcar con ellos, provocando que otros familiares de los ancianos procuren disuadirlos de lo que, a sus ojos, es una locura. No obstante, la embarcación alcanza el lugar designado y, tras unos efectos especiales propios de la época, es abducida y conducida al cielo. El pobre Oliver, que tanto deseaba estar junto a sus abuelos, salta en el último momento y se reúne con su madre, quien, al no haber presenciado la ascensión del barco, piensa que los ancianos han muerto ahogados.

   Aunque el film concluya con el funeral organizado por la supuesta muerte de los ancianos y con la pícara mirada del niño protagonista dándonos a entender que él cree firmemente en que sus abuelos navegan y navegarán eternamente por las llanuras siderales, este colofón, a mi juicio, encierra una bella metáfora sobre la muerte y la vida eterna. Como hemos dicho arriba, el metraje nos describe con precisión las vivencias de unos hombres que contemplan cómo sus vidas discurren rápidamente hacia su final, sintiéndose incapaces de aferrarla, como desearían; mas, aunque al principio no parecen aceptar su situación, al conocer el poder curativo de las piedra alienígenas, cobran nuevas esperanzas, que se solidifican cuando los extraterrestres que las recaban les ofrecen partir hacia las estrellas. Podemos entender, pues, que el film narra realmente el modo en que los protagonistas se enfrentan a sus últimos días de vida, y cómo, aunque se sienten tristes por ello, poco a poco descubren la promesa de una vida eterna que les infunde la felicidad que con tanta urgencia necesitaban.
 
 

   Ciertamente, la muerte continúa siendo un gran misterio para el hombre de hoy, pues, a pesar de los altos logros alcanzados, aún no ha podido frenar esta última despedida a la que el mismo debe someterse; así, aunque es verdad que en la actualidad contamos con medios que alargan nuestros días en la tierra más que los gozados en otras épocas, al final siempre aparece la muerte para ponerles fin. Ante esta verdad, al ser humano se le ofrece una disyuntiva: o bien rebelarse contra ella y convertir la agonía en una auténtica pugna por mantenerse vivo, o bien aceptarla con la confianza de que no es sino el paso a una vida sin final. Esta última es la actitud propia del cristiano, que ve en la resurrección del Señor la prueba definitiva de que la decrepitud del cuerpo y su inhumación no tienen la última palabra; es por ello que acepta la muerte confiando en que la recuperará gloriosamente.

   En nuestros días, esta certeza ha pasado a un segundo plano, y al hombre ya no se le instruye en ella. Sin embargo, sigue albergando dentro de sí un deseo de eternidad que apunta a la existencia de una vida de ultratumba a la que su alma lo está convocando. Por desgracia, y para saciar esa sed, se ha conformado con las dosis que le administran los nuevos credos, que, rechazando la resurrección, proponen diferentes sustitutos, como la reencarnación, que es una manera engañosa de eludir la muerte y de prolongar la vida en este suelo, aunque sea en un cuerpo distinto al propio. Pero ¿no hay mayor tranquilidad que el sosiego eterno que nos promete una vida sin fin donde ya no habrá dolor ni sufrimiento y donde el amor imperfecto que experimentamos en nuestra vida terrena alcanzará su perfección? Los ancianos del film lo saben muy bien, por lo que acuden con diligencia a la llamada de la muerte (es oportuno recordar que la mar siempre ha sido signo de esta, por lo que no es casual que su último viaje lo hagan a bordo de un barco), a pesar de la oposición que encuentran por parte de sus familiares, que hacen lo posible por devolverlos a la orilla de esta vida.

   En mis años de sacerdocio he podido comprobar cómo muchos ancianos, agobiados por el peso de los años o en el umbral de la muerte, aceptan con agrado el abrazo de esta última, pues saben que ya han vivido mucho, por lo que su mayor deseo es el descanso eterno y la compañía de aquellos que aquí amaron y que fallecieron antes que ellos. Por otro lado, también he visto (y es natural que así sea) cómo los familiares próximos se aferran a cualquier hálito para mantenerlos con vida, impidiéndoles que den ese paso que ellos están ansiosos por dar. Tal vez, como en el film, estos que aceptan la muerte estén dando un ejemplo de entrega y confianza absolutas a aquellos que, por verla de lejos, no están dispuestos a asumirla.

   La película, pues, es un buen ejercicio de reflexión acerca de la ancianidad y la vida eterna, temas que hoy no aparecen en la opinión pública, pues la primera recuerda al hombre que sus días en la tierra no son eternos, y la segunda, que Dios existe y puede premiar con ella o castigar con su ausencia. Es por ello que, a pesar de aprovechar en su momento el filón abierto por Spielberg y su bienintencionada visión de los extraterrestres, Cocoon se concede a sí misma el galardón de ser una gran obra, pues supera los clichés del género cinematográfico y ahonda en una temática difícil y sensible, de la que sale sin duda airosa.